31
Los padres de Eric
Una vez hubo aceptado que lo que mantenía con Eric era una relación y que esta avanzaba a pasos agigantados, Cris se relajó. Empezó a disfrutar de verle aparecer a deshora, sin que hubieran quedado con antelación. Al principio, si la sorprendía sin arreglar, limpiando la casa o cocinando, corría al baño a darse una ducha, pero a medida que pasaban las semanas lo iba tomando con naturalidad y casi siempre acababa embarcándolo en lo que estuviera haciendo en ese momento, fuera colgar una lámpara, limpiar el suelo o arreglar un armario.
Su actividad era incesante, aunque sus visitas turísticas a Córdoba se hicieron cada vez más espaciadas a fin de dejar tiempo para pasarlo con Eric, y su vida ganó estabilidad. Él reclamaba su tiempo y Cris estaba encantada de dárselo
También Amanda y Moisés habían seguido viéndose, en casa de ella y de forma esporádica. Siempre esperaba que fuera él quien la visitase, no quería presionarle, consciente de que necesitaba su tiempo para cerrar definitivamente su relación anterior antes de zambullirse en una nueva. Aun así, cada vez que se veían, Amanda le sentía más cercano y más entregado. Ella se moría por decirle que estaba enamorada hasta la médula, pero estaba decidida a dejar que fuese él quien pronunciara la palabra «amor» en primer lugar, cuando llegase el momento. Mientras, disfrutaba de su cuerpo, de sus besos y de su compañía.
Aquella tarde de sábado, Cris esperaba a Eric paseando de un lado a otro del salón. Se había arreglado con esmero para ir a conocer a sus padres, algo en lo que él llevaba insistiendo un par de semanas, y los nervios la consumían. Quería causar buena impresión. Había repasado en su cabeza una y otra vez lo que debía decir, cómo debía comportarse, y esperaba no meter la pata. Se había jurado a sí misma no comer como una lima y limitarse a probar los platos que le sirvieran.
Cuando al fin él llamó al porterillo y le dijo que bajase, se dio un último vistazo en el espejo y salió, alisando con las manos alguna inexistente arruga de su ropa.
Él la esperaba en el portal, y al verla no pudo evitar llevarse la mano a la boca para contener una carcajada.
—Pero... ¿Qué demonios te has puesto? ¿De qué vas vestida?
—De futura nuera. No tengo nada adecuado y le pedí a Amanda uno de los blusones que se ponía para evitar los avances de su jefe.
Eric la contempló. Unos vaqueros hasta los tobillos y el blusón azul, largo e informe, la cubría desde el cuello hasta las muñecas.
—Cris, acabo de pasar por un termómetro y hace la friolera de cuarenta y seis grados, te vas a morir. Además, si me presento con una mujer que parece una monja arrepentida, mis padres van a pensar que he perdido la cabeza. Vuelve arriba y cámbiate, por favor.
—Nada de lo que tengo es adecuado para ir a conocer a tus padres; las faldas son demasiado cortas, salvo la del uniforme, y esa está en el tendedero, y las camisetas todas enseñan canalillo, ¿qué van a pensar?
—Que su hijo tiene un gusto exquisito y está saliendo con un bombón. Subo contigo y te echo una mano. O las dos...
—¡No, vamos a llegar tarde a casa de tus padres!
Diez minutos después volvían a bajar. Cris se estiraba la falda que le dejaba al descubierto medio muslo y se subía el escote de la camiseta de tirantes que Eric había elegido.
—Si piensan que soy una descocada, la culpa será tuya.
—Pensarán que eres preciosa y entenderán que esté loco por ti.
Tal como Eric había comentado, el calor era asfixiante aquella tarde de agosto. Apenas había nadie por la calle, el aire era espeso y costaba respirar. Cris tamborileaba con los dedos sobre las rodillas, tratando de calmar los nervios. Aquel era un paso importante en la relación y se había resistido lo indecible, pero al final él no le había dado opción y había concertado la visita sin avisarla. El día antes le había informado que cenarían con su familia aquella noche.
Los padres de Eric la recibieron con una sonrisa. La mujer, menuda y vivaracha, no la miró con lupa como había temido, sino que, tras darle dos sonoros besos en la mejilla, de los de verdad, no de los que apenas rozan la piel, la hizo pasar al interior. Cris se sorprendió al ver que también ella vestía un cómodo y escotado vestido veraniego, nada sofisticado ni formal.
