CAPÍTULO 5
Mara apartó la mirada cuando el holograma se modificó para hacer un zoom sobre los cuerpos instantáneamente congelados que caían por el casco roto del Cazador de Nebulosas. En aquel momento, Jaina y ella habían estado demasiado ocupadas rescatando la cápsula de evacuación para fijarse en el ataque de los yuuzhan vong, pero había visto el holograma demasiadas veces como para querer volverlo a ver. Había hecho que R2-D2 se lo pusiera repetidas veces en la intimidad de su apartamento en Eclipse, buscando algún modo en que hubiera podido salvar a los refugiados. Había renunciado tras verlo un centenar de veces, convencida de que no había podido hacer las cosas de otro modo, consolándose un poco con ese conocimiento.
La voz burlona de Nom Anor, recogida por el equipo de vigilancia de la sala de interrogatorios de Bilbringi, se oía por los altavoces de R2-D2. Mara concentró su atención en los demás presentes en la húmeda sala, un hangar de almacenaje en Soliestación, una base de avituallamiento en caída libre, uno más de los mil lugares anónimos de encuentro a los que solían acudir y desaparecer los Jedi antes de que la Brigada de la Paz se enterase de su presencia. Un fogonazo de odio brilló en los fríos ojos de Kyp Durron, apretó los dientes de la mandíbula aún imberbe y empujó la ira hacia el foso oscuro donde acumulaba esas emociones. La reacción de Saba Sebatyne era más difícil de leer, quizá porque Mara no sabía que era lo que indicaba ira en el rostro escamoso de una barabel. Los rasgos reptilescos de Saba, con sus enormes ojos oscuros, los marcados pliegues de la frente y el morro de finos labios, no delataban nada.
Luke permitió que el holograma se emitiera hasta el final. Para cuando R2-D2 apagó su proyector, la furia de Kyp era algo tangible en la Fuerza y llenaba la sala con una energía restallante que amenazaba con reventar las puertas del tranquilo lugar de reunión. Los sentimientos de Saba, de tenerlos, continuaron siendo secretos. Mara habría podido sondearlos empleando la Fuerza, pero sabía cómo reaccionaría un barabel ante semejante intrusión.
Kyp Durron no sorprendió a nadie hablando antes que Luke.
—Eso no fue culpa mía —dijo, señalando a R2-D2 como si hubiera sido el droide quien amenazara a la flota de refugiados—. Yo no soy responsable de lo que hagan los yuuzhan vong.
—¿Quién dice que lo seas? —repuso Luke con calma—. Pero eras tú quien llevaba suministros a la resistencia de Nueva Plympto.
Kyp asintió reticente.
—No me disculparé por eso. Si hubiera Jedi haciendo lo mismo en todos los…
—Kyp, nadie te pide que te disculpes —Luke entregó una tarjeta de datos al joven Jedi—. Sólo hemos venido a entregarte los datos que tenemos sobre los voxyn y a discutir la forma en que los Jedi deben actuar ante la amenaza de los yuuzhan vong.
—Ignórala —Kyp se guardó la tarjeta y se volvió para irse—. Gracias por el aviso.
—Es un millón de personas, Kyp —dijo Mara—. Los Jedi no pueden ignorarlas.
Kyp se detuvo ante la puerta, pero no se volvió.
—¿Qué otra cosa podemos hacer? Seríamos idiotas si atacamos; están esperándonos para exterminarnos. Y si nos rendimos… Olvidadlo. Yo no me rindo.
—Tampoco yo —dijo Luke—. Pero tampoco es momento para seguir hostigándolos. Nuestros enemigos en el Senado utilizarán eso para…
—El Senado no me importa —replicó Kyp—. Y la Docena no hostiga al enemigo, Maestro Skywalker, lo mata. Y debería haber más Jedi haciendo lo mismo.
Mara no supo si el fogonazo de irritación que sintió pertenecía a su marido o a ella misma. Para empezar, a Luke no le gustaba mucho que lo llamaran Maestro, y le gustaba todavía menos que se hiciera a modo de burla.
Kyp pulsó un panel de la pared. La puerta del almacén se abrió deslizándose, para sorpresa de los once pilotos con trajes de vuelo que intentaban escuchar al otro lado.
—¿Y bien? —Kyp se quedó mirándolos al otro lado de la puerta—. ¿Nos vamos o no?
