XXXIII
DESDE QUE CONOCIÓ la tremenda realidad de labios de su hija, Evelina no había tenido un minuto de sosiego. El golpe que, de primer momento, la atontó, le infundió, sin embargo, después, los arrestos más vivos, los de las grandes solemnidades.
El mundo dejó de echársele encima en el momento en que empezó a pensar que, al fin y al cabo, un hijo, aun en las condiciones en que había de venir este, resolvería de un golpe todas las cuestiones que la habían estado preocupando. ¿Qué importaban los procedimientos, el mal rato, el posible «qué dirán»? Todo eso habría que enfocarlo y resolverlo con cautela, pero no la asustaba. Estaba segura de poseer las dotes indicadas para sortear los peligros, para acallar los rumores, para cruzar con impavidez las brasas de la maledicencia y de la mala intención. En cambio, la gravidez de Crista —y en este punto Evelina no cesaba de reprochar a la chica su inexperiencia, su ligereza, pero nunca la pasión que causara el descalabro— aclaraba para siempre su porvenir y enterraba sus zozobras. Y era evidente que pasados unos meses, al cabo de un tiempo en que el vástago hubiera hecho su aparición, la vida empezaría para ellos a entrar en unos cauces concretos, directos, apacibles y sólidos. Si no había otro procedimiento para «cazar» a Desiderio, bien venido el percance. En este punto la moral de Evelina sentía que en la vida había sus más y sus menos, que las normas dejaban de ser el encasillado vulgar que encajonaba a los demás en incómodos e insinceros prejuicios, en hipócritas contingencias. Lo que, de haber ocurrido a cualquier otra, hubiera sido considerado por ella como un baldón vergonzoso, al tratarse de su hija, y sobre todo, al tratarse de Desiderio, empezó a ser considerado como un impulso incontenible de la sangre ardiente, algo digno de ser descrito en aquellas novelas que leía en su juventud, y poco menos que como un privilegio de ciertos seres arrebatados, románticos e impetuosos. Se imaginaba a ella misma en un trance semejante, retrotrayéndose a las épocas en que su corazón palpitaba con un ritmo juvenil, y no le costaba trabajo pensar que quizá bien hubiera merecido la pena aventurar la paz exterior de su días con un hecho que, para siempre, la elevara por encima de lo común. Pues bien: ni más ni menos que eso era lo que le había ocurrido a la pareja. Desiderio y Crista se habían colocado de un golpe a cien leguas de la vulgaridad. Lo que se dijera por ahí, la manera de hacer tragar la trapisonda a los demás, eran cosas que corrían de su cuenta. ¡Pues no se pintaba sola para semejantes situaciones ni eran para ella meros divertimentos los lances de este estilo! Se dispuso a actuar en seguida como convenía, y sin miramientos. Arrollaría a quien se pusiera enfrente de ella.
Lo primero que consideró necesario, de inmediata urgencia, fue dar el pasaporte a Rita. Era imprescindible que la acompañanta no asistiera con sus ojos astutos, ni un día más, a los lloriqueos de Crista, a la sutil transformación, real o ilusoria, que la inevitable maternidad realizaría en sus rasgos, en su figura, día a día, pacientemente, con lentos, eficaces e implacables retoques. Era demasiado fino el olfato de la vestal para no preocupar a Evelina. Tenía que poner tierra de por medio entre el fenómeno biológico que aquella casa escondía y las percepciones de la sibila. ¡Quía, mucho más que tierra de por medio! Tenía que alejarla de tal modo que ni aún la más pequeña referencia que Rita Arquer pudiera dar de las intimidades de aquella casa tuviera probabilidades de pasar por razonable a las entendederas de un oyente discreto. Y eso había que hacerlo cuanto antes, había que lograrlo en el acto, cogiendo a la vestal por sorpresa y sin darle tiempo a reaccionar ni a respirar. ¡Quién sabe de Io que ella sería capaz por despecho! ¡Quién sabe las calumnias que sería capaz de urdir —y a partir de entonces, suponer que entre Crista y Desiderio pudiera haber habido una acción reprochable quedaba catalogado como una calumnia infame— en cuanto Rita sintiera sus plantas, deformadas por los juanetes, sólidamente planas sobre la acera de la calle! Por tanto, cuanto menos tardara en ello, más tranquila iba a quedar. Manos a la obra. Pero para echar a una persona como Rita sin suscitar sus recelos era imprescindible encontrar un pretexto. Evelina se puso al acecho. Era tal la flora de irregularidades que crecía en el campo de las actividades de Rita corrientemente, que no se trataba más que de esperar tranquilamente la ocasión para cortar por lo sano el primoroso tallo de la indisciplina o del capricho. Evelina persiguió sañuda y sigilosamente a su presa, con aire indiferente y distraído para pillarla de improviso en la menor inconveniencia y ponerla de patitas en la calle. ¡Maldición! La intuición de serpiente de la asalariada, al primer golpe de vista de Evelina después de su decisión, captó los síntomas más imprecisos del deletéreo designio. Fue como si los resortes de la hirsuta y cejuda virgen sintieran el roce inconsútil de la brisa traidora que la cercaba. «¡Prudencia! —se dijo—. ¡Que aquí pasa algo!». Y a partir de aquel momento Evelina vio y sintió a su lado, puntual, solícita, irreprensible, la presencia de una Rita perfecta, sobria, respetuosa, fina como una gamuza al menor deseo, a la mínima insinuación de su protectora. Las «señoras» volvieron a entrar en tropel en su vocabulario, desapareciendo las risitas, los distingos, las pontificaciones sabihondas de aquel portento de adaptabilidad. Se llenaron los recovecos más misteriosos del alma truculenta de Rita con una comprensión, con una benevolencia hacia todo, que daba gozo a la propia Evelina de no sentir que si su martirio no se marchaba diplomáticamente, se vería obligada a hacerlo desaparecer de su vista con un golpe certero de su pie en las punzantes posaderas. Ella, se dijo para sus adentros, Evelina Torra, viuda de Fernández, tenía para eso la ventaja de no tener juanetes.
