21
Liberada
La euforia apenas la dejó dormir. La mera idea de volver a caminar con normalidad, de sentirse libre e independiente, la tuvo dando vueltas en la cama toda la noche. Tampoco ayudó el recuerdo de los dedos en Eric en su cara, imagen que apartaba de forma sistemática cada vez que aparecía, sustituyéndola por las delicias que le supondrían una ducha prolongada en cuanto llegara a casa.
Moisés se presentó puntual a buscarla y la acompañó hasta la calle para desayunar juntos en un bar de camino hacia el ambulatorio. También la levantó en brazos sin esfuerzo, pero su proximidad no despertó en ella ningún tipo de sentimiento.
Mientras desayunaban, acomodados a una mesa, Cristina le observaba con atención: el pelo rubio, el mentón y la mandíbula fuertes y los ojos impregnados de una tristeza que reconocía, porque hacía tiempo ella misma la había sentido. Pero por mucho que se repetía una y otra vez lo atractivo que era, no experimentaba ningún deseo de consolarle, ni despertaba en ella más sentimientos que el de contemplar a un hombre guapo y bien constituido.
—Eric me ha mandado un mensaje esta mañana para decirme que pasará esta tarde a verte, después del trabajo.
Cris asintió.
—A mí también me lo comentó ayer.
—Espero que ahora que no le necesitas no le mandes al diablo.
Ella alzó la vista, enfadada.
—Pues claro que no. ¿Qué clase de mujer crees que soy? Eric y yo no empezamos con buen pie, pero ahora le considero un buen amigo.
—No te ofendas, pero en este momento no tengo muy buen concepto de las mujeres. Supongo que Eric te habrá dicho que mi novia me ha dejado.
—A mí también me dejaron hace unos años. Cuesta superar eso, pensar que no te quieren, que ya no le importas nada a la persona que hace poco era todo tu mundo. ¿Estabas muy enamorado?
Moisés suspiró.
—Hasta las trancas, como suele decirse.
—Yo también lo estaba. Adolfo me dijo cosas muy duras cuando se marchó y eso me dejó muy hecha polvo, aparte del dolor de haberlo perdido.
Él le agarró la mano y le acarició los dedos en un gesto amistoso exento de pasión. Cris tuvo muy claro que por mucho que lo intentara no iba a sentir nada por Moisés, y que lo que le inspiraba Eric iba más allá de la simple atracción, porque un simple roce de sus dedos la hacía estremecerse entera.
—Yo también tuve que escuchar una serie de cosas que dolieron. Estuve mucho tiempo dejando de ser yo mismo para conseguir agradar a mi novia, y no sirvió para nada, porque no lo conseguí. Son cosas que pasan, Cris, y no hay que darle más vueltas. Y respecto a Eric, no te cofundas, no es tu amigo. Le gustas, y mucho.
—Eso no es verdad —negó—. Quizás al principio, pero ahora es Amanda quien le interesa.
—Amanda es una belleza, pero no es el tipo de Eric.
—Han quedado alguna vez y yo... para mí él es solo un amigo.
—De acuerdo, tú sabes mejor que nadie lo que sientes. Ahora vamos a que te quiten esa escayola.
—Antes quisiera decirte algo. Si alguna vez necesitas charlar, o tomar un café o... cualquier otra cosa —añadió alargando la mano y acariciando la de él en un signo inequívoco de invitación—, llámame.
Moisés trató de ahondar en los ojos esquivos de la chica. No entendía una palabra, su voz había sonado como si se ahogara al decir que Eric y Amanda solían quedar, ¿y ahora le estaba lanzando una clara insinuación para que se enrollara con ella?
—Vamos al ambulatorio —dijo sin pronunciarse al respecto.
Apenas media hora después, Cris se libraba al fin de la odiosa escayola. La piel de la pierna, blanquecina y reseca tal como Eric le había anunciado, le pedía a gritos un buen baño de crema hidratante.
Moisés la acompañó de nuevo a su casa, pero en esta ocasión la dejó en el portal. Se habían movido en taxi y tras comprobar que ella subía sin dificultad los escalones del rellano, y saludar a su compañero que continuaba de vigilancia, se marchó dando un paseo hasta su casa. Quizás debería haberse asegurado de que llegaba sana y salva a su piso, pero después de la insinuación del bar no quería dar pie a ningún gesto de ese tipo. Por mucho que Cris pensara lo contrario, Eric estaba colado por ella, y aunque el hecho de sentirse mal por su ruptura con Olga no le impediría echar un polvo, si la ocasión se presentaba, no iba a hacerlo con Cristina.
