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—¡Venga! ¡Di que te gustaría verme muerta! ¡De todos modos no hace falta, lo veo en tus ojos!
Marion Mendel está histérica. Con un dedo acusador a escasos centímetros de su cara, el cuerpo crispado, listo para abalanzarse sobre él, escupe su veneno como una víbora rabiosa. Sus facciones están tan deformadas por el odio que Sacha se pregunta cómo pudo algún día encontrarla atractiva. Y cuanto más se irrita y más le grita, menos humana, deseable y respetable la considera él. Sacha se despega progresivamente de las apariencias para ver por fin su verdadera cara, la que intuía pero que no se atrevía a creer real, se aleja de todo lo que en el pasado pudiera unirlos, y el vínculo se estira, adelgaza, se reduce hasta dejar de existir. Hace ya tiempo que Sacha estaba más allá del amor, al fin supera la fase del odio. Marion ya no es más que una persona entre muchas, un obstáculo, un perjuicio, un problema que deberá solucionar.
A esta hora debería estar tras la pista de David Pennac, con objeto de liberar a Déborah de sus secuestradores, si el mensaje multimedia de Strano no lo hubiera obligado a dar este rodeo.
Abrecartas de cobre. Confiscado el 3 de mayo.
El mensaje era sibilino, pero la foto, explícita. En ella se veía a Marion en un centro comercial, aceptando un sobre de un hombre que identificó claramente como uno de los esbirros de Strano. Así pues, ella había aceptado cambiar su declaración ante la IGPN a cambio de una suma de dinero, y Strano sólo le ofrecería más para comprar su silencio a cambio del favor que le exigía a Sacha: sustraer un abrecartas de la sala de incautaciones. Sin embargo, Mendel no tiene ninguna intención de ceder ante este chantaje y va a hacer cambiar de opinión a su mujer, cueste lo que cueste.
—¿Te das cuenta del tiempo que me haces perder, Marion? ¡Estoy con un caso muy grave, es una cuestión de vida o muerte!
—¡No te pedí que vinieras!
—¡Escucha, si no es por mí, al menos demuestra algo de compasión por los inocentes a los que debo ayudar!
—¿Compasión?
La mujer estalla en carcajadas.
—¡Compasión! ¿Como la que tú demostrarse con Lionel?
—No hables de lo que no entiendes.
—La otra noche entendí lo suficiente. Y, por lo demás, tu «amigo» Strano se encargó de contármelo todo. No eres más que una escoria, un loco furioso, y deberías considerarte afortunado de llevar tanto tiempo en libertad.
—Ésa no es razón para entregarme. ¡Además, no tienes ninguna prueba y yo tengo una foto tuya que demuestra que aceptaste dinero!
Marion Mendel se acerca para ver el mensaje que le muestra su marido.
—Tienes una foto mía cogiendo un sobre, nada más. No me tomes por imbécil. Este juego ya ha durado bastante. Ya me has hecho suficiente daño.
—¿De qué juego hablas?
¡Cómo se atreve a hablarle del daño que le ha hecho cuando él se mató por querer ayudarla, entenderla, salvarla de sus oscuras ideas y que ella pisoteó todas sus buenas intenciones, que sólo mostró un odio glacial y vicioso a sus impulsos de cariño para terminar despreciándolo y tratándolo con menos consideración que a un mueble!
—Me anulaste. ¡Soplaste mi llama!
—¿Tu «qué»? ¡Pobrecita, estás delirando!
—¿Pero es que no te das cuenta de nada? ¡No sabes el calvario que es vivir contigo! ¡Es como vivir junto a un fantasma! Nunca estás ahí, nunca estás presente de verdad en lo que ocurre a tu alrededor. Observas, analizas, simulas… Pero en el fondo lo que te gusta es controlarlo todo, tener poder sobre tu entorno hasta someter la voluntad de los demás, negarles cualquier posiblidad de arreglárselas solos, sin ti… ¡Eres agobiante, Sacha, omnipresente y siempre culpabilizando con tus grandes discursos y tu moral! Te crees un salvador… ¡Pero eres un abismo en el que uno se pierde! ¡Lo que más te gusta es tocar las alas de las mariposas para luego reprocharles que ya no puedan volar!
