26
Un amigo
Amanda recibió aquel sábado la llamada de un número desconocido. Por un momento temió que Cris hubiera vuelto a tener problemas, por lo que le comentara el día anterior debía celebrar una boda a última hora de la mañana. Con un poco de aprensión respondió.
—¿Sí?
—Amanda, soy Moisés.
—Vaya, qué sorpresa. Ignoraba que tuvieses mi número.
—Se lo he pedido a Eric, espero que no te moleste, pero te quería comentar una cosa. Aunque es posible que ya lo sepas. ¿Has hablado con Cris?
—Desde ayer por la tarde, no. ¿Le ocurre algo?
Moisés rio con ganas.
—Nada, salvo que ha estado muy ocupada desde entonces.
—¿Quieres decir que por fin ella y Eric...?
—Eso tengo entendido, aunque él no ha sido muy explícito. Llegó hace poco de su casa y se ha ido directamente a dormir con una sonrisa de lo más reveladora.
—¿Ha pasado allí la noche?
—Sí. Pero en realidad te llamo por otro motivo, no para decirte lo que Cris te contará en cuanto acabe su trabajo.
—¡Debería habérmelo dicho antes de irse, la muy perra! La voy a matar...
—Amanda, el operativo se ha cerrado esta mañana, hemos detenido al sospechoso. En estos momentos está siendo interrogado en comisaría.
—Oh, vaya... por fin. —No pudo evitar que la decepción se reflejara en su voz. Una etapa acababa de finalizar y ella se quedaba un poco en tierra de nadie. Le gustaba llegar a la calle y buscar el coche para comprobar si era Moisés quien estaba en él—. ¿No deberías estar interrogándolo?
—Se ocupa mi compañero de más edad, que tiene un rango superior al mío. A mí ahora me toca descansar unos días. Te llamo para que sepas que, aunque ya no vas a ver el coche estacionado en tu calle, yo sigo aquí para lo que necesites. Este es mi teléfono privado, anótalo y siéntete libre de usarlo cuando quieras. Tanto si tienes problemas con tu jefe como si te apetece tomar un café y Cris está ocupada.
—Que lo estará...
—Es lo más probable.
—Gracias, Moisés. Te prometo que lo haré. Voy a echar de menos veros ahí estacionados —admitió—. Se había convertido en una costumbre buscar el coche cuando llegaba a casa, me divertía.
—Eso lo dices porque no tenías que pasarte encerrada dentro de él horas y horas. Pero tú has aliviado bastante nuestra tediosa espera con tus idas y venidas. El día que te ocultaste tras la furgoneta nos reímos mucho comentándolo.
—¿Me viste?
—Pues claro, estamos entrenados para observar y registrar cualquier detalle que se salga de lo normal. Y una guapa morena andurreando alrededor del coche a todas horas, y mirando hacia dentro con un pésimo disimulo, llama mucho la atención. Lo comentábamos en cada cambio de turno.
—¡Qué vergüenza!
—No la sientas, nos has hecho más llevadera la vigilancia.
—Pero ya acabó.
—Sí.
—¿Ha resultado muy complicada la detención?
—No. Eric nos abrió la puerta de la calle al amanecer y pillamos al sospechoso dormido y con las defensas bajas. No presentó ninguna resistencia a la hora de acompañarnos.
—¿Así de fácil? ¿No habéis corrido peligro tu compañero y tú?
—En ningún momento. La mayoría de las detenciones son así, los tiroteos y las persecuciones con coches o a carrera limpia por la calle es más de película americana que de la realidad.
—¿Cris sabía que ibais a actuar esta noche?
—Sí.
—¡La muy...! No me ha dicho ni media palabra.
Moisés se echó a reír.
—No te enfades con ella, envié a Eric para que la entretuviera. Es muy impulsiva y temía que quisiera intervenir en la operación.
—Eso ni lo dudes. Y sí que la ha entretenido para que no me llamase al instante.
—Ha debido esmerarse, sí —bromeó—. Lleva dormido desde las doce que llegó a casa. Y yo voy a hacer lo mismo. Estoy de servicio desde hace casi treinta horas y ya no puedo con mi alma.
—Me gusta escuchar eso.
—¿Que no puedo con mi alma?
