CAPÍTULO 4
Lo único bueno que tuvo la amenaza de Tsavong Lah fue que el general Muun decidió que era un mal momento para que pareciese que no le importaba el destino de los refugiados, y un momento especialmente bueno para afianzar su carrera «rescatando» a un grupo de evacuados. No sólo envió diez naves para escoltar a los vray sino que insistió en dirigir personalmente la operación, liberando a Han y Leia para volver directamente a Eclipse.
Una de las muchas cosas malas que tuvo la amenaza era que cuando llegaron, Luke ya les esperaba con una misión y la petición de que le prestaran a C-3PO. Los Solo apenas tuvieron tiempo de saludar a Anakin y los mellizos antes de volver a ponerse en marcha, esta vez hacia la estación Nova, en lo que una vez fue el Sistema Carida.
El espacio que rodeaba la estación Nova era el espacio más rojo que había visto nunca Leia, al estar lleno de los restos aún enfriándose de la explosión que convirtió su sol en una supernova. Ondeantes retazos de gas carmesí pasaban lentamente junto a la estación giratoria, oscureciendo las distantes estrellas y recordando la sangre consumida en un instante de millones de caridianos muertos. Leia, sentada al lado de Han en una cantina irónicamente llamada Gran Explosión, bebiendo un revientaojos mientas intentaba ignorar a la banda bith de Bobolo Baker, no pudo evitar que se le revolviera el estómago al pensar que había sido por un cataclismo artificial, causado por la insaciable sed de venganza y destrucción de su especie.
Una campanilla electrónica de aviso repicó tres veces ahogando temporalmente la melodía nocturna de la banda, y una voz masculina farfulló algo por el sistema público de altavoces. Leia y Han volvieron la cabeza, como todos los demás en la cantina hacia un proyector de hologramas que pendía sobre la banda bith. Allí apareció el nombre de Bailarín de Asteroides, con una línea debajo que calificaba la nave de carguero YT-1500. Unos momentos después se añadía la palabra «Confirmado», y aparecía un holograma de la característica carlinga de la nave.
Han gruñó por la frustración y cogió la jarra de revientaojos que tenía ante sí.
—Ya deberían haber llegado —llenó su vaso, dio un sorbo, intentó no poner mala cara y devolvió la bebida a la mesa—. Booster no vendrá.
—Tiene que venir —dijo Leia, encantada al ver el desagrado en la cara de Han. Tras la muerte de Chewbacca había bebido lo que fuera, cuanto peor supiera mejor. La curación de sus papilas gustativas era otro signo de que se estaba curando interiormente—. Hasta el Ventura Errante necesita repostar. ¿No se nos habrá escapado?
Han le dirigió una de sus miradas patentadas para las preguntas tontas, e hizo una seña al holopanel.
—¿Cómo se nos va a escapar un destructor estelar?
—No puede —admitió Leia—. Aquí no.
La estación Nova se había construido para reemplazar a Carida como estación de paso en la Ruta Comercial Perlemiana y flotaba dentro de la capa de gas en expansión de la supernova, moviéndose tras sus límites a los mismos tres kilómetros por segundo. Por tanto, cualquier nave estelar que quisiera atracar en la estación debía salir del hiperespacio y entrar en la nube a velocidad subluz, usando luego sus sensores para obtener un destino final. Eso hacía que la seguridad de la estación, y cualquiera con un sistema decente de sensores, pudiera identificar la nave mucho antes de que llegara, convirtiendo ese lugar en un refugio ideal para contrabandistas, criminales y cualquiera con motivos para tener que salir corriendo con ventaja.
Han miró al otro lado de su mesa.
—¿Qué dices, pelirroja? —se refería a los cabellos color neón de Leia, que ya casi le llegaban al hombro tras haber tenido que rapárselos el año anterior durante una descontaminación en Duro. El pelo teñido temporalmente era tan parte de su disfraz de novia de contrabandista como la cazadora y el mono ajustado de piloto—. ¿Nos vamos ya?
Leia sonrió y negó con la cabeza.
—¿Qué tal si comemos algo? —dijo mientras alargaba el pulgar hacia el panel de servicio, pero se detuvo al ver que alguien de la mesa contigua miraba a Han.
El observador era un weequay, grande como una pequeña montaña, con una nariz ancha y un rostro tan profundamente arrugado que resultaba tan repugnante como el de un yuuzhan vong.
—Creo que están a punto de reconocerte.
—¿A mí? —Han se volvió para mirar al escaparate del local e intentar localizar al espía en el reflejo—. No es mi cara la que lleva veinte años apareciendo en la Red.
