Capítulo 33

 

A veces Cristina echaba de menos los veranos que había pasado en casa de la madre de Mariví, que fue como su tercera abuela. El mes de agosto los pasaba en Alcalá de Júcar para celebrar las fiestas del pueblo. Aquel era un tiempo en el que no tenía más preocupaciones que intentar, por todos los medios, que su hermana Sofía no se enterara de que ella y Marga salían corriendo, cuesta abajo, con la rueda de camión, que hacía las veces de flotador, a jugar en el río. En aquellos días no tenía más inquietudes que aprender junto a su abuela a hacer palomitas. Gracias a ella escuchó los mejores cuentos de miedo alrededor de una estufa de leña. Ir al pueblo suponía una libertad en todos los sentidos. Porque los veranos de su niñez fueron los más felices de su vida.

En cambio aquel era sin duda el peor. Le habría gustado poder saborear, aunque fuera por tan solo unos instantes, ese sentimiento de libertad que tenía cuando llegaba a casa de su abuela. Sin embargo era la tristeza la que se había instalado en su vida y se negaba a marcharse.

Después de pasar una mala noche, las primeras horas del día siguiente no fueron mejores. Se pasó gran parte de la mañana tumbada en el sofá viendo Friends, comiendo helado de chocolate e inflándose a bizcocho. Se hizo el ánimo de prepararse algo de comer, pero se decidió por sacar unas cuantas galletas María y untarlas de paté. Aún recordaba cuando se las preparaba su abuela, en el pueblo, los sábados por la tarde. A ninguno de sus hermanos les gustaban; era un placer que solo compartía con ella.

Se sentó en un taburete de la cocina y empezó a extender sobre las galletas una buena capa de paté. Después de meterse la primera en la boca, se sintió como cuando era pequeña. Se comió un paquete y acabó con todo el paté. Hasta metió el dedo para dejar limpia la tarrina. Quizá fuera porque le recordaba a su niñez, pero se notó mejor. Necesitaba reír, salir a la calle porque en casa se estaba asfixiando. Miró la hora en su smartphone y después buscó el horario de los cines Lys. Hacía pocos días que habían estrenado la película de los Minions, y ella se había declarado fan de estos pequeños seres amarillos. Era lo que necesitaba para salir de la tristeza. Si se daba prisa podía llegar a la primera sesión de la tarde.

Se vistió corriendo con lo primero que encontró, cogió las llaves y el bolso, y salió a la calle. Llegó con quince minutos de antelación al cine. Apenas había cola en las taquillas. Estaba a punto de entrar, cuando algo se agarró a sus piernas.

—¡Cristina! —exclamó Víctor—. ¡Bien, vamos al cine con Cristina!

Ella no tuvo tiempo de reaccionar. Perdió el equilibrio y de pronto se encontró en los brazos de Álex. No quiso oler su aroma, pero fue inevitable no sentirlo estando a menos de dos centímetros de su pecho.

—Gracias, Álex. No tienes por qué seguir sujetándome. Es evidente que no me voy a caer al suelo.

Él la soltó. Tenía el gesto turbado. Cristina tuvo que apartar la mirada para no tirarse a sus brazos.

—¿Quieres jugar? —le preguntó el niño—. ¿Vale que no tenemos que pisar las líneas?

Ella se recompuso y se agachó para mirarle a los ojos.

—Mejor cuando salgamos del cine

—¿Ya no te gusta jugar conmigo? No vienes a mi casa.

—Claro que me gusta jugar contigo, pero… —no sabía qué decirle. No quería mentirle, pero ¿qué podía hacer en una situación como aquella? Era demasiado pequeño para entender que ella y su padre habían terminado—. He estado unos días enferma y tenía mucha tos.

—Papá está un poco triste.

Alzó la cabeza, y lo que advirtió en los ojos de Álex no era muy diferente a lo que sentía ella. Estaba un poco demacrado y sus ojeras eran tan evidentes como las de ella.

—¡Oh, Víctor…! —lo abrazó para no tener que enfrentarse otra vez ni a la mirada del padre ni a la del hijo—. No sé qué decirte.

