CAPÍTULO 2
Sólo un kilómetro más allá de la pared de transpariacero, el horizonte erizado de antenas se sumergía en un abismo sin fondo de rotantes asteroides y estrellas fugaces. Pequeños halos azules nacían con un parpadeo para crecer lentamente hasta ser iluminados rectángulos de enormes barcazas de carga que volvían con duracero procedente de las fábricas exteriores. Los transportes de personal tejían en la oscuridad largas colas de iones, yendo de una tarea a otra en más de cien varaderos orbitales, y enormes droides soldadores dibujaban el esqueleto de las naves en brillantes tormentas de chispas.
Al entrar, Han Solo había contado casi quinientas naves de guerra construyéndose en los viejos astilleros de Bilbringi. Eran sobre todo naves escolta, corbetas y otros vehículos pequeños que podían acabarse a toda prisa, pero también había dos destructores estelares de clase imperial. Aunque seguramente esas enormes naves no estarían acabadas antes de que los yuuzhan vong capturasen el lugar, los cascos ya estaban cerrados y montadas las unidades impulsoras. Era evidente que el joven general Muun era un sullustano con un plan, la clase de piloto de escritorio que siempre había impresionado al mando de Coruscant, y casi siempre conseguía agotar la limitada provisión de paciencia de Han.
Han deseó poder usar una de esas técnicas relajantes Jedi de las que siempre hablaba su hijo Jacen y forzó una sonrisa nada sincera antes de dirigirse al centro de la sala. Leia estaba sentada en un pequeño sofá con el general. Y su rostro brillaba con la misma intensidad de ojos marrones que atrajo a Han tantos años antes. Aunque nunca podría entender cómo conseguía ella mantener esa intensidad a lo largo de treinta años de servicio a la galaxia, se había convertido en un amarradero para él, la única constante que no parecía haber cambiado a lo largo de tantas décadas de lucha, pérdida y muerte. Y ahora, cuando a ella le flaqueaban las piernas, recién curadas de la aventura casi fatal de Duro pero todavía débiles, el dolor de estar a punto de perderla le paralizaba el corazón y juraba que nunca, jamás, volvería a apartarla de su lado.
—… cien mil vidas en juego, general —estaba diciendo ella—. Los vray son una especie pacífica. Sin una escolta, el convoy de evacuación estará indefenso contra los yuuzhan vong.
—¿Y cuántas vidas perderá la Nueva República si Bilbringi cae antes de que se complete la flota? —preguntó Muun. Sus papadas de sullustano se agitaron suavemente mientras hablaba, pero siguió ocultando sus sentimientos tras la máscara lisa de su rostro—. Mundos enteros perecerán, y eso son millones de vidas.
—Sólo pide veinte naves —dijo Han.
El general clavó sus ojos negros en Han.
—Pide cinco cruceros y quince corbetas, la cuarta parte de las defensas de Bilbringi, y los yuuzhan vong ya están sondeando los puestos externos de seguridad.
—Le estamos dejando el Intrépido —dijo Han con su tono más razonable—. Y en una semana estándar llegarán más naves, en dos como mucho.
—Lo siento, pero no.
Muun negó con la cabeza y empezó a levantarse.
En la estación de comunicación segura de la mesa del comandante sonó un zumbido.
—¿Quiere que lo coja por usted, general? —dijo C-3PO, parado detrás del sofá.
Muun asintió.
—A no ser que tenga prioridad de urgencia, contestaré en unos minutos.
—Gracias, Trespeó —dijo Han. Cualquier interrupción sólo conseguiría reducir las posibilidades de conseguir la escolta. Se dejó caer en un asiento ante Muun—. Parece olvidar con quién está hablando, general.
Los ojos castaños de Leia brillaron alarmados.
—Han…
—No hace mucho tiempo que podría haber exigido esas naves —continuó diciendo—. Si alguien se merece…
—Sé lo que se merece la princesa —Muun volvió a sentarse con reticencia—. En la Academia estudié los vídeos de historia.
—¿Vídeos de historia? —gruñó Han—. ¿Cuánto lleva en activo? ¿Desde el año pasado? —miró a través de la cúpula de plastiacero a los ajetreados muelles—. Debió conseguir muy buena puntuación para que le dieran un mando como éste.
