XXIX
VOLVIÓ A COLOCAR un montón de fichas. Pero esas las puso en transversal, sobre tres números.
—Hagan juego, señores.
La bola de marfil empezó a rodar. Desiderio miraba las cifras: aquel 10, 11 y 12 de su postura. Frente a él, los «puntos» de la ruleta seguían con avidez los saltos de la bola. Esta fue botando luego alocadamente, y más tarde con lentitud, hasta que cayó en unos de los cuadrados.
—Veintitrés encarnado; encarnado gana, color pierde. Un caballero de media edad, que llevaba un buen rato haciendo su postura en el mismo número se levantó al fin desilusionado. —Hagan juegos, señores.
Desiderio quería ir aprisa; quería absorberse en la ruleta, y eso no era posible sin imponer altas posturas. Empezó a colocar cincuenta pesetas sobre números sueltos.
¿Para qué jugaba? Quizá se decía que pudiera muy bien resarcirse de su desgracia con un golpe de suerte. Así lo dicen. La verdad es que le tenía sin cuidado. ¿Para qué quería el dinero, si Jeannine no estaba? ¿En qué iba a gastarlo?
Luego, sus puestas fueron aún más fuertes. Colocó quinientas pesetas de un golpe en cinco puestas distintas. Empezaba a sentir la emoción, la incertidumbre del juego de azar.
La bola saltó, rodó, cabrilleó sobre la rueda, chocó varias veces y quedó parada.
—Cinco rojo, encarnado gana, color pierde.
La pala del croupier recogió su botín.
Puso otras cinco unidades en los mismos números que antes. Nueve, doce, veintitrés, rojos; quince y veinte, negros.
—Hagan juego, señores.
El croupier hablaba con una voz clara, pero sin matices. Ese tono y el chasquido de la bola creaban un silencio agobiante, una unción especial alrededor de la mesa verde.
—Treinta rojo, encarnado gana, color pierde.
Así fue bajando el montón de plata que abultaba el bolsillo de su pantalón. Se hizo cambiar un nuevo billete.
—Diecisiete negro, color gana, encarnado pierde.
Insistía en las mismas posturas. Probó una y otra vez. —Doce rojo, encarnado gana…
No se dio cuenta inmediata del golpe de suerte. «Doce rojo», era el suyo. Miró al croupier. La pala hizo un sesgo y sobre su puesta empezaron a caer monedas. Eran muchas más de las que había perdido desde el principio. Dejó un puñado de ellas en los mismos números. La bola saltó y la pala del croupier se llevó de nuevo un montón. Apiló el resto de su ganancia en los mismos cinco números.
—Doce, rojo, encarnado gana.
Otra vez, y en el mismo número. Los puntos levantaron la cabeza y le miraron, mitad con envidia, mitad con asombro. Pero él no se daba cuenta de lo que hacía.
—Veintiocho negro, color gana, encarnado pierde.
Un gran montón de papel y de plata fue barrido esta vez por la pala del croupier.
—¿Por qué no te retiras ahora? —le dijo alguien a su espalda. Era Clemente Pidal.
—Veintidós negro, color gana…
De nuevo una pila de dinero desapareció.
—Juega «seisenas» o a columnas —aconsejó de nuevo la voz de Clemente.
—Treinta rojo, encarnado gana, color pierde…
La bola volvió a botar, a pararse y el sonsonete se repitió durante mucho rato.
—Juegas como un loco, chico. Si llevabas ganadas más de siete mil…
Volvió a insistir en los mismos números. Y de nuevo el sonsonete del croupier y el chasquido de la bola.
—Hagan juego, señores.
Sacó de su bolsillo un nuevo billete y se lo devolvieron en moneda fraccionaria.
Y levantó la mirada. Frente a él estaba una figura femenina, con una bella cara de susto, cavilosa. El jugador recorrió con la mirada los pliegues del pomposo vestido azul, la majestad del escote y se posó en su rostro.
Era Crista.
—Hagan juego, señores.
Distribuyó en los cuadrados de siempre cinco billetes.
—Dos negros, color gana…
Puso de nuevo cinco billetes.
—Veintiséis negro, color gana…
Hizo la misma operación. Se oyó el chasquido de la bola y un silencio absoluto. Miró a Crista, que estaba absorta en los giros de la ruleta, asustada de sus pujas.
La pala del croupier se llevó el dinero.
Sacó de nuevo cinco billetes. Pero los puso a caballo, entre los números en los que había insistido y sus cuadrados contiguos. —Quince negro, color gana…
Era uno de los suyos. Pero no pensó en su suerte. Pensó en que si no hubiera variado de postura hubiera hecho su tercer pleno de la noche. No obstante, se embolsilló mil setecientas pesetas. Volvió a poner cuatrocientas en los números antiguos, manteniendo a caballo los que le habían hecho ganar.