Pasaron unos días antes de que la paciencia de la viuda llegara a su colmo. Probablemente más le hubiera valido a Rita adaptarse a la realidad de sus presunciones y cometer alguna de sus tropelías, para provocar la franca ruptura y el rompimiento rotundo de la situación. Porque Evelina sintió un día que de aquella jornada no iba a pasar. Sintió luego que no iba a pasar ni siquiera de aquella mañana. Y finalmente, encerrada en su boudoir, advirtió clara, rotundamente, que no iba a pasar de aquel minuto.
Una «i» intensa, clamorosa, prolongada y vibrátil por los pasillos del principal, la «i» de la palabra de Rita, estremeció cortinajes y pareció arrugar las molduras. Esa letra, al pronto, no halló otro eco que el de los silencios del piso. Fue necesario que la puerta del boudoir azul de Evelina se entreabriera y que volviera a sonar el tremendo clarinazo, con polifonías inauditas. Se oyó un suspiro hondo en algún lado del principal, y luego los pasos quedos, rápidos y sumisos de Rita, que se dirigía al desolladero.
—He tenido una paciencia digna de un santo —increpó brusca e inesperadamente Evelina al ver ante sí a la espectral parásita—. Y es inútil que sigamos así, por mucho que haga usted por reformarse —añadió, acentuando y subrayando la distancia que interponía al dejar de tutearle—. Le daré una gratificación, que no merece, y santas pascuas.
Rita ni se inmutó. Silabeó su réplica:
—Si la señora no está contenta es muy dueña de hacerlo. Pero sepa que se me están disputando las mejores casas. Casas, donde, mal me está el decirlo, tendré más paz que en la de aquí. Pero ¿puedo saber, sin faltar al respeto, por qué se me despide?
—No tengo que dar explicaciones.
—Ah, ja… —carraspeó Rita—. Quizá no soy bastante elegante para sus salones —exclamó, reticente.
—Ya se ha paseado usted por ellos bastante tiempo. Pero ya no puedo más. ¿Le parecen bien doscientas pesetas?
—¿Doscientas? Ja… ¡Qué considerada! A falta de pan, buenas son tortas…
Evelina estaba a punto de chillar. Se contuvo.
—Doscientas cincuenta.
—A palabras necias, oídos sordos —exclamó ella.
—Trescientas y… basta.
Rita miró a Evelina olímpicamente.
—Por sus obras los conocerás, dice el dicho. ¡Santas y buenas! Ya vendrá un día que se arrepentirá de tratarme de ese modo. Ja… Evelina no aguantó más. Tuvo un ademán, uno solo. Era aquel mismo ademán que muestran las postales, la apostura del almirante descubridor en lo alto de su monumento. Extendió su brazo, del que colgaban unos brazaletes, con la misma implacabilidad con que el Colón de bronce de Atazaranas señala el océano. Con el índice gordezuelo señaló Evelina a la vestal el «plus ultra» hipotético del arroyo, los abismos del más allá, los arcanos que escondía la puerta de la calle.
—¡Fuera! —gritó—. Ni gratificación ni historias. Con lo puesto, sí, con lo puesto, que ya es mucho. ¡Ea, se acabó! —y mantuvo su brazo extendido.
—¡Con su pan se lo coma! A cada puerco le llega su San Martín… —respondió violácea la acompañanta— ¡A mí plim! ¡A rey muerto… rey puesto! —dijo, agotando la colección de sus aforismos, y volvió una espalda rotunda, huesuda, geométrica, para esfumarse raudamente por la puerta capitoné, con la celeridad y la efluxión de un fantasma.
Manos a la obra. Esta era la consigna que se repetía una y otra vez la madre de la infortunada doncella que iba a ser madre a su vez. Había que darse prisa. El procedimiento de comunicar a Desiderio epistolarmente y por conducto de su padre la novedad aturdidora, fue idea de ella, después de una delicada consulta con el procurador. Porque Javier de Castro fue su sostén, su valedor, su alter ego —según definió eruditamente el propio Javier— en aquel trance vidrioso. Suerte tuvo Evelina de esa ponderada compañía. Y cuando Crista recibió la estupenda carta del culpable anticipándose a toda sugerencia y ofreciendo su corazón, su vida, una boda celebrada discretamente y con todos los miramientos en su propia finca, Evelina sintió que había llegado al término de todas sus cuitas. No quedaba más que trazar un plan perfecto para despistar a los malintencionados.
Javier de Castro y ella tuvieron una larga conversación a este propósito. Era cuestión de tapar las posibles bocas maledicentes y dar a la inesperada boda los máximos visos de naturalidad, para que nadie pudiera extrañarse de ello. ¿Y por qué no? ¿Por qué una boda apresurada e íntima había de resultar sospechosa a sus amistades? ¿Qué impedía que la gente se casara como gustara? Pero hay más. Desiderio, con un buen sentido que le honraba, sugería que se dijera que él había estado enfermo, muy enfermo. ¿Acaso era mentira eso? ¿No había requerido en realidad cuidados extremos su salud? ¿No estaba en el campo reponiéndose? Vamos a ver —se decía Evelina—. ¿Cómo será posible dar a la boda los visos de verosimilitud necesarios? Era imprescindible aprovechar los elementos dramáticos brindados por la raudal lejanía del novio, por sus trances y zozobras de salud. Había que bordar con esos elementos un cañamazo perfecto. Allí estaba Javier para ayudarla. Le expuso sus cavilaciones.
