9
Dicen que la noche es buena consejera. Sacha Mendel la pasó conduciendo, los faros encendidos apuntando a un destino incierto. En el asiento trasero, una niña de cuatro años, víctima de una sórdida guerra que comenzó veinticinco años antes de su nacimiento. Esposada en el asiento del copiloto, una mujer de la que sólo desconfió cuando ya era demasiado tarde. Condujo de un tirón, sin detenerse, sin saber cuál iba a ser su siguiente paso, dividido entre su deber de poli y el temor de que Déborah logre salir de esta. Déborah, con su mirada de cierva y su mejilla marcada… «Oh, no, damas y caballeros del jurado, señoría… No soy más que una víctima en todo este asunto, víctima de un accidente que me volvió loca. Sí, señor presidente del jurado, alego la locura como circunstancia atenuante…» ¿A cuántos culpables de las peores atrocidades había visto librarse porque tenían un buen abogado, una buena estrategia y una cara bonita? ¿Cuántas veces había abandonado un tribunal apretando los puños de rabia y frustración ante la idea de que su trabajo no serviría para nada y que dependía por completo de juicios humanos parciales? ¿Cuánto tiempo resistiría antes de comenzar a tomarse la justicia por su mano? Tuvo tiempo para plantearse mil veces estas preguntas mientras conducía hacia la capital, aún sin estar seguro de nada y, sobre todo, del destino que reservaba a su prisionera. En los raros momentos en que retomó la consciencia, la joven imploró que la desatara.
—No es lo que crees, no tenía elección…
—No te esfuerces.
—Dime adónde me llevas —le suplicó, adivinando en su loca mirada que ni él mismo lo sabía.
Comprendiendo que insistir no serviría de nada, Déborah se hundió de nuevo en el refugio de la inconsciencia.
Llegó a París hacia las cinco. Y tomó su decisión justo en el momento de aparcar. Cuando se abrió su portezuela y comprendió finalmente sus intenciones, Déborah gritó, se resistió, lo amenazó, le pidió perdón. Pero nada de lo que pudo decir o hacer cambió sus intenciones.
Hace ya horas que está en esta habitación sin ventanas, esposada a una silla, frente a una puerta metálica. Horas o un día entero, no es fácil de decir: cuando no se tiene ninguna referencia del exterior se pierde muy rápidamente la noción del tiempo. Su mejilla izquierda le da punzadas. Sólo recuerda la alambrada de púas. La herida no debe de ser muy grave, si no le dolería más y Sacha le habría prodigado algunos cuidados. Espera y trata de ocultar la sed, el miedo, la necesidad de orinar, como tan bien sabe hacerlo.
La pesada puerta metálica se pone brutalmente en movimiento y se abre. Déborah se incorpora automáticamente en su asiento. Vista desde fuera, sucia, con el pelo enmarañado y esa horrible cicatriz que le atraviesa la cara con tierra y sangre coagulada, ofrece una imagen penosa. Pero hace tiempo que Sacha superó la fase de la compasión. Cierra la puerta tras de sí, sordo ante las súplicas de la joven y rabia en los ojos, se acerca a la mesa metálica y deja con fuerza las tijeras de podar que encontró. Déborah pega un grito. ¿Qué hace con eso?
—¡No, te suplico! —grita ella—. ¡Piensa en Emma! ¡Soy lo único que le queda! Ella sólo me tiene a mí ahora…
—Creo que ella puede pasar sin alguien como tú.
—¡Te lo suplico, podemos empezar todo de nuevo! ¡Seré como tú quieres, como siempre soñaste, te lo prometo! ¡Pero piedad, no me hagas esto!
Presa del pánico, Déborah se apoya sobre la silla, en una tentativa tan inútil como desesperada de eludir la ira del comandante.
—Las reconoces, ¿no es así? —pregunta Mendel con voz glacial señalando las tijeras—. Decididamente, tienes un don para desfigurarte horriblemente…
—¿Desfigurarme?
—Oh, si vieras tu cara... Es aún peor que tu dedo, si quieres mi opinión. Aunque esta vez no te lo hayas hecho voluntariamente.
—¡No sé de qué hablas! ¡Déjame ver mi herida, seguramente necesito un médico!