—¡Patrañas! ¡No eres más que una mentirosa que recita fatal la lección que le dictó un cabrón por un puñado de euros! ¡Nadie se tragará estas sandeces!
—¿Te juegas algo?
No, no se juega nada. Vuelve a pensar en Amélie, la estudiante a quien no supo salvar, y se pregunta si Marion no tendrá razón. Puso a la muchacha bajo su protección, como siempre hace, le dijo qué hacer, cómo comportarse, quiso controlar sus horarios al detalle, con el fin de asegurarse de que no recayera. ¿Resultado? Está muerta. ¿Podría ser porque sentía que su propia vida se le escapaba, que ya no tenía acceso al mínimo libre albedrío? Sacha no lo sabe, ya no sabe nada. Notando que sus convicciones se tambalean, Marion insiste.
—Te crees un ángel virtuoso y en nombre de eso juegas a los censores. Pero no eres más que un megalómano, una larva que se cree un león. Y tengo una primicia para ti: tendré mucho gusto en cargar las tintas al máximo para incriminarte en el juicio.
—Puta.
Cuando hablar es en vano, cuando las palabras se tornan inútiles para restablecer en el interlocutor mejores intenciones, sólo quedan los actos y las amenazas. Sacha coge una jarra de agua y se la tira a su mujer en la cara.
—Como no cierres la boca, la próxima vez no será agua, tú misma.
El chorro frío hizo que profiriera un pequeño grito. Sin embargo, la amenaza velada de lanzarle ácido consiguió lo que no lograrían todas las súplicas del mundo, hacerla callar. Ella le clava la vista durante unos segundos, incrédula, aturdida. Su marido sostiene su mirada. Ella no percibe el menor rastro de mentira, la menor emoción, si acaso un destello desafiante, como si en el fondo esperara tener un pretexto para cumplir sus promesas. Ella siente que, de repente, lo que quedaba de esa débil llama se ha apagado completamente. No le queda más opción que dejarlo si quiere sobrevivir y escapar de este infierno. Hoy mismo comprará un billete de ida a cualquier lugar. Dentro de un mes se habrá mudado lejos, muy lejos. Por fin rehará su vida y aprenderá a confiar en sí misma. Se convertirá en lo que siempre debería haber sido y será libre, incluso feliz.
Marion sonríe ante la perspectiva de huir y se sorprende al ver que su marido le devuelve la sonrisa. ¿Qué le pondrá de tan buen humor? Ella escudriña un instante ese rostro, antes amado, todavía familiar, y siente cómo la recorre un escalofrío glacial, porque está segura de ello: sonríe ante la idea de desfigurarla.
Sacha deja a una Marion aterrorizada y que tardará en hablar con la IGPN. De este modo, puede dirigirse a la casa maldita donde quizá Déborah siga con vida. Nicolas ha encendido su móvil unos segundos para enviar las coordenadas GPS de la aldea a su hermano. David no había mentido sobre la dirección, un punto a su favor. El coche del policía se cuela, con la sirena ululando, entre los coches de la autovía de circunvalación. Es la hora punta y los conductores se apartan como pueden para dejarlo pasar. Sacha echa pestes, se enfurece al volante y pone a parir a todos los que ralentizan su marcha. Pero, en realidad, con quien está enfadado es consigo mismo. Las palabras de su mujer resuenan en su cabeza y le impiden concentrarse en la carretera, en la misión que debe cumplir. ¿Y si tuviera razón? No, no puede ni quiere creerla. Y aunque sepa perfectamente que Marion no es la única responsable de su fracaso matrimonial, no dejará que esa bruja le meta esa clase de ideas en la cabeza, como tampoco permite que Gabriel Strano juegue con sus nervios. Encontrará un modo de romper las cadenas que lo atan a sus dos chantajistas, aunque deba romperlos a ellos a la vez.
