5
Sacha Mendel se bebería encantado un café, y si pudiera se encendería un pitillo, pero seguramente a los chicos del IGPN no les haría mucha gracia. El comandante Mendel daría cualquier cosa por estar en otro sitio, sabiendo que no tiene ningún medio para escapar a este interrogatorio. Es el procedimiento habitual. No es para tanto; simplemente tiempo que perder en detalles molestos con dos inspectores de nombre evocador: Prévert y Sauvage, el caniche y el rottweiler. Se podría pensar en una fábula de La Fontaine. Eso le hace sonreír.
—¿Se ha podido recuperar tras la exfiltración?
La amabilidad de Prévert le parece sincera, pero Sacha no puede esconder la antipatía que le despierta el inspector. Así va la vida, los débiles siempre buscan ser queridos por los dominantes. Nunca verás a un rottweiler saltar a los brazos de su amo para que le haga mimos. Los canes poderosos no necesitan carantoñas para saber que existen.
—Y menos mal, si no más vale limitarse al trabajo administrativo.
El semblante de Prévert se ensombrece con la indirecta.
—Ya veo… —se contenta con responder.
Sauvage toma el relevo y le pide una síntesis de los hechos.
—Hace un tiempo —arranca Sacha en un suspiro—, TRACFIN y la brigada financiera se interesaron por Gabriel Strano, empresario originario de Sicilia de cuarenta y un años residente en París.[3] Strano, dirige numerosas tiendas por toda Europa. Los comercios en cuestión presentan la particularidad de seguir determinadas modas y de ser tan fáciles de abrir como de cerrar. Según las épocas, hablamos de locutorios con fax y llamadas al extranjero a bajo coste, tiendas para desbloquear móviles y sustitución de pantallas táctiles, o incluso, más recientemente, venta de cigarrillos electrónicos. Strano abre más o menos una decena de nuevos negocios al año, el doble de lo que pueden permitirse sus homólogos, por no hablar de su tren de vida… Tiene una propiedad de doscientos metros cuadrados en el centro de París, en la Île Saint-Louis, conduce una Harley de colección cuando no lleva a su familia a bordo de un Aston Martin carísimo y se pule una fortuna considerable en zapatos y ropa de lujo. También viaja mucho, particularmente a Sicilia.
—Supongo que por razones familiares —ironiza Sauvage.
—Supone usted bien. Gabriel Strano es el nieto de Sylvio Strano, uno de los padrinos históricos de la mafia. La coincidencia es evidente, ¿no cree?
—En efecto —sonríe Prévert.
Sacha no ha pedido al caniche que le ría las gracias. Irritado, prosigue sin prestar atención al chupatintas.
—Pero Strano es hábil. Interrogado por la brigada financiera, se las arregló para proporcionar libros de cuentas totalmente limpios. Incluso demasiado. Los de antivicio le pusieron micrófonos, pero no obtuvieron nada. Nunca usa las palabras clave que nos permitirían poder interrogarlo de nuevo. Desconfía las veinticuatro horas al día. No sólo su red parece ser tentacular, sino que él mismo es brillante, siempre alerta. No teníamos ni la más mínima prueba. Para atraparlo, había que hacerlo desde dentro. Por eso me reuní en secreto con el capitán Lionel Petitjean, de la brigada de antivicios.
—¿Por qué meter a la Criminal en el asunto? —pregunta Sauvage al comisario Toussaint.
—Los colegas de antivicio trataron de acercarse a algunos empleados de las tiendas de Strano, con la esperanza de que alguno cantara sobre sus actividades. En tres ocasiones pescaron a un chico un poco más hablador que los demás que les prometió revelaciones. En tres ocasiones el chico desapareció como por arte de magia. De ahí nuestra implicación en la investigación.
—Strano tiene un don para eliminar a la gente que le incomoda —agrega Mendel—. Es un verdadero mago.
—Así que os encargasteis de infiltraros en su red. ¿Cómo?
