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—¿Te tiras a mi mujer, cabrón, y vienes a tirártela en mi propia casa?
David ha codigo a Nicolas por el cuello, el puño ya levantado. Déborah se ha ido corriendo de la habitación llorando y, en el salón, de repente se oye como desplaza un mueble y tira cajones al suelo. David está loco de rabia e inquietud: ¿está haciendo la maleta? Pero la joven vuelve a bajar muy rápidamente, con un libro entre las manos.
—¡Espera, deja que te lo enseñe, suéltalo!
David vuelve la cabeza hacia su mujer y mira el volumen que le muestra. Es de gran formato, la cubierta es rígida y de color verde pastel, adornada con un osito de peluche rosa.
—Mira —insiste Déborah pasando frenéticamente las páginas, antes de detenerse en una de ellas y señalar una foto con el dedo.
Lo que David ha tomado por un libro es, en realidad, un álbum de fotos en el cual se puede ver a Emma de bebé. En la que le muestra Déborah, la niña tiene cerca de un año y la cara embadurnada de helado de chocolate.
—Estábamos hablando de eso —solloza la joven—, sólo eso, te lo juro.
David suelta a su hermano.
—No entiendo…
Es Nicolas quien toma la palabra, con una voz tan temblorosa como la de su cuñada.
—Deberíamos habértelo dicho antes, pero no sabíamos cómo… La primera vez que nos cruzamos, Déborah y yo, fue en el funeral de mamá, ¿te acuerdas?
—No os dirigisteis la palabra: ¡estuve con ella todo el tiempo!
—Sí, pero le pasé mis señas…
Eso fue hace cerca de cinco años. En noviembre, bajo una lluvia torrencial y glacial. Ambos hermanos enterraban a su madre en Burdeos y volvían a verse por primera vez tras casi tres años. Ese día David no miró ni una sola vez a su hermano menor, no supo ver su tristeza y su culpabilidad. Déborah, sí. Nicolas lo entendió inmediatamente. Como su hermano, cayó instantáneamente bajo el hechizo de la joven, pese a haber conocido hacía poco a Laura. Aprovechó que David se ausentó cinco minutos con el fin de hacer una llamada telefónica para acercarse a la mujer que le lanzaba tímidas sonrisas a escondidas de su marido.
—Hace ya años que tu hermano trata de recuperar el contacto contigo, David… Años en los que me da noticias suyas y me envía fotos de Emma porque sabe que adoro a los niños… Años en los que esperamos el momento justo para vuestro reencuentro.
—¿Y crees que me voy a tragar eso?
—¡Es la verdad! —protesta Déborah.
—¡Es lo que él te hace creer, no es lo mismo! Pero vamos, a mí no me la da.
—Estás equivocado —responde Nicolas—. He cambiado, ¿sabes? De verdad tenía muchas ganas de acercarme a ti…
—¿Tirándote a mi mujer? ¡Te cuidaste bien de decírmelo!
—No la he tocado en mi vida.
David escudriña los ojos de su hermano y no llega a descubrir en ellos la prueba de que miente.
—Ya no sé qué pensar…
—¡Créeme! —exclama la joven.
—¿Cómo pudiste ocultármelo? Confiaba en ti…
—Puedes seguir confiando en mí…
—Eso es fácil de decir, pero me traicionaste.
—¡No te traicioné! ¡Yo quería que os reconciliarais!
—Pero ¿a ti qué te importa, Déborah? ¿Quién te crees que eres? ¿Aún no has comprendido que con Nicolas nada es gratis? ¿Que teje su tela alrededor de ti para llegar a mí porque se dio cuenta de que eras el eslabón débil? ¿Que te enganchó por los sentimientos utilizando a su propia hija o tal vez hasta haciéndote creer que le gustas, para acercarse mejor a mí?
—¿Das por hecho que la gente no puede interesarse por mí sin más? ¿Que todo gira necesariamente alrededor de ti?
—No, cariño, digo que con Nicolas nada ocurre por casualidad y que él supo ver tu buen corazón para aprovecharse de eso. Lo único que sabe hacer es destruir a la gente que lo quiere. Créeme. ¡Mira cómo nos está dividiendo, mira lo que ha hecho aquí y las consecuencias para nuestro bebé!
—¡Fue un accidente, no tienes derecho a echármelo en cara constantemente! —protesta Nicolas.
—¿Un accidente? ¿Como el otro? De todos modos vamos a presentar una denuncia por el incendio. Por lo menos sabremos a qué atenernos. Sé perfectamente quién eres, más allá de esa fachada enrollada y no permitiré que destruyas mi hogar en nombre de una venganza grotesca.
Nicolas parece sorprendido.
—¿Qué venganza? No sé de qué hablas. ¿Estás delirando? ¿Te has vuelto completamente loco?
—Bien, veamos… ¿Tienes otro argumento en tu defensa?
—No necesito defenderme. Estás completamente paranoico y te equivocas de medio a medio, mi pobre David. ¡Puedes fardar todo lo que quieras delante de tu mujer y de tus fans, pero yo sé hasta qué punto se te va la pinza e incluso sé reconocer las señales precursoras de tus accesos de demencia! Nunca has solucionado tu problema.
—¿D… de q… qué problema hab… hablas?
