CAPÍTULO 3
El Museo de Fotónica Aplicada era una de las mil blasfemias paganas excluidas de la redención de Obroa-Skai, y se alzaba sobre los circundantes criaderos en un reluciente amasijo de torres de transpariacero y galerías de vidrioplástico. Aunque Nom Anor había pasado demasiado tiempo entre infieles como para encontrar ofensiva la visión, sabía que no debía evidenciar que estaba a gusto en el lugar. Se detuvo en el umbral para dirigir una mirada de añoranza a la llanura negra criadero de zánganos, hizo una mueca de disgusto y siguió a sus escoltas hasta el vestíbulo, donde un centenar de cautivos verpines miraban a sus guardias yuuzhan vong con inescrutables ojos de insecto. Tras una breve conversación con el subalterno del destacamento, los escoltas le guiaron por un laberinto de pasillos iluminados por bolas vagabundas de luz pura.
Encontraron a Tsavong Lah en una cámara rodeada por lo que parecían cien kilómetros de una maraña de hilos translúcidos. El Maestro Bélico era un guerrero completamente tatuado, con los labios cortados y la armadura implantada en el hueso, y sostenía un pequeño holopanel en la mano, mirando su disco proyector con una mirada que otros habrían reservado para cobardes y esclavos.
—Ahora —dijo al instrumento.
Apenas dijo esas palabras cuando un fogonazo instantáneo iluminó la maraña de hilos, y saltó en el espacio vacío hasta el interior del holopanel. Un milisegundo después, una imagen a tamaño natural de un Ala-X infiel aparecía sobre su mano, oscureciendo el tronco del Maestro Bélico y buena parte de la sala. El caza giró lentamente hacia la puerta y abrió fuego; sólo Nom Anor no buscó protegerse.
—¿Sabes lo que haría yo con esto, si yo fuera los infieles? —preguntó Tsavong Lah, hablando desde el interior del holograma.
—Destruirlo, claro —respondió Nom Anor—. Esas cosas inánimes son una abominación para los dioses. No sabría decirte lo mucho que me desagradó soportarlas mientras preparaba el terreno para nuestra invasión.
—Todos hacemos lo que es necesario, Ejecutor, y ya se te ha elogiado por soportar la inmundicia del enemigo —Tsavong Lah hablaba con tono irritado, y quizá algo distraído—. No podemos derrotar lo que no comprendemos. Por ejemplo, los pilotos de nuestros coralitas podrían ser confundidos por una imagen como ésta. De ser yo el enemigo, la galaxia estaría llena de estos aparatos.
—La galaxia está llena de ellos —respondió Nom Anor, molesto—. No son dignos de admiración, Gran Señor. Son tan limitados en sus capacidades como nuestros enemigos.
El Ala-X desapareció, y Tsavong Lah dejo caer la holoplaca al suelo para aplastarla con la garra acorazada de vua’sa que ahora ocupaba el lugar del pie que le había cortado Jacen Solo.
—El enemigo ha demostrado ser lo bastante válido como para vencerte varias veces —la voz del Maestro Bélico estaba llena de desprecio; como auténtico creyente en la supremacía de los dioses yuuzhan vong, repudiaba la influencia del azar y consideraba cada fracaso un indicio de la decadencia espiritual del instrumento utilizado—. Confío en que esta vez no sea el caso.
—El chilab funcionó muy bien —Nom Anor inclinó la cabeza a un lado, se tapó la nariz y proyectó aire por los senos nasales. Aunque carecía de la fe para disfrutar de verdad con el dolor que producía la oruga neuronal al soltarse, fingió una sonrisa de satisfacción cuando la cosa separó sus dendritas del quiasma óptico y salió por la cavidad nasal. Dejó que cayera en la palma de su mano y se la mostró a Tsavong Lah—. Tuve una buena visión al entrar allí. Estoy seguro de que los recuerdos del chilab serán de utilidad para planear el ataque.
—No lo dudo —Tsavong Lah se guardó la oruga en un bolsillo de la capa de aguzadas garras que se aferraba a sus hombros—. La examinaré más tarde. ¿La reunión con Leia fue bien?
—Muy bien —habría sido impensable responder otra cosa—. No dudo de que los Jedi responderán a nuestro desafío.
—Estás más confiado de lo que estaría yo en tu lugar —dijo detrás de él una voz suave y grave—. Los Jedi se olerán nuestra trampa y serán precavidos.