Han, que hacía tiempo que se resentía por la pérdida de anonimato que conllevaba ser un héroe de la Rebelión, había limitado su disfraz a un bigote de cepillo y un par de almohadillas en las mejillas. Todo lo cual, junto con una barba de dos días, había bastado hasta el momento, probablemente porque la gente no esperaba ver al marido de una antigua Jefe de Estado en un lugar como la Gran Explosión.
Pero era evidente que su suerte estaba cambiando. El gran weequay cogió su bebida y se levantó, el guardapolvos de vuelo se abrió para mostrar la empuñadura de la enorme vibrocuchilla que llevaba en la cadera. Consciente de que su guardaespaldas noghri se estaría poniendo nervioso, Leia miró rápidamente en dirección a Meewalh. Éste era una presencia intimidante con su piel correosa y sus ojos de loco, pese a ser enjuto, nervudo y no medir más de metro y medio, y hasta la clientela de la Gran Explosión se apartaba de él. Leia parpadeó dos veces para indicarle que esperase y luego simuló no notar que el desconocido se acercaba a Han.
—Espera un momento —dijo Han, más para sí mismo que para Leia—. Yo conozco a este tío.
Leia, con gesto casual, puso la mano bajo la mesa y soltó la correa del láser de su cadera. El mero hecho de que su marido conociera a alguien no era garantía de que ese alguien no tuviera malas intenciones. El enorme weequay se detuvo junto a su mesa y, tras dirigir una mirada apreciativa a Leia, se volvió hacia Han.
—Supuse que serías tú —dijo—. Reconocería ese olor en cualquier parte.
—¿Ah, sí? —estrechó los ojos mientras miraba al weequay intentando recordar dónde lo había visto antes—. Me lo dicen mucho.
—No he visto entrar a tu nave, Miek —la sonrisa del weequay era casi un gesto burlón; era evidente que disfrutaba viendo cómo Han se esforzaba por recordarlo—. ¿Sigues con el Franquicia Solar?
—Podría decirse que sí —Han le dedicó una sonrisa conspiradora y tomó un trago largo de revientaojos para ganar tiempo. Franquicia Solar era otro de la docena de falsos códigos de transpondedor que solía usar el Halcón, y Han tenía más alias de los que podía recordar. Habían atracado en la estación Nova con el nombre de Fortuna. Por fin, devolvió el vaso a la mesa y lo volvió a llenar con la jarra—. Pero tendrás que buscarlo con otro nombre.
El weequay se rió.
—Ya me lo suponía. Ese capitán tuyo siempre fue un tramposo —cogió una silla y se sentó, mirando luego a su alrededor—. Aunque no he visto ningún ryn por aquí.
Los ojos de Han se endurecieron de un modo que sólo puedo notar una esposa, y Leia supo que por fin había situado al inoportuno visitante.
—Droma ya no dirige las cosas —dijo Han. Droma y Han se habían encontrado tras la captura de Ord Mantell, pasándose luego medio año buscando a los perdidos compañeros de su clan ryn, reuniéndose con ellos en un campo de refugiados de Duro. Aunque Droma y los suyos desaparecieron luego en el espacio, habían ayudado a Han a recuperarse cuando Leia no había podido, y siempre tendrían un lugar de preferencia en su corazón—. Nos separamos hace casi un año.
—¿De verdad? —el weequay volvió a mirar a Leia, medio babeando y medio evaluándola—. ¿Y ésta es tu nueva capitana?
Han pareció herido.
—El capitán soy yo. Ella es mi oficial y compañera.
—Ya puedes decirlo —Leia miró a su marido desde el otro lado de la mesa—. Sólo en los días buenos.
El weequay rió de corazón y luego sorprendió a Leia metiendo la mano bajo la mesa para posarla en su rodilla.
—La próxima vez que tengas un día malo, ven a verme al Dulce Sorpresa. Soy el oficial de a bordo, pero podrás elegir el puesto que quieras.
—Ya vale, Plaan. No busca trabajo —el tono de Han era serio.
—¿Y tú qué haces fuera de Tholatin? Creía que eras el Jefe de Seguridad.
La escasa diversión que la situación le producía a Leia desapareció.
Tholatin era hogar de un grupo de contrabandistas traidores a los que no les importaba ayudar a los yuuzhan vong si el precio era lo bastante bueno.
—Cambié de trabajo. Como te he dicho, soy el primer oficial del Dulce Sorpresa —apartó la mano del muslo de Leia—. Me he acercado a hablar contigo porque vamos cortos de personal para este viaje. La paga es buena.
Han esperó lo justo para que Leia negara con la cabeza y alzó una mano para acallarla.
—¿Cómo de buena?