—Es preciso que la gente sepa que la boda se ha celebrado de este modo y sin avisar a nadie por una razón importante. No puede ser una enfermedad de tres al cuarto. Tiene que ser algo que asegure a los maliciosos que no quedaba otro remedio. Vamos a ver… recuerdo haber leído… Dígame, ¿cómo se casaron los amantes de Teruel?
Javier moderó los ímpetus legendarios de la viuda.
—Eso fue… fue distinto, fue otra cosa.
—Bien. Pero, esos que se casan antes de morir, ¿cómo se llaman? —Se refiere usted a lo que en derecho canónico se llama una boda in artículo mortis.
—Exactamente. In artículo mortis —y la expresión, por su grandeza, calmó todas las ambiciones de la viuda—. Eso es lo que necesitamos.
—Pero… quizá sea un poco exagerado. Quizá no sea necesario ese extremo…
—No podemos pecar por poco, querido Javier. Para que sea justificada una boda fulminante se requiere una causa casi mortal. ¿No le parece?
¡In artículo mortis! Ahí estaba a justificación de tanta anomalía. Después de todo, bien hubiera podido ocurrir así. Hubiera sido perfectamente factible que la crisis de Desiderio, que su enfermedad le hubiera puesto en trance de muerte. Y en ese caso… ¡Qué grandeza de alma, qué elevación, qué abnegación la de efectuar una boda tumultuosa, impetuosa, sin perder un minuto, siguiendo las más anchurosas sendas de la entrega sin esperanza al borde ya de la eternidad! ¡Oh, qué hermoso resultaba todo ello! Tanto, que Evelina empezó a lamentar que no fuera más que un pretexto, una añagaza, un tapujo apresurado, un arreglo burdo de la realidad.
Por otro lado, ¡qué ironía! In artículo mortis… Sí, sí… Mejor sería decir in articulo vivir… Y tan vivís! Una sola vez, una sola noche, y ahí estaba el resultado. Pero.., manos a la obra. ¡Adelante con el pretexto! Llamaría a Duró la víspera de la boda y le haría confidente de la dramática realidad de un Desiderio amenazado por la muerte y de una Crista heroica que se unía a él como una Julieta de otros tiempos a su Romeo agonizante. Todo estaba resuelto. En un periquete Duró distribuiría, con su eléctrico don, la noticia a los ámbitos más incrédulos, que la aceptarían sin dudar.
Ya tranquila, a ese respecto, decidió que era indispensable alejar a Crista de las miradas indiscretas y de aquel ambiente en los contados días que faltaban para la boda. Quedarse en casa no era indicado ni para el prestigio de la chica ni para su moral, y mucho menos para su físico. Cuando Javier de Castro sugirió un traslado al balneario Blancafort de La Garriga, Evelina aceptó en el acto. La Garriga era lugar de buenos y límpidos aires, de reputación reconocida y de una discreción absolutamente tranquilizadora a aquellas alturas del calendario. La Garriga, por si faltara poco, no distaba de Santa María del Valles, más que unos cuantos kilómetros de carretera… ¡Ánimo, pues! Manos a la obra de nuevo. Y se descolgaron unas maletas, se eligieron unas ropas, se inventaron unos pretextos de cara al servicio. «¡A La Garriga, Raúl! ¡Sin prisas, que la carretera no es buena y a mis años no puedo sufrir los baches!», ordenó Evelina por la trompetita interior del grandioso Renault, mirando irónicamente a Crista y al procurador y dejando atrás los pajes de bronce de la balaustrada de su casa.
Y el coche se alejó de Barcelona, desdoblando el primer cendal de sigilo sobre los acontecimientos que se aglomeraban y amenazaban en el porvenir.
El balneario de La Garriga resultaba un marco anodino, moderadamente burgués y poco romántico para encuadrar la leyenda que mentalmente alimentaba Evelina. El primer encuentro de Desiderio y Crista después del suceso, no pudo ser aureolado por la madre de Crista con las tintas que requería el acontecimiento. Fue un encuentro gris, atribulado, mortecino, o al menos así se lo representó la futura suegra. Sin embargo, el sentido de la reunión fue más profundo que lo que pudieran mostrar sus apariencias.
Desiderio llegó en el Renault a media tarde. Al entrar en la sala del hotel donde aguardaban Evelina y su hija, hubo una rápida efusión del muchacho hacia su novia. Se acercó a ella, le tendió la mano, le dijo unas palabras cariñosas, la miró y luego, acercándose, la besó en la mejilla. Después, Desiderio se acercó a Evelina, la cual, no pudiendo moderar un impulso, incrustó un rato su fláccida mejilla en la de él. Evelina hizo los honores verbales de a ocasión con una serie de frases triviales, que pasaron sobre los dos novios como pasan las nubes de verano. Por la vidriera del fondo se transparentaban los pasadizos de un patio con tiestos de mayólica, en el que había dobladas sillas de verano y unas mesas completamente inútiles, puesto que no había nadie en el hotel. Evelina sugirió que los dos muchachos salieran a este exterior para que pudieran explayarse a sus anchas. Y quedó sola Evelina en la gran sala vacía, viéndoles salir.
