Capítulo 11
I
Peter nunca cambiaría. Ni aunque viviera cien años. Esa tendencia a proteger a niños, ancianos, indefensos y mujeres pese a lo que había sufrido a manos de una de ellas.
A veces le faltaba la respiración. Cuando se daba cuenta de lo que tenía. Un hombre bueno al que amaba con todas sus fuerzas y que le correspondía. No se trataba que fuera apuesto aunque lo era. Sencillamente era hermoso por dentro. Leal, honrado a carta cabal y generoso. Lo sufrido no le había convertido en el animal que buscaban crear sino en todo lo contrario. En un hombre que se sacrificaría por los que amaba.
Ese era el hombre que quería.
Peter no se había alejado más que unos pasos de la puerta que daba al salón donde permanecían encerrados Elora y Sorenson junto con Titus. Por si la conversación que se escuchaba al otro lado escalaba y se convertía en una discusión. Entonces no dudaría en intervenir para proteger a la pequeña mujer que tanto había arriesgado por ellos.
El resto se había acomodado en la habitación adyacente. Mere se cansaba con facilidad por lo que Norris no les dio opción. O bien se sentaban relajados a la espera de que Elora resolviera sus diferencias con Sorenson o bien llamaba a John para chivarse que su testaruda esposa se estaba amotinando y no seguía los certeros consejos del Dr. Brewer. Fue escuchar la frase y Merer echó a volar, pese a su volumen, en dirección a la habitación contigua.
Con una pícara sonrisa su padre le guiñó un ojo.
Inconcebible.
Su padre, practicando de casamentera. Dejando a Elora y a Sorenson a su aire y a solas, a propósito.
Se giró hacia la tensa figura ubicada a su costado.
─El jamás le haría daño, Peter. Se parece demasiado a ti.
Los carnosos labios se alzaron en las comisuras.
─Es demasiado bajita.
─¡Me refiero a Marcus, Peter!
La suave risa evidenció que le tomaba el pelo.
─No tienes una vena sana en el cuerpo, ¿sabías?
─No lo niego, canijo.
Un ronco gruñido traspasó la puerta contra la que se apoyaba Peter. La mano se dirigió hacia el pomo pero no llegó a girarlo al sentir presión sobre el hombro.
─Necesitan estar a solas.
─¿Para qué? ─Peter inclinó la cabeza rozando su cabello la madera, tratando de percibir lo que ocurría en el interior─. Creo que están discutiendo. Bueno, puede que la pequeña mujer esté regañando a alguien.
Dubitativos, esos ojos negros se dirigieron a él.
─Nos van a pillar espiando, Peter.
─¿Y, qué?
─No hablas en serio.
La respuesta de Peter fue apretarse aún más contra la madera. Casi se notaba las ganas que tenía de entreabrir el obstáculo que impedía escuchar la sabrosa conversación a su entero gusto.
─No somos críos, Peter.
─Y eso, ¿qué tiene que ver con esto?
─Que sólo los críos espían tras las puertas.
─Tú lo haces, canijo.
─¡De eso nada!
─Ayer. Por la tarde. A las cinco y catorce minutos, te pillé ─Iba a protestar pero el bruto siguió hablando─. Eres desastroso espiando. Haces ruido y se te escuchar respirar nervioso.
─¡No es cierto! Soy silencioso.
─Así que eras tú.
─¿Puede? Odio que tú y Doyle me dejéis de lado.
─Hablamos de negocios, canijo. Ni más ni menos.
─¿Nada más?
─Nada.
─¿No mencionasteis a Saxton?
─Saxton no es nuestro cliente, Rob.
─No has contestado.
─Ni lo haré.
─¡Lo ves! Por este camino vamos mal, Peter. Es ilógico, insensato y además he de…
Un beso intempestivo le calló de sopetón.
─Ya estás con tus manías, canijo. La de los adjetivos.
─¿Eh?
Otro suave beso, en la ceja. Diablos, Peter olía tan bien. E inclinado sobre él, tan cerca, sus ojos dejaban entrever esa vulnerabilidad que sólo a él mostraba. Y también esa picardía de crío travieso inmerso en una travesura que le derretía las entrañas.
─Ahora no piensas en que nos puedan pillar, ¿eh canijo? Te has quedado todo flojo y mimoso.
Diablos.
Sería cabronazo.
Trataba de distraerle de lo que fuera que estaban hablando. Lo cual había quedado borrado de su memoria de un maldito plumazo. Con un simplón besuqueo.
Otro beso, o más bien un suave golpetazo con los labios le hizo retornar al presente. Al momento espionaje.
─¿Entramos?
Dios, Peter era insistente y terco a más no poder.
─No.
─¿Seguro?
─Del todo.
