3. Secretos

LANCÉ un gruñido a mi insolente sombra, que seguía mofándose de mí desde la orilla del arroyo.

—¿Por qué no te quedaste en la peña de antes?

Hallia se puso rígida y dio una palmada sobre la embarrada pendiente.

—¡Joven halcón!

—No te lo decía a ti, perdona. —Extendí el brazo, pero ella rechazó mi mano con un gesto de enfado. Dirigí una hosca mirada a mi sombra, que parecía estar tronchándose de risa—. ¡Hallia, no estaba hablando contigo! Hablaba con mi sombra.

Lentamente, su expresión se suavizó.

—Me parece que, últimamente, tienes tantos problemas con esa sombra como con Gwynnia. —Apartó unas ramas para otear el prado donde habíamos dejado a la cría de dragón—. Se ha vuelto a marchar. Me pregunto adonde.

—Probablemente, sólo a pastar río abajo. No puede estar lejos, eso seguro. —

Arrojé un canto rodado a mi sombra, casi esperando que me lo devolviese—. Y dime, ¿cómo sabía tanto tu padre? ¿Era un estudioso? ¿Un bardo?

—Nada de eso. Fue el sanador de nuestro clan durante muchos años. —

Jugueteó con su trenza, separando los cabellos como si estuviera desenredando un recuerdo muy embrollado—. Incluso después de que el mar nos obligara a abandonar nuestras tierras ancestrales, lo cual por poco le rompe el corazón, prosiguió su trabajo. Y sus conocimientos iban mucho más allá del arte de curar.

Comprendía cosas que nadie más sabía sobre ciertos lugares. Y… ciertas personas.

—Tragó saliva—. Supongo que por eso le confiaron a su cuidado una de las Siete Herramientas Mágicas.

Di un respingo.

—¿De veras?

Ella asintió.

—¿Cuál?

—No debo decir nada más. Es un secreto de los Mellwyn-bri-Meath.

Nos dedicamos a contemplar el agua que circulaba a nuestros pies, y mis recuerdos fluían como el arroyo. Recordaba bien aquellas legendarias herramientas, puesto que conseguí rescatar la mayoría de ellas cuando el Castillo Velado se derrumbó. Estaba el arado que labraba el campo solo, la sierra que sólo cortaba la cantidad de madera necesaria y… ¿qué más? Ah, sí: la azada, la pala y el martillo mágicos. Además de aquel balde, casi tan pesado como el arado, ya que siempre rebosaba de agua.

Sólo la séptima herramienta había escapado de mí, aunque no de mis pensamientos. Pues, aunque no conocía su descripción, y mucho menos sus poderes, soñaba a menudo en encontrarla, normalmente detrás de un impenetrable muro de fuego. Cada vez que, en mis sueños, intentaba recuperarla, las abrasadoras llamas me quemaban las manos, la cara, los ojos invidentes. Lo único que oía eran mis gritos; lo único que olía era el hedor de mi piel achicharrada. Cuando no podía seguir soportando la agonía por más tiempo, siempre despertaba bañado en sudor.

Hallia me acarició tiernamente la mano.

—Veo en tu rostro, joven halcón, que tú también conoces algunos secretos sobre las Siete Herramientas Mágicas.

—Es cierto —repliqué, sin apartar los ojos del arroyo—. Las he empuñado todas, las he utilizado todas, excepto la que se perdió para siempre.

Hallia me miró durante un rato largo, sopesando sus reservas. Por fin, suspiró.

—No se perdió.

—¿Qué quieres decir? Eso es lo que dice todo el mundo, incluido Cairpré.

—Porque eso es lo que cree todo el mundo. Excepto mi padre y los pocos de los nuestros a quienes se confió el secreto. Verás, esa herramienta mágica es la que le encomendaron a él. Y cuando los soldados del malvado rey Stangmar vinieron a arrebatársela, mi padre no les dio la verdadera herramienta, sino una copia que había fabricado él, una falsificación. La auténtica la escondió en un lugar seguro.

—¿Dónde?

—Nunca se lo contó a nadie. Poco después de que les diera el cambiazo, los cazadores… lo encontraron.

Reconocí el pesar en sus ojos y la rodeé con mis brazos. Permanecimos allí sentados un buen rato, contemplando los remolinos de la corriente. Pese a lo mucho que deseaba ser partícipe de su secreto, aún quería más ayudarla a sobrellevar la carga.

Finalmente, volvió a hablar:

—Era una llave, joven halcón, una llave mágica. Tallada a partir de un asta pulida, con un zafiro engarzado en su ojo. Sus poderes… Oh, no me acuerdo, como tantas cosas que me contaba mi padre. ¡Entonces yo era muy joven! Para él era muy importante, eso es lo que más recuerdo. —Entrelazó sus dedos con los míos—. Aunque también recuerdo que una vez dijo que, por grandes que fueran sus poderes, no podían competir con la mano de un sanador.

