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Rosquitos

 

 

Cris parecía un alma en pena. Después de que Eric se marchara de su casa la tarde en que Rocío interrumpió su escarceo amoroso, no había tenido noticias suyas. Le había dicho que llamaría a Amanda y empezaba a creer que había sido así, porque su amiga estaba un poco esquiva los últimos días. Seria y como abstraída. Cuando le preguntó el motivo, le había respondido que su jefe seguía con su acoso solapado y eso la tenía preocupada, pero Cristina no sabía si creérselo.

Tenía ganas de ver a Eric, le echaba de menos y la idea de que lo ocurrido y sus palabras posteriores le hubieran hecho alejarse le producía un dolor profundo. Pero por otra parte sentía el alivio de no estar traicionando a Amanda. Después de cómo se habían echado uno en brazos del otro, de los breves momentos de pasión compartidos, dudaba de su control.

Aquella tarde llamó a su amiga con la esperanza de quedar para tomar algo después del trabajo y evitar así la tentación de llamar a Eric, aunque fuera solo para escuchar su voz. Esa voz profunda que la estremecía. Amanda se negó aduciendo una burda excusa sobre tareas domésticas, y a Cris le saltaron las alarmas. Inquieta, sobre las ocho le mandó un whatsapp y se quedó un rato mirando la pantalla y comprobando que no se enviaba. La llamó y el teléfono estaba apagado. Amanda en muy raras ocasiones desconectaba el móvil, dormía incluso con él encendido, aunque con el tono bajo.

Nerviosa e incapaz de centrarse en nada, se metió en la cocina para hacer rosquitos. Preparar dulces siempre la relajaba y aquella noche se sentía muy inquieta. Terribles imágenes de Amanda y Eric juntos se colaban de continuo en su mente, y de nada servía que se repitiera una y otra vez que eso era lo que todos querían.

Amasó los ingredientes como si le fuera la vida en ello, golpeó la bola contra la encimera y la estrujó entre las manos con nerviosismo. Una vez conseguida la consistencia deseada, formó las tiras y las frio en abundante aceite. Después las espolvoreó con azúcar y canela y se metió uno, todavía caliente, en la boca.

Estaba delicioso, y recordó que a su amiga le gustaban así, recién hechos, y encontró la excusa perfecta para llamarla. El móvil continuaba sin estar operativo y se arriesgó a telefonearla al fijo. Tampoco respondió, el contestador saltó solicitando un mensaje, que no dejó.

La inquietud se convirtió en congoja y supo que necesitaba averiguar si Amanda estaba con Eric o no, por mucho que le doliera. Sin pensárselo dos veces, llenó un tupper con rosquitos y, sin pararse siquiera a mirar su aspecto, salió a la calle. Le echó un leve vistazo al Ford azul, ocupado por uno de los compañeros de Moisés, y caminó rápido por la acera. Al llegar al portal, vio luz en el salón de su amiga. Respiró hondo y llamó al timbre.

—¿Quién es? —preguntó Amanda a los pocos minutos.

—¡Abre!

—¿Cris?

—Sí, soy yo.

Inmediatamente la puerta se abrió con un chasquido metálico. Entró a toda prisa y subió la escalera sin molestarse siquiera en aguardar el ascensor. Su amiga la esperaba con la puerta del piso entreabierta. Parecía completamente vestida, y a simple vista no había ningún indicio de actividad amorosa.

—¿Qué ocurre, Cris? —preguntó alarmada.

Ella levantó el tupper.

—Te he traído rosquitos.

Amanda contuvo una carcajada.

—¿Sabes la hora que es?

—Las once y media pasadas, pero tú nunca te acuestas temprano.

Por encima del hombro de su amiga trató de ver si había alguien más en el salón. Amanda no la había invitado a entrar y eso no era buen presagio.

—Aparte de la hora... ¿Te has visto, Cris?

—No...

