7
No hicieron falta más que dos días para que Nicolas reapareciera. Sinceramente, Sacha esperaba que desapareciera o, incluso, que dejara el país. Pero cuando vio llegar a Déborah al Quai des Orfèvres, más delgada y pálida que nunca, el comandante comprendió inmediatamente. Incapaz de articular palabra, la joven se limitó a tenderle el móvil al policía. Su mano temblaba tanto que Sacha tuvo que sujetarla firmemente con la suya para poder leer el mensaje enviado por Pennac.
Me perteneces.
Dos palabras tan sencillas como reveladoras del juego del gato y el ratón, con Déborah en el papel de presa. Una presa aterrorizada que no parecía ver ni entender nada que no fuera su propio miedo.
—¡No podría soportar que viniera a por mí!
—Eso no sucederá, se lo prometo.
—¡No son más que palabras!
La joven, histérica, volvió a jurar que se mataría si Nicolas aparecía de nuevo en su vida. Sacha nunca la había visto en tal estado de nervios: si no conseguía apaciguarla, habría que hospitalizarla, por su propio bien.
—Yo también espero que en su caso no sean más que palabras, Déborah. No la dejaré que se castigue por el daño que le hicieron.
—De todos modos, mi vida no vale gran cosa…
—¡No diga eso! ¡No cuando es responsable de una niña de cuatro años que la necesita, tanto como usted a ella!
—¡Eso es falso!
Déborah rompió a llorar. Daba pena verla con sus grandes ojos ojerosos, sus mejillas hundidas por el insomnio y su cuerpo diáfano, que parecía tiritar bajo la fina tela de su vestido. La joven temblaba tanto que recordaba a esas hojas de árbol que se desprenden de manera intermitente por fuertes rachas de viento, una vez llegado el otoño, y que, tras dar vueltas, terminan aplastadas sobre un cementerio vegetal. Gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas para ahogarse en una boca henchida ya de dolor. Cuando empezó a sorberse los mocos, Sacha le ofreció un pañuelo en el que se sonó ruidosamente, sin preocuparse por cuestiones de decoro, como los niños. Con un nuevo sollozo, se empeñó en refutar las palabras del comandante.
—Emma no es feliz conmigo. No sé cómo tratarla…
—Puede que usted le traiga malos recuerdos —se aventuró Sacha—, pero eso se difuminará con el tiempo, todavía es pequeña: lo olvidará.
—No, ella no me quiere, lo sé. No tendría que haberme esforzado en ser madre. Si la naturaleza decidió lo contrario fue por una buena razón: soy mala.
Sacha acogió con angustia la declaración de la joven. Hasta entonces, la niña constituía su única razón para vivir. Convencida de no hacer feliz a su sobrina, Déborah ya no tenía motivos reales para resistir y la acumulación de desgracias sufridas había minado su energía, hasta el punto de que era perfectamente capaz de cumplir su amenaza de acabar con todo. La sola idea de que la joven piense en el suicidio le perfora el corazón con más precisión que una bala disparada a bocajarro. No la conocía, apenas le había dado un beso, que probablemente para ella no constituía más que un intento desesperado de aferrarse al primero que pasara y, sin embargo, no podía evitar sentirse conmovido por su encanto y desear, quizá un día, poder amarla y hacerla sonreír… Habría querido darle argumentos a favor de la vida, pero él mismo se sentía tan perdido que prefirió callarse, por temor a que se riera de él en sus narices.
Tras la visita de Déborah Pennac, Sacha desencadenó el zafarrancho de combate. El mensaje en cuestión había sido enviado desde el barrio de la estación de Montparnasse, en París, y luego el teléfono se había apagado para volver a encenderse en la región de Lyon. Para mayor tranquilidad, Mendel hizo que rastrearan el aparato y capturaran a su portador, pero evidentemente, no era Nicolas. El teléfono era de prepago, comprado en una gran superficie, del que el menor de los Pennac se habría deshecho a su regreso a París, contando con la codicia de algún transeúnte para que se moviera. ¿A qué jugaba exactamente? ¿Acaso creía que podría tocar siquiera un cabello de su cuñada con la protección de la que gozaba? ¿Por qué se ponía en riesgo al revelar sus intenciones?
—¿Te divierte torturarla, gilipollas?
