Capítulo 14
¿Improvisar? El amor no se puede improvisar de ninguna de las maneras, como tampoco se puede detener el viento cuando estás en lo alto de un precipicio, te agita de arriba abajo y se filtra por tus venas para llegar hasta tu corazón; ni siquiera puedes elegir no mojarte cuando estalla una tormenta que te ha pillado en mitad de un prado; el agua te traspasa la ropa y te cala hasta el alma. Cristina quería ser ese lienzo donde él pintara caricias, gemidos, risas y confidencias. Deseaba que Álex mantuviera encendida la llama del candil que anidaba en su estómago, como quería que la historia de su cuerpo fundido con el de él se mantuviera en la eternidad del deseo.
No le cabía ninguna duda de que Álex tenía una imaginación desbordante y que podía cumplir la promesa de improvisar si algún plan fallaba. Aun así, Cristina no podía pensar en solo un plan, se le ocurrían miles, y en todos ellos Álex era el protagonista. Había algo más que química y física. Era complicidad cuando jugaba con él, algo que nunca había surgido con Manu. Notaba vibrar cada poro de su piel cuando él estaba cerca. Era como estar en una fiesta continua, y ella no quería que terminara jamás. Junto a él se hallaba segura y podía ser esa Cristina que tantos sueños tenía cuando era pequeña, esa niña que soñaba con ser alguien muy distinta a la que estaba con Manu. Lo mejor era que no se sentía ridícula cuando coqueteaba con él, y eso la hacía sentir fuerte. Recordó que, cuando salía con su exnovio, todas las necesidades que tenía ella no eran importantes, y el sexo nunca le había parecido algo especial. Sin embargo, después de conocer a Álex, una pasión intensa se le había despertado en su interior y la única fuerza del mundo que podía calmarla tenía nombre propio. Quería satisfacer junto a él ese fuego desconocido que había brotado desde que decidió ser la personal shopper de Álex. En sus pupilas podía ver todo el deseo que había ansiado en un hombre. Y aquello no había hecho más que empezar.
¿Qué había de malo en soñar despierta?
Se preguntó si era Valencia la que la estaba transformando. O puede que fuera Álex quien le hacía sentir más poderosa de lo que había sido nunca; eso la hacía muy feliz. En cualquier caso, la puerta a esa nueva Cristina ya estaba abierta y por nada del mundo la iba a cerrar.
En cuanto vio a Marga y a Óscar, los abrazó como si no los hubiera visto en mil años.
—Dios, no quiero irme nunca de aquí. Estoy en una nube y no quiero bajar. Decidme que esto no es un sueño.
—Siento decirte que lo es, hermanita, y vas a despertarte en tres… dos… uno… —Marga chasqueó los dedos como si de un hipnotizador se tratara—. Alguien tenía que decírtelo.
—Eso no ha tenido gracia —Cristina le sacó la lengua.
—No sé cuántas veces te lo he escuchado decir. Cambia ya el discurso. No estás en un sueño —le dio un nuevo abrazo—. Si lo tuyo no sale bien con Álex, ya sabes que siempre me he querido casar con él. ¡Es tan guapo!
—Oye, cari, que yo también estoy muy bueno. Estoy decepcionado contigo —tomó la mano de Marga y la colocó en su pecho—. Mira cómo sufro. Te vas a tener que esforzar mucho para curar mi corazón maltrecho.
Marga le dio un repaso rápido. A decir verdad, se podría decir de Óscar que era más atractivo que guapo, sobre todo cuando sonreía y se le marcaban esos dos hoyuelos en las mejillas. También se le achinaban los ojos, cosa que le hacía parecer un duende travieso. Él decía que era uno de sus encantos. No era tan alto como Álex, puede que apenas cinco centímetros menos, pero sí que tenía unos músculos tan marcados como este, y todo gracias a las horas que había pasado en el gimnasio. Al igual que Álex, Óscar tenía el pelo ondulado, aunque de un castaño claro, que se le clareaba cuando llegaba el verano. En aquellos momentos tenía pinta de surfista, con unas bermudas floreadas y su camiseta de Cactus, que lucía con orgullo.
—Anda que no tienes morro. Sí, tú también estás bueno —comentó elevando los ojos al techo—. ¿Era esto lo que querías escuchar?
—Gracias, guapa, pero no hemos venido a hablar de mí, aunque sea mi tema de conversación favorito. ¡Bombón, pero mírate, estás radiante! —exclamó agarrando de la mano a Cristina y haciendo que diera una vuelta sobre sí misma—. Eso es que ya habéis follado. Te lo noto en la mirada.