─Y, ¿si Sorenson se encabrita?
─Diablos, Peter, no es un rocín.
─Pues muerde a veces.
─¡Tú también!
─Sólo si me provocan. Claro que yo me asemejo a un estupendo semental.
Lo dijo con tal tono de satisfacción que Rob no pudo contener la risilla de mofa.
─Un tanto asilvestrado, ¿no crees?
─Sin duda, canijo.
Algo parecido a un estruendo retumbó, provocando que la puerta vibrara.
─Ya está. A la siguiente entro.
─No puedes, Peter. Las parejas han de hablar.
─Esos dos no son pareja.
El suspiró de incredulidad llamó la atención de Peter.
─¿Por qué suspiras?
El bufido exhalado a continuación terminó por alucinar a Peter.
─¡No bufes!
─Es que estás en las nubes en cuestión de amores, Peter.
─¿De qué diablos hablas? Titus no está enamorado de Elora. Cree que es, ¿su madre?
─No hablo de Titus, grandullón sino del potro desbocado.
─¿Cuál?
─¡Sorenson!
─¿Eh?
─Dioses, a veces me agotas.
─Claro, con mis habilidades amatorias te noqueo.
Le volvía loco tarumba la sonrisa de extremo placer en el duro rostro. Un merengue. En eso se convertía con cada sonrisa que rompía la dureza de esos rasgos.
Decidió emplear su misma frase.
─No lo niego, grandullón. No lo niego.
II
Tres cuartos de hora más tarde, la situación seguía siendo insostenible, con Elora abrazando de forma obsesiva al hombre que permanecía acurrucado contra ella con la cara aplastada contra sus pechos. Acomodado como si estuviera en la gloria. Mandaba huevos, ni que faltaran otras zonas mullidas en las que apoyarse.
En la lejanía su mente había escuchado la explicación dada a medias por Peter Brandon y complementada con breves intervenciones por Robert Norris.
Dioses, el proceder de esos dos le recordaba un viejo matrimonio terminándose las frases, entre discusiones y miradas de compenetración. Mientras tanto la gigantesca figura parecía dormir cobijado entre los suaves brazos de Elora.
Y suspiraba del gustillo.
Su famoso mal genio se estaba encendiendo por momentos, una vez más, y escalaba a pasos agigantados.
A petición suya, le habían dejado a solas con Elora para tratar de que entrara en razón. Por las buenas si fuera posible pero ello no excluía que al final fuera por las malas. Con esa mujer, todo era posible. Bueno, y con la presencia de su pegote de acompañante.
Lo esencial se resumía en lo siguiente. El gigante se llamaba Titus Caan. Le habían sacado de un jodido hospital para dementes. Su mente se asemejaba a la de un niño de corta edad. Estaba de alguna forma relacionado con el último caso investigado por Norris y por lo que habían conseguido captar, había confundido a Elora con su desaparecida gemela, Claire. Y permanecía pegado a ella como una posesiva lapa de río.
Un endiablado laberinto.
Sentía los redondos y oscuros ojos de su segunda al mando sobre él, mientras una de sus manos formaba perfectos círculos sobre la extensa espalda del grandullón.
─Y, ¿si siguiera viva, Marcus?
La pregunta del millón de libras. La misma que cada vez que escuchaba de esos llenos labios le encogía el estómago.
Los últimos años pasaron veloces por su memoria. Su primer encontronazo con ella disfrazada de hombre. Tan pequeña que le confundió con un crío callejero y trató de espantar para después dar una buena lección que le alejara de las calles para siempre. Ya en ese primer encuentro surgió clara esa terquedad que acompañaba ese impredecible carácter, dirigida a la obsesiva búsqueda de su hermana gemela. Y el inicio de esa inquebrantable amistad forjada a base de problemas, de risas y de constante roce. Y respeto. Inmenso respeto mutuo
¿Cómo contestar a su pregunta, sin dañarle, salvo mintiéndole?
─Buscamos a tu hermana por todas partes, mujer. Si siguiera viva le habríamos encontrado y lo sabes.
La femenina mirada se desvió hacia el hombre que dormía protegido, ajeno a todo.
─Pero él me miró y creyó que era ella, Marcus. En algún momento le hubo de tratar. Habla de Claire con cariño y…
─Elora.
─…como si hubiera sido hace poco.
─Mujer…
─Si mi hermana está ahí fuera necesito… He de encontrarla. Tengo que buscarla. Tengo que hacer lo que sea necesario para…
─No.
Esa mirada enfadada se clavó en él. Dolida.
─No digas eso.
─Alguien ha de hacerlo, mujer.
─¡No seas tú, entonces!
El desgarro en la última frase le impulsó a acercarse dos pasos hasta quedar sobre las dos figuras abrazadas, agachándose a continuación. Sus ojos quedaron a la altura de los de Elora.
