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El líquido no era frío, tampoco caliente. Era como si no existiera, como si flotara sobre una base de mercurio. En el interior de la cámara, relajado, no tuvo el menor atisbo de claustrofobia. Allí había quietud, paz, un silencio tan profundo que le llevaba al relajamiento. No estaba nervioso. Se sentía incluso feliz de que todo aquello tocase a su fin.
Porque si de algo estaba seguro era de eso.
Iba a llegar al corazón de Gauditronix.
—¿Hiro?
—Sí.
—Ésta es nuestra última conexión —manifestó Ryutaro Tenji—. Tómate el tiempo que quieras, aunque confío en que no tengas insomnio precisamente esta noche —se rió de su mal chiste antes de recuperar las formalidades y desearle—: Buenas noches, chico.
—Buenas noches —se despidió él.
Sus padres iban a necesitarlas. Los tres.
Cerró los ojos. Con el casco de realidad virtual colocado y conectado, esperó alguna anomalía, como por ejemplo que, pese a todo, la partida arrancase sin más. Pero le habían dicho que sólo se activaría cuando sus ondas cerebrales entraran en la fase del sueño. No sucedió nada anormal. El sistema de apertura retardada funcionaba.
Podía esperar tranquilo.
Pensó en Penny. Siempre en ella. Regresaría a Londres, seguirían juntos, y después…
Penny le abrazaba, le besaba, le acariciaba, le protegía con sus grandes ojos y con todo su amor.
Penny…
Creía que, a pesar de todo, tardaría en dormirse.
Nunca supo cuándo perdió por completo el contacto con la realidad, pero debió ser casi de inmediato.