—Deja de tomarme por un gilipollas, sabes perfectamente de lo que te hablo, y con razón. Había sangre seca en las hojas de las tijeras, la tuya, así como tus huellas. Craso error, si me permites la observación. Ah, y no me digas que Nicolas llevaba guantes cuando te mutiló. Porque estoy seguro de que la autopsia te contradeciría y al jurado no le gustan las personas que mienten cuando todo los acusa. Nicolas ya estaba muerto cuando te cortaste el dedo: y fuiste tú quien lo mató.
—¡Yo no fui, fue su cómplice quien lo mató! El que hizo desaparecer a David esa famosa noche…
—Ah, sí, el famoso cómplice misterioso…
—No, de misterioso nada… No quise decirte nada de él porque le tenía miedo… ¡Pero no voy a pagar el pato por algo que yo no hice! ¡Ese hombre es Gabriel Strano! ¡Te lo juro por Emma!
—Strano tiene una coartada a prueba de bomba para la noche en que se te creyó desaparecida. Cincuenta personas pueden demostrar que se pulía la pasta en el casino de Enghien-les-Bains. Así que, si te parece, vamos a abstenernos de jurar gilipolleces en nombre de una niña para quien todo ha sido ya suficientemente duro.
Aterrorizada, la joven parece buscar otra explicación, en vano. Orquestó su maquiavélico plan como un maestro de la maquinación, pero ahora ha llegado al límite.
—Fuiste tú quien mató a Nicolas, Déborah. Y de eso ya hace un tiempo, a pesar de las apariencias. El tren de mercancías que pasa al lado de la casa debió de ser muy útil para hacer viajar el teléfono de Nicolas, que lanzaste dentro. Sin código PIN ni límite de gasto, imaginaste que un alma caritativa lo cogería. Al volverse a encender, y gracias a una aplicación muy sencilla de envío aplazado de mensajes, la persona reanudaba el envío de SMS, haciendo creer que Nicolás seguía vivo y te amenazaba. Y nosotros, por supuesto, nos lo tragamos.
Después, Déborah había debido efectuar una verdadera carrera contrarreloj, entre el último mensaje enviado en diferido, a fin de asegurarse de que David y Sacha tuvieran sus coordenadas GPS antes de deshacerse del móvil, la amputación de su dedo con unas tijeras de podar que luego había enterrado bajo las violetas, luego el encierro en el sótano, cerrando con un fuerte portazo la puerta, a la que había quitado el picaporte. ¡Qué demostración de sangre fría y de confianza fuera de lo común en su talento de estratega!
—Lo que no entiendo es, ¿por qué te cortaste un dedo, Déborah? ¿Qué querías? ¿Convencernos un poco más de que eras una víctima? ¿Volver loco a tu marido haciéndole creer que estabas muerta? Sí, es probable que fuera esto. Sabías que David estaba loco, pero por ti, Déborah. ¡Verdaderamente loco por ti!
Déborah no responde, su mirada sigue vacía.
—No se puede negar, has estado genial, eso seguro —prosigue el comandante—. ¡Esconder los cadáveres bajo violetas —las reinas del escondite— para engañar a los perros! ¡No se enteraron de nada! Al igual que David, Nicolas, Laura y yo contigo… Arte con mayúsculas. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? ¿Diez años, tirando por lo bajo, que mueves tus peones? ¿Llevas más de veinte años rumiando la venganza? Todo esto para nada… Qué estupidez.
—¿Qué venganza?
—Lo sé todo, Déborah. Sé lo del accidente.
Sacha saca de su bolsillo una copia del recorte de prensa que relata el accidente de autocar, así como el colgante del que la joven nunca se separa. Ámbar con un tornillo en el interior, seguramente el que se le clavó en el vientre…
De modo que lo sabe todo, lo ha entendido todo. Déborah no sabe si se siente aliviada o desesperada. En realidad, eso dependerá de la decisión que tome luego…
—¡Te suplico, no me envíes a prisión! ¡Me enamoré de ti! ¡Te amo, Sacha… de verdad!
La voz de la joven estalla en un sollozo, su cuerpo se dobla en dos. Ahí está, como un patético y frágil pájaro herido que quiso vengarse de su cazador, tan bella en su dolor, tan conmovedora en su desamparo… Está ahí y le dice que lo ama. Y a él le encantaría poder creerla.