—Sí. Cualquier otro estaría presumiendo de tipo duro, de poli que ha hecho una heroicidad.
—Mis compañeros y yo hemos detenido a un delincuente peligroso, pero no es ninguna heroicidad; solo hemos realizado nuestro trabajo. Y respecto a mí, no soy un tipo duro, Amanda, ni presumo de ello. Soy un hombre como los demás, que necesita comer, dormir ocho horas, y que a veces se viene abajo con las cosas que le toca ver en esta profesión.
—Pues vete a dormir y descansa, que lo tienes merecido.
—Pero antes quiero que me prometas que me llamarás si me necesitas.
—Te lo prometo. Y tú ya sabes dónde vivo cuando quieras disfrutar de una buena lasaña. La comida italiana es mi especialidad.
—Eric y yo hemos pensado en organizar una cena para celebrar los últimos acontecimientos: que el tobillo de Cris ya está curado y que el operativo de vuestra calle se ha resuelto sin problemas. Pero esta vez no os vamos a meter en la cocina, invitamos nosotros y en un buen restaurante. Vendrás, ¿verdad?
—Por supuesto. No me perdería ver cómo Cris os arruina por nada del mundo.
—Entonces, ya pondremos fecha y os avisamos. Que pases un buen día, Amanda.
—Y tú descansa.
Cortó la comunicación y se asomó a la ventana para contemplar la calle desde el precario ángulo que ofrecía la ventana de su dormitorio. Se le antojó desnuda sin el Ford azul y también ella sentía en su interior una sensación de vacío. Echaría de menos buscar la cabeza rubia de Moisés dentro del vehículo. La certeza de saberlo allí le había gustado más de lo que pensaba.
Se apartó de la ventana dispuesta a terminar la limpieza que había comenzado, pero antes escribió un whatsapp a Cris para que lo leyera cuando acabase la celebración:
«Cacho perra, eso se avisa. Me he tenido que enterar por Moisés de que han detenido al sospechoso y que además te has liado con Eric. Me tendrás que compensar de alguna forma si quieres que te perdone.»
Recibió la respuesta dos horas más tarde en forma de visita inesperada. Cris se presentó en su casa con aire culpable.
—Lo siento —fue lo primero que dijo cuando le abrió la puerta.
—¿Qué es lo que sientes? ¿No será haberte enrollado con Eric? Ya te dije que él no me interesa.
—Lo que siento es no haberte informado. Tengo que reconocer que ni siquiera me acordé de ti desde el momento en que él apareció en mi casa después de la cena.
—¡Tenga usted amigas para esto! ¡Pero me lo podías haber contado esta mañana!
—Me llevó él a la hacienda donde tenía que celebrar la boda, con la hora justa. Apenas tuve tiempo para desayunar como es debido. ¿Tienes algo por ahí para picar? La hacienda está aislada y no hay cerca ni un triste supermercado abierto y con las prisas no he cogido nada de comer para el camino. Estoy famélica.
Amanda rio.
—¿Un hombre ha conseguido que olvides coger comida? ¡Tres hurras por Eric! Ya sabes dónde está el frigorífico; sírvete tú misma.
—Llegaba tarde a la celebración. Me prepararé un sándwich para aguantar hasta el almuerzo.
Mientras observaba a su amiga comer con deleite lo que se había preparado, Amanda continuó el interrogatorio.
—¿Has vuelto a quedar con él?
—Esta noche.
—Me ha dicho Moisés que quieren organizar una cena para los cuatro.
—Eso es estupendo. Ahora que ya no está en la calle y no tenemos oportunidad de invitarle a cenar de vez en cuando, me preocupa que se quede solo. Me cae bien y me gustaría que compartiéramos alguna salida y rato de ocio. A ti no te importa ejercer un poco de acompañante de Moisés, ¿verdad?
—En absoluto. También a mí me cae bien.
Cris terminó su tentempié y se levantó.
—Tengo que irme. Todavía debo tender la lavadora que puse anoche; la ropa debe de estar más arrugada que un higo. Y esta noche viene Eric... tengo que planchar las bragas.
Amanda rio al ver a su amiga bromear sobre su manía.
—Vete ya y duerme un poco en vez de planchar. Te aseguro que Eric no va a fijarse en las bragas, sino en lo que hay debajo.
Con una carcajada, Cris se marchó.