─Sólo sufrirás, mujer.
─¿Crees que no lo hago desconociendo si mi gemela está o no viva? Una parte de mí no puede olvidar, Marcus. No puede y muero un poco cada día por dentro.
─Y, ¿si lo que averiguamos no fuera aquello que deseas?
─No me importa.
─A mi sí.
─No te pido permiso, Marcus. ¿Acaso no lo entiendes? Es mi hermana.
A punto estuvo de recordarle los malos ratos, la angustia, los lloros cuando creía que nadie le observaba sin saber que siempre tenía alguien cerca protegiéndole que más tarde le daba cuenta a él. Demasiados años juntos como para enterrar esa necesidad de protegerle, pero le conocía demasiado como para no saber que si él decía A, ella contestaría B.
Posó la mirada en ese redondo y suave rostro, tomándose unos segundos en memorizarlo.
No era hermosa como las mujeres con las que se había relacionado toda su vida. Sus rasgos se parecían a los de cualquier mujer de la calle que nunca haría que te volvieras para echar un segundo vistazo, salvo esos llenos labios y esos ojos con forma de almendra. Y ese endiablado carácter que espantaría a cualquier hombre con un poco de sesera dentro del cráneo.
Tenía que buscarle un marido. Con urgencia. Que le controlara por él. Era joven, agradable a la vista y con esas generosas curvas seguro que seguía siendo más que fértil. Claro que tendría que escoger un hombre agradable, honrado, trabajador, al que agradaran los críos, que no le gritara ni perdiera la paciencia con ella pero ante todo que no se dejara manejar ni enredar con sus ideas. Porque cuando algo se le metía en la cabeza, como ahora, ¡era un peligro en potencia!
Una mujer de su edad y con críos pequeños a su cargo no podía permanecer viuda. No en su mundo. Si no estuviera bajo su protección se la habrían comido los lobos hacía siglos. Es más, si no le hubiera marcado en los bajos fondos de la ciudad como intocable, hacía tiempo que hubiera desaparecido con esa llena figura y esa retadora mirada.
Condenada mujer que le había quitado días de vida con sus ideas. No, meses de vida, con los sobresaltos que le daba de continuo. A él y al conjunto de hombres que trabajaban para él y que para su desconcierto le adoraban sin doblez alguna.
La frase que tenía en la punta de la lengua se le atoró en el cuello.
¿Qué? ¿Qué diablos acababan de susurrar esos labios?
Casi estuvo a punto de sacudir la cabeza para despejarla porque, ¡no había podido escuchar lo que creía haber oído! Acababa de perder otro medio día de vida por su culpa.
─No he oído eso, ¿verdad, Elora? Dime que ha sido mi imaginación.
¿Le acababa de chistar, con ese dedito en alto?
Se alzó de golpe cruzándose de brazos. Se avecinaba una endemoniada tormenta y necesitaba…
Demonios, necesitaba prepararse si se atenía al fuego que comenzaba a llenar esa castaña mirada. Conocía esa manera de mirar. Demasiado bien.
─Oíste a la perfección, Marcus. Me lo voy a llevar a casa y ¡no grites! Le vas a despertar.
─¡Me importa un huevo! y ¡no te lo vas a llevar a casa! ¿Has perdido la razón, mujer?
No se lo podía creer. Todo se iba al garete, para no variar.
Su mirada se desvió hacia el hombre que se removía pegado a Elora. El gigantón se había despertado y, ¿eran gemidos lloriqueantes los que surgían contra el pecho de Elora?
─¿Ves? ¡Le has asustado!
Sabía que estaba con la boca semi abierta pero es que la situación lo merecía. Entre las insistentes llamadas en la puerta preguntando varias voces al unísono, femeninas y masculinas, si todo iba bien o si el mobiliario seguía en su sitio, el gigantón que como se apretara más contra los femeninos pechos iba a aplastarlos y la mirada llena de veneno dulzón que le lanzaba intencionadamente Elora, había perdido el control de la situación. Completamente. Y el aniñado hombretón cada vez lloraba más. Por Dios, ¡si no le iba a hacer nada!
Él jamás heriría a alguien indefenso. Antes muerto.
─Dile que pare de llorar, Elora, que no le voy a hacer daño. Como mucho amordazar, si sigue así de llorón.
─De eso nada. Díselo tú. Tú le hiciste llorar, tú lo arreglas.
Ya estaba otra vez. Desobedeciendo. La aspereza contra sus manos le hizo darse cuenta de que se había llevado las manos a la cabeza de pura desesperación.
─Debes obedecerme, mujer.
─Y un cuerno, Marcus.
─¡No digas palabrotas!
─Tú lo haces.
