CAPÍTULO 1
Ante ella apareció sigilosamente la oscura astilla de un distante crucero estelar, la aguja azul de su estela de iones la empujaba a través del inmenso arco de un brillante sol anaranjado. El sol, al igual que un millón de soles semejantes de la región del Núcleo, carecía de mundos con alguna civilización o especie inteligente, y era muy poco importante para merecer un nombre que no fuera un obsoleto número de clasificación imperial. Jaina Solo pensó que no debería haber necesidad de lucha con tanto vacío y tantos planetas vírgenes, que debería haber sitio para todos. Pero, como decía su madre, siempre fue más fácil robar la comodidad que ganársela, más fácil romper la paz que mantenerla, y los yuuzhan vong habían invadido una galaxia que habría podido acogerlos con brazos abiertos. Jaina sabía que los alienígenas seguían sin entender su error, pero un día… Un día los Jedi se lo enseñarían.
R2-D2 gorjeó una pregunta desde su puesto droide en la parte trasera del puente de vuelo del Sombra de Jade.
—Sigue conectado, Erredós —dijo Jaina sin volverse—. Aún no han enviado la señal, y Mara necesita descansar.
El droide silbó una larga objeción.
Jaina miró las lecturas del interfaz, y alzó las manos al cielo.
—Vale. Si eso es lo que te dijo, ve a despertarla.
R2-D2 se desconectó y rodó chirriando hasta el camarote del pasajero, dejando a Jaina sola en la carlinga del Sombra de Jade. Incluso estando en órbita estacionaria, con todos los sistemas apagados y los motores iónicos fríos y en reposo, seguía sintiendo la nave más como una armadura de combate ajustada al cuerpo que como una nave estelar de setenta toneladas. El asiento de forma adaptable, el timón vertical y la amplia pantalla visora le producían la sensación de estar flotando en pleno espacio, mientras el nuevo localizador retinal mantenía los datos holográficos de la nave centrados justo bajo su visión frontal. Las comunicaciones y contramedidas podían controlarse desde una panoplia de palancas en el regulador de potencia, mientras un conjunto similar en el timón se ocupaba de sensores, armas y escudos. Hasta el sistema de soporte vital podía regularse con la voz gracias a una unidad astromecánica conectada al puesto droide de la cubierta de vuelo. Era la carlinga perfecta, y Jaina pensaba duplicar hasta el último detalle de la misma cuando llegara el momento de tener nave propia, sobre todo la disposición de los asientos, con el piloto aislado y más al frente, y el navegador y el copiloto sentados codo con codo tras ella. Eso era lo que más le gustaba.
La ensoñación de Jaina fue interrumpida por una sensación repentina de profunda inquietud, una inesperada perturbación en la Fuerza que aumentó enseguida hasta ser una extraña sensación de frenesí. Se abrió aún más a ella y experimentó un instante de terrible añoranza y de ansia abrumadora, no malvada, pero siniestra y animal, lo bastante brutal como para sobresaltarla y hacer que se encogiera ante su contacto.
Un sudor frío le recorrió la frente, y Jaina deslizó la palanca del comunicador situada en el regulador y llamo a Mara para que se presentara en el puente. Estudió los sensores mientras esperaba. No había nada inesperado, pero sabía mejor que nadie que no debía depositar mucha fe en los instrumentos. Habían puesto el Sombra en la órbita del planeta más cercano al sol naranja, una bola de magma con un anillo de escombros a poco más de veinte millones de kilómetros de la estrella. Sin tener a R2-D2 en su puesto ajustando constantemente la resolución, sólo conseguía distinguir la descarga electromagnética.
Captó un atisbo de movimiento en los reflejos de la pantalla visora y miró la retícula de activación de la parte central de la carlinga. Una pequeña sección de plexialeación se opacó para hacerse espejo, y vio la esbelta forma de Mara Jade Skywalker entrando en el puente. La melena de oro rojizo de Mara era una maraña de cabellos enredados, pero no tenía la tez tan cenicienta ni muchas ojeras en los ojos verdes. Jaina se levantó, sintiéndose como una niña a la que le han pillado con la mano en el dispensador de dulces, y se volvió para ceder el puesto de piloto.
Mara hizo un gesto de la mano para que se sentara.
—Siéntate. Es tu puesto —dijo, dejándose caer en la silla del navegante, endulzando el aire filtrado con un toque de talco y esterilimpio que parecía seguir acompañándola aunque su hijo estuviera a miles de años luz de distancia. Alzó el mentón hacia el distante crucero—. ¿Esos son nuestros folloneros?
—El transpondedor lo identifica como el Cazador de Nebulosas —dijo Jaina. R2-D2 volvió a conectarse al puesto del droide y confirmó la identidad con un gorjeo—. Pero no ha emitido ninguna señal de encuentro, y hace un momento sentí algo… extraño, en la Fuerza.
—Aún sigue ahí —asintió Mara—. Pero no creo que sean nuestros pasajeros. Es una sensación peculiar.
