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La sala se estremece con una salva de aplausos. El anfiteatro está abarrotado, David colgó el cartel de NO HAY ENTRADAS, como una estrella del rock en la cima de su fama. Al igual que otros antes que él, sus problemas con la justicia y el olor a azufre que desprende ahora han contribuido a hacerlo más interesante, más deseable. Aún tiene detractores, pero no muchos más que antes de la dramática sucesión de eventos que habría podido precipitarlo al abismo. Sigue pareciendo arrogante y despectivo… David sabe que sólo proyectamos en los demás aquello de lo que somos capaces nosotros mismos. Por supuesto, la pregunta de la desaparición de su mujer queda en suspenso, pese a entrevistas tan inquisidoras como los interrogatorios de la policía, donde jura que aunque Déborah le rompió el corazón al irse, no le tocó ni un pelo y que continúa aguardándola, esperando que vuelva hacia él. Pero ante la duda, las sospechas acaban por difuminarse para la mayoría de los asistentes, que con gusto ceden el hueso del odio a un puñado de irreductibles en busca de un chivo expiatorio. Y ahí está él hoy, tras haber finalizado una oportunista conferencia que vendió más entradas de las que nunca hubiera soñado.
—¡David! ¡David! ¡David! ¡Te queremos, tío! ¡No te rindas!
David Pennac saborea las aclamaciones, los silbidos y las voces que corean su nombre al unísono. Es como una droga que le devuelve la energía y la fogosidad perdidas en estos últimos tiempos.
—¡Gracias desde el fondo del corazón, no puedo vivir sin vosotros!
Se golpea el pecho con el puño, a la altura del corazón, y baja humildemente la cabeza, los ojos cerrados como para contener lágrimas de emoción; luego se inclina aún más, haciendo una reverencia, con las manos al nivel de los tobillos. Los flashes de los teléfonos móviles crepitan por todas partes. David sonríe, se yergue y junta las manos en un saludo indio. Su gestualidad ha cambiado, y su aspecto también. Ya no es ese David seductor, sino un hombre magullado, mal afeitado, desaliñado… Un ave fénix resucitando de sus cenizas, un fenómeno de recursos inagotables que rechaza la fatalidad y predica la buena nueva, evangelizando a sus pares para ayudarlos a reponerse de las peores pruebas de la vida. Nada de trucos de seducción en sus nuevas intervenciones, aunque sus libros se vendan como rosquillas después de cada una de ellas. No, el tema principal de su espectáculo es su experiencia, el mea culpa de un hombre tan volcado en su trabajo que no vio cómo se alejaba su mujer, la soledad de un hombre que tuvo tanto éxito y tanta falta de modestia que todo el mundo soñaba con ver en el suelo… Y para evitar a los demás los mismos tormentos, imparte la infinita sabiduría que ha extraído de su experiencia, así como su nueva filosofía de vida.
Por supuesto, es tremendamente oportunista, eminentemente cínico e incluso obsceno. Pero todo esto, el espectáculo, las aclamaciones y el ritmo desenfrenado con el que se encadenan las conferencias contribuye a llenar su vida, a ocuparla y a impedirle pensar demasiado y hacer alguna tontería. Así que peor para los que se molesten por ello, empezando por el comandante Mendel. No, David no detendrá la máquina porque la velocidad lo embriaga, es todo lo que le queda. Un baño de multitudes, apretones de manos, regalos lanzados al aire que los vigilantes cogen al vuelo. Lo tocan, lo abrazan, lo empujan, lo ahogan con un interés tan malsano como lucrativo. Y David se esfuerza por mantener la sonrisa, un rictus en su cara descompuesta que le da un aire de Joker.
—Vamos, volvamos.
Greg, su editor, lo coge por un brazo y lo ayuda a abrirse camino hasta la salida. David le está agradecido por su presencia ahí, por haberle echado un cable tras su arresto bajo custodia, incluso aunque las cosas hayan ido muy rápido. Demasiado rápido. Hace ya unos cuantos días que Déborah desapareció y David actúa como si nada horrible hubiera pasado. Ya imparte sus consejos, como si fuera un anciano que hubiese empleado su vida en hacer balance de la peor adversidad a la que tuvo que enfrentarse. Es patético, casi tanto como toda esa gente que se traga su historia, como si fuera posible curarse con tanta rapidez.
—Pareces agotado, ¿logras dormir? —se inquieta el editor.
David apoya la sien contra el cristal del coche y mira a Greg en el retrovisor.
—Voy tirando.