Su amiga la agarró del brazo y tiró de ella hasta colocarla frente al espejo de la entrada. Presentaba un aspecto desastroso: el flequillo estaba lleno de harina, así como la cara y la ropa. Además del olor a frito que desprendía y que hasta a ella misma le molestaba.

—Tengo un poco de harina, pero no importa; es de noche y está oscuro. Sé que te gustan recién hechos.

A través del espejo ojeó de nuevo el salón buscando indicios de un visitante. Cuando percibió la punta de un zapato, inequívocamente masculino, sintió que le faltaba la respiración.

—No estoy sola —admitió Amanda con una mirada chispeante cuando sus ojos se encontraron a través del espejo. El corazón de Cris se encogió un poco más.

—Anda, pasa, invítale tú a unos rosquitos de postre.

—No, mejor me voy... Es tarde y necesito una ducha con urgencia.

Amanda la tomó del brazo y la hizo entrar en el salón. Tratando de recomponer su mejor sonrisa, alzó los ojos hacia el visitante, que recostado en el sofá la observaba con detenimiento.

—¡Moisés!

—Hola, Cris.

—¿Qué haces aquí?

—Amanda me ha invitado a cenar cuando he terminado el turno. Quería mi consejo profesional sobre cómo parar el acoso de su jefe.

—¿Estás aquí como policía?

—Así es. Pero esta maravillosa mujer sabe que después de un largo turno de vigilancia se necesita una buena comida y ha pensado que era mejor hablar delante de una deliciosa lasaña. Y tú nos traes el postre, ¿verdad?

Llena de euforia abrió el tupper y ofreció el contenido.

—¡Están deliciosos! Come.

Amanda rio a sus espaldas. Leía en su amiga como en un libro abierto. La cara de felicidad con que invitaba a Moisés lo decía todo.

—Toma alguno tú también.

—No, yo me voy y ahora de verdad.

—Espera.

Amanda cogió una servilleta y le limpió la mejilla, donde un pegote de masa semejaba un lunar.

—Ten cuidado —advirtió—. Hay por los alrededores un Ford azul con unos individuos muy raros, que se llevan al calabozo a las chicas que salen a la calle llenas de harina. Cuídate de ellos.

—Cuídate tú.

Cuando se marchó, Amanda regresó al salón. Cogió un rosquito y lo mordisqueó con placer.

—¿Hace esto muy a menudo? —preguntó Moisés imitándola.

—¿Lo de aparecer por la noche embadurnada de harina? Es la primera vez. Pero cosas raras, todos los días. Cris no piensa las cosas, solo las hace.

—¿Y qué hubiera pasado de haber sido otro el que estaba contigo?

—Depende del otro. Un desconocido la hubiera hecho disculparse avergonzada. De tratarse de Eric, la hubiera destrozado.

—¿Qué clase de lío tenéis entre los tres?

—Ningún lío. A Eric le gusta Cris y a ella, él.

—¿Y qué pintas tú en todo esto?

—Soy la tercera en discordia, podría decirse. Cris no quería saber nada de él y tuve que decirle que me gustaba para que continuara viéndole. Yo siempre supe que se sentía atraída por Eric, pero tenía que hacer que ella se diera cuenta también.

—¿Y a ti? ¿No te gusta?

—Para nada. Es muy guapo, pero no es mi tipo.

—¿Y por qué no se lo dices a ella y acabas con toda esta tontería de una vez?

—Sí, creo que vamos a tener que darles un empujoncito a estos dos, pero en serio.

—Ahora volvamos a lo que estábamos hablando, lo de tu trabajo.

Amanda se sentó en el borde del sofá.

—Pues que esta mañana me ha propuesto salir a cenar. «Una cena de trabajo» ha recalcado mientras no apartaba los ojos de mis pechos y sonreía lascivo. Su mirada y su actitud dejaban pocas dudas sobre sus intenciones.

—No puedo reprenderle por eso, es muy difícil no fijarse en ellos.

—Sé que son generosos, desde que tenía trece años los hombres me dicen burradas por la calle por su culpa. Pero yo soy algo más que dos tetas.