Esta no esperó ni cinco minutos para meterse en la ducha. Sintió el placer del agua deslizándose por su cuerpo desnudo y mientras se enjabonaba no pudo dejar de avergonzarse por su comportamiento con Moisés. La cara de contrariedad de él le había dejado claro que se había equivocado, y tampoco ella se sentía orgullosa de lo que había hecho. La necesidad de acostarse con alguien para evitar las ganas de hacerlo con Eric debería realizarla con otro hombre, pero no sabía con quién. Quizás podría entrar en la página de contactos y buscar allí.
Permaneció largo rato en la ducha, luego se secó y, tras aplicarse una generosa cantidad de crema, envió un mensaje a Amanda, controlando lo que escribía.
«Libre por fin.»
A continuación, se hizo una foto de ambas piernas y se la mandó.
«Genial. ¿Lo celebramos esta noche saliendo a cenar?»
«Pregúntale a Eric.»
«Mejor le preguntas tú cuando llegue. Mi jefe no me pierde de vista.»
El intercambio de mensajes cesó bruscamente.
Cris se dedicó durante un rato a caminar por el piso, hasta que el tobillo empezó a dolerle. Haciendo caso de Eric se sentó un rato y abrió el ordenador con la idea de localizar a algún hombre interesante con el que echar un polvo. Uno tras otro fue abriendo los perfiles de los que la web consideraba afines con ella, pero todos tenían algo que producía su rechazo. Abatida, cerró la aplicación y se preguntó a quién pretendía engañar; quería hacerlo con Eric y con nadie más.
Se prepararía algo suculento de comer y luego daría un paseo hasta el supermercado de la calle de al lado. Hacía mucho que no echaba un vistazo a las ofertas.
Eric se presentó sin avisar a las cinco de la tarde. En la mano llevaba la bolsa de plástico con el frasco de aceite aromático para darle un masaje al tobillo hinchado de Cris. Sabía que no se habría quedado quieta y le bastó un ligero vistazo al pie para corroborarlo. Sin previo aviso la cogió en brazos tomándola por sorpresa y la llevó hasta el sofá. Justo como ella imaginaba en su fantasía que la tomaría su highlander. Aguantó la respiración en espera del siguiente movimiento de él.
—¿Qué demonios has estado haciendo? ¡Mira cómo tienes el pie!
—La comida, y luego he dado un corto paseo hasta el súper. He comprado guacamole y tortas de maíz para la cena, aunque me preguntó Amanda si salíamos a comer fuera para celebrar mi pierna sin escayola.
—Tú no. Te vas a quedar quieta el resto de la tarde. Vamos a trabajar ese pie y a realizar algunos ejercicios de rehabilitación, y luego descansarás.
La mirada abatida de la chica le hizo lanzar un suspiro y una leve carcajada.
—No me mires así, que no te estoy condenando a muerte. Es por tu bien.
Eric le extendió la pierna, se sentó en el otro extremo del sofá y colocó el pie de Cristina entre sus muslos, bastante lejos de la zona de riesgo. Luego hundió los dedos en el hinchado tobillo y palpó con cuidado. A continuación, se humedeció las manos en el aceite y empezó a frotar despacio para desentumecer los músculos lo suficiente para realizar los ejercicios.
Si Cris tenía alguna duda de que los pies eran una zona erógena, se le disipó en aquel momento. Las manos de Eric frotando su tobillo, la planta del pie y los dedos lanzaron sensaciones directamente a sus pechos y a otras zonas sensibles de su anatomía. Trató de cerrar las piernas para calmar el deseo que había empezado a apoderarse de ella, temerosa de que él se percatase, pero Eric no se lo permitió. Le levantó el pie y apoyó con fuerza el talón sobre su muslo, demasiado cerca de donde Cris quería poner las manos, o la boca.
También él trataba de mantener el control entre lo que debía y lo que quería hacer. Delineaba los músculos y los tendones con firmeza, y el esfuerzo era abrumador. Un ligero gemido de ella le hizo levantar la cabeza y mirarla. Se mordía los labios y sus ojos refulgían con un inconfundible brillo de deseo. Aflojó la presión de sus manos sobre el pie y este resbaló posándose sobre la erección que empezaba a formarse y que trataba de controlar. El efecto fue inmediato y Cris lo sintió endurecerse contra la planta del pie. No pudo evitar que este se deslizara acariciándole. Eric agarró el pie y lo mantuvo allí, evitando que Cris lo retirase. Por un instante se miraron, leyendo el deseo en los ojos del otro. Él soltó el pie y se deslizó sobre el cuerpo de Cris, cubriéndola con el suyo, buscó su boca y se perdió en ella.
