Capítulo 15

 

Cristina cerró los ojos cuando sintió que Álex estaba detrás de ella. La voz de él sonó ronca en su oído. Su perfume la perturbaba de una manera que no creía que fuera capaz. El solo roce de sus dedos al buscar una caricia en el interior de su muñeca la hizo estremecerse. Tragó saliva y por unos instantes se olvidó hasta de respirar.

Álex tenía algo de asombroso en su voz. Era pura magia, pues con tan solo escucharla, ella temblaba de pies a cabeza.

—¿Ya se han marchado tu hermana y tu amigo? Ya me los presentarás en otra ocasión.

Cristina se dio media vuelta para encontrarse con un Álex más guapo que nunca. Quizás fuera su sonrisa la que la sumió en un estado de embriaguez, o puede que fueran sus ojos, que brillaban de una manera especial.

—Tenían cosas que hacer. Óscar la iba a invitar a cenar en algún sitio romántico, aunque conociéndolo, puede que la lleve a un burguer y después acaben bailando en una discoteca.

—¡Qué concepto tienes de tu amigo! Puede que Óscar tenga un lado romántico y tú no te hayas enterado.

—¿Con Óscar? Mucho tendría que cambiar.

—Igual no lo conoces tan a fondo como piensas. La brisa del mar transforma a la gente de una manera que no creerías.

Cristina elevó los ojos al techo y cambió de tema.

—¿Decías algo de un plan? —entrelazó sus dedos con los de Álex.

Él no contestó. Alzó una ceja y se limitó a esbozar una sonrisa torcida. Caminaron hasta el ascensor sin dejar de mirarse a los ojos. Había momentos en los que las palabras sobraban. Junto a ellos, iba a subir una pareja que se mostraba muy acaramelada.

—¿A qué piso vais? —preguntó la chica.

Álex esperó a que fuera Cristina quien contestara. Ella no tenía dudas sobre dónde se quedaría a dormir.

—Al último piso —aunque quiso decir al cielo, que para el caso era lo mismo.

Como había supuesto, Álex asintió con la cabeza. Se había colocado en una esquina con los brazos cruzados y la observaba con una sensualidad que la sacudió de abajo arriba. ¿Cuántas promesas habría tras esa mirada? Estaba muy cerca de descubrirlo. Al tiempo que deseaba estar con Álex, estaba nerviosa por si no era lo que él había imaginado. No quiso hacerle partícipe de sus temores. Cuando estuvieran solos todas sus dudas se desvanecerían.

—Nosotros nos bajamos antes.

El ascensor llegó al cuarto y la pareja se despidió de ellos. Álex no se movió del sitio. Se limitaba a mirarla con un deseo que la desbordaba. Un sonido les avisó de que habían llegado a la quinta planta. Sintió nervios en la boca del estómago.

Cristina buscó la mano de Álex, y juntos salieron del ascensor. Estaban frente a la puerta del apartamento de él. Sacó unas llaves del bolsillo de su pantalón y tras dos vueltas a la cerradura entraron en el paraíso. Cristina cerró los párpados y aspiró el aroma que desprendía el apartamento de Álex. Olía a él, aunque también podía percibir un toque a café, pero sobre todos los olores notaba el sabor de un hogar.

Álex dejó a un lado la maleta de ella. Aunque Cristina sentía curiosidad por conocer el piso de Álex, no podía apartar sus ojos de él. Había mucha más urgencia en saborearlo más a fondo.

—Vamos a hacer que el tiempo se detenga —dijo Álex.

Cristina contuvo el aliento. Se estremeció de pensar cuánto había de cierto en esa frase. Junto a Álex estaba descubriendo que las palabras podían ser tan eróticas como una caricia y que eran capaces de encender la pasión que había entre sus muslos.

Álex la agarró de la cintura con una mano y con la otra la atrajo hacia sí. Se iba acercando con tranquilidad, deslizando la mano que había posado en su cintura hasta llegar a sus nalgas.