—Todo esto es peculiar —dijo Jaina. El Cazador de Nebulosas era un crucero corelliano de mil metros de eslora con un motor subluz Hoersch-Kessel fabricado a medida que ya había recorrido la mitad de la superficie del sol. Ahora era tan grande como el dedo de Jaina, con una cola de flujo azul tres veces esa longitud—. Siguen sin enviar la señal. Igual deberíamos concederles otra órbita, para luego escondernos tras el planeta y salir echando iones.
Mara negó con la cabeza.
—Luke tiene razón sobre esas dos. Con tanto presumir de sable láser están consiguiendo que maten a la gente. Será mejor llevárnoslas mientras necesiten que las lleven —se echó la red antimpacto sobre los hombros y cerró la hebilla—. Pero vayamos preparadas. Adelante.
—¿Yo? —aunque Jaina ya había pilotado antes el Sombra de Jade, había sido su tía quien había pilotado hasta allí, quizá por ser la primera oportunidad que tenía de pilotar su amada nave desde que dio a luz a Ben, o quizá sólo fuera porque necesitaba tener la mente ocupada en su primer viaje lejos de su hijo—. Es tu nave.
—Quiero dormir un poco más. Hasta que no se tiene un hijo ni te imaginas el lujo que supone eso —Mara guardó silencio por un momento, antes de añadir con severidad—: Y no es que sugiera que lo descubras.
—¡Entendido! —la carcajada de Jaina tenía un punto de nostalgia. Con diecinueve años, había salido con chicos, pero la guerra la había mantenido demasiado ocupada como para mantener una relación seria. En esos momentos estaba con un permiso temporal del Escuadrón Pícaro, hasta que disminuyese el sentimiento en contra de los Jedi del Senado—. Como si tuviera tiempo.
Jaina alargó la mano para activar los motores iónicos, pero se detuvo ante un silbido de alarma de R2-D2. El holodespliegue de control se contorsionó en una sucesión enloquecedora de formas y colores, asentándose luego en la imagen de una pequeña nave en forma de tubo que se dirigía hacia ellos muy por debajo del luminoso resplandor de la corona anaranjada del sol.
—Eso explica su silencio —dijo Mara. Aunque el puesto de navegador carecía de hologramas de control, estaba rodeado por una batería completa de pantallas convencionales—. ¿Podemos con ella, Erredós?
En las dos pantallas apareció un mismo mensaje, informando a Jaina y Mara que la representación no era a escala. Una serie de lecturas de los sensores empezaron a mostrar el verdadero tamaño, velocidad y probable composición del casco de la nave. Jaina lanzó un silbido suave y miró a través del cristal tintado de la ventanilla, donde la moteada silueta del recién llegado se acercaba al Cazador de Nebulosas.
—Parece el equivalente a una de nuestras fragatas —dijo Jaina—. ¿Qué quieres que hagamos?
—Lo único que podemos hacer —en la voz de Mara había una nota de precaución que habría sido ajena a ella antes de que naciera Ben—. Reducir los sistemas al mínimo y esperar.
* * *
A bordo del Cazador de Nebulosas, las hermanas Rar estaban en los aposentos privados del capitán Pollux, de pie ante la videoconsola del puente, hombro con hombro, sus largas colas de cabeza —lekkus— retorciéndose nerviosas mientras veían como un gran pedazo de coral yorik se desprendía de la fragata y se dirigía hacia ellos. La nave pequeña era basta y agujereada, más parecida a un asteroide excavado que a una nave de trasbordo, pero los sensores indicaban que transportaba al menos cien guerreros. También había otra criatura más grande y fría, pero las hermanas no necesitaban la lectura de los sensores para saberlo. Al buscar con la Fuerza pudieron sentir la misma presencia hambrienta que las había tocado cuando la fragata apareció detrás del sol. Fuera lo que fuera lo que llevaban los yuuzhan vong a bordo, estaba sintonizado con esta galaxia como nunca lo estarían sus dueños.
Alema aisló la signatura de calor de la criatura y pidió al ordenador que encontrara un equivalente, y luego se volvió para ver a Numa sacando sus disfraces del baúl del capitán: unos diáfanos velos de baile, algo de maquillaje y poco más. Se habían pasado todo el año anterior dirigiendo un feroz movimiento de resistencia en el mundo ocupado de Nueva Plympto, y estaban seguras de ser el objetivo de la partida de búsqueda que iba en esa nave. Afortunadamente, su enemigo estaría buscando una sola mujer humana, en vez de dos bailarinas twi’leko; como jefes de la resistencia, habían tomado la precaución de no aparecer nunca juntas y siempre disfrazadas, con el lekku oculto bajo la capucha de la túnica Jedi.
