Capítulo 25

 

Esa mañana, al abrir los ojos, lo primero que advirtió fue que se había quedado dormida en la habitación de Víctor. El niño era un mini Álex. Fruncía el ceño como lo hacía su padre cuando dormía y tenía el mismo pelo revuelto y oscuro. Sus pestañas eran largas, y su mirada podía ser dulce en algunos momentos y en otros instantes intimidatoria.

Cerró los ojos y recordó cómo Álex le acariciaba la espalda o cómo se acurrucaban cuando terminaban de hacer el amor. Eso era lo que siempre había querido ella.

Después de estirarse, fue la primera en levantarse. Le había parecido escuchar en sueños que a Estela le gustaban las tortitas, y ella era una experta en hacerlas. Ya se había ganado a Víctor, ahora le quedaba la hija mayor, un hueso duro de roer. Si podía acercarse a ella de esta manera, lo haría sin dudas. Para Álex era importante que se llevaran bien. Su hermano Juanfra le había contado en alguna ocasión cómo se comportaba él cuando Mariví se cruzó en sus vidas, y Estela no le llegaba ni a la suela de los zapatos. Su hermano fue mucho peor. Juanfra había llegado a serrarle unos centímetros unos zapatos de tacón que terminaban rompiéndose cuando estaba fuera de casa. También le rasgaba sus vestidos e incluso llegó a escupir en el plato de su madrastra, aunque por fortuna ella lo pilló a tiempo. A partir de aquel día, su hermano empezó a tratar a Mariví de otra manera.

Fue a la cocina y después de buscar los ingredientes, hizo cálculos para que salieran tres tortitas para cada uno. Se puso manos a la obra procurando no hacer ruido. Casi había terminado cuando advirtió que Víctor se encontraba detrás de ella con un osito de peluche colgado de su mano.

—¿Qué haces?

—Estoy haciendo tortitas con pipídegato. ¿Quieres probarlas?

—Sí.

Cristina partió un trozo, le puso un poco de sirope de chocolate y se lo dio a probar.

—¡Qué buenas! Mamá no sabe cocinar, pero Fernanda sí. Están más ricas estas —se pasó la lengua por los labios—. Se lo voy a decir a papá.

Víctor corrió a la habitación de Álex. Cristina apartó un momento la sartén del fuego y siguió al niño a la habitación, que se había subido en la cama y estaba pegando saltos sin dejar de reír. Después se sentó sobre el pecho de su padre y le abrió un párpado.

—Papi, papi —gritó hasta que Álex abrió los párpados.

—Te he oído a la primera, bacalao. ¿Qué quieres?

—Ya es de día. Cristina está haciendo tortitas con pipídegato. Pero no es pipídegato de verdad. Ya verás qué buenas están.

—Bacalao, vete otra vez a dormir, que solo son las ocho de la mañana —Estela le tiró la almohada a la cabeza.

—No tengo sueño. No quiero dormir más.

—Pues déjame a mí —gruñó su hermana.

—Bacalao, vamos a dejar a tu hermana dormir. Sigue siendo la misma gruñona de siempre. Cuando quiera, que se levante. Venga, vamos a probar esas tortitas con pipídegato que está haciendo Cristina —lo subió sobre sus hombros—. Pero antes nos tenemos que lavar la cara.

Cuando Álex llegó al comedor, Cristina ya había terminado de cocinar y estaba limpiando y recogiendo la cocina. La mesa ya estaba puesta. Se acercó a ella para darle un beso de buenos días.

—Hola, preciosa —le susurró en el oído.

—¿Sois novios?

Cristina miró de reojo a Álex y esperó que fuera él quien contestara.

—Se podría llamar así, sí. Cristina me gusta mucho.

—¿Más que las tortitas? —abrió los ojos como platos.

—Mucho más.

—Hala, eso es mucho —soltó una carcajada—. A mí también me gusta Cristina, pero también me gustan las tortitas.