Ella dejó de poner resistencia; le besó, le mordió los labios como una fiera hambrienta y abrió las piernas para acoger la erección de él entre sus muslos. Se olvidó de todo lo que no fuera Eric, el cuerpo de Eric, los besos de Eric que cubrían su boca con una intensidad que le hacía perder la razón.
Le rodeó la cintura con las piernas para hacer más íntimo el contacto, se abrazó a su cuello, aspiró el aroma que identificaba con él y se restregó contra su cuerpo ávida de sensaciones. Le bastó apenas frotarse un poco contra la erección que presionaba entre sus muslos para correrse. Tampoco él pudo controlarse cuando los gemidos de Cris estallaron contra su boca y eyaculó en los pantalones como un quinceañero inexperto. Pero era tan intenso el deseo que sentía por aquella mujer que no había podido evitarlo.
Jadeantes se miraron a los ojos, abatidos los de ella, exultantes los de él. Antes de que ninguno pudiera pronunciar palabra, sonó el timbre de la puerta.
—No abras —suplicó Eric.
—Debe de ser Rocío, la vecina. Dijo que vendría a ver cómo me había ido esta mañana. Se preocupará si no respondo.
Eric se levantó pesaroso.
—Iré al baño, si no te importa; no estoy presentable para recibir visitas.
—Yo tampoco, pero...
Cris se atusó un poco el pelo y se recompuso la ropa. El dibujo de su pantalón disimulaba la ligera mancha que había en su entrepierna, pero lo que no sería capaz de disimular era la expresión de su rostro. La cara le ardía y aún le costaba respirar.
Se acercó a la puerta y abrió.
—¡Hola! ¿Cómo te ha ido? —preguntó Rocío con una sonrisa.
—Ejem, bien.
Hizo ademán de entrar, pero Cris no se movió de la puerta.
—¿Te pasa algo? Estás muy rara.
—Estaba... dormida. Me has pillado en plena siesta.
En el cuarto de baño se oyó el sonido de un grifo al abrirse. Rocío lanzó una carcajada.
—¡Entiendo! Podrías haber dicho que lo estabas celebrando, mujer. Vendré luego.
—No, si...
Se calló. Lo último que quería era que viese a Eric después de decirle días atrás que había algo entre Amanda y él.
—De acuerdo. Yo te llamo.
Se acercó a la puerta del baño y susurró:
—Ya se ha marchado.
Él salió poco después. Había una leve mancha de agua en el pantalón que esperaba que se secase antes de que llegara Amanda.
Cris estaba sentada en el sofá con expresión avergonzada.
—Si estás esperando una disculpa, no la vas a tener —dijo él con voz firme—. No me arrepiento lo más mínimo de lo que acaba de pasar. Si acaso, de no haber ido más lejos.
—Yo sí, no ha debido ocurrir.
—¿Por qué? Los dos lo deseábamos, no lo niegues, y somos adultos y libres. ¿Dónde está el problema?
—El problema es que yo... no quiero tener nada contigo. Yo no te deseaba a ti, solo echar un polvo. Llevo sin estar con un hombre casi cinco años, y eso es mucho tiempo. Esto de la escayola me ha acumulado mucha tensión y...
—No mientas, Cris. Hay algo entre nosotros, admítelo. Me deseas tanto como yo a ti.
—No es verdad, yo solo deseo un hombre, me da igual uno que otro.
Eric se agachó y, cogiéndole la barbilla entre las manos, ahondó en sus ojos. Iba a besarla de nuevo, estaba segura, y si lo hacía no iba a aguantar y le daría todo lo que él quisiera, todo lo que su cuerpo anhelaba darle y no debía.
—No lo es —dijo tratando de que su voz sonara firme—. Esta mañana lo intenté con Moisés, pero él no estaba interesado. Puedes preguntarle, si quieres.
Eric la soltó. No lo habría dicho si no fuera cierto, sabía que era muy fácil corroborar sus palabras. Estas le habían dolido; en verdad pensaba que había algo entre Cris y él. Algo más que las ganas de echar un polvo.
—De acuerdo, me he creado expectativas que no tienen fundamento. Pero sigo sin arrepentirme y sin pedir disculpas.
Ella asintió.