—¿Te apetece tomar algo en mi casa antes de que te lleve a la tuya? A Julie le encantaría verte…
—No, gracias. Quiero estar en mi casa, por si acaso…
Greg Benedek sabe lo que ese «por si acaso…» significa, pero no se engaña. Hay pocas posibilidades de que Déborah vuelva y no cree que David todavía abrigue la menor esperanza.
—A mí no, por favor. No me vengas con cuentos.
—¿Qué cuentos?
—¿De verdad crees que volverá?
—Entonces, según tu opinión, ¿por qué me estoy rompiendo los cuernos pregonando a los cuatro vientos que he comprendido mis errores y que he cambiado?
—¿En tan poco tiempo? Diez días no es nada.
—¿Y qué? ¿Si crees que estoy fingiendo por qué sigues aquí? ¿Por la pasta? ¿Es eso? ¿Y me invitas a tomar algo como si fuéramos amigos?
—Precisamente por eso. Somos amigos.
Pero el rostro impenetrable de su autor disuade a Greg de continuar la conversación e, incluso, de insistir para que venga un rato a su casa. Suspira y conduce hasta la casa de David.
—Gracias. Lo siento, entiéndeme, por favor…
David le dedica una sonrisa lastimera a su editor y se baja del coche, da unos pasos hasta el portal, agita la mano, tanto para despedirse de él como para tranquilizarlo, y entra en casa.
Por todas partes, en el suelo, en las sillas, las mesas, los muebles… ropa sucia tirada por ahí junto con botellas de cerveza y de vino vacías. Las cortinas están corridas para impedir que los vecinos lo espíen y acentúan la sensación de confinamiento. En la cocina hay varias bolsas de basura que empieza a ser urgente sacar fuera.
David se desviste subiendo las escaleras y se mete en el cuarto de baño. Entra en la ducha, medio hundida en el suelo, cierra las puertas y abre los grifos. El agua le cae por la cabeza y a lo largo de la espalda, ligeramente encorvada. ¿Está fría o caliente? ¿Es agradable al menos? Nada en su mirada proporciona el menor indicio. Sus ojos se pierden en el vacío, carentes de toda expresión. Y se queda ahí, inmóvil, impasible, insensible a su entorno, como un robot desconectado.
Marion está al teléfono. Sacha puede oírla haciendo melindres desde el descansillo. Ella se divierte, se ríe de esa manera tan aguda que ya le provoca jaqueca. Y mientras atraviesa el largo pasillo que lleva al piso, Sacha aminora el paso, duda. Siente sus tímpanos vibrar, sus sienes estrecharse alrededor de su cerebro y tiene ganas de dar media vuelta y huir a todo correr antes de que ella lo despoje de toda virilidad. Pero no puede. Llegaron a un acuerdo. De modo que introduce dócilmente la llave en la cerradura y empuja la puerta al mismo tiempo que suspira profundamente.
—¡Qué dices!… Nada que hacer… Que no… Créeme… Yo también… No, yo más que tú! ¡Ji, ji, ji!
Marion Mendel lanza una mirada desafiante a su marido y prosigue la conversación con su amante, como si nada.
—Podrías esconderte al menos, fingir, no sé… Prefería cuando fingías…
—Y tú, durante tu infiltración, ¿fingías cuando te cepillabas a una zorrita de veinte años?
—¿De qué hablas?
Marion le pide a Philippe que espere y tapa el micro de su teléfono. Luego mira a Sacha largamente, con una rabia fría. ¿Su marido la toma verdaderamente por una idiota? ¿Se cree que ella no sabe en lo que se ha convertido? Un alcohólico que la engaña con unas y con otras. ¿Se cree que no se ha enterado de los rumores? ¿Qué para ella es fácil soportar la mirada burlona de los colegas de Sacha, sufrir sus alusiones fuera de lugar, soportar la vergüenza de que le ponga los cuernos sin ninguna discreción? Hace ya años que se aferra a este matrimonio, a él. Oh, es cierto, nunca ha tenido el coraje de dejarlo y volar con sus propias alas buscándose un empleo. No es que no quiera, es sólo que la tarea le parece hercúlea y, al final, ha acumulado tanto rencor que ahora lo único que desea es hacérselo pagar a Sacha, hacerle la vida imposible para vengarse de su propia pena, para olvidar hasta qué punto ha malgastado sus oportunidades por holgazanería, por miedo. No todas las mujeres están destinadas a bonitos matrimonios o a carreras deslumbrantes, y ella no es más que la pequeña reina de un reino a la deriva. No es la mujer más guapa del barrio, dejó de ser la más joven y no puede sino asistir impotente a la capitulación de su propio cuerpo frente al tiempo, comprobar que el número de miradas que atrae en la calle no hace más que menguar, que es vieja antes de haber vivido, únicamente porque se casó por interés, por miedo, cuando podría haber sido libre y feliz, y no haber perdido nunca su amor propio. Así que no, no soltará nunca a su marido. Prefiere negarse un futuro mejor que permitirle a él ser libre y feliz. Y sí, él no es peor que ciertos hombres. Nunca le pegó y, aunque parezca a años de luz de ella, siempre está ahí cuando ella tropieza, cuando quiere acabar con todo… No es un hombre tan malo, pero ella cristaliza en él todos sus fracasos. Si no hubiera estado ahí, ella habría tenido que trabajar… Si no hubiera sugerido que podía ayudarla, ella se habría hecho fuerte. Si no existiera, ella habría sabido reinventarse. No son más que una pareja de tantas, de las que se alimentan de su propia hiel, una pareja sin amor, aletargada por la rutina y las pequeñas perrerías. Una pareja común y deplorable. Y él pagará por ello. Cada día.
