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Hacía mucho tiempo que Sacha Mendel no se sentía tan relajado. Tumbado en un diván de suave terciopelo, frente a la ventana abierta, contempla los contornos borrosos de los tejados de París. La pizarra húmeda brilla bajo un tímido rayo de sol, y una brisa ligera mece las hojas de los árboles unos metros más abajo. Apenas se percibe el tráfico parisino aparte de algún sonido de claxon aquí y allá. Sacha da una larga calada y mantiene largo tiempo el humo en sus pulmones antes de expulsarlo, echando un poco la cabeza hacia atrás, y luego pasa el porro a la mano alargada hacia él. La mujer acurrucada a su lado lo coge sonriendo, tiembla ligeramente y se pega un poco más a su amante. Tiene la piel de gallina. Él cubre uno de sus pechos desnudos con la mano y la besa en los labios. Ella se lo devuelve con una sonrisa, en silencio, como si hablar pudiera romper la magia de este paréntesis. Las cosas son sencillas con Elizabeth. Eso es lo que a Sacha le gusta de ella. Esa sensación de que nunca habrá puestas en escena ni dolores inútiles. Ella se toma las cosas como vienen y hace el amor como si cada vez fuera la última vez. Y, además, todo en ella es dulce. Su nombre y ese sonido particular de la «th» final que parece pedir un beso, su cuerpo de piel suave y aterciopelada como un melocotón muy maduro. Le gustan sus pechos, que se esfuerza en erguir cuando camina, los omoplatos exageradamente arqueados para conferirles un aire arrogante, cuando sólo piden capitular en la batalla contra el tiempo, su aliento ligeramente mentolado para enmascarar los efluvios del tabaco, su vagina, húmeda y caliente, que lo aspira con glotonería cuando entra en ella.
No contaba con volver a verla. No le había dado su tarjeta de visita después de su encuentro en el pub de los Grands Boulevards, pero conocía su nombre y su profesión: con eso le bastó para reencontrarla. Cuando abrió la puerta de su consultorio, no pareció sorprendida; al fin y al cabo, sabía que era comandante de policía. Venía para hacer una consulta acerca de David Pennac, pero esperaba, claro, que compartiera algo más que sus conocimientos de psicología. Por la forma en que le sonreía, enseguida comprendió que ella lo deseaba tanto como él y, sin decir palabra, se desnudaron e hicieron el amor. Dos veces. Ahora están ahí, vestidos de silencio y de los vapores de la hierba que ella le ha ofrecido, y todavía no se han decidido a hablar. Es Sacha quien susurra primero.
—Buenos días…
—Buenos días…
Ha llegado el momento de revelarle el motivo de su visita. El estupor de David Pennac cuando lo recogieron delante de su casa, el tono de sinceridad con el que evocaba su amor por Déborah cuando todo el mundo sospechaba que la maltrataba, el miedo que Sacha había leído en sus ojos cuando David supo que la sangre encontrada en la casa de campo pertenecía a la joven.
—Lo acorralé, pero se mantuvo en sus trece. Tenía una expresión completamente perdida, como si no supiera la que se le venía encima… Y estaba verdaderamente preocupado por ella. No sé qué pensar. ¿Crees que está loco?
La mujer se echa a reír. No es una risa burlona, sino más bien tierna, como cuando disfrutamos con la ingenuidad de un niño pequeño. A Sacha le gusta verla abandonarse así. Sonríe él también y le besa un pezón.
—Loco no quiere decir nada. Tu hombre parece más bien estar bajo el efecto del shock.
—A menos que esté fingiendo. Cuando le hablé de la sangre pareció aterrorizado. Pero tuve la impresión de que tenía miedo de sí mismo, de lo que pudiera haber hecho aunque no lo recordara… Incluso me preguntó si los médicos habían llegado a la conclusión de que fue un episodio psicótico. Sería muy fácil un ataque de locura como circunstancia atenuante.