El padre era una versión canosa de su hijo. Los mismos ojos azules, la misma sonrisa cálida.
—¡Bienvenida a la familia, Cris! Puedo llamarte así, ¿verdad? Hemos oído hablar tanto de ti que parece que te conozcamos desde siempre.
Alarmada miró a Eric, tratando de adivinar qué les habría contado.
—Espero que bien...
—Muy bien. Además, tiene que tener algo especial la mujer que ha conseguido atrapar a este, solterón empedernido.
Él la enlazó por la cintura y la atrajo hacia su costado.
—Para empezar, que es preciosa, ¿a que sí?
—No te lo voy a discutir, hijo.
Se zafó de su abrazo, incómoda.
—Vamos a sentarnos y a tomar una copa antes de cenar.
Sobre la mesa, delante del sofá, había dispuesta una bandeja con canapés y frutos secos. El padre de Eric les sirvió una copa de vino blanco helado.
A pesar de la sed que tenía, apenas bebió un sorbo y alargando la mano cogió una avellana. Eric apenas podía contener la risa. Dio un largo trago a su copa, cogió un puñado de frutos secos variados y se los metió en la boca del tirón. Ella ignoró el gesto y se volvió hacia la madre de Eric, que le preguntaba por su trabajo.
—Ahora en verano la actividad inmobiliaria ha bajado un poco, pero en septiembre se reanudará con fuerza, sobre todo los alquileres a estudiantes para el nuevo curso.
—Menos mal, porque te ibas a morir recorriendo las calles con el uniforme y el calor que hace —sonrió Eric, volviendo a comer para provocarla. Cris se limitó a volver a mojarse los labios en el vino, mirando de reojo las bandejas con los aperitivos, pero sin tocarlos.
—Estos están deliciosos. —Eric cogió uno y lo metió en la boca de Cris, que lo mordisqueó despacio—. Come, mujer. Mi madre ha preparado todo esto para ti, porque le dije que tenías un apetito excelente y que disfrutas comiendo. No hay nada que le guste más a alguien que se ha pasado todo el día en la cocina que ver cómo hacen los honores a sus platos.
—Qué animal eres, hijo —amonestó su madre—. Déjala, aún está un poco cohibida, ya comerá cuando le apetezca.
—¿Cohibida? No se trata de eso, esta no es mi Cris...
—Es que quieres causarnos buena impresión, ¿no es verdad, hija?
Cris deseaba escapar de aquel salón más que nada en el mundo. Eric no la estaba ayudando en absoluto.
—¿Sabes lo que vamos a hacer? Dejemos a estos dos aquí tomando su copa y vamos nosotras a la cocina a terminar de prepararlo todo. ¿Me echas una mano?
—Claro.
Ese era un lenguaje que Cris entendía, el de mantenerse ocupada. Se levantó con alivio y siguió a la mujer hasta una cocina llena de platos.
—¿Todo esto es para nosotros cuatro o vienen más invitados? —preguntó, temerosa de una legión de familiares evaluándola. Aunque Eric no tenía hermanos, sí tíos y primos.
—Para nosotros. Eric me dijo que comías bastante y no quería arriesgarme a que te quedaras con hambre.
«Lo voy a matar.»
Su cara debió de expresar las ganas que sentía de retorcerle el cuello a su novio, porque la mujer añadió:
—No te enfades con él, solo trata de que te sientas cómoda. No entiende que es difícil para ti. También para mí lo es, ¿sabes? Eres la primera mujer que mi hijo trae a casa y tanto Ramón como yo queremos caerte bien y que te sientas bien acogida. Eric es nuestro único hijo y me aterra ser una de esas suegras cascarrabias e insoportables que dan mala fama al nombre. Siéntete libre de comer, beber y de ser tú misma, por favor. Hagas lo que hagas, no nos vas a decepcionar. Mi hijo te adora y le veo muy feliz desde que estáis juntos; eso te convierte en la nuera perfecta. Además, yo siempre quise tener una hija, después de Eric, pero no vino. Me gustaría que te sintieras como tal.
—Gracias, señora. Es verdad que esto es un poco difícil para mí... también Eric es el primer hombre que me presenta a sus padres. No quiero que se avergüence de mí.
—Isabel, y de tú, por favor. ¿Y por qué habría de avergonzarse?
—Porque como mucho.
