CAPÍTULO 21
Una voz bith muy nasal gritaba angustiada en alguna parte de la gélida cala del Muerte Exquisita, y Jaina supo que Ulaha volvía a estar en las fauces de los voxyn. Jaina estaba sentada frente a una pared de coral yorik rojo, como el resto del grupo de asalto, incómodamente inclinada hacia delante, con los codos entre las rodillas, y tobillos y muñecas sujetos al suelo por pegajosas masas de gelatina blorash. Estaba sucia y poco vestida y sentía demasiado dolor como para que le importase, aunque deseaba no tener tanto frío. Tiritaba, y la tiritona hacía que todo le doliera aún más.
Ulaha volvió a gritar, y Alema Rar, sentada al lado de Jaina y en más o menos las mismas condiciones, murmuró algo por entre los hinchados labios. Jaina, que tenía problemas para centrarse desde que el voxyn le chilló a la cara, recordó algo sobre el trabajo en equipo y abrió sus emociones a sus compañeros. Sintió de inmediato a Jacen entretejiéndolos para formar una sola entidad, apelando a su amistad y confianza mutua para dar fuerzas a la camarada que sufría.
Aunque todos menos Ganner, retenido en otro lugar en la equivocada creencia de que era el líder del grupo, se habían enfrentado a la ruptura al menos una vez, Duman Yaght seguía volviendo a Ulaha, concediendo a la bith el tiempo justo para sumirse en un trance curativo Jedi antes de despertarla para volver a empezar con ella. La pobre Ulaha había estado en el centro de la cala tantas veces que los demás intentaban prolongar sus propias sesiones para darle tiempo a recuperarse. Jaina recordaba borrosamente que sólo había conseguido dar una respuesta antes de que un enfurecido Duman Yaght la empujara hasta la cara de la criatura, desatando el chillido de onda comprimida que la había sumido en la inconsciencia.
Cuando los gritos de Ulaha se acallaron, Duman Yaght dijo:
—Te acostumbras a las babas, ¿eh, cabezona? —su tortura preferida era colocar la herida de Ulaha bajo las fauces goteantes de ácido del voxyn—. Habrá que probar algo nuevo.
Ulaha gritó. Jaina luchó por mirar por encima del hombro, pero sólo pudo girar la cabeza lo justo para ver a Anakin, Jacen y otros más intentando hacer lo mismo. Eso era lo peor de la ruptura, el oír gritar a tus amigos sin saber lo que les pasaba. Sintió que Jacen usaba su preocupación para reforzar a la bith. El grito de ésta se volvió menos visceral y Duman Yaght percibió el cambio. Siempre percibía el cambio.
—No hace falta que me digas dónde está la base Jeedai —dijo el yuuzhan vong—. Basta con que admitas que hay una.
El grito de Ulaha recobró su tono angustiado y esta vez Jacen pareció incapaz de aliviar a la bith. Jaina miró al otro lado, donde Eryl Besa estaba sentada con el cuerpo rígido y los ojos abiertos, víctima de un shock neuronal causado por la cola de un voxyn, una forma de ataque que desconocían hasta que Duman Yaght sugirió que Eryl lo experimentara. Al cabo de un momento, Jaina atrajo la mirada de la otra mujer y alzó una ceja.
Eryl frunció el ceño desconcertada, luego pareció entender y negó con la cabeza. Eryl era hija de una piloto fanática de las carreras espaciales, y había sido concebida durante una carrera a lo largo de toda la galaxia, pasándose la mayor parte de su infancia recorriendo arriba y abajo todos los brazos conocidos de la galaxia. En algún momento de ese recorrido había desarrollado la habilidad de saber por la textura de la Fuerza en qué parte de la galaxia estaba en cada momento. Su trabajo era avisar a Anakin cuando estuvieran a salvo tras las líneas enemigas, dónde habría menos probabilidades de tropezarse con minas espaciales o naves de curiosos. Desgraciadamente, estaban tardando más de lo supuesto en cruzar la zona de guerra, quizá, sospechaba Jaina, porque Duman Yaght esperaba hacerse un nombre entregando a sus superiores el paradero de la base Jedi.
