10

 

 

 

Sacha Mendel debería estar frustrado, desengañado, abatido, iracundo o incluso deprimido. Pero de la tormenta de las últimas semanas, no le queda más que un cuestionamiento de orden intelectual, el principio de una reflexión sobre el sentido de los encuentros y las consecuencias de sus actos. Ha intentado por todos los medios entender cómo, en contacto con Déborah o incluso con Marion, pudo transformarse en cada ocasión en una dócil marioneta entre sus depravados dedos. Se interrogó sobre esa falta de discernimiento que le hizo confundir la pureza con el vicio, y se preguntó si otros en su lugar se habrían dejado engañar o si él era la presa ideal para ese tipo de personalidades. Cuando salió del Quai des Orfèvres, tras una investigación por la que, a buen seguro, sus superiores lo felicitarían, decidió llevar a cabo un profundo cuestionamiento. Se dirigió hacia su bar habitual, el que olía a tabaco y a pastís, el de los viejos con gorra y el olor a fritanga, al fondo del local, a su mesa preferida, donde Gabriel Strano lo estaba esperando.

¿Todo bien? —preguntó el traficante, con esa sonrisa llena de encanto ante la que hasta al propio Mendel le costaba resistirse.

Impecable.

—¿Lo dices de broma?

—Sólo un poco…

—Hemos formado un buen equipo en este caso, ¿no?

En realidad, a Gabriel Strano le había encantado jugar a los detectives privados para sacar a Sacha de las garras de Déborah. Siempre había tenido ese lado muy protector con los suyos que, sin duda, haría de él un excelente padrino a la muerte de su primo, actualmente en el cargo.

Sin embargo, no tengo los medios para pagarme los mismos trajes que tú —bromeó Sacha observando el atuendo de su interlocutor—. ¿De qué te has disfrazado esta vez?

Strano llevaba un abrigo y un chaleco azul marino encima de una camisa blanca de lino; por una vez el conjunto era bastante sobrio.

¡Disfrazado! —fingió ofenderse Strano.

Va, hombre, ¿es un uniforme de qué, de papa, de cardenal, de cura? No distingo bien…

Strano lo miró con cara de sincera sorpresa. ¡Nunca había prestado atención a las similitudes entre su indumentaria y la del clero! Pero la idea le encantaba en grado sumo. Divertido por la revelación que le hacía Mendel, le siguió el juego con sumo placer.

¡De hermanita de los pobres! —declaró él, riéndose—. ¡Oye, me caes bien! ¡Estoy muy contento de que te hayas librado de todas tus preocupaciones… o casi!

O casi. Porque aunque los casos Pennac y Petitjean estaban resueltos, a Sacha aún le quedaba el tema de Marion, que no era de los más placenteros.

—respondió el policía—. Bueno, está ese traficante de droga al que espero atrapar…

—¿Pero?

—Pero más vale malo conocido… que bueno por conocer. Su sucesor podría ser peor. Y como el tipo me ha hecho un gran favor, voy a dejarlo en paz por un tiempo.

—¿En serio?

Pero a juzgar por el brillo sincero en las pupilas de Mendel, Strano comprendió que su pregunta era inútil.

Gracias —añadió.

Gracias a ti.

Para celebrar haber enterrado el hacha de guerra, Strano pidió una botella de champán, que Sacha no rechazó esta vez. Tras la primera copa, el policía se hundió un poco en su silla y, pese a captar la ironía de la situación y de esta amistad incipiente con un hombre a quien pensaba poner entre rejas, se abandonó a las confidencias.

Me siento vacío, Gabriel. Aquí dentro ya no hay nada —dice golpeándose el pecho con el puño.

—Estás vacío de lo que te entorpecía.

—Es algo que va más allá. Ya nada me retiene a nada… Voy a disolverme.

—Quizá ya no te retiene nada, pero sé lo que te mantiene: ¡tu rabia! Estás más vivo que nunca. Estás demasiado tocado como para que te des cuenta, pero tienes odio, lo siento vibrar en cada átomo de tu alma. ¡Y si tienes odio, entonces podrás volver a sentir amor! Sólo has de liberarte de tus escrúpulos. De tus cadenas.