Increíble. Le estaba provocando. Ahí mismo. Sin pudor alguno.
Diablos.
Si no tuviera a toda la pandilla de locos desquiciados al otro lado de la puerta y al gigante aferrado a Elora, habría agarrado a su segunda al mando, subido las faldas y dejado ese lleno trasero como un puñetero tomate. Diablos, las manos le ardían.
─Ni se te ocurra, Marcus.
No te fastidia.
¡Si ahora ella le daba órdenes!
¡A él!, cuyo solo nombre provocaba pavor en la capital. Una mujercilla bajita, regordeta y mandona. Le iba a dar un vahído y todo por su culpa.
─Yo puedo decir palabrotas, mujer. Tú, no.
─Y, eso, ¿quién lo dice?
─Yo.
El resoplido de esos labios le llegó al alma. Y enrabietó. A punto estuvo de contestar cuando se dio cuenta de que el tal Titus había silenciado sus sollozos y les escuchaba muy atento. Alucinante.
─Ya no llora.
─Lógico. Está alucinado con tus berrinches.
─¡A mí no me dan berrinches, Elora!
─Pues tienes todo el aspecto de estar en medio de uno y bien fuerte.
En su borrosa mente se dibujaron varias posibilidades pero la más insistente se centraba en separar a Titus de su mujer, plantarla tiesa ante él y recitarle una a una todas las cosas que una mujer debía entender que jamás debía hacer a un hombre si no quería que éste explotara y…
Del sofoco se estaba liando. ¿Su mente acababa de pensar en Elora como su mujer?
Si a él no le gustaban las mujeres como ella. Para nada. A él le descontrolaban la libido las mujeres esbeltas y calladas. De rasgos preciosos, clásicos y altas. Elora le llegaba a medio pecho, por Dios y era, casi fea.
¡Esa mujer le estaba trastornando!
─¡Marcus!
Y, ¡ahora le gritaba a pleno pulmón!
Tenía que alejarse unos pasos antes de dejarse llevar por lo que su cuerpo le pedía hacer. Sobre todo por el ansia que le generaba el ardor de sus manos. Se encaminó a la salida.
Una risilla medio asombrada, medio incrédula que emanó a su espalda, de la mujer que no le quitaba la vista de encima provocó que detuviera sus pasos en dirección a la puerta de golpe y se girara de sopetón.
Sentía sobre su figura la curiosa e insistente mirada del gigante. Parecía querer proteger a Elora resguardándole en el círculo de sus brazos. Una ligera sensación de calor le llenó por dentro, antes de indagar.
─¿Y ahora, de que qué diablos te ríes?
─De nada.
─Acabo de escucharte, Elora.
─Mira por donde, cuando te digo cosas de importancia no escuchas, como cuando lo del muelle y lo de ahora que es una bobada, ¿quieres enterarte?
─Elora…
─¿Sí?
─Yo decidiré si es una bobada.
─Es que lo es, ¿verdad Titus? ─Reclinado contra ella, los pequeños ojillos del hombre pestañearon al asentir. Tras darse cuenta de que no iba a dejar el tema, Elora habló─. Una completa tontería.
─Que quiero saber.
Los labios de la mujer se apretaron, enfurruñados.
─¿No puedes dejarlo pasar?
─No.
El suave suspiró anunció la derrota pero antes la mano femenina acarició el casi inexistente cabello del gigante. Decidió mentalmente que también tendría que explicarle con pelos y señales que nunca debía acariciar a un hombre así. Sólo a un marido. O amante. Bueno, amante no. Elora no tenía amantes. Otro suave bufido femenino anunció la esperada respuesta.
─Sencillamente me preguntó por qué mi marido gruñía tanto y hacía pucheros.
─¡Yo… no… hago pucheros!
III
La paciencia no era una de sus virtudes más destacadas y dudaba que fuera a surgir de la nada, esa mañana.
─Como tarden en llegar vas a desgastar el suelo, Peter.
En el hospital de San Bartolomé les había recibido la misma mujer que conocieron el día que sacaron a Titus de ese infierno. La enfermera Angelique Mayers. Tras una mirada de desprecio esa mujer había desaparecido en busca del doctor Colin Piaret.
Llevaban confinados y esperando en el despacho del buen médico, investigador o catedrático o lo que diablos fuera, más de cinco minutos. Tiempo más que suficiente como para que ya hubiera preparado una buena historia que explicara el internamiento forzoso de Titus en ese agujero y la extraña desaparición de la joven enfermera Gates.
La ansiedad por moverse comenzaba a hacerse notar pese al agradable entorno. Permanecer sentado y a la espera podía con su paciencia.