Un estremecimiento de indignación recorrió las papadas del sullustano, pero C-3PO volvió a hablar antes de que pudiera contestar.
—Perdonen que les interrumpa, pero un emisario yuuzhan vong pide ver a la princesa Leia.
—¿Qué? —preguntaron Han y Leia a la vez.
—Dile que no —repuso Han.
—¿Cómo me ha encontrado? —preguntó Leia.
C-3PO emitió un milisegundo de ruido digital por el comunicador, la respuesta llegó un momento después.
—El emisario yuuzhan vong se niega a revelar esa información al oficial de la nave guía, pero jura en nombre de Yun-Yammka que no le hará ningún daño. Desea discutir el destino de algunos refugiados.
—No —dijo Han.
Leia le miró con el ceño fruncido antes de dirigirse al droide.
—Dile que le remitiré instrucciones en breve.
—¿Tienes locura espacial? —Han sabía que nunca ganaría la discusión, pero tenía que intentarlo. Ya había perdido a su mejor amigo a manos de los yuuzhan vong y estaba decidido a no perder también a su esposa—. ¿O es que te has olvidado de Elan y los bo’tous, o lo cerca que estuviste de perder las piernas el año pasado en Duro?
—No lo he olvidado —dijo Leia con calma. Se volvió hacia su anfitrión—. Pero estoy segura de que el general Muun querrá saber casi tanto como yo cómo es que los yuuzhan vong conocen mi presencia aquí.
El sullustano asintió.
—Cierto.
—¡No puede dejar entrar a un yuuzhan vong en Bilbringi! —dijo Han, dándose cuenta de que Muun era su mejor esperanza de evitar que Leia corriera ese riesgo—. Sólo saber cuántas naves hay…
—Sólo servirá a nuestros enemigos si la cifra es correcta —el sullustano ni se molestó en mirar a Han. Sus papadas se elevaron para formar una tensa sonrisa y dijo a Leia—: Estábamos esperando una oportunidad así.
—Entonces será un placer proporcionársela —repuso ella, antes de volverse a C-3PO—. Puedes comunicar a los yuuzhan vong que le concederemos paso seguro.
—Siempre que se presente desarmado y desenmascarado —añadió Han lóbregamente. Los guardaespaldas noghri de Leia esperaban en el pasillo ante la puerta de Muun, y esto les gustará todavía menos que a él, pero no tenían ninguna posibilidad de hacerle cambiar de opinión—. Y como haga algo raro…
—Ya ha prometido mantener una conducta honorable —replicó C-3PO—. Pero si quiere mi opinión, la promesa de un yuuzhan vong vale tanto como la de un jawa.
El general Muun se acercó a su escritorio, abrió un canal de comunicación con su Jefe de Seguridad:
—Den inicio a la Operación Recreo. No es un simulacro.
Han y los dos guardaespaldas pasaron las siguientes dos horas convirtiendo las viejas salas de interrogatorios de la base imperial en una sala de reuniones lo bastante segura para su esposa. La principal válvula de seguridad era el panel de transpariacero a través del cual se mantendría la conversación, sin olvidar los biosensores para controlar el estado corporal del yuuzhan vong, la presión negativa de aire para confinar cualquier veneno que pudiera contenerse en la sala de la que procediera y un «botón de vacío» que abriría la cámara al cuasi vacío exterior.
Los preparativos del general Muun fueron igual de exhaustivos y el doble de rápidos. Apenas había dado la orden cuando los varaderos orbitales empezaron a oscurecerse y a quedar inmóviles, dando la impresión de que el astillero estaba casi abandonado. Para cuando la nave guía apareció sobre el planetoide, sólo había activos tres varaderos abandonados, operados por un equipo mínimo que se afanaba en su trabajo como dándole los toques finales a media docena de corbetas sin importancia. La mayoría de los varaderos no era visible, y los pocos que podían verse sólo contenían naves a medio construir que parecían abandonadas en las prisas de una evacuación temprana, Se mereciera o no el general ese mando con tan pocos años, Han tuvo que admirar su astucia; a juzgar por lo que se veía, los yuuzhan vong no se darían ninguna prisa en atacar los astilleros de Bilbringi.
