Capítulo 34
La decisión de quedarse en Valencia no había sido acertada. Cristina no había podido dormir en toda la noche. Aún le seguía doliendo haber cerrado esa puerta, haber tenido que despedirse no solo de él, sino también de Víctor. No quería volver a encontrárselos por la calle y tener que despedirse otra vez de ellos. No podía seguir inventando mentiras para Víctor. Tenía que admitir que lo suyo con Álex se había terminado, que no volverían a estar juntos.
Después de comer tenía pensado salir hacia Madrid. Su aventura en Valencia terminaba ese mismo día. Como no había podido pegar ojo en toda la noche, se había levantado temprano y había subido a la terraza para ver amanecer. Se había hecho un té verde y se había tumbado en una de las dos hamacas. Quería marcharse con un buen recuerdo. La última vez que había contemplado un amanecer había sido en los brazos de Álex. Todo le recordaba a él. Y se juró que esa sería una imagen que recordaría siempre. Era hora de pasar página.
Después de pasar cerca de una hora en la terraza, bajó a casa a hacer las maletas. Fue plegando la ropa con calma, como si se tratara de un ritual. Eso sí, se puso su camiseta de Pétalo; gracias a ella había pasado de los mejores momentos que recordaba. Cuando lo tuvo todo listo, se sentó en un taburete de la cocina a desayunar. Aún le quedaban unas cuantas galletas de chocolate blanco. Mojó una en un vaso de leche, pero por primera vez le resultó insípida. Solo pudo terminarse la que llevaba en la mano y dejó las demás guardadas en un bote.
Estaba un poco cansada de no haber dormido en toda la noche, así que no dudó en tumbarse un rato en el sofá. No llevaría más de diez minutos con los ojos cerrados, cuando recibió una llamada. La pantalla le decía que se trataba de Álex. Dudó si hablar con él, aunque al final deslizó el dedo y respondió.
—Hola, ¿qué tal?
Iba a echar tanto de menos su voz.
—Hola, Álex.
—Te llamaba porque quería escuchar tu voz y porque quería hablar contigo —soltó un suspiro—. Estela se acaba de marchar con Víctor. Estaba muy misteriosa esta mañana. Me ha pedido que quería llevarlo a la escuela de verano. Ha vuelto cambiada de Madrid. ¿Sabes? Es la primera vez que ha preparado el desayuno para su hermano y para mí. Incluso ha hecho la promesa de no discutir con Víctor. De momento parece que lo está cumpliendo. También se ha hecho cargo de un gato que trajimos ayer de Madrid. Víctor le ha puesto un nombre. Se llama Bob, como uno de los Minions. Cuando Estela regrese de llevar a su hermano, será la encargada del lavavajillas durante todo el verano. Ayer me confesó que había sido ella quien había enviado el whatsapp y que todo había sido idea de Tita. No trato de justificarla. No sé por qué te cuento todo esto. Bueno, lo sé, te quiero en mi vida. Tita se va a casar y me concede la custodia de los niños.
—Álex…
—Por favor, déjame terminar. ¿Me preguntaste cómo podía soportarlo? No puedo, Cristina. Esto es peor sin ti. Créeme. Me vuelvo loco cuando no te encuentro a mi lado.
—No me lo pongas más difícil —murmuró.
—No puedo dejar que te marches.
—Lo siento, Álex, esta tarde me voy.
—¿Es definitivo? ¿No hay nada que pueda hacer?
—No lo sé…
—¿Sabes? Esto no sería una despedida. Nos volveremos a encontrar porque siempre nos hemos estado buscando. Ahora lo sé.
Al tiempo que Álex hablaba, ella advirtió que alguien gritaba su nombre en la calle. Le pareció que era la voz de Estela, pero no podía asegurarlo. En cuanto oyó la de su hermano, estuvo segura de que solo se podía tratar de ellos. Se asomó a la ventana de la habitación que había ocupado Marga para ver qué pasaba. En la puerta estaban Estela y Víctor peleándose por hablar por un megáfono.