El lugar era más que espacioso. Una pieza dividida en tres zonas bien definidas. La del despacho en sí, presidida por una amplia biblioteca. Otra de descanso con bajos y mullidos sillones desgastados que parecían relatar numerosas reuniones de colegas hasta altas horas de la noche. La tercera se hallaba repleta de revistas, periódicos, algún que otro panfleto, que parecía contrastar con el resto, sobre el mercado de ganado de la zona y su suciedad así como libros a doquier de temática médica en su gran mayoría aunque no todos. Si éstos reflejaban los intereses del hombre que iban a interrogar, eran sin duda variados.
─Es o bien pasearme o bien salir por esa puerta a curiosear los alrededores, Rob.
─¿No hay término medio?
Sus alzadas cejas acompañaron la pícara respuesta.
─Puedo dejarme convencer y hacer algo más que distraiga mi atención.
Los ojos abiertos y redondos como ciruelas de Rob casi le hicieron lanzar la carcajada. Era tan vergonzoso.
Lo contrario a él.
Quién lo hubiera dicho.
En la intimidad las tornas giraban ciento ochenta grados. Quizá fuera que al estar con Rob, el pasado desaparecía y se transformaba en su compañía en el jovenzuelo que de no haber desaparecido y sufrido, habría crecido para convertirse en el hombre que únicamente con él, actuaba y se comportaba tal y como era. Sin ocultar nada, ni tan siquiera a sí mismo. Ese hombre, un extraño a veces, que sólo con Rob asomaba en cuerpo, corazón y alma.
La expresión de Rob, sentado en la silla colocada frente al escritorio, era impagable.
─No te me desmayes, canijo.
─¡Yo no me desmayo!
─Pues no lo parece. Te tiembla el párpado derecho. Si me lo pides bien, resistiré las ganas de acercarme y hacer ese algo.
─Peter…
Hizo caso omiso a la advertencia en la voz de Rob, dando un paso en su dirección.
─Quieto ahí.
─Si me lo pides por favor, lo pensaré.
─¡Y un cuerno!
Otra zancada.
─¿Y bien?
─¿Bien qué?
─Pídemelo, canijo.
Otro paso.
─¡Está bien!
Se paró a una distancia mínima, de brazos cruzados. Rob siempre se colocaba uno de esos mechones rubios tras la oreja en ese gesto tan suyo cuando lo acorralaban. Su mirada iba de la puerta a él, una y otra vez, sin descanso. Si se aproximaba otro poco más seguro que hiperventilaba. Le resultó imposible retener la sonrisa, provocando el fastidio del canijo.
─Muy bien. Tú ganas. Esta vez, pero tarde o temprano, me las pagarás, Peter. Como que me llamo Robert Norris. No olvido fácilmente, ¿sabes? Tengo memoria elefante.
─No me digas. Sigo esperando, canijo.
─Dios, eres increíble.
─Gracias, canijo.
─¡No lo he dicho como un cumplido, Peter!
─Lástima.
─Dios, me pones frito. Muy bien, compórtate, por favor y deja de actuar como…
─¿Por qué susurras ahora?
─¡Porque nos van a oír!
─No grites, entonces.
─¡No lo hago! ─le encantaba que se trabara del apuro─ Bueno, lo hago. Algo. Pero es culpa tuya, maldición.
Se inclinó, un poco. Lo suficiente para rozar con su brazo el costado del canijo.
─¿Quieres que te avise antes de intentar seducirte? Perdería la gracia.
Sonrió. Esos azulones ojos pestañeaban descontrolados.
─¿O acaso te entran ideas desvergonzadas al escucharme?
Esta vez una risilla se le escapó. Dios, qué colorado se estaba poniendo.
─No me importaría compartir información, canijo o llevarla a la práctica.
─¡No podemos!
─¿Quién lo dice?
Ahora farfullaba. Tocaba ir por el peso pesado.
─Un beso de nada.
Rob saltó de su asiento como si un muelle le hubiera lanzado al aire. No había otra forma de explicarlo. Hasta quedar plantado a una buena distancia de él, con el brazo extendido a modo de aviso para que no se acercara.
Se aproximó lentamente, con algo de agresividad imposible de ocultar y con la mirada clavada en Rob.
─Ya debieras saber que lo que acabas de hacer, ocasiona la reacción contraria a la deseada, canijo. Ese ha sido, sin duda, un…
No tuvieron ocasión de continuar con la suculenta conversación al escuchar varios pasos acercarse apresurados.
La imagen que se había formado de la supuesta eminencia médica que les iba a recibir en nada cuadraba con el hombre de generosa envergadura y sonrosada tez en la que destacaban unos rellenos mofletes y que se acercaba a ellos con torpes e inseguros pasos. Una redonda cabeza que mostraba una brillante calvicie oculta en su parte superior por unos ralos mechones y una mirada ligeramente extraviada completaba el cuadro. Un par de anteojos empequeñecían el tamaño de los ojos tras los cristales.