C-3PO anunció la llegada del emisario, y una docena de guardias entró en la sala de interrogatorio con su presa. Se había concedido alguna cortesía diplomática al yuuzhan vong, pero se le había confiscado algo que parecía un ojo artificial, y en vez de su ropa llevaba una fina capa de la flota con la capucha echada. En la mano llevaba una criatura esponjosa parecida a los villip que usaban los yuuzhan vong para comunicarse a larga distancia, aunque éste era más grande y gelatinoso. Los oficiales científicos del astillero habían escaneado a la criatura en busca de cualquier forma conocida de ataque yuuzhan vong y confirmaron que era un aparato orgánico de comunicación, pero los guardaespaldas noghri de Leia, Adarakh y Meewalh, insistieron en hacer su propio examen, olfateando, hurgando y apretando la cosa hasta que Han creyó que explotaría. Aún así, posó la mano sobre el botón de vacío; no pensaba aceptar la palabra de nadie acerca de nada, mientras no le explicaran cómo era que un protozoo hipercrecido podía enviar mensajes a través de la galaxia con la misma eficacia que la HoloRed.
Una vez estuvieron todos satisfechos, los escoltas empujaron al emisario hacia la única silla de la sala, para luego salir y cerrar la puerta.
Leia se acercó al transpariacero.
—Soy Leia Organa Solo.
—Sí, nos hemos encontrado antes, en el planeta Rhommamul —la voz del emisario era ronca y arrogante, y al momento hizo que Leia empalideciera. Colocó su criatura en la mesa y se echó atrás la capucha, descubriendo una destrozada cara yuuzhan vong a la que le faltaba un ojo—. Y en Duro hasta trabajamos juntos por un tiempo.
—¿Cree’ar? —la mano de Leia se posó instintivamente en el sable láser, el que le había hecho Luke tantos años atrás. Tsavong Lah había destruido su otro sable láser en Duro—. ¡Nom Anor!
—Tiene una memoria excelente —miró a Leia con frialdad—. ¿.Cómo está su hijo Jacen? ¿Mara, sigue mejorando? Ya sabrá que tengo un interés especial por el estado de su cuñada.
Han sintió que el botón de vacío le cosquilleaba en la palma de la mano y se dio cuenta de que estaba peligrosamente cerca de apretarlo.
—Sigue hablando, amigo —Nom Anor trató de matar a Mara y a Jaina durante la caída de Duro, e intentó organizar la muerte de Leia y Jacen, y antes de eso había infectado a Mara con una enfermedad mortal que sólo había podido superar al cabo de más de dos años—. Nada me gustaría más que arrojarte al vacío.
La sonrisa de Nom Anor continuó siendo insidiosa.
—¿Antes de oír lo que vengo a decir? Además, no creo que Leia Organa Solo sea de las que rompen una promesa de paso seguro.
—La promesa es mía, no de Han —dijo Leia—. Y su autocontrol ya no es lo que era. ¿Cómo supiste que estaba aquí?
—Con la evacuación de los vray, ¿dónde sino buscar una escolta para un convoy? —Nom Anor hizo un gesto hacia la criatura de la mesa—. ¿Puedo?
—Hace semanas que dura la evacuación de los vray —repuso Leia, presionando por una respuesta. Han dudaba que Nom Anor les dijera si había algún espía en Bilbringi, pero lo que no dijera sería igual de útil para el general Muun—. Sólo llegamos hace unas horas.
—Estamos vigilando Bilbringi, por supuesto, y esto es todo lo que diré al respecto —esta vez sin pedir permiso, despertó a la criatura con un golpecito—. Tsavong Lah desea que veáis esto.
La criatura pareció derretirse para formar un disco plano y empezó a brillar con bioluminiscencia amarilla. La luz se coaguló para formar una esbelta nave estelar con una popa abultada y el característico puente en forma de martillo de uno de los grandes cruceros civiles de la Corporación de Ingenieros de Corellia. A juzgar por la falta de actividad en los motores de iones y las puertas abiertas de la plataforma de atraque, la nave estaba varada en el espacio.
—El crucero estelar Cazador de Nebulosas —dijo Nom Anor—. La imagen es actual.
A Han el corazón le dio un vuelco. El Cazador de Nebulosas era la nave con la que iban a encontrarse Mara y Jaina. Se suponía que era una misión sencilla, un encuentro rápido en un sector seguro y volver a casa, pero era evidente que algo había salido mal. Puso su mejor cara de sabacc y se obligó a mirar a su esposa.