—Leí todos los correos que le enviaste —termina respondiendo ella—. No pongas esa cara, hace mucho tiempo que sé tu contraseña. ¿Y sabes qué? No vas a cambiarla. Me seguirás dejando fisgar en tu ordenador cuando me plazca, porque entre esto y lo «otro» que sé, te tengo pillado.
—¡Deberías oírte! Mira en lo que te has convertido, Marion…
La mujer estalla en una risa amarga y encoge los hombros antes de reanudar su conversación telefónica. Sacha permanece callado y recuerda las palabras de Gabriel Strano: «Por la misma suma de dinero, uno hará de ti un hombre libre atribuyéndose el asesinato de tu colega, mientras que la otra se retractará de su testimonio y te enviará a prisión... Y no pretendas lo contrario, sé de qué pasta está hecha tu mujer… Al mismo tiempo, sólo dejarías una prisión para ir a otra…».
—Strano tiene razón, ya estoy en prisión…
—¿Qué? —pregunta Marion.
Sin molestarse en responder, Sacha se sirve un whisky y se sienta en el sofá. Un primer trago para el alivio inmediato, luego otro, y después otro. Se sirve un segundo vaso. La voz de su mujer ya no es más que un sonido ahogado. Ataca el segundo vaso, suspira y cierra los ojos, recordando.
Sacha había tomado a Amélie, la joven estudiante que se prostituía, bajo su ala y se había comprometido a buscarle un trabajo honrado para pagar sus gastos. Así pues, trabajaba como vigilante en Beaubourg el fin de semana y se dedicaba a su licenciatura de Psicología el resto del tiempo. El policía tenía la costumbre de visitar a su joven protegida por lo menos una vez a la semana, para asegurarse de que no le faltaba nada. Le había tomado cariño, como un hermano mayor que ayuda a una hermana pequeña desamparada. Ese día se las había arreglado para ir a verla a pesar de un horario complicado. Su infiltración le comía todo el tiempo, pero se negaba a faltar a su deber de tutor.
—¿No tenías una cita? —se sorprendió ella.
—Después… ¿Por qué? ¿No te alegras de verme?
—No, no es eso, pero tengo que entregar un trabajo importante mañana y aún no lo he terminado. Es sobre el desarrollo cognitivo del niño... Piaget. Es un coñazo, no es mi rollo… Yo prefiero la psicopatía…
—Pero ¿no tenías un trabajo para la semana pasada?
—Sí, de neurología…
Así que Sacha acortó su visita. Los estudios lo primero.
—Hasta la próxima semana. ¡Y mucha mierda para mañana!
—¡Gracias!
—No digas gracias: trae mala suerte. Y no hagas ninguna tontería, ¿eh?
Poniéndose de puntillas, le dio un enorme beso en la mejilla por toda respuesta. Él se fue, tranquilo.
En la calle, unos metros más adelante, se cruzó con Lionel Petitjean. No esperaba verlo allí y su corazón casi dejó de latir. Tras unas miradas furtivas alrededor, se tranquilizó: Strano no estaba por ahí.
—¡Eh, pero si es el Punk! ¿Qué haces por aquí, tío?
—Visitaba a una amiga. ¿Y tú?
—Parecido… Los buenos planes se saben rápido, ¿eh?
Petitjean le hizo un guiño de ojo insistente que Sacha no terminó de entender. Con prisas por recuperar la vigilancia de Strano, Sacha prosiguió su camino sin darle más importancia.
