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Muesli

 

 

Eric se estaba retrasando aquella noche. Había acompañado a su padre a un partido de fútbol con motivo de su cumpleaños, al que Cris se había negado a asistir. Pero le había prometido que iría a verla después. Ella aprovechó para cenar con Amanda, a la que tenía bastante abandonada a causa de su relación, aunque sabía que Moisés la visitaba con cierta frecuencia.

Como en los viejos tiempos, ambas amigas habían compartido mesa y confidencias.

—Con Eric todo bien, supongo... No os dejáis de ver ni una noche —dijo divertida.

—Muy bien. Estoy muy enamorada, es un hombre maravilloso.

—Algún día te recordaré lo que pensabas de él al principio... que si un putero, que si un pervertido...

—Bueno. Su puntito pervertido sí que tiene, sobre todo cuando intenta descubrir mi fantasía, mi «danés».

—¿Aún no se la has contado?

—No.

—¿Y a qué estás esperando?

—Me divierte que trate de averiguarlo.

—Pero tú sí habrás cumplido la suya... la de las medias y los tacones de aguja.

—Tampoco.

—Pues hija, no lo entiendo.

—No ha surgido la ocasión. Y a ti, ¿cómo te va con Moisés?

—Como siempre. —Suspiró.

—Eso ha sonado un poco a decepción.

—No avanzamos. Quedamos en mi casa para cenar, nos vamos a la cama y nos despedimos por la mañana hasta la próxima. Yo estoy empezando a querer algo más que un polvo de vez en cuando.

—Siempre has querido algo más, Amanda. Te gustaba desde que era «el rubio».

—¿Es tan evidente?

—Para mí, sí. ¿Por qué no se lo dices?

—Porque todavía está enamorado de esa imbécil, por eso. Y si le pido más lo voy a perder. Lo quiero mucho, nunca he sentido esto por ningún otro hombre.

—Yo tampoco. Eric es tan especial... es el hombre de mi vida. Está insinuando que nos vayamos a vivir juntos.

—Y tú le estás dando largas, como si lo viera. No es Adolfo, te quiere de verdad.

—Ya lo sé. Bromeo con él diciéndole que el día que descubra mi «danés» hablaremos del tema, pero la verdad es que me lo estoy planteando. De todas formas, ya pasamos casi todo el tiempo juntos y conoce mis defectos.

—Y tus virtudes.

—Eso dice él, que también tengo virtudes.

—Pues claro que las tienes, y me alegra que sepa verlas.

—¿Vas a ir a la fiesta de Moisés? —preguntó cambiando de tema. Que la halagaran siempre la hacía sentir incómoda.

—¿Qué fiesta?

—Una de disfraces que hace la policía todos los años para recaudar fondos. Me lo ha contado Eric, que suele celebrarse por esta época. Él siempre ha asistido y este año iremos juntos. Es temática, hay que ir vestido de algún tipo de policía o de delincuente.

—A mi Moisés no me ha dicho nada.

—Vaya, yo pensaba que te invitaría.

—Pues no lo ha hecho.

—Lo siento, no debería habértelo comentado.

—No pasa nada, Cris. Lo que hay entre nosotros no da pie a invitaciones ni fiestas. Lo tengo asumido. ¿Y se puede saber de qué vais a ir disfrazados?

—Aún no lo sé. Eric ha propuesto que vayamos de Bonnie and Clyde, los famosos gánsteres de los años treinta.

—Eso estaría muy bien. Podrías usar el traje de chaqueta de la inmobiliaria y hacerle algunos arreglos para darle un toque vintage.

—Creo que en los años treinta las faldas eran un poco más largas.

—Tampoco te la va a medir nadie, mujer. En aquella época se usaban las medias con costura detrás, si mal no recuerdo.

—Y los tacones de aguja —añadió, pícara.

Ambas amigas se echaron a reír al unísono.

—Creo que voy a marcharme ya —dijo Amanda levantándose—. Tu mozo debe de estar a punto de llegar y no quiero interrumpir. Si ha salido con su padre no se recogerán muy tarde.

—Me he comprado un pijama monísimo, me lo pondré y le esperaré en la cama.

Amanda se inclinó y besó a su amiga para despedirse. Al pasar por la puerta de Rocío escuchó el sonido de la televisión aún encendida y llamó.

—Hola, Amanda. —Esta salió a abrir ya en pijama.

—¿Puedo pedirte un favor? Me apetece mucho leer una novela de esas de escoceses que tienes... ¿Me podrías recomendar alguna en la que haya un rapto? Y en la que él sea muy fiero y muy salvaje.

—Sí, claro, espera un momento.

Regresó a los pocos momentos con un libro en la mano. La boda, de Julie Garwood. En la portada destacaba un escocés vestido con un kilt y nada más.

—Sí, esta me parece genial. Y no le digas nada a Cris, voy de chica dura y de que no leo estas cosas.

—Vale, soy una tumba.

Con su trofeo en la mano, se dirigió a su casa.

 

 

Tal como había comentado con Amanda, Cris se puso su pijama nuevo y se tendió en la cama a esperar a Eric. Leyó un poco, pero él se retrasaba más de lo que había supuesto, y la impaciencia dio paso al hambre.

Eric la encontró sentada en la cama, las piernas dobladas y el pelo cayéndole sobre el pecho. Tenía un cuenco de muesli en las manos, del que daba cuenta como si no hubiera comido en años, y estaba rodeada de chucherías y galletitas. Le pareció una de las imágenes más eróticas que había visto en su vida.

—¿Qué tal con tu padre?

—No rompas el encanto, preciosa. Ahora no es momento de hablar de mi padre.

Ella vio en sus ojos la chispa del deseo, cómo se acercaba y le quitaba el cuenco de las manos y se situaba encima de ella, con las rodillas a ambos lados de sus piernas.

—Me gusta el pijama... pero ya sabes que no es más que un estorbo.

Empezó a quitárselo. No llevaba ropa interior debajo, y eso siempre lo excitaba mucho.

Cris olvidó su muesli y la sensación de hambre que había sentido un rato antes. Eric conseguía que se olvidara de la comida y hasta del resto del mundo. Cuando la tocaba no había para ella más que sus manos y su boca.

—¿Me has echado de menos? —susurró contra sus labios.

—Mucho... tanto que he tenido que hacer una incursión a la cocina.

—Demuéstrame el hambre que tienes.

—Bien...

Se debatió para salir de debajo del cuerpo fuerte y musculoso de Eric y le hizo tenderse de espaldas.

Empezó a besarle y a bajar lentamente los labios por su pecho, cubierto de ligero vello.

Al final llegó a su objetivo, ese que Eric había esperado desde el primer momento en que ella tomó el mando.