—Yo no soy la mujer que tú necesitas, Eric...
—Entendido... llamaré a Amanda, seguro que ella es más receptiva.
—Ella es estupenda.
—No lo dudo. ¿Podemos seguir con el masaje?
—Mejor no. Preferiría que te marcharas, me siento muy incómoda por lo que ha pasado.
—En ese caso, préstame un secador; no puedo salir a la calle con el pantalón así.
—En el armario del cuarto de baño hay uno.
Salió del salón y Cris enterró la cara entre las manos. ¿Por qué era todo tan complicado? ¿Por qué tenía que gustarle a Amanda?
Diez minutos después, Eric se marchaba dejándola abatida en lugar de lo eufórica que debería estar por haberse librado de la escayola.
Cuando Amanda llegó la encontró sola y mirando una película.
—¿No está Eric? Creía que íbamos a salir a cenar por ahí.
—Ha venido a darme un masaje en el pie y a hacer algunos ejercicios de rehabilitación. Dice que está muy inflamado y que mejor que me quede quieta esta noche.
—En ese caso pidamos algo al italiano, ¿te parece?
—De acuerdo, pensaba preparar fajitas con guacamole, pero un buen plato de carbonara me sentará mejor.
—¿Llamamos a Rocío para que se una a nosotras?
—No, mejor no. Hoy estaba ocupada.
—En ese caso, nosotras lo celebraremos por todo lo alto.
Eric se apresuró a preguntarle a Moisés cuando llegó a su casa aquella tarde si era cierto lo que Cris le había comentado. Le costaba creerlo, los besos ávidos de la chica y la forma en que se había abalanzado sobre él, aun creyendo que le gustaba a Amanda, le habían dejado pocas dudas.
—Tengo que preguntarte una cosa, Moisés. Es sobre Cris.
—Dime.
—¿Es cierto que ha intentado enrollarse contigo?
—¿Quién te lo ha dicho?
—Ella misma.
—No lo ha intentado, solo me ha lanzado una insinuación, que por supuesto yo he fingido no captar.
—Creo que necesito una copa.
—Eric, no creo que lo hubiera llevado a cabo.
—Mira, tío, acabo de hacer el más espantoso de los ridículos. Empecé a darle un masaje en el pie, nos calentamos en cuestión de minutos y nos enrollamos sobre el sofá. Nos corrimos como dos quinceañeros solo con rozarnos por encima de la ropa y una vecina llamó a la puerta justo en ese momento cortándonos el rollo. Si no lo hubiera hecho estoy seguro de que habríamos acabado en la cama, porque había una auténtica hoguera entre los dos. Y luego me sale con que lleva sin acostarse con un tío cinco años, que tiene un calentón generalizado y le daba igual conmigo que con otro. Que tú habías sido la primera opción.
—No lo intentó con muchas ganas.
—Pero lo intentó. Dame esa copa.
Moisés se levantó y cogió un vaso y la botella del mueble bar.
—Perdona que no te acompañe, pero mientras no termine el operativo, aunque no esté de guardia en la calle de Cris, debo estar disponible si fuera necesario.
—No me pienso emborrachar, solo intento aclararme las ideas. ¿Cómo va la investigación? ¿Avanza?
—Ahora mismo estamos en un punto muerto. El sospechoso ha desaparecido, y como comprenderás no podemos ir al vecino de Cris y preguntarle si sigue en contacto con ese sujeto. Si le alertamos se escapará, pero si seguimos esperando demasiado tiempo nos retirarán de la investigación. La delincuencia no se detiene por que una investigación se alargue más de lo normal, y los recortes de personal no nos permiten estar con un solo caso más de unas pocas semanas. Es complicado, Eric. Mi instinto me dice que no tardará mucho en aparecer, y que volverá a actuar, con toda probabilidad con el vecino de Cris. Pero no puedo estar seguro y los recursos de que disponemos se agotan.
—Tú siempre has confiado mucho en tu instinto, y te ha fallado pocas veces.
—Lo sé. Mi instinto también me dice que Cris se habría echado atrás si yo hubiera aceptado su propuesta.
—Prefiero no hablar de ella en este momento. Duele, ¿sabes? Y soy incapaz de pensar con claridad. Joder, me corrí en los pantalones como un puto crío. ¿Qué ha hecho esta mujer conmigo?
Apuró medio vaso de un trago mientras Moisés sonreía burlón.
—Vamos a cenar antes de que el alcohol se te suba a la cabeza. Las copas con el estómago vacío no son aconsejables.