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De pie delante de la puerta azul, bajo la bandera francesa, un policía de guardia se encarga de filtrar la entrada de visitantes. Su mirada cansada se posa sobre el coche que acaba de aparcar a su lado. Gente de la casa. Las rayas del techo, en el lugar donde se pone el faro giratorio, los delata. El conductor dobla el parasol del coche donde se puede leer POLICÍA con todas las letras.

Los dos hombres que salen del vehículo saludan brevemente al vigilante mostrándole su carta; luego se internan en el pasillo que lleva al despacho de Sauvage. El comandante Mendel preferiría estar en otro sitio, ocupado interrogando a los Pennac o incluso reactivando sus contactos relacionados con Strano. Consiguió, en un tiempo récord, disponer todo un sistema de vigilancia de los lugares donde al siciliano le gusta acudir. Nada de vigilancia oficial, no, sólo algunos soplones, situados en el lugar adecuado y sabiendo poner la antena. Y todavía tiene que chuparse el interrogatorio de la viuda del capitán Petitjean. No obstante, Sacha no estaba obligado a hacerlo, sólo el comisario Toussaint fue invitado a asistir, pero nunca se sabe, es más prudente oír también lo que ella pueda contar…

Charlotte Petitjean está frente a los dos hombres de la IGPN, con aspecto ligeramente impresionado. Ha juntado las rodillas para que la falda no deje al aire demasiada piel, como hacen las mujeres como Dios manda. En la treintena, rubia, con media melena y gafas, tiene un físico bastante corriente. Cuando se ríe uno entiende de inmediato que no es precisamente avispada, es una risa un poco boba, sin encanto, la de las chicas que se consideran guapas y se contentan con su error. Pero esta vez no se ríe. Se sorbe los mocos para mostrar su desgracia y hasta se lamenta, pregunta a los hombres que la rodean qué será de ella, dice que se muere de miedo de acabar sola… A juzgar por su rostro deshecho y el semblante de Sauvage, más cansado que severo, llevan varios minutos interrogándola.

—¡Mi marido ha sido asesinado y me tratan como a una criminal! ¡Nunca se habrían atrevido a hacer esto si él estuviera vivo!

—Señora, su marido y usted vivían muy por encima de sus posibilidades, ¿es consciente de eso?

Christian Sauvage está curado de espantos. Conoce a este tipo de buenas mujeres que se visten como fulanas de lujo esperando despertar la atención de cualquiera que tenga huevos. Pero puede menear el culo tanto como quiera, le falta un argumento de peso para que a él le guste. El tipo de argumento que sólo encuentra en los cuartos oscuros del Marais. Evidentemente, Sauvage se guarda sus gustos personales para sí y silencia sus preferencias a sus colegas, pretendiendo que trabaja su musculatura para seducir a las chicas, y se cuida muy mucho de revelar su profesión a sus conquistas de una noche. La viuda del capitán no le gusta absolutamente nada. Demasiado perfume, demasiados remilgos, demasiados tópicos. La clase de mujer que incita a su marido a transgredir la ley con sus caprichos de adolescente y lo obliga a ir a verla aunque esté en una misión como infiltrado. Sacha Mendel lo había prevenido y tenía razón. Mendel… Ese tipo es poli de los pies a la cabeza, piensa Salvaje, eso se ve enseguida. No obstante, tiene el mal gusto de ser hetero, una pena. De hecho, hablando del rey de Roma… por la puerta asoma, piensa sonriendo mientras entra en la habitación con su comisario. La mujer piensa que eso le está destinado y se relaja un poco.

—¡Yo no llevo las cuentas de mi marido! —se queja—. ¿Cómo podría haberlo sabido?

—Con un mínimo de entendederas, señora. No regalamos Louboutin con un salario de simple poli —replica Sauvage señalando sus zapatos.

La mujer se retuerce sobre la silla, ¡qué mala suerte que ese bruto sepa reconocer unos zapatos de marca! Busca argumentos con los que oponerse a los dos policías. Herencia, ganancias en el juego, pluses, lo intenta todo, en vano. No los engaña.

—Mi marido no me contaba de dónde salía el dinero. Pensé que era turbio, pero estaba tan estresado por su investigación que no me atrevía a molestarlo con eso.

—¿Estresado?

—Sí. Últimamente se sentía en peligro, estaba siempre en guardia. Hablaba mucho de un tipo que lo presionaba.