—Capitán —interrumpió Leia. Fuese gracias a la Fuerza o a todos los años que llevaba con él, supo instintivamente, al momento, cuál era el papel que él quería que interpretase—. ¿Qué pasa con la carga que estamos esperando?
Han ni la miró.
—Se ha retrasado.
—Pero ya nos han pagado por el trabajo —Leia seguía interpretando su papel, pero también estaba irritada porque no la hiciera caso—. Y ya sabes lo que le pasa a los contrabandistas que no cumplen sus compromisos. No quisiera verte congelado en carbonita o algo parecido.
Han hizo una mueca y tomó otro trago largo de revientaojos.
—El acuerdo tenía una cláusula. Si el cargamento llegaba más de un día tarde, pasaríamos más tarde a recogerlo. Oigamos esto.
—No pudo decirte gran cosa mientras no estés dentro —dijo Plaan.
—No necesito saber mucho —repuso Han—. Mientras no sea algún timo con refugiados. Lo último que quiero es que se me eche encima una flota de la Nueva República.
Plaan negó con la cabeza.
—Eso se acabó. Esta vez llegarán a donde quieren ir; es un buen trato para ellos y para nosotros. Es para no creérselo.
Leia se echó hacia atrás y cruzó los brazos sobre las costillas, imitando lo mejor que podía a una amante furiosa. No le fue difícil.
—¿Cuánto tiempo llevaría? —preguntó Han.
—Habrá que dar un salto para recoger el resto del cargamento —respondió Plaan—. Y después un viaje de dos días, no más.
Han miró al otro lado de la mesa.
—¿Qué te parece, pelirroja?
—¿Y qué pasa con el Fortuna, Miek? —dijo Leia, dándose cuenta de que seguía buscando información—. ¿Volveremos haciendo dedo?
—Te traeremos —dijo Plaan—. Pasaremos por aquí a la vuelta.
—¿Cuánto? —preguntó Han.
—Cinco mil —respondió Plaan.
—¿Cada uno? —preguntó Leia.
Plaan frunció el ceño.
—Por los dos, incluyendo el coste de dejar el Fortuna aquí atracado.
Han miró a Leia.
—¿Y bien?
Leia puso los ojos en blanco y cogió el vaso de revientaojos.
—Lo pensaremos —dijo Han.
Plaan se dispuso a subir la oferta, miró a Leia y cambió de idea.
—No lo penséis demasiado. Partimos en una hora.
Cogió su bebida y se fue, moviéndose entre la multitud hacia otra pareja de probables reclutas. Leia le miró mientras se sentaba con ellos y les soltaba su discurso, alzando la mirada como todos los demás cuando se oyó el campanilleo de alarma. Lo que apareció esta vez sobre la cabeza de los bith fue el nombre de Corredor Luminoso.
—Bueno, ¿adónde va? —preguntó.
—Con ese programa, sólo hay tres posibilidades —replicó Han—. Kuat, Borleias o Coruscant.
—Coruscant —dedujo Leia—. Kuat y Borleias están rechazando a los refugiados. Si espera que los admitan a donde los lleva, es Coruscant.
Plaan había encontrado sus dos tripulantes y se levantó, le hizo una seña a Han y Leia mientras se abría paso hacia la salida acompañado de una pareja de ossanos de orejas caídas. Han alzó el vaso hacia el gran weequay y dio un trago largo, esperando entonces a que se fueran para presionar el panel de servicio de la mesa.
—¿Adónde vas tú? —Leia puso el énfasis en el «tú».
—A hacer gárgaras. No soporto los revientaojos —replicó Han—. Y luego a Coruscant.
Leia continuó sentada.
—No puedo ir. Ya sabes lo preocupado que está mi hermano por sus estudiantes.
Los jóvenes estudiantes de la Academia Jedi estaban en esos momentos con Booster Terrik a bordo del Ventura Errante, saltando por la galaxia de forma aleatoria para impedir que los yuuzhan vong los localizaran. Desgraciadamente, en los dos días que habían transcurrido desde que Alema Rar despertara en Eclipse y describiera el ataque a su hermana, dos Jedi habían sido víctima de los voxyn, uno en el mundo teóricamente seguro de Kuat. Luke estaba preocupado porque el Ventura tropezara con uno de los matajedi en alguna parada para repostar, y había pedido a Han y Leia que dieran a Booster las coordenadas de la nueva base Jedi de Eclipse y le sugiriera que a partir de entonces sólo repostara allí. Pero Booster seguía siendo Booster y ya llevaba tres días de retraso respecto a la cita prevista en su agenda, y hasta Leia tuvo que admitir que era improbable que la mantuviese.