—No hay ningún problema, Víctor —repuso ella—. Está genial que yo te guste tanto como las tortitas. Te podemos gustar las dos cosas a la vez. Es todo un honor para mí. Te voy a contar un secreto, te prefiero a las tortitas —le hizo una reverencia.

—Hala, ¿también eres princesa?

—No, ¿por qué lo dices?

—Porque sabes hacer esto —Víctor imitó la reverencia que había hecho Cristina.

—Eso lo he aprendido de mis amigas las princesas. Cuando terminemos de desayunar te enseño cómo hacen los chicos.

Como Cristina sabía que a Álex le gustaba el café corto y sin endulzar, metió una cápsula en la cafetera Nespresso y una vez que terminó de salir el café, lo llevó a la mesa. Ella se preparó una taza de té verde y a Víctor le hizo un gran vaso de leche templada con Cola Cao. Lo removió con energía para deshacer los grumos y después lo llevó hasta la mesa. Víctor fue el primero en sentarse.

—Papi, tú aquí —le señaló la silla que había a su derecha—. Cristina, tú aquí —le indicó la que tenía a su izquierda.

—Gracias, Víctor.

Álex cruzó una mirada de agradecimiento con Cristina.

—¡Ufff! Aquí no hay quien duerma —replicó Estela desde la puerta de la habitación de su padre. Bostezó varias veces y terminó estirándose. Señaló a su hermano—. Cuando seas mayor te pienso despertar todos los días a las ocho de la mañana.

—¿Ya has terminado de dar los buenos días? —dijo Álex—. Venga, siéntate a desayunar con nosotros. Cristina ha hecho las tortitas que tanto te gustan.

—Vale —dijo quitándose las legañas con la mano.

—Antes te tienes lavar la cara —le indicó Víctor con dedo índice con un tono de sabelotodo, que a Cristina le hizo gracia.

Tuvo que respirar fuerte para no terminar riéndose. Si lo hacía, mucho se temía que Estela no se lo tomaría nada bien. Pero tenía que reconocer que la espontaneidad de Víctor le había robado el corazón.

—¡Eh, bacalao, no te pases de listo, que sigues siendo un moco pelao! —Estela le sacó la lengua.

—Yo no soy un moco pelao. Tú sí que eres caca de la vaca, eres una caca de la vaca —el niño se tapó los oídos y empezó a repetir una y otra vez.

Álex elevó los hombros y le sacudió la cabeza. Tenía que reconocerlo. Había echado de menos estos momentos en los que se tiraban los trastos a la cabeza, porque luego llegaban otros instantes en los que se querían a rabiar.

—¡Haya paz, chicos!

—Ha empezado él.

—Estela, da igual quién haya empezado. Corre a lavarte la cara.

—Está bien, pero que sepas que es un rollo lavarse la cara todos los días.

—Lo sé, Estela. Es un rollo hacerse mayor.

Estela contuvo un bufido y al final se giró sobre sus talones para ir al lavabo. Esperaron a que se aseara para desayunar todos juntos. Cuando llegó a la mesa, ella se puso cuatro tortitas en el plato sin preguntar cuántas había para cada uno.

—¡Eh, que tú te has puesto más que yo! —exclamó Víctor—. Yo también quiero cuatro.

—Te puedes comer la de papá, Víctor —le puso una de las suyas en el plato—. Solo tienes que pedirlo. No hace falta que te pongas a gritar.

—Además, si faltan, yo hago más. No me importa.

—¡Yo quiero más! —Víctor se relamió los labios.

—Primero te acabas las que tienes en el plato y luego ya veremos —respondió Álex.

—Me las voy a comer todas —dijo el niño metiéndose un trozo grande en la boca.

Sin embargo, Víctor no pudo terminarse la tercera, que se acabó comiendo Álex.

Por fortuna, ese fue el único problema que hubo durante el desayuno. Cristina miró el reloj. Iban a dar las nueve. Aunque le habría gustado seguir charlando con los hijos de Álex, tenía que pasar por su casa, darse una ducha y terminar de preparar las dos tartas para el encuentro de blogueros, más algún postre que quería hacer para la hora de la comida. Iba a ir un poco justa si no se marchaba ya.

