Capítulo 5
Álex llegó a casa de sus padres con el gesto contraído y los músculos en tensión. Se quedó unos minutos sentado en la moto, con el casco en la mano y los hombros caídos. Se sentía vencido por Tita, por todas las mentiras que había dicho sobre él y porque sus amigos le habían dado la espalda. Sin embargo esto no le importaba tanto, porque lo que realmente le dolía era que llevaba sin ver a sus hijos algo más de tres meses. Negó con la cabeza al recordar las palabras de la mujer que tanto amó un día.
—O todo o nada.
Aquello era peor que una condena de cárcel. Para ella no había deseos inocentes. Siempre resultaba perturbador cuando a Tita se le metía algo entre ceja y ceja. Podía llegar a ser obsesiva, y por desgracia él era un objeto, era todo cuanto ella deseaba, sin importarle a quién se llevara por delante. Estaba dispuesta a llegar hasta el final, costara lo que costara.
No recordaba muy bien cuándo dejó de ser la mujer que un día lo enamoró para convertirse en alguien que odiaba con toda su alma. El cambio se fue produciendo cuando él decidió dejar el consejo de administración para montar su propio negocio de hostelería. Un día sintió que no le llenaba su trabajo, que fue unos meses antes de que estallara todo el tema de la crisis económica, y se replanteó qué quería hacer con su vida. Entonces empezaron a llegar los primeros problemas con Tita, que vio amenazado su tren de vida. Después se quedó embarazada de Víctor, su hijo pequeño, para tratar de salvar el matrimonio, pero era inútil luchar por una relación que hacía aguas por todos los lados. Tita dejó salir a esa mujer que no reconocía y se convirtió en alguien manipulador, exigente, histérico y caprichoso que nunca tenía suficiente con lo que él le daba. Quizá siempre había estado ahí, aunque durante los primeros años de matrimonio no había reparado en ello. El amor decían que era ciego, y cada vez estaba más convencido de que era cierto. En esos momentos no había nada que le uniera a Tita, salvo sus dos hijos. Se había casado con una persona por la que ya no sentía nada, aunque en aquel entonces le pareció que era la mujer con el acento más dulce del mundo, que solo deseaba dejar atrás un pasado difícil y formar un hogar. Tita había jugado el papel de la Cenicienta y la carta de que su infancia no había sido fácil. Él le prometió que la cuidaría porque le pareció una mujer frágil y marcada por un padre alcohólico y una madre que se prostituía para poder sacar adelante a ella y a sus hermanos.
Ahora dudaba de que todo lo que le había contado sobre su infancia fuera cierto. Ella nunca quiso regresar a Venezuela, ni tampoco quiso saber nada de su familia. Aseguraba que su padre había muerto, y que de su madre no había tenido noticias en más de quince años, así como que sus dos hermanos estaban en la cárcel por tráfico de drogas.
A pesar de que Tita le había rogado que no dejara su trabajo en el consejo de administración, hacía más de dos años y medio que había abierto un hotel urbano en el centro histórico de Valencia que funcionaba bastante bien, pero para ello había tenido que vender su apartamento en Sotogrande, con el que había podido costear toda la reforma que requería su negocio. No obstante, Tita sentía que no había espacio para ella en la nueva vida de Álex. Veía que cada vez le resultaba más difícil manipularlo a su antojo y muy pronto empezaron las amenazas, que no surtieron el efecto que Tita deseaba en Álex. Y aunque llevaban más de tres meses viviendo cada uno por su cuenta, y más de un año sin tener relaciones íntimas, acompañó a Tita en el preestreno de su última película porque ella se lo pidió, aunque esto no era más que otro de sus chantajes, ya que ella le prometió que le dejaría ver a sus hijos. De cara a la galería, ellos seguían siendo una pareja bien avenida, pero la pantomima terminó cuando acabó la fiesta que hubo después del estreno. Fue la última cosa que hizo por ella y ya había tenido suficiente con este último favor, porque él había llegado al límite de su paciencia. Días después llegó la acusación por malos tratos. Tita llevó a cabo su amenaza de denunciarlo a la policía.
—Álex, ¿ya has llegado, cariño?
Fue su madre quien le abrió la puerta que daba al garaje cuando advirtió que no entraba a casa.
—Sí, hace un rato.