—¿Un hombre de Strano?

—No sé. Lo apodaba el Punk. Decía que lo acosaba y lo seguía a todas partes. A veces incluso cuando estábamos juntos, pero yo nunca vi nada…

Alex Toussaint se ha sobresaltado violentamente al oír las palabras de la mujer. Sacha sale apresuradamente de la sala. El comisario se disculpa ante sus colegas y lo sigue.

—Pero ¿cómo se te ocurre salir de la sala de interrogatorio de esta manera?

—¡No me interesa! En cambio, acabo de entender algo en relación con el caso Pennac: Nicolas y su mujer no tenían los recursos para vivir en un taller de artista en París. Estaban llevando un tren de vida por encima de sus posibilidades.

—Di más bien que has abandonado la sala porque acabas de darte cuenta de que estabas en la mierda.

La arruga entre los ojos del comisario acaba de marcarse peligrosamente, como si su rostro fuera a partirse en dos como consecuencia del seísmo que agita su mente. Aferra a Sacha por el brazo, sus labios tiemblan ligeramente.

—Sacha, respóndeme.

—¿Responder a qué?

—No te hagas el inocente conmigo, Sacha, hablo de ese sobrenombre, el Punk. ¿Cuánto tiempo crees que van a tardar en darse cuenta de que es el tuyo?

—¡Y qué, sólo es una coincidencia!

—¿De verdad estás seguro de eso?

El comandante contesta afirmativamente, el rostro impenetrable, pero Toussaint no logra creerle. Sacha ha cambiado. Es cierto que siempre ha bordeado el límite, no ciñéndose siempre al procedimiento, en especial durante los interrogatorios más duros —pero quien nunca se ha enfrentado a un violador de niños o a un cabrón que desfigura a las mujeres no puede comprender ni permitirse dar lecciones—. Sacha es un amigo y un buen poli que se toma su oficio a pecho y, por eso, Toussaint siempre ha hecho la vista gorda sobre sus métodos. Pero desde hace un tiempo, antes incluso del caso Strano, las cosas se han acelerado, el comisario lo sabe porque ha tenido que sofocar quejas por hostigamiento, amenazas o hasta violencia policial. Intentó convencerse de que se debía a las tensiones con Marion, su mujer, e incluso pensó que permitir a su comandante infiltrarse en la red de Strano le daría la oportunidad de tomar distancia, concentrarse en otra cosa. Sacha necesita sentirse útil, saber que está haciendo lo correcto. Al menos es lo que el comisario Toussaint siempre ha creído, pero ya no está tan seguro de ello. Los informes de Petitjean y de Mendel nunca se cruzaron, como si no se comunicaran entre ellos o se evitaran, y Sacha no manifestó la menor sorpresa cuando Alex le anunció la muerte de su colega. Sólo protestó cuando se le retiró de la investigación. Habría preferido seguir infiltrado en la red del siciliano. ¿Era únicamente para llevar a cabo su investigación o tenía otras razones menos confesables?

—Te lo repito, sólo es una coincidencia. ¿Tú qué crees?

—No sé lo que creo…

Con un nudo en la garganta, Toussaint contempla con angustia que su amigo haya cambiado… Pero no es el lugar para pedirle pruebas de su integridad. Sacha le dirige una sonrisa que pretende ser tranquilizadora y le palmea en el hombro.

—¿Me disculparás ante los chupatintas? ¡Tengo que proseguir con mi investigación!

 

 

Y sin dar la oportunidad al comisario de que responda, Mendel da media vuelta y abandona el edificio a paso rápido. Es verdad que el Punk es su sobrenombre en el Quai des Orfèvres. Debido a la música que escucha… ¡Pero seguro que él no es el único en París! Nada por lo que hacer una montaña o inquietarse. Al menos trata de convencerse de ello para justificar la ligereza que ha opuesto a las inquietudes de Alex… Una vez en la calle, llama un taxi. Un autónomo de la vieja escuela, con un plano archigastado que se sale por la guantera y cuyo coche apesta a tabaco rancio. El chófer ya no es joven y, a juzgar por el volumen de la radio, también está un poco sordo. Sacha abre la boca para pedirle que baje el sonido, pero cambia de opinión al oír el nombre del invitado especial de la emisión… Recordaba que Pennac iba a ir al programa de Fabien Le Roy, ¡pero no pensaba que tendría la oportunidad de seguir la emisión en directo!