Sacha circula con libertad, finalmente, atrapado en el carril izquierdo y pisándole a fondo. Da igual lo que indique el cuentakilómetros. Debe de andar por los doscientos por hora, fácilmente. El voraz coche devora kilómetros como si las distancias no fueran más que un concepto teórico, el motor sube de revoluciones, chirría, ruge y hace vibrar el habitáculo tanto que podría desprenderse, disolverse en el aire. Pero eso a Sacha no le preocupa. Por décima vez desde que dejara la autovía de circunvalación, trata de localizar a David. Y por primera vez en dos horas, David Pennac contesta. Él también conduce a toda velocidad, pero no tanto como le gustaría. El Mini no tiene ni mucho menos las prestaciones de los coches deportivos que acostumbra a pilotar. Cuando descuelga, Sacha se sorprende por el silencio al otro lado del hilo telefónico, hasta el punto de preguntarle si se ha detenido en el camino.
—No, es un coche híbrido —explica David, como si este detalle tuviera algún interés.
—¿Por qué no contestaba?
—Me considera culpable.
—Lo consideraba culpable.
—¿Y ahora?
—Ya no lo sé.
—¡Qué va!
—Algo es algo…
—Nicolas me ha enviado un SMS con las señas de la casa, en caso de que hubiera olvidado «dónde recoger mi paquete».
Evidentemente, Sacha está al tanto de este mensaje, pero prefiere actuar con prudencia y dejar que David venga a él, darle la impresión de que poco a poco lo está convenciendo. No debería ser complicado, no hay nada más sencillo que manipular a alguien que cree mover los hilos…
—¿Sabe a qué se refiere? —pregunta Sacha.
—No. Le juro que no.
Tiene la voz de un hombre agotado, al límite.
—Vale, quiero creerlo, David…
—Dígame que no le ha hecho daño, por favor, dígamelo.
—Eso espero tanto como usted…
Algo en la voz del poli denota una impaciencia y un miedo que sobrepasan con creces sus atribuciones. En sus jadeos, en sus respiraciones más o menos entrecortadas, ambos hombres se miden, se estudian, al acecho de cualquier elemento que debería alertarlos. David sabe lo que acaba de oír: este hombre al otro lado del teléfono hará todo lo posible para encontrar a Déborah, cueste lo que cueste. Porque está enamorado. David no sabe si eso debe tranquilizarlo o, por el contrario, inquietarlo…
—Es difícil no amar a Déborah, ¿verdad?
—Supongo —responde el poli, cerrándose en el acto.
—No conozco ni un solo hombre que se haya cruzado con ella y no haya caído rendido a su hechizo.
—Entonces ¿por qué tentar al diablo dejando entrar en casa a su hermano?
—Porque me sobrevaloré. Porque subestimé el impacto que produce en los hombres.
—Es hermosa, eso está claro.
—No solamente. Tiene ese tipo de pureza que todos nosotros hemos perdido hace mucho tiempo y que hace que te entren ganas de agarrarte a ella para siempre y morir en sus brazos. Es el ideal de cualquiera, la virgen inmaculada y la amante volcánica a la vez. Los hombres notamos estas cosas. Esa rareza, ese regalo del cielo al que llamamos la gracia.
David sonríe. Pese al miedo, pese al horror, y este terrible presentimiento que no lo abandona, sonríe ante la evocación de Déborah, ante el recuerdo de la suavidad de su piel, de su melodiosa risa, de sus ojos dorados… Si tuviera que luchar a muerte con su hermano para salvarla, no lo dudaría ni un segundo. Y da igual que nadie crea en su amor, lo fundamental es que Déborah no vuelva a dudar de ello, que logre decírselo y demostrárselo una última vez. Entonces dejará este mundo en paz, porque habrá sabido lo que significa amar y habrá sido amado a cambio.