—Nuevo rojo, encarnado gana, color pierde,
Perdió; siguió perdiendo durante largo rato. Luego puso todas las posturas a caballo entre negro y rojo. La ruleta volvió a rodar. Insistió durante media hora. Tuvo un golpe de suerte y volvió a ganar la misma cantidad que la vez anterior.
Crista se había acercado aún más a la mesa. A cada volteo de la ruleta se agitaba de emoción, pero no decía palabra. De vez en cuando miraba hacia el jugador, y este iba fijándola con una mirada terca y dura, que quizá fuera consecuencia de la pasión que ahora ponía en el juego. Finalmente, hizo un gesto de desgana, se retiró de toda postura, se metió el dinero sobrante en el bolsillo y dio lentamente la vuelta a la mesa, con un paso abúlico y torpe.
—¿Qué hacías aquí? ¿De dónde sales? ¿Estás sola? —le preguntó, con una voz monocorde.
Estas tres preguntas parecieron brotar a la vez, sin pensar, y sin que tuvieran mayor importancia que la de un interés ocasional. Pero Crista tardó en contestar, las palabras le tropezaban en la lengua.
—No… es decir. Sí, estoy en el baile. Pero… me aburría mucho allí.
Desiderio no recordaba que hubieran reñido, apenas recordaba que hubiera sido su novia, no recordaba nada. Volvía a sentir como si el suelo se moviera, como si estuviera en alta mar. Esa era simplemente su sensación en aquel instante. Caminó unos pasos. Crista quedó indecisa un momento, pero luego le siguió.
—Me parecía que no te encontrabas bien. Dime, ¿por qué jugabas tan fuerte?
Había en la desesperación de Desiderio algo que, en lugar de repeler a Crista, la acercaba inexorablemente a él. Había creído que podría exhibir ante él su jactancia; pero en aquellos momentos, al encontrarse ante su facha macilenta, al topar con sus ojos tristes y turbios que se enfrascaban en el juego se sintió dominada. Él estaba ahora solo, todo su aspecto era el de la soledad más rotunda. Y esa impresión le causaba a Crista un efecto increíblemente penoso.
Él siguió andando. Salió lentamente del Círculo y cruzó el fumoir del Liceo. En los sofás estaban sentadas parejas de máscaras. Junto a la balaustrada de la escalera y sentados en las pilastras otras se apoyaban entre sí. Desiderio pasó sin mirar y se dirigió a la izquierda, por el pasillo de los antepalcos. Se volvió de pronto.
—¿Por qué me sigues? —preguntó sordamente.
Crista no respondió. Se quedó frente a él, a un paso de él, mirándole con ojos angustiados. Intentaba sorber ahora aquel respiro que se le había quedado atragantado. Primero había sentido compasión, y ahora lo que sentía era miedo, un miedo extraño, no solo de él, sino de todo.
La puertecilla del palco se entreabrió y salió de él, completamente desmelenada, la cara morena de una cíngara; era Juanita, la de la fábrica, que empezó a gritar. Al ver a Desiderio, se abalanzó a él.
—Mire, está loco, se ha vuelto loco.
Desiderio entró con calma en el palco. Anselmo Durán, se había quitado la camisa de «pelotari» y aparecía en camiseta. Al ver a Juanita la cogió por la muñeca y la hizo retorcerse hasta sentarla en el taburete. Ella lanzó otro grito de dolor. Y solo entonces Anselmo se dio cuenta de la presencia de Desiderio. Pareció volver en sí.
—Deja en paz a esta chica —le ordenó, con una vehemencia que sorprendió a Anselmo. El caso es que la soltó; cogió su copa de champán, la apuró y luego la lanzó con violencia contra el tabique.
—Sal de este palco —ordenó entonces Desiderio con calma—. ¿Me has oído? —insistió.
Anselmo no reaccionaba. Le parecía increíble que Desiderio adoptara ese tono con él. Al cabo de un corto rato, cogió su camisa, que estaba sobre una silla y se la empezó a poner.
—Te olvidas de todo. Tú eres de los que te olvidas de todo… —barbulló. Y estaba pensando con dificultad en los favores que le había hecho a Desiderio durante el año de cuartel—. Hasta de mi piso de Gracia. Pero… tú y yo… hemos terminado —concluyó, mientras intentaba abrocharse un botón.
Dicho lo cual, con lentitud y con toda la dignidad de la que era capaz en aquellos momentos, cogió a la chica de la mano y la arrastró hacia fuera.
