6. Enraizados
PARA mi asombro, el árbol no hablaba con la lengua de los pinos, aquel lenguaje de silbidos y susurros que yo había acabado aprendiendo, sino en la lengua común de Fincayra. ¡La misma en la que Hallia y yo nos hablábamos! Sin embargo, su airosa voz y su cadencia, que se mecía como un retoño al viento, eran distintas. Sorprendentemente distintas. Nunca había oído a nadie hablar —o, a decir verdad, cantar— de aquel modo:
Como lombrices van mis raíces
creciendo, tejiendo…
arbóreos tapices.
Año tras año, hoy como antaño,
sus fuerzas aliento.
¡Arraigad felices!
Aunque mis ramas me tienen
en un regio manto envuelto,
con mis raíces se sostienen.
Son aprendices.
Son aprendices.
Retrocedí, amedrentado. Al instante, mi hombro chocó contra el de Hallia.
Sus ojos, más grandes que de costumbre, enfocaban el árbol. Del interior de los pliegues de mi cabestrillo, otro par de ojos redondos, junto con unos bigotes temblorosos, se asomaron aún más. De pronto, el árbol entero se estremeció, con un dolor tan evidente que yo también me estremecí. De sus ramas se desprendieron esquirlas de corteza, húmedas de savia, que cayeron como lágrimas sobre el prado.
Ya llega el día que más temía:
Sablazos, hachazos…
El hombre porfía.
Ciego de furia por la penuria,
me parte en pedazos.
¡Y yo nada le haría!
Todo cuanto había aprendido
sucumbirá entre sus brazos,
sin que yo le haya agredido.
¡Razón no había!
¡Razón no había!
La jadeante voz subió de tono, ahora era casi un silbido. Sentí un agudo dolor en las costillas, como si me hubieran clavado un cuchillo en el costado. Pero el árbol continuó:
No hay esperanza, el fin me alcanza.
¡Mas llega un amigo!
¡No habrá matanza!
Al oírlo, Hallia me cogió la mano. Fuera por el contacto o por el nuevo tono del árbol, el dolor de mis costillas empezó a remitir. Poco a poco, enderecé la espalda y me erguí en toda mi estatura, al tiempo que el árbol hacía lo mismo.
Lo desafiaste, su hacha frenaste.
¡Huye el enemigo!
No deseo venganza.
Mis ramas al cielo extiendo
y libremente me doblo,
porque seguiré viviendo.
En confianza.
En confianza.
El gran pino agitó sus ramas más altas jubilosamente. A continuación, con un fuerte crujido, hizo girar el tronco sobre su eje un cuarto de vuelta, primero hacia un lado y después hacia el otro. Y comprendí que el árbol estaba estirando sus músculos. Preparándose para alguna extenuante proeza.
A media altura del tronco se abrió un par de rendijas entre sendas franjas de corteza… dejando al descubierto dos esbeltos ojos ondulados, oscuros como la tierra más fértil. Los ojos nos escrutaron con intensidad durante varios segundos, antes de dirigirse por fin hacia el suelo. Inesperadamente, toda la maraña de raíces visibles empezó a temblar, sacudiendo al árbol lo suficiente para ducharnos de agujas, de ramitas y de corteza. La madera crujió y restalló. Por el aire volaron terrones de tierra, arrancados por las raíces.
La mano de Hallia oprimió la mía con más fuerza. El bolarva chilló, aterrorizado, y luego hundió la cabeza hasta el fondo del cabestrillo.
En ese momento, una raíz enorme se combó, se retorció… y se desenterró del suelo. Esparciendo tierra en todas direcciones, la raíz sacudió la hierba como si fuera un nudoso látigo peludo. Lentamente, desplegó centenares de zarcillos para equilibrarse. El tronco se inclinó hacia un lado, apoyando la mayor parte de su peso en la raíz desenterrada. En el lado opuesto, se liberó otra raíz. Luego, otra. Y otra. Los terrones volaban por doquier.
Por fin, el árbol se quedó quieto. Pero ahora no estaba anclado en el suelo, sino encima de él. Ante mis ojos y los de Hallia, que estaban fijos en los ojos de color tierra, el árbol elevó una ancha raíz y dio un paso hacia nosotros.
No salimos huyendo. Por el contrario, permanecimos inmóviles como plantones, aspirando intensamente el húmedo y resinoso aire que nos envolvía como un fragante capote. Pues sabíamos que nos encontrábamos ante una de las criaturas mejor disfrazadas de todo Fincayra. Una criatura capaz de ocultarse tan bien que pasaban décadas, a veces incluso siglos, sin que nadie reparara en alguno de su especie. Una criatura cuyo nombre, en la antigua lengua, era nyn-niaw pennent: siempre presente, nunca hallado.