—Muy impresionante —dijo Leia. Su tono continuó siendo seco y burlón pese a que debía estar tan preocupada como Han—. Habéis aprendido a transmitir hologramas. Espero impaciente ver vuestros holodramas por la Red.
—Hace siglos que los yuuzhan vong hacemos luz sólida —cortó Nom Anor—. Te enseño esta nave porque el Maestro Bélico cree que podría interesarte un intercambio.
«Ya está», pensó Han. Apartó la mano del botón de vacío, no confiando en poder resistirse si Nom Anor les anunciaba que tenían a su hija.
—Tsavong Lah se equivoca —dijo Leia. Su tono era un poco demasiado frío, única insinuación de la bola de hielo que debía tener en el estómago—. Preferiría tratar con un hutt.
—Los hutt no tienen lo que quieres —Nom Anor hundió un dedo engarfiado en el holograma—. A bordo hay diez mil refugiados, y corren peligro por vuestra culpa.
—Lo dudo. Si esto es lo que Tsavong Lah deseaba enseñarme, la reunión ha concluido.
Leia le dio la espalda a Nom Anor y se apartó del transpariacero. Han deseó poder recordarle que la vida de su hija podía correr peligro, pero se contuvo, sabiendo que sólo intentaba minar la confianza de su enemigo.
Ya había llegado a la puerta para cuando llamó Nom Anor.
—Puedes salvarlos —se levantó para mirar por encima de la luz viviente—. Basta con que me digas dónde encontrar la base Jedi.
Leia miró a Han, preguntándose si Nom Anor quería decir que podía salvar a los refugiados o a Jaina y Mara.
—No hay ninguna base Jedi —dijo entonces.
Nom Anor suspiró teatralmente.
—Princesa Leia, vuelve a desacreditarme a ojos de Tsavong Lah —dejó caer la barbilla—. Le dije que nunca sacrificaría a tantos para salvar a tan pocos, pero él la cree dispuesta a sacrificar a más, muchos más, para proteger a los Jedi.
Mientras Nom Anor hablaba, una andanada de bolas de plasma surcó el holograma y estalló contra el crucero desprotegido, abriendo agujeros en el casco de duracero. Oscuras nubes de restos del tamaño de motas y vapor atmosférico se vieron propulsados al espacio, y otra andanada de plasma entró en el campo de visión.
Muchas de las bolas entraron por los mismos agujeros abiertos por la descarga anterior y se abrieron paso por los mamparos interiores. Las nubes se ennegrecieron cuando más restos salieron al frío vacío, luego la imagen cambió, centrándose en los agujeros y mostrando que las motas eran cuerpos de pasajeros, exánimes y rotos por la despresurización.
—En verdad la sabiduría de Tsavong Lah es tan ilimitada como la misma galaxia —Nom Anor puso su único ojo en blanco como si estuviera contando un chiste, y luego hizo un gesto hacia el crucero—. Mueren porque había Jedi a bordo. Si los Jedi no quieren que mueran más, deberán rendirse en el plazo de una de vuestras semanas estándar.
—¿Más? —Han sabía que era justo la pregunta que Nom Anor quería que le hiciera, pero no pudo contenerse. Tenía que saber lo que había sido de Jaina—. ¿Cuántos más?
—Vuestros exploradores os confirmarán que nuestra flota ha rodeado el mundo de Talfaglio; durante toda la siguiente semana, retendremos en órbita todas las naves de refugiados. Si los Jedi se rinden y se entregan, permitiremos que el convoy continúe su marcha. Si los Jedi no se entregan, lo destruiremos —Nom Anor miró la mano de Han, que se deslizaba sobre el botón de vacío—. Igual que si no regreso.
—¿Esperas que los Jedi se rindan? —preguntó Han. Sentía demasiado alivio porque Nom Anor no hubiera mencionado a Jaina o a Mara como para enfurecerse de verdad por la muerte de diez mil desconocidos por la que igual debía sentirse culpable; sólo le importaba que Jaina y Mara estaban a salvo—. Eso no sucederá, amigo. Podéis darlo por hecho.