—No tengo elección, Déborah, estás detenida. En cambio, puedo obtener circunstancias atenuantes. Con un buen abogado y una estrategia adecuada… podrías librarte sin mucho esfuerzo. Pero necesito que me lo cuentes todo…
—No puedo.
¿Cómo revelar un secreto que se guarda para sí desde hace años? ¿Cómo encontrar las palabras para justificar el daño que ha causado?
—Voy a ayudarte, preciosa…
Sacha gira la silla frente a Déborah y se sienta a horcajadas, con los brazos apoyados en el respaldo. ¿Acaso tiene otra opción que la de confiar en él, cuando tiene su futuro entre sus manos, en las profundidades de este sórdido lugar en el que está esposada? La joven asiente con la cabeza con gesto resignado, mientras el comandante acepta entreabrirle una puerta de salida.
—Llamé a una amiga psicoanalista y me aseguró que si te hacen un examen pericial, podríamos demostrar que el trauma psicológico y los sufrimientos físicos que aguantaste de niña pudieron afectarte gravemente. Lo que viviste puede volver loco a cualquiera…
¡Ésa es la puerta de salida que le propone! ¿Alegar locura? ¿La pérdida de control cuando nadie domina tanto la situación como ella? ¿Que puso a punto una maquinaria tan precisa que se ha desarrollado sin percances desde hace ocho años? ¿Es eso lo que espera de ella? ¿Que reniegue de su increíble inteligencia, su voluntad y su capacidad de supervivencia para poder aspirar a una reducción de condena?
—¿Crees que estoy loca? —dice hipando—. Bien mirado, puede que sí. Pero sobre todo, loca de dolor, loca de rabia y de desesperación. De rencor y de tristeza… Loca por haber sido raspada en el interior, una operación tras otra, vaciada de mi feminidad, de mi esencia, de sentir un dolor tan fuerte que ninguna palabra podría traducirlo. Me robaron la infancia, Sacha. ¡Sólo estuvo poblada de paredes tristes, batas blancas, miradas compasivas cuando me metían sondas por la vagina para mirar cómo estaba por dentro, cuando me retiraban vendajes empapados en un pus nauseabundo de mi intimidad de niña pequeña, cuando cruzaba la mirada asqueada de mi madre y la apoyé más de lo que ella lo hizo por mí! Y todo eso, ¿por qué?
—Todo eso por unos clavos —responde Sacha, perfectamente consciente de la provocación.
¿Cómo una personalidad tan brillante, tan segura de su capacidad para controlar su imagen, los pensamientos y sentimientos de su entorno, podría conformarse con pasar por loca? ¿Con haber perdido la razón por una tontería, un accidente de lo más tonto? ¿Clavos? Quiere provocarla, incitarla al error...
—Todo esto por unos clavos. «Por unos clavos», expresión que quiere decir «por nada» —se ríe amargamente—. Así que, por nada, nada más que una gamberrada de dos niñatos consentidos, por unos clavos de mierda puestos en una carretera de mierda, la pequeña Déborah lo perdió todo. Se convirtió en un minúsculo fantasma sin alma ni futuro. Incapaz de sentir nada, fuera lo que fuera, más allá de la amarga injusticia de lo que llamamos «ironía del destino».
En eso, Déborah no miente. Sacha lo sabe. Elizabeth, su fina y tierna amante inglesa, le ha informado acerca de la patología que Déborah parece sufrir. No una verdadera patología estrictamente hablando, sino más bien una estructura de personalidad, una extraña y fascinante disposición que se denomina «perversidad». Parece que muchos perversos sufrieron abusos durante su infancia —y quién se atrevería a decir que lo que vivió Déborah no fue un abuso—, hasta el punto de no sentirse más que vulgares objetos, de abandonar su cuerpo por completo y de terminar contemplando un mundo poblado de emociones a las cuales ellos ya no tienen acceso. El perverso no tiene empatía y no siente nada de lo que hace vibrar al común de los mortales. Las emociones, las aprenden, las simulan con brillantez, juegan con su prójimo como si movieran los peones de un tablero de ajedrez. En el caso de Déborah, nada más fácil entonces que hacerse pasar por la mujer ideal de uno, la amante providencial del otro, la vecina maltratada o incluso la víctima aterrorizada. La única emoción que tenía a su alcance es la agresividad, que ante la imposibilidad de dirigirla contra los demás, la dirigía contra sí misma, haciéndose incisiones en los brazos, golpeándose, abonando así la tesis de la mujer víctima de violencia doméstica, cuando durante una escena sabiamente orquestada, mostró sus muñecas magulladas al policía, deseoso de acudir en auxilio de una princesita…
—Entonces buscaste a los responsables de tu calvario…
—No fue complicado dar con ellos, todo el mundo sabía que fueron los causantes del accidente, aunque nunca sufrieron el menor contratiempo por ello.