Se levantó con energías renovadas para recoger la mesa.

—Ya lo hacemos nosotros, ve a casa a cambiarte —dijo Álex.

—No me importa —ella le hizo un gesto con la mirada para que la siguiera a la cocina.

Él la acompañó, mientras Estela y Víctor ponían una película en el DVD. Cuando estuvieron solos, se dieron un beso apasionado en los labios.

—Me moría por besarte en el comedor —dijo Álex.

—Yo también, aunque tendremos más momentos para nosotros.

—Sabes que no tendrías que irte tan deprisa si tuvieras algo de ropa en casa. Hay cajones libres en mi armario.

—Lo sé, pero prefiero ir poco a poco.

—Está bien. Nos vemos después.

Cuando Cristina llegó a casa, no percibió ningún ruido, así que supuso que Marga aún no se había levantado. Abrió la puerta de la habitación para ver si seguía en la cama. Y sí, dormía como una bendita. Su respiración era fuerte, pero no se podía considerar como ronquidos. La dejó que remoloneara todo lo que quisiera. Después se pegó una ducha de agua fría y cuando salió, se embadurnó de crema hidratante. Se pintó los labios, se hizo una trenza, que recogió en un moño, y por último se vistió con unos shorts cortos y una camiseta de las que hacía Óscar. A ella le gustaba la que ponía: “La chirla puede esperar”.

Salió corriendo hacia el hotel cuando advirtió que pasaban más de las nueve y media. Saludó a Alba al entrar en el Acanto, quien le devolvió una mueca de pena. Solo se comportaba así con ella, pero esperaba que se acostumbrara a verla por el hotel, porque ella había venido a Valencia para quedarse. En las cocinas ya estaban Gema, Carlos y Pedro preparando los menús del fin de semana. Antes de ponerse a preparar la buttercream, se puso un delantal y guardó los platos, las copas y los vasos del lavavajillas que terminaba en ese instante un ciclo de lavado.

Le sorprendió ver a Estela asomarse por la puerta.

—Hola, tía.

—¿Qué tal has dormido? —le indicó con un gesto de cabeza que pasara.

—Prefiero mi cama, pero en la cama de papá también se duerme bien —Estela se colocó al lado de su tía.

—¿Que se duerme bien? Anda, a mí no me engañas, en la cama de papá se duerme genial. Y si no se lo preguntas a los primos. Toma —le entregó la carta—, si quieres le puedes echar un vistazo al menú que hemos preparado para hoy. Espero que te guste.

—¡Vas a hacer lasaña y ñoquis rellenos de queso! ¡Eres mi tía favorita! —la abrazó por detrás.

—Aunque llevemos tiempo sin verte, aún recuerdo que era tu comida favorita —le guiñó un ojo—. También vamos a hacer macarrones a la boloñesa para Víctor.

Estela soltó un suspiro.

—Cuando llegue a Madrid, voy a tener que hacer dieta una semana para quitarme los kilos que voy a engordar aquí. Esta mañana hemos desayunado tortitas y ahora esto.

—¡Pero qué tonterías estás diciendo! Que no te oiga decir nunca más que vas a hacer dieta, porque te pego un revés con la mano abierta que te dejo temblando. Vamos, con doce años y ya pensando en que estás gorda —Estela fue a contestar, pero Gema no dejó que la interrumpiera—. Y no me digas que no soy tu madre, porque me da igual. En este hotel está prohibido hacer dieta si no la necesitas.

Cristina se giró con una sonrisa. Cada vez le gustaba más la hermana de Álex. Lo que ella pensaba de hacer dieta, se lo había soltado Gema. Tuvo ganas de correr hasta ella y darle un beso y decirle: «¡Bravo, así se habla!».

—Pero mamá dice que hay que empezar desde joven.