Los pilotos se dispersaron por el hangar, corriendo hacia los nuevos Alas-Z XJ3, la última y más letal versión del venerable caza estelar, aparcados en la entrada de la pista de aterrizaje. Mara cogió a Kyp por el brazo antes de que pudiera alejarse más.
—Kyp, nadie dice que estés equivocado, pero ya es hora de que los Jedi actúen en equipo. Los yuuzhan vong son muy listos. Si seguimos actuando cada uno por su lado, nos matarán uno a uno.
Kyp asintió.
—Lo sé mejor que nadie —ya había perdido un aprendiz, Miko Reglia, a manos del enemigo. Miró más allá de Mara, a Luke—. Cuando los demás estéis listos para luchar, estaré allí.
—Y cuando tú estés listo para unirte a nosotros —replicó Luke—, sabes dónde encontrarme.
Cuando Kyp estuvo lo bastante lejos como para no poder oírlos, Saba Sebatyne se paró en la puerta y habló con voz ronca.
—Éste dará problemas.
Mara se volvió hacia ella.
—Así que hablas Básico —miró a C-3PO—. Empezaba a pensar que tendríamos que pedir a Trespeó que nos tradujera.
—Perdona a ésta —Saba rompió en un ataque de divertidos siseos, y luego se esforzó por añadir—: Jedi Eelysa le enseñó que es sabio esperar.
Eelysa era nativa de Coruscant, nacida tras la muerte de Palpatine y estaba limpia del veneno que había corrompido a tantos anteriores a ella. Ahora era una mujer adulta y uno de los Caballeros Jedi con más recursos y más de confianza de Luke, y a menudo pasaba largos años viviendo en las partes más agrestes de la galaxia al servicio de la causa Jedi. Había encontrado a Saba en una larga misión como espía en Barab I, pero las circunstancias de su tapadera le habían impedido enviar a la barabel a Yavin 4 a entrenarse con otros estudiantes Jedi. En vez de eso la había tomado como aprendiz, enseñándole todo lo que pudo de la Fuerza antes de irse del planeta perseguida por cazadores que querían importar la doctrina de odio a los humanos que estableció en Ryloth la Alianza de la Diversidad de Nolaa Tarkona.
Cuando por fin se le pasó el ataque de siseos, Saba dijo algo ronco en su lengua que C-3PO tradujo diligente como:
—También enseñó a ésta lo sabio que es escuchar en silencio.
—Sí, Eelysa ha demostrado muchas veces ser también una experta en eso —dijo Luke uniéndose a ella en la puerta—. Debí suponer que cualquier Jedi que ella hubiera encontrado estaría llena de sorpresas.
—Ésta se alegra de que su silencio no os ofendiera —dijo Saba—. El sabor de Kyp Durron no le ha agradado. ¿Cómo puede alguien cómo él obtener un escuadrón de nuevos Ala-X?
—Hay militares que admiran su valor, por equivocado que sea —dijo Luke.
Captó la mirada de Mara y la siguió hasta el variado conjunto de Alas-Y, incursores y aulladores aparcados en pulcra hilera junto al bombardero con marcas de torpedos de plasma de Saba. Al haber llegado recientemente del Borde Exterior, Saba no era tan conocida como Kyp Durron ni estaba tan bien equipada, pero su discreción había atraído a todo un escuadrón de pilotos Jedi que compartían sus ideas.
—La reputación de tu escuadrón también es admirada por quienes conocen de su existencia —dijo Mara—. Estoy segura de que los mismos oficiales que ayudan a Kyp estarían encantados de perder una carga por donde estés tú.
Las pupilas verticales de Saba se ensancharon hasta hacerse diamantes.
—Los Caballeros Salvajes nunca dezhonrarían a los Jedi aceptando semejante carga.
Mara se sorprendió ante la desaprobación en la voz de Saba, pero Luke se limitó a sonreír y a posar una mano, la de verdad, en su escamoso hombro. C-3PO les había advertido que era sabido que esas intimidades con un barabel solían tener como consecuencia la pérdida de una mano, pero la familiaridad de Luke sólo obtuvo un movimiento de aceptación de la gruesa cola de Saba.
—En tus manos, un regalo así no sería una deshonra para los Jedi —dijo Luke—. Pero me alegra saber que estás preocupada.