Sauvage se acaricia la barbilla con aire pensativo. Sin duda alguna, piensa Sacha, le gusta esta historia que mezcla tráfico, asesinatos y mafia. Debe de aburrirse mucho en el IGPN. Tal vez incluso echa de menos los días en que él también trabajaba sobre el terreno. El rottweiler necesita soñar, de empalmarse un poco con una historia de mafiosos para hacerse la ilusión de ser todavía útil. Quiere disparos, violencia, una novela negra poblada de maleantes. Y Sacha está totalmente dispuesto a darle carrete.
—Reabrí un bar de noche en el distrito veinte con nombre falso. Una elección estratégica, ya que el local estaba rodeado por seis tiendas de Strano. Sabíamos que ése era el barrio que más frecuentaba. Mi bar abría justo antes del cierre de sus tiendas. Con algunos flyers con promesa de happy hours y camareras macizas, sus empleados rápidamente se convirtieron en habituales. Tras esto, lo clásico: lancé el rumor de que había estado en chirona y les di a entender que tenía polvo para vender… Y como buen comerciante preocupado por la competencia, Strano acabó por presentarse en mi bar para hacerme una proposición imposible de rechazar…
—¿Cuál?
—Me propuso proporcionarme él la droga y multiplicar por cuatro mi beneficio.
—Parece un buen comienzo, ¿no?
—¡Se nota que no lo conoce!
Cuando Gabriel Strano empujó la puerta del bar de Mendel, primero se hizo pasar por un simple cliente. Sin embargo, tenía algo de eminentemente anacrónico en ese lugar. Alto, delgado, con clase, poseía ese no sé qué en los andares que le confería aires felinos, como de pantera. De tez mate, una melena falsamente desordenada, perfil griego, posaba sobre la clientela esa mirada que tienen los locos y los sabios. Todo en él proclamaba el éxito, apestaba a pasta. Strano estaba forrado y no lo escondía. Estaba orgulloso de eso. El porte arrogante, la sonrisa maliciosa que lucía constantemente, todo reflejaba su sentimiento de superioridad.
A primera vista, Sacha lo detestó. Tal vez porque el mafioso representaba todo lo que aborrecía y combatía desde hacía años: la ausencia de escrúpulos y la deshonestidad. Tal vez también porque tenía todo lo que el comandante nunca tendría: serenidad. Eso era lo más notable y sorprendente. Strano avanzaba en el bar, en la vida, con una tranquila seguridad, como si el mundo le perteneciera, como si supiera a ciencia cierta que estaba por encima de todos y de todo. Pantalones rectos, camisa de seda, chaqueta entallada, todo hecho a la medida y del mismo color negro profundo. Cuando entró en el bar, Sacha primero pensó que se trataba de un error de apreciación. ¿Qué venía a hacer un cura en ese lugar de perdición?
—¿Lo tomó por un cura? —se asombra Prévert.
—Sí. Llevaba un fular de seda blanco bajo el cuello de su camisa, que no estaba abotonada hasta arriba y, de lejos, parecía un cura. Lo que lo traicionó fueron los zapatos…
Strano tenía devoción por los zapatos. Los escogía siempre con mucho cuidado y gastaba una fortuna tanto en su compra como en su mantenimiento. Ese día lucía zapatos negros y blancos de piel de cocodrilo, zapatos de gánster de los que ya no se hacen. Como ningún cura llevaría eso, era un modo más o menos sutil de dar a entender quién era.
Strano se instaló en la barra y ordenó, con una gran sonrisa, un Padrino, un cóctel a base de whisky y amaretto.
—¿Sabe quién soy?
—Sus empleados me avisaron que se pasaría.
—En ese caso no hacen falta las presentaciones.
El hombre era listo. En ningún momento pronunció su nombre ni el de ninguna droga durante la conversación.
—Si alguna vez necesitara… relajarme con productos poco recomendados por la OMS como… tabaco —dice tocándose la nariz como los cocainómanos—, parece que usted podría proporcionármelo. ¿Me equivoco?
—No —respondió Mendel adoptando una expresión desconfiada.
—Y para este pequeño comercio paralelo a sus actividades legales, ¿cuánto le ofrece su proveedor sobre los beneficios?
—El diez por ciento.
—No está mal. Pero es peligroso cuando ya se ha estado en chirona… Cualquier pequeño trapicheo, incluso unos simples cigarrillos, puede causar problemas.
—¿Va a denunciarme?
