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Fisioterapeuta a domicilio

 

 

Cristina se levantó con la sensación de no haber dormido en absoluto durante la noche, y su primera idea fue llamar a Eric para anular la sesión. Pero era incapaz de encontrar una excusa lo bastante sólida y creíble como para convencerle. No podía decirle que tenía cosas que hacer, él sabía que su mundo se limitaba a sentarse en el sofá y ver pasar las horas. Tampoco que no quería verle porque no era verdad y él se daría cuenta. Sonaba bastante infantil que lo hubiera llamado y pocas horas después se retractase. Además, al incorporarse en la cama un profundo pinchazo en la espalda le confirmó que necesitaba un masaje que desentumeciera sus músculos con urgencia. Con un suspiro decidió seguir adelante con los planes.

Se puso una camisa abotonada detrás para poder abrirla sin quedar demasiado expuesta de cintura para arriba y, tras tomar un desayuno abundante, se sentó a dejar pasar las horas hasta que Eric llegase.

El móvil le sonó un par de veces y se apresuró a cogerlo con un ligero sobresalto. Un señor que quería comprar los novecientos sobres y más tarde Amanda, como cada día, para preguntarle cómo estaba, fueron los artífices de las llamadas. Ninguna de un fisioterapeuta cañón para anular una sesión de masaje.

Las horas se arrastraron con más lentitud que nunca hasta las seis de la tarde. Ni la televisión, ni el libro de Rocío que tenía sobre la mesa, ni siquiera la descabellada idea de hacer un bizcocho con la pierna apoyada en la muleta, la hicieron distraerse lo más mínimo.

El bizcocho fue a parar a la basura, porque sin lugar a duda algo no había hecho bien. Cuando lo sacó del horno no era más que una masa dura y apergaminada adherida al fondo del recipiente, y que no había subido ni dos centímetros.

Por fin, puntual, a las seis menos cinco, Eric llamó a la puerta.

Deseosa de abrir, impulsó la silla con más fuerza de la necesaria y se empotró contra la pared justo al lado de la jamba y contuvo un gemido de dolor al golpearse la rodilla. Después abrió.

—¿Estás bien? —preguntó él al ver que se masajeaba la pierna sana.

—Sí, es solo que este trasto ha superado el límite de velocidad establecido y me ha costado frenarlo a tiempo.

—Ten cuidado, por favor.

Cris se apartó del dintel para permitirle entrar y no pudo evitar que sus ojos se quedasen clavados en el trasero que pasó justo ante sus ojos, enfundado en un pantalón vaquero casi blanco de puro desgastado. La tela se adaptaba como un guante y tragó saliva al apreciar el reguero de colonia que dejó a su paso. Él llevaba en la mano una bolsa de plástico que no le pasó desapercibida a la chica.

—¿Has vuelto a traerme la merienda?

—No, lo siento. Es aceite perfumado para el masaje, pero si no has merendado aún bajo y te compro algo.

—No, gracias, sí he merendado. —Era una forma de matar el tiempo y acallar el estómago, encogido por los nervios—. Lo decía por no hacerte un desprecio.

Eric la miró divertido.

—¿Eres capaz de merendar dos veces?

—Y tres... las que haga falta. Siempre tengo hambre.

—¡Madre mía! —Paseó una mirada lenta y acariciadora por ese cuerpo delgado y flexible que contra todas las leyes de la naturaleza se mantenía esbelto pese a la cantidad de comida que ingería.

—¿Empezamos entonces? —preguntó con una sonrisa ladeada.

—Cuando quieras.

De repente todas sus terminaciones nerviosas se agudizaron y un profundo calor la inundó desde la cara hasta los pies.

—Como imagino que no tienes una camilla de masaje, lo tendremos que hacer en la cama.

—La cama del cuarto de invitados es más alta, porque tiene otra debajo. Es donde duermen mis hermanos cuando vienen a verme.

—Cuanto más alta, más cómodo para mí. ¿Tienes hermanos?

—Sí, dos —comentó mientras se levantaba de la silla y cogía las muletas para dirigirse a la habitación sugerida—, pero trabajan fuera de España.

—En realidad no sé nada de tu familia.

Cris vio la oportunidad de distraer la mente mientras le daba el masaje. La idea de esas manos recorriéndola la alteraba demasiado. Sin duda llevaba mucho tiempo sin echar un polvo.

—Si quieres, te lo cuento ahora, mientras trabajas mi espalda.

—Claro.

La siguió hasta una habitación alargada con una cama adosada a la pared. No era lo bastante alta, pero desde luego mejor que la que había entrevisto en la otra estancia, que subía apenas una cuarta del suelo.

