CAPÍTULO 11

Por fin, el villip se volvió hacia afuera, asumiendo el aspecto del desfigurado rostro del Maestro Bélico. Tenía un rostro que en tiempos habría resultado atractivo a Viqi Shesh, con esos rasgos duros y marcados, los ojos pensativos y la boca fruncida. Pero ahora, cubierta de cicatrices de devoción y deformada por fracturas rituales, lo más que podía encontrarla era interesante. ¿Por qué, entonces, sentía mariposas en el estómago cada vez que lo veía? ¿Por qué tenía que molestarle que tardase tanto en responder a su villip? Debía ser por su poder. Le atraían los hombres, bueno, los machos, con poder. No le enorgullecía esa debilidad, que era considerada una perversión en su mundo de Kuat, donde las mujeres de su rango solían comprar sirvientes telbun para usarlos de pareja, pero esa era su vergüenza secreta. Por un tiempo, un tiempo muy breve, hasta le había atraído el pequeño bothano velludo.

—¿Tienes algo que informar, Viqi? —preguntó Tsavong Lah.

—Sí —le gustaba la forma en que él la llamaba siempre por el nombre de pila. Denotaba cierta intimidad que no tenía con otros muchos—. Fue una sesión sorprendente.

—Nom Anor dice que exitosa.

—Entonces él vio algo que yo no vi —replicó—. Nom Anor malinterpretó la situación desde el principio. Su arrogancia obligó a Borsk a dar su apoyo a los Jedi.

—¿De verdad? —el Maestro Bélico no pareció sorprendido—. Me aseguró que todo iría bien.

—Me he pasado el día salvando la situación.

—¿Ah, sí? —Tsavong Lah parecía sorprendido, sin duda por no estar acostumbrado a que sus inferiores mostrasen tanta iniciativa—. ¿Qué has hecho?

—El Senado está dividido a lo largo de las fronteras del Núcleo. Los que viven en el Núcleo, y que, casualmente, están en tu ruta de invasión, quieren volverse contra los Jedi. Los demás les apoyan.

—Eso era de esperar —dijo Tsavong Lah con impaciencia.

Al ver que el Maestro Bélico no veía la importancia de ello, Viqi habló en tono seguro.

—Los mundos del Núcleo controlan los principales recursos económicos de la Nueva República, y quien controla el dinero controla el gobierno.

—¿Sí?

—Me he pasado toda la mañana hablando con senadores del Núcleo. No tenemos votos suficientes para ganar una moción de censura, pero estoy convencida de que si Borsk tuviera un final prematuro, el siguiente Jefe de Estado estaría menos dispuesto a apoyar a los Jedi.

Tsavong alzó el ceño.

—¿Estás sugiriendo un asesinato?

Viqi se sorprendió al sentir un escalofrío en la columna vertebral. Asesinato era una forma muy fea de decir las cosas. Pero era muy propio de los yuuzhan vong decirlas de la manera más desagradable posible.

—Nom Anor estuvo hoy muy cerca. Podría hacerlo.

—¿Nom Anor? —repitió Tsavong Lah—. ¿Y te elegirían a ti Jefe de Estado cuando Borsk muriera?

No si muriera, se fijó Viqi, sino cuando. Sonrió segura.

—Ése es mi plan, sí.

El Maestro Bélico lanzó un bufido.

—Entonces mátalo, Viqi.

Su sonrisa desapareció.

—¿Yo?

Los pensamientos daban vueltas en su mente intentando descubrir las intenciones que podía haber tras sus palabras. ¿Estaba poniendo a prueba su valor? ¿Estaría bromeando? Igual no entendía las ramificaciones de esa sugerencia. Sí, debía ser eso.

—Creo que la política de la Nueva República no funciona del mismo que entre los yuuzhan vong. Si yo matase a Borsk, caería en desgracia y se me enviaría a una instalación reeducadora, no me nombrarían Jefe de Estado.

—Sólo si te pillan.

Viqi hizo una pausa. Seguro que Tsavong Lah podría proporcionarle algún medio de matar a Borsk en secreto, pero conociendo a los yuuzhan vong, y sobre todo al Maestro Bélico, seguro que el método implicaba alguna horrible mutilación de su propio cuerpo, y que seguiría requiriendo que mirase al bothano a los ojos mientras lo mataba. Aunque nunca antes había matado a nadie frente a frente, creía poder hacerlo, dependiendo del precio. Pero, ¿qué pasaría con la investigación consiguiente? Los yuuzhan vong serían unos guerreros muy feroces, pero no sabían nada de la tecnología policial de la Nueva República, tecnología que se emplearía para intentar identificar al asesino de Borsk.

—No funcionaría —repuso, negando con la cabeza.

—¿Te opones a mí?

—Sí —sus entrañas eran de hielo. Ya lamentaba haber propuesto el asesinato, pero sabía que no debía mostrar miedo. El Maestro Bélico interpretaría su titubeo como signo de debilidad, y lo aprovecharía para atacar como el depredador que era, y había trabajado demasiado, hecho demasiadas cosas que la repugnaban hasta a ella misma, como para echarlo todo por la borda—. A ninguno de los dos nos servirá que yo acabe en un planeta prisión.

El tono de Tsavong Lah se volvió peligrosamente impersonal.

—Tengo modos de obligarte a cooperar. Seguro que Belindi Kalenda estaría muy interesada en conocer nuestra relación.

—Estoy segura de que sí. Pero entonces perderías el pequeño flujo constante de recuerdos de la sala de situación del CSMNR —para ilustrar ese punto, inclinó la cabeza y apretó los dientes, haciendo una mueca cuando el chilab se soltó y resbaló por el conducto nasal—. Estoy segura de que el Servicio de Inteligencia de la Nueva República estaría muy interesado en esto.

La oruga neuronal cayó por el agujero de su nariz en el momento justo, y una pequeña sonrisa de respeto asomó al rostro de Tsavong Lah.

—Como quieras, Viqi Shesh. Pero no se puede confiar una tarea tan importante a Nom Anor. Un cazador de alimañas llamado Bjork Umi se pondrá en contacto contigo.

—¿Sí?

—Dale un lugar y una hora. Y te convertirás en Jefe de Estado, nuestro Jefe de Estado.