Su madre llevaba puesto un vestido de fiesta en color verde botella, porque esa noche iban a una cena benéfica para ayudar a un niño sordo de nacimiento que necesitaba un implante coclear. Esperaba a que llegara su padre del trabajo para acudir a la cena. Se quedó mirándola, y a pesar de tener sesenta y siete años, le seguía pareciendo una mujer muy atractiva, una señora de los pies a la cabeza, con una dignidad que ya quisiera Tita para ella.
—Pensaba que la reunión iba a durar menos.
—Me he entretenido. Necesitaba pensar un rato —le ofreció algo parecido a una sonrisa, pero ni siquiera se le parecía.
—Tienes mala cara ¿No traes buenas noticias, verdad?
—Me temo que no.
Su madre agarró el casco de Álex para colocarlo en su sitio y después lo hizo pasar al comedor.
—Deja que te prepare algo —le señaló un sillón para que sentara, que él rechazó con un gesto y con una sonrisa tensa—. ¿Qué ha pasado?
—No ha querido aceptar mi oferta —negó con la cabeza.
—No entiendo.
—No hay nada que entender. No quiere dar su brazo a torcer.
Su madre mantuvo la calma, porque de los dos, alguien tenía que hacerlo. Advirtió que su hijo poseía una mirada cargada de rabia, así como que tenía la mandíbula tensa, e incluso se le marcaban los nudillos de su mano derecha, por cómo apretaba el puño.
—¿Cómo que no ha querido aceptar tu oferta? ¿Tampoco te deja ver a los niños?
—No.
—¿Pero qué más quiere esta mujer? Le estás ofreciendo tu casa de La Moraleja y una buena pensión.
—¿Aún no lo entiendes? —elevó el tono de su voz. Sus ojos oscuros eran como dos brasas encendidas—. Me quiere a mí. Como si se quiere quedar con todo lo que tengo. Ya no me importa nada.
Ella negó la cabeza al ver a Álex exasperado.
—Tienes que conservar la calma. No puedes permitir que ella se salga con la suya. No has trabajado tan duro para que Tita se lo lleve todo. Contrataremos a otro abogado, porque está claro que este es un incompetente. Ella tiene que dejar que veas a tus hijos. También son tuyos y no conozco a ningún juez que te vaya a prohibir verlos.
—Hará todo lo que esté en su mano para que no los vea.
—Ella dirá lo que quiera, pero ya veremos qué dice el juez. Esto no se va a quedar así. Tita no sabe a quién se está enfrentando.
Álex soltó una risa nerviosa.
—No, me parece que somos nosotros quienes no sabemos a qué nos enfrentamos.
—Siempre le has dado lo que te ha pedido. Esta tarde he hablado con Vanesa, la abogada que llevó el caso de tu hermana Marta. Es especialista en este tipo de separaciones, así que no te tienes de qué preocupar.
Quería creer lo que le decía su madre, como cuando era pequeño y besaba las heridas que se hacía cuando se caía de la bicicleta.
—¿Y por qué tengo la sensación de que sí que tengo de qué preocuparme? —se acercó a un mueble donde se guardaban los licores y se sirvió una copa de bourbon, que bebió de un trago—. No sabes la mirada que me ha echado cuando me he ido esta tarde del despacho de su abogado. Pensé que lo que iba a ser una separación amistosa se está convirtiendo en un gran drama. Tita es la protagonista de esos culebrones que hacía en Venezuela. Estoy cansado de luchar todos los días con ella, de pelear para que me deje ver a mis hijos. Siempre tiene una excusa, no quería llegar a malas con ella, pero no me va a dejar otra opción.
Álex se iba a servir la segunda copa de bourbon cuando llegó su hermana Marta, que acompañaría a sus padres a la cena benéfica. Enseguida advirtió que Álex no tenía buena cara. Sus labios mantenían una mueca rígida, que le recordaban a la cara de vinagre de su exmarido.
—¿Qué me he perdido? —preguntó Marta.
—Tita no quiere aceptar la oferta que le ha ofrecido tu hermano —explicó su madre.
—Cuéntame algo que no sepa. Si es que te lo dije. ¡Pero qué zorra que es!
—Marta, por favor —la cortó su madre.
—A mí nunca me la pegó.
La madre se giró hacia su hija con el gesto contrariado. Aunque pensara eso mismo de Tita, no lo diría en voz alta.