Desiderio paseó su mirada por los rastros de la bacanal que acababa de interrumpir: por las botellas vacías, por las manchas de champán del tabique y del taburete, por la pandereta rota de Juanita, que yacía en el suelo. El sonsonete del croupier renacía en sus oídos. «Hagan juego, señores…». Y el chasquido de la bola no cesaba, a pesar de haber huido de él.
Pasó del antepalco al palco. Lo primero que vio fue a un bromista que en uno de los palcos de enfrente, al otro lado de la sala, estaba vaciando el contenido de una botella de champán sobre un grupo de la platea. Antes de que el líquido diera en el blanco, el bromista se ocultaba. Y así sucesivamente, hasta que el grupo, cansado de mirar de donde venía la rociada, decidió cambiar de lugar.
Ya eran escasas las parejas que bailaban. Esos supervivientes eran los pocos que habían ido al Liceo con la intención de bailar. Los disfraces ya no lucían, parecían harapos o pingajos maltrechos. En cambio, en los palcos se advertía un bullicio raro. Las luces de los antepalcos estaban casi todas encendidas y por la boca de ellas, en los huecos de las cortinas, pasaban a sesgos cuerpos extraños, trozos de escote de mujer, pecheras y crenchas de hombre. De vez en cuando las cortinillas eran corridas del todo por un brazo desnudo y la última etapa de la noche de Carnaval quedaba oculta detrás del terciopelo.
Desiderio sintió detrás de él un rumor, el roce de un pliegue. Se volvió y vio a Crista, de pie en el centro del palco; vio el bulto de su vestido, la gran comba de su miriñaque; su peinado de marquesa se había derribado de golpe y ahora, en aquella melena negra, la memoria pintó del todo la imagen de la Crista de antaño, que se sentó frente a él.
—Siento lo que ocurrió aquella vez —confesó— Me disgusté demasiado y sin razón — añadió—. Te vengo a pedir que me lo perdones.
Casi no pudo recordar Desiderio a qué se refería. Pasó, sin embargo, su mano por el labio y rozó una pequeña marca que había en él. Al notarlo, Crista se levantó, se acercó a él, tocó con su mano la pequeña cicatriz y se quedó mirándole fijamente, con una mirada que equivalía a una entrega.
—Si tú me perdonaras. Si fueras capaz de perdonarme… Hundió su rostro blanco entre las rodillas de Desiderio para añadir:
—Te lo daría todo.
Sí. Estaba pensando que si él lo quisiera aquello ocurriría ahora mismo, esta misma noche. Cruzó por su imaginación la figura de Pablito. Tal vez, si Desiderio no la quería, sería un día la mujer del otro. Pero antes, antes… —y en ese suspensivo que le azotaba inclementemente quería resumirlo todo.
Se estremeció; pensó que eso era posible, que era probable, que aquella era la ocasión y no otra. Pero Desiderio no se movía. La miraba como se mira a una estatua, sin pasión y sin voluntad. Y, sin embargo, solo él debía hacerlo. Y no había otra forma de obtenerlo, ni otro instante que el de esta misma noche.
Desiderio se apoyó en la baranda del palco, puso la frente en sus manos. Su frente hervía. Y un sonsonete iba repitiendo: «Hagan juego, señores»… Y luego: «Jeannine, Jeannine…».
Se levantó, bruscamente, desesperado. «No puede ser», se dijo. Aquello que se estaba ocultando deliberadamente, lo que estaba soterrando y lo que había ahuyentado durante unas horas baldías volvía ahora con todo su vigor, con toda su fuerza. Era inútil pretender acorralar aquel dolor, aquella terrible punzada. Apretó los puños, se mordió los labios, para dañarse de modo distinto al sordo suplicio que sentía, para suplantar con una tortura física su quebradura interior. Vio ante sí a Crista, pero se volvió de espaldas a ella y se apoyó todo entero, se aplastó cuanto pudo contra el muro granate, echando su rostro contra el antebrazo. Sintió que la cabeza de Crista le iba acariciando, que se aplastaban sus mejillas contra la espalda, en su cintura. Y todo en él jadeaba con dificultad.
Cuando se volvió, vio que Crista estaba de nuevo sentada, que miraba al suelo y que tenía un visaje de desolación que él nunca le había descubierto. Y abajo, en la sala, los violines seguían tocando inútilmente. Se fue adentro, al otro lado de la cortinilla. Se quedó sentado en el taburete y ella, entonces, entró.
—Quiero acompañarte —dijo Crista—. Es imposible que estés solo, ¿oyes? Dime, Desiderio, mírame, créeme —clamaba—. Yo te quiero. Te quiero más que a mi vida, te he querido siempre. ¿No me crees? ¿Crees que miento?
