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Eric

 

 

Eric Arévalo se instaló ante el ordenador como cada noche después de regresar del trabajo, dispuesto a seguir su rutina habitual. Con una copa de buen vino en la mano para relajarse de la dura tarea que llevaba a cabo como fisioterapeuta en un conocido hospital cordobés. Tarea más dura en el aspecto emocional que en el físico, puesto que había escogido su profesión de un modo totalmente vocacional y se entregaba a ella en cuerpo y alma, por lo que pasaba en el hospital más horas de las necesarias.

Sufría con sus pacientes cuando el dolor de los ejercicios les arrancaba lágrimas, se alegraba con ellos ante los pequeños y lentos logros y se implicaba mucho más de lo razonable. Pero cuando llegaba a casa trataba de dejar el trabajo fuera de ella, aunque no siempre lo conseguía, sobre todo si Moisés no estaba y no tenía con quién charlar.

Compartía piso con él desde hacía ocho años, se habían conocido en el hospital cuando aquel, policía secreta, había sufrido una caída persiguiendo a un delincuente, se había fracturado el brazo y él se había ocupado de su rehabilitación.

Se habían hecho amigos de inmediato y habían acabado compartiendo piso y gastos, además de innumerables tardes de charla y buena compañía.

Después de dar un sorbo a su copa de vino miró el correo, donde comprobó que no tenía ningún mensaje importante y, antes de continuar viendo la serie que seguía desde hacía unos días, decidió dar un vistazo a la página de contactos donde se había registrado un par de semanas atrás.

Se había creado un perfil a instancias de Moisés, que se había emparejado hacía dos años y desde entonces no dejaba de ponderarle las maravillas de tener novia. A sus treinta y cuatro años Eric no había tenido ninguna relación seria, no había pasado de algunas aventuras que duraron pocos meses y que acabaron muriendo por sí solas sin ningún daño para el corazón.

No era de sexo de una noche ni se iba a la cama con desconocidas, por lo que pasaba por periodos más o menos largos sin acostarse con una mujer. Moisés opinaba que eso no era sano, y para no seguir escuchándole la misma cantinela de siempre había accedido a registrarse en una página de contactos para buscar pareja, aunque no ponía mucho empeño en ello. Había dado un ligero vistazo a las fotos de las mujeres que encajaban con las características requeridas por él y no le habían llamado la atención. Tampoco ninguna había contactado con él.

Esa noche decidió pasarse a ver si había alguna cara nueva, aunque sin muchas esperanzas. Mujeres excesivamente maquilladas o demasiado escasas de ropa eran lo habitual, y entre sus expectativas estaba que el hombre en cuestión tuviera una buena posición económica. Nadie se interesaba demasiado por un fisioterapeuta con un sueldo medio a pesar de su cuerpo atlético y sus ojos azules, que atraía todas las miradas femeninas cuando entraba en un local de esparcimiento.

Una cara nueva llamó su atención al entrar: una chica pelirroja con el cabello que le caía en mechones desordenados sobre los hombros y unos preciosos ojos verde oscuro que le daban un atractivo especial a su cara. Unas cuantas pecas le salpicaban las mejillas y la nariz, lo que le confería un aspecto adorable.

Pinchó en la foto para ver el perfil: treinta años, se llamaba Cristina, un nombre que le iba como anillo al dedo, y algo extraño: no tenía ninguna especificación sobre el tipo de hombre que buscaba, ni física ni de ningún tipo. No tenía aspecto de estar desesperada para no tener preferencias... y eso le llamó la atención.

En aquel momento escuchó a Moisés que abría la puerta. Pocos segundos después entró en el salón con aspecto cansado y se desplomó en el sofá a su lado.

—Hola. ¿Qué tal el día?

—Desastroso. Un asesinato con muy mala leche. Han apaleado a un anciano hasta matarlo para robarle lo poco o lo mucho que pudiera tener. Un día cojonudo, ya lo ves. Para colmo, Olga tiene cena familiar y como no me pueden ni ver, paso de ir. Ni siquiera un polvo podré echar hoy.

Eric le palmeó la espalda con afecto.

—Bienvenido al gremio, macho. No es el fin del mundo no echar un polvo, las pajas también relajan mucho.