El móvil de Álex empezó a sonar. Ninguno de los dos supo decir si aquella llamada era inoportuna, pero ambos le tenían que dar gracias por interrumpir un momento tan incómodo.

—¿Estela? —contestó Álex dubitativo—. ¿Por qué estás llorando?

Cristina se encontraba tan cerca de él que escuchó un sollozo al otro lado de la línea. Se apartó unos metros para respetar la intimidad de Álex.

—Estela, cariño. No entiendo nada de lo que dices, pero cálmate y dime qué te pasa… Eso da igual ahora… ¿Qué pasa?

Cristina no sabía si entrar en el cine o quedarse plantada al lado de Víctor. El niño se soltó de su mano y comenzó a jugar como si fuera un avión por la zona de las taquillas. Álex le suplicó con la mirada para que esperara un minuto.

—Mira, Cristina, mira lo que hago. ¿Tú sabes hacerlo?

—¿Me estás diciendo que tu madre se ha marchado de viaje a Los Ángeles y te ha dejado a cargo de Fernanda? —el tono de su voz fue elevándose. Se mantuvo callado unos segundos para escuchar a su hija—. Está bien, Estela. No pasa nada, cálmate. Salgo para Madrid ahora mismo. Voy a llamar a la tía Marta y a la abuela para que te recojan en casa… Venga, cariño, deja de llorar… Ya me explicarás con calma qué ha pasado… No, no eres mala persona… Créeme —miró hacia Cristina—. Sí, Estela, claro que te sigo queriendo… Nada ha cambiado, te lo prometo… Sigues siendo mi hija. Hasta luego, cariño.

Sabía que ese no era su problema, que debía entrar en el cine y olvidarse de que se los había encontrado en las taquillas, pero no podía marcharse sin mirar atrás, porque lo que estaba claro es que él la necesitaba. Álex y Víctor le seguían importando demasiado como para no preguntar nada.

—¿Qué ha pasado, Álex?

—Ahora no te lo puedo contar —hizo un gesto con la barbilla señalando a Víctor.

—Papi, ¿cuándo vamos a ver la película? —preguntó con la respiración agitada de tanto correr.

—Víctor —Álex se agachó. Le alzó la barbilla con un dedo—, a papá le ha surgido un problema. Me temo que hoy no vamos a poder verla.

—Pero me lo prometiste —el niño hizo un puchero y se le llenaron los ojos de lágrimas—. Me lo prometiste.

Cristina, a su vez, se arrodilló. No podía dejar que se marchara con ese disgusto que llevaba encima.

—Víctor, ¿qué te parece si le preguntamos a papá si podemos ver la película juntos?

El niño giró la cara y le acarició las mejillas a su padre.

—Papi, quiero ir al cine con Cristina, por fi, por fi, por fi…

—¿De verdad no te importa quedarte con él? —quiso saber Álex.

—No, Álex. Esa pregunta está de más. Me gusta estar con Víctor.

—Gracias. A él también le gusta estar contigo.

Tal y como se lo dijo, Cristina habría jurado que estaba hablando más por él que por el niño. Tomó la mano del niño para entrar en el cine.

—Cristina —tragó saliva. Ella se quedó parada y se giró para mirarle a la cara—. Siento si el otro día me comporté como un energúmeno… siento no haberte dejado explicarte. No sé qué decir… Yo… te echo de menos —dijo con la voz rota.

Había soñado tanto con ese momento, que nunca se lo hubiera imaginado que pasara a la entrada de un cine a punto de entrar para ver una película.

—Álex, no es el momento. Ya hablaremos.

Cristina, con el corazón encogido, lo vio alejarse hacia la plaza del ayuntamiento. A pesar de todo el dolor que él estuviera sintiendo en aquellos momentos, Álex parecía sobrellevarlo con una dignidad que ella admiraba.