—Antes querías saber cómo te deseo —la voz de Álex tenía un toque tan indecente que Cristina sintió cómo se ruborizaba—. No tienes ni idea de cuánto. Te voy a besar los dedos de un pie, voy a subir por tu pierna, lameré tu muslo, me detendré en tu ombligo, chuparé un pezón, y cuando creas que no puedes más, empezaré con los dedos de tu otro pie, y así hasta terminar en tus labios. Quiero que digas mi nombre, lo gritarás; deseo que te corras para mí. Cuando pienses que hemos acabado, volveremos a empezar.

Ella asintió con la cabeza, al tiempo que notaba cómo las rodillas se le aflojaban. Estaba húmeda, y Álex ni siquiera la había besado. El poder de esas palabras era pura magia.

—No te muevas. Déjame hacer.

Álex le desabrochó el botón de su pantalón y después le bajó la cremallera sin prisas. Se colocó de rodillas y fue tirando de ellos con calma. Cristina permaneció quieta, y no solo porque él se lo había pedido, sino también porque ansiaba que Álex siguiera, porque no deseaba estar en otro sitio que no fuera en aquel piso. Un fuego intenso le recorrió la espalda y se fue apoderando de su sexo.

—Me gusta ver cómo te sonrojas.

Desató los cordones de sus Converse sin dejar de mirarla los ojos. Había algo hipnotizador en sus ojos oscuros. ¡Qué efecto tenía él sobre ella!

Después de quitarle las zapatillas con una calma exasperante, Álex acarició sus piernas, sus muslos, hasta llegar al borde de sus braguitas. Le gustó el detalle de que fueran de algodón blanco, sin ningún tipo de artificio, como era ella. Incluso tenía un lacito de color rosa con una perla a juego. Mordisqueó la lazada y después posó sus labios en el borde del elástico.

—¿Te han dicho alguna vez que eres adorable?

Una corriente eléctrica la sacudió al sentir el aliento de Álex muy cerca de su pubis.

—No como lo haces tú —murmuró.

—Nadie te lo va a hacer como yo —sus dedos jugaron con la goma de sus braguitas.

—¿Buscas un cumplido?

—No. Lo buscaría si no estuviera seguro, y no es el caso. Contigo no tengo dudas.

Álex se puso otra vez de pie. Inclinó la cabeza y la besó con delicadeza en los labios. Cristina abrió su boca para recibir lo que tanto ansiaba, pero Álex negó con la cabeza.

—Cristina, no adelantes acontecimientos —ella tuvo que cerrar los ojos porque su voz era lo más parecido a un gruñido— Déjate hacer. ¿Lo vas a hacer?

—Sí.

—Eso quería escuchar.

Álex inclinó de nuevo su cabeza, le acarició con la punta de su nariz la mejilla y fue bajando hasta el hueco de su cuello. A Cristina, la calidez de su aliento la estaba volviendo loca.

—Puedo sentir tu humedad.

Cristina dejó escapar un gemido y abrió los ojos de deseo.

—Pero no lo suficiente —reconoció finalmente.

Álex introdujo un dedo por entre sus bragas, jugueteó con su clítoris, para después deslizarlo dentro. Ella pegó un respingo y adelantó sus caderas para ir al encuentro de él.

—¿Recuerdas cómo se hace un bizcocho?

—Sí.

—Me pediste que lo hiciera lento. Esto no es más que una parte del secreto.

A Cristina se le aceleró el pulso. Buscó la mirada de Álex y sintió que todo lo que había a su alrededor se había desvanecido. No existía nada más que él.

Él la agarró por las muñecas para posarlas por encima de su cabeza. Al tiempo que la retenía contra la pared, le quitaba la camiseta con la otra mano. La dejó caer al suelo y volvió a apresar sus muñecas.

—Dios, te deseo tanto.

—Álex, por favor… —gimió.

—¿Por favor, qué? Quiero escucharlo de tus labios.

—Sigue… sigue…

—Esto no ha hecho más que empezar, pequeña.

Al cruzar su mirada con la de Álex, tembló. Él solo escuchaba la respiración agitada de Cristina, que latía al ritmo de los latidos de su corazón. La sentía estremecerse, así como notaba que su piel ardía.

