15

 

Moisés

 

 

Todavía dolorido, y sin poderse creer que hubiera estado a punto de meterle mano a una paciente, aunque esta fuera Cris, Eric llegó a su casa. La luz del salón estaba encendida, y como habían quedado el día anterior, Moisés estaría esperándole para cenar. Se iba a tronchar de risa cuando le contara cómo había terminado el masaje. Pero apenas entró supo que su amigo no se iba a reír en absoluto aquella noche. Estaba sentado en el sofá, con un vaso de whisky en la mano y una botella apenas empezada sobre la mesa. El pelo revuelto, como si se lo hubiera estado mesando, y una expresión atormentada en los ojos, que no desvió hacia él cuando le escuchó entrar. Tenía la vista fija en la pantalla apagada del televisor.

—Moisés...

Se sentó a su lado sin que su amigo hiciera el menor movimiento.

—Moisés —repitió—, ¿qué pasa?

—Olga me ha dejado.

Eric parpadeó. La frase lapidaria de su compañero de piso le dejó boquiabierto. Por lo que él sabía, Olga y él mantenían una relación de pareja, firme y consolidada, y Moisés adoraba a su novia.

—¿Quieres hablar de ello?

—No lo sé. Pero supongo que debo hacerlo... porque me ayudará a entenderlo mejor...

—¿Qué ha pasado? ¿Teníais problemas?

Moisés sacudió la cabeza.

—Todas las parejas tienen su punto flaco, supongo, y el nuestro era el sexo.

Al decir estas palabras la expresión del policía se volvió más suave, menos hierática. Bebió un sorbo de su vaso antes de continuar hablando.

—A ella le gustaba el sexo imaginativo, diferente, original... Yo intentaba dárselo, me esforzaba, pero no siempre lo conseguía. A veces llegaba a su casa tan lleno de mierda por culpa del trabajo que solo quería tenderme sobre ella y hacerle el amor con suavidad, y dejar que entre sus brazos se diluyera el horror de lo que hubiera tenido que investigar ese día. Pero invariablemente me encontraba con algún jueguecito que practicar o alguna propuesta en la que poner a prueba mi imaginación. Por eso me mostré tan interesado en el famoso «danés», pensé que por una vez podría ser yo el que propusiera algo diferente y que la excitara.

A medida que iba hablando y desnudando su alma, la expresión de Moisés se dulcificaba y su mano se aferraba al vaso con menos fuerza.

—Yo intentaba seguirla en todo, aunque a veces no me apeteciera hacer un recorrido turístico por todos los muebles de la casa. Desde hace un tiempo estaba intentando sugerir que fuéramos a uno de esos sitios de intercambio de parejas. No me hacía gracia la idea, soy lo bastante celoso como para querer a mi novia para mí solo, pero callaba esperando que desistiera de la idea. Ante mi silencio, ayer ella cogió cita en uno de esos centros que hay a las afueras, muy elegante y discreto. Cuando llegué por la tarde, me lo dijo y yo, que la quiero con locura, hice de tripas corazón y acepté. Llegamos a un sitio elegante y decorado con gusto, un salón con mullidos sofás y donde varias parejas estaban acomodadas con una taza o una copa en las manos. Al momento sentí sobre nosotros varios pares de ojos que nos observaban como si fuéramos una mercancía para comprar. Me sentí muy incómodo y miré a Olga con la esperanza de que me pidiera que nos fuéramos de allí de inmediato, pero con sorpresa y dolor vi en sus ojos la misma expresión de avidez que en las personas que nos miraban. Me agarró del brazo y me hizo mirar a una pareja de más o menos nuestra edad, sentada a la barra. «¿Qué te parecen esos?», me preguntó con un susurro. La mujer me contemplaba como si yo fuera un dulce que se quería comer y las miradas del hombre y de Olga se quedaron prendidas al instante. Nos acercamos a ellos, yo muy renuente, y nos presentamos. Pedimos una copa que a duras penas podía tragar y se inició una conversación tensa y forzada. Tras un rato de charla insustancial en el que nadie pronunció ningún nombre ni dato sobre nuestra identidad, llegó el momento de irnos a las habitaciones reservadas para los encuentros sexuales. Pero no fui capaz. La mera idea de imaginar a aquel tipo tocando a mi novia me revolvía la bilis y hacía que se me disparasen las ganas de machacarle la cara a puñetazos. Además, la mujer me daba grima, ni en sueños iba a poder tocarla, mucho menos acostarme con ella. Miré a Olga y le pedí que nos fuéramos. Ella me devolvió una mirada cargada de rabia. «No me avergüences —susurró apartándonos un poco de la otra pareja para que no pudieran escucharnos—. Sabías a lo que veníamos aquí.» «Pero no me gusta. Vine por complacerte, pero no puedo hacerlo. No quiero acostarme con esa mujer, sino contigo... y no soporto la idea de que te vayas a la cama con él. Por favor, Olga, vámonos; esto es una mala idea, puede destruirnos.» «De acuerdo, vámonos —dijo entre dientes—. Pero que sepas que esto ya nos ha destruido.» Se acercó a la pareja que esperaba y se disculpó, achacándome a mí la culpa, que en realidad tenía. Después nos marchamos a su casa, donde por primera vez no permitió que la tocara. Esta mañana, al despertar, me dijo que habíamos terminado, que yo no era el hombre que ella necesitaba, y añadió unas cuantas lindezas sobre mis escasas capacidades sexuales que para qué voy a repetir. Hoy, después del trabajo, me llamó para vernos y darme la ropa y pertenencias que tenía en su casa y aquí se acabó todo.