Un árbol andante.
Con pesados y fatigosos pasos, el árbol andante se aproximó. Detrás de él, un rastro de hierba húmeda centelleaba a la luz del sol. Finalmente, cuando estaba casi sobre nosotros, se detuvo. Sin apresurarse, las puntas más remotas de las raíces del árbol rodearon con delicadeza nuestros tobillos, oprimiendo nuestra piel con suavidad. Hallia y yo sonreímos, pues ambos percibimos la misma cálida sensación ascendiendo por nuestras piernas y difundiéndose por todo nuestro cuerpo.
En un tono profundo y exhalante, el árbol volvió a cantar:
Entrelazados, siempre apiñados,
a merced del viento…
No nos ocultamos.
Si nombre tienes, de dónde vienes
no sé, mas presiento
que somos aliados.
Porque amargado lloré
al ver mis miembros talados,
pero ahora estamos, ya ves,
enraizados.
Enraizados.
La frase final pareció elevarse con una racha de viento que agitó a su paso las ramas de un grácil cedro próximo. Las encorvadas ramas se enderezaron y volvieron a caer como en un aliento. Otros árboles se sumaron a la cadencia y el aire se pobló de murmullos. Pronto todos siguieron su ejemplo, hasta que todo el follaje susurraba y sollozaba, balanceándose al unísono. En poco tiempo, el bosque entero parecía haberse unido al canto de celebración.
De improviso, bruscamente, la música cambió. Surgieron tonos más duros, más graves; las ramas empezaron a entrechocar y a gemir. A medida que la discordancia aumentaba, me recordó a uno de los primeros gritos de dolor que había oído de los árboles. Pero esta vez el lamento reverberó por todo el bosque, como si la tierra misma se estuviera ahogando en una ola de sufrimiento.
Por encima de este sonido de fondo, el árbol andante alzó de nuevo la voz.
Cantó para nosotros, con palabras cargadas de pesar:
En hora aciaga llega la plaga:
hendiendo, royendo…
Y el bosque estraga.
Como una sombra, la vida escombra;
será un fin horrendo.
¡Mi estirpe naufraga!
Sus hojas ya no respiran;
sus raíces están muriendo.
Nuestros retoños expiran.
Su vida acaba.
Su vida acaba.
Me sentí cautivado, como nunca antes, por el espíritu de este árbol, y por tantos plantones que ansiaban vivir, cuya angustia sufría también él.
—¿Qué plaga es ésa? —grité—. ¿Es posible detenerla?
De improviso, el árbol se puso rígido. En todo el bosque, las gimientes ramas enmudecieron, al tiempo que un nuevo sonido, un redoble inexorable, resonaba en la distancia. Fue aumentando de volumen, rítmico como un gran tambor, haciendo temblar la tierra y los árboles arraigados en ella. Tanto si provenía de algún punto del bosque como de más lejos, era evidente que se acercaba. Rápidamente.
El árbol andante volvió a moverse. Sus raíces soltaron nuestras piernas, se encorvaron rápidamente y se hundieron en el mantillo. Mientras se enterraban en el suelo, las raíces vibraban, canturreando en tonos monótonos que reproducían las últimas frases de la canción. Al cabo de un instante, los esbeltos ojos del árbol se cerraron detrás de unos párpados de corteza. Cuando desaparecieron, también se esfumó cualquier signo de que aquello no fuera simplemente un pino más entre muchos otros.
Entretanto, el clamoroso rumor fue en aumento. Sobre nosotros llovían esquirlas de corteza, desprendidas por las vibraciones. Noté que el bolarva se enroscaba formando una apretada bola en el interior del cabestrillo y que su fila de colas se revolvía ansiosamente contra mi pecho. Una rama alta se quebró y cayó con gran estrépito entre capas de otras ramas, hasta estrellarse contra las raíces, muy cerca de nuestros pies.
Hallia tiró frenéticamente de mi brazo.
—Tenemos que irnos, joven halcón. ¡Hay que salir de aquí!
—Espera—objeté—. Conozco ese ruido. Deberíamos…
Pero ella ya se había apartado de mi lado a la carrera. Vi sus piernas, borrosas por el movimiento; su espalda, que se inclinaba hacia delante; su cuello, que se estiraba cada vez más. Su túnica morada se volvió verdosa y luego cobriza y reluciente. Los músculos de su espalda y sus piernas eran ahora abultados, mientras que sus pies y sus manos se fundían en pezuñas.
Hallia, ahora una cierva, brincaba entre los árboles. La observé hasta que desapareció de la vista. Después, yo también empecé a correr, pero no alejándome del ruido, sino todo lo contrario.