—Esperemos un día más —sugirió—. El Fortuna es rápido. Si Booster sigue sin aparecer, todavía podremos llegar a Coruscant antes que Plaan.
—Vale, no pienso irme sin ti —suspiró Han—. Pero el Escuadrón Pícaro está ahora de turno en Coruscant, y Wedge me debe un favor. Deja que al menos hable con él y me asegure de que el Dulce Sorpresa reciba una cálida bienvenida.
—¿Wedge Antilles te debe un favor?
—Todo el mundo me debe un favor.
Por supuesto, Booster no se presentó, y Wedge, el general Antilles, era reticente a ordenar el registro de una nave con los papeles en regla sin alguna «evidencia de sospecha», en este caso algún denunciante presente. Sabedora de que eso no era sino una concesión básica al sentimiento en contra de los Jedi del Consejo Asesor, Leia mantuvo con reticencias la promesa que le había hecho a Han e informó a Luke de que era imposible seguir esperando al Ventura Errante. Salieron de la estación Nova y saltaron al hiperespacio en la Ruta Comercial Perlemiana. Han suponía que irían lo bastante deprisa como para llegar a Coruscant antes que el Dulce Sorpresa.
Los cálculos de Han estaban algo errados. Salieron del hiperespacio para recibir la noticia de que el Escuadrón Pícaro iba camino de interceptar al Sorpresa. Wedge pidió a Han que se reuniera con él en Control Orbital para cumplimentar la denuncia, y éste no sorprendió a nadie prometiendo presentarse en cuanto viera lo que pasaba con el Sorpresa.
La habitual aura de Coruscant de titilantes luces pertenecientes a naves estelares estaba ahora concentrada en un paquete de halos luminosos. El ejército había rodeado el planeta con un escudo de minas espaciales orbitales para protegerlo contra posibles ataques sorpresa de los yuuzhan vong, dejando abiertas sólo unas pocas docenas de estrechas franjas de tránsito y haciendo que la habitual tormenta de tráfico circulara a paso de caracol.
Han llevó el Halcón a la parte superior de una franja y descendió hasta situarse a pocos cientos de metros de la enorme popa del Dulce Sorpresa, ganándose así un ensordecedor chillido por el comunicador proveniente del carguero de mil metros al que acababa de cortar el paso. Se precipitó hacia el comunicador para devolver la afrenta y Leia casi se le echó encima desde el asiento del copiloto tamaño wookiee para detenerlo.
—Tranquilo, pilotito. No es momento de empezar una pelea a insultos.
Cuando Han apartó la mano, ella abrió una frecuencia privada con el carguero.
—Sentimos haberle cortado el paso, carguero. Un control militar provocará un retraso en la circulación delante de nosotros. Le sugiero que se desvíe a babor.
—¿Un retraso? —respondió la gélida voz de un duros—. ¿Y cómo le llama a esto?
—El enorme carguero empezó a deslizarse por la franja de tráfico, ocasionando tal escándalo de chillidos por el comunicador que Leia tuvo que bajar el volumen.
—¿Quién necesita al ejército? —preguntó Han—. Dejemos que los yuuzhan vong se metan en esta tormenta de tráfico y a ver cuánto aguantan.
La tormenta empeoró cuando aparecieron cuatro pequeños Ala-X, que giraron sobre su morro y se situaron tras el Dulce Sorpresa Leia buscó en los canales de comunicación hasta oír la voz familiar de Gavin Darklighter.
—… y deténgase para inspección, Dulce Sorpresa.
—¿Por qué? —replicó la voz de Plaan—. No estamos violando ninguna ley de comercio. Ni siquiera hemos llegado al control de aduanas.
—Esto es una inspección militar de la Nueva República —y Gavin añadió con tono más tranquilizador—: No tienen que preocuparse, es una inspección al azar.
—¿Al azar? —Plaan parecía dudarlo—. Hablaré con mi capitán.
—Recuérdele que esto es al margen de aduanas. Y que vamos armados.
La conversación entre Plaan y su capitán debió de ser animada, porque el Dulce Sorpresa siguió avanzando hasta que la franja de tráfico se estrechó hasta los trescientos metros. Las minas espaciales se volvieron una presencia tangible, más por las enormes extensiones de oscuridad que ocupaban que por las pequeñas formas que Leia veía a veces silueteadas contra la reluciente superficie de Coruscant. Gavin volvió a advertir a la nave que sus Ala-X estaban armados y autorizados para abrir fuego, y Plaan replicó que el Sorpresa transportaba mil refugiados inocentes.
—No piensan parar —dijo Leia.