—¡Bufff! Soy muy viejo ya para eso.

—Estás muy mal acostumbrado, querrás decir.

—Eso será. ¿Y tú qué haces? —preguntó acercándose a Eric y mirando la pantalla del portátil por encima de su brazo.

—Echándole un vistazo a la página de contactos.

—¿Y hay algo interesante?

—Podría ser.

—¡Hombre! Escuchar eso me anima, porque hasta ahora les has puesto pegas a todas las que han contactado contigo. Enséñame...

—Mira esta chica... es preciosa.

—Tiene una cara muy simpática, sí.

—Y no pone ninguna especificación sobre el tipo de hombre que busca.

—Ninguna mujer que te vea va a ponerte pegas, Eric. Según mi novia y mi compañera de trabajo eres un bombón.

—Será por eso por lo que no me como una rosca.

—Tú tampoco pones mucho de tu parte, admítelo.

Eric se echó a reír. Reconocía que Moisés tenía razón, que si quisiera cada vez que salía podría volver a casa con una chica, pero no le iba eso. También había salido una noche con la compañera de su amigo y se había aburrido como una ostra, no compartían nada y era evidente que los dos estaban deseando que la noche terminara.

—¿Qué vas a hacer con la pelirroja? ¿Vas a llamarla?

—Le mandaré un e-mail.

—Tiene un número de teléfono, lánzate.

—¿Tú crees? ¿No será muy directo?

—¡Eric, tienes treinta y cuatro años, macho; no eres un crío de quince! Está registrada en una web para buscar pareja y ha puesto su número de móvil. ¿Será que quiere que la llamen? Venga, ahora mismo —dijo cogiendo el teléfono de su amigo de encima de la mesa y alargándoselo.

—Está bien —respondió levantándose dispuesto a salir del salón.

—¡Ah, no! Ni sueñes que te vas a ir y me lo voy a perder... que todavía lo puedes estropear.

Riendo volvió a sentarse y marcó el número de contacto. Una agradable voz femenina respondió cuando ya pensaba colgar después de que sonaran varios timbrazos.

—¿Diga?

—¿Eres Cristina?

—Sí, soy yo.

—Yo soy Eric... ejem... me he tomado la libertad de tomar tu número de la página web.

Cristina cerró la puerta de la casa que acababa de enseñar y guardó la llave en el bolso.

—Oh... disculpa un segundo, estoy trabajando. ¿Puedo llamarte yo en una media hora?

—Claro.

—Bien, pues luego hablamos, Eric.

Volvió su atención a la pareja que acababa de ver la casa, alabando las cualidades del vecindario, buena situación y perfecto estado de conservación de esta. Si conseguía esa venta supondría una comisión jugosa, que buena falta le hacía. Y si además el asunto de acompañante turístico también se empezaba a mover, sería genial. No esperaba que nadie la llamase tan pronto, hacía solo unos días que se había registrado.

Volvió su atención a los compradores en potencia aparcando el otro trabajo hasta más tarde.

 

 

Eric cortó la llamada ante la mirada ofuscada de Moisés.

—¿Ya está? ¿Eso es todo?

—Me ha dicho que está ocupada y que me llamará ella más tarde.

—¿Y no has insistido?

—Está trabajando... se oían voces. A lo mejor no lo está, pero no quiere que nadie sepa lo de la web. Esperaré a que llame.

—¿Y si no lo hace?

—Asumiré que no le ha gustado mi voz, o que no quería que la telefonease. Debí mandarle el correo.

—Si no te llama, insiste tú. Para una vez que te hace tilín una mujer...

—No voy a ser un pesado, Moisés, no es mi estilo. Si no me llama, paso.

 

 

Estaban cenando cuando se produjo la llamada. Ambos amigos pegaron un respingo y Eric se apresuró a mirar el número.

—¿Es ella?

—No lo sé, no lo he registrado.

—¡Contesta, vamos!

—¿Sí?

—¿Eres Eric?

—Sí... y tú Cristina.

Se tuvo que dar media vuelta para no ver la cara de Moisés ni el gesto de su mano con el pulgar levantado.