Tras una leve indecisión el doctor Piaret estrechó sus manos y tomó asiento tras la mesa de su despacho. No tardaron en colocarse al otro lado en el par de sillas que habían ocupado con anterioridad, sintiendo a sus espaldas la fría presencia de la ayudante del médico.
─Le agradecemos que nos haya recibido, Doctor.
─No hay de qué, señores.
El rosado y relleno rostro del médico no apartaba la mirada de Rob. Con curiosidad clínica.
─¿Está usted bien? Parece un tanto… sofocado.
La estrangulada respuesta de Rob no tuvo precio.
─Hace algo de calor. Aquí, quiero decir. Hace un rato. Calor, vaya. Ahora, algo menos.
Rob carraspeó apurado y la mirada asesina que le lanzó hablaba de represalias. De un tortuoso desquite que él estaría más que deseoso de afrontar. Le faltó relamerse los labios del gusto.
Un breve silencio tensó la atmósfera ya cargada, hasta que la voz de Rob brotó, algo más clara.
─¿Conocía usted a la enfermera Barabara Gates, Doctor Piaret?
Antes de contestar, el hombre desvió brevemente la mirada hacia la figura femenina que permanecía tras ellos.
─No. Mi trato con las enfermeras es inexistente.
─Pero sin duda, sabrá que ha desaparecido.
─Eso dicen.
─¿No lo cree, acaso?
─Lo ignoro, señores, pero en plena juventud se cometen locuras.
─¿Y?
─Que puede que se cansara de atender enfermos y decidiera marchar lejos.
─Así, sin más.
Por el tono de voz de Rob, estaba enfadándose con las altivas respuestas. La forma en que enderezó la espalda en la silla ubicada a su lado, casi le hizo regodearse. Ahora iba a comenzar el interrogatorio en toda regla.
─¿Por qué consta su nombre en la ficha de Titus Caan?
Apenas lo percibieron. La casi inapreciable tensión en el redondo rostro pero ahí estaba.
El hombre se encogió de hombros.
─¿Cree que la desaparición de la joven guarda relación con su estrecho trato con Titus Caan? Era la encargada de su sección.
Otro encogimiento.
─¿Le falta la lengua, señor?
Una de las cejas del buen doctor se elevó despreciativamente.
─No, agente.
─Le agradecería que la empleara para contestarme. Si no le supone demasiada molestia aunque comprendo que para un hombre con sus muchas ocupaciones, una desaparición y una detención ilegal serán pecata minuta.
─Joven….
─Inspector, doctor. Puede dirigirse a mí como Inspector Norris.
El médico cuadró ligeramente los hombros, al mismo tiempo que su ayudante abandonaba el despacho, pasando casi desapercibida. No lo suficiente, pero casi.
Iba en busca de ayuda.
─Como no, inspector, pero me temo que va a tener que ser en otra ocasión. Como comprenderá, estoy realmente ocupado. La enfermera Mayers volverá en un segundo y les acompañará a la salida.
Qué diablos...
El médico hizo un ademán extraño y se levantó. Por segunda ocasión se escucharon unos pasos presurosos aproximándose al cuarto que ocupaban los tres. Se acercaban con rapidez. Era veloz la mujer o alguién estaba preparado para interrumpirles.
Rob y él cruzaron miradas. Lo preguntaban ahora o nunca. Aprovechando que estaba solo. Y le iba a tocar a él ya que Rob estaba demasiado enfadado para formar frases coherentes en ese instante.
─¿Por qué mataron a la enfermera? ¿Se enteró de lo de los niños?
El tono sonrosado dejó paso inmediato a una palidez casi cadavérica y una evidente capa de sudor cubrió la frente y sienes del médico.
─No podrán ocultarlo, doctor. Tiene dos opciones. Hablar en este momento o caer cuando se descubra lo de los niños.
El hombre parecía a punto de echarse a temblar. Cayó sentado en la silla como si fuera incapaz de sostener su propio peso. De un hombre altivo se había convertido, con un par de certeras frases, en un envoltorio trémulo y que daba incluso lástima.
─Nunca lo permitirían.
─¿Quiénes?
─Yo no lo sabía. No lo sabía, ¿entienden? Creí que era legal, que eran muertes naturales.
─¿Las de los niños?
─¡No! Las de ellas.
Quedaba poco para que entraran. Maldita sea. Sonaban a poca distancia.
Venga.
Necesitaba un empujón.
─Necesitamos más, doctor. Y lo necesitamos, ya. Si no nos ayuda, le juro que le detendremos y lo perderá todo. Todo aquello por lo que ha luchado toda su vida.
