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Vuelta a la normalidad

 

 

Cris reanudó su rutina laboral dos días después, durante los cuales no había tenido noticias de Eric. Esperaba que él se hubiera puesto en contacto con ella por teléfono al menos, para saber sobre la evolución de su pie, pero no fue así.

Amanda, Rocío y ella fueron a cenar en una noche de chicas, el primer día de su incorporación al trabajo.

En medio de la cena, Rocío propuso:

—Un día tenemos que salir con nuestros chicos, hacer que se conozcan.

—Nosotras no tenemos chicos —dijo Amanda.

—Cris sí, el día que le quitaron la escayola...

Una fuerte patada por debajo de la mesa la hizo callar.

—¿El día que le quitaron la escayola qué?

—Pues que me pareció escuchar el grifo del baño cuando fui a verla. Pero seguramente me confundiría.

—No te confundiste —admitió esta—. Se trataba de Eric, el fisioterapeuta, que se estaba lavando las manos después de darme el masaje y hacer la rehabilitación. Utiliza unos aceites muy pegajosos.

A la mente de Rocío acudió la imagen de su vecina: el rostro congestionado, los labios hinchados y el pelo revuelto, amén de un brillo muy delator en los ojos.

—Ah, eso sería. —Había metido la pata hasta la ingle y trató de enmendarlo. Por alguna razón, Cris había ocultado a su amiga lo sucedido aquella tarde, pero ella lo tenía muy claro—. Como yo siempre ando inmersa en romances y amoríos, pensé que se trataba de otra cosa.

—A propósito de Eric..., ¿sabes algo de él? —preguntó Amanda.

—Nada desde ese día —comentó Cris—. ¿Y tú?

—Tampoco. Quedamos en ir una noche a cenar con ellos.

—Sí, eso dijo, pero no me ha llamado.

—¿Por qué no le llamas tú? A lo mejor piensa que puesto que te han quitado la escayola ya no lo necesitas.

—No lo necesito.

—Cris... no digas eso. ¡Hazlo por mí!

—Llámale tú, ¿vale? Dile que quieres verle y... ya está. Dejadme a mí fuera de esto. Si hay que ir a cenar, voy, pero no le voy a telefonear.

—¿Ha pasado algo? ¿Habéis discutido? —Cris evitó la mirada suspicaz de su amiga.

—No ha pasado nada, solo que ya no necesito un fisioterapeuta.

—¡Vale, vale! No te pongas así. Ya veremos cuándo organizamos esa cena. ¿Os apuntáis Fernando y tú?

—No, creo que no.

Lo último que Rocío deseaba era verse inmersa en los líos amorosos de sus amigas.

La cena continuó con un ambiente menos distendido que al principio. Incluso pareció que Cristina había perdido su apetito voraz y no trató de convencer a sus amigas de pedir un segundo postre.

Al regresar a casa se despidieron en el portal. Cris y Rocío entraron en él y Amanda continuó calle abajo.

—He metido la pata, ¿no? —se disculpó Rocío—. Lo siento.

—No pasa nada.

—¿Quién estaba en el baño en realidad?

—Eric.

—Entonces, te enrollaste con él.

Cris asintió, compungida.

—No le digas nada a Amanda, por favor. A ella le gusta.

—¿Y a ti?

Volvió a asentir.

—Y a él, ¿cuál de las dos?

—Creo que yo. Al menos eso es lo que dice.

—Pues entonces Amanda tendrá que aceptarlo.

—No es tan fácil. Ella es muy importante para mí, más que una amiga, más que una hermana. Yo no puedo hacerle daño. Si empiezo algo con Eric ella se alejará de mí y no puedo perderla, a ella no.

—¿Prefieres perderlo a él?

—Aún no lo tengo, de modo que no lo puedo perder. Las relaciones con los hombres son lo que son, más pronto o más tarde terminan y te quedas sin nada. No voy a perder a Amanda por un tío.

—En ese caso, si lo tienes claro...

—Muy claro.

Habían llegado al rellano.

—Buenas noches.

—Hasta mañana, Rocío.

 

 

Amanda continuó calle abajo y vio estacionado el Ford azul de la policía y el pelo rubio de Moisés dentro de él.

—Hola —saludó acercándose.

Este se apresuró a abrir la portezuela e invitarla a entrar. Ella no se hizo rogar y se acomodó en el asiento junto a él.

—Sé que es un poco tarde, pero necesito algo de contacto humano. Quédate conmigo, aunque sea un cuarto de hora —pidió Moisés.

—No tengo prisa, ni sueño. Mañana es sábado y no trabajo.

—¡Qué suerte!

—¿Tú no descansas nunca?

—Sí, claro, pero con este operativo abierto que necesita atención las veinticuatro horas del día, no podemos permitirnos descansar más que unos pocos ratos. Cuando acabe me pillaré un par de días seguidos y me iré a la playa. Necesito desconectar y el mar es lo que más me relaja.

—Yo prefiero la montaña. ¿Cómo estás? Con lo de tu novia, quiero decir.

—Tengo ratos. Las noches de vigilancia aquí no son fáciles, la mente vaga y te lleva a recuerdos que prefieres olvidar. Pero poco a poco lo voy superando. Hace unas semanas habría aceptado con gusto volver con ella, si me lo hubiera pedido, pero ahora ya no. La vida sigue y yo miro hacia delante. El pasado, pasado está.

—Esa es la actitud.

El móvil de Amanda sonó en aquel momento. Con desgana abrió el bolso.

—Cris no tiene horas, cuando está despierta piensa que los demás también lo están.