—¿Has meditado en la amenaza de Tsavong Lah contra los refugiados, y en cuánto nos perjudicaría que el Senado crea que somos insensibles a tantas muertes?
Saba apartó la mirada.
—El camino no está claro.
Abrió la boca como si fuera a seguir hablando, pero sus escamas se agitaron y se calló. Luke y Mara esperaron a que continuara, entonces compartieron un instante de desconcierto buscando luego a su alrededor con la Fuerza. Mara no sintió nada inusual y la reacción de desconcierto de Luke le dijo que tampoco él.
—¿Saba? —preguntó Luke.
La barabel miró a Luke.
—¿No has sentido eso?
—No —dijo Mara. Podía sentir que Saba estaba incómoda con ella, sobre todo tras sugerirle algo que ella consideraba deshonroso, pero también sabía que callarse no haría nada por apaciguar esa incomodidad—. Y Luke tampoco.
—Qué extraño —Saba miró un momento a su alrededor, y luego agitó la cola en el equivalente reptilesco a un encogimiento de hombros—. Maestro Skywalker, ésta sabe que el Senado nos dezaprueba a nozotros y a los que son como nozotros, pero ¿cuándo no se han sentido los cobardes amenazados por los valientes? —miró a su alrededor, a sus pilotos que esperaban pacientes junto a su nave castigada por la batalla—. Los Jedi son pocos y los yuuzhan vong muchos, pero fijaos en las fuerzas que usan contra nozotros: voxyn, bloqueos, flotas enteras. Debemos estar haciendo algo que temen, y la Fuerza le dice a ésta que debemos continuar así.
Mara empezó a sugerir que serían mucho más efectivos si unían fuerza, pero sintió en Luke una aceptación repentina y guardó silencio.
—Los barabel son cazadores —le dijo Luke a Saba—. Y los cazadores trabajan mejor en jaurías pequeñas.
Saba lo recompensó con una sonrisa torcida.
—En verdad el maestro Skywalker es tan sabio como afirmaba Jedi Eelysa. ¿Quizá quiera honrar a ésta con un gran favor?
Luke no lo dudó.
—Por supuesto.
Ella se volvió hacia Mara.
—¿Y tú? Esto también será una carga para ti, y ya tienes a tu nueva cría en el nido.
Mara pensó en Ben y al instante lo sintió a bordo del Sombra, con Jaina y Danni, durmiendo satisfecho en brazos de una de las mujeres. Mara nunca haría nada que pusiera en peligro el bienestar de su bebé, pero sintió la confianza que tenía Luke en esta Jedi que nunca habían visto antes, y su confianza en él era tanta que no dudó al responder.
—Por favor, los Jedi debemos ayudarnos en todo lo que podamos —dijo Mara—. Y en Eclipse hay mucha ayuda.
—Bien. Puede que la necezitéis —dijo Saba, sin sonreír. Se volvió hacia C-3PO y dijo algo ronco en su idioma.
—Oh, cielos —los fotorreceptores del droide se iluminaron alarmados—. ¿De verdad?
Saba ladró algo en respuesta.
—Sólo es una expresión —dijo C-3PO, alejándose en dirección al bombardero de Saba.
Luke y Mara intercambiaron miradas de curiosidad, y Mara se dio cuenta de que también tenían que pedirle un favor a Saba. Estaba a punto de sugerirlo, pero Luke, como siempre, supo lo que pensaba antes que ella.
—Saba, quizá los Caballeros Salvajes puedan hacernos también un gran servicio a nosotros. Supondría transportar una buena cantidad de equipamiento a la batalla.
—Y a una científica —añadió Mara—. Podría suponer la guerra, sobre todo si sabéis dónde encontrar un coordinador bélico yammosk.
Mara no estuvo segura de si Saba los había oído. La barabel miraba a algún lugar más allá de ellos, los pliegues de su frente eran más pronunciados que nunca.
—Maestro Skywalker, ¿sabes dónde está Eelysa?
Mara sintió la creciente aprensión que acompañó a la respuesta de Luke.
—Sigue en Corellia vigilando la situación para nosotros.
La mirada de Saba volvió a clavarse en Luke.
—¿Crees que puede correr peligro?