—Perdona que antes no pudiera atenderte, estaba trabajando.

—No te preocupes, lo entiendo. Aunque si te soy sincero pensaba que no ibas a llamar, que no te había gustado mi voz o algo.

—¡No están las cosas para rechazar una oferta! Hace poco que estoy en la web y pensaba que iba a llevar más tiempo que alguien me contactara. Me ha dado mucha alegría que me llamases.

La chica desbordaba entusiasmo y Eric se empezó a relajar.

—¿Por qué pensabas eso?

—Porque, seamos sinceros, la web está llena de ofertas de personas con más experiencia y que llevan más tiempo en esto.

—Sí, lo sé. He entrado varias veces y buscaba un perfil más natural, algo diferente.

—Entonces yo soy lo que buscas. Porque, aunque llevo poco en esto, como ya te he dicho, tengo la suficiente cultura como para cumplir tus expectativas. Dime... ¿Vendrías solo?

Eric frunció el ceño.

—¿Solo? Claro...

—Es que hago precios especiales a grupos; vamos, que no cobro por persona sino por tiempo.

—¿Cobras por esto?

—Por supuesto, no pensarás que lo hago gratis. Tengo que vivir y las cosas están muy difíciles, no se gana mucho vendiendo casas, que es mi actividad principal; pero soy de las más baratas, te lo aseguro, y muy buena.

—Mira, Cristina, creo que no nos vamos a entender —dijo Eric resoplando.

Cristina sintió venirse abajo las expectativas que se había hecho mientras llegaba a casa y decidió venderse de la misma forma que vendía los inmuebles.

—No, por favor, escucha... deja que te diga mis tarifas y mis cualidades. Dame diez minutos, por favor.

—Tus tarifas... —dijo en voz alta para que Moisés le oyera. Este enarcó las cejas—. Vale, diez minutos.

—Cobro por horas.

—Como todas —cortó seco. Sentía que le habían tomado el pelo y se estaba empezando a enfadar.

—No, como todas no, porque además mis tarifas varían según lo que enseñe.

—¿Y qué enseñas?

—Lo que el cliente pida, en eso no pongo pegas.

—Ajá. ¿Y qué es lo habitual?

—Lo normal que quieren ver es el centro, claro.

—Claro. Y al decir centro, te refieres al... centro.

—Sí.

Eric sintió que su enfado incipiente se estaba empezando a convertir en algo jocoso y decidió seguirle la corriente. No iba a aceptar, por supuesto, no estaba tan desesperado como para contratar los servicios de una puta, pero si la chica le quería explicar sus habilidades, le daría la oportunidad.

—Continúa, aún te quedan cinco minutos.

—Domino a la perfección el francés, el inglés y me las apaño un poco con el danés.

—¡¿El danés?!

Era la primera vez que Eric oía hablar de esa práctica sexual.

—Sí, aunque no soy muy experta... me lo enseñó un poco mi abuela cuando era adolescente.

—¿Tu abuela también se dedicaba a esto?

—No, ella era ama de casa, pero vivió un tiempo en Dinamarca y allí tuvo que aprenderlo.

—Ah. Vaya con tu abuelita... ¿y qué edad tenías cuando te lo enseñó?

—Doce o trece años. Me resultó un poco difícil, sobre todo porque no podía practicarlo, pero ella insistió en que nunca se sabe qué puedes necesitar en la vida, el mercado de trabajo está complicado.

—Vaya que sí. Estoy seguro de que el «danés» te ayudará a conseguir algún que otro cliente.

—Eso espero. Bueno, ahora te digo mis tarifas. Por enseñar, veinte euros la media hora.

—No es caro.

—¿Verdad que no? Es tarifa de promoción, cuando ya tenga una clientela subiré los precios. Y si quieres entrar en algún sitio, sube el precio.

—Lógico. E imagino que el precio varía según dónde quieras entrar.

—Así es. Y si quieres comer también es otro precio.

—¿Y tú no comes?

—Si el cliente quiere, por supuesto.

—Eres completita, chica.

—No hay más remedio, es complicado hacerte un hueco en esto. O haces de todo o no llegas a ningún sitio.

—Lo imagino. Aunque a mí lo que más me llama la atención es lo del «danés».