—Lo sabes muy bien… Pero ¿tu mujer sabe que pasaste una temporada en un hospital psiquiátrico?
—¿Y de quién fue la culpa?
Déborah se deja caer boquiabierta sobre el sofá.
—¿De qué habla? —le pregunta a David.
—Ocúpate de tus asuntos —responde él, desquiciado—. Y tú, Nicolas, lárgate, AHORA.
—Sí, eso, elude el tema… Pero nunca podrás eludir tu locura: ¡ella siempre acabará dándote alcance!
—No estoy loco —vocifera David—, ¿está claro?
Nicolas coge sus cosas, gritando que volverá para buscar a su hija el día siguiente. Déborah le suplica que se quede, pero David pega un portazo tan grande cuando sale su hermano que la joven se sobresalta violentamente y pega un grito. Paralizada, lo mira como si fuera el diablo.
—¿Qué? ¿Tú también crees que estoy loco? ¿Te he hecho daño alguna vez como para que me tengas miedo?
—Yo… no sé…
¿Cómo que no sabes? ¡Joder, es sí o no!
Con semblante aterrorizado, Déborah se encuentra acorralada contra la puerta. Su respiración es rápida y parece al borde del colapso.
—A veces podemos hacer daño sin darnos cuenta de ello o recordarlo… —se arriesga ella—. Y desde el incendio, tú…
—Pero ¿de qué coño hablas? Nunca te he tocado, ¿vale? Que no se te ocurra sugerir lo contrario bajo ningún concepto, ¿te queda claro?
Desquiciado, David se enciende un cigarrillo. La joven clava la vista en la punta incandescente, como fascinada, y empieza a farfullar excusas vagas.
—Perdón, no quería decir eso… Estoy cansada… Voy a darme una ducha y acostarme.
Y huye del salón llorando, dejándolo ahí plantado.
—¡Joder! Pero ¿estáis todos tarados aquí o qué? —grita David arrojando su vaso de coñac al suelo.
Le cuesta mucho entender cómo ha podido cambiar todo tanto desde la llegada de Nicolas. Sabía que pasaría eso cuando el abrió la puerta de su casa, pero no podía imaginarse que acabaría dudando de su propia mujer. ¿Por qué lo acusa así de hacerle daño? La colma de atenciones, como el primer día. Es cierto que él tiene sus cosas, pero siempre lo ha compensado con regalos y detallitos, ¿no? Es un buen marido, todo el mundo puede dar fe. Así que, que se queje de él si quiere, nadie la creerá. Como tampoco él la cree cuando asegura que no se siente atraída por Nicolas. La conoce lo suficiente como para saber reconocer el deseo en sus ojos. Queda por saber si ya han pasado al acto o si por el momento simplemente tienen ganas. Pero David lo va a descubrir…
La calma después de la tempestad tiene siempre algo de desconcertante, porque se reviste de un falso silencio. En realidad, el ruido permanece en el interior. Los gritos continuán haciendo latir las sienes, la sangre se hace eco del tumulto golpeando dolorosamente contra los tímpanos y, por todas partes, el furor proclama su presencia a pesar de la aparente tranquilidad. Déborah estuvo por lo menos media hora bajo el chorro de agua, para lavarse la rabia, apaciguar su miedo y desterrar los gritos de su cabeza. Su respiración es regular y su pulso, más bien lento. Sale de la ducha, se pone una toalla alrededor del cuerpo y cierra los grifos al máximo. La estancia está llena de vaho, pero le gusta bastante esta atmósfera húmeda y caliente como una burbuja. Se seca un poco los brazos y las piernas y sale del cuarto de baño.
David llevó a Emma a su habitación y la dejó allí. La niña balbucea y juega con sus muñecas. La joven la contempla un instante, henchida de amor por ella. ¡Es tan bonita, tan perfecta con sus rizos rubios! ¡Realmente podría ser su hija, a nadie se le ocurriría contradecirla si la presentara como tal! Emma juega a las mamás. A Déborah le encantaría jugar también. Y si el destino le ha permitido ocuparse de esta niña, es tal vez porque las cosas deben ser así y porque sus años de sacrificio finalmente encuentran su justificación. No, Déborah no dejará que nadie se interponga en su camino y hará lo que haga falta para quedarse con Emma. Incluso si debe abandonar todo lo que ha construido hasta ahora. Su decisión está tomada: hace tiempo que la joven se sabe capaz de todo para obtener lo que verdaderamente desea. Se siente más fuerte que nunca y dispuesta a todo para ocuparse de esta niña. Y cuando David descubra que se le ha escapado, Déborah estará demasiado lejos como para que la atrape. No podrá volver a ponerle la mano encima.
La joven se acerca a la niña sonriendo y la levanta del suelo. Emma, interrumpida en su juego, protesta y lloriquea, pero Déborah la abraza con fuerza y se sienta en la mecedora, meciéndola suavemente para que se calme.
—No llores, te lo suplico, no tengo a nadie más que a ti, pequeña mía…
La niña se apacigua un poco, apoya la cabeza en el hombro de su tía y se divierte contando los círculos rojos en la piel de la joven. ¿Sirven para saber su edad, como con las mariquitas?, pregunta Emma paseando sus dedos sobre los puntos.
—No, cielito, no es eso.
¿Cómo podría Déborah decirle que esas marcas rojas son quemaduras de cigarrillo?