Para cuando las hermanas se despojaron del mono de piloto y regresaron ante la videoconsola, los yuuzhan vong ya desembarcaban dentro del Cazador. Eran media cabeza más altos que los humanos normales y mucho más anchos, con ceños sin cejas y ojos caídos ribeteados por membranas azules. Sus brutales rostros habían sido alterados para parecer correosas máscaras de cartílagos separados y carne arrancada, y sus poderosos cuerpos estaban adornados con tatuajes religiosos y desfiguraciones rituales. La mayoría de ellos llevaban armaduras vivientes de conchas de cangrejos vonduun, y portaban el ubicuo anfibastón, una serpiente que podía convertirse a voluntad en porra, bastón de lucha o látigo de envenenados colmillos. El más horrible de los guerreros, un bruto cargado de espaldas que sólo tenía oscuras cavidades donde debía haber una nariz, se abrió paso, empujando con arrogancia, entre los guardias que rodeaban al capitán Pollux.
—¿Tenéis Jeedai a bordo?
—No —mintió Pollux con convicción—. ¿Nos habéis detenido por eso?
El guerrero ignoró la pregunta del capitán.
—¿Venís de Talfaglio… o de Sacorria?
—No pensarás que voy a decírtelo —dijo Pollux—. Que yo sepa, toda nuestra galaxia está en guerra con vosotros.
La réplica consiguió una reticente sonrisa de respeto.
—Sólo somos una nave guía, capitán, y usted transporta refugiados. No tiene nada que temer de nosotros… Siempre que me diga ahora mismo si hay Jeedai entre sus pasajeros.
—No tenemos —Pollux no apartó la mirada al contestar, y la voz no se le quebró. Hasta los capitanes de las nave estelares civiles sabían que los yuuzhan vong eran ciegos a la Fuerza—. Es libre de buscar.
El guerrero sonrió.
—Lo soy capitán, lo soy —miró hacia su nave de embarque y ordenó en su propia lengua—: Duwin tur voxyn.
En la parte trasera de la nave empezó a abrirse una grieta, el coral yorik se frunció hacia fuera como si tuviera labios. En la oscuridad aparecieron dos ojos ovalados y amarillos, y Alema sintió que el ansia en la Fuerza se hacía más claro. Entonces, cuando la abertura alcanzó el medio metro, un rayo de ébano saltó por ella y aterrizó en la cubierta en un remolino de negrura.
—¡Nubes de fuego! —exclamó Numa.
La criatura —el voxyn, supuso Alema por lo que había aprendido del lenguaje yuuzhan vong— empezó a pasearse por la cubierta sobre ocho arqueadas patas. Aunque no era más alta que una cintura humana, tenía más de cuatro metros de largo, una cabeza plana y un ondeante cuerpo cubierto de escamas negras. Una hilera de ásperas cerdas sensoriales le recorría la columna vertebral, y una punta blanca sobresalía del extremo del restallante látigo que tenía por cola. La bestia dio una sola vuelta alrededor del capitán y sus asustados guardias, y luego se dirigió hacia la parte trasera de la cubierta de atraque.
En la videopantalla, Pollux miró con fijeza al guerrero yuuzhan vong.
—¿Por qué han traído esa… esa cosa a mi nave?
El guerrero derribó al suelo a Pollux con un revés de la mano.
—No podrías creértelo aunque te lo dijera —dijo riéndose.
Aunque no parecía haber peligro de que los guardias de Pollux atacaran, éste les hizo una seña para que no se movieran y se puso en pie con toda la dignidad que le fue posible.
Alema hizo rotar el estrecho haz de la antena en dirección al oscuro planeta donde les estaría esperando la nave de encuentro, tecleó un canal de comunicaciones secreto Jedi y empezó a transmitir lo que estaban viendo. La cercanía del sol naranja interferiría la señal, pero las señales podían filtrarse, y eso siempre sería mejor que nada si ni Numa ni ella conseguían escapar.
El voxyn rodeó las lanzaderas y recorrió durante unos minutos más la cubierta de atraque, para entrar luego en un pasillo. Las hermanas lo perdieron de vista hasta que Alema encontró el escáner adecuado y para entonces ya se paseaba por el bulevar principal como si llevara toda la vida usando cintas deslizantes. Al otro lado del pasillo corría una compañía de yuuzhan vong cuya desconfianza por la tecnología sin vida les hacía ir por la banda estacionaria contigua. Con el tiempo acabaron renunciando a mantener la marcha y se dispersaron en grupos por la nave.
Alema fijó el escáner de vigilancia en el voxyn y durante la siguiente hora tanto Numa como ella lo vieron vagar por la cubierta de actividades principales del Cazador de Nebulosas, a veces dando vueltas alrededor de un refugiado petrificado o inclinando la cabeza, ante alguna erupción de ruido de alguna máquina. Al final, saltó a una decorativa fuente de agua y empezó a dar vueltas alrededor de la estatua de un erizo estelar mon calamari, con las cerdas sensoriales erizadas y los ojos amarillos fijos en el techo. Alema volvió a la holoconsola con aire desamparado y buscó un plano tridimensional de la nave. Tras unos pocos ajustes, tuvo claro que el camarote del capitán Pollux estaba justo encima de la criatura, diez niveles más arriba.