—Vamos, mamá, si tú piensas lo mismo que yo. Y ahora que ya se han separado, podemos decir abiertamente qué nos parece.
Álex agitó el vaso que llevaba en la mano antes de beberse de un trago el líquido, para después dejarlo encima de la mesa.
—Yo no sé cómo no te has dado cuenta antes de quién era Tita —siguió hablando Marta.
—¿Quieres que te dé la razón, Marta? ¿Es eso? ¿Es ahora cuando me dirás que ya lo me advertiste antes de que me casara con ella?
—No te pongas sarcástico y borde conmigo, porque no es contra mí con quien tienes que pelear. Lo que deseo es que no te rindas, porque esta tía no te lo va a poner nada fácil. No quiero echarte nada en cara, pero Tita era una calientabraguetas que se tiraba a todo aquel que tuviera una buena cuenta corriente, hasta que tú caíste en sus brazos. No sé qué te dio para que te encoñaras de ella.
—Tita podrá ser lo que quiera, pero ella siempre me fue fiel.
—Claro, hermanito, y yo soy la inocente Caperucita Roja. O Mejor, ya puestos, soy una hermanita de la caridad. ¡Eso no te lo crees ni tú!
—No te pongas ahora tú borde conmigo.
—¡Entonces reacciona de una puta vez, Álex! No puedes ir de buenas con ella.
—Marta, por favor, no te hemos pagado una buena educación para que termines hablando como una cualquiera, como… —se calló y jugó con el collar que llevaba.
—¿Como quién? ¡No os cortéis, vamos! Estamos sacando los trapos sucios, y ya sabemos que siempre se lavan en casa.
—Álex, te hemos oído discutir con ella, y desde luego no me podrás negar que…
—No te voy a negar que cuando se enfada tenga pelos en la lengua, pero no la podéis tratar como si fuera una cualquiera —Álex interrumpió a su hermana—. Es ante todo la madre de mis hijos. Además, no tienes pruebas de que ella me la pegara.
—Ni tú tampoco. Sí, es la madre de tus hijos, es cierto, pero de ellos te has ocupado mucho más que ella, y por eso me duele que ahora estén con Tita —había elevado el tono de su voz al mismo nivel que su hermano— Y no, no tengo pruebas físicas de que te pusiera los cuernos, pero sí que la vi salir un día de un restaurante del brazo de su compañero de reparto hace más de un año, antes de que empezara la película.
—Eso no quiere decir nada. Yo también he salido con algunas amigas y siempre le he sido fiel.
—De ti me fío, pero no de Tita. Además, prefiero creer lo que se decía de ella entre mis amigos. Sin ir más lejos, Javier Garrido alardeaba de que se acostó con ella…
—¡No sigas, Marta! —exclamó su madre—. No digas nada de lo que puedas arrepentirte después.
—No, quiero que siga, mamá. Quiero saber qué pasó. Ya que estamos en plan confidencias, no te guardes nada, Marta. Suelta todo lo que tengas que soltar por esa boquita tuya.
Marta bajó la mirada al suelo y se le hizo un nudo en la garganta.
—Javier decía que se había acostado con ella el día de tu boda —alzó el mentón para buscar la mirada de su hermano mayor—. De verdad que lo siento, Álex.
—No es cierto —Álex se sentó en un sillón.
Todo aquello le parecía una locura, un sinsentido. No quería que el último recuerdo de Tita fuera precisamente este. Prefería quedarse con todos los buenos recuerdos que tenía de ella.
—¿Tú lo sabías? —le preguntó a su madre, y por el gesto que ella puso, Álex supo que lo que le contaba su hermana era un chisme que corría de boca en boca. Cerró los párpados, cansado.
—Álex, yo no sé si es verdad o no, porque Javier siempre ha sido un bocazas, pero si vas divorciarte de ella, vas a tener que utilizar todas tus armas para conseguir la custodia compartida —comentó Marta—. Esta tía va a ir a por todas.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Marta se encogió de hombros.
—¡Te estoy preguntando desde cuándo lo sabes! —exclamó pegando un manotazo en la mesa.
—Lo supe desde que os fuisteis de luna de miel —tragó saliva.
Álex se giró hacia su madre para hacerle la misma pregunta. Ella jugaba con el anillo de brillantes que llevaba en su mano derecha, regalo de su marido por llevar cuarenta años casados.