—¿Qué tiene de malo admitirlo? —preguntó Duman Yaght—. Los yuuzhan vong ya conocen su existencia. Admite lo que ya sabemos, y podrás descansar. Podrás sumirte en tu sueño reparador.
—No… hay… ninguna… base…
—No, no mientas —la voz del yuuzhan vong conservó la misma calma siniestra de siempre—. Dame la mano. Voy a hablarte del neuroveneno.
Un silbido involuntario de terror escapó de las cavidades nasales de Ulaha, pero no dijo nada. Jaina se imaginó al comandante sosteniendo la mano de la bith sobre las cerdas sensoriales del lomo del voxyn, pues Cilghal había descubierto que las espinas contenían una potente neurotoxina. En la cápsula de equipamiento había un antídoto, pero estaba sin probar, igual que el resto de las inyecciones y antivenenos que Tekli y ella les habían administrado antes de salir.
—Tienes la piel tan fina, que la punzada más ínfima te inyectaría el veneno. Nuestros cuidadores afirman que no a todas las especies les afecta del mismo modo. Algunos caen con convulsiones y se sumen en un interminable sueño de dolor. Otros se debilitan a lo largo de muchas horas, perdiendo tanto las fuerzas que ya no pueden respirar o tragar. Algunos se ahogan en su propia saliva.
En el silencio que siguió, el dolor y el miedo de Ulaha aumentaron en la Fuerza. Jaina se abrió a ambas sensaciones, esperando poder aligerar la carga de su camarada recibiendo parte de ella, pero también estaba demasiado asustada para ser de mucha ayuda. Los bith sólo tienen un pulmón y el coufee se lo había traspasado. Si también tenía que combatir una neurotoxina… Jaina quería que admitiera la existencia de Eclipse. No podía evitarlo; no quería verla morir.
Apenas había dado forma de pensamiento a esa emoción cuando sintió una inundación de sentimientos similares en los demás. Jaina sabía que convencer a Ulaha para que admitiese la existencia del planeta sólo era el primer paso de la ruptura, pero ¿a quién le perjudicaba eso, en el fondo? El grupo de asalto se apoderaría muy pronto de la nave y al menos entonces Ulaha seguiría viva. Sintió un fogonazo de alarma por parte de Alema y de desconcierto de los barabeles, pero no había duda de cuál era la sensación general del grupo. Estaban de acuerdo.
—Cabezona, piensa con cuidado antes de contestar —dijo Duman Yaght—. Puede que sea tu última oportunidad. ¿Existe una base Jeedai?
«¡Díselo!», quiso gritar Jaina.
—Ya conoces… la respuesta —jadeó Ulaha.
—Lo siento, cabezona. No me basta con eso.
«¡Díselo!».
—¡Sí! —gritó Ulaha.
El grupo exhaló un suspiro emocional de alivio, pero esta vez Alema parecía preocupada y los barabeles tristes.
—Sí ¿qué? —exigió Duman.
—Sí, hay una base Jedi —dijo Jaina, gritando a la pared—. ¡Ya lo ha admitido! Ahora déjala descansar.
—¡Jaina, cállate! —siseó Alema—. Intenta romper…
La advertencia fue interrumpida por un chasquido hueco, y Jaina miró para ver un yuuzhan vong sosteniendo la culata de un anfibastón sobre la forma inconsciente de la twi’leko. Jaina sintió una oleada de rabia proveniente de los demás, pero ella sólo sentía culpa. Había sido su estallido lo que motivó a Alema a hablar sin permiso.