En el rostro de Crista se expresaba de tal modo la pasión, la fe ciega en su amor, que Desiderio se quedó un rato perplejo ante ella, como si no supiera qué es lo que había de decir, a qué punto habían de ir a parar los dos aquella noche. Y por eso adelantó su cara y por eso mordió los labios glotones de Crista, los saboreó; es lo único que cabía hacer, aunque ninguna inclinación precisa le llevara a ellos.
Crista se apretó contra él, estremecida. Y entonces fue ella quien empezó a besarle tiernamente, atrevidamente. Sentía contra él la oleada del escote de Crista agitarse con turbulencia.
Crista apagó la pequeña luz del antepalco, y entornó la puerta y la cerró y volvió junto a él; volvieron a abrazarse. Un corchete de disfraz femenino saltó y chasqueó contra el cristal del espejo; y Crista se retiró unos pasos.
Nada se oía ya. La música parecía haber callado y un silencio hondo cubría el diminuto antepalco, la cámara en la que Crista y Desiderio se habían abrazado. Por la abertura del cortinaje penetraba una lámina de luz y con ella un poco del polvillo evanescente del Gran Teatro. Se hubiera quedado tendido allí, como una piedra que cae en silencio al fondo de un lago. Nada de lo que arañaba sus sentidos parecía pertenecer a una realidad, a la realidad que acababa de vivir, el forcejeo tosco, lento y difícil de aquel abrazo decisivo. En nada tampoco parecían haber intervenido sus voliciones; no había elegido ni un instante entre las dos opciones, estar con Crista o dejarla. Simplemente, había ocurrido. Pero todo resultaba confuso. Todo parecía entrañar un sentido que no podía determinar, que le llevaba por caminos inciertos hacia otro camino del que no se adivinaban las lindes ni la dirección. Jadeó largo rato, sin darse mucha cuenta de lo que acababa de pasarle, de las contingencias de aquel suceso inesperado, turbulento, ni de sus complejidades, ni de sus consecuencias. Solo vio, en un taburete, el bulto de la ropa de Crista, la estúpida, la ridícula armadura del miriñaque; y luego una pandereta rota en un rincón. Y muy cerca de él, el rostro de la muchacha, el mismo rostro que muchos años atrás era un rostro de niña, y que ahora expresaba ese indefinible cansancio, esa vaguedad que es propia de la mujer que ha sido hollada. Aquel acto había sido tan brusco y tan sincero, en su fuerza elemental, que prefería permanecer ofuscado y rendido, antes de desvelarse a una realidad que estaba tejiendo a su alrededor una tela de la que no se podía deshacer, en la que sus miembros se hallaban oprimidos.
Y empezó a escuchar el lejano temblor de la música que le rescataba, que le introducía de nuevo en la realidad; el Liceo, el baile de máscaras, el desamparo en que vivía… Se incorporó un poco, alejándose suavemente de aquel cuerpo tendido. Se incorporaba con sigilo, como si no se atreviera a afrontar de una vez lo que ese cuerpo explicaba sin remedio. Y entonces miró nuevamente el rostro de la muchacha y su pelo negro, y lo acarició. Y al bajar la mano sobre su fina piel, por un azar sus dedos rozaron la doble dimensión redonda de un objeto que había resbalado hasta el seno de la muchacha, y que quedó prendido entre los bordes de la tela. Vio Desiderio las dos bolas nacaradas, iluminadas por la luz que se filtraba entre los cortinajes. Y poco a poco retrocedió, se incorporó, se alejó, hasta quedar sentado en la banqueta, atónito, confundido, estupefacto. Ocurría algo que era como si ya hubiera sido visto o soñado por él con anterioridad, algo que esas perlas venía a hacer revivir bruscamente y de pronto, arrancando a la historia un puñado de sus secretos, una alegoría repentina, tremenda y escalofriante de su verdad más honda. Volvió su mirada, pero luego puso toda su atención de una vez sobre el cuerpo femenino tendido en el antepalco. Las perlas brillaban con un fulgor antiguo. Y entre la ropa blanca, en la cuchillada de luz que rasgaba la tiniebla, que iluminaba a trechos la carne y su pálpito, vio que ella estaba ensangrentada.