—Eres incorregible —contestó Cristina soltando una carcajada—. Como siempre, matas todo el romanticismo. ¡Pobre de la chica que quiera estar contigo!
—Dime que no me equivoco. Además, ¿qué hay de malo en hablar de sexo? A mí me encanta y quiero verte feliz, como ahora. Y si tú hubieras follado con alguien que supiera cómo se maneja esta boa que tenemos entre las piernas, me darías la razón.
—Pues tengo que decirte que otra vez te equivocas —dijo haciéndose la interesante—. Aún no hemos tenido sexo y no sé si me pondría tan pesada como tú.
—Dios, eso no te lo crees ni tú, guapa. Te doy una hora como máximo, porque después de tu primer orgasmo, cambiarás de opinión. Ay, lo que te estás perdiendo, y todo por hablar con nosotros —la giró en dirección al ascensor, pulsó el botón y esperó a que se abrieran las puertas. Después la empujó dentro—. Venga, sube y disfruta como una perra, que tu hermana y yo ya nos íbamos. No queremos molestar. Tienes mucho que descubrir.
Cristina soltó un bufido, exasperada, y salió del ascensor.
—Óscar, ¿quieres parar de hacer el tonto?
—Eso sí que no te lo consiento. Casi puedo soportar que no me digas que estoy muy bueno, pero no de que no esté en lo cierto. Y bombón, tú necesitas follar ya.
Sí, tenía que darle la razón, aunque no se lo diría. Contaba los minutos para estar a solas con Álex y probar cada una de las posturas que él le había enumerado en la cocina. Si por ella fuera, las probaría todas esa misma noche.
—Bueno, ¿qué tal vuestro día? —preguntó cambiando de tema—. Ya veo que habéis tomado un poco el sol y que habéis cogido algo de color. Os veo muy bien.
—Ha estado bien, pero de momento no hemos encontrado nada interesante —se giró hacia Marga—. Prométeme que si esta noche no encuentro una chirla follable, te apiadarás de mí y me darás mimitos —puso ojitos de cordero degollado—. Al final me veo haciendo calceta contigo.
—Oye, guapo, que no soy tan mal partido. Cuando estábamos en la playa no te he visto quejarte —le dio un empujón de broma—. Ni que yo fuera tu abuela. Yo aún estoy en el mercado y hoy es el día perfecto para pasar página de una vez. Fuera todos los malos rollos de mi vida.
—Si no lo digo por ti, guapa, lo digo por mí. Este fin de semana parece que estoy gafado. Mis súper poderes de conquistador no funcionan aquí.
—Eso es porque no insistes lo suficiente —Marga reposó la cabeza en el hombro de Óscar.
—¿Tú crees? Porque mira que estoy bueno, pero habrá que pasar al plan B —le pegó un codazo a Marga—. ¿Tú qué dices?
—O sea, que yo soy la chica de repuesto en el caso de que tú no encuentres nada aceptable.
—No, corazón, no creo que ninguna te llegue a la suela de los zapatos —le tiró un beso al aire.
—Eso sí que es romántico, Óscar —reconoció Cristina—. Parece que Valencia está obrando milagros en nosotros.
—Y puedo ser mucho más romántico, pero para eso tendríamos que estar a solas tu hermana y yo —puso morritos, como si fuera un pez fuera del agua que estuviera boqueando.
—¿Me estás pidiendo una cita?
—¿Ha sonado como una cita? —preguntó Óscar esbozando su mejor sonrisa cautivadora, un gesto que parecía haber ensayado mil veces delante de un espejo.
—¿Y por qué no?
—Sabía que este fin de semana iba a ligar —la cogió de las dos manos para bailar una especie de chachachá—. No te has podido resistir a mis encantos. ¿Qué han sido, mis encantadores hoyuelos, mis ojos verdes o mis labios sensuales?
Marga siguió el ritmo que le marcaba Óscar. Dieron varias vueltas, hasta que él la pegó a su pecho, e incluso se atrevió a susurrarle algo al oído. Marga soltó una carcajada. Se les veía tan felices.
Cristina los miraba sin entender muy bien qué ocurría. ¿Estaban de broma? ¿Lo decían en serio? ¿Iban a tener una cita? ¿Qué se había perdido en esas horas que había pasado con Álex? ¿Habían estado tonteando todo el día y no le habían dicho nada? ¿Y pretendían que ella les contara cómo le había ido con Álex?
—Más bien diría que es al revés —Marga dijo después de un rato. Había decidido seguirle el juego. Tiró la cabeza hacia atrás y Óscar aprovechó para darle un beso en el cuello. Aspiró su perfume, que tenía toques a cítricos y flores.