¡Cómo había cambiado Desiderio desde el famoso día del Polo! Ni uno solo de sus trazos correspondía del todo al muchacho de antes. Ahora era todo un hombre. Incluso parecía más ancho de espaldas; su cara tenía una expresión sólida, segura, un tanto indulgente con las cosas. Su tez se había ennegrecido con el sol campesino. Pisaba con entereza, con seguridad. Sus ojos ya no esquivaban al interlocutor, antes bien, parecían buscarle y sonsacarle valientemente. Era —se dijo Evelina al observar esa transmutación— el hombre responsable, el hombre hecho, que va a fundar una casa, aunque la fecha de la primera piedra les hubiera cogido a todos un poco de sorpresa. ¡Con qué orgullo y delectación miró Evelina a través de la cristalera! ¿Qué importaba lo demás, la minucia de los esponsales, etc.? Allí estaba el marido de su hija, su yerno, como una realidad incuestionable, hecho carne y puesto de pie.
Los dos novios salieron al exterior. Apenas se habían dirigido la palabra. Crista estaba turbada y deseaba que él rompiera cuanto antes el silencio. Pero Desiderio esperó llegar a uno de los bancos de piedra de la terraza. Entonces, antes de hablar, cogió tiernamente la mano de su novia.
—Crista, estoy contento de que todo haya ocurrido así. De otro modo, eme hubiera dado cuenta de que eres toda mi vida? ¡Era tan insensato!
Ella le miró, un poco asombrada, un poco amilanada. Sentía, cosa extraña en ella, una gran timidez. Era como si el hijo que llevaba fuese un reproche secreto. Llevó a mano de Desiderio a sus labios y la besó.
—¿Has sufrido mucho? —le preguntó después él, inquieto. Y ella contestó afirmativamente con un movimiento de la cabeza.
La larga melena de Crista había sido recogida ahora en un gran moño negro que realzaba el óvalo de su rostro. Desiderio la contempló pausadamente, confiadamente, como nunca lo había hecho. Sintió una emoción. Crista transparentaba ya, a los ojos de él, que estaba en el secreto —que era, en cierto modo, el secreto mismo—, la grandiosa labor que estaba realizando en silencio. Con ser la misma de antes, con no haber perdido ni una sola de sus perfecciones, con ser esplendorosamente bella y seductora, había en todo su ser y en toda su postura cierta flaccidez poderosa, cierta pausa estremecida y cierta fatiga que a volvían misteriosamente amable, misteriosamente admirable. De aquella muchacha revoltosa y arrogante quedaban solo intactos los rasgos físicos; pero había en ellos una madurez, una espera como de fruto pletórico. Los signos de su estado no se marcaban más que en la calidad de la piel, que parecía querer redondearse, estallar, porosa de vitalidad. Había en toda ella algo recóndito que la estaba trabajando, incesantemente, que hacía bullir en todo su ser la riqueza de las savias ocultas, el influjo de energías escondidas, potenciales y extraordinarias. Se estaba ante un fenómeno extraño de plenitud vital, que redondeaba la piel, que la tornaba más dúctil, más hermosa. La profunda labor de vida gravitaba en todo su ser y modificaba la expresión de sus ojos, que eran ahora de una claridad, de una calma exquisita. Y en el respiro sosegado, lento, calmado, como las olas en una mar honda, los senos se balanceaban pausadamente con cierta solemnidad, que no era más que un anticipo, un atisbo de la eclosión suprema que tendrían más tarde, como un fruto rozagante dispuesto a estallar.
Desiderio la acercó hacia sí, haciendo que pusiera su mejilla sobre su hombro y rodeándola con el brazo. Sentía una calma suprema y las palabras oídas el día anterior: «La mujer es una herida, una cicatriz en el costado del hombre».
—No hablaremos más de lo pasado, Crista. En adelante, aquello no existirá. Únicamente hablaremos de nosotros dos. Te haré la mujer más feliz de la tierra, si tú quieres…
Se escuchó el paso de las ruedas de un carruaje tras la tapia del hotel. Desiderio prosiguió:
—Viviremos en Santa María, hasta… hasta siempre o hasta que tú quieras. ¿Me acompañarás?
—Sí. Siempre estaré contigo —dijo ella. Y añadió—: ¿Me perdonas todo lo que pensé antes de ti y todo lo que hice? ¿Y no te avergüenza que yo… que yo fuera de aquel modo, aquella vez? — inquirió, angustiada, con la voz quebrada.
—Siempre has sido como debías ser —afirmó él, sintiendo repentinamente la necesidad de protegerla, de persuadirla—Ahora no pensaremos más que en nosotros y en… nuestro hijo. ¡El hijo! Esta palabra sonaba extraña, rotunda, misteriosa, evocadora. ¿Cómo sería? ¿Era posible que ya estuviera allí, que ya palpitara, que ya viviera con ellos?
—¿No te molesta que las cosas hayan sido así? —preguntó él—. ¿No piensas con fastidio en que hubieran podido ocurrir de otro modo? Contéstame con sinceridad.
—No —dijo ella—. Todo está bien tal como ha sido.
Entonces Desiderio la besó. Sintió en el temblor y en el calor que tenían los labios de Crista la existencia de aquel implacable designio vital en la raíz de su sangre. No la besaba ya como se besa a una amante. Se dio cuenta de golpe del abismo que había cruzado; los labios de la esposa tienen un sabor distinto, un sabor peculiar. En la efusión con que se dan, va implícita una oleada de mansedumbre, de perennidad, de esperanza… De pronto, aquello que antes era en él una angustia delirante se había transformado en un tacto de paz, que no quemaba ya sus sentidos como una fogata tumultuosa, sino que los entibiaba con el calor poderoso y contenido que tienen las laderas soleadas, los corazones de las granadas cuya pulpa, abierta al sol, rezuma y gotea, los melocotones ubérrimos, los limones ahítos que cuelgan del árbol a mediodía. Esa tibieza era la tibieza del amor consumado, algo que él no había gustado hasta entonces, el que Jeannine no le había dado ni le hubiera podido dar, un reflejo supremo que la infinita trascendencia de este acto en el que hasta entonces no había hecho más que escarbar y entumecerse parcial e inútilmente. Ese calor vital era el mismo calor de los frutos y de la vida que prosigue, el calor de los seres que fructifican y se expanden por las tierras de Dios, por sus árboles y sus laderas, en los caminos y en las montañas; tan puro como el viaje mismo del polen que se posa sin lascivia y sin espasmo en las altas corolas, en las afiladas lanzas de la planta, en los magnánimos troncos, en los resquicios donde la vida aguarda el soplo vivificador que la fecunde y la eternice.