Pensó con espanto si todo lo que le había ocurrido, si todo lo que estaba viviendo no había acontecido de aquel modo para llevarle a las conclusiones más ásperas, a una revisión audaz y terminante de lo que alentaba en sus pulsos, en su conciencia, en lo más hondo de su ser. ¿Quién era él? ¿A qué estaba allí, aquella noche inclemente, frente a la mujer que había sido la compañera de sus juegos y a la que, en cierto modo, acababa de profanar y de derruir al emparejarla bruscamente? ¿Quién era él, qué hacía allí? Y de pronto resonó en sus oídos el mismo grito que ella había lanzado en el momento de desvanecerse y de rendirse, un grito de alegría vital y de espanto, grito que era el mismo que había resonado en sus oídos la tarde del Polo, grito que aquella vez le derribó, que le hizo caer del caballo. Era un grito bronco que no pareció haber brotado de sus labios, un grito que pareció venir de otra parte, de mucho más allá, de mucho más lejos que todo y que todos, como si repercutiera en bóvedas inmensas, en inmensos espacios inalcanzables. Ese grito de mujer resonaba en la cumbre. Y al sentirlo así se irguió inesperadamente la figura imprecisa, pero vívida, de su madre, que era la que estaba allí tendida, con sus atavíos y perlas y sangre. En aquel lugar estaba Mariona que resaltaba, blanca y sangrante, en la tiniebla, que revivía en una suerte de resurrección dolorosa la agonía de otra noche lejana y trágica; de aquella noche en la que, de alguna manera, él sintió desde su sueño, desde su balbuceo vital, crujir y quebrarse como una rama su corazón diminuto, porque el ser de quien llevaba aún caliente la sangre en las venas, el ser del cual se había desprendido muy poco antes como un fruto, no alentaba ya, había huido. La mujer permanecía tendida, insensible, yacente. Muerta. Todo en él sollozó en aquel instante. Era su orfandad elemental, su dramática insuficiencia la que se rebelaba contra todo. Un escalofrío recorrió su espalda al ver que Crista, o solo una figura en la que ella alentara ilusoriamente, se incorporaba de pronto como si viniera de la muerte. Pero fuera quien fuera aquella mujer, a ella se acogía ahora temblorosamente su corazón estremecido.
Aquella orfandad elemental, aquella insuficiencia, aparecían ahora ante él en toda su magnitud, en su verismo; le contrastaban entre todos los demás, le proyectaban con una peculiaridad absoluta entre los otros. Ellas habían sido las causas de toda su aflicción, de su incongruencia, de sus descalabros, de sus titubeos, desde que naciera hasta hoy. La impresión de su soledad vital se volvió sólida, se hizo evidente, se manifestó tal cual era de verdad. Y al mismo tiempo, una aura magnífica vino a rozarle, se infiltró en sus entresijos, removió los más hondos pozos de su carácter y de su personalidad. Acababa de conocerse plena y totalmente; y al verse tal como era, al sentirse en su complexión radical, advirtió que no le quedaba más que una opción, que no había más que un camino, sin elección; y era el camino olvidado del retorno, la inmersión en su pasado, la sumisión a su más leal fidelidad, la regresión absoluta a las cosas, a los aires, a la tierra de la que estaba hecho.
No era posible aventar al aire el júbilo extraño que le sacudió en cuanto esta revelación se hizo diáfana. Allí estaba tendida la mujer y era preciso que esta imagen no viniera a turbar ni a entorpecer la decisión que le impulsaba. Pero tampoco pensaba en ello. Lo único necesario para regresar, regresar cuanto antes, ahora mismo, antes de que tanta mentira volviera a estrujarle y a vencerle. A través de los poros del espejo pensó que era la última vez que se veía a sí mismo con esta carnadura desarraigada y falaz. Echó una última mirada a Crista, que había vuelto a dejarse caer, aún aturdida por la mezcla de placer y de sufrimiento que habían concurrido en su entrega. Luego, sin dudarlo, salió.
Era indiferente el procedimiento que empleara. Lo indispensable era el hecho mismo de la huida, de la vuelta a su sangre y a su lar. La figura de su madre le acompañaba, le protegía, le cuidaba, le iba llevando. Salió al salón de fumar, donde aún se veían formas extrañas, mediocres y falsas. Hombres y mujeres que eran como virutas de humo en el postrer bostezo de la noche de Carnaval.
Se dispuso a bajar la escalinata cuando alguien le retuvo, alguien que quedó de pronto de pie ante sus ojos.
—Silvia, Silvia… Me voy. Debes ayudarme.
Ella le miraba sin comprender.
—Sí. Debes pedir a Antonio que me haga acompañar, que me preste su coche. He decidido algo y quiero… quiero salir de aquí esta misma noche.
—¿Qué dices? ¿Dónde irías?
—Escúchame. Solo de una manera me puedo volver a sentir tal como soy de verdad. Y es marchándome. No podría aguantar un nuevo día aquí. Es preciso que esté en la finca antes de que amanezca.
Silvia comprendió entonces.
—Pero ¿puedes hacerlo? ¿Qué dirán en tu casa? ¿No irás a arrepentirte luego?
—No temas. Escucha, Silvia. Será necesario que me ayudéis esta noche; y mañana también. Pídele eso a Antonio. Y dile que, por favor, le explique a… a mi padre que me he marchado. Que le tranquilice y que le diga… que le diga que no tenía más remedio que hacerlo.