En ese instante, oímos un quejumbroso lamento corriente abajo. El sonido aumentó rápidamente de volumen hasta resultarnos familiar. Al cabo de unos segundos, apareció el bolarva, nadando directamente hacia nosotros, chapoteando furiosamente con sus seis brazos. Remontó la corriente, se encaramó a la orilla y saltó a mis brazos, tembloroso y jadeante.

—¡Terromiedo abrumadoroso! —barbotó, con los ojos relucientes de pánico—. ¡Matasesino mutiladoroso! ¡Ya llegaviene, está mismaquí!

Antes de que pudiera preguntarle de qué estaba hablando, una enorme cabeza se elevó por encima de los marjoletos que crecían corriente abajo.

¡Gwynnia! Cuando extendió su largo cuello escamoso, su oreja tiesa partió varias ramas, provocando la caída de una lluvia de hojas. Salió de entre los árboles, con las alas plegadas y apretadas contra el inmenso lomo, y se agazapó ante nosotros.

La luz anaranjada de sus ojos se reflejó vivamente en el agua.

—¡Un dragoterror! —chilló el bolarva, al tiempo que ocultaba la cabeza bajo mi axila—. Estamos condenamuertos, hasta el finúltimo de mismonosotros.

—Tonterías —repliqué—. Ese dragón es amigo nuestro.

—No te hará daño —añadió Hallia.

Al oír la voz de su amiga, Gwynnia aporreó enérgicamente el suelo con su cola. Sin embargo, uno de sus golpes alcanzó a un marjoleto y lo arrancó de cuajo.

El árbol se desplomó con gran estruendo sobre el arroyo y esparció un aluvión de ramas y barro por toda la orilla. Al verlo, el bolarva soltó un alarido… y se desmayó. Se quedó tendido en mi regazo, inerte como una túnica empapada.

Incluso sus colas, antes tan apretadamente enrolladas, pendían ahora flácidas a su espalda. La cabeza de Gwynnia, ya casi sobre nosotros, se ladeó con expresión intrigada.

Acaricié la lisa piel del bolarva.

—Este tipejo no tiene madera de aventurero. Creo que deberíamos mandarlo de vuelta por donde ha venido.

—¿A las Marismas Encantadas? —preguntó Hallia—. Es el último lugar adonde deberías mandarlo.

—Es de donde viene.

—¡Pues ha sido muy listo por escapar! Es un lugar maligno, mortífero, con trampas letales en cada recodo. Mi pueblo, como casi todos los demás pueblos, con excepción de los espíritus de la ciénaga, lo evita siempre que puede.

—Mira, está claro que necesita vivir cerca del agua. Y lejos de los dragones.

No sé cómo ha llegado hasta aquí, pero seguro que lo mejor es devolverlo a su casa. Hallia negó con la cabeza y tocó el húmedo dorso del bolarva.

—Te digo que es una locura. Además, esa maldita ciénaga está justo al otro lado de la isla.

Al detectar cierta inseguridad en su voz, me puse rígido.

—¿No me crees capaz de conseguirlo?

—Bueno… no. No lo creo.

La miré hoscamente, con las mejillas encendidas.

—Saltar es una de las habilidades más arriesgadas para un mago. Tú mismo me lo has dicho.

Estrellé un puño contra la orilla y me manché la túnica de barro.

—Ya veo que no me crees capaz.

—¿Y si lo mandas a otro lugar por error?

—¡No cometeré ningún error! —En ese momento reparé en mi sombra, que parecía mover de nuevo la cabeza de lado a lado, y me mordí el labio—. Y, si por casualidad me falla, por lo menos despertará en algún sitio donde no haya un dragón mirándolo fijamente desde las alturas.

Con cuidado, deposité al bolarva inconsciente entre las cañas, al borde del agua. A continuación, cogí mi cayado y me puse en pie. Me planté firmemente en la orilla, de espaldas a Hallia, y empecé a concentrarme. Casi al instante, sentí que los poderes se acumulaban en mi interior y se precipitaban hacia la superficie como la lava de un volcán en erupción. Finalmente, entoné el complejo cántico, invocando la magia superior de Saltar.

 

El viaje que sea cerca, mas la aventura, lejos…

¡Mirad! Es el Lugar y el tiempo de Saltar.

Ve en busca de una estrella y llega hasta su centro;

en lugar de soñar, encuentra Muirthemnar

o el eco de un poema que, como una campana

dispuesta siempre a honrar, jamás a denostar,

a lo lejos repica al calor de la mañana.

¡Mirad! Es el lugar y el tiempo de Saltar.

 

Un relámpago de luz blanca estalló en la orilla. El agua que circulaba por el canal hirvió y se evaporó. Al mismo tiempo, el bolarva desapareció… junto con Hallia y conmigo.