Cristina abrió los labios cuando él apretó sus nalgas con suavidad. Mientras, él la acariciaba con la punta de su lengua el lóbulo, para después susurrarle:

—¿Aún dudas?

—No —dijo con un hilo de voz.

—Nunca lo dudes, Cristina.

Tuvo que admitir por enésima vez que no había nadie que dijera su nombre como él. ¡Qué poder tenía sobre ella! La sensación era la de estar un poco mareada, pero ¡qué efecto tan maravilloso!

—Creo que podría enamorarme de ti.

—Hazlo —pidió ella—. Empieza ahora.

En un movimiento rápido, Álex la subió a horcajadas. Cristina pudo sentir la erección de Álex y rodeó su cintura con las piernas. A pesar de la promesa que le había hecho él cuando entraron en el apartamento, no le habría importado que terminara de una vez. Sentía la urgencia de moverse, de que el miembro de Álex encontrara, de una vez por todas, la humedad que se alojaba entre sus muslos. No creía que fuera capaz de aguantar.

Álex buscó los labios de ella, y Cristina le salió al encuentro. La calidez de su lengua fue una sorpresa para ella. Siguieron besándose al ritmo que les marcaban los latidos de sus corazones. Álex siguió acariciándola. Su mano fue descendiendo hasta alcanzar el borde del sujetador. Retiró la tela y atrapó un pezón con sus dedos. Trazó círculos y después lo pellizcó con suavidad, hasta que Cristina soltó un grito.

—¡Oh, sí, Cristina! Este será el primer chillido que quiero escuchar.

—Álex, Dios… —contuvo la respiración cuando notó que los labios de Álex rozaban su pezón.

—Dime, ¿qué quieres?

—Lo necesito ya…

—¿Qué necesitas?

—A ti. No pares —se aferró a la espalda para poder sentir el pecho de él pegado al de ella.

—Como quieras.

Cubrió con sus dientes el pezón de Cristina, tiró de él al tiempo que con una mano soltaba el corchete del sujetador. Ella arqueó la espalda. Los labios de Álex buscaron la boca de Cristina. Fue un beso salvaje, feroz, dejando que sus lenguas se reconocieran. Por último, Álex desgarró la última prenda que le quedaba a Cristina, al tiempo que ella soltaba otro gemido ahogado. En algún momento, ella pensó que iba a perder la cabeza.

—Estás preciosa.

Los ojos de Álex eran dos carbones encendidos.

La mano de Cristina se coló por debajo de la camiseta de Álex y observó lo poderoso que era su pecho. Lo acarició y se recreó como había hecho él con su pezón.

—Aún no, pequeña, vamos a seguir jugando.

La llevó hasta su habitación. Si alguien le hubiese preguntado cómo era su piso, no habría sabido qué contestar. Estaban perdidos en un beso largo y sereno.

Tan pronto como entraron en la habitación de Álex, el beso se volvió apasionado, tan arrebatador, que Cristina sintió que no podría aguantar mucho más. Necesitaba a Álex dentro de ella, y lo necesitaba ya. Había urgencia en sentirlo todo él. Le lamió el hueco del cuello y hurgó con la punta de su lengua el lóbulo de la oreja de Álex. Trazó círculos. Ahora era ella la que sentía que su piel era deliciosa y que jamás podría saciarse de las caricias de él.

—No sigas, pequeña. Vamos a seguir jugando.

Álex la posó en la cama y la miró desde arriba. Se le secó la boca al tiempo que ella se humedecía los labios. Se sintió más expuesta y excitada de lo que nunca había estado. Había una mezcla de deseo intenso e inquietud.

—Cristina, no temas —le pidió al observar su desasosiego—. Déjate llevar.

Cristina deslizó su mirada por el cuerpo de Álex y advirtió un abultamiento en su entrepierna. Ella tuvo que contenerse para no tirarse encima de él. ¡Cómo había podido crecer de aquella manera! Aquello sí que era un verdadero truco de magia.

—¿Voy muy rápido o prefieres que vaya un poco más lento? —preguntó con voz grave.