Duman Yaght dijo algo en su propio idioma, y el guardia arrojó un pequeño escarabajo con forma de botón al suelo junto a las muñecas y tobillos de Jaina. La gelatina blorash dejó de sujetar la carne de la humana y se deslizó para envolver el insecto. El guardia puso en pie a Jaina y la volvió hacia el centro de la sala, donde el comandante estaba parado sosteniendo la mano de Ulaha sobre las cerdas sensoriales del voxyn. La piel normalmente pálida de la bith se había vuelto translúcida por la pérdida de sangre, y estaba tan débil que un guerrero yuuzhan vong debía sostenerla para que se tuviera en pie. El resto del grupo de asalto estaba sentado a lo largo del borde de la pequeña cala, parcialmente vestidos, sucios y mirando a la pared. Sólo faltaba Ganner, cuya presencia sentían a veces y otras veces no la sentían en absoluto.
Duman Yaght estudió a Jaina y preguntó:
—¿Crees que no mantendré mi palabra?
Jaina fijó la mirada en la mano de Ulaha.
—Eso está por verse.
El comandante parecía confuso por su tono desafiante, y entonces se recobró y sonrió.
—Muy bien. Tú eres quien manda aquí.
Le dijo algo al guardia que sujetaba a Ulaha, el cual devolvió a la herida Jedi a su sitio junto a Tekli, colocando a la bith tumbada de espaldas, en vez de en la incómoda posición sentada en que estaban sujetos todos los demás.
—La bith puede descansar y curarse —Duman Yaght sonrió a Jaina—. Y tú decidirás por cuanto tiempo.
Jaina empezó a sentirse mareada y asustada, pero se obligó a alzar la cabeza y avanzar sin que se lo ordenaran. La inundaron cálidos sentimientos de ánimo y confianza cuando los demás acudieron a ella para prepararla ante la ruptura. Confiaba mucho en que no dejaría que el voxyn la matara, al haber fanfarroneado Duman Yaght ante ella del lugar que le habían prometido en el Gran Sacrificio, así que tenía todos los motivos del mundo para pensar que, con el apoyo de sus compañeros, podría ganar tiempo suficiente para que Ulaha se sumiera en un trance curativo que estabilizara su pulmón herido.
Pero la confianza de Jaina no bastaba para que dejase de temblar mientras se acercaba. Sólo la fortaleza que le llegaba a través de la Fuerza le había impedido gritar como un bebé la primera vez que Duman Yaght intentó romperla, y esta vez sería peor, mucho peor. El comandante no podía permitir que ella lo desafiara y menos con éxito, y había tantas formas de hacerle daño sin matarla, tantas cosas que mutilar o desfigurar o romper.
Un nuevo ímpetu de confianza recorrió a Jaina cuando Jacen le transmitió la determinación de Anakin de mantenerla ilesa, la admiración de Zekk por su valentía, el agotado agradecimiento de Ulaha, la tranquila seguridad de Tekli de que podrían repararse todas sus heridas. Se detuvo ante Duman Yaght y lo miró a la cara.
—Supongo que no esperarás que te dé las gracias.
Él le revolvió el estómago al agarrarla por la nuca.
—No es necesario.
La guió hasta la cabeza del voxyn. Aunque podía percibir en la Fuerza la malévola ansia de la criatura con urgencia carnal, la cosa parecía controlar sus instintos y temblaba de excitación mientras mantenía los ojos amarillos fijos en su amo a la espera de su orden. Éste se detuvo a un metro de sus fauces, y le giró la cara a Jaina para que viera las gotas de baba de olor acre que goteaban de las fauces del voxyn para aterrizar humeantes en el suelo. Jaina tragó saliva; tenía la espalda cubierta de círculos del tamaño de un pulgar allí donde la otra vez habían caído las gotas. Empezó a arrodillarse.
La mano de Duman Yaght se tensó y la mantuvo en pie.
—Esto no es lo que tenía en mente —la guió lejos del voxyn hasta la pared donde sus hermanos estaban sujetos al suelo.