—Sí, si estuvieras gorda yo sería la primera que te diría de hacer algo de dieta, pero cariño, estás perfecta. Puede que un poco delgada para mi gusto —suavizó el tono de su voz—. Estela, te hace falta añadir un poco de sabor a tu vida y dejar esas tonterías de la dieta. Ahora que tenemos a Cristina puedes aprovecharte y comer todos los dulces que quieras. Igual le puedes echar una mano —le murmuró para que solo lo oyera ella.

Estela se metió las manos en los bolsillos del pantalón vaquero. Se acercó hasta Cristina con desgana.

—Si quieres, te puedo ayudar.

Aquellas palabras sonaron a una tregua por parte de la joven, y Cristina no pensaba desaprovecharla.

—Claro que puedes ayudarme. Tengo que hacer una buttercream de chocolate blanco para el relleno y después vamos a cubrir el bizcocho, que ya está empapado de almíbar, con una buttercream de Nutella.

—¿Qué necesitas? Yo lo puedo coger de la despensa.

—Coge el azúcar —le dijo mientras calculaba la mantequilla y la leche en un vaso medidor.

Mientras Estela buscaba en la despensa, ella cogía la batidora de varillas para hacer la crema. La joven le dio el bote y esperó a que Cristina le diera más instrucciones.

—Pesa medio kilo de azúcar en la Thermomix. Vamos a hacer primero el azúcar glass.

Cristina le quitó la tapa al vaso y dejó que Estela fuera añadiendo poco a poco el azúcar.

—Creo que con veinte segundos bastará para hacer un buen azúcar glass.

Fue Estela quien le dio al botón de encendido. Como le había dicho Cristina, solo necesitaron veinte segundos.

—¿Has estudiado para ser cocinera?

—No, he hecho varios cursos de repostería en Madrid —mientras hablaba, echó el azúcar en un bol grande y le añadió la mantequilla, la leche, el chocolate blanco y la esencia de vainilla—. En realidad yo estudiaba para ser abogada, pero un día decidí que eso no era lo que me hacía feliz.

—¿Qué pasó para que lo dejaras?

Cristina puso en marcha la batidora de varillas. Pensó durante dos segundos la pregunta que le había formulado Estela. No le importaba sincerarse con ella. Tal vez este detalle la acercara más ella.

—Si te digo la verdad, fue un cúmulo de varias cosas. El día en que decidí dejar Derecho, mi novio me pidió que me casara con él en la consulta que tiene como dentista —aunque deseaba sincerarse con ella, no le podía contar todo lo que pasó aquel día con sus padres—. Fue lo menos romántico que he visto en mi vida. ¿Te puedes creer que sacó una botella de sidra que llevaba más de cuatro meses abierta en la nevera? Para que te hagas una idea, es como si yo te diera una Coca-Cola desventada.

—¡Pero qué cutre!

—Eso mismo pensé yo. El caso es que le dije que no. Y ese día también decidí ser feliz, aunque para ello, también tenía que dejar unos estudios que me amargaban la vida. Y bueno, luego conocí a tu padre, y la semana pasada me invitó a trabajar en el hotel. Todo fue muy rápido con él.

—¿Hace mucho que os conocéis?

Cristina dudó si contarle que se conocían de antes, pero tras meditarlo, quiso decirle la verdad.

—Bueno, técnicamente nos volvimos a encontrar hará como tres semanas, aunque mi familia conocía a tu madre —Cristina le hablaba sin apartar la mirada del bol. No quería que la crema se le cortara—. Mi madrastra y tu madre eran amigas. Empezaron juntas en sus carreras de actrices. Yo fui a la boda de tus padres. Por aquel entonces no había cumplido los catorce años aún. Y bueno, un día, hará cosas de tres semanas, él me confundió con su personal shopper y ahí empezó nuestra aventura.

—¿Y no te reconoció?

—No, no me reconoció porque habían pasado trece años, y en aquel entonces yo llevaba el pelo a lo garçon.

Cuando la crema estuvo bien batida, Estela le pidió si podía probarla. Cristina le acercó una cuchara para que la degustara.