La palidez se incrementó, perfilando las redondas facciones. Los labios le temblaban y su mirada se dirigió a la puerta antes de volverse hacia ellos.
─No puedo.
─Usted decide, doctor.
Los hombros bajo la chaqueta se hundieron. Repentinamente.
─Hablen con su compañera.
─¿De qué demonios habla?
─Trabajan en parejas.
─¿Quiénes?
El médico respiraba trabajosamente y su mirada se dirigía constantemente a la puerta. Lo que no sabía Peter era si a la espera de que llegara ayuda o temeroso de que ésta apareciera.
─Las enfermeras. Al empezar a trabajar, a las que carecen de experiencia, les asignan otra con conocimientos suficientes como para guiarlas durante su primer año. No me pregunten más porque no puedo… ─el hombre se pasó desesperado la mano por la sudorosa frente─. Me han amenazado. No sabía nada, ¿entienden? No puedo hacer más. Tengo fam…
El médico se encogió en su asiento al tiempo que se llevaba desesperado una de sus manos al pecho, apretándolo , mientras con la otra intentaba soltarse el lazo que anudaba su camisa al cuello, con desesperación.
¿Qué diablos?
La brusca exclamación de Rob, a su derecha, se unió en ese mismo instante a la llegada de un grupo de personas entre las que estaba el subdirector del hospital, un par de celadores de aspecto brutal, dos desconocidos y esa mujer, la enfermera Mayers. Él era el más cercano al médico. Mientras los angustiados ojos del hombre se clavaban en los suyos al tratar de apartar sus manos para soltarle él mismo el cuello de la cerrada camisa y entrara más aire por su garganta, esa mirada…
Dios mío.
Esos ojos reflejaban lamento. Y arrepentimiento. Algo más difícil de definir, quizá vergüenza y algo de satisfacción, tras romper la barrera del silencio.
Con dificultad despejó el cuello del galeno al tiempo que alguien delgado pero recio se abalanzaba contra su espalda y se aferraba a ella como si le fuera la vida en ello. Una voz estridente comenzó a chillar junto a su oído hasta destrozarle los tímpanos que no le tocara, que él no había hecho nada, que apartara sus sucias manos de Colin. Le estiraron del cabello y de una de sus orejas por lo que hubo de revolverse hasta toparse con la loca de turno que creía que estaba ahogando al médico en lugar de ayudándole. Alguien apartó a la mujer con brusquedad, tras un par de bruscos tirones al tiempo que una fuerte discusión comenzaba a su espalda al gritar Rob a pleno pulmón ¡Señora!, ¿está usted atontada? ¿No ve que se nos asfixia el hombre?
Nada.
La fiera se lanzó de nuevo con los brazos hacia adelante y las manos en forma de garra, enfilados hacia su rostro, tras desasirse de Rob, por lo que no le dejó más opción que detenerla. Con contundencia.
Disparó una de sus manos y cubrió con la palma abierta la cara de la mujer parándole en el lugar, logrando que sus movimientos se limitaran a espasmódicas sacudidas de sus flacos brazos intentando golpearle. Con la otra mano seguía dando pequeños tirones al endemoniado lazo que el médico había anudado incontables veces al vestirse esa mañana. Costaba aflojarlos. Y el redondo rostro del médico comenzaba a tornarse escarlara y a mostrar ronchones cada vez más apelotonados por su superficie.
Calculó distancia, fuerza y maña para empujar a la mujer en dirección contraria a él sin espachurrarla, e imprimió un ligero empellón, cayendo ésta como una rígida plancha en brazos del subdirector, quien mostraba verdaderas dificultades en comprender lo que ocurría a su alrededor. También en atender al mismo tiempo las órdenes que él le gruñía para que mantuviera quieta de una condenada vez a la loca desquiciada si no quería que ¡el buen doctor la espichara por falta de aire!
Lo suficiente para alejarle pero sin dañarle aunque las ganas de ahogar a esa mujer no le faltaban.
Dudó un segundo hasta que Rob se posicionó entre la descontrolada y desmelenada ayudante, los restantes recién llegados y ellos.
El doctor respiraba con algo más de facilidad y el color parecía volver lentamente al sudoroso rostro. Dos de los hombres que acababan de llegar les rodearon y uno tomó su posición tras informarle que era enfermero.
Hablar de alivio al escuchar la palabra enfermero fue quedarse corto tras pensar realmente que el hombre se iba a asfixiar delante de sus narices.