—No, al contrario, vengo a traerle tranquilidad espiritual. Resulta que conozco a unos chicos que compran más cantidad de cigarrillos y a un precio menor que su proveedor. Con esta crisis, la gente no se resiste a ahorrar algo sobre el producto, sobre todo cuando se lo proponen en un bar agradable donde están distendidos. Imaginemos que de repente se siente usted un mecenas y permite a estos chicos desarrollar su espíritu empresarial en su bar… Imaginemos que yo le garantizo que ellos liquidarán tres veces más mercancía que usted y que, no contento con estar fuera del negocio en caso de problemas con la poli, seguirá recibiendo su diez por ciento sobre los beneficios. ¿Qué diría?
—Que en caso de lío yo caería, a pesar de todo. Y si hablamos de mucha liquidez de… cigarrillos, puede salirme muy caro.
—Sólo si usted está realmente al tanto de su pequeño negocio, pero ni siquiera reparará en ellos entre su clientela…
Algo en su actitud le decía a Mendel que Strano no se había desplazado hasta allí para aceptar una negativa. Y mejor así, ya que Sacha estaba precisamente allí para eso. Sin embargo, el policía debía dar el pego y fingir negociar.
—El quince por ciento.
Strano estiró los labios en una sonrisa sanguinaria. Negociar era lo más fácil para él.
—Once.
—Quince.
—Doce.
—Quince.
—De acuerdo, el quince por ciento.
Habría ido hasta el veinte.
—Se le agradecerá cada martes. Las cantidades pequeñas son más fáciles de liquidar. ¡Estoy encantado de que hagamos negocios juntos!
Con los ojos cerrados, Strano bebió un trago de su cóctel con un aire extático grabado en la cara.
—¿Cómo sabré que me paga lo pactado?
—Ah, no tiene usted ni idea de matemáticas, ¿no? Donde usted cobraba diez hasta ahora, en adelante cobrará cuarenta y cinco.
—Y en caso de problemas, ¿si cogen a uno de sus amigos…?
—Desaparecerá antes de ser interrogado.
—¿Desaparecerá?
Pero Gabriel Strano se contentó con vaciar su vaso e irse como había venido, de nuevo con ese extraño andar con el que daba la impresión de flotar por encima del mundo, un poco como Jesús caminaba sobre las aguas.
Así pues, cada semana, Sacha encontraba la suma prometida detrás del mostrador. A fuerza de compadreo y de recabar información, logró establecer un organigrama preciso de las funciones paralelas de los colaboradores de Strano. Poco a poco dio a entender que se gastaba el dinero ganado en partidas de póker que casi siempre perdía, pidiéndoles implícitamente a los chicos del mafioso que intercedieran ante su patrón para que le confiara otras misiones en negro. Pero los días pasaban y Strano, prudente, aún no le había introducido en el corazón de sus negocios…
—Petitjean parece haber tenido más suerte que usted —interviene Sauvage.
—Él conocía mejor ese ambiente que yo. Conocía todos los códigos. Petitjean volvía de una infiltración de cinco meses que había acabado mal. Se suponía que era un fugitivo y no había tenido ningún problema en hacerse contratar como chófer.
—Según sus propios informes, el capitán Petitjean se contentaba con llevar a Strano de un punto A a un punto B sin implicarse y sin que pudiera comprometer al jefe de la red.
—Creo que mentía. Al contrario, estoy convencido de que acumulaba pruebas contra él y que fue por eso por lo que se lo cargaron.
—¿Por qué no iba a informarnos de eso? ¿Por qué no decírselo a usted?
—Para empezar, en teoría no nos conocíamos, y como cuando nos veíamos casi nunca estábamos solos, era complicado hablar de eso. Además, a Petitjean le gustaba actuar por su cuenta. Buscaba llevarse él el mérito, no compartir el éxito de una redada. Su orgullo era desmesurado.
—Tal vez fue eso lo que le perdió —mete baza Prévert—. Parece que rebajó su prudencia con el paso del tiempo. Incluso visitó a su mujer durante su infiltración. Eso pudo despertar las sospechas de Strano…
—Es posible —responde Sacha—. Reunirse con su esposa fue sin duda un error. Pero en su descarga debo decir que Charlotte Petitjean no es más que una pequeña bruja egoísta y seguramente le hacía chantaje emocional para que volviera.