—Sé adónde quieres llegar. Pero aceptar tu proposición significaría encadenarme de otro modo.

Strano sonríe: Sacha ha empezado a negociar, aunque todavía no lo sabe.

No harías nada que sea contrario a tu moral. Sólo me ayudarías a poner un poco de orden entre gente que no merece seguir pisando esta tierra. Sólo te encargarías de las almas sucias, las que sueñas con erradicar con tus propias manos cuando te parece que nuestro sistema judicial es demasiado timorato. Y me protegerías. Porque, como tú mismo has dicho, si me detienen o me matan, otro ocupará mi sitio. Otro que no necesariamente compartirá nuestros valores. Yo no soy el peor y lo sabes. Será mejor que siga en mi sitio, porque tengo un código moral…

—¡Por favor, no te las des de humanista!

—¡Por favor, no te las des de maniqueo! Vuelve a ser un hombre libre.

Pero ¿somos completamente libres alguna vez? Hasta un mercenario debe rendir cuentas. Para empezar, a su conciencia…

 

 

Ambos hombres se separaron sin que Sacha pudiera decidirse a aceptar la proposición del siciliano. Quería poder seguir mirándose al espejo, conservar la ilusión con complacencia de que quizá era un hombre roto, sí, pero un hombre de valores, un hombre justo. Sin embargo, sabe que el combate está perdido de antemano, que los espejos mienten y que en su interior está infectado. ¿Siempre fue así, o es así a fuerza de ser tratado así?, no lo sabe. Todo lo que ve es que no hay salida. Si permanece en la tierra, se empeña en vivir esta vida, entonces continuará tambaleándose cada vez más, cada vez más cerca del precipicio, para acabar tal vez sucumbiendo definitivamente a este vacío que lo atrae tanto como lo repugna.

 

 

Sacha mira su reloj: las cuatro. El día no tardará en despuntar. Y la vida recuperará su curso, sus derechos, empujará a la mayoría de los seres humanos a levantarse, a proliferar, a destruir. Dentro de cinco horas estará en el Quai des Orfèvres para acabar de redactar un informe que no lo necesita, para recoger honores y palmaditas en la espalda que sonarán como aplausos a sus infamias, para ponerse con un nuevo caso, como mínimo tan sórdido como el precedente y el que le seguirá después. Dentro de nueve horas se comerá un bocadillo sobre la marcha si está vigilando a alguien, o, si tiene tiempo, se atiborrará de carne de ternera llena de antibióticos en su bar con olor a rancio. Son las cuatro y dentro de veinte horas estará sentado de nuevo en su sofá, con un vaso de whisky en la mano, lamentándose de la vacuidad de su existencia, deplorando su tibieza y la colección de decepciones que le habrá acarreado.

 

 

¿Qué hacer con sus sueños de lo absoluto? ¿Aquellos que asumimos a la edad en que nos creemos invulnerables, cuando pensamos que nunca perderemos el pelo ni la juventud, y nos vemos salvando y cambiando el mundo? ¿Qué ha sido de ese chico joven, inflexible, que iba a marcar la diferencia, que nunca se doblegaría ni incumpliría las promesas que se había hecho? ¡En la lavadora, como todos, ahí es donde acabó! Escurrido, enjuagado, escupido por un sistema kafkiano que lo aplastó sin conmiseración, como a otros antes que él, como a muchos otros después de él. Y cada día, a las cuatro, estará sentado en este maldito sofá, que también podría ser un taburete de bar o incluso su cama tibia. Y los días pasarán para alterar un poco más el que podría haber sido. Y los años se sucederán sin luz, sin la esperanza de un bello encuentro cada vez menos probable, con la única perspectiva de su miseria afectiva y sexual, su frenesí masturbatorio como mal menor. La grasa, por todas partes, invadirá cada partícula de su ser. El corazón, el cerebro, la polla y todo lo demás. Hasta que ya no se empalme con nada, ni con un vaso de buen vino ni con los acordes de jazz, seguramente tampoco con su oficio, un oficio sin medios ni consideración, un trabajo inútil de espantapájaros de antaño en una época en la que los aviones han sustituido a los pájaros. Todo esto es lo que Sacha no puede aceptar. Por eso decidió liberarse de ese diabólico reloj, ese dios siniestro, espantoso e impasible, tan bien descrito por Baudelaire, y mañana, a la misma hora, no estará en este sofá. No habrá más sofá, más salón de clase media, más piso testigo del naufragio de su matrimonio, más nada. En su lugar estará la nada y un fuerte olor a quemado. Sí, mañana lo reventará todo.