La Fuerza de Defensa Planetaria controlaba la conversación desde su red de plataformas armadas orbitales y estaba llegando a la misma conclusión. Leia escuchó por la unidad comunicadora militar del Halcón cómo una serie cada vez mayor de oficiales preguntaba lo que pasaba, primero a Gavin Darklighter y luego a Wedge Antilles. Al final, la voz amuermada del general Rieekan, al que se había sacado del retiro para dirigir la FDP, exigió una explicación a Han.
Han le contó quién era Plaan, la historia de los refugiados que le había vendido el weequay y lo sucedido en la estación Nova.
—¿Así que, básicamente, me está diciendo que esos tipos le dan mala espina?
Han hizo una mueca.
—Más o menos, general.
Se oyó un chasquido cuando el general cambió de canal de comunicación, y entonces su voz se oyó por el canal libre por el que se comunicaban el Escuadrón Pícaro y el Sorpresa.
—Coronel Darklighter, ¿sabe quién le habla?
—El general Rieekan, sí, señor.
—Bien. Como comandante de la Fuerza de Defensa Planetaria, le ordeno que no permita que el Dulce Sorpresa cruce el escudo de minas. ¿Me ha entendido?
Leia miró a Han. El tráfico ya cruzaba el campo de minas a menos de tres kilómetros delante del Halcón. Para cuando Gavin contestara, tanto el Escuadrón Pícaro como el Sorpresa estarían entre las minas.
—Er, señor, ya estamos entrando en la vía segura.
—Tiene sus órdenes, coronel Darklighter. Rieekan fuera.
No se necesitó más. Todas las naves a menos de diez kilómetros del Dulce Sorpresa empezaron a desviarse, exceptuando el Halcón y los Ala-X.
—¿Lo ha oído, Dulce Sorpresa? —preguntó Gavin—. Deténgase y prepárese para ser abordado.
La respuesta adecuada habría sido disparar los cohetes de frenado por las toberas de proa. En vez de eso, la nave alzó el morro.
—No queremos problemas —dijo Plaan.
—Negativo, Sorpresa —la voz pertenecía al coronel Tycho Celchu, superior inmediato de Gavin Darklighter y piloto veterano del Escuadrón Pícaro—. No puede salir por arriba. Se ha adentrado demasiado en la vía segura.
—Deje que nosotros nos preocupemos de eso —fue la réplica de Plaan. Mientras hablaba, los trescientos metros de eslora del Dulce Sorpresa se elevaron ante el Halcón, y empezaron a trazar un arco hacia atrás.
—¿Coronel? —llamó Gavin—. ¿Órdenes?
—¡Escudos! —fue la respuesta de Tycho.
—Buena idea —murmuró Han, buscando los controles.
La mano de Leia ya alzaba los conmutadores.
—¿A plena potencia?
—Serás Jedi… Siempre leyéndome la mente.
Leia lo puso al máximo y abrió un canal de intercomunicación con la bodega principal y los cuartos de la tripulación.
—Agarraos atrás. Vamos a divertirnos.
Por supuesto, los noghri no dijeron nada. Los cohetes de un par de minas cobraron vida. El láser del vientre del Dulce Sorpresa relampagueó en respuesta, y las dos minas estallaron antes de poder recorrer un centenar de metros.
—¡Cabezas de gusano! —gritó Han haciendo descender el morro de su nave.
—Control de minas, desactiven… —llamó Gavin frenéticamente por el canal militar.
Las diez minas más cercanas encendieron los cohetes y se dirigieron hacia el Dulce Sorpresa formando una red anaranjada en forma de embudo. Los láseres del vientre del carguero volvieron a disparar, destruyeron tres minas más. Otras diez minas se encendieron.
—Suponía que aprenderían —dijo Leia, forcejeando para ajustarse la red de seguridad. Seguía siendo de tamaño wookiee y estuvo a punto de decir algo sobre reemplazarla, pero se dio cuenta de cómo le sonaría eso a Han y conectó el cierre del pecho—. Debimos cumplimentar primero la denuncia.
La primera oleada de minas floreció en un fuego blanco contra los escudos del Dulce Sorpresa. Igual sucedió con la segunda. Pero tres de ellas consiguieron atravesar los escudos, y sus vibropuntas traspasaron las paredes de duracero de la nave. Una estalló en el puente, destrozando las ventanas de transpariacero, dispersando astillas del tamaño de Ala-X por toda la vía segura. Una segunda cabeza vaporizó los motores de iones e hizo caer al mutilado carguero detrás del Halcón. Leia no vio dónde detonó la tercera. Estaba distraída por varios halos anaranjados que se expandían sobre su propia carlinga.