Por más vueltas que le dé al problema, hay algo en la motivación de Pennac que se le escapa. Por fuerza tiene que haber algún elemento decisivo que aún desconoce… Pero ¿cuál? Endeudado hasta las cejas, Nicolas nunca estuvo a punto de publicar un libro, como aseguraba. Según Elizabeth, debía de haber pedido auxilio, desarrollando una obsesión malsana hacia su hermano, alimentada por la sensación de haber sido desposeído de lo que él consideraba que le pertenecía legítimamente. Su objetivo era el de resarcirse recuperando lo que David le había robado. Se inventó un éxito literario y decidió apropiarse de su casa, su esposa, hasta quizá la personalidad misma de su hermano.
—Pero en ese caso, ¿por qué asociarse con David?
—¿Para demostrar que podía engañarlo? —le responde el comisario Toussaint, que acaba de entrar en su despacho.
Sacha se sobresalta violentamente, pues no lo ha oído llegar.
—Tal vez…
Pero él no lo cree. Hay algo que no cuadra en esta historia y no logra saber qué es.
—No obstante, ya no estoy tan seguro de la culpabilidad de David Pennac y me cuesta pensar que un tipo tan impulsivo como Nicolas, y encima drogadicto, pueda haber instigado todo esto…
—Y quizá tengas razón.
Sorprendido por la respuesta de Toussaint, Sacha abre los ojos de par en par y escudriña el expediente que el comisario tiene en las manos. Allí está escrito con rotulador negro «Herencia Moreau». La propiedad en la que fue secuestrada Déborah había pertenecido a Violette Moreau, una anciana fallecida tres años antes tras una larga enfermedad. Sus herederos habían puesto a la venta la casa, pero no encontraron ningún comprador: la construcción había sido contaminada por la pudrición de la madera, un hongo xilófago habitual en las costas atlánticas y, aunque se había tratado a tiempo, no inspiraba mucha confianza a los posibles compradores. A la espera de un nuevo propietario, la agencia inmobiliaria que administraba la vivienda se ocupaba del mantenimiento dos veces al año. ¿Qué pintaba Nicolas Pennac en ese asunto? Nada parecía vincularlo con Violette Moreau: exmaestra, había hecho de payasa voluntariamente en un hospital y era miembro fundador del club botánico de su pueblo, donde había disfrutado de una apacible jubilación. De modo que, ¿cómo había oído hablar de esa casa deshabitada? ¿Y cómo se había hecho con las llaves?
—¿Alguna novedad sobre la choza?
—¡Nunca adivinarás quién aseguraba la propiedad de la señora Moreau!
—¿La firma en la que trabajaba Laura Pennac?
—¡Qué fuerte!
—Así fue como ella y Nicolas supieron de la existencia de esta casa…
—Y de la defunción de su propietaria. Debían de ir por allí con frecuencia. Hacer una copia de las llaves es sumamente fácil, sobre todo cuando uno se expresa como un asegurador…
De repente, a Sacha le recorre un gélido escalofrío. La casa fue registrada de arriba abajo después del rescate de Emma y Déborah, en busca de rastros de sangre o de cualquier cosa relacionada con Laura Pennac. Los perros recorrieron la inmensa propiedad, desde las verjas hasta el borde de los escarpados acantilados, a través de los macizos de rosas y de violetas, pero no se descubrió nada que revelara la presencia de la mujer de Nicolas, ni siquiera su defunción. ¿Y si…? ¿Y si Nicolas los hubiera puesto sobre una pista falsa desde el principio haciendo creer que había desaparecido? ¿Y si fuera ella la que movía los hilos de esta maquinación, que el joven parecía incapaz de haber tramado en solitario?
—¿Piensas lo mismo que yo? —pregunta Sacha.
—Eso explicaría las huellas de Laura Pennac halladas en casa de David —confirma el comisario—. ¡No fue él quien la habría seducido, sino ella! ¡O incluso ella se reunió con Nicolas cuando éste estaba solo en casa de su hermano para incriminar a David!
—Eso también explicaría por qué Déborah fue tan evasiva a propósito de una tercera persona que habría ayudado a Nicolas a meter a David en el maletero de su coche. ¡Nunca afirmó claramente que se tratara de un hombre!
—Pero ¿por qué Déborah protegería con su silencio a esta mujer?
—Ni idea… ¿Quizá la cree bajo amenaza e intenta protegerla?
—De todos modos, hay algo que no cuadra —responde el comisario—. No veo el porqué de esta obsesión de Nicolas con su cuñada si es cómplice de su mujer.
—Déborah parece creer que se enamoró verdaderamente de ella… ¿Quizá terminó deshaciéndose de su mujer cuando dejó de necesitarla?
—Lo que nos lleva al punto de partida con esa maldita desaparición que no conseguimos resolver —suspira Alex.
—Y a la necesidad de pedirle explicaciones a Déborah —recalca Sacha.