Han clavó la mirada en Nom Anor y bajó la mano hacia el botón de vacío, sonriendo malévolamente y tomándose su tiempo para dar a Leia la oportunidad de detenerlo. El yuuzhan vong enfrentó su mirada con una risita y no apartó la vista, ni siquiera cuando Han tocó el botón. Éste se detuvo ahí, esperando a que Leia lo detuviera, pero ella siguió sin decir nada. La miró y vio que clavaba los ojos marrones en el emisario con una rabia sin paliativos.
—¿A qué esperas? —preguntó ella.
—¿En serio?
Leia asintió.
—Adelante.
El tono de su voz preocupó a Han, y entonces se dio cuenta de que podía haber otro motivo para que Nom Anor no mencionase a Jaina o Mara, un motivo que ya se le había ocurrido a su esposa. Era muy posible que estuvieran a bordo cuando se destruyó el Cazador de Nebulosas, y que los yuuzhan vong no supieran a quiénes habían matado.
Han presionó el botón de vacío y un sello siseó al abrirse el panel del techo. Nom Anor abrió mucho su único ojo.
—¿Estáis locos? —se puso en pie de un salto—. ¡Vais a matar a millones de seres!
Leia alargó la mano y dejó de presionar el botón de vacío, deteniendo el panel del techo donde estaba.
—Nosotros no, vosotros.
El aire continuaba siseando mientras se escapaba de la cámara, haciendo que la imagen del Cazador de Nebulosas parpadeara y desapareciera mientras la criatura villip se arrugaba sobre sí misma. Nom Anor miró al techo, y luego otra vez a Leia, con su espantoso rostro boquiabierto por la sorpresa. Ella esperó a que él se llevase los dedos a los oídos, entonces volvió a presionar el botón y cerró el panel.
Cuando Nom Anor se apartó las manos de los oídos, Leia dijo:
—Vuelve con tu Maestro Bélico y dile cómo te hemos tratado. Dile que los Jedi no aceptamos ninguna responsabilidad por las vidas que él amenace, y que cualquier emisario que haga una amenaza similar no volverá con él.
Nom Anor asintió, si no humildemente, al menos no con altivez.
—Se lo diré, pero eso no cambiará nada —fue hasta la puerta y esperó a que se abriera para añadir—: El Maestro Bélico cree que esto funcionará, y todavía no se ha equivocado.
* * *
Luke Skywalker sabía que unos días en el tanque de bacta curarían los daños físicos, pero en Alema había una angustia que nunca desaparecería. Había podido sentirlo mientras ella flotaba en un desasosegado trance curativo, y el tormento sólo empeoraría cuando despertara para conocer el destino del Cazador de Nebulosas. Tendría más sentimiento de culpa, más ira, más miedo a la… la cosa que había matado a su hermana. Ya había estado peligrosamente cerca del Lado Oscuro cuando lideró la resistencia de Nueva Plympto, y ahora le resultaría una alternativa irresistible a aceptar cualquier responsabilidad por la muerte de su hermana, por la destrucción de Nueva Plympto y por el destino del crucero. No se trataba de si Alema Rar se pasaba o no al Lado Oscuro, sino cuándo lo haría y por cuánto tiempo.
La puerta de la enfermería se abrió detrás de Luke con un susurro y se volvió para encontrarse con que los ojos líquidos de Cilghal lo estudiaban desde el umbral.
—Lamento interrumpir, Luke, pero tu cuñado exige hablar contigo. Parece creer que le ocultamos algo.
Luke sonrió.
—El bueno de Han. Me alegro de que haya vuelto a la normalidad.
La enorme boca de Cilghal se separó para formar una sonrisa mon calamari.
—Sí, ¿verdad?
Luke la siguió por un pasillo en curva y se dirigió a la bóveda de conferencias. Como buena parte de la nueva base, el túnel había sido cortado con láser en la roca sólida, sellándose contra escapes al vacío con plastiespuma blanca que la hacía parecer más suave y luminosa que la típica cueva. La espuma también era un excelente aislante, y atrapaba con tanta eficiencia el calor que generaba el equipo que la mayoría de las especies prefería llevar abiertos los trajes de vacío de emergencia, todavía demasiado a menudo necesarios. Ingeniería intentaba corregir el problema, pero la mayoría de los habitantes ya se referían a los dormitorios como las saunas.
Luke entró en la bóveda de conferencias y encontró a sus sobrinos, Jacen y Anakin, esperando junto a Danni Quee, Tahiri Veila y un grupo de otros Jedi. Sobre el holoproyector que había en el centro de la mesa de conferencias flotaba un pequeño holograma de Han y Leia. Han interrogaba a sus hijos sobre por qué no estaba su hermana presente en la sala; Leia parecía un tanto avergonzada.