—Han…
—Lo sé —dijo él. Con el Dulce Sorpresa derribado, el Halcón se había convertido en el objetivo con mayor masa—. Agárrate bien. Creo que…
Los halos se oscurecieron, y media docena de siluetas negras rebotaron inofensivas en los escudos del Halcón.
—… se desactivarán solos —acabó de decir.
Hizo girar la nave y siguió al Sorpresa en su descenso. Leia se hundió en la enorme silla, y gruñó mientras volvía ajustarse el arnés del hombro que le venía grande.
—Esto puede volverse complicado —dijo Han, mirándola—. Conecta el compensador de inercia. Ajústate más la red de seguridad.
—No puedo ajustarla más. Me limitaré a agarrarla.
Si Han la oyó, estaba demasiado ocupado para contestar. Ya atravesaban la siguiente franja de tráfico.
Los Ala-X del Escuadrón Pícaro descendían girando tras el Dulce Sorpresa.
Las sorprendidas naves espaciales se apartaban en todas direcciones, sus escudos deflectores se rozaban y arcos de relámpagos azules bailaban entre los cascos. Han esquivó un yate espacial, hizo rebotar el Halcón en un escudo de partículas y pasó entre dos transportes de Gallofree, hasta conseguir salir por la parte inferior de la franja de tráfico.
Los pilotos que tenía debajo empezaban a reaccionar a los avisos de alarma del Escuadrón Pícaro, y se abrieron huecos para dejar pasar al Dulce Sorpresa. Leia buscó con la Fuerza para ver cuántos supervivientes había en la nave. Sintió una oleada de miedo que la convenció de que Plaan no mentía al mencionar a los refugiados, y también sintió una agitación animal, un extraño sentimiento de ansia que nunca había percibido antes.
—Han…
—Enseguida.
Debajo de ellos, un trío de Ala-X luchaba por alinearse con el centro de gravedad del Dulce Sorpresa. Leia atisbo el vientre del carguero y supo dónde había golpeado la tercera mina. Un hilacho de vapor y mercancías brotaba del agujero. Los tres Ala-X consiguieron al fin situarse y avanzar a velocidad de atraque, disparando los cañones láser para practicar una abertura en el casco de la nave.
La maniobra era desesperada pero efectiva, protocolo militar estándar para entrar en naves descontroladas. Dentro, el último piloto cerraría la abertura con los escudos, mientras los otros dos se ponían los trajes de vacío para hacer lo que fuera que pudiera hacerse.
La agitación animal se desvaneció tal y como dijeron Jaina y Mara que había sucedido a bordo del Cazador de Nebulosas. Leia abrió un canal con el Escuadrón Pícaro.
—Coroneles Celchu y Darklighter, les habla Leia Solo. Puede que sus hombres encuentren a bordo algo más que contrabandistas. Puede que haya un voxyn.
Han la miró con ojos como platos, pero ella le ignoró y esperó.
—Recibido —dijo Gavin—. ¿Un voxyn?
—Monstruos yuuzhan vong, matajedi —explicó Leia—. Apártense de todo lo que parezca un reptil de ocho patas. Y apártense mucho. Esas cosas escupen ácido y gritan ondas de choque. Y puede que hagan cosas peores.
—Lo tendré en cuenta. Darklighter corto y fuera.
Leia miró a Han.
—¿Ha entrado él mismo?
—Fue el primero —confirmó Han.
Han y Leia pasaron un nervioso cuarto de hora siguiendo al Sorpresa hasta una órbita inestable alrededor de Coruscant. Gavin no sólo era el oficial superior de Jaina en el Escuadrón Pícaro, sino que también era un buen amigo de Han y de Leia y primo de Biggs Darklighter, que murió ayudando a Luke Skywalker a destruir la primera Estrella de la Muerte en la batalla de Yavin. Los Solo temían perderlo en un accidente o víctima de un voxyn, pero intentar capturar el carguero con el rayo tractor del Halcón sólo les haría perder el control de su propia nave. No podían hacer nada aparte de esperar sentados mientras otro hacía de héroe; los nudillos emblanquecidos de Han le dijeron a Leia que él encontraba esa impotencia aún más frustrante que ella.
Mientras esperaban, el carguero cayó atravesando la última franja de tráfico y se zambulló en una errática órbita polar. La FDP aceptó desactivar los sectores adecuados del campo de minas para dejarlo pasar, pero su trayectoria decaería en cuarenta y dos minutos. Estando los remolcadores de rescate de Control Orbital ocupados en limpiar las colisiones provocadas por el carguero en su intento de escapar, no habría más remedio que destruir el carguero antes de que chocase con Coruscant. Los refugiados tendrían que ser rescatados con medios civiles o perecer con la nave.