—No se lo cojas.

Echó un vistazo al identificador de llamadas.

—Jolines, no es ella. Se trata de mi jefe.

—¿A estas horas? ¡Y me quejo yo del trabajo!

Amanda descolgó. Era algo muy extraño, nunca la habían telefoneado fuera del horario de oficina y mucho menos a las doce de la noche.

—¿Sí?

—Amanda... Perdona, sé que no son horas, pero ha surgido una necesidad importante. Voy a tener que acudir a la oficina mañana para resolver unos asuntos y necesitaría una secretaria que me echase una mano. Ya sabes que no domino muy bien el programa informático.

Ella guardó silencio. Tenía muy claro que, si acudía a la oficina un sábado por la mañana en que no había nadie trabajando, se iba a encontrar con algo más que un programa de ordenador.

—Por supuesto se te pagará una generosa gratificación por las horas extras.

—Es que no estoy en Córdoba, paso el fin de semana fuera con unos amigos. Me sería imposible volver para hacer el trabajo. Puede llamar a Elvira, no creo que le importe y el dinero le vendría muy bien. Aparte de que es una buena profesional y conoce el programa mucho mejor que yo.

—De acuerdo. Otra vez será. ¡Que te diviertas!

—Gracias.

Cortó la comunicación. La mirada de Moisés estaba pendiente de sus gestos.

—No te apetece ir a trabajar mañana.

—Por supuesto que no —dijo guardando el teléfono en el bolso, después de apagarlo. Aquella noche no quería más llamadas—. Pero es más que eso. Mi jefe ha empezado a insinuarse y cada vez su acoso es más evidente. Mañana pretende que vaya a trabajar con él, y sin que haya nadie más en la oficina.

—Y tú no quieres nada con él.

—En absoluto. No me gusta, es mayor y está casado, con hijos, pero, aunque fuera el mismísimo Adonis, no me liaría con nadie en el trabajo. Se acaba la relación, y adiós trabajo. Aunque si esto sigue así no sé cómo terminará.

—Sabes que puedes denunciarlo.

—Preferiría no tener que hacerlo, porque de igual forma podría acabar en la calle. Es el sobrino del dueño, así que lo único que me queda es fingir que no le pillo las intenciones y esperar a que se le pase el capricho.

—Si te da problemas, llámame. Seguro que podré hacer algo, he bregado con esa clase de sinvergüenzas antes.

—Gracias, pero espero solucionarlo yo misma.

Una ventana del bajo del bloque ante el que estaban aparcados se iluminó de repente.

—Ya está esa mujer de nuevo atisbando. Creo que sospecha algo.

—Es que sois muy poco discretos. Seguro que el coche ha llamado la atención tanto tiempo parado por los alrededores.

—Es más que probable, pero no me dan otro vehículo. Lo he solicitado, pero no tienen ninguno disponible. Y utilizar el mío está descartado, es rojo y llamaría muchísimo más la atención.

Amanda agachó la cabeza y miró a la mujer, que no les quitaba la vista de encima.

—Al menos al estar tú puede pensar que somos una parejita de cháchara —comentó Moisés.

Ella le miró el perfil recortado contra la ventanilla. La nariz recta, los labios finos y sensuales.

—Si quieres puedes besarme y así damos credibilidad a la teoría de la pareja —sugirió.

Moisés giró la cabeza.

—¿Estás segura?

—Pues claro. Solo es un beso, no eres el primer hombre con el que me morreo, y esto es por una buena causa.

—En ese caso, hagámoslo bien.

Le rodeó los hombros con un brazo y se inclinó a besarla. Con suavidad, los labios de Moisés se posaron en los de Amanda. Fue un beso largo, lento y suave. Las lenguas se acostumbraron la una a la otra sin prisas en una danza llena de erotismo. Los brazos de la chica se alzaron hasta su cuello, acercándose más.

Contra lo que esperaba, Moisés no comparó el beso de Amanda con ningún otro, ni le perturbó ningún recuerdo. Se limitó a disfrutarlo y a abrazar aquel cuerpo lleno de curvas que se apretaba contra el suyo con calidez. Después del primer beso vino otro, y luego otro más. Cuando se separaron, ambos sonreían.

—Creo que hemos cubierto el expediente de maravilla —dijo ella observando cómo la ventana se había oscurecido y la señora ya no estaba en el vano.

—Gracias.

—Gracias a ti. Hace tiempo que nadie me besaba tan bien.

—¿En serio?

—En serio. Los últimos tíos con los que he salido eran un desastre, solo iban a lo que iban y los besos se quedaban en un morreo apresurado. Ya los hombres no se toman su tiempo para besar a una mujer.

—Yo sí.

—Me alegra saber que aún quedan algunos.

Por un momento se hizo el silencio en el coche. Amanda pensó que podría pasarse toda la noche besando a Moisés, solo por el placer de disfrutar de su boca, suave y cálida. Carraspeó ligeramente.

—Ya me voy a la cama —dijo—. Es tarde, y aunque mañana no madrugo hoy sí me he levantado temprano. Buenas noches.

Alargó la mano y abrió la portezuela del coche.

—Buenas noches, Amanda. Recuerda lo que he dicho sobre tu jefe, llámame si me necesitas.

—Lo haré. Saluda a Eric y recuérdale que nos debe una cena. También debes venir tú.

—No me la perderé.

La vio caminar por la acera y entrar en su portal con sus curvas generosas y su espesa melena rizada. Se tocó los labios y pensó que también hacía mucho que él no disfrutaba de un beso sin pensar en lo que vendría detrás.