—Primero aprendiste a conocerlos... Y los sedujiste. Con una facilidad que, debo reconocerlo, me admira. ¡Porque gustar de forma duradera a David, paladín de la seducción, era sin duda todo un reto! No estaba garantizado, por guapa que seas.
—¡Qué va! —exclama la joven ofendidísima—. Leí cada uno de sus libros y escuché todos sus CD. ¡Su tipo de mujer era tan evidente! Él quería una criaturita frágil que le diera la impresión de ser fuerte, de haber dominado a su malvada madre, de dejar de ser el chavalín aterrorizado por un hermano colgado. ¡Ah, la de pesadillas que tuve que chuparme, de terribles despertares en mitad de la noche porque gritaba soñando con su infancia! Me conozco la historia del incendio de memoria... ¡Reproducirlo fue pan comido!
—Él te quería verdaderamente. No hacía trampas.
—Sobre todo le gustaba lo que yo representaba. Y le gustaba verse en mis ojos. Siempre fui un espejo que magnificaba a las personas que tenía a mi alrededor. Les proyecto una imagen positiva a la que se hacen adictos. Les doy tan bien lo que necesitan que, después de eso, ya no quieren otra cosa. David se convirtió en una agradable mascota.
Cuando evoca a David, el tono de Déborah pierde todo el calor y la feminidad que tanto conmovían a Sacha, levantando un trozo del velo y mostrando el verdadero rostro del monstruo que alberga. Aunque estupefacto, el policía anima a la joven para que prosiga su relato.
—Una agradable mascota a la que hacías pasar por un pitbull dispuesto a comerte viva.
—¡La gente sólo mira lo que se le muestra! ¡Y si es un poco de miseria, eso los tranquiliza tanto respecto a su vida de mierda que disfrutan todavía fingiendo comparecerse! —dice con sorna ella.
—¿Debo sentirme aludido?
Déborah se encoge de hombros, ajena al hecho de que cada vez se descubre más.
—A todos les pasa lo mismo.
—De acuerdo… ¡Pero como mínimo, tiene mucho mérito haber conseguido engañar a Laura y a Nicolas al mismo tiempo!
—¿Tratas de halagarme?
—No, soy sincero. Los sedujiste en las barbas de uno y de otro sin que nunca te descubrieran. Admiro tu talento…
Halagada pese a que lo niegue, la joven se incorpora un poco en su asiento.
—¡Debo admitir que también tuve suerte! Al principio, sólo pensaba hacerme amiga de Laura, en la que había previsto influir con mis buenos consejos. ¡Pero cuando descubrí su pasado de estafadora y su brillante futuro como lesbiana, reconozco que me regodeé! ¡Era demasiado fácil! —afirma, divertida—. La convencí para que tuviera el niño que esperaba y para que sólo anotara mis iniciales en su agenda cuando quedábamos, para luego sembrar la duda. ¡Incluso Nicolas se lo creyó cuando le informaste de este pequeño detalle!
—Supongo que fuiste tú quien animó a Laura a denunciar a su marido por violencia doméstica…
—¡Era necesario que pareciera capaz de haberla secuestrado!
—¿Y drogarlo a sus espaldas para falsear su analítica y hacer creer en un proceso de divorcio?
—¡Ah, cuando vio los resultados se sorprendió muchísimo!
—¿Y asegurar la casa de Bretaña para evitar sospechas sobre ella en caso de lío? Luego, cuando no fue más que una testigo molesta de la que ya no podías sacar nada, te deshiciste de ella.