Esta vez, el comandante ha decidido ir a interrogar a la joven en su domicilio, para obligarla a recordar, a hablar. No podrá hacer nada sin su ayuda. Al volante de su vehículo, retoma un itinerario ya familiar. Desde que recibió ese funesto SMS hace ya varios días, Sacha se ha acostumbrado a visitar diariamente a Déborah, aunque en general sus visitas son más tardías. Le da la impresión de que sus encuentros son del agrado de la joven, y abriga la esperanza de que, si ha empezado a maquillarse de nuevo, sea por él. Cuando ese día le abre la puerta, ataviada con un vestido ligero de color sangre, Sacha casi olvida los motivos de su visita.
—¡Qué guapa está! —exclama—. Quiero decir, da gusto verla así…
Si tuviera un sombrero, se lo quitaría en el acto para retorcerlo entre sus manos, como un solterón delante de una muchacha. Pero no tiene sombrero. ¿Placer? La palabra se queda corta. Lo que siente es, sencillamente, un deseo irrefrenable de poner su boca sobre sus delicados labios y una necesidad de fumar que no sabe cómo contener. La violencia del deseo que siente hacia ella es tan fuerte que le produce dolor. ¿Acaso ella se da cuenta del efecto que causa en él, desnuda bajo el vestido? ¿Es consciente de cómo bailan sus pechos menudos en un escote un pelín demasiado amplio? ¿Calculó la transparencia de su vestido cuando lo ilumina una puesta de sol y no oculta nada de su anatomía? ¿Sabe los esfuerzos que debe hacer para no abalanzarse sobre ella y saciar finalmente las fantasías en las que ella aparece noche tras noche, segundo tras segundo?
—Gracias. Hoy llega antes de la hora. ¿Tenía prisa por volverme a ver? —sonríe ella.
—Yo… yo… tenía…
—Usted tiene sed —decreta ella poniendo fin a sus tartamudeos de adolescente atontado.
—Sí.
—Emma ya está acostada…
Y él ya no tiene ganas de hablarle de Laura Pennac, pero deberá hacerlo… En la cocina, Déborah se esmera en la preparación de un mojito. Se ha convertido en su ritual vespertino.
—¿Sabe? El hongo del que le hablé a su vuelta —exclama desde el salón para que ella lo oiga.
—¿Sí?
—Creo que sé lo que es.
—…
—Creo que es Serpula lacrymans, la pudrición de la madera —continúa él para colmar el silencio glacial que ella le ofrece—. Es un hongo muy destructivo, que puede crecer varios centímetros en una noche y reducir a la nada una casa en pocos meses…
—Igualmente es un hongo que crece junto al mar. No en París.
Por supuesto que la joven decoradora está familiarizada con este parásito, pero Sacha está decidido a llegar hasta el final de su razonamiento.
—Efectivamente, pero ¿sabe que basta con tocar un zócalo infectado con los bajos del pantalón para recolectar esporas que luego podrán desarrollarse en cualquier casa, incluso en Île-de-France…?
—¿Adónde quiere ir a parar? —pregunta ella mientras vuelve al salón con los vasos en la mano.
Déborah tiene un pequeño acceso de hipo por la sorpresa viendo que Sacha se ha puesto guantes de látex. Deja los cócteles y lo interroga con la mirada.
—Creo que Laura Pennac era la cómplice de Nicolas.
—Es absurdo, ella ha desaparecido y el cómplice de Nicolas era David. ¿Por qué no quiere creerme?
—¡Sobre todo creo que usted sabe perfectamente quién ayudó a Nicolas a meter a David en el maletero aquella famosa noche, y que esa persona era su cuñada!
—¡En absoluto!
—¿Si no es ella, entonces quién es?
—¡No sé nada sobre eso, lo único que sé es que es un hombre!
—Un hombre de quien usted no me dijo nada.
—¡Porque no me acuerdo de su cara! ¿Es tan difícil de entender? ¡Tengo un enorme agujero negro, no me acuerdo de eso!
La joven se ha tensado como un arco. Sus ojos lanzan relámpagos.
