27
Una visita esperada
Eric llegó a las nueve, recién duchado, fresco y con una radiante sonrisa. Cris le esperaba impaciente; desde hacía rato deambulaba por la casa incapaz de permanecer quieta. Había fregado el baño con minuciosidad, la cocina rechinaba de limpia, y hasta la parte superior de las puertas habían recibido una intensa sesión de estropajo. Cuando ya no se le ocurría qué más hacer para matar el tiempo se dio una vigorosa ducha para acabar con cualquier vestigio de sudor o suciedad y preparó la cena. Carne asada y una generosa fuente de entrantes variados.
A continuación, se arregló con esmero. Se puso un vestido corto de colores alegres y tirantes finos, con un escote muy sugerente que le resaltaba los pechos, y se paseó inquieta hasta que al fin sonó el timbre.
Eric contuvo el aliento al verla.
—¿Todo esto es para mí? —preguntó recorriéndola con la mirada más golosa que Cris había visto en un hombre. Con la misma que ella contemplaba una fuente de pasteles.
—La cena es para los dos —aclaró ella.
—No me refería a la comida. —Colocó sobre la mesa de entrada una bolsa que llevaba en la mano y la abrazó. El beso la pilló de improviso, intenso, cálido e invitador.
—Ah, ¿te refieres a mí?
—Por supuesto. A ti no pienso compartirte con nadie.
Cris se sintió halagada. Había temido el encuentro, aquella mañana todo había surgido de forma natural, pero no sabía cómo se comportaría Eric por la noche, ni qué expectativas tendría. Con su beso lo había dejado muy claro. Se separó y él le ofreció la bolsa que había depositado sobre la mesa.
—He traído el postre. Sorbete de cava, espero que te guste.
La sonrisa traviesa de Cris le hizo reír.
—¿Hay alguna comida que no te guste?
—No. Disfruto hasta con las lentejas.
—Guárdalo en el congelador un rato.
Cris obedeció y él la siguió hasta la cocina. Contuvo las ganas de abrazarla otra vez y llevarla directamente al dormitorio, pero los platos dispuestos en la encimera le hicieron saber que se había tomado muchas molestias con aquella cena. También tenía claro que, si le hacía pasar hambre, su relación no iba a durar ni una semana, y no era un rollo pasajero lo que buscaba en Cris. Soportaría la cena, el postre y hasta los frutos secos de después si era necesario. Tenía que demostrarle que le gustaba cómo era, con su apetito voraz, sus manías y su actividad incesante.
—¿Tienes hambre? —preguntó ella como si le leyera el pensamiento.
—No demasiada, pero estoy seguro de que tú sí.
—Yo siempre estoy hambrienta.
—Pues vamos a cenar entonces.
—Si no quieres, esperamos.
—Cuanto antes terminemos de comer, antes nos iremos a la cama...
Cris contuvo el aliento. La sesión de aquella mañana le había dejado ganas de repetir, pero no sabía qué deseaba él. Se alegró de saber que esperaba lo mismo. Eric añadió, con un guiño de complicidad:
—Esta vez espero que no tengas ropa que lavar o suavizante que echar, y el móvil apagado. Y ni caso a la vecina.
Se sentaron a comer a la mesa que Cris había arreglado con esmero. No era la primera vez que Eric cenaba en aquella casa y le gustó que ella la hubiera arreglado de manera especial. Las servilletas dobladas en forma de flor, un mantel de tela en vez del habitual de plástico, y los platos colocados uno encima del otro, como en las grandes celebraciones, hablaban de algo importante.
Cris se sentía ligeramente nerviosa por la mirada intensa de él, que le prometía grandes cosas para después de la cena, y comió copiosamente. A los aperitivos siguió el primer plato, después la carne, y cuando Eric vio que iba a servirse de nuevo de la fuente de asado, susurró:
—Quizás no deberías comer demasiado. Tengo la intención de darte mucho movimiento esta noche y no quisiera que te sentara mal.
—Nunca me ha sentado mal comer antes de tener relaciones sexuales.
—Es que no vamos a tener relaciones sexuales. Vamos a tener una noche de pasión desenfrenada.
Cris casi se atraganta con el sorbo de vino que estaba tomando.
—¿Tanto?
—¿No quieres?
—Sí, claro... es que yo nunca... ya es extraño para mí que suceda por la mañana y por la noche de un mismo día.
—Quiero realizar tu «danés» esta noche.
—¿Ya sabes cuál es?
—No, pero voy a adivinarlo.
—Dudo que lo consigas. —Rio imaginándoselo con el kilt.
Eric alzó la copa.
—Ya veremos. Por el «danés».
Cris dio por terminada la cena. Mientras Eric servía el sorbete de cava, se dio cuenta de que estaba muy nerviosa. No sabía si ofrecerle una copa después, o irse directamente a la cama. Optó por enfriar un poco la conversación preguntando por Moisés, mientras paladeaba el sorbete.
—¿Cómo está Moisés?
—Durmiendo, imagino. Lleva acumulada mucha falta de sueño. Tiene un par de días libres y quiere irse a un apartamento que tiene en la playa, pero no sé si es buena idea. Solía ir allí con Olga y estoy seguro de que en cuanto entre en él van a volver los fantasmas. Había pensado marcharme con él, pero no quiere ni oír hablar del asunto. Dice que ahora que tengo novia debo estar aquí y ocuparme de ella.
La alarma se pintó en el rostro de Cris.
—¿Novia? ¿Te refieres a mí?
—Pues claro. ¿A quién si no?
—No somos novios, ¿vale? Me gustas mucho y estoy loca por meterme contigo en la cama otra vez, pero no quiero un noviazgo.
Él vio el miedo en su rostro, pálido y desencajado, y maldijo al tipo que le había hecho tanto daño en el pasado.