Álex no giró la cabeza cuando se marchó de su lado. Cada vez le resultaba más difícil no tenerla junto a él. ¿Por qué? Era la pregunta que se hacía todos los días, ¿por qué la había dejado marcharse de su lado? ¿Por qué se había comportado como un auténtico estúpido? ¿Por qué no le decía todo lo que sentía? ¿Por qué cada vez que cogía el teléfono no podía terminar de marcar su número? Y cada día que pasaba era peor que el anterior. Reconocía que se había dejado llevar por la rabia de perder a Estela, por esas horas de viaje en las que creyó que se volvía loco. No podía volver al pasado y borrar todo lo que le dijo aquella noche. Lo que le seguía doliendo más que nada era no haberla dejado que se explicara. Ella se merecía, al menos, el beneficio de la duda. Cuando regresara de Madrid haría lo imposible para recuperarla.

El viaje a Madrid no fue mejor que la última vez que lo hizo. Tenía demasiados frentes abiertos en su mente. Por una parte no podía dejar de pensar en que Tita se hubiera marchado a Estados Unidos sin su hija y sin decirle nada a él. Por otra, Estela le había dicho que había hecho algo malo. Mucho se temía que aquello tenía que ver con Cristina. Conociendo como conocía a Tita, puede que la hubiera manipulado para que terminara su relación con Cristina, y después hacerle creer que había sido ella quien le había enviado ese mensaje de whatsapp. Muy pronto saldría de dudas. Aquello tenía la firma de su exmujer.

Llegó a casa de sus padres a media tarde. Estela no esperó ni siquiera a que abriera la puerta para arrojarse a su cuello.

—Papá… papá… —no paró de repetírselo—. Lo siento mucho. Por favor… perdóname.

—Estela, vas a calmarte antes de nada. Estás muy nerviosa. Vamos dentro.

La niña estaba temblando a pesar del calor que hacía a esas horas en Madrid.

—Papá… cuando te lo diga no vas a querer saber nada de mí…

—Estela, no dramaticemos. Vas a empezar por el principio y ya decidiremos qué haremos a continuación. Si mereces un castigo, te aseguro que nada ni nadie te librarán de él.

—¿Qué tal, hijo? —la madre salió a la puerta a darle dos besos—. Tu hermana está hablando con Vanesa. Esta vez Tita no se va a salir de con la suya. Ha incumplido por dos veces sus obligaciones como tutora. Se la puede acusar de abandono de hogar.

Álex apretó la mandíbula. Lo que deseaba era que se acabara de una vez por todas la locura en la que Tita lo había embarcado a él y a sus hijos. Álex pasó por la cocina antes de ir al comedor. Necesitaba beber algo frío. Cogió una cerveza de la nevera y se la bebió en tres tragos. Sacó otra para bebérsela con calma. Cuando llegó al comedor, su madre y su hermana estaban sentadas en el sofá y Estela se encontraba de espaldas mirando por la ventana.

—Estela, siéntate —le señaló un sillón.

Ella negó con la cabeza.

—Prefiero estar de pie.

—Como quieras —le dio un trago a la cerveza—. ¿Por dónde quieres empezar a contar?

Su hija buscó la mirada de su tía para que le echara una mano.

—Estela, quiero que seas tú —pidió su padre.

Ella asintió con la cabeza y bajó la mirada al suelo.

—Mamá me dijo hace como un mes que tenía que ayudarla a que vosotros volvieseis a estar juntos —jugueteaba con nerviosismo con una esquina de su camiseta—. Me aseguró que os seguíais queriendo, pero que Cristina se había metido por medio.

—Sabes que eso es mentira, ¿verdad? —esperó a que Estela le hiciera algún gesto como que lo había entendido antes de seguir—. Los problemas de tu madre y míos no vienen de ahora. Esto viene de largo, Estela.

—Un día escuché una conversación. Mamá estaba llorando. Se suponía que estaba hablando con alguien y le decía que jamás le habías perdonado que tú no fueras mi padre. Le aseguró que había tenido una aventura antes de casaros, y que ella siempre creyó que yo era tu hija, y que tú le exigiste las pruebas de paternidad cuando yo nací.

—¿Eso te dijo? —Álex se levantó como impulsado por un resorte—. No, Estela, eso jamás ocurrió así. Yo lo supe hace un mes y medio.

—¿Estás segura de que tu madre estaba hablando con alguien? —quiso saber su tía—. Tita querría soltártelo y estoy segura de que se le ocurrió montar esa farsa de hablar por teléfono.