—Me parece muy bien que desees marcharte, pero… ¿no podías esperar a mañana, y tú mismo…?
—No, Silvia. Es esta noche, esta misma noche. No hay más solución.
Silvia le miró, observando el punto hasta el cual debiera dar un crédito a su extraña exigencia. Luego le dijo que le esperara allí, sin moverse.
Por la escalera algunos de los asistentes se marchaban ya. Cruzaban por el gran zaguán con pasos indecisos y ojos turbios. Los restos de sus vestidos de máscara colgaban como pingajos. Volvió Silvia, con Antonio.
—Pero ¿qué dices, chico? —preguntó él—. No hagas barbaridades. Vete a acostar.
—No, Antonio, lo siento… Perdona que te haya pedido eso… Se quedaron pasmados al ver la decisión que lucía en su mirada. Y luego, un poco extrañados, estrecharon la mano que él les tendió.
Desiderio cruzó el vestíbulo del Gran Teatro hacia la salida y salió al exterior. Antonio y Silvia le vieron caminar un trecho por la calzada, cruzar y dirigirse a un automóvil de alquiler que estaba parado en la otra acera.
Entonces Antonio cruzó apresuradamente y llegó hasta él, con ánimo de disuadirle. Cuando llegó, el trato estaba casi hecho. Desiderio tenía en la mano un puñado de billetes, que mostraba al conductor.
—Pero, Desiderio… ¿Lo has pensado bien? ¿No es una locura? Desiderio se volvió hacia Antonio y habló pausadamente.
—Sé que si hoy me quedara aquí, mañana me encontraría tan miserable que ya no me podría perdonar. No tengo más remedio que irme.
—Pero ¿qué le dirás a tu padre?
—Escucha, Antonio. Hace tiempo que mi padre no sabe ya quién soy. Por lo menos, al cabo de un tiempo podrá decir que me ha conocido.
Desiderio subió al interior del vehículo. Era un coche pesado, macizo, de motor retumbante y sólido. El chauffeur era un hombre despabilado, que tenía trazas de acabar de salir de un buen sueño.
—Adiós, Antonio. Y gracias por todo. Perdonadme —se despidió de sus amigos.
Se quedó un instante allí, de pie, y luego desapareció de su vista. Por la ventanilla vio un tramo de la Rambla de las Flores. Empezaban a descargar de unos carros grandes cestas de claveles. Pensó en Jeannine, en «Yucki» y en la mañana en que la encontró frente a la Virreina. ¿Cuánto tiempo hacía que aquello había ocurrido?
Es difícil mesurar objetivamente y por igual los distintos tramos de nuestra vida. Ciertos sucesos, ciertas emociones producen de pronto en nosotros un cambio fundamental. Las grandes curvas de nuestro itinerario no nos dejan ver más que al final de la cuesta los profundos barrancos que hemos cruzado en el camino. Así le había ocurrido a él. Parecía que hubieran pasado siglos desde que todo aquello había ocurrido. Y el que pensaba en ello ya era otro ser.
Las calles se iban sucediendo. Luego llegaron a una zona oscura. Se acostó, se reclinó suavemente en el respaldo. El traqueteo del coche le zarandeaba, pero no sentía la menor pesadumbre. Al cabo de un rato vio pasar a su lado la fachada sucia del arrabal, comida por la lepra del moho. De trecho en trecho una bombilla alumbraba unos metros de polvo y un camino. Y más allá cruzaron despacio unas vías de tren.
Sintió la primera bocanada de aire fresco entrarle en los pulmones. Era una campiña tímida aún, algo clareada por el fulgor lejanísimo de algunas estrellas. A lo lejos, diseñados temblorosamente, se levantaban los primeros árboles del campo como rastros de Dios.
Se sintió conturbado, arañado en todo su ser, hecho una llaga viva. La imagen de una mujer, no sabía si era Crista o Mariona o Jeannine se estaba despidiendo de él, le apretaba las manos y luego se fundía en las sombras. Era preciso trasladar aquella figura a la esfera inasible y espiritual donde los muertos reposan verdaderamente, hechos pura imagen en el corazón. Los faros del coche lamían el polvo de la carretera y ahogaban en el cielo los reflejos candentes de la ciudad, cuyo vapor se iba extinguiendo detrás de él.
Y le pareció que todo lo anterior no había sido más que un preámbulo necesario a la vida que ahora comenzaba. No podía saber qué es lo que haría al día siguiente, cómo habría de solventar todavía las realidades que los otros le plantearían antes de dejarle en paz con su tierra. Ni qué podría argüir, cómo se haría comprender por su padre. No importaba.
El automóvil, con lenta marcha, fue ganando distancias, se fue aventurando en la noche, siguiendo el curso de una larga riera muy ancha, llena de arena y de piedras, en la, que de vez en cuando se veían grandes charcas oscuras. Todo en la noche era soledad y silencio, salvo el paso del coche y su propio corazón.