—Entonces, ¿estás interesado?

—No, creo que no.

—Por favor, piénsatelo... Te mando por correo las tarifas completas si quieres... Eres mi primer cliente, y soy supersticiosa, es mala cosa si el primero te falla... Te hago una buena rebaja.

—Está bien, me lo pensaré, pero no te prometo nada.

—Dame tu correo.

—No me mandes las tarifas, si me decido ya te llamo y lo hablamos.

—Vale, gracias, Eric. Ha sido un placer conocerte y... me encantaría hacer negocios contigo.

Apenas colgó alzó los ojos hasta Moisés, que lo miraba expectante.

—¿Dónde me has aconsejado que me registre? Es una web de prostitutas.

—¡Qué va! Es de contactos, para buscar pareja. Un primo mío conoció ahí a su novia, es un sitio serio y con muchas opiniones favorables.

—Pues esta mujer es prostituta y me ha ofrecido sus servicios. Me quiere mandar sus tarifas, pero le he dicho que no lo haga. A propósito, ¿tú sabes qué es un danés?

—Sí, claro, un tío que ha nacido en Dinamarca.

—Como práctica sexual.

Moisés abrió mucho los ojos.

—¡Ni idea! Yo creía que las conocía todas, pero en mi vida he oído hablar de esa.

—Pues Cristina la hace. Parece ser que es una de las cosas que la convierten en especial.

Moisés se sentó a su lado.

—Suena bastante pervertido. ¡Vamos a buscarlo en Internet!

Durante un rato se movieron por la red, pero lo único que encontraron fueron referencias a los habitantes de Dinamarca y al idioma.

—¡Nada! Debe de ser algo tan guarro que ni siquiera aparece en Internet.

—Pues al parecer es una práctica frecuente en Dinamarca. Dice que se lo enseñó su abuela, que vivió allí una temporada, a la edad de doce años.

—Jolines con la señora. ¡Tienes que quedar con ella y averiguarlo!

—¡Ni lo sueñes! No voy a ir con una prostituta, Moisés.

—¿No tienes curiosidad?

—Muchísima, pero no voy a pagar por sexo... Y a saber qué me puede pegar, soy muy escrupuloso.

—A mí me encantaría saberlo, a Olga le gusta probar cosas nuevas.

—Pues ve tú —dijo empezando a irritarse, y no por la insistencia de su amigo sino porque una vocecilla en su interior le decía que le encantaría probar el «danés» fuera aquello lo que fuese.

—Yo tengo novia, Eric.

—Y a mí no me van las putas. Por mucho que diga que soy su primer cliente.

—¿En serio? ¿Eso te ha dicho?

—Sí, pero yo no me lo creo.

Moisés se inclinó sobre el portátil y rescató la foto de Cristina.

—No lo parece; quizás sea cierto y las cosas le vayan mal y necesite dinero. Pero sea lo que sea, lo que hace es ilegal. No debe buscar clientes en ese tipo de páginas, si la descubren puede tener problemas.

Eric miró con fijeza a su amigo.

—¿Se los vas a buscar tú? Ya sé que eres policía, pero no me gustaría que le causaras inconvenientes.

—Por supuesto que no, pero quisiera investigarla un poco y avisarla. Hay otros sitios donde ofrecer sus servicios.

—En la web está su número... llámala y házselo saber.

—No; si la llamo y averiguo algo que deba denunciar, mi obligación es hacerlo. Pero si vas tú... yo no sé nada.

—¡Que me quieres liar, vamos!

Moisés le miró con aire inocente.

—No tienes que acostarte con ella, ni siquiera hacer el «danés», aunque sé que te mueres de ganas.

—¡No digas tonterías! —protestó indignado.

—Proponle quedar a tomar un café para conocerla y que te explique sus tarifas. Y cuando lo haga adviértele que alguien podría denunciarla y que para ejercer su profesión se registre en otro tipo de páginas. Y si de paso averiguas de qué va el tema, me lo cuentas.

—De acuerdo, tú ganas —dijo sin ofrecer más resistencia—. La llamaré en unos días, no quiero parecer ansioso.

—Bien. Y ahora terminemos de cenar.