—De acuerdo... nada de novios. ¿Qué somos entonces?
—Amigos con derecho, o dos personas que pasan buenos ratos juntos. Nada de compromisos ni etiquetas.
Cris aguardó temblando la reacción de Eric a sus palabras. No quería perderle cuando acababan de empezar, pero debían mantener lo que fueran a tener juntos lejos de compromisos. No quería repetir experiencias del pasado, y estaba convencida de que, a partir de ese momento, dejaría de funcionar. Por nada volvería a exponer su corazón desnudo y sin proteger. Mientras solo fueran amigos con derecho no se enamoraría, estaba segura.
—¿Esos buenos ratos van a ser solo en la cama o podremos salir a cenar, hacer alguna escapada de fin de semana y ese tipo de cosas?
—Podemos hacer esas cosas, si quieres.
—Entonces me parece bien, amigos con derecho. Organizaremos una cena con Amanda y Moisés pronto, si estás de acuerdo.
—Me apetece mucho.
Él sonrió. Se levantó de la mesa sin siquiera terminar el postre y se acercó con expresión traviesa.
—Y ahora, si ya has calmado tu hambre, voy a saciar yo la mía.
La agarró de la mano y tiró de ella hacia el dormitorio. Cris se dejó llevar conteniendo el aliento. Lo de pasión desenfrenada sonaba muy bien, no era su «danés», pero se acercaba bastante.
Cris jamás había imaginado sentir las sensaciones que experimentó durante aquella noche. Eric era un amante experto, considerado y exigente a la vez, que la encendió una y otra vez cuando ya pensaba que sería incapaz de volver a excitarse. La boca, las manos de él la hacían arder dondequiera que la tocasen. Con toda seguridad las dos viejas que vivían en el piso de abajo le retirarían el saludo de por vida después de escuchar sus gemidos y sus gritos, pero no le importaba. Había vivido la mejor noche de su vida, con diferencia.
Se durmió sobre el cuerpo fuerte de Eric ya muy de madrugada, con las manos de él sobre sus nalgas.
Cuando abrió los ojos el sol estaba alto, y los ojos azules la contemplaban embelesados.
—Buenos días.
Ella se sacudió el pelo, enredado, y le dedicó una radiante sonrisa.
—Buenos días, Eric. ¿Hace mucho que estás despierto?
—Un buen rato.
—¿Por qué no me has despertado?
—¿Para qué? ¿Tienes prisa? ¿También tienes que casar a alguien hoy?
—No, pero debes de estar desesperado sin moverte y sin hacer nada.
—Sin hacer nada, no; te estaba mirando.
—Yo no podría... No es que no me guste mirarte, pero lo de estar quieta es imposible para mí.
—Ya lo sé. Sé que en cinco minutos saltarás de la cama en busca de comida.
—Tengo hambre, esta noche hemos consumido muchas calorías.
—Muchas, sí. Ahora hay que reponer fuerzas. También yo estoy hambriento. ¿Bajo por unos churros?
—Hummm, estupenda idea.
Cris saltó de la cama y buscó en el armario una camiseta larga que ponerse. Mientras Eric también se vestía, murmuró:
—Mientras tú compras los churros yo prepararé café, tostadas y zumo. ¿Te apetece algo más?
—Para mí es suficiente —dijo saliendo del piso.
En el rellano se cruzó con la vecina.
—Buenos días.
—Hola.
Cuando entró en el ascensor, Rocío se apresuró a llamar a la puerta. Pensando que Eric habría olvidado algo, Cris abrió con expresión divertida.
—¿Qué has olvida...? Ah, eres tú.
—Yo no he olvidado nada, pero tú sí. ¿Acabo de ver a un tío de esos de anuncio saliendo de tu casa y no me has dicho nada?
—Es Eric, ha bajado por churros.
—¿Ha dormido aquí? Claro que sí, no hay más que verte la cara. ¿Entonces todo está claro con Amanda?
—Me ha asegurado que no le gusta. No podría soportar hacerle daño.
—Todo está bien entonces. Además, la vecina del número uno, la cotilla, me ha asegurado que la ha visto besándose con un hombre en un coche. Yo le he dicho que eso era imposible, que se lo ha debido de imaginar.
—Caray... a lo mejor no es tan imposible.
A la memoria de Cris llegó la imagen de Moisés cómodamente instalado en el sofá de su amiga. Pero si Amanda no le había dicho nada, sus razones tendría. No iba a presionarla, bastante tenía con el acoso de su jefe. Cris sabía cuánto le estaba afectando el asunto, aunque solo lo mencionara por encima.
—Ya me marcho, solo venía a preguntar. Te dejo con tu visitante.
En cuanto entró conectó el móvil para ver si tenía algún mensaje de Amanda, pero esta se había comportado. Lo volvió a apagar y empezó a preparar el café.
Pasaron juntos todo el día. Después de desayunar dieron un largo paseo por el centro cogidos de la mano. Como dos novios, aunque no lo fueran. Al atardecer se separaron en el portal. Eric se ofreció a invitarla a cenar en un pequeño restaurante de los alrededores, pero Cris se sentía mal por haber abandonado a su amiga todo el fin de semana. En general pasaban juntas los domingos, comían en algún sitio, iban al cine o se tiraban en el sofá a ver series. Pero Amanda, en aquella ocasión, no la había llamado ni enviado un mensaje, había respetado su fin de semana con Eric.
También este sentía remordimientos por no haberse acordado de Moisés en dos días, pero, contemplando la expresión radiante de Cris, no podía arrepentirse. De alguna forma tendrían que incluir a sus amigos en sus salidas, en el futuro.
Se despidieron con un beso y Cris subió feliz a su casa.