Cruzó San Andrés, Moncada, cruzó luego entre una alta y tupida aliseda, el rumor de cuyo follaje penetró como un espectro por la ventanilla abierta. Cruzaron unos vados y un puente. Y la campiña volvió a tornarse suave, lánguida, indefinible…
Mucho después el automóvil se desvió por una carretera secundaria. Cruzaron un pequeño pueblo. Sus escasas luces, sus ventanas cerradas pasaron con rapidez por sus pupilas. Y el coche enfiló una suave pendiente, luego volvió a quedar en la noche oscura y, al término de tanta soledad, emergió de pronto la silueta alta de un campanario, en la falda de un monte, en lo hondo.
Fue entonces cuando comprendió que ya nada tenía vuelta atrás, que todo había ocurrido al dictado de una fuerza incoercible, imposible de resistir.
El coche torció por una carretera que se ocultaba tras el espeso follaje de los plátanos. ¡Cómo palpitaba su corazón! Desde allí se vislumbraban ya, blanquísimos sobre el verdor tupido que los abrigaba, los muros de la casa grande, del barrio, de las cuadras, de las casas de los masoveros. Por esos caminos había trotado el viejo «Revérter», tirando de la tartana cargado de cascabeles, y por allí tía Mercedes le ayudaba a saltar por el canal de regadío, extendiendo su brazo y sosteniendo con la otra mano la larga falda, para no salpicarse de barro. Aquí su madre, en fin, debió de contemplar la extensión de la finca, sentarse a descansar, cuando le llevaba a él en las entrañas. Y por aquel camino, por el camino en que las rodadas se hundían año tras año, amoldando la rueda de los carros cargados de alfalfa o de maíz, por aquel camino pasó la caravana que le llevaba a él a bautizar, mientras su madre le contemplaría a través de los cristales de la habitación, en los que se ponía como un velo la neblina azul de la comarca.
Dobló el coche y entonces Desiderio dio orden al conductor de que parara. El chauffeur hizo un signo de extrañeza, pero obedeció. No se puso a desentrañar el misterio de aquel viaje. Puede que fuera un solitario, o un suicida o un bandido aquel mascarón a quien había recogido en el Liceo. Le daba igual. En sus manos quedó un buen puñado de billetes. Y pronto el coche dio media vuelta en la carretera, volvió a rodar y su rumor se desvaneció en la noche.
Llegaría por la puerta de atrás, por el jardín, para evitar el acoso de los perros y para no sobresaltar a los colonos. Y empezó a avanzar por el camino de los avellanos que llevaba a la casa desde el «Puntazgo». Hasta reconocía, identificaba los pedruscos, los desmontes. A la derecha, el espeso bosque mostraba la enramada de sus encinas, de sus pinos, de sus robles y la maleza de helechos, de espliego, de brezo. A la izquierda las hileras de avellanos, simétricos, precisos, redondos, eran una sombra más honda aún que la de la tiniebla. Y en lo alto, cubriendo de uno a otro extremo el gran paño oscuro de la noche, una techumbre de estrellas crepitaba en parpadeos y fulguraciones. Allí estaban Orión, Omega y Sagitario, allí estaban Andrómeda, Perseo y el Cisne y la gran Estrella Polar tirando incandescente de la Osa Menor; y la Lira y la estrella de Deneb. Sobre el mundo vacilante y borrascoso, sobre la turbia mascarada fulgía el gran plafón de las estrellas con terrible silencio.
¡Viejos manzanos fieles, enraizados todavía en el mismo macizo de huerta! ¡Flauta viva de los cañaverales! Aún se escuchaba el mismo susurro de viento, aún mantenían erectas las mil lanzas con las que improvisarse un bastón para el paseo de la tarde o para servir de incensario en las brasas del hogar. ¡Antiguas, chatas masías dispersas por el valle, que otrora le veían entrar jadeando de cansancio por una corrida! En sus grandes lumbres tostaban enormes rebanadas de pan, sobre las que luego la masovera escanciaba el hilillo dorado del aceite, con pellizcos de sal sabrosa… ¡Temblor de las acequias, susurro plateado, en cuyo fondo se bamboleaban pedruscos fláccidos, bulbas de granito comidas por el agua! ¡Hinojo amigo de los márgenes, oloroso aún a sabores antiguos, ese hinojo que le ofreciera otrora los tallos más húmedos, con lo que sentir en la encía sabor de anís y un frescor inesperado y violento en el paladar!…
En la oscuridad cuajada de estrellas —esas estrellas que no había visto en la ciudad, que allí quedaban muertas, ocultas por la niebla, resaltaban las grandes encinas, los robles poderosos. Cada uno de los árboles era como un viejo compinche y, al pasar, rozaba uno por uno los troncos como lo haría con el lomo de un potro fiel. Y discurrió entre la maleza del bosque para entrar en el jardín por su puerta trasera, aquella de la cual, desde niño, conocía los artilugios y el secreto, aquella que había desilusionado por su terquedad a los mendigos y los gitanos del valle que intentaban forzarla. Y se acercó lentamente al muro, que se fue agrandando ante sus ojos, se acercó a la larga veta blanca de ladrillo encalado, sobre la que asomaba, de trecho en trecho, la campánula de las madreselvas. Y llegó al portón, y palpó la herrumbre de la aldaba y su mano la acarició, mientras sus ojos se elevaban a la altura, en mudo asombro ante aquellas estrellas.
