Capítulo 4
El chico joven que había intentado ayudarla a levantarla del suelo salió corriendo inmediatamente después a la calle con algo en la mano, y se acercó hasta Tita.
—Perdone, se le ha caído un pendiente en el recibidor.
Ella se llevó una mano a la oreja y abrió los ojos asombrada.
—Menos mal que lo has encontrado. Son unos pendientes muy caros —le ofreció al chico una sonrisa radiante—. Fue un regalo de boda. Eso se merece un premio muy especial.
—Déjelo. No importa.
—Claro que importa. Pero tutéame, que no soy tan mayor. ¿Quieres un autógrafo? —repuso Tita con voz melosa. Dejó caer sus pestañas de una manera que hasta Cristina se sintió cautivada—. Aprovecha, que esta tarde estoy generosa y te lo puedo firmar donde quieras.
Él asintió con la boca abierta.
—He visto todas sus películas —balbució—. La última es un pasote. Está para que le den el Goya… o dos. Usted ya me entiende. Es la mejor actriz que hay ahora mismo en España.
—Gracias, chaval. Ojalá la academia pensara como tú.
El chico había sacado un papel y un bolígrafo del bolsillo de su camisa.
—¿No quieres que te lo firme en otro sitio? Pensaba que eras un chico con algo más de imaginación.
—No sé, yo… —elevó los hombros.
—¿Quieres que te dé una idea? Tienes cara de ser más listo de lo que aparentas.
Finalmente el chico se acercó a ella y le dijo algo en el oído, que Cristina no pudo escuchar. Tita le pasó un dedo por el pecho.
—Veo que nos vamos entendiendo —se agarró del brazo de él ante la mirada de asombro del chico—. ¿Quieres tomarte algo? Invito yo. Como te he dicho, hoy me siento generosa. Paga mi ex.
Cristina vio cómo se alejaban. Iban en dirección contraria a la que había tomado Álex. Ella se había encendido otro cigarro, que fumaba con desesperación. Le ofreció otro a él, pero lo rechazó.
Le sorprendió lo rápido que había sucedido todo y cómo Tita había ligado.
Se encogió de hombros y se encaminó al aparcamiento.
No recordaba bien a Álex, porque la última vez que lo había visto había sido en su boda y no solía estar al tanto de las revistas de cotilleos en las que alguna que otra vez había salido. Hizo memoria de aquel día que no había podido olvidar y de la charla que mantuvo en la fuente con la estatua de un ángel. Lo que recordaba de él era que poseía unos rasgos algo más suaves, y doce años después, le pareció que su semblante había cambiado. Sus facciones eran más duras y su mirada se había convertido en salvaje e intimidatoria. Quizá fuera por las circunstancias de tener que pasar por un divorcio que intuía como difícil. Aun así, con cuarenta años se conservaba mucho mejor que Manu y que muchos hombres de su edad.
Sin querer, los comparó a ambos, y no tenían nada que ver. La mirada de Manu era dulce, poseía una cara ovalada y unos ojos azules, diminutos e inexpresivos. Era algo recio y un poco más alto que ella. Sus manos eran pequeñas y suaves, algo que nunca le terminó de gustar de él. Se parecían más a las suyas que a las de los hombres que conocía. Puede que fuera por ese motivo que sus caricias le resultaran tan desapasionadas. Su cabello era rubio, liso y llevaba siempre una raya al medio, que trataba de domar con gomina. ¿Y él quería convencerla de que su propuesta de matrimonio había sido improvisada? Después de unos minutos, le entró la risa. ¡Pero si no había cambiado de peinado desde que hizo la comunión, y de esto hacía como veinte años!
No, Manu no sabía lo que era la improvisación porque todo en su vida respondía a una minuciosa planificación.