—Yo no sabría decirte —contestó nerviosa y evitando la mirada de su hijo mayor.
—Por favor, dime desde cuándo lo sabes.
Ella se mordió el labio inferior, arrastrando un poco el carmín.
—Cariño, ya sabes cómo tengo la memoria a veces, y hay cosas que no recuerdo muy bien —prefería guardar ciertos secretos a decir una verdad que le doliera mucho más a ella que a él, aunque una madre siempre lo hiciera con delicadeza.
Álex soltó un suspiro. Entendía lo que quería decirle su madre. Puede que ella también se hubiera enterado al mismo tiempo que su hermana, pero jamás se lo confesaría.
—Insisto, Álex, puede que se trate de un rumor.
El carraspeo de Carmen, la empleada que tenían de interna en la casa, hizo que todos se giraran hacia ella.
—¿Qué ocurre, Carmen? —preguntó su madre.
—Señora, hay dos policías en la puerta…
—¿Le ha pasado algo a mi marido? —comentó mirando el reloj de pared y poniéndose en lo peor—. ¡Ay, Dios mío!
—No, señora, no es eso… preguntan por el señor.
Carmen estaba visiblemente nerviosa.
—Mi marido aún no ha llegado —soltó en un murmullo.
—No, preguntan por el otro señor —señaló a Álex.
—¿Por mi hijo? —se giró hacia él, que en ese momento no salía de su asombro.
—¿Por mí?
—¿Qué ha pasado, Álex? —le preguntó su madre.
—No sé qué pueden querer.
—Están esperando en el recibidor —Carmen se retorcía la falda que llevaba.
—Puede que sea una multa por exceso de velocidad, no sé.
Álex salió detrás de Carmen. Lo seguían su madre y Marta. Como le había comentado la asistenta, en el recibidor había una pareja de policías.
—Soy Alejandro de la Puente Lozano —tuvo el impulso de darle la mano a uno de ellos, pero al final se la metió en el bolsillo del pantalón—. ¿Qué desean? Ustedes dirán.
—Tenemos una orden de arresto contra usted, que ha interpuesto el abogado de Doña Mari Carmen Vargas Ravelo —le entregó un papel.
—¿Perdone? ¿Cómo ha dicho? —Álex estaba perplejo.
—Su mujer lo ha denunciado por malos tratos.
Álex negó con la cabeza.
—No entiendo nada. ¿Me lo puede repetir, por favor?
—Nosotros solo nos limitamos a proceder con la orden de detención. Ahora mismo la señora Mari Carmen Vargas Ravelo está siendo atendida por un médico de urgencias. Le ha dado una buena paliza.
Álex entendía cada vez menos y se había olvidado hasta de respirar.
—No entiendo a qué viene todo esto, y puede que se trate de una broma, pero yo les aseguro de que no le he tocado ni un pelo a mi exmujer.
—Eso no es lo que dice el informe médico —le espetó el más viejo.
—No soy de esa clase de hombres —masculló entre dientes.
—Dígaselo usted al juez —repuso el más joven de los dos.
—Esa… Tita podrá decir lo que quiera, pero mi hijo no es un maltratador —aunque deseaba decir lo que pensaba de ella, se calló por respeto—. Yo no lo he educado para que le falte el respeto a ninguna mujer.
—Nosotros no somos jueces, señora.
—¿Qué va a pasar con mi hijo ahora? —quiso saber la madre.
—De momento pasará a disposición judicial y mañana el juez lo pondrá en libertad con cargos. Doña Mari Carmen ha solicitado también una orden de alejamiento y no podrá ver a sus hijos.
—¡No, no puede ser que Tita haya llegado a esto! —masculló Álex entre dientes.
—Haga el favor de acompañarnos —dijo el mayor de los dos sacando unas esposas.
—No te preocupes, Álex. Voy a llamar ahora a Vanesa. Esto no va a quedar así. Ella sabrá qué hacer.
Álex le echó una última mirada a su madre antes de poner las manos por delante para uno de los agentes le pusiera las esposas.
—Nosotras creemos en ti, Álex —fue lo último que escuchó antes de salir de la casa de sus padres—. Estamos juntos en esto. Esa zorra no se va a salir con la suya.
En ese momento Álex decidió que si Tita quería guerra, iba a tener guerra. Había tratado de que todo fuera por las buenas, pero estaba claro que ella estaba dispuesta a destruirle.