—Qué desagradable —dijo Numa. Las puntas de su lekku se agitaron—. Parece saber cuál es nuestro paradero.
—Eso no tiene sentido —Alema buscó con la Fuerza y sintió la misma agitación ansiosa de antes, pero esta vez mucho más fuerte y claramente debajo de ella—. A no ser que use la Fuerza para localizarnos.
Un estremecimiento recorrió el lekku de Numa, mientras ésta miraba a Alema por el rabillo de su ojo rasgado.
—Tienes un don para encontrar la explicación más alarmante, hermana.
—Alarmante, pero no improbable —repuso Alema señalando a la videopantalla, donde el voxyn corría pasillo abajo hacia el ascensor más cercano.
Numa estudió la escena un momento.
—Parece que con motivos. Igual deberíamos desaparecer.
Dedicaron un momento a meditar, para recogerse en su interior y anular su presencia en la Fuerza. Cuando no pudieron sentirse la una a la otra, Alema volvió a mirar a la videopantalla. El voxyn acababa de llegar al turboascensor. Golpeó el panel activador con una zarpa delantera e introdujo en el hueco cilíndrico la parte delantera del cuerpo, dejando que la corriente repulsora metiera el resto de su cuerpo en el ascensor. Alema siguió el recorrido del ascensor hasta una zona situada a menos de cien metros de ella, quizá el doble de distancia, para cuando la criatura encontrase el camino por entre la red de pasillos.
—Es inútil, hermana, sigue percibiéndonos —se volvió hacia el zurrón que contenía sus ropas y los sables láser—. Podemos sorprenderla cuando salga del ascensor.
—¿Y luego qué? —preguntó Numa—. Esos caracortadas sabrán que el capitán Pollux les mintió.
—Lo sabrán de todos modos cuando eso empiece a arañar la puerta de su camarote —lamentando no tener tiempo para vestirse más adecuadamente, Alema sacó el sable láser del zurrón de viaje y activó la hoja plateada—. Y prefiero poder llevarme unos cuantos yuuzhan vong por delante.
—No. No pienso permitirlo, no después de lo de Nueva Plympto —la interrumpió Numa, apagándole el sable láser.
Los yuuzhan vong, frustrados por la testaruda resistencia del planeta, habían liberado en él una plaga destructora que había despojado todo el planeta de vida. Las hermanas y unos cuantos miles de supervivientes más contemplaron la destrucción desde una pequeña flota de cargueros de mineral, huyendo al espacio apenas el enemigo abandonó el mundo muerto.
—Son yuuzhan vong, hermana. ¿De verdad crees que perdonarán al capitán que les mintiera?
—Difícilmente —Numa volvió a la consola—. Debemos hacerles creer que su criatura se equivoca.
Buscó un holograma que mostraba la fragata yuuzhan vong flotando a medio kilómetro de la cubierta de atraque de la Cazador de Nebulosas. A sólo doscientos metros, la nave enemiga no era sino una pequeña fracción del tamaño del crucero estelar, pero los nódulos de armamento que erizaban su flanco no dejaban lugar a dudas acerca de sus capacidades destructoras.
Alema comprendió enseguida lo que pensaba su hermana.
—Cogeremos la nave de escape por el camino.
Devolvió el sable láser al zurrón de viaje y se lo lanzó a Numa, tras lo cual cogió un datapad de la mesa y lo conectó con la videoconsola del puente. Salieron de los aposentos del capitán y corrieron hacia el otro extremo de la cubierta de oficiales. Una vez ante el ascensor, Alema consultó el datapad para descubrir que el voxyn chapoteaba por una cubierta húmeda dos niveles más abajo. Tenía los ojos amarillos fijos en el techo, siguiendo sus movimientos.
—Sabe que nos movemos —dijo.
—Pero su sentido de la distancia es malo —Numa siempre fue la optimista—. ¿Adónde vamos?
Alema buscó un gráfico de los puntos de evacuación de los niveles medios y eligió el que estaba en el lado más alejado de la fragata yuuzhan vong.
—Cubierta de ingeniería, mamparo cuarenta y dos —realizó un escaneo transversal de seguridad y encontró un grupo de yuuzhan vong destrozando un droide en control gravitacional—. Habrá que engañar a un grupo de caracortadas.
—¿Ruta alternativa?
Alema buscó en las otras estaciones de evacuación y negó con la cabeza.
—Ninguna, a no ser que abandonemos el paraguas antisensores del Cazador.
—Eso está fuera de cuestión —dijo Numa, las puntas de su lekku se curvaron hacia dentro—. Habrá que ir al desnudo.
—¿Al desnudo? —era como llamaban en Nueva Plympto a esconder las armas y disfrazarse de esclavas—. A ti no te ha dado bastante el aire. ¡No pienso abandonar el sable láser!