—Elige.
—¿Qué? —Jaina sintió el shock de su demanda, no sólo en su estómago vacío sino en el aturdido ultraje que le llegaba por la Fuerza—. ¿Elegir qué?
—Tú eres quien manda, Jaina Solo. ¿Quién será el siguiente? —le dio una patada en los riñones a Anakin y luego a Jacen—. ¿Tu hermano, o tu gemelo?
—Los dos son mis hermanos —Jaina sólo se dio vagamente cuenta de que ahora Duman Yaght conocía su relación con Jacen—. Y no elijo a ninguno. Me elijo a mí.
Duman Yaght negó con la cabeza.
—Eso no lo decides tú. Tú decides si es Anakin o Jacen —volvió a darles una patada, arrancando gemidos involuntarios a ambos—. Elige uno, o me veré obligado a reanudar la ruptura de Ulaha. El Maestro Bélico conoce su herida, así que a nadie le parecerá raro que muera. Tú mandas ahora, Jaina Solo.
Jaina sintió un arrebato de ira y habría girado sobre sí misma para atacar a Duman Yaght, pero sintió un fogonazo de alarma de sus hermanos para que se contuviera. Los dos querían ser el elegido, algo que habría sabido hasta sin el enlace emocional del grupo, y su lazo con Jacen iba aún más allá. Podía sentir que para él eso era algo más que una cuestión de nobleza, que tenía buenas razones para creer que era la mejor elección. Jaina sospechaba que entre esas razones estaba el hecho de que Anakin necesitaría tener la cabeza despejada cuando llegara el momento de escapar, que esperaba que fuera pronto, pero no podía estar seguro de ello; ni siquiera el lazo entre gemelos era lo bastante fuerte como para compartir pensamientos completos.
—¿Tu elección? —pidió Duman Yaght.
—No puedes pedirme eso —dijo Jaina. Se dijo que Jacen, como facilitador del enlace mental, era tan importante como Anakin, pero la verdad era que no podía decidirse a hacer daño a ninguno. Aunque Anakin era un héroe de guerra y líder para todos los demás, siempre sería su hermano pequeño, alguien a quien cuidar, proteger y mantener lejos de todo daño. Y Jacen siempre había sido su mejor amigo, la persona que la entendía cuando ella no se entendía a sí misma, la presencia que la envolvía como una segunda piel. ¿Cómo podía elegir a uno de ellos? Apartó la mirada de Duman Yaght—. No puedo elegir.
—¿No? —su mano se cerró sobre su nuca y empezó a apartarla—. Entonces peor para la bith.
Anakin giró la cabeza.
—Puedes elegir, Jaina —sus palabras tenían el peso de la Fuerza, no tanto para forzarla a elegir como para dejarle claro que era una orden—. Puedes elegirme a mí.
La conexión de Jaina con los demás disminuyó cuando Jacen se retrajo. Miró a su hermano menor.
—Anakin…
—Cállate, Jacen —Anakin siguió mirando a Jaina—. Elige.
Duman Yaght la miró expectante.
—De todos modos, seguro que la bith se muere igual.
Jaina cerró los ojos.
—Anakin —dijo—. Coge a Anakin.
Duman Yaght hizo un gesto al guarda que estaba de pie detrás de sus hermanos, y entonces le dijo algo a otro que estaba junto a una de las membranas gelatinosas que cubrían las puertas de la cala. El guerrero cosquilleó la membrana hasta que ésta se apartó, y desapareció en la habitación contigua con una fina sonrisa de anticipación.
En vez de devolver a Jaina a su sitio ante la pared, Duman Yaght la obligó a seguir a su lado mientras sujetaban a Anakin boca abajo contra el suelo. El comandante hizo avanzar a su mascota, empezó a dar órdenes y Jaina se vio obligada a mirar durante el siguiente cuarto de hora.