—Su discurso me parece demasiado coherente como para hablar de delirio. Si hubiera sufrido una crisis, usaría un lenguaje confuso, y no es el caso. Y además, un psicótico tampoco habría podido desarrollar una carrera como la suya, ni dar muestras de esa disciplina que parece caracterizarlo. Hasta físicamente se notaría.
—¿A qué te refieres?
—Descargaría su agresividad con los demás o consigo mismo, adoptando conductas de riesgo, por ejemplo, o autolesionándose.
—Es violento con su mujer.
—No todos los hombres que pegan a su compañera están locos.
—Pero ¿cómo explicas su amnesia? Los médicos aseguran que estaba enfermo de verdad cuando lo llevaron al hospital.
—Podría ser por el golpe en la cabeza, ¿o lo habían drogado?
—Aparte del cannabis y el alcohol, no se encontró nada en el análisis toxicológico…
—El GHB no deja rastro… Puede que lo drogaran para que pareciera que había perdido la cabeza.
—Es una posibilidad.
—Convendría saber quién se beneficia del crimen… —apunta ella, riéndose con un tono que parece misterioso.
Esta última frase rondó por la cabeza de Sacha todo el día, como si revelara algún detalle que se le hubiera escapado. Repasó todo lo que sabía de David. El incendio que al parecer provocó en la adolescencia, su marcha a Estados Unidos, su fantástica ascensión. Ascensión que acababa de recibir un duro golpe. Desde el incendio de su casa, David, que hasta entonces había mantenido perfectamente las apariencias, acumulaba pasos en falso, y la desaparición de su mujer parece haberle asestado el golpe de gracia. ¿Y si todo esto no fuera más que el resultado de una labor de destrucción llevada a cabo por Nicolas para vengarse de la relación entre su hermano y Laura? ¿Y si Nicolas, niño insoportable al que se le perdonaba todo, no pudiera sino construirse en oposición a su hermano? Una buena razón para intentar destruirlo tensando unos hilos que siempre ha sabido manejar, según parece. Por otra parte, si a David lo drogaron con GHB, ¿quién mejor que su hermano para conseguirlo y administrárselo? Pero, en ese caso, ¿qué hizo con su esposa… y con Déborah?
Loco de inquietud, Sacha tomó el primer tren en dirección a Burdeos con el fin de visitar la ciudad natal de los hermanos Pennac, a unos kilómetros de allí. Espera averiguar más cosas sobre ellos yendo a husmear en su pasado y tener argumentos para interrogar a Nicolas.
Sacha se planta delante de la escuela donde estudiaron los dos muchachos. Llueve a cántaros y se arrepiente de no haber traído paraguas. Llama a la puerta con varios toques nerviosos. Espera un par de minutos. Vuelve a llamar. Finalmente, aparece un hombre al otro lado de la valla. Tiene unos sesenta años y unos andares ligeramente renqueantes.
—¿Es el policía de París? Soy Jean-Baptiste Gachon, habló usted conmigo por teléfono. Venga, en el patio estaremos a cubierto.
La campana que anuncia el recreo suena y se traga las últimas palabras del hombre. Sacha lo sigue en dirección a cubierto, en medio de los chiquillos sobreexcitados que acaban de escupir las aulas.
—¿Ha podido hacer las búsquedas que le solicité? —pregunta Mendel alzando un poco la voz para tapar los gritos de los chavales.
—Sí, pero de todas formas me acordaba muy bien. Yo tenía unos treinta años por entonces. Llevaba tres años como vigilante, después de un despido. Pensaba que sería transitorio, que no trabajaría en esto toda la vida… Pero la vida va como va. Nos contentamos con lo que tenemos y no está mal del todo… Y además, me encantan los niños.
Sacha le sonríe cortésmente. A él también le gustan los niños. Le habría gustado tener hijos, de hecho todo el mundo le ha dicho siempre que sería un buen padre. Habría sido genial poder transmitir lo que ha comprendido de la vida y dar amor a un crío. Pero como ha dicho Gachon, a veces la vida tiene otros planes. Ahora es demasiado tarde y quizá también esté bien así. Cuando Sacha ve cómo evoluciona el mundo, piensa que traer una vida al mundo es como hacer un regalo envenenado… Además, estaría intranquilo todo el tiempo y acabaría por volver loco a su hijo, no cabe duda.