 

 

—¡Hoy recibiremos al coach en seducción David Pennac, el favorito de estas damas! David vendrá para hablarnos de sus técnicas y de sus conquistas en dos minutos. Y no lo olviden: ¡la emisión será filmada y retransmitida en vídeo en nuestra página web!

 

 

En el camerino de maquillaje, David Pennac está en la gloria. La emisión a la cual ha sido invitado tiene una gran audiencia y lo ayudará a disparar las ventas de su libro. ¡Su editor se verá obligado a satisfacer los encargos y a imprimir más ejemplares de los previstos! Hoy se siente en racha, conquistador, completamente centrado en su carrera. Lo demás son sólo detalles, obstáculos superables. Por supuesto, sigue existiendo la duda, la angustia de que su mujer le haya mentido acerca de sus relaciones con Nicolas, y esas pesadillas donde los gritos y el fuego le queman los tímpanos. Pero a fin de cuentas, las cosas van por el buen camino. Nicolas no ha regresado y Déborah no sabe cómo hacerse perdonar por sus mentiras. Vuelve a ser la esposa perfecta que conoce y a la que ama: dulce, atenta y discreta. David sonríe imaginándola delante de la pantalla de su ordenador. ¡Debe de estar esperando con impaciencia su aparición! Llevaba mucho tiempo esperando esta oportunidad. Es una emisión literaria, con periodistas de prestigio. Debe dar una buena impresión, ser encantador pero no engatusador, seguro de sí mismo pero no arrogante, humilde pero no mentiroso. Será pan comido. Su oficio es precisamente gustar, ¿no?

—¡David, venimos a buscarlo en cinco minutos!

El presentador principal le sonríe amablemente y David cierra los ojos un instante para estar perfectamente sereno, en posesión de todas sus facultades.

—¿Señor Pennac?

Esta vez es un mensajero quien viene a molestarlo. El tipo con casco le entrega un sobre y se va sin decir palabra. Intrigado, David abre la carta y se descompone.

—¿Algún problema, señor? —le pregunta la maquilladora.

Pero David se siente incapaz de responder. Se le ha venido un mundo encima.

 

 

Sacha no se ha perdido ni una coma. Acordó con el taxista que aparcara y esperara al fin de la emisión. Sin importar el precio de la carrera, la situación lo requería. Qué gran espectáculo. David Pennac no sólo perdió los papeles en cuanto llegó al plató, tartamudeando y cometiendo monumentales errores en francés, sino que los periodistas fueron agresivos con él. Un auténtico combate de boxeo. No obstante, comenzaron bromeando con él amablemente y reconociendo la calidad literaria del libro, que habían leído en primicia, pero enseguida Pennac se subió a la parra y su arrogancia le valió un vapuleo mediático en toda regla. Coach en seducción o no, no dio la talla frente a los cinco cronistas y rápidamente perdió pie, hasta el punto de que recibió insultos en directo de los oyentes.

—¡Me han preparado una encerrona! —se desgañita ahora delante de sus detractores—. ¡Es un escándalo, voy a presentar una denuncia por este ataque a mi imagen!

David está furioso. Contra esos cabrones que se han pitorreado de él en un plató y contra sí mismo, que se cargó su entrada y los agredió nada más empezar, abatido como estaba por la carta que había recibido justo antes de la emisión. Pero, sobre todo, está loco de rabia hacia su mujer. Ya verá lo que es bueno.

Se mete en su coche y la llama de inmediato.

—¿Sí?

—¿Dónde estás?

—En el parque, con Emma, ¿por qué?

¡Ni siquiera está en casa escuchándolo y apoyándolo! David cuelga y arranca el vehículo con furia.

—Déborah, ¿qué pasa? Estás blanca como el papel…

Frederika había logrado, con más facilidad de la esperada, convencer a la joven para ir a dar un paseo con otras madres del barrio. Pensó que salir y ver a otras mujeres le sentaría bien…

—No. Es David. No sé lo que le pasa. Está muy enfadado.

—¿Contigo?

—No. Bueno, no sé, tal vez… Yo… no sé qué he hecho mal.

Se levanta, gira sobre sí misma, al borde de las lágrimas, completamente desorientada.

—Eh, cálmate, tesoro, estamos aquí, ¿vale? Quédate con nosotras…

—No, debo irme, me estará buscando…

—Pero sabe que estás en el parque con Emma, se lo has dicho.