Así sentía ahora Desiderio a Crista. Se sentía desbordar de un amor superior a sus propios deseos e impulsos. Un amor de gravedad, que trascendía en una ternura infinita.
Cuando un largo rato más tarde el coche de los Fernández se puso de nuevo en marcha para acompañarle a Santa María, le pareció que todo el paisaje, que la naturaleza toda rebosaba de su misma exuberancia vital y alentaba con la misma armónica y pletórica facundia. Los almendros, los olivos y la vid se escalonaban en los súbitos desmontes de los recodos que el coche iba ganando. Y al entrar en el Vallés, a suavidad de sembrados y el agua luminosa en las acequias, bajo los pontones, daba la misma blandura, la misma escondida inminencia de vitalidad a los campos, a punto de reventar, en grano y en fruto, que la que había sentido en la compañía de Crista. Todo aguardaba, en esta espera soberbia, hecho flor. Todo estaba a punto para la gran victoria.
Todas las mañanas salía Desiderio de la finca, pero no lo hacía en el automóvil de su novia, sino que se hacía enganchar a «Revérter» en la tartana y cubría el largo trecho de campo que le separaba de La Garriga. Estaba junto a Crista hasta el anochecer. Luego emprendía el regreso.
Cuando faltaban ya escasos días para la boda, al regresar una tarde por la carretera, antes de llegar al «Puntazgo» torció por un camino irregular y secundario, para llegar al Coll. Quería visitar a don Sebastián, para comunicarle la noticia de la boda y rogarle que quisiera ser uno de sus padrinos. La oscuridad del bosque dejaba solo impresa sobre las sombras la línea sinuosa del camino por el que la tartana avanzaba despacio, sacudida en el surco irregular de las rodadas. Tras un trecho de bosque, la fronda se clareó y apareció la blanca silueta de la masía y el enhiesto pardo torreón. Al llegar a la entrada, se oyó el ladrido de los perros, que resonó un rato en la noche. En la parte posterior de la masía había luz, y por allí entró Desiderio en busca del viejo amigo.
Don Sebastián estaba en una habitación larga y desordenada, abocado a una pequeña figura de barro que estaba modelando a la luz de un gran candil de varios brazos. Al ver a Desiderio entornó los ojos para reconocerle, absorto como estaba en su labor. Le saludó jovialmente.
—Pasa, pasa. ¿Qué te trae por aquí? No esperamos nunca visita a estas horas.
Tardó un instante Desiderio en explicar sus razones.
—Venía de La Garriga y se me ha ocurrido desviarme, para pedirle un favor.
—Bien. Así me gusta. Dalo por hecho. ¿De qué se trata? Cuando Desiderio le dijo que se iba a casar al cabo de unos días don Sebastián le miró sorprendido.
—No nos habías dicho una palabra. Ni don Francisco tampoco. Eso se parece un poco a una conspiración. ¿Quién es tu novia? ¿Le gustará quedarse en el campo?
Desiderio le tranquilizó. Le explicó brevemente que se trataba de una amiga de la infancia. Dijo que se conocían como si fueran hermanos, o más aún.
Don Sebastián, mientras tanto, no cesaba de trabajar. Llevaba sus dedos válidos con ímpetu a la pequeña figura de barro retocándola con golpes certeros, nerviosos, que daban de pronto un movimiento, una intención a la obra; era una figura femenina, un desnudo, con un cántaro en la cabeza, sólido y terral como a materia de que estaba hecho. Muslos, senos, brazos y talle parecían poder ponerse en movimiento al próximo contacto de la yema de los dedos del artista. Bañada por la luz amarilla de los candiles, esta figura era la encarnación misma de la realidad campesina y estaba enraizada en aquel lugar como pudiera estarlo el gran castaño del patio de la casa o las parras que sombreaban el umbral. En todos los ángulos de a estancia esta figura femenina parecía multiplicarse, excederse, adoptar docenas de formas y de movimientos en otras tantas de sus réplicas, que no alteraban la rotundidad de la imagen original, que el escultor reiteraba un día tras otro. Don Sebastián se alejó un momento de aquella en la que estaba laborando, para apoyarse en el respaldo de su silla de ruedas, y luego miró a Desiderio.
—Me gusta la idea de que te cases, y el que te cases aquí, en tu tierra. Me imaginaba que Matilde y yo éramos los últimos que quedábamos, y que después de nosotros ya nada iba a quedar. Por eso me agrada que te cases. Di ¿qué día será la boda?
—El miércoles. Y he venido a pedirle si quiere ser uno de mis padrinos.
—Y más, mucho más, todo que lo tú quieras. Mira —añadió, a punto de coger ya el hilo de sus locuacidades—. He deseado tener un hijo para que no se perdiera del todo lo de aquí. Pero Matilde y yo no hemos tenido hijos. Creo que quedan, por allá, en alguna parte de América, gentes que llevan mi nombre. Es mejor no pensar. Algún día, cuando yo ya no esté, quizá vendrá alguno de los inútiles desconocidos que son el rastro de una vida perdida, de algo que quisiéramos poder olvidar, y pisará estas tierras solo para amasar unos pesos, sin comprender ni el silencio de los Santos, ni el valor de las ánforas que están enterradas. Por eso quiero que tú estés también aquí, y no solo en Santa María. Ya veremos cómo podemos arreglar eso. ¿Me prometes salvar todo lo que sea posible?