Antes de entrar en el aparcamiento, Cristina miró si tenía algún mensaje en el móvil. Se encogió de hombros al ver que no tenía ninguno. Era viernes y no le habría importado que Óscar, su mejor amigo, la llamara para salir a tomar algo por Lavapiés. Estaba convencida de que ahora mismo estaría junto a su último ligue, la que aseguraba que era el amor de su vida. La última le duró dos meses y con Palmira ya había superado la barrera de los tres meses. Suspiró y caminó con paso decidido hacia su coche. No le echó un último vistazo al edificio donde le habían pedido matrimonio por primera vez en su vida, donde había tenido su primer encuentro sexual y donde Manu pretendía fundar una familia. No había nada que le atara ya a él; había recuerdos que era mejor tirar al cubo de la basura. Solo deseaba llegar a casa, darse un buen baño con una bomba de Lush, a las que era adicta, y ayudar a Maribel con la cena. También estaba decidida a pasarse horas preparando dulces para su hermano, su mujer y sus sobrinos. A ellos les gustaban los cupcakes que hacía todos los domingos.
Antes de poner el coche en marcha, se miró en el espejo. No se sorprendió por no estar triste, y tampoco se sentía culpable por no estarlo. Es más, estaba radiante por haberle dicho a Manu que no quería casarse con él. Había sido una liberación que él le hubiera soltado ese rollo de casarse. Era probable que si él no se hubiera decidido a pedirle matrimonio, ahora estaría eligiendo uno de los tres restaurantes que le gustaban a Manu para ir a cenar. Habrían cogido el coche de ella, habría escuchado cómo le había ido el día y después lo habría dejado en casa de sus padres, porque él seguía viviendo en la casa de su familia, aunque tuviera un apartamento al lado de su consulta. Era lo que hacían algunos viernes por la noche, y nada se salía del guión que había programado Manu.
Soltó una carcajada al recordar otra vez la petición de matrimonio. Cada vez le parecía más absurda y estúpida. Lo que no entendía era por qué Manu le había pedido que se casara con él, cuando sabía lo poco que le gustaban las bodas. Alguna que otra vez se lo había dejado caer. Al fin sentía que había hecho algo bien. Había cerrado una etapa en su vida, pero sabía que tenía otro asunto pendiente que no podía demorar mucho más. Debía dejar el Derecho de una vez por todas. Pero esta cuestión la dejaría para otro día. Nadie le decía que tenía que ser esa misma noche. Ya había tenido bastante con dejar a un novio que se veía casado y con tantos hijos como había tenido su exsuegra. También se dio cuenta de que se pasaba el día complaciendo a los demás, y eso la había terminado por agotar.
Puso la radio para olvidar el mal trago que había pasado. Gabrielle Aplin cantaba The Power of Love:
Dreams are like angels
They keep bad at bay
Love is the light
Scaring darkness away
I'm so in love with you
Make love your goal…[2]
Subió el volumen y comenzó a tararear. Siempre le relajaba hacerlo mientras conducía. Le gustaba el mensaje de esta letra. Al tiempo que no apartaba la vista de la circulación, pensó en lo que cantaba. Decidió que una de las metas de su vida sería el amor, y desde luego no iba a caer en la trampa de estar con alguien porque se llevaban bien y porque se conocían desde hacía un tiempo. O como decían algunas de las amigas de su hermana mayor, porque era la mejor opción y no iban a encontrar nada mejor. No, ella no quería ser una más de esas mujeres que preferían estar con alguien antes que estar solas. Esa etapa de su vida se había terminado. La nueva Cristina tenía mucho que decir.
Consideró también que le tenía que dar las gracias a Marga, porque en cierta manera le había abierto los ojos.
Aprovechó que el semáforo se había puesto en rojo para volver a mirarse en el espejo. Lo que observó no le terminó de gustar. ¿Cuándo había dejado de ser divertida?, se preguntó. Pensó en sus últimos dos años y en la relación que había mantenido con Manu. No quería culparle de nada, aunque durante ese tiempo era como si hubiera estado dormida a las emociones y se hubiera dejado llevar por la seriedad de su novio. Observó el vestido que llevaba y fue consciente de que era más propio de una mujer de cuarenta que de los veinticinco que ella tenía. En su armario tenía una decena de pantalones vaqueros que no se había puesto desde que había empezado a salir con Manu. También había dejado de llevar su calzado favorito: unas Converse de color rojo.