Luke se unió a los demás en la mesa y, con el agradecimiento de sus sobrinos, tomó su lugar ante el arco de holosensores.
—Han, Jaina está en el centro de señales con Erredós, intentando limpiar una transmisión que recibieron del Cazador de Nebulosas. Vendrá en cuanto pueda, pero no puede dejar de golpe lo que está haciendo.
Han frunció el ceño, pero pareció aceptarlo.
—¿Te has enterado de la amenaza?
Luke asintió.
—Hace unos minutos.
—¿Y por qué has tardado tanto?
—Estaba con Alema Rar. No se había puesto el arnés de seguridad cuando la cápsula salió eyectada y está muy maltrecha. No pudo decir gran cosa cuando la trajeron salvo «voxyn», así que esperaba conseguir una impresión subconsciente de lo que le había pasado a su hermana.
Han estrechó los ojos.
—¿Una impresión subconsciente?
—Mediante la Fuerza, Han —dijo Luke, empezando a perder la paciencia con su cuñado. Aunque Han volvía a ser casi el mismo, su dolor por la pérdida de Chewbacca seguía manifestándose de formas peculiares. Lo último era un ramalazo nervioso que tenía tanto a Leia como a sus hijos caminando de puntillas—. Jaina está bien, igual que Mara.
Han no pilló la sutileza.
—¿Y cómo es que Mara no está ahí?
—Tampoco puede dejar lo que está haciendo. Está dando de comer a Ben.
—Tendrás que disculparnos por estar algo nerviosos —repuso Leia, dirigiendo una mirada irritada a su marido—. Lo que hizo Nom Anor fue toda una demostración. Diez mil personas asesinadas, y dudo que hubieran dejado de hacerlo si les hubiéramos dicho dónde encontrar Eclipse. ¿Qué vamos a hacer con Talfaglio?
—Lo primero es recordar que permitir que los yuuzhan vong nos hagan responsables de ello es seguirles el juego —dijo Luke—. No debemos olvidar que aquí los asesinos son ellos, no nosotros.
—Eso no puede ser más cierto, Maestro Skywalker —dijo Cilghal, dirigiéndose a Luke con más formalidad ahora que estaban en un grupo mayor—. Pero no me siento cómoda cerrando los ojos ante la muerte de tantos. Sea o no nuestra la responsabilidad, debemos hacer algo para impedirlo, si se puede.
—Y tampoco somos completamente inocentes de esto —dijo Jaina, entrando en la bóveda seguida por R2-D2 y varios Jedi. La noticia de la amenaza de Tsavong Lah se estaba propagando y el personal de la base acudía a la bóveda de conferencias—. Había Jedi en el Cazador de Nebulosas, los mismos que lideraban la resistencia en Nueva Plympto. Las hermanas Rar pusieron en peligro al crucero en cuanto subieron a bordo, igual que nosotros al acudir a la cita con ellas.
—¿Y cómo sabes que los yuuzhan vong no se los habrían llevado para sacrificarlos? —preguntó Danni Quee, siempre rápida al señalar el fallo en cualquier discusión. Era una mujer pequeña, de ojos verdes y rizado pelo rubio, de las primeras personas que cayeron prisioneras de los yuuzhan vong y la primera en presenciar sus torturas—. No podemos presumir de saber cómo piensan esos asesinos. Así sólo cometeremos errores. Y errores muy graves.
Mientras hablaba, Danni se apartó a un lado para que Jaina pudiera unirse a Luke en el arco de sensores del holocomunicador.
—Hola, papá, mamá —dijo Jaina—. Siento haberos hecho esperar.
—No ha sido para tanto —repuso Leia.
La tensión desapareció del rostro de Han, que añadió:
—Sí, no es problema.
La calma se prolongó un segundo más antes de que Anakin Solo, con su cabello castaño tan indómito como siempre, acelerara la conversación.
—Mirad, da igual que seamos o no responsables de ello. Hay cientos de miles, quizá millones, de vidas en peligro. Y tenemos que hacer algo.
—¿Qué quieres que hagamos, Anakin? —preguntó Luke.
Tahiri contestó por él.