Desiderio no hacía demasiado caso de las confidencias y reflexiones de don Sebastián, un poco alejadas siempre de la realidad. Le prometió cumplir sus deseos.
—Esta tierra no da apenas para vivir. Es distinto de Santa María. Aquí no hay más que el torreón, cuatro palmos de huerta y un pedazo de bosque. Esto no es una casa; es un santuario. Me asusta pensar lo que pueden hacer con ello después de muerto yo. Matilde no tiene parientes. Me tienes que dejar pensar en ello y, además, quiero que piense en ello don Francisco. Ya hablaremos de todo cuando tengamos calma, después de tu boda. Dime, ¿a qué hora será?
—Muy de mañana, a las ocho.
—Mejor. El aire es más limpio, y no hace calor. Estoy contento. Me doy cuenta de que no soy tan inválido como pensaba. Aún puedo servir para algo.
Desiderio se despidió de don Sebastián, agradeciéndole las pruebas de su afecto. Le dio los detalles necesarios para que pudiera acudir tranquilo a la celebración. El viejo estaba orgulloso, encantado, no cabía en sí de alegría. Le acompañó hasta la puerta del estudio en su carromato y le saludó con el brazo desde el umbral.
Al día siguiente, muy de mañana, Desiderio se fue a ver a don Francisco. Se encontró a este trabajando ya, en el secano de remolacha que cubría el desmonte a cuyo pie se elevaba el campanario de la iglesia. Las cabezas irónicas y rojas de la planta asomaban regularmente entre los terrones que don Francisco, remangada la sotana, estaba cavando. Al ver a Desiderio, el sacerdote dejó el trabajo y bajó hasta el patio de la iglesia.
El sol era cándido, lustroso y la brisa fresca y acariciadora. —Todo está resuelto. Los papeles llegarán mañana y tu otro testigo será, como dijimos, el apoderado. ¿Hablaste con don Sebastián?
Desiderio le dio cuenta de que el amo del Coll estaba conforme.
—¿Y qué dijo mi padre? —preguntó entonces.
—Supongo que tardará aún un tiempo en perdonarte del todo. Es necesario que tú pienses bien, después de la boda, en lo que más te conviene, en lo que sea mejor para los dos. Costó un poco persuadirle. Pero vendrá; y fue él mismo quien pidió a Llobet que le acompañara.
Se sentaron en el banco de piedra de la entrada. Don Francisco se secó la frente con un gran pañuelo de cuadros.
—¿Qué dijo don Sebastián? ¿Se sorprendió?
Desiderio le describió su visita, punto por punto. Le informó del repentino y extraño ofrecimiento del viejo.
—No me extraña —dijo—. Es algo que le preocupa mucho el porvenir del Coll, cuando ni él ni su mujer existan. A veces, llega a obsesionarle. Por eso no es raro que crea haber dado con la solución.
—Me parece una locura.
—¿Por qué? Conociendo a don Sebastián, no tiene nada de particular. Corresponde exactamente a sus actos. Deja que él mismo lo madure. Pero, probablemente, no rectificará. Además, es casi seguro que no habló solo por sí mismo, Matilde debe de estar de acuerdo con él en todo.
—Pero… es una rareza. Apenas me conoce.
—Mucho más de lo que puedas suponer. Además… de hacerlo, lo hará como Dios manda. Si él muere, Matilde quedará sola. Cierta forma de cesión o de legado, a lo que deben de estar dándole vueltas, daría a la mujer una existencia que no tendría de otro modo. El apoyo de Santa María es una gran seguridad para ellos.
—En todo caso, yo no aceptaría un legado así, porque sí… Me emociona la idea de unir el Coll a mis tierras y, sobre todo, lo que el Coll significa. Por eso mismo he de hablar con él, si persiste en su idea, para que me deje ir pagándoselo, en lo que vale, hasta el último céntimo. En fin… de momento todo eso no son más que suposiciones. Y lo más probable es que no se hable más del asunto —concluyó.
La idea de sumar el Coll a Santa María, como había dicho a don Francisco, le emocionaba de verdad. Por un lado, el legado vendría a darle una especie de soberanía personal y peculiar sobre algo que hasta entonces no había hecho más que recibir sin plena conciencia. Por otro lado, los vestigios del pasado, que en Santa María no eran más que un supuesto histórico, eran en el Coll sustancia evidente, rastro notorio. El Coll vendría a sublimar, a coronar con su aureola, que era un resplandor directo de la Redención en las figuras yacentes de su cripta, la totalidad de aquella tierra; la anexión del Coll a Santa María vendría a ser para la heredad el roce de un carisma con el que el solar entero, de un cabo a otro de sus lindes, quedaría sublimizado.
Mas ya no era posible pensar en esos cambios. Se cernía sobre los días, ya de una manera inmediata, el cambio total, absoluto, que sobrevendría con la boda. No le agobiaba la sensación de tener que apañarse por sí mismo, para cuidar de que todas las cosas respondieran a un método. Abandonado por su padre, sin el auxilio de Josefina, aquellos sucesos se le antojaban irreales, inexistentes, algo así como el ensayo abstracto e impreciso de algo que no pasará de ficción. Fueron las masaderas jóvenes las que ayudaron a hacer en la casa los cambios más indispensables. Arregló su futura habitación de novios, de oscura caoba, en la que había nacido él. Las grandes frazadas redondearon la superficie del enorme lecho conyugal. La cornucopia antigua y los candelabros románticos dieron una cierta solemnidad rural a su nuevo ambiente. Hizo habilitar un cuarto contiguo a esta alcoba para vestuario de Crista, llevando a él el gran ropero de su madre, e instalando una coqueta de grandes faldones de damasco bajo un espejo circular muy antiguo. Cambió de pared algunos cuadros e hizo instalar una mesita en la tribuna del comedor, donde Crista y él pudieran comer en la intimidad sin la prosopopeya a que obligaba la vieja y larga mesa familiar. En esa tribuna hizo poner una tumbona donde Crista pudiera descansar. La casa quedó, con solo esos cambios, sutilmente cambiada, adecuada para la nueva vida que iba a emprender con su mujer. No tocó, sin embargo, nada del salón que con tanta viveza evocaba aún el paso y la figura de su madre.