Decidió que lo primero que haría cuando se levantara al día siguiente sería guardar todos los vestidos que le hacían parecer más mayor y sacaría todos sus vaqueros. De pronto las ideas que había ido aparcando en su vida fueron surgiendo y se le fueron ocurriendo muchos planes. Tenía tantas cosas que cambiar en su vida, que pisó el acelerador para llegar cuanto antes a su casa.
Llegó al garaje de sus padres y lo dejó en su plaza. Pensaba en el baño que se tomaría nada más subir y en todo lo que deseaba hacer. Haría una lista para no olvidar nada. Llegó hasta el quinto y abrió sin hacer ruido, algo habitual en ella. Desde la entrada le llegaba la voz de su padre, que parecía discutir con alguien. Puso atención a sus palabras.
—Es que no entiendo por qué le ha dicho que no.
—Porque no será el chico adecuado para ella —respondió Mariví con calma.
¿Estaban hablando de ella? Se preguntó si Manu habría llamado a casa y se lo había contado a su familia. Si lo había hecho y pensaba que su padre podría convencerla de lo contrario, es que no la conocía en absoluto. Nunca en su vida había estado tan segura de algo como de no aceptar casarse con Manu. Desde luego, conforme pasaban los minutos lo veía como lo que era, un cretino.
Tomó aire antes de acercarse al comedor, aunque cada vez sentía cómo la rabia se apoderaba de ella. Mucho se temía que el baño relajante tendría que esperar.
—¿Os habéis enterado ya?
Su padre llevaba un vaso de whisky en la mano y daba vueltas alrededor del sillón donde estaba sentada Mariví. Todavía llevaba el traje que se había puesto esa misma mañana y no se había desanudado la corbata.
—Sí, Manu nos acaba de llamar. No entiendo por qué no has aceptado.
—¿Que os ha llamado? Menudo imbécil. ¿Acaso piensa que no soy capaz de tomar mis propias decisiones y que necesito que vosotros me abráis los ojos porque no he contestado lo que él quería? Pues sí, ya ves, no quiero casarme con alguien que me trata como si yo fuera su hija. Para eso te tengo a ti.
Su padre se giró hacia ella. Tensó el labio inferior en una mueca que pretendía ser una sonrisa. No supo distinguir si el brillo de su mirada era de orgullo o de enfado. A sus cincuenta y siete años seguía siendo un hombre atractivo. Tenía el pelo canoso, y eso acentuaba aún más sus ojos oscuros y rasgados.
—No entiendo qué ha pasado —repuso su padre—. Se os veía bien.
—Sí, es cierto, en apariencia se nos veía bien, pero yo sentía que esta relación no llevaba a ningún sitio. Y mejor dejarlo ahora que me he dado cuenta de que no tengo nada en común con él que cuando tengamos hijos y sea una amargada. Ya conozco a unas cuantas y no me gustaría nada convertirme en una de ellas.
—Manu es un buen chico y te haría feliz.
—Papá, ¿me estás escuchando? Me da igual si Manu es un buen chico. Eso no es suficiente para casarme con él. Me he dado cuenta de que no le quiero. Y no estoy tan segura de que vaya a ser feliz a su lado.
—¿Estás segura?
—Claro que estoy segura. Además, esto tampoco es una tragedia. Si solo tengo veinticinco años.
—Desde luego no es una tragedia, Fran —era una suerte de que Mariví se pusiera siempre de su parte—. Para casarse hace falta algo más que una pareja se lleve bien.
Cristina se sentó en el reposabrazos del sillón donde estaba su madrastra.
—¿Sabes que me ha pedido que me case con él en su despacho? No podía ser más cutre. Ya tenía elegida hasta le fecha de la boda.
—¿En su despacho? —quiso saber Mariví. Miró a su marido con una sonrisa divertida—. No me negarás, Fran, que Cristina lleva razón. Podía haber sido algo más romántico. Vamos, que no tenía que haber sido durante un paseo por el Sena como hiciste tú, ¿pero en un despacho? Que uno no se casa todos los días, ¡leches! Si es lo que siempre te he dicho, Manu tiene sangre de horchata.
—Ha sacado una botella de sidra empezada, que llevaba más de cuatro meses en la nevera…
Cristina sabía que a su padre no le haría ninguna gracia que quisiera brindar con sidra. Era un acérrimo defensor del cava.