—Aquí todo el mundo recuerda a los hermanos Pennac —continúa Gachon—. De hecho, aún bebemos el vino de sus viñas. Eran chicos difíciles.
—¿Qué quiere decir?
—David Pennac era más bien introvertido, un poco gordo, tartamudeaba. Nunca sabíamos en qué estaba pensando porque era muy reservado… y cuando trataba de explicarse, no entendíamos nada. Lo otros chicos se reían de él. Su hermano pequeño a menudo lo defendía. Los demás lo escuchaban: Nicolas tenía un temperamento de líder. Era un estudiante pésimo y los profesores lo trataban como a una mierda, y entonces era David quien lo defendía. ¡Sí, se puede decir que esos dos se ayudaban mutuamente!
—¿Estaban unidos? —se asombra Sacha.
—Eran perfectamente complementarios e intercambiables…
—¿«Intercambiables»? ¿Qué quiere decir con eso?
En efecto, la historia de los hermanos Pennac no era precismente simple. Su madre era la viuda de un rico empresario vinícola y, materialmente hablando, nunca les faltó de nada. Pero la mujer era arisca y muy poco cariñosa.
—Es como si tuviera el corazón demasiado estrecho para dejar que sus dos hijos entraran a la vez. Un día quería a uno y al día siguiente, al otro, poniendo por las nubes al que había ignorado el día anterior y despreciando al otro después de haberlo cubierto de elogios. Eran intercambiables en su corazón, eso es lo que quería decir.
—¿Recuerda el incendio de su casa?
—¡Ya lo creo! Pero no fue su primer intento. De niños ya habían hecho muchas trastadas.
—Como muchos chiquillos, ¿no?
—No. No tenían buen fondo: ellos siempre andaban en una competencia malintencionada.
Los hermanos Pennac habían cometido numerosos actos de crueldad con la perra de su vecino. El hombre presentó una denuncia, pero la cosa no fue a más. Pocas personas se preocupan por el sufrimiento de un animal muerto porque unos niños le han metido y encendido petardos en los orificios… También se divirtieron introduciéndose en casa de una anciana vecina para mover cosas con el fin de volverla loca… Delincuentes en potencia… que siempre la tomaban con víctimas del sexo femenino. Puede que fuera por la deplorable imagen que les ofrecía su madre, una entidad tan exigente como amenazadora. Uno se convirtió en un machista, y el otro encontró una mujer de armas tomar…
—Y entonces, según usted, ¿Nicolas era el líder? —pregunta Mendel.
—Para ser sincero, no lo sé. Realmente creo que iba a días. Le repito: eran intercambiables.
—Insiste mucho en esta palabra. ¿Por qué?
El hombre duda un instante antes de responder. No quiere problemas con la escuela, sobre todo porque debería haber informado de ciertas cosas en su momento…
—Entiéndame, yo no quería inmiscuirme ni tener a la viuda Pennac de enemiga… Pero al día siguiente del incendio, fui a ver a Nicolas para ver cómo estaba, con su madre intoxicada por el humo y su hermano ingresado en psiquiatría… Sí, porque fue David quien confesó los hechos, ya sabe…
—Sí, lo sé. ¿Y?
—Pues… el chaval no parecía traumatizado en absoluto. Parecía incluso contento, como si no hubiera pasado nada. Al principio pensé que estaba conmocionado, que era una forma de negación. Quería confortarlo, así que le cogí las manos…
—¿Y?
—Me dijo que me callara o me denunciaría por tocamientos. Que era su palabra contra la mía. Todo con una sonrisa… angelical. Era glacial. Y lo creí. De verdad creo que lo habría hecho… Pero por eso no dije nada… No quería tener ese problema… Ya sabía lo que era perder un trabajo…
—¿No dijo nada de qué, señor Gachon?
—Si fue David el autor del incendio… entonces ¿por qué Nicolas tenía ampollas en los dedos?