—Marta, por favor… —la recriminó su madre—. Delante de la niña no.

—Ni por favor, ni hostias, mamá, que se me llevan los demonios cada vez que ella abre la boca y estoy cansada de tener que morderme la lengua, que parece que es una santa cuando no es más que una manipuladora. Ella quiere que no la trate como una niña, pues si es así no me pienso quedar callada.

A Estela se le humedecieron los ojos y le tembló el labio inferior.

—Le pregunté a mamá cómo podía hacer que volvieses con ella, y entonces me dijo qué podía hacer. Yo envié ese whatsapp desde el móvil de Cristina y pensé que volveríais otra vez juntos…

Ahí tenía la prueba. Álex se levantó con el puño apretado. Llegó a la pared y descargó la rabia que llevaba tiempo acumulando soltando un manotazo.

—Maldita seas, Tita. ¿Cuándo pararás de jodernos la vida? —estalló—. ¿En qué diablos estabas pensando, Estela? Me pediste que confiara en ti. ¿Sabes lo que has hecho?

Estela se había quedado en un rincón, encogida sobre sí misma.

—Cálmate, Álex —le pidió su madre acercándose a él.

—Estoy calmado —tragó saliva.

—No entendía la gravedad de sus acciones —la defendió Marta.

—Eso no la justifica.

—No, pero no es más que una niña —replicó la madre.

Llegó hasta él e hizo que volviera a sentarse en una silla.

—¿Cómo supiste que Cristina podía saber que Álex no era tu padre? —preguntó su tía.

—Mamá me dijo que a papá le gustaba decírselo a todo el mundo, que era un secreto a voces entre todos tus amigos. Y yo la creí.

Álex rechinó los dientes. Negó con la cabeza. Entrelazó los dedos en un gesto que pretendía ser tranquilo.

—Unos días después de que tú me trajeras, encontré un billete de avión de mamá. Se marchaba a Los Ángeles. Le pregunté el porqué, y ella me dijo que porque se iba a hacer una película. Que por fin le había llegado su oportunidad, que solo se marchaba para firmar el contrato y que regresaría en unos días —se calló durante unos segundos y se mordió una uña.

—¿Y tú te quedaste con Fernanda? —preguntó Álex.

—Sí, me dijo que si tú me llamabas, no te dijera nada. Entonces, cuando regresó mamá, una amiga del colegio que está haciendo un cursillo de inglés en Nueva York me pasó un enlace de una noticia que había salido allí. Mamá estaba en una fiesta con un hombre. En esa noticia aseguraba que ese hombre y mamá estaban enamorados. No era verdad que estuviera en Los Ángeles para hacer una película.

Encima de la mesa había una tablet. Estela se metió en Internet y buscó la noticia de la que hablaba y después se la mostró a su padre.

—Cuando le pregunté, me dijo que se había enamorado y que nos íbamos a ir a vivir a Los Ángeles, que estaba muy feliz porque al fin había encontrado a alguien que la quería de verdad —se le quebró la voz—. Yo quería saber qué iba a pasar contigo, y ella me dijo que eras…

—¿Que era, qué? —preguntó Álex.

Ella negó con la cabeza y una cortinilla de pelos le tapó la cara. No podía soportar la idea de decirlo en voz alta.

—¿Qué dijo tu madre, Estela? —insistió su padre, que no paraba de dar vueltas por el comedor.

—Que eras un fracasado y que solo tenías un hotelucho. Que nosotros nos merecíamos algo mejor, que lo hacía por mi hermano y por mí.

—Tu madre nunca ha hecho nada que no sea por ella, Estela —repuso Marta.

Álex cruzó una mirada con la de su hermana.

—Mamá me dijo que cuando mi hermano y yo conociésemos a Donald no querríamos volver a España. También nos dijo que nos iba a encantar el internado que ya había visto en Nueva York —soltó un sollozo—. Yo le pedí que no nos metiera en un colegio de esos, pero ella me comentó que era lo mejor para nosotros, que dado que Donald y ella se iban a casar, querían disfrutar de un tiempo para ellos…

—No sigas contándome nada más, Estela —le pidió su padre—. Me puedo hacer una idea de qué te respondió tu madre.

