VII
Poco antes del alba empezó a llover. La lluvia llegó de prisa, sin relámpago ni trueno, y azotó con fuerza durante toda la mañana, lanceando las ruinas, de forma que sobre las lúgubres y aún enhiestas chimeneas y la madera carbonizada flotaba un grueso palio desplegado de vapor. Pero al cabo de cierto tiempo el vapor se dispersó y pudimos caminar entre las vigas y restos de tablas. Nos movíamos con cautela, sin embargo; las negras con prendas inclasificables para protegerse de la lluvia, en silencio ya, sin entonar cántico alguno, salvo la mujer más vieja, la abuela, que cantaba monótonamente un himno mientras iba de un lado para otro, deteniéndose de cuando en cuando para recoger algo del suelo. Fue ella quien encontró la fotografía de la caja de metal, la fotografía de Judith que había poseído Charles Bon.-Me la llevaré —dije.
Me miró. Era un punto más oscura que su madre. Pero en su cara seguía, débilmente, la raza india; y seguía también la sangre de los Sutpen.
—No creo que a mamá le gustara eso. Era muy particular en cuanto a lo que pertenecía a los Sutpen.
—Hablé con ella anoche. Me contó la historia, me lo contó todo. No creo que haya problema. —Me miraba, observaba mi cara—. Te la compraré, entonces.
—No puedo vender lo que no es mío.
—Déjame mirarla, entonces. Te la devolveré. Hablé con ella anoche. No será nada incorrecto.
Me la entregó. La caja se había fundido un tanto; la cerradura que Judith había cerrado a golpes para siempre se había reducido a una fina línea a lo largo de la juntura: podría abrirse tal vez con la hoja de un cuchillo. Pero fue precisa un hacha.
La fotografía estaba intacta. Miré la cara y pensé tranquilamente, estúpidamente (somnoliento, empapado y sin haber desayunado, estaba un poco alelado); pensé tranquilamente: “Vaya, creía que era rubia. Me habían dicho que Judith era rubia...” Entonces desperté, volví a la vida. Miré con calma aquel rostro: suave, oval, sin mácula; la boca carnosa, llena, un tanto fláccida, los ojos ardientes, somnolientos, sigilosos, el pelo de tinta con su casi imperceptible aunque inequívoca tiesura: el sello trágico e indeleble de la sangre negra. La dedicatoria era en francés: “A mon mari. Toujours. 12 Ao5t 1860”
Y volví a mirar serenamente aquella malhadada y apasionada cara, con su calidad intensa y saciadora de pétalo de magnolia —la cara que inintencionadamente había destruido tres vidas—, y entendí entonces por qué el tutor de Charles Bon le había enviado a estudiar tan lejos, al norte de Mississippi, y qué era lo que para Henry Sutpen, fruto de generaciones, nacido ya con lo que era y lo que creía y lo que pensaba, era peor que el matrimonio y agravaba la bigamia hasta el punto de que la pistola era no sólo justificable sino inevitable.
—Eso es todo lo que hay dentro —dijo la negra. Sacó la mano de debajo del abrigo militar caqui, cuajado y manchado de barro, que llevaba sobre los hombros. Cogió la fotografía.
Posó la vista sobre ella una sola vez antes de guardarla: una mirada vacía o sombría, no sabría decirlo. No sabría decir tampoco si la mujer había visto anteriormente aquella cara o aquella fotografía, o si ni siquiera era consciente de no haber visto nunca ninguna de las dos—. Creo que será mejor que me quede yo con ella.