—¿Prefieres arriesgar la vida de todos los que viajan a bordo? —Numa sacó el sable láser del zurrón de viaje y giró el mango hasta abrirlo, luego sacó el cristal de Adegan de su montura y se lo puso en el ombligo con unas pocas gotas de pegacarne. A través de la vaporosa tela, la joya dorada parecía parte de la decoración de una bailarina—. ¿Crees que semejante egoísmo es digno de la memoria de Daeshara’cor?
Alema tensó los lekku y permitió que le golpearan la espalda. Aunque Daeshara’cor no hubiera sido exactamente su Maestra, sí había sido su descubridora. La Jedi había identificado los talentos innatos en la Fuerza de las hermanas Rar durante una de sus infrecuentes visitas a Ryloth y las había rescatado de uno de los antros de ryll más siniestros de Kala’uun, disponiendo luego su transporte a la Academia de entrenamiento Jedi. Alema suspiró y alargó la mano.
—Si no hay más remedio.
Numa le puso el sable láser en la mano. Alema le quitó el cristal de Adegan y se lo pegó en el ombligo. Arrojaron a un tubo desintegrador las túnicas Jedi y lo que quedaba de sus armas, y entraron en un ascensor para bajar veinte niveles hasta la cubierta de ingeniería, dejando el zurrón tirado en el suelo del umbral del ascensor. No era un sabotaje tan evidente como destruir el panel activador, pero igual de efectivo. El circuito que evitaba colisiones mantendría el ascensor paralizado hasta que se quitara el objeto de riesgo.
—Es hora de aparentar frivolidad —dijo Alema.
Buscó un emotidrama banal en el datapad y se dirigieron hacia el mamparo cuarenta y dos. A medida que recorrían el pasillo miraban en las habitaciones por las que pasaban llamando a voz en grito a alguien llamado Travot. Cuando llegaron a la sala de control, un guerrero yuuzhan vong les salió al paso. Sólo tenía tres largas cicatrices en cada mejilla y una única oreja desfigurada, por lo que era evidente que se trataba de un guerrero de escaso rango. Las hermanas se pegaron a la pared del pasillo y empezaron a pasar por su lado, haciendo lo posible por parecer sorprendidas y asqueadas.
Él les bloqueó el paso con el anfibastón bajado.
—¿Adónde vais?
—¿A… a ver a Travot? —Numa hizo que su tono pareciera asustado y dubitativo—. Trabaja en la sala de bobinas.
—¿La sala de bobinas? —repitió el yuuzhan vong.
Alema se encogió de hombros y volvió a mirar el datapad, como si no pudiera dejar de mirar el emotidrama.
—Es donde trabaja.
En el pasillo apareció otro yuuzhan vong, éste con la nariz rota y la cara llena de cicatrices de un oficial de rango menor. Examinó brevemente a las hermanas y, al ver que no tenían dónde esconder un sable láser bajo su atuendo de bailarinas, señaló por donde habían llegado.
—Esta nave está siendo confiscada. Volved a vuestros camarotes.
Numa y Alema pusieron cara de miedo y confusión y no se movieron de donde estaban.
—¡Obedeced! —dijo el subordinado.
—No, no podemos —dijo Alema.
—Han precintado la cubierta de personal —dijo Numa—. Y han cerrado nuestra estancia.
—¿Lo ves? —Alema buscó un plano de la nave y enseñó el datapad al oficial—. No tenemos adonde ir.
—¡No me contamines con tus máquinas profanas! —el oficial golpeó el instrumento que sostenía Alema, tirándolo al suelo y destrozándolo luego con el tacón. Entonces, le hizo un gesto a alguien de la sala contigua—. Traed a la infiel que hace máquinas.
En el umbral apareció un tercer yuuzhan vong llevando una hembra humana moteada de cardenales. Tenía una herida en el párpado que le manchaba un lado de la cara con sangre que olía a cobre.
—¿Tienes en tu brigada a alguien llamado Travot?
Numa vio como su hermana miraba a la ingeniera a los ojos y le daba un empujón apenas perceptible con la Fuerza, implantando en ella la idea de que conocía a Travot. Aprovechó la insensibilidad de los yuuzhan vong a la Fuerza para sentir la presencia de más de un centenar de seres en la zona inmediata, la mayoría asustados, unos pocos furiosos o doloridos. No percibió a los invasores, claro; los yuuzhan vong seguían siendo tan invisibles para la Fuerza como ésta para ellos, pero sí sintió la presencia hambrienta del voxyn descendiendo hacia ella. Había encontrado otro ascensor.
La ingeniera habló por fin, tras un momento de confusión.
—En ingeniería hay un Travot, pero no está en mi equipo.
El oficial miró a las dos hermanas, seguramente intentando colegir cuál era el procedimiento adecuado para tratar con ellas. Alema decidió ayudarlo limitándose a asumir que ya tenía la respuesta que buscaba, una forma sutil de incentivarlo que tanto su hermana como ella habían aprendido a utilizar en los antros de ryll en Kala’uun.