Nom Anor se volvió para ver una bola de plumas moteada pasar ante los guardias dando saltitos sobre delgadas patas de articulaciones invertidas. Sus ojos finos y sus antenas rizadas le proporcionaban cierto aspecto de polilla, aunque Nom Anor la consideraba más bien una plaga a la altura de un radank.
—Vergere —resopló—. No estaba al tanto de que conocieras tanto a los Jedi.
—Vergere los conoce mejor que yo —dijo Tsavong Lah—. Ella dijo que los Jeedai te dejarían vivir. Yo creía que te matarían nada más verte.
—Puede que estuvieras más cerca de la verdad que esa mascota —Nom Anor se negaba a considerar a Vergere una ayudante, pues la peculiar criaturita no era más que la mascota de una agente que murió durante un fallido intento de contagiar una enfermedad a los Jedi. Se había convertido en consejera de Tsavong Lah tras pasar un tiempo presa del Servicio de Inteligencia de la Nueva República, donde en unas pocas semanas consiguió averiguar tantas cosas del enemigo como Nom Anor en todos sus años de agente instigador. Se había cuestionado su lealtad, pero en cuanto se comprobó lo fiable que era su información no tardó en convertirse en el principal rival de Nom Anor.
—Leia Solo y su consorte intentaron matarme como esperabas —continuó Nom Anor—, pero conseguí manipular sus emociones humanas para salvar la vida.
—¿Así que ahora puedes controlar las emociones de los Jedi? —se burló Vergere—. Quizá deberías hacer que se rindan.
—Se puede atraer con una sonrisa y buenas palabras a un tana al foso del escupidor —Nom Anor extendió los brazos y se volvió hacia Tsavong Lah—. Pero ni siquiera yo puedo convencerlo para que ponga su cuello en el yugo cortador.
El Maestro Bélico le recompensó con un asentimiento cortés.
—Me interesa más lo que dijo Leia Solo sobre el porqué sigues con vida. ¿Cómo reaccionó cuando el Regalo de la Angustia destruyó a los infieles?
—Quería matarme.
—Pero no te mató. ¿Qué hizo en vez de eso?
—La convencí de que así mataba también a millones de refugiados —hasta él mismo se dio cuenta de que se aferraba demasiado a su afirmación, quizá por la vergüenza que había padecido en Duro a manos de Leia—. Y cedió.
—No cedió; se negó a aceptar la culpa —dijo Vergere como si eso fuera un hecho, no una suposición. Saltó hasta ponerse junto al Maestro Bélico—. Ha sido una diplomática toda la vida. Que ella cayera en esa trampa sería como que tú te metieras en una emboscada.
Tsavong Lah meditó esa argumentación, pero sólo por un instante.
—Quizá lo parezca, pero está pasando algo más —miró a Nom Anor por encima del lomo emplumado de Vergere—. Te dejó vivir por una razón. ¿Cuál?
La respuesta, claro está, era que ella le había dado su palabra, pero Nom Anor sabía que no debía decir eso. Semejante respuesta contradeciría la opinión expresada antes por el Maestro Bélico, y aunque un subordinado yuuzhan vong podía insinuar, retorcer e incluso subvertir, y aún así esperar seguir con vida, nunca podía contradecir. A veces Nom Anor se preguntaba si no era mejor el método de los infieles, y suponía que el hecho de no encogerse de miedo ante el castigo de los dioses era señal de que llevaba demasiado tiempo lejos de su pueblo. Nom Anor se encogió de hombros, dejando al margen la cuestión de por qué lo habían obligado a soportar la dolorosa introducción del chilab si el Maestro Bélico no esperaba su regreso.
—Antes de liberarme, me dio una advertencia. Dijo que te dijera que los Jedi no aceptan responsabilidad por los rehenes, y que todo emisario que envíes con una amenaza semejante no volverá.
Si Tsavong Lah notó la ligera contradicción existente en la afirmación de que había sido él quien controlaba a Leia, no dio señal de ello. Se limitó a mirar a Vergere.
—Vuelves a acertar, servidora mía.
Ella le sonrió.
—¿No te dije que los Jedi resultarían ser dignos adversarios?
—Así es —dijo el Maestro Bélico—. Y los refugiados serán su perdición. Será lo que separe a la Nueva República de los Jeedai.