—De momento lo estás haciendo bien —aunque pensaba que iba a volverse loca si él no acababa pronto, quería que Álex se demorara un poco más y que la llevara hasta el séptimo cielo—. Estás siguiendo la receta al pie de la letra.

—Me alegro —contestó él sosteniéndole la mirada—. En este caso las prisas no son buenas.

—Sí, las prisas no son buenas.

Álex se colocó en el borde de la cama. Desde donde estaba, empezó a lamerle los pies de Cristina. Ella cerró los ojos y soltó un gemido. Álex iba a volver a recorrer con su lengua todos los rincones de ella, como había hecho en el recibidor de su apartamento.

El deseo de Cristina fue en aumento conforme Álex se acercaba al interior de sus muslos. Los cerró para su asombro.

—Pequeña, déjate hacer —acarició con la yema del pulgar el vello de su pubis—. Abre las piernas.

Podía parecer una orden, pero tal y como lo dijo, se parecía más a una súplica. Álex rozó con la punta de su lengua el interior de sus muslos. Cristina soltó un gemido tan fuerte y tan agradable que se sorprendió cuando volvió a cerrar las piernas de nuevo.

—No temas, pequeña —Cristina sintió un nudo en la garganta por la delicadeza con que se lo había pedido—. Deja que te bese los labios, y después decide si quieres que siga. Me detendré si tú me pides que lo haga. ¿De acuerdo?

Ella asintió con la cabeza.

Álex volvió a abrirle las piernas con la misma delicadeza que había usado en sus palabras. Cristina permaneció inmóvil y contuvo un gemido cuando Álex le separó los pliegues de su sexo con dos dedos.

—Estás tan guapa, Cristina.

Álex le acarició con suavidad el clítoris con un dedo. Cristina arqueó la espalda y soltó un murmullo.

—¿Quieres que pare?

—No… sigue…

—Relájate.

Ella se estremeció cuando la boca de Álex le lamió los pliegues del sexo. Era una sensación tan placentera como nueva. Él separó un poco más sus rodillas al tiempo que ella notaba cómo el estómago se le encogía. Cerró los párpados y se abandonó a las caricias que Álex le ofrecía con su boca. Los labios de Álex bebían de su sexo mientras que con el pulgar le acariciaba el clítoris. La sintió temblar en su boca. Estaba cerca de alcanzar su primer orgasmo.

—Pequeña, lo estás haciendo muy bien. Ya llega.

Antes de que Cristina alcanzara el clímax, Álex le sujetó por las muñecas y siguió lamiendo el interior de su sexo. Entonces ella se dejó llevar por una maravillosa oleada de sensaciones y, en un movimiento involuntario, arqueó la espalda buscando con avidez la boca de Álex. Un grito liberalizador surgió de su garganta. Notó cómo se sonrojaba. Todo se contrajo en su interior.

—Oh… Álex…

Él no contestó, siguió libando del jugo de Cristina, hasta que sintió que ella volvía a sufrir otro espasmo que la llevó de nuevo al cielo.

—Álex, ha sido…

—Estabas tan guapa cuando has dicho mi nombre —le dijo con el deseo dibujado en la mirada—. Créeme si te digo que me gusta verte sonrojarte como lo haces.

Cristina se incorporó tratando de recuperar el aliento y mordiéndose el labio inferior. Se colocó de rodillas y se fue acercando hasta él para besarle en la boca.

—No sabría decir qué sabor me gusta más. Eres deliciosa.

Cristina le quitó la camiseta, deslizando las manos por su pecho, recreándose en el vello de Álex. Jugó con el pezón de él, se lo lamió. Al igual que ella, la piel de Álex ardía de deseo. Él soltó un gruñido ronco cuando notó que ella posaba una mano en el abultamiento de su entrepierna. Cristina fue desabotonando los cuatro botones del pantalón y después se lo quitó, como había hecho él con ella. No sabría decir cuándo él se había quedado descalzo, pero era algo que no le preocupaba. Álex se estremeció al notar los dientes de Cristina cubrir su pezón. El vello de su nuca se le erizó y sintió la necesidad de no demorar mucho más el estar dentro de ella.