—Por supuesto, y aunque no puedes evitar que los hombres las miren, sí tienes derecho a que lo hagan con respeto.

—No me siento respetada en mi puesto de trabajo, a pesar de que soy una buena profesional. Lo único que deseo es cumplir con mi cometido y ganarme mi sueldo. Ni cenas ni favoritismos de ningún tipo. Soy una empleada y como a tal quiero que se me trate.

—¿Qué piensas hacer con tu jefe?

—No lo sé, mi táctica de ignorar sus insinuaciones no funciona. Ojalá pudiera mandarlo al diablo, me siento sucia cuando me mira. He cambiado mi forma de vestir, ya no llevo ropa ajustada sino blusones oscuros y holgados que me cubren los pechos y el trasero, parezco una monja de clausura, pero da lo mismo. Me desnuda cuando me observa. No sé cómo enfrentarme a esto, aparte de entregar la carta de dimisión.

—Es él quien debería dejar la empresa, no tú.

—Es el sobrino del dueño, ya te lo dije.

—¿Y crees que su tío ignoraría una queja tuya?

—No lo sé, pero es de suponer que su familia estaría antes que yo. ¿No?

—¿Sabes si ha habido más casos antes? ¿Si lo ha intentado con otras empleadas?

—Nunca he oído nada, pero tampoco me sumo a los cotilleos de oficina.

—Trata de averiguarlo. Si ha habido otras mujeres acosadas, podríamos formalizar una denuncia conjunta, y eso tendría más fuerza que su palabra contra la tuya. Porque tal como están las cosas, no puedes aportar ninguna prueba más allá de que te mira los pechos o te ha invitado a cenar, y eso ante un juez no tiene ningún valor.

—Ya lo sé. De acuerdo, preguntaré por ahí y ya te cuento.

—Mantenme informado, y al menor desliz que cometa me llamas. Si no podemos ponerle una denuncia, al menos se llevará dos mamporros de mi parte.

—¿Los policías podéis hacer eso?

—No, pero los hombres sí. Nadie va a propasarse con una amiga mía sin llevarse su merecido.

—Gracias. Espero que no sea necesario, que podamos solucionar esto sin llegar a la violencia.

—Ya ha llegado a la violencia, si te ha obligado a hacer algo que no querías. Aunque sea cambiar de forma de vestir. Ninguna mujer debería cambiar su atuendo para no suscitar una situación de acoso. Tienes un cuerpo precioso, no lo escondas ni te avergüences de él.

Amanda desvió la vista. Las palabras de Moisés, aunque dichas con naturalidad, trajeron a su memoria los besos compartidos unas noches atrás y cómo él la había acercado a su cuerpo.

—Muy amable de tu parte —susurró—, pero soy consciente de que me sobran kilos por todos lados.

—Ni uno solo. Tienes las curvas justas en los sitios justos. Eso es todo.

—Entonces puedo comer otro rosquito de Cris... —dijo para aliviar la ligera tensión que se había generado en la estancia.

—Debes. —Moisés alargó la mano, cogió un dulce y lo metió en la boca de Amanda. Esta le dio un bocado y él imaginó el sabor a naranja y canela en su boca y sintió deseos de saborearlo. Pero en seguida rechazó la idea. Todavía estaba hecho polvo por su ruptura con Olga, sus noches continuaban llenas de pesadillas y de desazón y no tenía derecho a involucrar en ello a Amanda. Por mucho que le apeteciera volver a besarla y estrechar contra él ese cuerpo cálido lleno de curvas.

Se levantó despacio y estiró las piernas entumecidas por las largas horas dentro del coche.

—Es hora de que me vaya, se hace tarde y tienes que dormir.

—Gracias por tu ayuda.

—Aún no he hecho nada.

—Claro que sí. Necesitaba hablar con alguien de esto y Cris no es la más adecuada. Ella se agobiaría aún más que yo.

—Llámame cuando me necesites.

—Lo haré.