—A ingeniería se va por ahí, ¿verdad? ¿Es en el mamparo cuarenta y dos?
—Así es —dijo la ingeniera—. Mamparo cuarenta y dos.
Alema se puso a la altura de su hermana y miró el anfibastón que les bloqueaba el paso. El subordinado miró a su oficial, que frunció el ceño e hizo gestos hacia el pasillo.
—Ve con ellas y vuelve.
No queriendo que el guerrero fuera delante, las hermanas sortearon el anfibastón y caminaron pasillo abajo. Los mamparos eran simples arcadas estructurales que aparecían cada diez metros, pero cada una contenía una puerta de fino duracero que se cerraba al menor indicio de descompresión. Las puertas también podían bajarse con la voz, pero la tripulación había tenido el buen sentido de no usar el código para aislar así a las partidas de búsqueda yuuzhan vong.
A medida que recorrían el pasillo, Alema buscó con la Fuerza para confirmar que sí tenían al voxyn tras ellas, en el mismo nivel y acercándose deprisa. Estaban en el mamparo treinta y tres, a noventa y nueve metros de la cápsula de evacuación.
—Tengo frío, hermana —Alema se frotó los brazos desnudos—. ¿Sientes el frío?
—Silencio —ordenó su guardia—. Tus quejas son un insulto para los dioses.
La mano de Alema ansiaba su sable láser.
El lejano repiqueteo de las zarpas sobre el metal reverberó en el pasillo detrás de ellas. Miró por encima del hombro y vio una cosa de tinieblas avanzando por túnel estéril.
—¿Qué es eso? —dijo con un sobresalto, encontrando muy difícil simular que no lo sabía—. ¿Qué hace eso?
Numa miró hacia atrás, soltó un chillido muy convincente y corrió pasillo abajo agitando los brazos. Alema gritó y corrió tras ella, dejando que el sorprendido guardia corriera tras ellas gritando que se detuvieran. Cuando cruzaron el mamparo treinta y ocho, primero gritó asombrado y luego lanzó un grito enfurecido en su propio idioma cuando el voxyn lo derribó.
Alema no miró atrás.
—¡Cerrar mamparo treinta y ocho! —gritó—. ¡Código de autorización: nébula rubantine!
La puerta del mamparo se cerró tras ellas con un golpe y se selló herméticamente con un siseo, resonando con fuerza cuando el voxyn chocó con ella. Alema sabía que cerrar la puerta atraería la atención del comandante yuuzhan vong, pero evitaría que les alcanzara el voxyn. Esperaba que esa cosa se hubiera partido el cuello, pero no tuvieron esa suerte. Volvió a golpear el duracero casi al instante.
Llegaron al mamparo cuarenta y dos. Numa se volvió hacia la pared exterior y golpeó el panel de la cubierta de salvamento con la palma de la mano.
—Atención: ha solicitado entrada a una cápsula de evacuación de la cubierta de salvamento —dijo el ordenador con la misma voz alegre de mujer que empleaba para anunciar los puestos para comer—. ¿Está segura de que desea continuar?
—¡Sí! —dijo Numa.
—Si continúa, una alarma sonará en Seguridad.
—Anular alarma. Código: Pollux ocho nueve seis —dijo Alema—. Salida confidencial.
—Anulación aceptada.
Cuando el iris de la cubierta de salvamento giró abriéndose, se oyó un chasquido suave proveniente del mamparo treinta y ocho y Alema supo que acababa de romperse el sello hermético. Lo primero que pensó fue que alguien levantaba la puerta desde el puente, pero entonces oyó la voz ahogada de la ingeniera.
La puerta se elevó y el voxyn se arrastró pasillo abajo, con los sensores erizados y la cola blanca azotando adelante y atrás. Los ojos amarillos de la criatura estaban fijos en el suelo mientras lamía el aire con una larga lengua bífida, y la mano de Alema ansió más que nunca poder empuñar el sable láser.
—Prepara la cápsula de evacuación —ordenó Numa, empujando a Alema hacia la luz azulada de la plataforma de lanzamiento—. Vamos, hermana.
Ésta se encontró mirando el morro del primitivo motor de cohetes de la cápsula. Apenas tenía un metro de largo, justo lo necesario para lanzar hacia el planeta habitable más cercano la cápsula con capacidad para albergar cien personas.
—¡Cierra el mamparo cuarenta y dos! Código de autorización: nébula rubantine —gritó Numa desde el pasillo.
—El código de emergencia del mamparo está suspendido temporalmente —repuso el ordenador con su voz suave—. Por favor, informe de cualquier emergencia válida a un ingeniero supervisor.