Anakin no gritó en ningún momento, reafirmado por el apoyo del grupo de asalto. Hasta Duman Yaght chasqueó la lengua con admiración.
—Tu hermano encaja bien el dolor —dijo el comandante—. Quizá debamos intentar algo nuevo.
Ladró una orden, y el voxyn puso una pata sobre la espalda de Anakin. Las aguzadas garras estaban cubiertas de baba verde, el medio en el que prosperaban los retrovirus de las almohadillas de sus patas.
—¿Es miedo lo que veo en tus ojos, Jaina Solo? —preguntó Duman—. Entonces no hay necesidad de que te hable de las fiebres. Sabes lo que le pasará a tu hermano si recibe un arañazo.
—No decepcionarás a tus sacerdotes. —Jaina buscó a los otros mientras hablaba, compartiendo con ellos la inseguridad que ocultaban sus valientes palabras. La vacuna que les había puesto Cilghal estaba sin probar; podía acabar con todas las enfermedades o sólo con algunas, y no le apetecía experimentar con la vida de su hermano—. No cuando te han prometido un lugar en nuestro sacrificio.
—Cierto, pero piensa en el lugar que tendría si pudiera decirles en que región está la base Jeedai —dijo Duman Yaght—. Estaría a pocos niveles tras el Maestro Bélico, lo bastante cerca como para que pudieras ver la gratitud en mis ojos.
Jaina sintió un abrumador sentimiento de desafío, sin duda lo que sentía Anakin, transmitido por Jacen.
—Tendrás que mirar desde el fondo —replicó Jaina.
La mano de Duman Yaght se cerró en su cuello.
—¿Crees que no lo haré?
Lanzó un silbido cortante y el voxyn arañó la espalda de Anakin. Jaina sintió el shock a través de la Fuerza, pero, de algún modo, su hermano siguió sin gritar.
—Sobrestimas la valía de tu hermano —dijo Duman Yaght—. Los sacerdotes estarán contentos siempre que llegue con Jacen y contigo. Sois los gemelos.
Dijo la palabra gemelos como si fuera algún secreto de Estado. En eso había algo que no entendía, pero no importaba. De un modo u otro, Jacen y ella acabarían decepcionando tanto a los sacerdotes como a Duman Yaght.
El guardia que había salido antes reapareció en la puerta de la cala. Duman Yaght hizo que un par de guardias soltaran una masa de gelatina blorash en las dos patas traseras del voxyn, atrapando a la criatura en el lugar. Movieron a Anakin lejos del alcance del voxyn y lo aseguraron al suelo por un solo pie.
Esto era algo nuevo, y a Jaina no le gustaba como pintaba.
—¿Qué estás preparando, un duelo de miradas?
Duman Yaght sonrió.
—Sí, en cierto modo.
Asintió al guardia de la puerta, que se apartó y tensó la membrana para hacer pasar lo que parecía un árbol pequeño.
Tenía el tamaño de un wookiee adulto y una pequeña pero espesa copa de follaje. En el centro del tronco había un único nudo con un vidrioso orbe negro, que giró en dirección al comandante. Éste señaló al centro de la cala, y el árbol se tambaleo hacia delante sobre tres retorcidas y nudosas raíces.
A medida que la cosa se acercaba, la lengua bífida del voxyn se asomaba para saborear el aire. Se le erizaron las cerdas sensoriales del lomo, intentó encorvar el largo cuerpo y miró detrás de él.
El árbol estaba a unos siete metros de distancia cuando el voxyn enloqueció, siseó como loco y abrió surcos en el suelo mientras intentaba liberarse. La criatura parecía haber perdido toda su inteligencia, actuaba más como una bestia sin mente que como el astuto depredador que los Jedi habían aprendido a temer.