Déborah se sume en sus recuerdos y vuelve a verse, al borde del acantilado, con los pechos pegados a la espalda de su amante y los brazos alrededor de su cuello, solas, en el viento y la salpicadura de las olas, en ese paraíso en la tierra que sería la última morada de Laura.
—Me aprietas demasiado fuerte, Déb.
—Te aprieto como te quiero, Laura.
—El tuyo es un amor duro…
—El mío es un amor vengador.
Y sin que la mujer comprenda el sentido de dichas palabras, las últimas que oiría antes de su muerte, Déborah apretó otra vez, cada vez más fuerte, pese a los espasmos y los arañazos, pese a los pies de Laura que se deslizaban en la tierra húmeda, haciéndola cargar con todo el peso en sus delgados brazos. Apretó pensando en los que morirían tras ella, en su venganza que ya estaba en marcha, en la cantidad de violetas que tendría que comprar.
—¿Nicolas sabía que la habías matado? —retoma el policía.
—No, creyó que lo había dejado de verdad. Pero en cierto modo, le venía bien y terminó por convencerlo para ejecutar el plan.
—Pero ¿qué esperaba para aceptar entrar en tu juego, qué le prometiste? ¿El acceso a las cuentas bancarias y qué más?
—Él creía que huiríamos juntos —dice, como quien expone algo muy evidente—. Y que yo terminaría perdonándolo por lo del accidente.
—¿Estaba al tanto?
—Y corroído por la culpabilidad. ¡El muy ingenuo creía que si hacía todo lo que yo le pedía, acabaría perdonándolo!
—¿Cómo pudo dejarse embaucar de esa forma?
—Al principio era reticente, pero sé ser tan convincente que se habría comido sus propios cojones sólo por darme gusto. Y, además, entre la droga que le administrábamos a sus espaldas, el incendio que reavivaría su trauma, los procedimientos judiciales falsos para recuperar a Emma y la filtración en internet de su novela, pensaba que sólo íbamos a volver totalmente loco a David… Volverlo loco para apoderarnos de su fortuna.
—Y funcionó…
—Sí. Incluso David acabó dudando de su estado mental. —Se ríe con una leve sonrisa que a Sacha le resulta obscena—. ¡Debo decir que nunca le di tregua! Incluso cuando estaba dormido le contaba cosas horrorosas, estoy segura de que me oía.
—Y pensar que se te creía víctima de un perverso narcisista.
Sacha no puede evitar admirar la determinación con la que Déborah parasitó a esta familia, a fin de poder destruirla, inmiscuyéndose en los rincones más íntimos de su alma para poder devorarlos, como la pudrición, ese hongo que llevó desde Bretaña hasta su casa y a la de su desafortunado vecino.
—Era necesario que mi desaparición resultara coherente. Nicolas también me creía infeliz con su hermano. Manipularlo fue fácil.
—Y también presentarlo como el culpable ideal…
—Exacto. Bastó con fumar unos porros juntos para devolverle las ganas de tomar cocaína. Pero le aconsejé que tomara muchos caramelos delante de todo el mundo para que creyeran que se había quitado.
—Y asociar los envoltorios de caramelos a su presencia… Lo que te permitió hacer creer que había vuelto…
—Sí.
—Muy astuto. ¿Erais amantes?
¿Y por qué tiene esa ligera punzada en el corazón cuando hace la pregunta? Debería darle lo mismo, pero a su pesar, espera que no se haya entregado a Nicolas por su propia voluntad.
—No. Bueno, no en mi casa. Cuando se puso demasiado insistente se me ocurrió la idea del falso embarazo, para alejarlo y ablandar un poco más a David… En cambio, una vez en Bretaña, no pude librarme por más tiempo. Pero a ese imbécil le quedaban dos telediarios, sólo pasé un mal rato, eso fue todo.