—¿Con sidra y encima desventada? —su padre se giró hacia ellas—. ¿Quién brinda con sidra? Y que me perdonen los asturianos, pero las cosas o se hacen bien o no se hacen.
Cristina se levantó y se acercó hasta su padre. De vez en cuando le gustaba mojarse los labios con un poco de whisky. Agarró el vaso, lo olió y después le pegó un pequeño trago. No podía negar que su padre tenía buen gusto para elegir los mejores licores.
—Sabes que me habría dado igual si hubiésemos brindado con agua si Manu hubiese sido el hombre de mi vida —le pasó de nuevo el vaso a su padre.
—Mariví y yo solo deseamos que estés bien. Pensábamos que Manu te hacía feliz.
—Eso lo pensabas tú, Fran —lo interrumpió su mujer—. A mí nunca me ha gustado Manu para Cristina.
Se incorporó para llegar hasta Cristina y darle un abrazo. Cristina se dejó abrazar por su madrastra. La consideraba como una madre, aunque nunca la llamó mamá. Apenas se acordaba de la suya, porque cuando murió, acababa de cumplir los seis años. Se casó con su padre cuando cumplió los siete y siempre las trató a ella y a sus hermanos como si fueran hijos propios. Se mudó de Valencia a Madrid para formar parte de la familia Burgueño. El único hermano al que le costó aceptarla como la nueva esposa de su padre fue a su hermano Juanfra, pero al final tuvo que admitir que entre ellos había amor y que Mariví no se había aprovechado de la buena posición de su familia. Llevaba años intentando quedarse embarazada y, por fin, lo había conseguido. Estaba en su quinto mes de embarazo. Con treintainueve años esperaba dos niñas y estaba más guapa que nunca.
—¿Quieres que hablemos?
Cristina negó con la cabeza.
—Estoy bien, Mariví. De verdad, me encuentro bien. No seré la única que ha dejado a su novio. Esto no es una desgracia.
De pronto, con la seguridad que le daba estar al lado de Mariví, soltó sin pensarlo:
—Voy a dejar Derecho —suspiró.
Después tragó saliva y se sintió mucho más ligera. Se había quitado una gran mochila de encima. Aun así le temblaban las rodillas por soltarle a su padre a bocajarro que quería dejar la carrera.
—¿Cómo? —preguntó su padre elevando la voz.
—Que no quiero estudiar Derecho.
—¿Cómo que no quieres estudiar Derecho? No lo entiendo…
—Pues yo sí lo entiendo —intervino Mariví—. La niña se vio presionada por ti, pero nunca ha querido estudiar esta carrera. Si hasta la acompañaste a que se matriculara.
—Mariví, por favor, no te metas. Esto es algo que no te incumbe.
—¿Que no me incumbe? Ni se te ocurra volver a decirme que no me incumbe la vida de Cristina, porque sabes que la he criado como si fuera mi hija.
—No quería decir eso, cariño —su padre se mojó los labios con la lengua—. No saques las cosas de contexto.
Mariví se separó de Cristina con la mirada encendida, y en dos pasos llegó hasta su marido.
—¡Oh, claro que te he entendido bien! Me estás diciendo que no me puedo meter en esta discusión porque no la he parido yo. ¿Es eso?
Cristina alternaba la mirada de su madrastra a su padre porque nunca los había visto discutir. Contuvo el aliento.
—Cariño, no me he explicado bien.
—Entonces si no te he entendido, ¿quizás es que me estás llamando tonta?
Mariví se puso de espaldas a su marido y se cruzó de brazos. Buscó la mirada Cristina para guiñarle un ojo. Entonces supo que su madrastra estaba actuando.
—Por favor, Mariví, no quiero discutir contigo. Vamos, no te enfades, que no le sienta bien a tu embarazo —la abrazó por detrás—. Además, que no estamos hablando de ti ni de mí, estamos hablando de ella. Lo único que no entiendo es por qué Cristina quiere dejar la carrera.
—Porque a Cristina nunca le ha gustado, pero nunca te has querido dar cuenta. Tu hija es creativa, es una artista y no le va estar metida en un despacho como a sus hermanos y como a ti.