El árbol siguió avanzando y dos metros después Jaina perdió todo contacto con sus compañeros. Buscó con la Fuerza y no sintió nada. Entonces, mientras el árbol se acercaba y el resto del grupo de asalto luchaba por ver lo que los aislaba de la Fuerza, vio una forma de lagarto aferrada a la parte trasera del árbol, sin duda intentando esconderse del voraz depredador que luchaba por cogerlo.
—Un ysalamiri —dijo Jaina en voz alta. Estaba algo desconcertada porque normalmente creaban una burbuja de ausencia de la Fuerza mucho más grande—. ¿Qué vas a hacer con eso?
—Una pregunta interesante —Duman Yaght hizo una seña al guardia que había hecho entrar al árbol ambulante—. Enséñaselo.
El guardia avanzó y arrancó al ysalamiri de su escondite. Las garras en forma de gancho de la criatura arrancaron pedacitos de corteza del tronco, provocando en el árbol un dolorido rumor de hojas. El ysalamiri parecía medio muerto con sus vértebras sobresaliendo por todo su flaco lomo y con manchas rojas salpicando la piel lisa. El voxyn estaba loco por cogerlo, y saltaba y le sacaba la lengua al guardia mientras este depositaba la cosa en los hombros de Anakin.
El ysalamiri se deslizó por la espalda de Anakin y se agarró allí. El voxyn tiró de sus ataduras, amenazando con descoyuntarse las patas traseras.
—Los cuidadores no entienden porqué, pero los ysalamiri vuelven locos a los voxyn —dijo Duman Yaght—. Pierden su astucia natural. En experimentos similares a éste, los he visto arrancarse las patas para poder llegar hasta ellos.
—¿Y?
—Lo sabes. Tarde o temprano, el voxyn dejará de intentar comerse su problema y lo matará.
Jaina no podía apartar los ojos de su hermano, ahora tan cubierto de sangre que casi parecía vestido. En la cápsula de equipamiento había una forma de hacer salir al ysalamiri de la cala, pero Anakin y Ganner eran los únicos que podían activar los droides bélicos y hacer que llegasen hasta allí. Si morían los dos, los droides se activarían automáticamente para buscar a los supervivientes del grupo de asalto, que no era precisamente la forma en que Jaina quería resolver el problema del ysalamiri.
—¿En qué región encontraremos la base Jeedai? —preguntó Duman Yaght—. Tómate el tiempo que quieras para contestar. No tengo prisa.
Jaina apartó la mirada de Anakin. Ahora lo entendía. Al llevar tantas veces a Ulaha ante el voxyn, Duman Yaght no buscaba romper a la bith, sino al resto del grupo de asalto, y Jaina había sido la primera en ceder. Su cuerpo no era lo bastante grande para albergar toda la decepción que sentía. Lando se lo había advertido y era evidente que no le había escuchado.
—¿Soltarás a Anakin si contesto? —preguntó a su atormentador sin mirarlo.
—Si eso es lo que deseas —respondió Duman Yaght—. Tú eres quien manda.
—En el Núcleo —respondió Jaina. Técnicamente era así, aunque la única forma de llegar allí era mediante una hiperruta corta que bordeaba el Núcleo Interior—. Aunque no creo que sea una sorpresa.
Duman Yaght asintió.
—Confirma las suposiciones de los Lectores —asintió, y el guardia de Anakin le arrancó el ysalamiri, arrojándoselo luego al voxyn—. Nunca le niegues su recompensa a una bestia asesina.
—Lo tendré en cuenta —dijo Jaina. Cuando el voxyn se tragó su golosina, recuperó el contacto con la Fuerza y sintió una oleada de apoyo de sus compañeros—. ¿Qué pasa con mi hermano?
—Por supuesto. En cuanto me digas quién es el siguiente.
Jaina se descorazonó. Se esperaba algo así y sabía que sólo tenía una respuesta.
—Yo.
—No es posible.
—Es mi única respuesta.
—Entonces Anakin se quedará. Puede que muera.
—Dijiste que lo soltarías. Creía que los yuuzhan vong eran honorables.