Hubo un tenso silencio que se prolongó por varios segundos.

—Papá, ¿qué va a pasar ahora? —Estela dijo con la voz estrangulada. Seguía sin levantar la vista—. Yo no quiero irme, quiero estar contigo.

—Tranquila, cariño —Marta se acercó hasta ella para abrazarla—. Todo se va a arreglar. Quiero hablar un momento con tu padre a solas.

—Por favor, perdóname, yo pensaba que…

Estela le había pedido que la tratara como a una adulta y ella se había comportado como una niña mimada que había jugado con los sentimientos de su padre. Y se sintió mal porque él era el único que nunca le había fallado en su vida, el que siempre le había tendido una mano cuando lo había necesitado. Lo único que ella deseaba era que su madre la aceptara de una vez por todas tal y como era, que la quisiera como ella la quería. Nada de lo que hiciera era suficiente para su madre. Ella era de las que ponía el listón cada día más alto.

—Estela, ya hablaremos. ¿Sabes que lo que has hecho se merece un castigo?

Ella asintió con la cabeza. La abuela le hizo un gesto con la cabeza para que la acompañara.

—Ven, te quiero enseñar una cosa. Era una sorpresa para tu hermano.

—¿Es un gato?

—Menos mal que Víctor no estaba aquí, porque le habrías chafado la sorpresa —le soltó su tía.

Álex esperó a que salieran para comentarle a su hermana:

—Parece que ahora Tita quiere casarse —esbozó una sonrisa mustia—. Pues no le pienso conceder el divorcio si no me da la custodia de los niños. No le puedo perdonar que la haya abandonado.

—Vanesa ya tiene conocimiento de todo lo que te ha contado Estela. Lo que me jode de todo esto es que ella va a salir ganando casándose con ese americano.

—Si te digo la verdad, me da igual qué haga con su vida. Solo quiero que nos deje tranquilos a los niños y a mí. Estaremos mucho mejor sin ella.

Se sentó y se terminó con calma la cerveza. Dejó vagar la mirada en un punto indeterminado de la pared. Y pensó en Cristina, en lo injusto que había sido con ella. Se sentía un miserable por haber dudado de ella, porque ella había sido generosa con sus hijos y con él. Antes de salir para Valencia tenía que dejar todo atado con su abogada para dar el siguiente paso con Cristina. Después de reflexionarlo, se levantó decidido y marcó el número de Vanesa. Estuvo hablando con ella cerca de media hora, y cuando colgó, le invadió una sensación de dicha momentánea. No quiso entretenerse mucho en casa de sus padres. Aún le quedaba un largo viaje por delante. Además, tenía una conversación pendiente con Cristina esa misma noche. Gema le había llamado comentándole que Cristina se había hecho cargo de Víctor y que lo estaba esperando en el apartamento. Estela y él tomaron algo rápido y se despidieron de Marta y de la abuela. Estela llevaba un gato de poco más de un mes en un trasportín para Víctor. Después de mucho tiempo, sentía que volvía a tener una familia. De vez en cuando, miraba de reojo a su padre.

—Dime, ¿qué te pasa? Suéltalo ya. Me estás poniendo nervioso.

—¿La quieres? —le soltó a bocajarro.

—¿Tú qué crees?

—Que sí.

—Tú misma has respondido a la pregunta.

—¿Tú crees que tú y ella…?

—No lo sé. No fui muy justo con ella. Lo adultos también cometemos errores.

Estela posó su mano encima de la su padre.

—Todo va a salir bien. Ella también te quiere.

Necesitaba creer las palabras de su hija.

—Pero eso no lo hace más fácil.

Después de un rato en los que ninguno de los dos tenía nada que decir, Álex le soltó:

—Olvídate del móvil durante este verano. Ese es el primero de tus castigos.

—Vale —respondió ella.

En algún momento del viaje, Estela se quedó dormida. Su padre le inclinó el asiento para que estuviera más cómoda. En fondo, no era más que una niña que jugaba a ser adulta. Aún no había pensado qué más castigos que se merecía, pero tenía que ser uno que jamás olvidara. Nunca volvería a inmiscuirse en sus asuntos con Cristina.