—¿Es eso cierto? —inquirió su padre.
Cristina sintió que crecía por momentos.
—Sí, yo nunca he querido estudiar Derecho. Llevo casi ocho años en la facultad y cada día me cuesta más ir a estudiar.
—¿De qué vas a vivir? Dime. Si no estudias Derecho, ¿qué vas a hacer? Sácate primero la carrera, asegúrate un futuro y luego haz lo que quieras. La vida no es como te la imaginas.
—Por favor, papá, ahórrate lo de que la vida no es como en las novelas o como en las películas. Eso ya me lo ha dicho Manu.
—No me vengas dando clases a mí y pienses que lo sabes todo, porque no es así. Déjame decirte que no sabes nada de la vida.
—Lo único que sé es que no quiero casarme con Manu y que no quiero estudiar Derecho. No sé muy bien qué voy a hacer. Podría diseñar vestidos, ser actriz o hacer cupcakes, yo que sé.
Su padre soltó una risa.
—¡Eres una ilusa! —exclamó separándose del abrazo de Mariví—. ¿Piensas ganarte la vida vendiendo magdalenas?
—¿Y por qué no?
—Sí, ¿por qué no? —replicó Mariví.
—Porque no. Porque uno no se gana la vida con ese tipo de chorradas.
—No se puede hablar contigo cuando te pones así —repuso Mariví—. Eres muy obtuso para ciertas cuestiones.
—¡No sé cómo me pongo! —gritó su padre.
—Te pones hecho una fiera y no quieres atender a razones —le explicó Mariví sin perder la compostura.
—¿Os creéis más listas que yo? Está bien —Fran se llevó el vaso que llevaba en la mano a los labios y se bebió de un trago lo que le quedaba—. ¿Deseas dejar la carrera cuando te quedan unas asignaturas?
—No son algo más que unas asignaturas. Después está el máster y yo qué sé cuántos cursos más. Además, antes me has dicho que tú solo quieres lo mejor para mí —se acercó a su padre para abrazarse a él.
—No me seas zalamera, que te conozco. Claro que queremos lo mejor para ti. ¿No te das cuenta de que a nuestro lado tienes el futuro asegurado?
—No me estás escuchando.
—La que no quiere atender a razones eres tú. No sé qué estúpida idea se te ha metido en la cabeza para no querer estudiar Derecho. Pero está bien, deja la carrera, que sea como tú quieras, pero ya que estás tan segura de que puedes ganarte la vida vendiendo magdalenas, yo dejaré de pasarte tu asignación mensual.
—¡No puedes estar hablando en serio! —profirió Mariví.
—Claro que sí —su marido se había sentado en un sillón y había cruzado las rodillas. Mantenía una sonrisa de orgullo, que a Cristina le molestó.
—Si crees que me voy a dejar acobardar por tu amenaza, no me conoces. No quiero tu dinero.
—Y es más, te voy a conceder un año para que nos demuestres que eres tan creativa como piensas que eres y que puedes vivir sin mi dinero —siguió hablando su padre—. Si después de este tiempo veo que no es un capricho, te monto la mejor pastelería de Madrid o una galería de arte o una boutique, lo que quieras.
Mariví se giró hacia su marido.
—No me creo que no quieras ayudar a tu hija ahora, que es cuando te necesita. Y si no lo haces tú…
La voz de Marga llegó desde las escaleras.
—¿Quién ha cambiado la cerradura?
Cristina miró su reloj de pulsera y advirtió que las agujas marcaban casi las nueve de la noche, muy pronto para que Marga estuviera de vuelta. Salió del comedor y, tras abrir la puerta, su hermana cayó de rodillas al suelo porque iba completamente borracha.
—Gracias, hermanita, mi llave no funciona.
—¡Margarita! —gritó su padre—. ¿Se puede saber qué te ha pasado para que llegues en este estado?
Cristina la ayudó a levantarse del suelo.
—Estoy feliz, muy feliz —Marga se abrazó a su hermana—. ¿Sabéis qué? Ya no hay boda. He dejado a Javier. Venga, ¡vamos a celebrarlo!
—¿Tú también? ¿Pero se puede saber qué les pasa hoy a mis hijas? —soltó su padre.