—Si por casualidad me ocurriera algo, y si ella está sana y salva, prométame que se ocupará de ella…
Un grito estridente acaba de retumbar en toda la casa. Largo, sobreagudo como la válvula de una olla a presión y que parece no querer detenerse nunca. Emma grita, chilla, patalea, sacude la cabeza. No quiere seguir ahí, en esa habitación. Está oscuro y huele mal. Tiene miedo. Cuando se le acaban los argumentos, Déborah le suelta una bofetada. Esto la calma de golpe. La pequeña abre los ojos como platos, se lleva la mano a la mejilla y rompe a llorar. Déborah no intenta consolarla, de todas formas no está segura de poder hacerlo. Avergonzada, la niña se refugia detrás de un viejo mueble de madera y se sienta en el suelo, sollozando. No quita ojo a la venda improvisada que se ha puesto Déborah, le cubre la mano izquierda y le confiere una forma extraña. Parece como si la faltara un dedo, pero con toda esa mancha roja, Emma no está segura. No se atreve a preguntar. No son cosas que se preguntan a los mayores. Sobre todo cuando están enfadados, como ahora. No como cuando discutían papá y mamá, no. Emma presiente que esto es mucho más grave. Papá castigó a Déborah porque hizo una tontería muy grande. Le ha hecho mucho daño. Y ahora la ha atado al radiador con un chisme de hierro. Su tía está retenida por la muñeca y a menudo se coge la mano roja, como cuando te pillas los dedos con la puerta.
Papá está muy furioso y quiere que ellas dejen de «joderlo». Papá dice palabrotas a menudo, pero normalmente cuando se dirige a su hija nunca. Eso es que debe de estar muy enfadado de verdad. Está harto de sus caprichos, con todo lo que él se esfuerza por hacerlas felices. Déborah ha sido muy chismosa. No debería haber cogido el teléfono de papá y tratado de hablar con alguien. Cuando se habla demasiado, las cosas pueden ponerse muy feas. Déborah parece enferma y llora mucho. Quizá Emma debería haber sido más amable con ella, llamarla «mamá» para que esté menos triste. La niña se mece despacio contra el mueble de madera, que empieza a golpear contra la pared.
—Para, por favor, vas a enfadar a tu padre…
La chiquilla se inmoviliza en seco, asustada. No quiere que la castiguen.
—¿Papá se ha ido?
—Por ahora, cariño, por ahora. Nosotras podríamos tratar de fugarnos.
—¿Fugarnos?
—Sí, irnos mientras está fuera.
—¿Cómo?
—Yo no puedo hacer nada, pero tú quizá puedes intentar abrir la puerta.
La niña se levanta dócilmente y se dirige hacia la pesada puerta de hierro. Han quitado el picaporte. En su lugar, sólo hay un agujero en el que Emma introduce sus deditos.
—Intenta abrirla, inténtalo con todas tus fuerzas.
La chiquilla tira, empuja, se araña los dedos, pone todo el peso de su cuerpo en ello. Pero quince kilos no son nada al lado de una puerta de metal.
—¡Vamos, cielo, eres nuestra única oportunidad!
—¡No puedo!
—Te lo suplico… Sólo tú nos puedes salvar…
Déborah se siente febril. Su dedo está infectándose. Si no llegan a tiempo, perderá su mano, su brazo, la vida. Emma tampoco sobrevivirá si no las encuentran. Sin embargo, agotada por sus esfuerzos, la niña renuncia y, afligida, se refugia de nuevo contra la pared.
—No pasa nada si no lo consigues, cariño… Si estamos aquí es por mi culpa. No debería haber sido tan chismosa. Es peligroso hablar demasiado… Lo siento…
Emma no quiere que papá se enfade con ella como hizo con su tía. Nunca. Así que nunca será chismosa. No dirá nada nunca más. Sir darse cuenta, la pequeña reanuda el movimiento de balanceo que hace que el mueble golpee contra la pared, pero esta vez Déborah no reacciona. La joven dormita, siente cómo le sube la fiebre al tiempo que la angustia de morir aquí. Se aferra a la certeza de que el comandante Mendel acabará encontrándola. Que no la abandonará y vendrá a salvarla, porque él es así y ella le gusta… También sabe que David vendrá para comprobar si aún sigue aquí, aún con vida.
Desconoce si ambos hombres llegarán juntos, o si uno de los dos la encontrará antes que el otro, o incluso lo que ocurrirá. En cambio, lo que sí sabe es que si milagrosamente consigue salir de todo esto, y aunque David encuentre una forma de demostrar su inocencia pese a las abrumadoras pruebas que lo acusan, ella misma matará a ese cabrón con sus propias manos.