Déborah había comenzado a suministrarle a sus espaldas dosis masivas de somníferos en cuanto se instaló en la casa. Esto le provocaba terribles migrañas y lo debilitaba día tras día. Llegado el momento, le resultó muy fácil llevarlo hasta el borde del acantilado, el mismo en el que había muerto Laura, y darle muerte con una gran piedra. Esta vez hizo las cosas a la cara. Por el placer de destrozarle la cara y de ver, justo antes, el terror en pugna con la súplica en sus ojos. No le concedió el perdón que él le imploró hasta el último momento, ni le explicó por qué lo estaba matando. ¡A ella nadie le explicó nunca por qué había perdido su útero ni cuáles fueron las motivaciones de los hermanos cuando provocaron el accidente! Golpeó a Nicolas Pennac cuando el dolor de cabeza ya lo tenía clavado en el suelo, y lo miró mientras se desplomaba, se arrastraba un poco, y volvió a golpearlo. Dos veces.
—Un hermano muerto presuntamente a la fuga, el otro medio loco e incapaz de defenderse de tu secuestro, ya que todo lo incriminaba… ¿Por qué, Déborah? ¿Por qué arriesgarte tanto? ¡Imaginarías que podía acabar mal! ¡Que descubriríamos tu nombre en la lista de los herederos de la casa!
—Para cuando eso pasara contaba con estar muy lejos. Pequé por exceso de confianza, puede que también te subestimara.
—¿Por qué no denunciarlos y pedir una reparación económica, sencillamente?
—La justicia habría sido demasiado clemente. Me robaron mi vida y yo les robé la suya.
—¡Pero pasaste ocho años en la cama de un hombre al que odiabas!
—Ocho años no son nada en comparación con una infancia de sufrimiento. No es nada al lado de la posibilidad de una redención.
Sí, una redención. Aunque la joven tenía el deseo de vengarse, ésa no era su única motivación. El grial al final del túnel, el motivo por el que, en última instancia, había hecho todo eso era Emma. El bebé que debería haber llevado en su vientre de no ser por ese accidente… La niña gracias a la cual podía volver a empezar una nueva vida, vivir una infancia a través de otra, y que le permitiría, retroactivamente, cuidar a la chiquilla que fue. Porque aunque sus estancias en el hospital habían destruido en ella todo rastro de vida, de emoción, Deborah era consciente de esta pérdida. Nada podría devolverla a la vida salvo poder amar y ser amada incondicionalmente. Sería gracias al amor de una niña como podría derretir el hielo que rodeaba su corazón. Lo necesitaba para salvarse y poder volver a vivir.
Pero una madre en funciones no se improvisa, y la pequeña no fue más que una fuente de decepción adicional. Quejica, tan encariñada con su progenitora que se negaba a olvidarla, ligeramente retrasada también, en comparación con los recuerdos que Déborah tenía de sí misma a los cuatro años. Todo eso para, finalmente, traicionarla al pedir ayuda a Sacha, negándole con ello a la joven la posibilidad de curarse. Déborah está tensa como un arco, con sus pupilas doradas clavadas en las de Sacha. Las lágrimas diluyen un poco la tierra y la sangre que manchan sus mejillas.
—No soy una mala persona —continúa—, sólo quería reparar el daño que se me había hecho. Que se hiciera justicia a la niña que fui.
—Uno no hace justicia por sí mismo, Déborah.
Incrédula, la joven sonríe y mira a su examante. ¿Acaso cree que la está engañando, que no ha descubierto su verdadera naturaleza?
—Lo sé —admite, sin embargo—, pero tú lo has dicho, seguramente tengo circunstancias atenuantes.
Sacha Mendel sonríe, se arrellana en su asiento y se enciende un cigarrillo mirando fijamente a Déborah. Nada, ya no siente nada por ella. Ni siquiera una pizca de piedad.
—Las habrías tenido si te hubieras agarrado a alguno de los asideros que te ofrecí estos últimos días, Déborah.
—¿Qué? ¿Qué asideros? —se asombra la joven.
—Te di una oportunidad para que me dijeras la verdad.
—Quieres decir que…
—¿Que sabía que eras tú? Sí.
—¡No es posible! ¿Desde hace cuánto tiempo?
Por más que rebusque en su memoria, la joven no entiende cómo pudo saberlo… Se crispa, inquieta.
—¿Es por lo que te dijo Strano en el hospital?