—Yo también quiero. ¡Me toca a mí! —la voz del niño salió amplificada—. ¡Cristina, soy yo! ¡Cristina! No te veo, ¿dónde estás?
—Trae, Víctor, que lo vas a romper. Tienes que mirar arriba.
—Dime que no estoy escuchando la voz de Estela —quiso saber Álex.
—¡Eh! Perdona, Álex, ahora te llamo. Está pasando algo en la calle.
Le colgó.
—¡Cristina! —volvió a gritar el niño.
—Hola —saludó ella desde arriba—. ¿Se puede saber qué estáis haciendo ahí abajo?
Estela le pegó un tirón y consiguió hacerse de nuevo con el megáfono.
—Mi hermano y yo queremos hablar contigo. Por favor, baja.
—Estela… —negó con la cabeza.
—Por favor, Cristina —insistió la niña—. Es importante. Quiero pedirte perdón.
Víctor tocó el brazo de su hermana para que le dejara hablar a él.
—Tengo un gatito que se llama Bob —dijo cuando Estela le acercó el megáfono—. Es muy bonito. ¿Tú lo quieres ver?
Ella tragó saliva.
—Por favor, quiero hablar contigo.
Dudó si hacer caso a la niña.
—Chicos, por favor, os tenéis que marchar a casa. No puedo bajar. Estela, no me lo pongáis más difícil —volvió a meterse dentro.
Desde donde estaba oyó cómo Estela le decía a su hermano.
—Tienes que llorar más fuerte. Algún día me lo agradecerás. Te tiene que escuchar ella, que vive en un quinto.
Cristina no se había podido retirar de la ventana. Sintió el llanto de Víctor.
—¡Por favor, ayúdenme, mi hermano se ha hecho daño y no hace más que llorar!
Cristina volvió a asomarse.
—Estela, déjalo ya. Esta es otra de tus tretas.
Ella negó con la cabeza.
—Sí, reconozco que le he pegado un pellizco y de repente se ha puesto a llorar y no para. No sé qué hacer. Creo que se ha hecho daño en el pie porque le ha dado una patada al suelo.
—Está bien, me pongo unos pantalones y bajo. Te lo advierto, estoy cansada de tus tonterías.
En el tiempo en el que ella se vestía, oyó el sonido de una sirena en la calle. Se volvió a asomar a la ventana. Esa niña era toda una lianta.
—Papá, a Víctor le pasa algo. No para de llorar y una mujer me ha dicho que ha llamado a una ambulancia o no sé a quién. Tienes que venir enseguida… por favor, Víctor, deja de llorar.
La gente empezó a hacer un corrillo alrededor de los dos hermanos.
—Estamos al final de la calle En Bou, la que da —buscó el nombre en una placa— a la calle Corregería… ¿Cómo, papá? ¿Qué dices? No te entiendo —retiró el teléfono de su oreja—. Por favor, ven…
Después colgó. La sirena no dejaba de sonar.
Cristina bajó por las escaleras de tres en tres escalones. Llegó al portal con la respiración entrecortada. Cuando salió a la calle, Víctor se sujetaba el pie y lloraba con desconsuelo. O a Víctor realmente le dolía el pie o le estaba echando mucho teatro, porque nunca había visto llorar a un niño de esa manera.
—¿Qué le pasa a ese crío? —quiso saber una mujer.
—Nada, que creo que se ha hecho mucho daño en el pie —repuso Estela.
Cristina se agachó frente al niño y le pasó una mano por la frente.
—Víctor, no pasa nada —lo tomó en brazos—. Venga, deja de llorar —le dio un beso en la mejilla para que se calmara—. ¿Qué ha ocurrido, Estela?
—Ahora te lo explico.
—Ella me ha pegado —la acusó—. No he hecho nada. Y me duele mucho el pie.
—Yo no te he pegado. No seas llorica.
—Estela, ¿esto es cosa tuya? Otra vez, no. Sigues siendo una niña.
