5

 

 

 

—Si se trata de una broma, es de muy mal gusto.

Déborah está ahora tan blanca como el papel. Ella lo niega. Evidentemente. Y él no puede evitar desear creerla, de todo corazón…

—Laura Pennac era lesbiana, Déborah.

—¡Pero si decías que se había acostado con mi marido! ¡Hasta lo había anotado en su agenda!

—Ella se veía con alguien, pero era una mujer. Mis deducciones eran falsas. David no te engañaba con Laura, creo que te amaba de verdad.

Le cuesta decir esto y adquiere el amargo sabor del error policial.

—¿Tú «crees»? ¿Quieres que te recuerde el infierno del que me he librado?

—No pienso que él fuera el cómplice de Nicolás, a pesar de las apariencias. No dejó de proclamar su inocencia y su amor por ti…

—¿Ah, sí? ¿Estabas allí, en nuestra casa, cuándo lloraba al dormirme o cuando se ausentaba durante días?

—Puede que no te quisiera de la mejor manera, pero creo sinceramente que todo lo que hacía, lo hacía por ti… Pero tú, Déborah, ¿qué hacías cuando él no estaba en casa?

Ella no da crédito a lo que oye. ¿Así que ahora la está interrogando, como si hubiera mentido, como si hubiera hecho algo malo?

—Hacía lo que tenía que hacer —responde—, cruzándose de brazos, en una posición de defensa.

—¿A quién veías cuando salías?

—Yo no salía.

—Déborah, aparte de ti, ¿quién podía ser ese misterioso D. P. en la agenda de Laura?

—¡No lo sé, pero seguro que yo no! ¡Antes creías que se trataba de David y ahora crees que fue un error! ¿Cómo es posible que aún sigas equivocándote?

—Déborah, tienes que contarme toda la verdad.

—Pero ¿qué verdad? ¡La que quieres oír a toda costa no es más que el fruto de tu imaginación! ¿Por qué dudas de mí ahora? ¿Por qué me sometes a un interrogatorio como si fuera culpable justo cuando acabo de recibir una carta con amenazas?

¿Por qué? Porque debe verificar su teoría, aun a riesgo de acorralar a la joven…

—Creo que Laura y tú os conocisteis en el funeral de vuestra suegra. No sólo te cruzaste con Nicolas aquel día, sino que también lo hiciste con una mujer que, como tú, sufría en un desafortunado matrimonio con un hombre que no le convenía. Os reconocisteis de inmediato, como si vuestras desgracias dialogaran, y porque compartíais la misma desconfianza hacia los hombres. ¡Os enamorasteis y te uniste a su hija como si fuera la tuya, razón por la que tenías tanto interés en quedártela cuando te enteraste de la desaparición de su madre!

—¡Estás delirando! —exclama la joven.

Si Sacha cree verdaderamente en esta hipótesis, ella peligra más que nunca. Pero ¿cómo convencer de su inocencia a un hombre que cree saberlo todo sobre ella? ¿Cómo hacerle entender su precariedad, su miedo, su necesidad de que la proteja y la salve de esta pesadilla?

—Déborah, no voy a juzgarte. Pero debes decirme la verdad, porque si estoy en lo cierto, tengo un principio de móvil. ¡Nicolas no habrá soportado verse desposeído de sus sueños de hacer carrera por su hermano, ni de su mujer por parte de su cuñada!

—No puedo inventar la respuesta que te convenga, Sacha. Lo que imaginas es falso. Te quiero, ¿o es que no lo ves?

—¿Puedes querer a un hombre, Déborah?

—¿Qué?

La joven acusa el golpe con lágrimas en los ojos. De modo que duda de ella aún más profundamente de lo que creía. ¿Qué fue lo que hizo mal o dijo mal para que vuelva a poner sus sentimientos en tela de juicio? Impotente, lo escucha exponer el resto de su teoría.

—Esto data del periodo en el que trabajaste como azafata de bar, ¿no es así?

—¡Pero qué estás diciendo, nunca he trabajado de azafata de bar!

—El propietario del club nocturno donde ejercías te reconoció formalmente, Déborah…

—Eso no puede ser, ya que nunca…

Déborah se interrumpe de repente, dándose cuenta de quién está hablando Sacha. Hasta en las máquinas mejor engrasadas hay un granito de arena, obstáculos a la felicidad cuando se anuncia demasiado insolente. Y éste es el papel que este hombre, Strano, ha decidido interpretar. ¿Por qué? ¿A él qué le importa?