Cris intentó subir a la cama, pero Eric la detuvo con una mano sobre el brazo.

—Deberías quitarte antes la camisa —advirtió.

—Se desabrocha por la espalda, no será necesario.

—Va a mancharse con el aceite.

La sola idea de quedarse en sujetador delante de él la perturbó.

—Cris, acostumbro a trabajar sobre espaldas desnudas. Solo es una espalda, no vas a hacer un desnudo integral.

«No lo es. Esta espalda está muy desatendida, amén de otras partes de mí», pensó.

—De acuerdo —admitió.

Eric se colocó tras ella y procedió a desabrochar los botones. Los leves roces de los dedos sobre la piel que iba quedando al descubierto le provocaron escalofríos y se mordió los labios.

«Que duela, que duela», rogó mentalmente.

Tampoco él era inmune al lento desabotonar de la blusa. La espalda era tan sedosa y suave como había sospechado y tuvo que contener las ganas de acariciarla.

Cuando al fin desprendió la camisa de los hombros de Cris, la reacción de su cuerpo era tan visible que agradeció no tenerla de frente.

Colocó las manos a ambos lados de su cintura y la ayudó a subir a la cama, y a continuación a tenderse boca abajo.

—Ponte cómoda.

La vio moverse con suavidad para encontrar una postura relajada y a continuación procedió a desabrocharle el sujetador. El leve encogimiento le hizo comentar:

—Necesito toda la espalda al descubierto. Te aseguro que no se te ve el pecho.

Ella no respondió. Pocos segundos después un olor penetrante a hierbas aromáticas se extendió por la habitación, justo antes de que las manos cálidas de Eric se posasen en su espalda. Apenas encima de la cintura, suaves y acariciadoras, para ascender en un lento reconocimiento de los músculos. Cris se estremeció.

—Es normal que te duela, tienes los músculos bastante más agarrotados de lo que pensaba.

«No duele lo suficiente.»

—Seguramente te haré un poco de daño.

—No importa. No tengas piedad, soy una chica fuerte.

Las manos presionaron con fuerza, introduciendo los pulgares entre los músculos tensos.

—Como te iba diciendo, tengo dos hermanos. Están trabajando en Londres —dijo con voz entrecortada.

—No hables ahora, mejor relájate.

—Puedo hacer las dos cosas a la vez. Hablar me relaja mucho.

Trató de hilvanar una conversación coherente, pero no fue capaz. Solo conseguía articular frases sueltas sobre cómo sus hermanos pequeños habían abandonado el país ante la ausencia de trabajo. En primer lugar, el más pequeño, más aventurero también. Y después este había conseguido que el mayor le siguiera, y ella se había quedado muy sola sin ellos. Sus padres vivían en Zuheros, un pueblo pequeño y pintoresco lleno de cuestas pronunciadas, del que apenas salían más que en ocasiones de mucha necesidad.

Hablaba por hablar, por distraer esa mente que no se distraía. Las manos que presionaban lanzaban a la vez dolor y excitación sexual a todas sus terminaciones nerviosas, haciéndola comprender lo que había escuchado tantas veces de que en ocasiones el placer y el dolor iban juntos.

Tampoco Eric era inmune. En general lograba separar el trabajo de otros factores: nunca, o casi nunca, veía un cuerpo de mujer cuando daba un masaje, sino una espalda, piernas o incluso vientre, asexuados. Pero con Cris era distinto. A cada instante tenía que controlar sus manos que se empeñaban en acariciar en vez de presionar, los pulgares que querían delinear en lugar de hundirse entre músculos y tendones. Y lo que no conseguía controlar en absoluto era la erección que se había instalado dentro de sus pantalones y no hacía más que crecer.

Cuando la espalda estuvo al fin libre de nudos, Cris llevaba ya un rato en silencio, con los ojos cerrados e imaginando escenas tórridas sobre una manta de piel en alguna cabaña perdida, e incapaz de mantener una conversación ni siquiera un poco coherente. No parecía que él se hubiera percatado de su silencio, porque no le preguntaba como había hecho al principio, sino que permanecía también callado.

Ninguno de los dos se dio cuenta de que las manos ya se deslizaban con suavidad, de que Cris emitía pequeños gemidos ni de la respiración entrecortada de Eric. Cuando las manos de este se deslizaron más abajo de la espalda, por dentro de los leggins en dirección hacia terrenos más vedados, Cris dio un respingo y no controló el movimiento de sus piernas. Estas saltaron como un resorte con voluntad propia, incluida la del yeso.