—Y tienes la maravillosa suerte de lucir un tipo envidiable. Disfrútalo, pocas personas pueden decir lo mismo.
Destapó una fuente de jamón serrano y se la alargó a Cris.
—Coge un poco para abrir boca —invitó sirviéndose a su vez una generosa ración—. ¿Pan? Yo no tengo que guardar la línea, a Ramón le gustan mis caderas anchas y tú no lo necesitas.
Aquel trozo de pan con jamón terminó de romper el hielo entre aquellas dos mujeres, unidas por el mismo hombre. Cuando salieron de la cocina, portando bandejas repletas de comida, la tensión había desaparecido por completo.
Disfrutaron de una agradable cena, y después bajaron a un bar cercano a tomar unas copas.
Eric se sentía feliz de ver a Cris integrada en su familia, como siempre había deseado. Riendo, ligeramente achispada, algo que solo se permitía cuando estaba entre amigos y a gusto. Incluso le dio un ligero beso en la boca delante de sus padres, en un momento de la noche. Esa era su chica, y así quería que la viera su familia: alegre, divertida, hambrienta y cariñosa. La combinación perfecta para hacerle feliz.
Cuando se despidieron, y se retiraban ya a casa de Cris, esta le amonestó:
—Te debería retorcer el cuello. He estado a punto, pero tu madre abogó en tu defensa.
—Lo imagino.
—¿Lo imaginas? Entonces, ¿por qué me has puesto en evidencia delante de ellos? Yo quería ser perfecta, y que te enorgullecieras de mí.
La mano de él abandonó el volante y se posó sobre el muslo desnudo.
—Ya eres perfecta para mí y me siento muy orgulloso. Cris, yo quería que te conocieran tal como eres: comilona, encantadora, maravillosa. Que vieran en ti lo que yo veo y que me tiene enamorado, no esa mujer fría y comedida que miraba los canapés de reojo muriéndose de ganas de comerlos y sin decidirse a ello. Tampoco quería someterte a ti a la presión de fingir lo que no eres. No, cariño, es mejor así para todos. Luego lo hemos pasado genial, ¿no es verdad?
—Sí. Me gustan tus padres, Eric.
—¿Cuándo conoceré a los tuyos?
—Viven en Zuheros.
—¿Y? Supongo que habrá una carretera que llegue hasta allí.
—Sí, claro que la hay.
—Pues ve buscando fecha... ¿O eres tú la que se avergüenza de mí?
—¿Cómo podría? Eres el tío más buenorro que ha pisado el pueblo en décadas.
—Eso me lo demuestras en un rato.
—Estaré encantada.
—Prepárate, porque esta noche sí que acierto... Y luego tendrás que aceptar lo de poner fecha a vivir juntos.
—Ya veremos...
En aquel momento le sonó el móvil.
—Hola, Amanda.
—¿Has sobrevivido?
—Más o menos.
—¿Interrumpo algo?
—Aún no, vamos en el coche, de camino a casa. Espero que la que no haya interrumpido nada para llamarme seas tú.
—Estoy sola... Moisés hace una semana que no pasa por aquí. Ni siquiera me ha llamado estos días.
—¿Por qué no le llamas tú?
—No quiero agobiarle... si no quiere verme, no voy a insistir. Sabe dónde estoy.
Eric estaba oyendo la conversación.
—Pon el manos libres —pidió—. Amanda, no tiene que ver contigo. Está pasándolo mal con el caso que investiga ahora. Lleva unos días bastante tocado, han desarticulado una red de pederastia y dice que están sacando a la luz cosas terribles. Le afecta mucho todo lo que tenga que ver con niños. Llega a casa muy deprimido, y asqueado. Pero ignoraba que no estaba quedando contigo, pensaba que sí, que eras su paño de lágrimas.
—No, no sé nada de él desde hace bastantes días.
—¿Te parece si mañana quedamos los cuatro para ir a algún sitio? Así le animamos entre todos.
—Vale, ya vemos mañana. Me alegro de que todo haya ido bien en casa de tus padres.
—Cris se los ha metido en el bolsillo en un santiamén.
—Yo no tenía ninguna duda. Bueno, os dejo. Que disfrutéis de la noche.
—Gracias.
Apagó el móvil sin saber qué hacer, si obedecer a su instinto que le decía que fuera a ver a Moisés y aliviara su estado de ánimo, o a la prudencia y respetar su decisión de estar solo.