Los espacios que esta había ocupado iban a ser colmados ahora por otra mujer. Era una sustitución sorda y no del todo fácil la que iba a verificarse. Al contemplar Desiderio los resultados de la adecuación que había transformado las alcobas en que Crista y él iban a vivir, se confundía irreflexiblemente; y le parecía que en esa idea o en esa corporeización de una mujer entre aquellos muros, eran los rasgos y el aire de Mariona los que estaban a punto de venir.
Llegó la víspera de la boda y ya por la mañana se sintió desazonado e incómodo. Toda su vida antigua desfiló de un golpe ante sus sensaciones al levantarse: el salto enorme que había dado desde su marcha a Inglaterra hasta hoy, la cabriola escalofriante de su abandono de la ciudad, la incongruencia de su amor por Jeannine y la arrebatada pasión que sintiera y que vino a quebrarse inesperadamente con la marcha de ella. Todo eso pertenecía a un remoto pasado, al de un ser que ya no podía confundirse con él. Todo eso eran pellejaduras, jirones muertos de sí mismo. Una nueva realidad estaba ante sus ojos y sus voliciones, de la cual ya no podía volver. «Désir, désir, tu n’est plus qu’un désir…». La voz sutil de Jeannine, que no había hablado nunca desde su marcha, se hizo oír inesperadamente aquel día.
Montó en la tartana y se fue a ver a Crista, para abrazarla por última vez antes de que se convirtiera en su esposa y para acompañar a todos ellos de La Garriga a Granollers, donde pasarían la noche. Halló en La Garriga a una Evelina agitada y nerviosa y a un Javier de Castro errabundo, imbuido ya de la solemnidad de su función de testigo. Se dio cuenta entonces de lo deslavazado de aquella boda, de cuán distinto hubiera sido todo si las cosas se hubieran producido normalmente. Pensó con cierta tristeza en el pobre Pablito de Inglada, y le consideró el más noble, el más limpio, el más cabal de cuantos compañeros había tenido. En la lotería tumultuosa de la vida, al otro le había tocado el mal papel. Pero ¿podía saberse en realidad a quién correspondía el desaire?
Era curioso que la ternura hacia Crista se trocara ahora, en la víspera de su boda, en una indulgencia casi sensitiva hacia ella. Crista estaba totalmente desconcertada. Quizás observara Desiderio en ella los signos crueles de un desdoblamiento total: como si todo aquello le estuviera ocurriendo a ella, efectivamente, pero que a la vez se tratara de otra. Resultaba dificilísimo determinar cuáles de sus sensaciones eran las verdaderas y cuáles las falsas. Había llegado a ser como un objeto, algo que va y viene tontamente, algo que se viste y desnuda sin saber para qué, y que se deja zarandear sin respingo, como un saco de serrín. Era inútil que escuchara esas voces de «calma, calma», con que Evelina pretendía lapidar su propia inestabilidad. Por debajo, o por encima, o alrededor de todo ello estaba el hijo cuya presencia se iba afirmando sin que todavía se pudiera reparar desde fuera, pero que dominaba sobre todo lo demás.
Y con ese hijo incrustado en su propia carne debía mostrarse al día siguiente ante la media docena de amigos sigilosos, discretos, confabulados entre sí para el silencio, testigos de aquella unión fraudulenta, que venía a ser algo así como una trampa a la sociedad, a sus propias ideas y a las leyendas que se había fraguado cuando era niña. Una mezcla extraña de tristeza y de alegría, de pesadumbre, de remordimiento y de gozo la transía y la amordazaba.
Desiderio y ella estuvieron un rato, un largo rato, en el patio de mayólicas, como la primera vez. En aquellos momentos le parecía todo a Crista muy extraño. Desde las primeras libaciones de su amor hasta este acto sumiso mediaba un mundo indescifrable de sacudidas, de torpezas mágicas. Pero ahora no sentía más que una gran pesadumbre. Y se hallaban uno al lado de otro sin poder resucitar las palabras como enajenadas con que se habían iniciado. Su abulia sentimental era un lago a cuyo borde venían a picotear los gorriones del campo.
Después de comer se prepararon todos para el gran traslado. En la fonda de Granollers, donde Evelina, Crista y Javier de Castro pasarían la noche prenupcial, aguardaría también el segundo testigo de Crista, el doctor Duró, ya aleccionado por Evelina sobre todas las cuestiones. Desiderio se adelantó en el camino con su tartana, para compensar la diferencia de velocidades entre ella y el Renault.
