CAPÍTULO 16
El coufee cayó y el lugar se llenó del extraño olor de la sangre alienígena y de un gemido ondulante e interminable. Tsavong Lah esperó a que los sacerdotes empezasen su verdadero trabajo, y se apartó de la fosa de las salpicaduras para poder concentrar sus pensamientos en el frustrado intento de asesinato.
—¿No deseas conocer la voluntad de Yun-Yammka? —preguntó Vergere, con un ojo todavía fijo en el aullante esclavo.
—La voluntad del Aniquilador no es ningún misterio. Cómo hacerla realidad… eso es otra cuestión —hizo un gesto hacia los sacerdotes y su sacrificio—. Ellos sirven a su modo, yo al mío.
—¿Dudas de la precisión de los Videntes de Vaecta? —dijo Vergere abriendo su boca en forma de pico de un modo que Tsavong Lah había llegado a reconocer como una sonrisa burlona.
—Sólo los dioses son infalibles —Tsavong Lah miró al foso y sonrió ante lo que sucedía en él—. Los sacerdotes son fieles servidores, pero yo seguiré haciendo mi trabajo mientras no me digan cómo obran los Jeedai su magia.
—Das demasiada importancia a esos Jedi.
Vergere miró a la fosa de las salpicaduras y se fijó en el sacrificio que chillaba. La cabeza en forma de T del ithoriano se movió hacia ella, y la miró mientras sus ojos se tornaban vidriosos y distantes. Sus gritos disminuyeron mucho antes de lo que debían, y se sumió en la extraña tranquilidad que a veces se apoderaba de los esclavos hasta en los momentos más angustiosos. Un sacerdote se puso ante el ithoriano e intentó infructuosamente hacerle volver a sentir dolor.
—Lástima por la invasión —el tono de Vergere era el de un niño frustrado—. Los sacerdotes están seguros de que su visión de ella es limitada.
Tsavong Lah la miró para descubrir que tenía las plumas caídas en señal de decepción. A veces le parecía más yuuzhan vong que sus propios guerreros.
—Fue un escuadrón Jeedai lo que interceptó la invasión de Arkania —dijo, volviendo a su comentario anterior—. Y sólo eran dos los Jeedai que nos obligaron a sacrificar Nueva Plympto.
—Pues destruye los convoys de Talfaglio —dijo Vergere—. Eso los hará salir a la luz.
Tsavong Lah alzó una ceja.
—¿Y sacrificar a Nom Anor?
—No sería tal sacrificio.
Tsavong Lah sonrió débilmente.
—Tienes muchas ambiciones para ser una criatura tan poco pretenciosa.
Vaecta se acercó a su lado de la fosa de las salpicaduras y alzó la mirada. Era una hembra cargada de hombros con un rostro anciano y arrugado, que no se inclinó ante Tsavong Lah ni cruzó los brazos salpicados de sangre a modo de saludo. Durante un ritual, la sacerdotisa sólo respondía ante el señor Shimrra en persona y moriría encantada antes que mostrar deferencia ante cualquier otro.
—El silencio del esclavo no complacerá al Aniquilador. No deberías continuar con el ataque.
Tsavong Lah apartó la mirada de ella.
—La decisión es mía.
—El señor Shimrra ha dejado eso claro —admitió ella—. También se me ha dicho que el señor Shimrra también dejó claro que deberías tener en cuenta la voluntad de los dioses en todo.
Tsavong Lah siguió sin mirarla.
—Pero la decisión es mía.
Vaecta no lo contradijo.
—Bien —Tsavong Lah volvió a mirar a la sacerdotisa—. Pedirás a Yun-Yammka que castigue a los comandantes que permitieron que el escuadrón Jeedai se escapara. Ordenaré a sus sustitutos que hagan un ataque poco entusiasta al planeta y luego se retiren.
—Si provocas a Yun-Yammka, querrá vidas a cambio —avisó Vaecta—. Muchas vidas.
—Por supuesto —aunque Tsavong Lah estaba seguro de que el dios de la guerra comprendía el valor de un buen falso ataque, era mejor asegurarse con esas cosas—. Tendrá ocho mil.
—Veinte mil sería mejor —replicó Vaecta.
—Que sean veinte.
Tsavong Lah dio media vuelta y dejó la sala, ajustando ya sus planes para tener en cuenta el ritual. Los sacrificios extra requerirían una escolta extra en vez de una sola nave, causando tensiones innecesarias en una logística que ya abarcaba demasiado.
Vergere caminó a su lado.
—¿Por qué aceptas eso de Vaecta? Ni siquiera con refuerzos podría la Nueva República conservar Arkania. Captúrala y déjala en ridículo.
Tsavong Lah giró sobre sus talones para enfrentarse a ella.
—¿Cuestionas mi decisión? —alzó un pie como si fuera a darle una patada—. ¿Crees que sabes mejor que yo cómo se gana una batalla?
Vergere miró con desdén la pierna, erizó las plumas y se acercó más a él.
—Si tienes una idea mejor que esa sólo tienes que decirla.
Tsavong Lah hizo todo lo que pudo para no estallar en carcajadas.
—¿Contigo aquí? Creo que no —los comandantes supremos y los prefectos temblaban en cuanto le veían fruncir el ceño, pero Vergere, este pajarito feo, ignoraba su furia como si no fuera nada—. A ti debo vigilarte. Aunque sólo sea porque me divierte.