—Sí, es verdad, sigo siendo una cría, pero te juro que solo le he pegado un pellizco porque no se quería levantar. Y puede que me haya pasado pegándole una patada —levantó la cabeza buscando a alguien.
—Estela, estoy muy cansada de tus tonterías. De verdad, déjame en paz. Me voy a ir a Madrid esta tarde.
—Pero no te puedes ir.
—Víctor —gritó Álex.
—Papi, estoy aquí. Me duele mucho el pie.
Estela puso los ojos en blanco. Estuvo a punto de darle un pescozón, pero de los de verdad, para que llorara a gusto. Su actuación era de Óscar.
—¿Me permiten? Es mi hijo el que está llorando.
Álex lo vio en brazos de ella. Ambos cruzaron las miradas. Él se recriminó por ser un estúpido. Intentó no pensar en lo bien que le sentaba el short que ella llevaba y que dejaba al aire sus piernas largas, esas que tanto había besado. Solo tenía que alargar la mano para atraerla hacia él
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó él.
—No es nada, tranquilo —respondió Cristina—. Víctor no tiene nada, puede que un susto. Estela le ha pegado una patada.
—¡Que alguien apague esa dichosa sirena, que no se oye nada! —exclamó una mujer mayor, que se unió al corrillo.
—¿Esto es cosa tuya? —quiso saber Álex apuntando a Estela.
Entonces la niña empezó a hablar. Todo aquello tenía un motivo. No se marcharía hasta que su padre y Cristina hablaran.
—Sí, es cosa mía —se colocó entre ellos—. A ver, yo solo quiero que habléis y que volváis otra vez. Cristina, lo siento, yo tengo la culpa de todo. Yo envié ese whatsapp y ahora sé que no lo tenía que haber enviado. Por favor, perdóname. Me tienes que perdonar porque nunca me he sentido tan mal y tienes que volver a casa. Mi hermano te echa de menos, y mi padre también.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó un hombre mayor—. ¿Se ha muerto alguien?
—¡Anda, por Dios, qué se va a morir alguien! —exclamó una mujer—. Espere que ahora se lo explique, que parece que esto se está poniendo interesante.
—Tú y yo teníamos una conversación pendiente —apuntó Álex.
—Ahora no puedo —dijo a media voz.
—Supongo que no soy suficiente para ti.
Cristina estaba desconcertada. No podía decirle aquello. Álex había dado color a su vida. Abrió la boca para responderle, pero tenía un nudo en la garganta.
—Niños, será mejor que nos marchamos a casa —dijo Álex después de que ella se mantuviera callada.
Se acercó hasta ella para coger a Víctor, que había dejado de llorar.
Estela no podía dar crédito a lo que estaba pasando. No era así como se lo había imaginado cuando lo había planeado todo en su habitación.
—No, no nos podemos marchar, papá —se puso delante de su padre—. Siento haber jodi… —se cubrió la boca con una mano—, siento haber fastidiado todo, pero tú la quieres a ella y Cristina te quiere a ti. Tenéis que hablar. Por favor, papá, tienes que intentarlo. Esto no se puede acabar aquí —se giró hacia Cristina—. Papá te quiere, Víctor te quiere y yo te quiero…
—¿Tú me quieres, Estela? —inquirió Cristina, asombrada.
La niña asintió con la cabeza.
—Sí, porque quieres a mi padre y porque quieres a mi hermano. También te has portado bien conmigo y yo no he hecho más que fastidiarlo todo. Te queremos, y queremos que regreses a casa. Y no lo digo porque hagas las mejores tortitas del mundo, pero es que no es justo que por mi culpa no estéis juntos. Te juro que nunca más voy a echarle sal a un dulce. Tenéis que arreglar lo vuestro. Por favor.
—Venga, mujer, hazle caso a la chiquilla, que no hay más que ver cómo te mira él —comentó alguien del corrillo—. Si te está pidiendo perdón.
—Eso, dile que sí, mujer.