Crista subió al coche, en el que se habían colocado algunas maletas —otras habían sido metidas en la tartana y una tercera remesa había sido facturada por ferrocarril a Granollers desde Barcelona—, sin sacudirse ni un ápice de su modorra espiritual. Cada minuto que pasaba aumentaba su angustia, su vergüenza, y cada vez deseaba con más ímpetu que todo aquello hubiera pasado ya. También Evelina estaba intranquila al partir para Granollers. Ella hubiera preferido todo lo contrario: las veladas de exposición de regalos, el manoseo de su libreta de relaciones, todos los detalles del protocolo propio de las grandes bodas locales. Pero, ¡qué se le iba a hacer! El coche se puso en marcha como si llevara un alijo vergonzoso, como si Evelina estuviera pasando de contrabando, con infinitos riesgos y un pecho singular, digno de Garibaldi, una mercancía prohibida. También Javier de Castro mostraba una circunspección de valijero nocturno y arriscado. Con el estremecimiento de esta sensación —que hacían más real los desmontes de almendros, ortigas y olivares por los que el coche pasaba doblando recodos, a la que daba verismo increíble la escenografía verdaderamente fronteriza de los desfiladeros, la comarca de perdigonada y de «¡quién vive!» que estaba vadeando—, Evelina sintió que era urgente remontar ánimos y arriar tardíos reparos y convulsiones de conciencia. Estaban ya llegando a término de un largo, laborioso y lento proceso y era la hora de demostrar quiénes eran, el temple y la raza que había en ellas. Sin escrúpulos de mostrarse dura, hasta cruel, en presencia de Javier, dio en el clavo con una sola frase, que tuvo la virtud de sacudir de un golpe los decaimientos de su hija.
—La vergüenza… antes, hija mía… Pero ahora… la cabeza muy alta, ¿me oyes? ¡Pero que muy alta!…
Cuando llegaron a Granollers esta frase se había solidificado en el ánimo de Crista y era como la piedra angular que sostendría toda la bóveda de sus emociones en las horas que habían de venir. Desiderio, al que habían adelantado en la carretera de Siluya, tardó aún un rato en llegar. En cambio, en la fonda ya estaba el doctor Duró.
Duró se mantenía en una actitud comprensiva, como si todo aquello no acabara de afectarle.
Lucía en la solapa de su traje gris un clavel blanco, como para demostrar que, a su entender, no había que reducir expresiones de alegría ni considerar aquella boda distinta a una boda normal. Según las apreciaciones del doctor Duró, el suceso no había sido más que la irrupción en la pertenencia de Virgo del impetuoso signo de Géminis. Duró, que sentía una burlona y reticente aversión, fanática y mordaz, contra las «supersticiones»; Duró, que carcajeaba farisaicamente para sus adentros al paso de un cura o de una monja y que era autor anónimo de un folleto titulado El camelo de Lourdes; confesiones de un doctor, en el que creía mostrar que los milagros eran un fenómeno de sugestión colectiva y de histeria delirante en el marco de una estación «termalclerical» de la propaganda vaticana; Duró tenía, en cambio, una especie de faible, como diría Evelina, por ciertas deidades dionisiacas, por ciertos mitos grecolatinos en los que, a escondidas, llegaba a creer tan ciegamente como ciertas almas creen en Dios. Echaba mano en sus laicas invocaciones ora de Ceres, ora de Afrodita e incluso del dios Ra de los egipcios. Por no manchar sus labios con el «infantilismo» del padrenuestro, el doctor Duró se los llenaba de cifras algebraicas, de deducciones de la altura, de la diagonal y de la raíz cuadrada del perímetro de la pirámide de Keops, abstractas lucubraciones misteriosas con las cuales llegara en escalada logarítmica a vislumbrar las luces australes del Gran Arquitecto, del Geómetra del Cosmos. En suma, a fuerza de dar la espalda soberbiamente a las «supersticiones», Duró estaba todo él lleno de faraónicas y astrológicas bobadas. Del numen del imperturbable doctor salía al diálogo una mezcla extraña de locuciones y prefacios, un brebaje azucarado de pedantería y de ignorancia, lleno de frases hechas y de eufemismos, de sentencias y de «quid pro quos», complejidades histórico-filosóficas capaces de dar el pego al más pintado.
Desiderio no estuvo en Granollers más que media hora, el tiempo para ver que todas las previsiones habían sido cumplidas. Los dejó en plena instalación. Dio un beso largo a Crista, la miró a los ojos como para infundirle ánimos. Dentro de unas horas todo estaría en calma; sería ya su mujer.
Se fue en la tartana hacia «Las Torres». Empezaba a oscurecer. El cielo se había vuelto de una transparencia gris de perla. El coche dio tumbos en el camino de los avellanos y entró lentamente en el callejón de las casas del barrio, junto a las eras. Al entrar en el barrio vio a un hombre de pie, que hablaba con un tartanero de Granollers, al que estaba pagando. Era su padre.
Se sintió atemorizado, se sintió perplejo. Había imaginado que su padre no llegaría hasta el día siguiente, si es que accedía a venir. Por eso le extrañó más ver su figura severa, inclinada hacia delante, apoyada en el bastón. Padre e hijo se miraron en silencio, y don Joaquín despidió al tartanero y se acercó a él.
—He pensado que sería mejor… pasar la noche aquí. Mañana a primera hora vendrá Llobet en el coche, con Josefina.
Entonces miró a Desiderio a la cara.
—No he querido que pudieras pensar que te dejaba solo en un día así. No tiene que ser un día de tristezas; todo lo contrario. Lo hecho, a olvidarlo, y seguir adelante.
Se acercó a él y, de pronto, le abrazó, en medio del patio.
—Espero que después de eso… cuando ya estés tranquilo, reflexiones bien sobre todo —le dijo, conmovido—. No he venido a pedirte más que eso. Que sepas meditar, y pensar, y decidir por ti mismo… Si lo haces así, las cosas se nos resolverán a los dos sin darnos cuenta.
Le miró, con los ojos húmedos, casi llorosos.
—¿Me lo prometes?
—Sí, papá. Así lo haré —respondió, torpemente, bajando los ojos.
Y entraron juntos en la casa, en aquella casa en la que al día siguiente ya habría una mujer.