El tono azul bajo los ojos del comandante se oscureció, pero se volvió hacia el guardia de Anakin y asintió.
—Devolvedlo a su sitio y traed a la bith.
Jaina sintió un torrente de emociones conflictivas procedentes del resto del grupo de asalto. Algunos parecían temer por Ulaha, otros apoyaban su actitud desafiante, pero Jacen hizo destacar una emoción por encima de las demás; la calma y determinación de Anakin. Tenía un plan, Jaina no sabía cuál era, pero el mero hecho de saberlo le daba fuerzas para guardar silencio.
A tres metros de la pared, Anakin escapó del control de su guardia y, tras gritar a Ulaha que despertase, corrió hasta ella. Se puso de rodillas y susurró frenéticamente en su oído. Los ojos sin párpados de Ulaha continuaron mirando inexpresivos al techo, pero un asomo de decepción en la Fuerza sugería que estaba más alerta de lo que parecía. Anakin consiguió decirle media docena más de palabras antes de que un guardia le golpeara en la cabeza con un anfibastón. Se sumió en un lugar de silenciosa oscuridad y ni siquiera la aprensión del grupo de asalto pudo traerlo de vuelta.
El guardia lo sujetó en su sitio con gelatina blorash, liberó a Ulaha y, sin soltar el anfibastón que llevaba en la mano, arrastró a la bith al centro de la cala. El voxyn intentó mirarlos de frente, pero seguía teniendo las patas sujetas y se conformó con vigilarlos con un ojo. La criatura parecía volver a estar en posesión de sus facultades, pero su hambre ardía en la Fuerza con el calor de un disparo láser.
Ulaha estaba demasiado débil para sostenerse sola, temblaba visiblemente y no parecía dispuesta a alzar la mirada del suelo. Lando había dicho que tendrían que hacer cosas que no coincidirían muy bien con sus conciencias, pero Jaina no podía creer que se refiriera a no hacer nada mientras los yuuzhan vong mataban a uno de los suyos.
—Tú eliges, Jaina —Duman Yaght retorció su escarificado rostro para formar algo semejante a una sonrisa—. Un nombre o una vida.
Jaina buscó a Eryl Besa en la Fuerza, buscando alguna señal de que ya habían atravesado la zona de guerra, de que por fin podían llamar a los droides bélicos para que los sacaran de esa situación. No obtuvo esa confirmación. Bajó la cabeza. Sólo había un modo de corregir su error, sólo un modo de vencer la ruptura, pero no podía animarse a permitir que Ulaha muriese, no podía decir las palabras que la matarían.
—Es el último nombre —dijo sin alzar la mirada.
—Si lo deseas así.
El tono burlón de Duman Yaght le provocó una profunda humillación. Jaina estaba rota. Lo sabían todos.
Oyó la débil voz de Jaina, y percibió un sentimiento de vergüenza no muy diferente al suyo.
—No lo hagas, Jaina… No dejes que me utilicen…
La silenció una bofetada.
—El nombre, Jaina —pidió Duman Yaght—. ¿Quién es el siguiente?
Jaina alzó por fin la mirada y vio a Ulaha luchando por poder ganar pie. El guardia prácticamente tenía colgando a la bith por el brazo, sujetando su mano sobre las cerdas sensoriales que surcaban el lomo del voxyn.
Ulaha se volvió hacia Jacen.
—Dame fuerzas —jadeó.
—¡Silencio! —el guerrero agitó a Ulaha e hizo que se sostuviera por sí sola.
La Fuerza acudió a ella con ánimos, apoyo y algo más, algo eléctrico y puro, como la descarga de una pistola aturdidora. De pronto, Ulaha encogió las piernas bajo ella. La extraña energía continuó fluyendo a través de la Fuerza, y la bith se hacía más fuerte por momentos, y bajó la mano… hacia las cerdas sensoriales. El guardia hacía lo que podía para impedir que se empalase la mano.