—¡Anular! —ordenó Numa—. ¡Y desconecta los sensores de seguridad! Código: Pollux…
Mientras Numa terminaba de recitar el código de autorización, Alema llegó al costado de la cápsula. Oyó un doloroso crujido procedente del pasillo de fuera, pero ya no podía ver lo que pasaba fuera de la plataforma. Presionó con la palma de la mano el panel de activación de la cápsula. La escotilla se abrió, mostrando un interior fuertemente iluminado y atestado con diez estrechas hileras de sillas de aceleración. Carecía de carlinga o de ventanillas, sólo tenía un droide piloto parado ante el único panel de control de la nave.
El droide señaló el asiento más alejado de la puerta.
—Bienvenida a la cápsula de evacuación cuatro-veinte-uno. Por favor, siéntese y espere a los demás pasajeros. No hay necesidad de…
—Preparado para un lanzamiento en frío —habría preferido la velocidad de un lanzamiento en caliente, pero entonces localizarían las toberas desde el puente y tenían que intentar escapar sin ser vistas, por mucho que las posibilidades se redujeran por momentos—. A mi señal. Código de autorización: Pollux…
—Ya se ha dado el código de autorización para la anulación —dijo el droide, volviendo a enfrascarse en su tarea—. No hay necesidad de repetir el código de anulación una vez se entra en la plataforma de lanzamiento.
Del pasillo le llegó un sonido de eructo y un grito de Numa. Alema salió de la cápsula de evacuación para ver como su hermana intentaba entrar tambaleándose en la plataforma, con los brazos levantados para taparse la cara. No acertó a cruzar la escotilla y tropezó con el dintel, para caer en el umbral. Tenía la cara y el pecho cubiertos por una siseante mucosidad marrón, y su lekku golpeaba enloquecido el suelo de duracero.
Alema no sintió el dolor de su hermana, como había oído que pasaba a veces entre hermanos sensibles a la Fuerza, pero recibió una clara impresión de lo que pensaba: temía quedarse ciega, pero más que eso temía que las descubrieran como Jedi y provocar así la muerte de más inocentes. Y estaba furiosa, furiosa ante su propio descuido al permitir que le sorprendiera la criatura.
—¡Hermana!
Alema saltó hacia Numa y vio al voxyn atrapado bajo el mamparo cuarenta y dos, forcejeando para pasar. Le sorprendió ver que seguía moviéndose pese a tener el torso casi aplastado. Las puertas de los mamparos tenían sensores de seguridad precisamente porque se cerraban con demasiada fuerza, sensores con códigos de anulación porque a veces podía resultar necesario que se aplastase algo para salvar la nave.
Se acercó a su hermana, y la criatura agitó el morro plano en su dirección y proyectó un chorro de saliva marrón a través de la escotilla. El ataque a su hermana la había preparado y se abrió a la Fuerza para, con un gesto casi inconsciente de los dedos, desviar el chorro de vuelta contra su atacante. El voxyn, rápido como el rayo, cerró los ojos y se apartó antes de que el moco lo tocara.
A Alema no le importó. Los pensamientos de Numa eran cada vez más incoherentes y distantes, sus gritos se convertían en gruñidos. Alema cogió a su hermana por debajo de los brazos, tocando el ardiente moco con los dedos, procurando no pensar en lo que esa cosa le estaría haciendo a la cara y los ojos de Numa.
—Busca tu centro, hermana —tiró de Numa hasta la plataforma de lanzamiento—. Deja que la Fuerza fluya en ti.
Numa se quedó completamente en silencio, y su mente alarmantemente en calma, pero entonces la calma se desvaneció dejando en su lugar una paz prolongada y un vago sentimiento de vacío. Alema gritó y empezó a bajar la mirada, pero sintió que el moco le quemaba los huesos de los dedos y supo que no tenía valor para mirar.
Alema cargó con el cuerpo de su hermana hasta la entrada de la cápsula de evacuación y miró hacia la puerta, donde el voxyn seguía mirando en su dirección, atrapado bajo el mamparo. Tenía un lado de la cabeza cubierto por el residuo de su moco ácido, y sus escamas de hinchaban y humeaban mientras se disolvían. En la estrecha abertura junto a la cabeza de la criatura aparecieron las cabezas de varios anfibastones que empezaron a hacer palanca inútilmente.
Una parte de Alema, la parte que no lloraba a su hermana, la parte que todavía era un Caballero Jedi, se dio cuenta de que ya había desaparecido la vaga esperanza de huir sin ser vista. Los yuuzhan vong oirían el zumbido de la escotilla al cerrarse y sentirían el impacto de la cápsula al separarse de la nave. Aún así, no podía hacer nada sino seguir adelante. La vida de Pollux estaba perdida aunque se rindiera; conocía a los yuuzhan vong lo bastante como para saber que no perdonarían sus mentiras. Pero les llevaría un tiempo destruir una nave tan grande como el Cazador de Nebulosas. Quizá si salía deprisa, la fragata se vería obligada a perseguir la cápsula de evacuación en vez de atacar al crucero estelar. Era su mejor esperanza, su única esperanza.