Gavin llegó a los controles auxiliares de ingeniería y empezó a disparar las toberas de altitud de la nave. Control Orbital pidió ayuda para la evacuación y recibió contestación de un crucero con espacio para mil pasajeros.
El crucero, un transporte rápido llamado Dama Tranquila, apareció detrás del Halcón y empezó a maniobrar sus quinientos metros de eslora para posicionarse sobre la escotilla superior de evacuación. Han se situó tras la popa del Sorpresa, claramente molesto por haber tenido que cruzarse de brazos y esperar a los demás. Leia volvió a buscar con la Fuerza. Los pasajeros estaban en la parte superior del carguero y se movían en grupo hacia el centro. No sintió al voxyn, pero eso no significaba nada. Jaina y Mara no habían sentido al asesino de Numa Rar tras la perturbación inicial.
Para cuando el Dama Tranquila empezó a descender hacia la escotilla de evacuación, el Dulce Sorpresa ya estaba sobre el polo sur de Coruscant. El ordenador de navegación indicó que faltaban treinta y tres minutos para que su órbita empezase a decaer; Leia esperaba que bastase para transferir un millar de pasajeros asustados.
Del comunicador brotó la voz de Gavin Darklighter.
—Leia, ¿cómo dijiste que se matan esas cosas?
—¿Cosas? —repitió Leia.
—Cuatro.
Han lanzó un bufido.
—Como de un metro de alto y cuatro de largo —continuó diciendo Gavin—. No atacan, pero están entre nosotros y la escotilla.
Han abrió un canal con el Dama Tranquila.
—No siga, Dama —no esperó una respuesta para desplazar el Halcón debajo de la otra nave y avanzar—. Tenemos que ocuparnos de un pequeño problema.
Leia no oyó lo que chilló en respuesta el piloto del Dama. Estaba muy ocupada hablando por el otro canal.
—Gavin, aguanta ahí. Vamos a limpiarte el camino.
—¿Limpiarlo? ¿Cómo?
Leia miró a Han.
Han se encogió de hombros. Ya se nos ocurrirá algo, dijo con los labios.
Leia frunció el ceño a su marido, pero dijo:
—Tenemos un plan.
El Halcón voló sobre la destrozada popa del Dulce Sorpresa y se precipitó velozmente por el estrecho espacio entre los grandes cargueros, mientras las lenguas anaranjadas de los cohetes de freno del Dama Tranquila lo lamían todo. En el techo sonó un pesado golpe y los sensores de largo alcance se llenaron de estática. Han apenas alzó la mirada. Había perdido tantas veces el plato de la antena que llevaba una de repuesto; podía reponerla en su sitio en cuestión de minutos.
Leia se soltó de la red de seguridad, cogió el sable láser y se dispuso a salir.
—¡Un momento! —dijo Han, mientras forcejeaba para impedir que el Halcón se convirtiera en un sandwich de duracero—. ¿Adónde vas…?
—A la escotilla de atraque.
—¡Es demasiado peligroso! —Han hasta llegó a apartar la mirada de la ventanilla delantera—. Tú te quedas aquí.
—Como quieras —Leia tuvo que recordarse que el que Han se sintiera protector era bueno, una etapa en su proceso de curación—. Tú atraes a los voxyn con la Fuerza, y yo me dedico a arañar los cañones exteriores.
Hizo un gesto hacia la ventanilla. La separación entre el Dama y el Dulce Sorpresa no era mucho más ancha que el Halcón.
Han hizo una mueca.
—Usa la escotilla de emergencia del elevador de carga de babor —dijo—. Y cuando los hagas salir, quédate a este lado de la escotilla.
—Lo que tú digas, cariño.
Leia ya estaba a medio camino del pasillo de acceso. Fue a buscar a los noghri a los camarotes de la tripulación y se dirigió a popa con ellos. Adarakh quitó el suelo del elevador de carga y, una vez en la bodega, Meewalh preparó la escotilla de emergencia. Leia utilizó el intercomunicador para guiar a Han. El espacio era estrecho, y tuvieron que alzar el morro del Halcón contra el Dama Tranquila para poder conectar la ataguía a la escotilla de evacuación del Dulce Sorpresa. Leia podía sentir a los voxyn debajo de ella, cuatro asesinos sedientos de su sangre. Adarakh igualó las presiones, conectando ambas naves.
Un golpe resonó en todo el casco. No había necesidad de atraerlos. Ya iban hacia ellos.
Leia se enfrentó a la escotilla de salida y activó el sable láser con el pulgar.
—¡Adelante!