Jaina se sintió mal. ¿Era ese el plan de Anakin? La ira que brotaba de Jacen dejaba muy claro lo que pensaba, pero Jaina no podía creer que Anakin ordenase a nadie que se quitara la vida, no cuando aún seguía tan afectado por la muerte de Chewbacca.
Ulaha estaba demasiado débil para bajar la mano hasta el final. Pareció renunciar a ello, y entonces le quitó a su captor el coufee de su funda y lo pasó por el cuello del yuuzhan vong, haciendo brotar una catarata de sangre. Con una agilidad imposible para alguien tan herido, Ulaha lo lanzó por encima del hombro, de espaldas contra la cola del voxyn.
La punta se rompió contra la armadura de cangrejos vonduun del guerrero. Duman Yaght gritó una orden que hizo entrar a media docena de guerreros. El voxyn abrió la boca para chillar, y Jaina creyó que a Ulaha le había llegado el fin. Entonces Jacen interrumpió la fusión de combate, y Jaina sintió como intentaba sintonizar con las emociones del voxyn, intentando insuflarle la idea de que el ataque de Ulaha sólo era una distracción, y que el verdadero peligro estaba en los yuuzhan vong que entraban por su flanco. Era una jugada a la desesperada, que podría estropear la misión si Duman Yaght llegaba a entender la forma en que lo estaban manipulando. Jaina no esperaba menos de un Solo.
El voxyn movió la cabeza y eructó una burbuja de mucílago verde sobre el guardia más próximo. El yuuzhan vong se tambaleó media docena de pasos más, gruñendo, gritando, disolviéndose. Ulaha aprovechó la distracción para deslizarse hacia delante y hundir el coufee entre los ojos del voxyn.
La criatura se estremeció y cayó al suelo entre convulsiones, y hasta éstas cesaron cuando la bith retorció la hoja. Sangre púrpura rezumó alrededor de la herida, convirtiéndose en humo marrón al entrar en contacto con el aire. Ulaha se tambaleó hacia atrás llevándose una mano a la cara. Dio un paso más y se desplomó.
Los guardias supervivientes se detuvieron ante la nube marrón. Duman Yaght ladró algo cortante y un guardia arrojó una bola de bioacelerador al cuchillo coufee, sellando la herida. Otro se tapó la boca y la nariz y corrió a recuperar a Ulha.
Ella permitió que el guardia la apartara de la nube de toxinas, y luego encogió las piernas bajo el cuerpo y se puso en pie. Ojos yuuzhan vong muy abiertos y bocas yuuzhan vong muy abiertas traicionaron su sorpresa al ver incorporarse a alguien con el cuerpo tan maltrecho, y hasta Duman Yaght se quedó sin aliento.
Al otro lado de la cala se oyó un siseo familiar; los tres barabeles reían histéricamente, mirando hacia atrás con sus ojos reptilescos vidriosos por el agotamiento.
Jaina se permitió una sonrisa y volvió a mirar a Duman Yaght.
—¿No tendrás otro voxyn con el que divertirnos?
El yuuzhan vong se la quedó mirando y, para sorpresa de ella, sonrió.
—Sería una imprudencia, ¿no crees? Ya entiendo por qué el Maestro Bélico está tan decidido a exterminar a los Jeedai —hizo un gesto hacia dos guardias y la arrojó en sus brazos—. Te diré que se han acabado los juegos, Jaina Solo. Si ahora intentas alguna cosa, las consecuencias serían fatales.
—Puede —dijo Jaina, devolviéndole la sonrisa—. Pero no para nosotros.
El comentario despertó sentimientos de alarma en muchos del grupo de asalto, pero Jaina supo por la repentina oscuridad bajo los ojos de Duman Yaght que había dicho justo lo que debía decir. Éste dio media vuelta, llamando ya al Lector de estrellas para que trazara un rumbo más rápido para llegar a la cita.