—Eso confirmó una tesis que me negaba a explorar, pero que, sin embargo, había contemplado…
Lo que inicialmente le puso la mosca detrás de la oreja a Sacha fueron las primeras palabras que pronunció Déborah cuando la encontraron en el sótano: preguntó si «lo había logrado». ¿Lograr el qué? ¿Salirse con la suya? Tal vez. Pero Sacha no logró ocultar el giro extraño de su pregunta. Luego estaba la frialdad con la que relató su cautiverio, la ausencia de emociones cuando evocaba a David, o incluso su lenguaje corporal, que dejaba bien a las claras que mentía cuando hablaba de un tercero que habría ayudado a Nicolas a mover el cuerpo de su hermano… Además, estaba el tema de ese extraño hongo que se encontró tanto en la casa de Bretaña como en la suya, así como en la de un vecino que sólo ella conocía y cuya casa había decorado unos años antes. Por no hablar de las sospechas sobre la bisexualidad de la joven, que abonaban la tesis de que ella era la misteriosa D. P. de la agenda de Laura. O también lo que le había contado Gabriel a Sacha sobre la indiferencia de la joven mientras le partían la cara, así como sobre su hoja de servicios como azafata de club nocturno o como la abuela desabrida que se cruzó debajo de la casa de Mendel… Ante el gesto estupefacto de Déborah, Sacha disfruta revelándola todas sus deducciones.
—Sí, sé que la buena amiga de Mathilde Keller, esa adorable señora casi muda que me saludaba de lejos y la «aconsejaba» tan bien, no era nadie más que tú. ¡Incluso fuiste más allá y te apropiaste del nombre de Violette!
Fue Gabriel Strano quien había acabado recordando dónde se había cruzado con esos ojos ámbar… Se la había cruzado el día que fue a preparar los espaguetis a la carbonara para Marion y Sacha, caracterizada como una señora mayor, cuando ella dejó en su buzón otra carta que debía disuadir al policía de continuar con su investigación, y no había podido olvidar una mirada tan especial…
—Cuando mencioné la posibilidad de volver a Bretaña, todavía esperaba que me dijeras la verdad —continúa Mendel—. Antes de que mis colegas acabaran comprendiendo que estabas metida en esa historia y que yo no pudiera seguir ocupándome de ti.
Oyéndolo, se podría creer que Sacha deseaba salvarla, ayudarla a huir. Al contrario. Y cuando el comisario Toussaint le reveló el resultado de las pesquisas sobre los beneficiarios de la herencia, Sacha experimentó una mezcla de intensa rabia y frustración: ahora no tendría más opción que arrestar a la joven y entregarla a un sistema judicial demasiado tibio, en su opinión. Al contrario que Alex, no creyó en la complicidad de Laura Pennac. Comprendió que Déborah la solitaria había actuado sola. De ahí sus negativas cuando Alex emitió la hipótesis de que Laura hubiera manipulado a Déborah.
—En lugar de eso —continúa el comandante—, alegaste haber sido drogada, pero tus análisis toxicológicos estaban limpios. Y huiste. Dejándome plantado, como si no contara para ti. Entregándote a Strano a cambio de documentos falsos.
—Si creías que era culpable y aun así dejaste a la niña conmigo, la pusiste en peligro; tendrás problemas —escupe ella, furiosa por haber sido desenmascarada.
Sacha sonríe. Decididamente, piensa en todo. Pero él también. Saca su móvil y abre una aplicación delante de la joven. Un plano de París se materializa ante sus ojos y una señal parpadea en una calle del noveno distrito.
—En tu opinión, ¿cómo crees que te encontré cuando le habías dicho a Strano que estabas en Burdeos?
La joven piensa un instante y de repente cae en la cuenta.
—¿El regalo de Emma?
Sí, la joya que le regaló a la niña, en la que el comandante había escondido un localizador para seguir su rastro, por si acaso.
—Bien jugado —admite Déborah—. Que sepas que te admiro tanto como tú me admiras a mí.
—No, Déborah. Tú me das asco —responde él, rememorando las últimas palabras que le dirigió a su esposa.
—Es falso. Sé que me quieres. ¡Y que sueñas con tener tan pocos escrúpulos como yo, pero no te atreves, debido a tu conciencia pequeñoburguesa de madero obediente! Me admiras y me quieres aún más.
—Admiraba tu belleza, es verdad, pero también esa fragilidad que tan bien simulas y con la que te aprovechaste de mí…
—Ahí es donde te equivocas, Sacha. Es verdad que intenté seducirte, al principio, cuando vi que no te tomabas en serio mis cartas de amenazas, para asegurarme de que me tratarías como a una víctima. Pero me conmoviste, Sacha, me llegaste como nadie lo había hecho antes.