Miró hacia atrás, hacia la escotilla.
—Cerrar plataforma de lanzamiento.
El morro del voxyn, que era todo lo que Alema podía ver de la criatura, se volvió hacia ella y se abrió medio metro. Un chillido ensordecedor le llenó los oídos, y el puñetazo de una potente onda de compresión le golpeó el estómago. De pronto, se sintió mareada y desorientada, y un segundo después se desplomaba contra la pared de la cápsula de evacuación, sin dejar de acunar en sus brazos el cadáver de su hermana. Sintió que algo cálido le caía desde el oído y lo tocó con un dedo sin carne; cuando bajó la mano, vio que la punta del hueso estaba roja por la sangre.
Alema intentó levantarse, casi vomitó, y volvió a caer de rodillas, con la cabeza dándole vueltas y el estómago revuelto. Sin dejar de sostener a Numa contra su regazo, cruzó la entrada de la cápsula de evacuación.
—¡Lanzamiento! —jadeó Alema—. ¡Lanzamiento ya!
La cápsula se cerró, las luces se redujeron, y eso fue todo. La cápsula permaneció siniestramente silenciosa e inmóvil. Desconcertada, Alema se arrastró más allá de una hilera de asientos antiaceleración y miró hacia delante. El droide piloto lo miraba. Su vocalizador centelleaba con rapidez mientras se esforzaba por explicarle el procedimiento de lanzamiento adecuado. Alema no podía oír nada.
—¡Anulado! —chilló—. ¡Lanzamiento ya!
La cápsula de evacuación salió disparada, arrojando a Alema contra el arnés de duracero de un asiento. Ya había dado el código de autorización.
* * *
Jaina no vio el lanzamiento. Estaba mirando el panel superior, intentando alinear las antenas comunicadoras del Sombra con las antenas del Cazador de Nebulosas. La tarea habría sido difícil en las mejores circunstancias, dado que el crucero estelar estaba parado a sólo veinte millones de kilómetros de un sol naranja. La presencia de la fragata yuuzhan vong la obligaba a usar sólo las toberas de aire para posicionarse, y la tarea resultaba casi imposible.
Tras varios minutos de intentarlo, por fin consiguió alinear la señal del comunicador dentro de la retícula e igualó la rotación del Sombra con la de la Cazador de Nebulosas, a medida que ésta se desplazaba sobre el sol naranja.
—¿Qué te parece eso?
R2-D2 introdujo un mensaje en el visor superior.
—No, no creo que pueda —soltó Jaina—. ¡Si estás recibiendo algo, pónmelo!
Dentro de la carlinga aparecieron media docena de borrosos videos bidimensionales, bellamente colocados en hilera a lo largo de la plexialeación. La mitad de las imágenes mostraban a guerreros yuuzhan vong haciendo de guerreros yuuzhan vong, destrozando droides, arrojando aparatos electrónicos en tubos desintegradores, golpeando a refugiados indefensos. Una pantalla mostró una especie de reptil de ocho patas, si es que era un reptil, atrapado bajo la puerta de un mamparo, con la cabeza muy quemada por un ácido y un ojo reventado por una descompresión repentina. Otra imagen mostraba una escotilla de cápsula vacía, pero fue la última pantalla la que captó el interés de Jaina.
Mostraba el puente del crucero, con el capitán Pollux y toda su tripulación rodeados por guerreros yuuzhan vong. Jaina no habría reconocido a Pollux aunque lo hubiera conocido en persona y la imagen fuera mejor. Tenía el rostro reducido a un amasijo informe.
Un yuuzhan vong sin nariz le cortó la oreja al capitán.
—Lo preguntaré por última vez: ¿Dónde recogió a los Jeedai?
De algún modo, Pollux encontró fuerzas para reírse.
—¿Qué Jedi?
El yuuzhan vong lanzó una risita.
—Es un hombre gracioso, capitán —dijo. Dobló la oreja desmembrada en la mano del capitán y se volvió hacia sus subordinados—. Matad a la tripulación.
Descorazonada, Jaina se volvió hacia Mara.
—¿Podemos hacer algo?
Mara miraba fijamente el ordenador de navegación.
—Por la tripulación, no. Pero mira eso.
Tecleó una orden y dentro de la carlinga apareció una línea dorada marcando una trayectoria. Partía del Cazador de Nebulosas, pasaba más o menos a la altura de la proa del Sombra y luego trazaba una curva muy cerrada en dirección al planeta.
—¿Una cápsula de evacuación? —Jaina miró al crucero estelar y descubrió la fragata yuuzhan vong todavía ociosamente parada ante la plataforma de atraque del Cazador—. ¿Ponen en peligro a miles de refugiados y se largan en una cápsula? ¿Un Jedi ha hecho eso?
—Eso parece, ¿no? —Mara empezó a trazar un rumbo de intercepción—. Vamos a recogerlos antes de que hagan más daño.