—Está muy rica.

—Si lo dices tú, me fío de tu criterio.

Con otra cuchara, Cristina fue rellenando los tres pisos de uno de los dos bizcochos que había dejado preparados la noche anterior. Los alisó con una espátula y una vez que lo tuvo montado, rellenó el otro bizcocho. Solo le quedaba por preparar la buttercream de Nutella con que los que cubriría. Antes de ponerse manos a la obra, sacó de la nevera una manga rellena de chocolate para que se atemperara y con la que decoraría las dos tartas. De nuevo le pidió a Estela que midiera el azúcar en la Thermomix mientras ella limpiaba las varillas para hacer una nueva buttercream. Como había hecho antes Estela, le dio al botón del encendido para hacer el azúcar glass.

—Tu padre me ha dicho que eres una buena estudiante. ¿Qué te gustaría estudiar?

—No sé. Me gustaría ser actriz como mi madre, o modelo, aunque también me apetece estudiar algo relacionado con las matemáticas.

Cristina se giró hacia ella.

—Eres la primera persona que conozco a la que le gustan las matemáticas.

—Se me dan bien. Me parecen divertidas.

—Pues a mí no me gustan. Supongo que será cuestión de encontrar a un buen profesor.

—Mi padre es bueno en matemáticas y es buen profesor. Siempre he estudiado con él.

Cristina pensó en lo que había dicho Estela. No quería pensar que las palabras de ella tuvieran doble sentido. Se la veía relajada. Tenía que admitir que su padre era muy bueno en otras lides, aunque eso se lo guardaría para ella. Cerró los ojos y fantaseó con la idea de tener un hueco ese fin de semana para ellos.

Después de que la crema estuviera hecha, Cristina cubrió los dos bizcochos con la buttercream de Nutella y los alisó con una regla. Habían quedado perfectas y ella estaba orgullosa con el resultado.

—Ahora solo nos queda decorarla —agarró la manga pastelera y, con calma, fue dibujando el logo del encuentro de blogueros y lectores de romántica. No era difícil, pero requería algo de delicadeza para copiar el dibujo que le habían pasado—. Los organizadores del congreso nos pidieron que las decorásemos con el logo.

Tardó como diez minutos en decorar cada tarta. Mientras, Estela, le iba haciendo preguntas, que a veces Cristina tardaba en contestar porque estaba concentrada.

—Entonces te gusta leer literatura juvenil, ¿no? —quiso saber cuando estaba a punto de terminar la segunda tarta.

—Sí, aunque no solo leo libros juveniles. También me gustan las novelas románticas y el género negro. No sé si te has leído la saga de El corredor del laberinto, pero es de las mejores distopías que he leído después de Los juegos del hambre.

—Solo he visto la película. Y sí, está bien. ¿Te puedo hacer una pregunta?

—Sí, claro —dejó la manga pastelera sobre el banco de trabajo.

Estela jugó con el mechón de su pelo. Lo miró y después se lo metió en la boca.

—Es que… no sé cómo empezar.

—Venga, dímelo. Somos amigas.

—Es que todas mis amigas se han leído 50 sombras de Grey y me preguntaba si tú tienes estas novelas y me las podrías dejar —se acercó a ella para que nadie se enterara del tema que quería tratar.

Cristina abrió los ojos y se quedó en blanco, porque no se esperaba una pregunta como esta. Aunque hubiera tenido las novelas, no le tocaba ella decirle que esa no era una lectura adecuada para su edad.

—No, no las tengo. A mí me las pasó una amiga de Madrid.

—¿Tú me acompañarías a comprarlas? La Fnac y Casa del Libro no cierran a mediodía. Por favor. Quiero leerlas.

—No… no lo sé —titubeó—. Primero deberías hablar con tu padre, Estela.

Aquella no era la respuesta que esperaba la joven. Chasqueó la lengua y achicó los ojos. La miró con rabia.

—Ya, primero te haces la simpática conmigo, pero cuando te pido un favor pasas de mí. Ya soy mayor para leer lo que quiera.