—Venga, no podéis dejar las cosas así —repuso Estela—. Papá, le tienes que decir cuánto la quieres, si me lo dijiste anoche. Y cuando dos personas se quieren, pues una le pide a la otra que se case, o que vivan juntos, o yo qué sé, pero vosotros os queréis —le tomó de la mano para que no se marchara—. Acércate a ella y dile esas cosas que se dicen las personas que se quieren…
—Cállate, Estela —le pidió su padre.
—Pero papá…
—Deja que siga yo. No estaría bien que mi hija le pidiera a la mujer que amo que se casara conmigo.
Cristina notó la sangre arremolinarse en sus mejillas.
Álex apretó la mandíbula. Ya había cometido demasiadas estupideces en las últimas semanas, así que una más no tenía más importancia. Avanzó los dos metros que lo separaban de Cristina.
—Hace un tiempo me preguntaste si tenía una canción —dijo con voz profunda—. Sí, la hay y no dejo de pensar en ella ni un solo día. Cristina, no puedo evitar enamorarme de ti todos y cada uno de los días. La pedí para ti el lunes. Esperaba haber podido solucionarlo ese día, pero ya ves, fui incapaz. Soy así de torpe. Llámame estúpido, me lo merezco por no dejar que te explicaras —Víctor contemplaba la escena con los ojos abiertos. Se había colgado del cuello de su padre como un monito—. En algo tiene razón mi hija, y es que te quiero con locura, mi hijo te adora, y hasta Estela también te quiere. Ya la has oído. Sería un imbécil si te dejara marchar por tercera vez.
Cristina sintió que la emoción le desbordaba. Buscó el apoyo de la pared que estaba a sus espaldas.
—Álex —tuvo que carraspear para que le saliera la voz—, aquella noche te hice una pregunta.
—Lo sé. Y la respuesta es sí, pequeña, confío en ti, te confiaría todo lo que tengo, mis hijos, mi hotel. Y si me aceptas, somos nosotros quienes salimos ganando. Te doy todo lo que soy.
—Para mí es suficiente. Era cuanto quería escuchar, que confiabas en mí.
—Papi, ¿cuándo nos vamos a ir a casa? —el niño lo tomó de las mejillas para que le mirara.
—Bacalao, no le interrumpas —le dijo Estela con lágrimas en los ojos.
—Mi casa eres tú, Cristina. Eres el hogar al que siempre quiero volver. Me dijiste un día que no te gustaban las bodas, ¿recuerdas qué te contesté? —ella asintió—. Espero ser esa persona que esperabas. No deseo otra cosa que seas mi esposa.
Cristina parpadeó para no terminar llorando.
Estela empezó a murmurar un sí, hasta que poco a poco se le fueron sumando los demás síes de la gente que les rodeaba. Sí… sí… sí… sonaba cada vez con más intensidad.
—Dile que sí a papá, por favor.
Algo tenía Cristina con las declaraciones. Nunca hubiera imaginado que Álex se le fuera a declarar con Víctor en los brazos. No sabía si era lo más romántico del mundo, lo que sí que podía decir es que le resultaba lo más tierno y conmovedor que nadie había hecho nunca por ella. No podía evitar derretirse, porque muy pronto estaría entre sus brazos saboreando esos labios.
Sí… sí… sí…
—Venga, dile que sí, mujer —comentó una mujer.
—Álex, hazme esa pregunta, pero antes de responderte, dile a tu hijo que se tape los ojos, porque cuando me la hagas voy a quererlo todo de ti.
Estela se quitó un anillo que le había regalado su abuela.
—Papá, toma —se lo entregó—. Si le vas a pedir que se case contigo, tienes que hacer bien las cosas —cogió a su hermano en brazos—. Ven conmigo, bacalao, que papá tiene que hacer algo muy importante.
Álex la tomó de la mano. Ambos temblaban. La gente que les rodeaba no dejaba de murmurar los síes.
Sí… sí… sí…
—Cristina, ¿me concederías el honor de casarte conmigo?