A la discusión cuyo tono se elevaba por momentos entre Rob y los celadores se incorporó la femenina, aunada a la estridente del subdirector del hospital. Si no lo estuviera viviendo en primera persona, habría jurado que se trataba de una obra de teatro. Les acusaban de haber provocado con su interrogatorio un ataque al corazón al buen doctor y que darían cuenta de su poco profesional forma de proceder a las autoridades. La contestación de Rob de que ellos eran las citadas autoridades pareció encrespar a la mujer cuyo moño se estaba deshaciendo por momentos. Era más joven de lo que parecía a primera vista y sin duda, estaba más avinagrada.
¡Endiablada mujer!
Observaba a Rob como si apenas pudiera aguantar las ganas de morderle o de matarle ahí mismo.
No hablaba, ni farfullaba. Gritaba como una verdulera en las calles hasta el punto que Rob cerró las manos en forma de puño, lo cual era una nefasta señal. El pequeño empujón de él no era nada en comparación con lo que se le podía ocurrir al canijo. Tan y como discurría la mañana, igual le plantaba un cabezazo a alguien.
Se hizo a un lado dejando espacio a los hombres que atendían con presteza al galeno para que hicieran su trabajo, sin incordiar de por medio. El doctor Piaret respiraba más acompasado y recuperaba su color habitual con dificultad.
La mujer seguía berreando y amenazando. Reiteraba incansable que si Colin moría, ella se encargaría de destrozarlos, de humillarlos, de machacarlos, de triturarlos y de pulverizarlos.
Ya conocían de primera mano el nombre de pila del famoso doctor y el interesante léxico de la señora. Sobre todo sus dolidos tímpanos.
─Ha sido un ataque de pánico, no al corazón.
La clara voz masculina que surgió del grupo que atendía al doctor arrancó de su largo exabrupto a la histérica mujer, la cual se lanzó como una flecha hacia el grupo que formaban los sanitarios y el paciente.
La escena era irreal. Habían conseguido tender de costado al doctor en el suelo, desapareciendo de su vista tras la mesa del despacho en la que apenas disponían de espacio. Los sanitarios parecían dar saltitos extraños al pasar de uno a otro lado del paciente y comenzaba a escucharse la voz algo rasposa de éste anunciando que no había sido nada. Que el trabajo añadido a la preocupación de saber de la llegada de la policía, le había desequilibrado un poco provocándole una ligera angustia. Que le ayudaran a incorporarse. Hubo de repetir hasta tres veces que le ayudaran a erguirse hasta que lo hicieron.
A medias.
La cabeza de éste quedó a la altura del borde de la mesa. Y ahí se quedó, con la mirada fija en él. Estudiándole.
La voz surgió tan temblorosa como el constante aleteo de sus cortas y espesas pestañas.
─Gracias, joven.
Peter asintió en dirección al hombre, antes de que éste continuara hablando, aún sentado en el suelo. Demonios, podrían levantarlo del todo. Parecía un muñeco de cera.
─Poco más puedo decirles en este momento, agentes, aunque lo desearía, créanme.
Si le pinchaban en ese momento, seguro que no sangraba. Con el trasero aposentado en el suelo el hombre no dejaba de desprender una extraña dignidad, pese a su revuelto y escaso cabello, el hecho de que la punta de su barbilla reposaba en el borde de la madera de la mesa y que las puntitas de sus rechonchos dedos parecían guardar su rostro a ambos lados como diminutos soldados. Tampoco ayudaba el hecho de que los hombres que le sujetaban parecían tener verdaderas dificultades en alzar su peso muerto del suelo.
Con la mirada el doctor les insinuaba que sabía más pero no podía hablar. No en ese instante al menos y que siguieran la pista ofrecida. Su tono hablaba de miedo y pese a ello no había callado completamente.
Lo harían.
─Pero, Colin…
─No. Ellos nada hicieron, enfermera Mayers, salvo auxiliarme. Lo ocurrido ha sido un pequeño percance sin importancia pero que me ha abierto los ojos. Lo cual debiera haber ocurrido en cuanto lo supe.
Era curioso. E inquietante. Hablaba pero no se dirigía a ellos aunque se refiriera a lo ocurrido mientras estaban los tres a solas. Con una mirada llena de dureza siguió hablando sin apartar la mirada del hombre que dirigía de hecho el condenado hospital.
─Ahora si me disculpan, querría recuperarme y acudir a mi hogar a descansar lo que queda de día. Ha sido un día pesado y duro. Mis quehaceres en el hospital están terminados por lo que nada me retiene aquí hoy. ¿Me ayudaría a incorporarme, por favor?
Peter no lo dudó. Apartó a los hombres sin miramientos, se acercó al hombre y le alzó con algo de esfuerzo hasta dejarle cómodamente sentado en su amplia silla. Fue a alejarse pero una pálida mano se colocó sobre su antebrazo a modo de sujeción. El doctor susurró, emitiendo un sonido prácticamente inaudible.
En mi casa. Esta noche.
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