—De acuerdo… Pero tengo un manera fácil de demostrar que Laura Pennac vino a su casa hace más de un año… Voy a tomar una muestra de los hongos que encontré en su sótano y pediré a un laboratorio que compare la cepa con la de la casa donde estuvo usted retenida…
A Déborah esta historia de los hongos no le gusta. Conoce perfectamente este parásito, altamente contagioso y destructor, una especie de sida de la madera. Es muy probable que Sacha tenga razón y que la misma pudrición haya colonizado ambas viviendas, pero no desea obtener la confirmación, ni oír que su casa está amenazada y ella también… Pero no puede impedirle hacer su trabajo, de modo que se conforma con dar unos tragos al mojito mientras espera que vuelva el comandante…
Esto no le ha llevado más que unos minutos. Sacha introduce la muestra en su bolso con una sonrisa de satisfacción y coge el vaso que le ofrece la joven. Ella lo mira de una forma extraña, las pupilas dilatadas, con una ligera sonrisa en los labios. Él se sienta muy cerca de ella, da un trago largo a la bebida para mantener la compostura y le devuelve la sonrisa. Una sonrisa tonta e ingenua, la sonrisa de un hombre que espera tener su oportunidad, que daría todo el tiempo que le queda por vivir por tener el privilegio de tocar a la persona que ama en secreto…
—Sacha… yo quería darle las gracias…
—¿Gracias por qué? —responde con la voz ronca.
—Por estar aquí, por mí, cada tarde. Por protegerme…
Es imprescindible que deje de mirarlo fijamente con tanta intensidad. Es imprescindible que deje de pasarse la lengua por los labios. De ponerle la mano sobre el muslo… ¿De ponerle la mano sobre el muslo?
—Déborah, debería… tener cuidado… Soy un hombre, ya me entiende… No soy de piedra…
Parece el lobo feroz poniendo a Caperucita Roja en guardia cuando en realidad sólo tiene un deseo: devorarla. Sacha traga con dificultad y coge con delicadeza la mano de la joven para retirársela de su muslo. ¡Tiene que apartarse de este contacto electrizante o, de lo contrario, no responde!
—Ya veo… —se limita a replicar ella.
Y antes incluso de que pueda dar las gracias a Dios y a todos los santos, Déborah se desabrocha la parte superior de su vestido, ofreciéndole una visión tan divina que necesita unos segundos para darse cuenta de lo que acaba de hacer. Se queda ahí, alucinado tanto por su gesto como por su belleza, sin atreverse a tocarla, hablarle, ni siquiera respirar. Es ella quien le coge la mano y se la posa dulcemente sobre sus pechos.
—Tócame…
—¿Estás segura?
Por toda respuesta, la joven se sienta a horcajadas sobre él y lo besa lánguidamente. Hasta varios segundos después él no se da cuenta de que aún lleva puestos los guantes de látex. Se interrumpe un momento para quitárselos, pero Déborah detiene su gesto.
—No… no dejes de tocarme.
Entonces, ella lo besa más intensamente y se pega tanto contra él que Sacha olvida que lleva guantes, pensando sólo en descubrir este cuerpo tan deseado, besarlo, acariciarlo para hacerla vibrar con todos los acordes posibles y poseerla una y otra vez, con fuerza, lenta, frenéticamente, hasta no saber ya dónde termina él y dónde comienza ella, para fundirse al fin con ella y quitarle su pesar y llenarla de gozo… No se cansa de sostener su rostro, de apretar sus pechos dulcemente, de probarlos, de lamerlos, de aspirarlos como para alimentarse con su esencia, de acariciar sus finas caderas, de agarrar sus redondas nalgas, de enterrar su cabeza entre sus piernas y degustarla lentamente, como una fruta delicada, de sentir cómo se esfuman sus reticencias y verla abandonarse, en oleadas, con deliciosas crispaciones en forma de gemidos de éxtasis…
Cuando se despiertan, abrazados como dos amantes ahora inseparables, el sol ya está alto en el cielo. Quien primero recupera la consciencia es Sacha. Déborah parece un ángel, completamente desnuda y abandonada en sus brazos. Una pequeña cicatriz de unos cinco centímetros surca su vientre, él la caricia dulcemente. La joven se despierta y sonríe.
—Es la primera vez desde hace tiempo que no tengo miedo de lo que me espera al despertarme…
—Ayer fue el último día de tu vida en el que tuviste miedo al despertarte, ángel mío.
—Prométemelo.
—Te lo juro.
Sacha la besa en el cuello para sellar su promesa y pasea sus manos por el suave cuerpo de su amante. La joven se abandona con una sonrisa en los labios. Se siente increíblemente bien, relajada, serena… Cuando, de repente, Emma irrumpe en el salón dando gritos y obliga a la pareja a refugiarse bajo una manta.
—¡Papá ha vuelto, papá ha vuelto!
En ese momento, Sacha no sabe qué lo sorprende más. El hecho de que la niña haya vuelto a hablar… o el envoltorio doblado de caramelo que tiene entre los dedos.