Llegaron a Valencia pasada la una de la madrugada. La despertó después de aparcar el coche en el parking.

—Ya hemos llegado, cariño.

Estela se restregó los ojos y se desperezó. Caminaron en silencio mientras iban hacia el hotel. Ella se mordía los labios, inquieta, aunque no tanto como su padre. Estaba segura de que cuando él le contara todo a Cristina ella volvería otra vez. El ascensor llegó a la quinta planta. Estela fue la primera en salir. Atisbó un momento de duda en el semblante de su padre. Le tomó de la mano y le hizo que saliera al pasillo.

—Dame las llaves —le pidió ella.

Álex siguió a su hija. Él sintió miedo por si ella le decía que no, por si Cristina no quisiera escucharlo. Cruzó la puerta con temor. La tele estaba encendida, pero no se escuchaba ningún otro sonido de voces. Encontró a Cristina dormida y abrazada a Víctor en el sofá. Se agachó y le retiró un mechón de pelo de la cara. Cristina parpadeó y se mojó los labios.

—Hola —le dijo Álex.

Ella se tomó unos instantes para hablar porque tenía la boca pastosa.

—Hola.

—Hola, Cristina —saludó también Estela—. Gracias por hacerte cargo de mi hermano, y perdona por todo lo que te he hecho.

A Cristina no le dio tiempo a contestarle porque Estela tomó a Víctor en brazos y se lo llevó a su habitación. Le llamó la atención el cambio de actitud en la ella. Se incorporó poco a poco hasta levantarse. Sacó las llaves de Álex del bolsillo.

—No te las había devuelto —se las entregó.

—Quiero que te las quedes —él le cerró la mano.

Ambos sintieron un estremecimiento.

—Siento todo lo que pasó.

Cristina dejó que siguiera hablando.

—Quédate esta noche.

De pronto ella notó que las lágrimas acudían a sus ojos. Era lo que quería, quedarse junto a él, pero no, no podía hacerlo de la manera que se lo pedía Álex. Él tenía que confiar en ella al cien por cien. No iba a traicionarse en este aspecto. No podía hacer como si nada hubiera pasado, porque no era cierto.

—No puedo —se le quebró la voz, y al mismo tiempo sintió que caía en un pozo oscuro.

—Lo siento, Cristina. Fui un estúpido.

—Sí, lo fuiste.

—Te necesito. No me imagino un futuro sin ti.

—Ni yo tampoco —murmuró ella.

—No sé qué más decirte —le tomó de las manos—. Te quiero y mis hijos también.

—Lo sé.

Ella se encogió de hombros, apretó los labios y lo miró a los ojos.

—No es suficiente, Álex. Para mí no lo es.

—¿Es por él?

Ella negó con la cabeza. Temía que si hablaba se fuera a poner a llorar.

—Aún no te has enterado.

—No, debo ser un estúpido.

—Te vuelvo a dar la razón…

Se soltó de sus manos y se dirigió a la puerta. No la quería abrir, se resistía a hacerlo. Le tembló la mano cuando la posó sobre la manilla. No pudo mirar atrás cuando le dijo:

—Ya nos veremos —era imposible decirle adiós—. Cuídate. Yo también te quiero.

Álex se quedó plantado en mitad del comedor. No podía creer que su historia con Cristina acabara así. Se quedó mirando esa puerta que se había cerrado. Había dejado que se marchara por segunda vez. No podía sentirse más estúpido de lo que se sentía en aquellos instantes.

Y no solo estaba siendo el peor verano para Cristina, también lo era para Estela, que sintió cómo se cerraba la puerta, y le dolió como nunca antes le había dolido nada. Esa angustia fue peor que descubrir que su madre le había utilizado para hacer daño a su padre. Lloró en su habitación todas las lágrimas que cabían en su menudo cuerpo, e incluso las que no pudo derramar su padre. Se dejó caer al suelo y se metió el puño en la boca para que él no la oyera cómo gemía.

—Papá, lo siento. Todo es culpa mía.