—Cristina, no sabes cuánto te deseo.

—Hazlo, Álex, quiero sentirte dentro.

Cristina liberó su miembro de la prisión de sus calzoncillos. Como había sospechado, su pene era grande. Lo aprisionó con la mano y lo acarició con suavidad. Álex notó cómo se le ponía la piel de gallina.

—Eres todo cuanto deseo —susurró Álex.

La tumbó en la cama y volvió a deslizar la mirada por el cuerpo desnudo de ella. Antes de penetrarla, buscó un condón en el cajón de su mesilla, lo desgarró con los dientes y después dejó que Cristina se lo pusiera. Álex soltó un gruñido ahogado y después se colocó entre sus piernas, acomodándose y abriéndoselas un poco más con las rodillas. Álex le rozó con la punta de su lengua el borde de la comisura de los labios. Cristina puso los ojos en blanco.

—Álex, hazlo ya.

—¿Lo deseas?

—Mucho.

Álex la penetró con calma. Se miraron a los ojos. Ella subió las caderas al encuentro de él.

—Estás muy húmeda.

—No te detengas.

Él empujó un poco más. Su pene se abría suavemente en el interior de ella. Cristina contuvo el aliento al tiempo que notaba cómo arqueaba la espalda. Le clavó las uñas cuando Álex apretó una de sus nalgas. Entonces se hundió en ella, hasta lo más profundo. Ambos soltaron un gemido. Ella porque nunca había sentido una emoción tan placentera y él porque estar dentro de Cristina era lo más parecido a un sueño.

—Quiero que me mires a los ojos —le pidió él.

—No podría apartar mi mirada de ti ni aunque quisiera —gimió de placer.

Álex buscó los labios de ella, cubrió su boca con una ferocidad que la sorprendió. Los movimientos de Álex se hicieron cada más rápidos, más profundos. Cristina le rodeó sus caderas con las piernas.

Un murmullo ahogado se le quedó atascado en la garganta a ella cuando los envites de Álex se hicieron más violentos. Ambos supieron que el momento estaba cerca, que la espera había merecido la pena.

—Álex —gritó cuando sintió que él llegaba al clímax.

Y mientras decía su nombre, una sacudida como nunca había sentido le sobrevino de pies a cabeza.

—Cristina, sí, córrete otra vez, eso es. Dámelo todo.

—Álex —soltó de nuevo.

Sentía asombro por todas las sensaciones que notaba en su cuerpo.

Álex se abandonó en los brazos de Cristina. Enterró su nariz en el hueco de su cuello para olerla.

—Podría quedarme aquí para siempre —murmuró él.

—Hazlo. Quiero que te quedes.

Él sonrió y se colocó a su lado. Aún notaba la respiración agitada.

—Ha sido fantástico —dijo ella.

—Lo ha sido, sí —giró la cabeza para mirarla.

—¿Todo lo demás lo haces tan bien? —quiso saber ella.

Álex soltó una carcajada.

—Todo depende de con quién esté. Tú eres una buena maestra.

Cristina se sentía plena, tan feliz que sintió ganas de llorar por la prodigalidad de Álex, por explorar su cuerpo como nadie lo había hecho hasta ahora. Había grabado a fuego el olor de Álex en su piel, pero no era solo eso, también fueron todas sus palabras, así como su nombre. Álex era todo cuánto necesitaba. Cerró los párpados y soltó un suspiro.

—Cristina, no puedo esperar a que me digas que quieres volver al juego —Álex murmuró en su oído—. No te duermas aún, no hemos acabado.

Ella esbozó una sonrisa. Volvió a abrir los ojos y buscó en su mirada ardiente el mismo deseo que sentía ella. Después se colocó sobre Álex.

—No, esto era el entreacto —soltó buscando con una mano su miembro, que ya empezaba a recuperarse del primer ataque—. Vamos a por el segundo acto. Ahora me toca a mí. No quiero que te muevas. Déjate hacer.