—Sí, es cierto.

Las otras mujeres interrogan a Frederika con la mirada: «¿Va todo bien?». No, no va bien: Déborah parece completamente espantada y tiembla como una hoja. Si al menos pudiera ayudarla…

 

 

Mientras recorre apenas unos treinta kilómetros en un París con un tráfico bastante fluido, David ha recibido más de quince llamadas. No ha cogido ninguna. Sabe lo que significan: anulaciones de seminarios y su editor como un pájaro de mal agüero. Lo ha perdido todo. Su posibilidad de sacar Juego de apariencias y la de convertirse en novelista. ¡Y todo por culpa de Déborah! Aparca de cualquier manera sobre la acera y casi atropella a un peatón; abre la portezuela del parque y se lanza en busca de su esposa. Ahí está, rodeada de otras mujeres de las que pasa olímpicamente.

—¿Cuándo pensabas decírmelo? —aúlla él.

Colorada y retorcida sobre sí misma, Déborah no es más que una sombra con vocecilla de ratón.

—¿De qué hablas?

—¡Adelante, tómame por un gilipollas delante de las imbéciles de tus amigas, sobre todo no te prives, me encanta, hoy invito yo! Pero bueno, ¿te das cuenta de la mierda en la que me metes? ¿Has pensado en mi reputación?

—Lo siento…

Déborah se dirige a las otras mujeres en un susurro.

—Bueno, ya está bien, resolveremos esto en casa.

David, fuera de sí, aferra a su mujer del brazo y casi la levanta del suelo arrancándola del banco. Las madres, impresionadas, intentan protestar.

—Pero ¿qué es eso de hablarle en ese tono?

—¡No puede tratarla así, lo seguirá si ella quiere!

—Cerrad el pico.

Y sin hacerles caso, David arrastra a Déborah hasta el cajón de arena, recoge a Emma y los tres desaparecen en el coche. Las mujeres, patidifusas, no saben qué hacer.

—¡Habéis visto que le pega! —exclama Frederika.

—¡No, no hemos visto nada, está enfadado, pero delante de nosotras no le ha golpeado!

—¡Bueno, casi le arranca un brazo!

—¡No exageres, y además no sabemos lo que le ha hecho ella, pero, en todo caso, parecía saber de lo que hablaba!

—Conozco a Déborah —insiste Frederika—, y puedo aseguraros que es desgraciada, está encarcelada con él.

—Una cárcel más bien dorada… Seguramente se casó con conocimiento de causa: puede que él sea temperamental, pero a ella no la falta de nada —se guasea una de las madres—. Basta con ver cómo se viste y el coche de su marido. No se puede tener todo, siempre hay que pagar un precio…

Frederika se esperaba más solidaridad, e incluso contaba con ello para que las cosas se movieran, pero si nadie la sigue… Déborah está realmente muy sola…

 

 

David no ha despegado los labios durante todo el trayecto y sólo se decide a hablar una vez que están delante de la casa.

—Me habías dicho que Nicolas no había venido a recoger a Emma. ¿Y me entero por vía legal que eres tú quien se niega a devolvérsela?

—Es verdad… No puedo aceptar la idea de entregársela. No está capacitado para encargarse de ella.

—¡Ha recurrido a un abogado, Déborah! ¿Sabes lo que quiere decir eso?

La joven coge la carta apoyada sobre el salpicadero y se sumerge en su lectura, como una niña testaruda que se niega a que le lean la cartilla.

—¡Esto quiere decir que si no se la devolvemos, Nicolas nos llevará a juicio, que ganará! ¡Por no hablar de la publicidad que esto me va a acarrear, sobre todo si me amenaza con airear temas que podrían hacerme daño!

—¿Hablas de tu pasado en el psiquiátrico?

—¡Te dije que fue un error y que no es cosa tuya!

—¡Me niego a que Nicolas recupere a Emma! ¡Es demasiado inestable!

—No eres quién para juzgar lo que es bueno para esta cría, no eres su madre, ¿lo entiendes? ¡Y deja de disfrazarla para convertirla en tu clon, es totalmente ridículo!

David sale del coche dando un portazo. Asustada, Emma se echa a llorar mientras Déborah se lleva las manos a los oídos. Pasan varios minutos antes de que la joven se decida a ir tras él, a salir del coche con la pequeña en brazos como único escudo…

Juego de apariencias
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