El comandante ha hablado con tal vehemencia que se produce un edificante silencio, del que unos y otros intentan salir carraspeando con profusión.
—Sea lo que sea —prosigue el caniche—, puede que se descubriera su tapadera a causa de eso. Hace diez días encontramos el cuerpo del capitán Petitjean en un terreno en demolición en el decimotercer distrito. Tenía las manos atadas a la espalda y una bala en el cráneo. Por supuesto, no encontramos ni rastro del arma ni del casquillo.
—Parece una ejecución —interviene el comisario Toussaint.
—¡Eso no quiere decir necesariamente que descubrieran su tapadera! —protesta Mendel.
—¿Se le ocurre otra explicación?
Sacha reflexiona un instante. ¿Qué más podría decir sin dirigir las sospechas hacia él? Nada.
—No. Pero no apruebo su decisión de retirarme de la investigación. Siempre fui prudente. Strano no sospecha nada, estoy seguro de eso.
—No queremos correr el riesgo de perder a otro de nuestros hombres —responde Prévert.
—Escuche, estoy a punto de pillarlo, estoy seguro. Strano está dispuesto a confiarme otras responsabilidades y la otra tarde escuché una conversación entre sus hombres, hablaban de un encuentro con un «miembro eminente de la familia». La reunión debe celebrarse aquí, en París. ¡Déjeme regresar al bar y sacar más información!
—No, sus elementos son insuficientes a la vista del riesgo. Además, el bar está cerrado. La versión oficial es que se fue con la caja tras una queja por tocamientos a una menor. Lo siento, para usted se acabó.
—¡Pero no podemos echar por tierra el trabajo de más de ocho meses! ¿Tiene usted una idea de lo que invertí en este asunto?
—Ocho meses ya es mucho —replica Prévert—. Esto hasta podría acabar por «contaminarnos». Usted ya realizaba, según nuestras fuentes, violentos interrogatorios y tenía la cólera a flor de piel. Algunos cuchichean ahora que ha adoptado usted los métodos del ambiente…
—¿Quién ha dicho eso? ¡Son tonterías! Y además, ¿qué sabe usted sobre la realidad del terreno? ¡Nunca mueve su culo gordo de funcionario!
Sacha está fuera de sí. Realmente no soporta que se le escape esta investigación. ¡No es posible que se la quiten! Prévert, más bien indulgente hasta ese momento, se cierra sobre sí mismo.
—Le aconsejo que modere sus declaraciones, comandante. Su insolencia tiene un límite, igual que mi paciencia. ¡Le estamos evitamos una pifia, debería estarnos agradecido por ello!
—Mi colega tiene razón —prosigue Sauvage con autoridad—. Está usted agotado, es evidente. Así que tómese unos días de vacaciones y ocúpese un poco de su esposa. He oído decir que su matrimonio se ha resentido de esta larga misión…
Ante estas palabras, Sacha lanza una mirada malévola a su superior.
—No quiero coger vacaciones.
—Entonces póngase con un nuevo asunto, más tranquilo, y deje que las cosas se enfríen.
—Sí, y de eso andamos sobrados —retoma el jefe de división—. ¡Escoge lo que quieras, no puedo ofrecerte nada mejor!
—Lo que quiero… —Sacha entre dientes.
—A condición de no saltarte las reglas. Puedes hacer eso, ¿no?
Pero Mendel ya se ha levantado de su silla y se contenta con alzar los hombros. Saluda rápidamente a Sauvage e ignora completamente a Prévert antes de salir de la habitación. Sus estallidos vienen de mucho antes del caso Strano. Es algo superior a él, es un hipersensible, un impulsivo. En efecto, a veces sobrepasa los límites con sus sospechosos, es violento, rozando el acoso. No obstante, tiene sus razones. Sabe que está en el lado correcto, el de la ley. Así que que no vengan a joderlo con sus métodos, y mucho menos dos tipos que no tienen ni puta idea del terreno.
¿No saltarse las reglas? ¡Eso sí que le hace gracia! Tanto como el plato de culebras que se han tragado esos dos mamarrachos del IGPN.