 

 

Sacha Mendel debería estar frustrado, desengañado, abatido, iracundo o incluso deprimido. Pero, por el contrario, está perfectamente despierto, consciente y sereno. Al volver a casa ya había tomado la decisión. Comprobó que Marion estaba dormida y luego abrió la llave del gas. Sólo un fogón, para que pareciera un accidente. No miró la hora, pero debe de hacer una hora larga, quizá más, que el veneno se está esparciendo por el aire. Su corazón late aceleradamente, le duele la cabeza. Son los primeros síntomas de la intoxicación. Cuando esté a punto de perder la consciencia, al límite de sus fuerzas, entonces accionará el interruptor de la lamparilla roja, la que está justo al lado de la puerta de la habitación, cuyo cable ha pelado pacientemente, y todo habrá terminado. Algunos podrían creer que se trata de un acto desesperado, pero no habrían entendido nada de nada. En realidad es un acto de valentía, a fin de evadirse de una vez por todas de este mundo demasiado apático y de proclamar su asco hacia una sociedad que debería reformarse enteramente. Su mujer y él morirán esta noche, pero ninguno de los dos es totalmente inocente, así que tampoco pasa nada.

Su corazón acelera todavía un poco más el ritmo. Siente ligeras náuseas. Se acerca el momento. Eclipsarse en una gran explosión final que lo pulverizará con mayor seguridad que cualquier otro método, será impactante. Sacha se dirige hacia la habitación donde duerme Marion, entreabre la puerta y coge la lamparilla roja. Juega un poco con las franjas de la pantalla y luego desliza sus dedos sobre el cable eléctrico, cierra los ojos, aprecia la forma, la consistencia, coloca su índice debajo del interruptor, el pulgar apoyado en el minúsculo botón e, imperceptiblemente, comienza a ejercer presión.

Un ruido familiar lo interrumpe bruscamente. Un sonido ligero y alegre, justo ahí, a sus pies. Sorprendido, Sacha vuelve a abrir los ojos y descubre al gatito negro del edificio.

¡Watson! Pero ¿tú qué haces aquí?

Claramente encantado de que el hombre lo haya dejado salir de la habitación donde debía de estar encerrado, el minino se roza afectuosamente contra sus piernas.

—No, cielito, no puedes quedarte aquí. Tú no has hecho nada malo.

Sacha coge el cuerpo flexible del pequeño felino que se pone a ronronear como si fuera el motor de una Harley. La cabeza del policía gira un poco y se tropieza con la mesa del salón, cayéndose y rompiendo un jarrón de cristal que estaba allí puesto.

—¡Mierda!

Asustado, el gatito le clava las uñas en los hombros, lo que le arranca un segundo juramento. Sacha se tambalea hasta la puerta de entrada y da unos pasos en el pasillo jalonado de espejos, con paso vacilante. A pesar de su entumecimiento, escucha de repente la voz de su mujer que lo llama. ¡Debió de despertarla al tirar el jarrón, qué suerte la suya! En su cabeza se dibuja enseguida la imagen mental de los hábitos de Marion, esa lamparilla roja que siempre enciende de noche cuando se levanta, porque su luz no la deslumbra. Casi la puede ubicar, tan exactamente como un GPS. Por la procedencia de su voz, debe de estar ahora a unos palmos del interruptor y Sacha sólo ha dado tres pasos con el gatito. Va a accionarlo, ya tiene el dedo encima. Esta pobre criatura no merece morir por la mano de su mujer, por culpa de su mala planificación. Y de repente, le parece oír el clic y el ruido de la explosión en el piso. Su primer reflejo es el de tirarse al suelo, por encima del gatito, para protegerlo. Siente cómo lo atraviesa de lado a lado la onda de choque, la dolorosa caricia de un millar de brasas caen sobre él y se desmaya sin saber si ha logrado salvar a su pequeño protegido.

Juego de apariencias
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