—Romper el bloqueo, claro —rubia y esbelta, en muchos aspectos, Tahiri parecía una versión de quince años de Danni Quee, incluso fue prisionera de los yuuzhan vong hasta que Anakin la rescató de un laboratorio de cuidadores—. Haremos que lo paguen caro, para que no vuelvan a intentarlo. Es la única forma en que podremos volver esto contra ellos.
—Y puede que sea precisamente eso lo que esperan que hagamos —dijo Danni—. Si consideran a los Jedi unos guerreros como ellos, esperarán una respuesta honorable.
Han asintió en el holograma.
—Quieren hacer salir a los Jedi. Seríais idiotas si lo hacéis, y más ahora que os esperan.
—¿Entonces dejamos que muera un mundo? —la voz tranquila de Jacen contrastaba con la creciente tensión de la sala. Se volvió hacia Tahiri y Anakin—. Ir por ahí agitando los sables láser también contribuye a que maten a más gente.
Anakin frunció el ceño, como hacía últimamente cada vez que hablaba su hermano mayor.
—Igual tú puedes quedarte al margen y mirar.
Jacen alzó una mano.
—Déjame acabar, Anakin. Sólo digo que ninguna de esas salidas es buena —miró a los reunidos en la sala—. Si luchamos, los yuuzhan vong matarán a más gente, si no luchamos la matarán de todos modos. No podemos permitir ninguna de ambas cosas. Se supone que los Jedi son los defensores de la vida en esta galaxia.
—¿Qué estás diciendo, Jacen? —exigió Han—. ¿Que los Jedi deben rendirse? —cerró los ojos e hizo una mueca—. Dime que no es eso lo que dices.
—Nadie se va a rendir, Han —dijo Luke.
Comprendía la preocupación de Han. De todos los jóvenes Caballeros Jedi que habían ido a Eclipse, Jacen era el más filosófico, y no conseguía asimilar la paradójica idea de que a veces es necesario destruir para poder conservar. Luke sabía que las preocupaciones de su sobrino se debían a una visión perturbadora que había tenido en el planeta Duro, donde vio cómo la galaxia se inclinaba hacia la oscuridad incapaz de evitarlo. Temiendo alterar aún más el equilibrio, el joven Jedi había abandonado por un tiempo la Fuerza, y aunque había vuelto a usarla cuando los acontecimientos lo requirieron para salvar a su madre, seguía inseguro acerca de su visión y a veces eso lo acercaba a la inacción, una situación a su modo tan peligrosa como la que pronto acabaría conduciendo a Alema al peligro.
—No vamos a rendirnos —repitió Luke—. Y no permitiremos que los yuuzhan vong nos arrastren al combate sin estar preparados —se volvió hacia Danni y Cilghal—. ¿Puede ofrecernos algo ya el Programa Eclipse?
Danni negó con la cabeza.
—Nada. Los holos indican que hay un yammosk coordinando las batallas, pero resulta imposible identificar alguna pauta en la forma en que despliega las tropas o determinar cómo se comunican. Tenemos que acercarnos más.
Luke miró a Cilghal.
—¿Y los villip?
—Me temo que mi grupo ha hecho todavía menos progresos. Es evidente que los yuuzhan vong dejaron de usar los villip que capturamos, lo cual sólo nos dejó la disección. Hasta el momento, no tenemos ni la menor idea de cómo funcionan.
Luke asintió con la cabeza a las dos científicas.
—Es demasiado pronto para esperar progresos, pero ya los habrá —se volvió hacia los demás, que ahora eran casi cincuenta, incluidos Mara, su hijo Ben y más de una docena de voluntarios no Jedi—. Aún no tenemos claro cuál es nuestro camino, pero estoy seguro de una cosa. Sería una locura permitir que los yuuzhan vong nos arrastren a la lucha sin estar preparados. Espero que podáis ser pacientes y que confiéis en que la Fuerza hará recaer la culpa de la destrucción del Cazador de Nebulosas sobre los hombros adecuados.
El grupo murmuró su asentimiento y empezó a disgregarse, mientras Mara acudía a su lado.
—Bien dicho, Luke —acunaba a Ben en un brazo mientras se ponía de puntillas para besarlo en la mejilla—. Pero me sentiría mejor si la Fuerza no fuera ciega a los hombros de los yuuzhan vong.