Sólo cayó en la cuenta cuando había recorrido ya una quincena de estaciones en el metro. Salió como un loco y corrió por las escaleras para hacer el trayecto contrario. Pero cuando llegó al andén, un aviso le indicó que debido al accidente de un viajero el tráfico estaba muy ralentizado. Podía tardar un buen rato hasta que la circulación se restableciera. Llamó a la muchacha. Ninguna respuesta. Segundo, tercer intento. Siempre el buzón de voz. Con un mal presentimiento, subió las escaleras de cuatro en cuatro para salir de la estación y llamó un taxi…
Delante de la puerta de Amélie, dudó un momento y aguzó el oído. No se oía nada. Siempre esta angustia difusa. Llamó. Nada. Abrió la puerta, que ella no había cerrado. La cerró y echó el cerrojo, por costumbre. Un condón usado en el suelo. Eso fue lo primero que vio. La angustia le atenazó el corazón y se lo retorció de todas las formas posibles, apretando con tantísima fuerza que creyó que se iba a morir. Sin comprender por qué, se puso a temblar con tanta violencia que tuvo que apoyarse en el escritorio de la joven para no caerse. Y fue ahí cuando la vio. Desnuda, en el suelo, con una jeringuilla a su lado y una papelina abierta de heroína. Luego, como para convencerse de que todo era real, muy real, volvió a mirar el cuerpo de la joven, la jeringuilla y la droga.
—¡Esto no! —gritó.
Pero los ojos de Amélie ya estaban desencajados, su cuerpo de ninfa se agitaba con espasmos que dejaban escapar inmundos gorgoteos, su pecho se levantaba a un ritmo frenético y su respiración era sibilante. ¡Rápido! Ponerla sobre un costado para que no se ahogara en su vómito, porque Sacha intuía que su cuerpo intentaba expulsar el veneno de cualquier manera. Tan pronto como le dio la vuelta vertió un flujo de bilis sobre el suelo que salpicó los vaqueros del policía. Pero lejos de calmarla, este esfuerzo fue como un huracán en un campo de minas. Como un último sobresalto demasiado intenso para que su corazón aguantara. De repente, dejó de respirar. Pánico. Con ambas manos sobre la caja torácica para forzar el corazón a latir de nuevo, Sacha presionó con fuerza durante un buen rato. Uno, dos, tres.
—¡Respira!
Uno, dos, tres. Le hizo el boca a boca. Habría permitido a su propia vida abandonar su cuerpo para reanimar a la joven.
—¡Respira, joder, no me dejes, cielo! ¡Resiste!
Pero el corazón de los drogadictos no conoce buenas razones para seguir latiendo. Sólo trata de soñar un poco y anestesiarse para olvidar el dolor de vivir. Y en cuanto tiene la oportunidad, prefiere detenerse. Para no sentirse mal nunca más. Porque la prostitución, el dinero fácil, los vestidos bonitos… todo eso no era más que una excusa para la droga. Y la psicología, una débil tentativa de sanar un malestar tan intenso que nada habría podido aliviar. Así es como Amélie murió en los brazos del comandante Mendel.
Aturdido, estupefacto, abatido por la culpabilidad, se puso a sollozar. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo no había visto los rastros de picotazos en sus brazos? ¿Por qué había creído ingenuamente que no había vuelto a caer? No había sabido ver cuán profundo era su desamparo. No entendió que ella estaba en la prórroga, que llevaba semanas haciéndole el boca a boca a una moribunda… Y no tuvo tiempo para apiadarse más. Alguien estaba llamando a la puerta.
—Amélie, soy yo. Ábreme, guapa, olvidé mi cartera.
La voz de Petitjean. Sacha recorrió la habitación con la vista y encontró la cartera de su colega. Entonces lo entendió todo. La razón de su encuentro fortuito en la acera, la alusión al «buen plan» que tenía el capitán… Y sobre todo que este cabrón estaba de verdad en nómina de Strano y pasaba droga a muchachas por un poco de dinero o sexo. Mendel estuvo a punto de vomitar de asco y rabia.
—¡Te digo que abras!
El hombre no tardaría en echar la puerta abajo. Sacha cogió la cartera, una foto de la joven que estaba en su escritorio y se escapó por la ventana.
La botella de whisky ha bajado a la mitad. Y frotándose la cara, Sacha comprueba que está bañado en lágrimas. Vuelve a cerrar los ojos y vuelve a su culpabilidad, entre efluvios alcohólicos que no la mitigan en absoluto. A lo lejos, cree oír la voz de Strano diciéndole que siempre se termina recayendo en la droga…