—No le hagas caso a tu hermana, bombón —le soltó las manos—. Está de broma. Se le ha subido la botella de vino que nos hemos tomado en la comida.
—No ha sido una botella, han sido dos. Y sí, claro que estamos de broma —Marga le pegó otro empujón de broma—, pero sigue en pie lo de la cita. Luego no te rajes. Quiero ser el mejor plan B que hayas tenido en tu vida.
—Por supuesto. Las bromas siempre hay que llevarlas hasta sus últimas consecuencias. Si no, no tendrían gracia.
—¿Y dónde me vas a llevar a cenar?
—Pues como es una primera cita de broma, te dejo elegir a ti.
—No, prefiero que me sorprendas.
—Vale, te voy a sorprender.
—¿Sabéis lo que os digo? —les dijo Cristina sin esperar una respuesta por parte de Óscar y su hermana—. Que os lo paséis bien en vuestra cita de broma. Yo tengo mi propio plan y vosotros no estáis invitados.
Al igual que Óscar la había llevado hasta el ascensor, ella los acompañó a empujones hasta la puerta del hotel. Tanto su mejor amigo como su hermana no dejaban de reírse y soltar tonterías.
—No os quiero ver hasta el domingo por la tarde.
—Ya nos contarás qué ha pasado esta noche, aunque con decirnos cuántos han sido, nos conformamos —le guiñó un ojo Óscar—. Marga, dile a tu hermana que la queremos mucho.
—Te queremos mucho, Cristina. Y por favor, hazle caso a Óscar y folla como nunca.
—Ya sé que me queréis, pero esta noche, puestos a elegir, prefiero que sea otra persona la que me quiera mucho. Así que, chicos, hasta luego —les dio un último empujón.
Cristina vio cómo se alejaban. Se iban gastando bromas y aprovechaban para tocarse cada vez que se pegaban manotazos de broma. En cualquier caso, fuera o no una broma entre ellos, a ambos les venía bien reírse como lo estaban haciendo. Y bueno, para qué mentir, tampoco hacían mala pareja.
Iban hacia la plaza de la Reina por la calle San Vicente. Aún podían notar los efectos del vino que se habían tomado durante la comida. Eso les hacía sentir más libres, más desinhibidos. Eran capaces de llevar a cabo todas las locuras que no se permitían hacer en Madrid, de no tener prejuicios en hacer caso al corazón y no a la cabeza. Se cruzaron con un montón de turistas, algunos de ellos se sonrían porque miraban las camisetas que llevaban y el mensaje que decía: “Las Supernenas al poder”, “Las Supernenas dispuestas a comerse el mundo”. Solo les faltó una capa para poder volar por el cielo de Valencia.
Un vendedor pakistaní salió de una de las calles y les ofreció una rosa. Óscar dejó que Marga eligiera la flor que más le gustara. Aunque para que aquel momento fuera perfecto, habría estado bien que Marga supiera lo que sentía por ella, y que ese gesto era algo más que el detalle de un amigo. Sin embargo, se conformaba con aspirar su perfume. Marga era cuanto necesitaba.
—¿Has pensado ya en algún sitio para cenar? —preguntó Marga cuando Óscar pagó.
Él la miró metiéndose las manos en los bolsillos.
—Claro que lo he pensado, cari. Pero va a ser una sorpresa. Este fin de semana te mereces lo mejor.
—No, te estás quedando conmigo.
—Puedes pensar lo que quieras —chasqueó los labios.
—No es posible que lo hayas pensado.
—Recuerda que soy un hombre de negocios y siempre pienso en todo —le tiró un beso al aire.
—¿Y cuándo lo has pensado? No has tenido tiempo.
—Los magos no revelamos nunca nuestros secretos.
—Vale, suponiendo que sea una sorpresa y que me vas a llevar a cenar a un sitio misterioso, ¿no me lo vas a decir antes?
—No. Entonces no sería una sorpresa.
—Es que no me gustan las sorpresas, así que tienes que decírmelo —le comentó poniendo voz de niña pequeña. Eso solía funcionar con Javier.
Por primera vez se acordó de su exnovio y no lo echó de menos. Ya no. A decir verdad, aquellas horas que había pasado junto a Óscar era lo que necesitaba. Hacía tiempo que no recordaba haberse reído tanto. Óscar era gracioso, ocurrente y sobre todo era muy generoso, algo que ella valoraba en una persona. Y claro que aún le dolía pensar en Javier, porque recordar todos los años que había estado enamorada de él le llevaba a la conclusión de la gran mentira que había sido su relación. Pensó que junto a él viviría la mayor aventura de amor, pero se había equivocado al ponerlo en un pedestal. Ni era el príncipe con el que muchas mujeres soñaban al jugar en la niñez, ni tampoco se parecía a los protagonistas de las novelas románticas. Ni siquiera llegaba a sapo. Era más bien un renacuajo jugando a ser lo que no era.