Una oleada de excitación ondeó a través de la Fuerza. Un cuerpo pesado chocó contra la escotilla de la ataguía del Halcón, que seguía cerrada Adarakh y Meewalh se detuvieron y sacaron las pistolas láser.
—¡Vamos! —ordenó Leia.
Llegó a la escotilla, presionó el panel, oyó cómo se rompía el sello hermético, y suspiró de alivio. Si los voxyn hubieran abierto antes la escotilla de evacuación del Sorpresa, el seguro antidescompresión habría impedido que se abriera la de ella. Leia condujo a Adarakh y Meewalh de vuelta al pasillo de acceso, cerró la puerta de la bodega y esperó.
La escotilla de emergencia siguió sin abrirse.
—¿Leia? —llamó Han por el intercomunicador—. ¿Cómo va eso?
—No va. No han abierto su escotilla de emergencia.
—No es problema.
La escotilla se abrió para descubrir el conducto de la ataguía lleno de escamosas patas negras y cautelosos ojos amarillos. Una criatura alargó el cuello para mirar en la bodega vacía, retirándolo a continuación para seguir donde estaban.
—¿Y bien? —preguntó Han.
—Se huelen una trampa.
Han guardó un momento de silencio antes de hablar.
—Nuestro lado está herméticamente sellado. Podría retirarme de golpe.
Leia se puso de puntillas e intento ver cuantos voxyn había en el conducto de la ataguía, pero tenía mal ángulo.
—No sirve. Hay que sacarlos a todos.
—¿Sacarlos cómo? —la desaprobación en el tono de voz de Han era inconfundible—. Voy para allá.
—No te muevas —Leia abrió su escotilla entró en la bodega—. Alguien tiene que pilotar.
Han gritó algo por el intercomunicador, pero los voxyn ya cruzaban frenéticos la ataguía, todo entrechocar de escamas y arañar de garras. Leia puso el sable láser en posición y esperó, esperó durante dos segundos, hasta que el tercer par de ojos amarillos entró en la bodega y miró en su dirección. Decidió que el cuarto voxyn no iría muy rezagado y usó la Fuerza para saltar de vuelta a la escotilla del pasillo.
Adarakh y Meewalh dispararon las pistolas láser desde la puerta y el voxyn que iba delante, a sólo tres metros de ellos, explotó en una nube de vapor ácido. Su sangre apestaba a humo y amoniaco. Los ojos de Leia se inundaron de lágrimas. Intentó gritar a los noghri que se retiraran. Fue un error. Los pulmones le estallaron en ácida agonía.
El segundo voxyn saltó sobre el primero, chillando. Una pared invisible golpeó a Leia y sus oídos zumbaron por el dolor. Adarakh y Meewalh se desplomaron ante ella. Leia se pegó a la pared y buscó con la Fuerza para pulsar el panel de cierre. El voxyn volvió a abrir la boca, esta vez para vomitar un chorro marrón.
El moco chocó contra la escotilla que se cerraba, pero algunas gotas consiguieron pasar y salpicar a los inconscientes noghri. Leia consideró que habían tenido suerte y presionó el panel, maldiciendo cuando el seguro antidescompresión impidió que la puerta se cerrara. Un redondo pie de reptil asomó bajo la escotilla, arañando el suelo. Leia bajó el sable láser, y la hoja zumbó cortando algo tan resistente como el duracero.
En la bodega se oyó un aullido, y el voxyn metió el morro bajo la puerta.
Leia desconectó el seguro, rezando porque ninguno de los tres cerebros droides de la nave cuestionaran, para variar, la veracidad de la orden, y volvió a darle al panel para cerrar la escotilla.
La puerta dudó un instante y se cerró con un crujido sobre el morro del voxyn. Otro aullido, esta vez más amortiguado. Un olor cáustico, peor que el anterior. Quince centímetros de morro escamoso en un charco de sangre púrpura. Leia empezaba a marearse, la cabeza le daba vueltas, los pulmones le ardían hasta hacerla caer de rodillas.
Alzó la mirada. Los otros dos voxyn estaban a un metro de distancia, observándola a través de la mira de la escotilla. Abrieron las bocas, y un sonido como una lluvia de meteoros atravesó el duracero. Leia se tambaleó hacia atrás, y se cayó.
—Leia, ¿qué pasa ahí atrás? —gritó Han—. ¡Contesta!
—Tenemos… —el resto se perdió entre toses.
—¿Leia? No pareces muy…
—¡No hay tiempo! —Leia se levantó tambaleándose, la visión se le oscurecía, la cabeza le daba vueltas—. Han, hazlo…
Era difícil saberlo. Igual había llegado a decir ya o igual no.