—¿El tipo que casi te mató fue el que te dijo esto? ¿Y lo has creído? ¿A él antes que a la mujer con la que duermes? ¿Toda tu teoría sobre mi supuesta homosexualidad descansa en el testimonio de un traficante de drogas que quiere tu cabeza? ¿No te das cuenta de lo que pasa? ¡Quiere aislarte de los demás comenzando por hacerte dudar de mí! ¡Te está manipulando!

Estremecido por el razonamiento de la joven, Sacha se queda mudo. Apoya la cabeza en las manos, estira sus largas piernas bajo la mesa y, sin poder aguantar más, enciende un cigarro.

—¿Nunca has pensado que podría estar compinchado con Nicolas? —prosigue Déborah.

—¿Perdona?

—¡Sí! Uno es traficante y el otro, un drogadicto. No es extraño pensar que se conozcan y que…

La voz de Déborah se quiebra súbitamente, como si todas sus fuerzas la hubieran abandonado de una sola vez. ¿Por qué Strano la incrimina de esa manera? ¿Qué intenciones podría tener si no son las derivadas de su complicidad con Nicolas? Sí, la teoría se sostiene.

—¿Y que…? —interroga Sacha.

—¡Y que fuera él quien vino a buscar a Nicolas a Bretaña, y cuya cara olvidé! Eso explicaría por qué quiere hacerte dudar de mí, justo cuando recibo una carta con amenazas de su cómplice. ¡En cuanto me crucé con él, supe que ya lo había visto en algún sitio! Pero puedo asegurarte que no fue en un club nocturno.

Sacha expulsa lentamente el humo de su cigarro y se ahoga, literal y figuradamente, en una espesa niebla de la cual teme no poder salir jamás. Déborah está tensa en la silla, el cuerpo echado hacia delante, y se frota nerviosamente los brazos. Sus labios tiemblan de rabia y frustración. Parece un animal acosado y herido, que ya no sabe qué hacer para escapar a su suerte. La observa intensamente y se pierde en su mirada translúcida.

Déborah se siente acorralada. Cuando está estresada, no puede evitar rascarse más y más, es superior a sus fuerzas. A veces, hasta hacerse sangre. ¿Qué hacer, qué decir para que él la crea? Dejar hablar a las emociones, bajar la guardia, hablarle al corazón directamente, no hay otra solución. Las lágrimas afluyen al borde de sus largas pestañas y finalmente se desbordan.

—¡No olvidemos que aquí la víctima soy yo, y tal vez la tal Laura también! ¿Has olvidado lo que perdí? —dice blandiendo su mano mutilada—. Lo último que necesito es que dudes de mí… Porque eres todo lo que me queda.

Y de manera súbita Déborah se viene abajo y rompe a llorar, completamente indefensa. Desarmado ante su dolor, Sacha la toma en sus brazos y la abraza con todas sus fuerzas, la besa en la frente. El colgante de la joven se clava contra su torso, a la altura de su corazón. Su corazón. Debe escucharlo a él y sólo a él, en efecto, lejos de los discursos destinados a manipularlo…

—Perdona…

—Sacha, quiero irme, lejos de todo esto…

—Te prometo que cuando todo esto haya acabado, nos iremos de vacaciones.

—No, quiero huir lejos, ahora, para siempre. Empezar de cero de nuevo, en otra parte.

Huir lejos, para siempre. Evidentemente, es tentador, piensa Mendel. Pero las palabras de Strano afloran en su conciencia, como un eco de las de Déborah: «Sólo piensan en huir quienes tienen algo que reprocharse». Y es el caso de la joven, está convencido de ello, pese a sus lágrimas y a sus promesas. Déborah trata de huir de una culpabilidad que la corroe. Pero ¿de qué se siente culpable? Lo que parece haber gobernado siempre los actos de Déborah es su infinita necesidad de amor. Por esta razón se enfangó en un matrimonio desgraciado, seguramente se echó en brazos de una mujer, y luego en los de su cuñado. Y finalmente en los suyos… Este deseo desesperado de ser amada, de ser salvada, ¿acaso no es la prueba de su fragilidad? Fragilidad que hace de ella la aliada ideal para un hombre que trata de vengarse de su hermano, al igual que representa la puerta de entrada soñada hacia una estafa perfecta para una manipuladora que no es una principiante, Laura Pennac.

Juego de apariencias
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