Y entonces Mara sintió una profunda desazón. Por mucho que Luke se preocupara por todos los antiguos estudiantes de la Academia, le había sido imposible pasar con ellos el tiempo necesario para desarrollar la clase de lazo que los conectaría a través de la Fuerza. Pero Eelysa había pasado años entrenando a Saba en una situación muy estresante. No era sorprendente que su lazo fuera especialmente estrecho, y lo bastante fuerte como para informar a Saba de que su Maestra corría peligro.
—Nunca se sabe lo que pueden hacer Thrackan Sal-Solo y los suyos —dijo Mara—, pero no esperamos que la misión de Eelysa sea peligrosa. Los corellianos ni siquiera conocen su presencia allí.
—Quizá la han descubierto —dijo Saba—. O quizá sea otra cosa, pero Eelysa está azuztada.
—¿Asustada? —preguntó Luke, y miró a Mara—. Eso no es propio de ella.
Saba negó con la cabeza.
—No, no lo es. Iremos a investigar una vez carguemos vuestro equipo y vuestra científica. No habrá problemas para encontrar un yammosk, son ellos los que vienen a nosotros.
—Gracias —dijo Luke—. Haré que Danni comience el embarque.
Luke activó su comunicador e informó a Danni, que pareció feliz, quizá entusiasmada fuera más acertado, por volar con Saba Sebatyne en vez de con Kyp Durron. La rampa de carga del Sombra descendió y Danni y los pilotos del escuadrón de Saba empezaron a cargar el equipo.
Mientras tanto, C-3PO volvió con tres corpulentos barabeles. Aunque eran algo más altos que Saba, los tres tenían las escamas púrpura-verdosas de los adultos jóvenes. También tenían sables láser colgando del cinto.
—Si haces el favor, Maestro Skywalker, íbamos camino de Yavin 4 cuando la guerra nos bloqueó el paso —dijo Saba—. Por favor, lleva contigo a estos jóvenes Caballeros Jedi y enséñales el buen camino para ser Jedi. Ésta aún tiene demasiado de cazadora para poder enzeñarles bien.
Luke y Mara intercambiaron una mirada de desconcierto, y Mara añadió:
—¿Los tres son hijos tuyos, Saba?
—Son compañeros de nido, pero sólo el macho es mío. Las hembras tienen la mizma madre. Una de ellas comparte también padre con mi hijo, pero es impozible saber cuál, claro.
Los dos humanos se perdieron con las filiaciones, pero Mara sospechaba que lo descubrirían con el tiempo.
—Cuidaremos de ellos como si fueran nuestros.
Saba abrió mucho los ojos.
—Son lo bastante mayores para buscar su propia comida; bastará con darles un territorio. Cualquier subsótano o terreno abandonado valdrá.
Esta vez le tocó a Mara sorprenderse. Esto iba a ser interesante.
La sonrisita que acudió a los labios de Luke sugería que había percibido lo que pensaba ella, y entonces Saba emitió un larga cadena de siseos. Mara confundió el sonido por el de su siseante risa, hasta que gritó de dolor y se agazapó en posición de combate. Enseñó los dientes como agujas y profirió un largo gruñido de duelo.
Mara y Luke se apartaron a la vez, llevándose instintivamente la mano al sable láser. C-3PO se dirigió a ella en barabel. Ella le ladró algo en respuesta, se dejó caer a cuatro patas y se encogió. Los otros barabeles reaccionaron a la actitud de su Maestra dejándose caer también a cuatro patas y añadiendo sus roncas voces al grito, y todos empezaron a arañar el suelo de duracero.
Mara y Luke intercambiaron miradas sorprendidas, y la Fuerza se cargó de ira e incredulidad. Mara se arrodilló junto a Saba, ignorando la advertencia de C-3PO de no tocar a un barabel desconocido, y posó una mano en su espalda.
—¿Qué sucede, Saba?
La barabel giró despacio la cabeza hacia Mara, sus pupilas reptilescas eran rendijas, sus colmillos estaban húmedos por la saliva.
—Eelysa —dijo—. Algo la ha atacado.
—¿Algo? —preguntó Luke.
Saba golpeó la cola contra el suelo, haciendo que C-3PO explicara innecesariamente que era una expresión de ira típica en los reptiles.
—Esta no lo sabe. Pero se ha ido. Eelysa ya no existe.
Mira y Luke se miraron por encima de la espalda de Saba, ambos sabiendo lo que pensaba el otro.
Voxyn.