Un fuerte gemido de Eric le hizo levantar la cabeza y mirarle. Se sujetaba los testículos con ambas manos, la cara pálida y desencajada y los ojos cerrados. En su vida le habían bajado una erección con más contundencia, las duchas frías eran un pobre sucedáneo.

—¿Qué... qué te pasa? —preguntó Cris temiéndose lo peor.

—La escayola... me has golpeado...

—¡Oh, Dios...! Lo siento... no pretendía...

Eric se dejó caer al suelo y enterró la cara en las rodillas, asumiendo el dolor, mientras ella se sentaba en el borde de la cama con la escayola peligrosamente cerca de la cara del hombre. No sabía qué decir, de modo que optó por guardar silencio. Cuando al fin él levantó la cabeza, volvió a disculparse.

—Perdóname, Eric... ha sido un movimiento reflejo.

—Me lo merezco, supongo. Debí avisarte de que iba a bajar las manos para averiguar si tenías más músculos contraídos.

—Sí, hubiera sido lo mejor. ¿Aún duele?

—Sí. Y dolerá un buen rato todavía.

—¿Lo sabes por experiencia? ¿Te has dado algún golpe ahí con anterioridad?

Él asintió.

—Sí, pero no con una escayola.

—¿Puedo hacer algo por ti?

—Si tienes una bolsa de guisantes...

—Sí, varias... había una oferta. Bueno, supongo que eso no te importa en este momento. Vamos al salón, en seguida te los traigo.

Se sentó en el sofá con la entrepierna palpitándole y el pantalón comprimiéndole los doloridos testículos. Cris le alargaba los guisantes y le miraba compungida.

—¿Te molesta si me bajo los pantalones? Me aprietan mucho.

—Claro, imagino que debes de estar inflamado.

—Un poco.

Se levantó y, tras desabrochárselos, se bajó los vaqueros hasta medio muslo. Cris trató de desviar la vista de esas piernas ligeramente cubiertas de vello, pero la otra opción era la bolsa de guisantes colocada estratégicamente un poco más arriba.

—Vamos a ver algo en la tele, ¿te parece? —sugirió incapaz de controlar la mirada. Y a continuación agarró el mando y comenzó a hacer zapping.

Así los encontró Amanda cuando llegó. Cris, muy derecha en el sillón, y Eric en el sofá, adormilado, con los pantalones bajados hasta medio muslo y una bolsa de guisantes sobre los genitales. Su sorpresa fue tal que ni siquiera acertó a hacer ningún comentario. Miró a Cris con extrañeza y esta le hizo señas de ir a la cocina. Una vez allí, Amanda preguntó en un susurro:

—¿Qué ha pasado aquí? Los guisantes...

Cris se encogió de hombros.

—Se ha hecho daño con la escayola.

Los ojos de Amanda se agrandaron estupefactos.

—¿Ha intentado follarse el hueco de la escayola? ¿Es un pervertido entonces, de los de verdad? Hay quien la mete en cualquier sitio... ¿Es ese el «danés» que imaginaba?

—No... ¡Calla, que como te oiga...! Yo le he dado una patada, sin querer. Me estaba dando el masaje y... ha debido tocar algún nervio o algo... y la pierna ha hecho un movimiento involuntario.

—Jo, con la escayola... ¡Eso tiene que doler!

—Estaba blanco. Ahora se ha quedado más tranquilo, espero que se le haya pasado el dolor.

—Vas a tener que compensarle de alguna forma.

—He pensado invitarle a cenar.

—Buena idea... Podríamos preparar guisantes con chorizo.

Cris le dio un manotazo en el hombro.

—¡No tiene gracia, maldita sea!

Regresaron al salón, donde Eric parecía despertar.

—¿Cómo estás?

—Mejor.

—Me alegro. Vamos a preparar la cena. ¿Te quieres quedar?

Él se subió los pantalones y se los abrochó sin ningún pudor delante de las chicas.

—No, gracias. Tengo que ir a casa, Moisés me espera para cenar, hace días que apenas le veo.

—De acuerdo. Y lo siento, de verdad. ¿Cuánto te debo por el masaje? Puedes añadir al precio los daños colaterales.

—Al masaje invita la casa... Los daños colaterales ya me los cobraré en otra ocasión.

Se dirigió a la puerta, y antes de cruzarla se volvió hacia ellas y añadió:

—Y por cierto... mi «danés» tiene que ver con una buena moza con tacones de aguja, medias de esas que tienen costura detrás y una falda con nada debajo.

Guiñó un ojo en dirección a las estupefactas chicas y desapareció tras la puerta.

Con la mano en la boca para sofocar la risa, ambas amigas se miraron y se dejaron caer en el sofá entre carcajadas.