—Ya sé que no te gustan, así que tendrás que esperar a que sean las diez de la noche.
—¿No me lo vas a decir ni bajo amenaza de tortura?
—Ni bajo amenaza de tortura. Soy una tumba.
Marga soltó una carcajada.
—Te advierto que soy experta en hacer cosquillas en los pies.
—Creo que podré soportarlas.
—Eres más duro de lo que pensaba.
Óscar la miró de reojo y reprimió un suspiro.
—Mucho. Te sorprendería lo duro que puedo ser.
—Te has puesto serio de repente, y me gustas mucho más cuando estás de broma.
—Bueno, esta es una parte de mis encantos. Si vamos a tener una cita de broma, tendrás que acostumbrarte a ellos, muñeca —se pasó el dedo pulgar por el labio inferior, parodiando el famoso anuncio.
—¿Muñeca? ¿De verdad eso les funciona a los tíos?
Si había algo que Marga odiaba era que alguien le dijera ese odioso apelativo. Puede que también fuera porque se lo decía Javier cuando estaban en la cama y no quería escuchar nada de lo que dijera él.
—A Rick Blaine le funcionaba.
—Ya, pero tú no eres Humphrey Bogart, ni esto es Casablanca.
—Pero no me negarás que yo estoy un poco más bueno que Rick.
—Deja que lo piense —se mordió un dedo.
Óscar le pegó un manotazo suave en el culo.
—¿Qué tienes que pensar?
—A ver, que estamos hablando de todo un sex simbol.
—Sí, pero de los años cuarenta, no de ahora. Además, yo te pillo más a mano.
Un joven cantaba en una esquina La chica de Ipanema con una guitarra acústica. Óscar no se lo pensó dos veces. Como había pasado en el hotel, le tomó la mano a Marga y le colocó la otra al final de la espalda, y se puso a bailar en mitad de la calle al tiempo que no dejaban de reír. Óscar no podía dejar de mirarla, le gustaba ver cómo sus rizos rubios se le desparramaban por la cara. No quería pensar en nada, solo disfrutar del fin de semana, de la luz de la ciudad, del olor de sus calles, de su ambiente, de la magia que desprendía cada rincón, y por qué no, también de Marga.
—A ver si te crees que yo salgo con cualquiera —respondió Marga.
Marga tenía que reconocer que Óscar bailaba muy bien. Aunque se había criado con dos hombres, una vez al año pasaba una semana con Olga, su madre biológica, una bailarina rusa que se quedó embarazada con el único fin de entregarlo a sus mejores amigos. Desde luego, había heredado esta habilidad de ella, además de su pelo rubio y sus ojos verdes.
—Con cualquiera no, solo conmigo, mona. Y si esto acaba en boda con dos preciosos niños, te prometo que te dejaré mi bien más preciado. Además te prometo que todas las mañanas te despertaré con un beso —le dio dos vueltas.
—¿Y ese bien tan preciado del que hablas cuál es?
—Parece mentira que aún no lo sepas —soltó Óscar tras una carcajada.
—¿Por qué no te puedes tomar nada en serio?
Óscar siguió riendo.
—Claro que me tomo las cosas en serio, pero ahora estamos de relax. De hecho, me estoy tomando esta cita muy en serio, aunque no lo creas.
Dejaron de bailar cuando el chico pasó a la siguiente canción. Escucharon varios aplausos, aunque ellos estaban más ocupados en mirarse a los ojos. Marga se había quedado absorta en el verde radiante que eran las pupilas de Óscar.
—No es cierto.
—Claro que sí —él se obligó a reír.
—Venga, no te rías de mí.
—No me estoy riendo de ti, me estoy riendo contigo, que son dos cuestiones diferentes, muñeca.
—A veces te pones odioso. Y no me llames muñeca.
—Vale, como quieras.
—No, no vale, no te estás tomando esta cita en serio.
Óscar se estremeció.
—¿Me estás pidiendo que te bese? —le murmuró en su oído. Su aliento le recorrió la mejilla, y ella tembló en sus brazos.
—¿Y por qué no? Estamos de broma.