—A ver, Estela, prefiero que esto se lo comentes primero a tu padre —la agarró de los hombros—. Si a él no le importa, te prometo que iré contigo a comprar esas novelas.

—No, es igual. Ya me buscaré la vida —le pegó una patada al borde de la isla central.

—Espera, Estela…

Ella le sacó el dedo corazón y salió de las cocinas con las manos en los bolsillos y con el gesto crispado. Cristina no entendía muy bien qué había pasado. Le pareció que estaban bien y de pronto ella se marchaba enfadada.

—¡Estela, ven ahora mismo! —exclamó Gema—. ¿Qué modales son estos? —se giró hacia Cristina—. ¿Se puede saber qué ha pasado?

—No sabría decirte.

—No te preocupes, ya se le pasará. Luego hablaré con ella. No me ha gustado que te hiciera una peineta. Lleva mal la separación de sus padres.

—Yo también hablaré luego con ella.

Una vez que las tartas estuvieron listas, las dejó en la nevera para que la buttercream no se derritiera. Aún tenía que preparar algunos postres, así que siguió con el orden de todo lo que tenía que hacer esa mañana. Mientras hacía unas natillas de coco y dejaba listos unos canutillos de hojaldre en el horno, no dejaba de pensar en Estela. Trataba de poner remedio a su enfado. Como ella le había comentado que había sagas muy buenas, se le ocurrió pasar un momento por alguna librería del centro y comprarle algunos libros juveniles. Puede que de esta forma arreglaran el pequeño malentendido.

Una vez que hizo las natillas, las dejó reposar antes de meterlas en el frigorífico. Preparó la masa de brownie y una tarta de manzana, que metió en el horno. Solo le quedaba por terminar los canutillos, que rellenaría de crema pastelera. Miró la hora en el reloj de la cocina. Aún no habían dado las once de la mañana. Al tiempo que la crema pastelera se atemperaba, calculó que tenía tiempo de sobra para acercarse a una librería. Cuando llegara, la tarta de manzana y el brownie ya estarían listos.

—Necesito salir un momento, Gema.

—Sí, claro.

—Lo que he dejado en el horno necesita algo más de media hora.

—Tranquila, le echamos un vistazo.

Antes de marcharse, puso un nuevo lavavajillas y después colgó su delantal en la despensa. Como no conocía la ciudad, abrió el Google Maps para que le indicara dónde había una librería. Se decidió por Casa del libro. Cuando entró, le pidió a una de las libreras cuáles eran las últimas novedades en literatura juvenil. La chica la acompañó hasta el piso inferior y le mostró algunas de las novelas que más le habían gustado. Decidió dejarse aconsejar por ella porque no tenía mucho tiempo y compró cuatro libros.

No llegó a estar ni veinticinco minutos fuera del hotel. Al llegar al vestíbulo, Alba la recibió con una sonrisa.

—Álex te está buscando. Ahora está en las cocinas con Gema. Creo que no está nada contento.

—Gracias. Me sigue sorprendiendo lo amable que eres.

Como le había comentado Alba, encontró a Álex en las cocinas. Él y Gema estaban discutiendo.

—¿Qué es lo que pasa? —quiso saber ella.

Álex se giró hacia ella con el cuerpo en tensión. Tenía los puños tan apretados, que se le marcaban los nudillos y su mirada estaba cargada de cólera.

—Pasa que esas tartas que has hecho no hay quien se las coma. Ahora tenemos a cuarenta blogueros en la terraza despotricando contra uno de nuestros cocineros. Si esto trasciende y llega a las redes sociales puede ser nuestra ruina.

—¿Cómo? —se quedó blanca.

—Joder, ¿no se te ha ocurrido probar las tartas antes de que las sirviésemos?

Cristina no entendía qué quería decirle Álex.

—Cristina, hemos confundido el azúcar con la sal. No hay quien se las coma.

Cerró los ojos y la bolsa que llevaba en la mano cayó al suelo.