Eric suspiró con fuerza. No sabía qué decirle, ni qué hacer para animarle. Sabía lo enamorado que estaba, y cómo debía de sentirse, pero si algo tan importante como el sexo no funcionaba bien en una pareja, lo mejor era dejarlo cuanto antes. Con el tiempo solo podía empeorar. Incapaz de pronunciar palabras de consuelo, cogió un vaso y decidió beber con su amigo en señal de solidaridad.

—¿Vas a emborracharte conmigo?

—Sí.

Se sirvió un vaso y lo alzó en un brindis.

—Por las mujeres... unas te machacan el corazón y otras los huevos.

—¿A qué viene eso? ¿A quién han machacado los huevos?

—Mejor no preguntes —dijo bebiendo un largo trago.

Cenaron poco, bebieron mucho y charlaron aún más. Como amigos de años, recordaron viejos tiempos, compartieron anécdotas de cómo se conocieron y de los años vividos desde entonces. Cada vez más achispados, cada vez con la lengua más estropajosa, y con mayor conciencia de la amistad que compartían.

—Las mujeres son todas unas egoístas... —repetía Moisés una y otra vez—. Solo piensan en ellas. Son los amigos los que valen la pena.

—Eso. Las mujeres van y vienen, y los amigos quedamos.

—Y nos apoyamos...

—Y nos emborrachamos juntos.

Acabaron dormidos en el sofá, cada uno en una posición más incongruente y más incómoda que el otro. La botella, vacía sobre la mesa, y restos de una pequeña pizza compartida diseminados por doquier.

El sonido del móvil de Eric los despertó a ambos a las siete de la mañana, con un tono más estridente del que recordaban. Sin apenas poder abrir los ojos y con agudos latigazos en las sienes.

—¡¡¡Mierda!!! —musitó Moisés agarrándose la cabeza con ambas manos—. Ya no me acordaba de lo mal que te sientes el día después de una buena cogorza.

—Ni yo de lo gilipollas que resulta beber para acompañar a un amigo, cuando este lo que va a necesitar es que le den un café y dos aspirinas al día siguiente, y no a alguien con el mismo malestar.

Moisés agarró su móvil, a punto de agotar la batería, buscando un mensaje de arrepentimiento que no encontró. Lo volvió a dejar sobre la mesa y se levantó con cuidado, estirando la espalda dolorida.

—Vamos, Eric, amigo. La vida sigue. Y ahí fuera hay un asesino esperando que lo atrape. La procesión tendrá que ir por dentro.

—¿Hay algún avance en la investigación?

—Tenemos una pista... A ver si hay suerte y lo pillamos antes de que vuelva a las andadas, porque si es quien pensamos, es un tipo muy peligroso y reincidente, con un modus operandi muy concreto. Hay que ponerse las pilas para impedir un nuevo asesinato y los asuntos personales deben pasar a segundo término.

—¿Qué planes tienes para esta tarde?

—Iré al gimnasio a descargar adrenalina. Últimamente lo tenía un poco abandonado, y ponerme en forma es una opción mucho mejor que volver a la botella.

—Voy contigo.

—Estoy bien, Eric, de verdad. Lo de anoche no se volverá a repetir. Puedes ir a ver a tu chica sin sentir que debes cuidarme.

Eric se llevó la mano a la entrepierna.

—Lo sé, pero estoy tratando de cuidar de mí. Dejaré pasar unos días antes de verla de nuevo, ayer casi acabé eunuco.

Moisés miró el reloj.

—Me lo cuentas esta tarde, debo darme prisa o no llego.

—De acuerdo, nos vemos en el gimnasio a las seis. Y prepárate para una buena paliza de abdominales.

—Prepárate tú.