Óscar dejó de reír y entrecruzó sus dedos con los de ella. Quería besarla, sí, pero para él no era ninguna broma. Lo deseaba más que cualquier otra cosa. Era el beso con el que llevaba años soñando. Su miedo al compromiso con otras mujeres tenía un porqué, y en esos momentos la tenía entre sus brazos. La atrajo hacia sí, la pegó a su cuerpo para ajustar su cadera a la de ella. Fue consciente de que se acoplaban a la perfección, como piezas de Lego. Un agradable cosquilleo le recorrió la espalda. El mundo entero dejó de existir.
—¿Qué vas a hacer? —quiso saber Marga.
Ella notó unas mariposas en su estómago. Aquello no le podía estar pasando. Era solo una broma entre dos amigos.
—Lo que se hace en una cita. Te voy a besar.
—No, no vas a hacerlo.
—¡Oh, sí! Claro que te voy a besar, y a ti te va a gustar —esbozó una sonrisa maliciosa.
—¿Tan seguro estás de que me va a gustar?
—Sí.
No era del todo cierto lo que le había contestado. Estaba muerto de miedo y no sabía si le iba a gustar. Iba a traspasar la barrera. Había temor ante ese beso, no porque no le gustara, sino por todo lo que podía significar para él. Sabía que si cruzaba la frontera ya no habría vuelta atrás.
—No, estás de broma.
—No, ahora no estoy de broma.
Óscar le acarició la mejilla y después le colocó la mano detrás de la nuca para besarla. Sus labios fueron al encuentro de la boca de Marga. Para sorpresa de ella, recibió el beso de Óscar con gusto. Entrelazaron sus lenguas en un baile cálido, sin prisas, como habían bailado segundos antes. La mano de él se aferró con más fuerza a su cabello. Después la fue bajando por la espalda hasta posarla en la curva de sus caderas para notar cómo se estremecían a la vez. Se fueron separando poco a poco, sin terminar de creerse lo que había pasado. Óscar apoyó su frente en la de Marga.
—¿Qué ha sido esto? —preguntó ella.
—¿Quieres que te lo recuerde de nuevo? Sabía que te iban a gustar mis labios.
Óscar volvía a ser el bromista de siempre. Se había vuelto a poner esa máscara que en ocasiones usaba para protegerse, para que ella no supiera cuánto la amaba. Había sido una broma para ella, pero no así para a él. Le costaría olvidar ese beso inocente, como le costó separarse de sus brazos.
—Vamos, no te quedes atrás —comentó Óscar—. ¿Te tiemblan las piernas? A partir de ahora no podrás vivir sin mis besos.
—¿Esto es lo mejor que sabes hacer? Tendrás que esmerarte algo más. Esperaba algo más de ti.
Óscar alzó una ceja y frunció los labios. ¿Se le estaba insinuando?
—¿Estás cuestionando mi besos?
—Sí. Y este no ha sido bueno.
—Ninguna chica se había quejado de ellos.
—Pero yo no soy ninguna, yo soy única.
Era cierto, para él solo estaba ella.
Marga lo agarró del cuello de su camiseta y lo atrajo hacia ella. Aquel gesto lo pilló desprevenido.
—Si vamos a tener una cita, no quiero que me beses como si tuvieras miedo. Y ahora, bésame como tú sabes —dijo estrellando sus labios en los de él.
Óscar tragó saliva, sus labios se curvaron hacia arriba y se decidió a cumplir los deseos de ella. ¿Qué podía hacer si no?
Las manos de Óscar descendieron por la espalda de Marga y después subieron con calma para hundirlas en sus cabellos, aferrándose a ellos como si tuviera miedo de que desapareciera, como si de un truco de magia se tratara. Había encantamientos que podían resultar de lo más caprichosos. Y al igual que le pasaba a Cristina, a él le daba miedo despertar.
Marga soltó un gemido ahogado al sentir los labios de Óscar recorrerle el cuello, y cuando le lamió el lóbulo de la oreja, notó cómo la respiración se le agitaba. Hacía tiempo que un beso no la hacía sentir tan bien. Quiso creer que era porque aún se notaba que estaba bajo los efectos del alcohol. No obstante, algo en su interior le decía que se estaba engañando. Le estaba besando porque lo deseaba, porque sentía algo nuevo en Óscar, algo parecido al deseo en su miraba, en su aliento y en cómo se había estremecido al respirar el mismo aliento que ella. Solo los separaba el miedo, y de ella dependía si quería saltar o no ese muro. Javier nunca la había mirado de esa manera. Se dejó querer por Óscar. ¿Era demasiado egoísta si se dejaba amar unas horas por alguien que la trataba como siempre había deseado que lo hiciera Javier? También estaba el hecho de que Óscar besaba muy bien. Si esto era un preludio de dónde podía acabar la noche, ella se iba a dejar llevar por esa marea que la arrastraba sin remedio corriente adentro.