—¿Cómo creerte? Has destruido a todos a los que afirmabas querer.
—No sabía lo que era el amor, el auténtico, el desinteresado. Fue contigo como lo descubrí. Como capturé su belleza. ¡Como lo sentí de verdad!
Al verla, Sacha podría creer que dice la verdad, y tal vez tendría razón. Pero Déborah ha mentido demasiado como para que ahora la tome en serio. No obstante, creyendo descubrir la sombra de una duda en la mirada esmeralda de su amante, Déborah decide poner las cartas sobre la mesa y apostar su última baza.
—Me enamoré de ti. No me lo esperaba, pero por nada del mundo querría renunciar a ti. Es verdad que habría podido decirte la verdad, quizá incluso me hubieras ayudado, pero quizá te hubiera perdido, y no podía resignarme a la idea.
—Pero terminaste yéndote.
—Porque no me dejaste otra elección —exclama con una voz sobreaguda—. Pero todavía podemos huir juntos, seremos cada uno la redención del otro. ¡Ya no habrá más mentiras entre nosotros! ¡Juntos podemos formar una familia con Emma o adoptar a otro niño… ¡Recurrir a una madre alquiler! ¡Es verdad, Strano me hizo los papeles, y te los puede hacer a ti también!
—Strano nunca ordenó hacer esos papeles.
—¿Qué? Incrédula, Déborah se queda boquiabierta, su inspiración frenada en seco.
—Acordamos que me avisaría cuando recurrieses a él para huir. Era lógico que lo hicieras.
—Me tendiste una trampa…
—Sí.
—¡Pero no te odio por ello! —argumenta ella con toda la fuerza de persuasión de la que es capaz—. Aún podemos borrarlo todo: esta triste historia, esta declaración, que puedes olvidar…
La joven habla atropelladamente, sin aliento, como si alcanzara el orgasmo, al borde de la locura…
—Te amo…
—No sabes lo que significa esa palabra. Deja de ensuciarme con tus presuntos sentimientos.
Sacha se levanta y la mira con desdén. El objeto de todos sus deseos, la endeble princesa a la que soñaba con salvar, no es más que un monstruo obsceno capaz únicamente de amarse a sí misma, una bruja que a duras penas logra disimular el placer malsano con el que destruyó a los Pennac, con su monólogo casi onanista. Con la simple evocación de las fantasías que ella alimentó, así como de sus abrazos, Sacha siente náuseas y se siente sucio, incapaz de dirigirle la palabra. Entonces le escupe a la cara como cuando se eructa, se vomita o se eyacula por última vez. La joven pega un grito de sorpresa. El pegajoso gargajo se pega a su frente y chorrea lentamente a lo largo de sus pestañas, sin que se lo pueda quitar. Sacha Mendel lanza una mirada al espejo unidireccional colocado detrás de la acusada, y le hace una señal al comisario Toussaint, que se encuentra al otro lado. Se dirige hacia la pesada puerta y, como si cambiara de opinión, se acerca de nuevo a Déborah y la mira fijamente a los ojos.
—¡Te lo suplico, no me dejes aquí! ¡No quiero ir a la cárcel!
Pero se queda callado. Y al mismo tiempo que su corazón se despierta y se rompe, Déborah por fin descubre la belleza y el dolor de amar.
—¿Tú también me quieres? —grita, de repente histérica, presa del pánico—. ¡Dime que me quieres, por lo menos un poco!
La joven se agita, respira con dificultad, busca desesperadamente cómo retener a su amante, hacerle cambiar de opinión, hacerle entender que ella es su oportunidad y él la suya. Sacha la contempla un instante y se inclina hacia ella, como quien calma a un niño que tiene una pesadilla, hace una gran inspiración y clava sus ojos en las pupilas doradas de ella.
—Te quise —responde él con una voz seria y queda.
Luego, coge la silla en la que está sentada y la levanta como si no pesara nada, colocándola frente al espejo para que contemple esta nueva cara que deberá hacer suya y, sonriendo, susurra:
—Pero seguramente habré sido el último.