Poco a poco la herrumbre cedió. Dio un tirón suave a un lado, luego apretó la madera por el otro y, como disparada hacia atrás, la puerta cedió un par de palmos. Los goznes chirriaron un poco al ser empujada. Por aquel lugar, la maleza le llegaba hasta la cintura, y la apartó, braceando, mientras caminaba. Aquella era su tierra, aquella era su casa, suya y de nadie más, ni siquiera de su padre. Era el dueño de cada uno de los terrones que dejaba la azada al palear, era dueño de cada uno de los árboles, de los cañizos, de los aleros en los que hacían su nido las golondrinas otoñales, del laurel que estaba dormido junto a la cerca. Y no solo su dueño, sino su esclavo. Su madre, tendida en el palco del Liceo, le iba guiando entre los caminos, a rastras de una memoria que estaba incrustada en la más sensible yema de sus dedos, en sus sienes, en sus rodillas, en todas sus articulaciones. No necesitaba rememorar, puesto que todo él era memoria viva. Y volvía a ser quien era, el mismo que había correteado por allí detrás de las mariposas y de los lagartos, el mismo que ahora hacía crujir con la yema de los dedos la punta quebrada de la pinocha que había quedado colgando de su manteo de carnaval, estrafalario y vulgar.
Se quedó parado ante un camino breve. Aquel era la «Bajada rápida». Así se llamaba desde su niñez, desde mucho antes de que él naciera. De uno a otro margen se entrecruzaban los brezos y las ortigas.
Y entró por ese camino, apartando con su cuerpo las ramas de los helechos y las puntas punzantes de las ortigas. Por allí había corrido de pequeño, por allí había gateado y se había perseguido con los chicos del barrio. En la cima se quedó parado un instante. Y cerca, a unos pasos, estaba un espacio de parque cubierto por las ramas; y en uno de sus lados, el viejo pozo de piedra en cuyo brocal esperaba antaño que subieran los cubos bamboleantes, repletos de agua fresca, para hundir en ellos la cara y beber.
Se acercó al pozo. Antes de que su padre le fuera a buscar por primera vez para llevarle al colegio, en uno de los resquicios de las piedras había escondido la llave del armario donde Josefina guardaba unos vestidos de su madre. Recordaba la impresión que sintió al ver abrirse aquel tufo del pasado, y el afán con que escondía la llave para poder algún día contemplar él solo los vestigios del mundo postergado que Josefina le había mostrado al azar. Ahora palpó en la superficie desigual, con una mano torpe, en la oscuridad, un saliente y otro de la piedra, hasta dar con uno en el que le pareció encontrar la obstinación con que su mano lo había palpado en otra hora. E introdujo uno de sus dedos en el resquicio, hasta rozar algo que le pareció la superficie del metal. E hizo otro esfuerzo, que temió iba a meter aún más lo que buscaba, a hurtarlo del todo, a esconderlo para siempre. Pero dio un leve empellón y el objeto se movió, se enderezó; y luego, asomó un poco en la rendija. Con cuidado lo extrajo lentamente.
El óxido dejó en sus dedos una mancha de orín y una humedad viscosa. Esa era como la llave de su infancia, la que guardaba sus memorias y sus secretos, aquella a cuya vuelta se abría ahora una vida nueva. La apretó fuertemente en sus manos, hasta sentirlas enteramente mojadas de pasado. Luego miró lo hondo del pozo y una pupila oscura le sorprendió allí como si le mirara, reflejando por un instante contra su rostro un rápido destello de luz.
Salió de aquel bancal de recuerdos y caminó en dirección a la casa. Sus pies pisaban la tierra húmeda por el borde del parterre en el que pululaban las plantas grasas y los geranios de su niñez. Se acercó a la rotonda. Miró un instante a la casa, a los hastiales clásicos y sencillos de la morada solariega de su madre. Y poco a poco se acercó al barrancal, a la balaustrada del saliente, desde el cual se dominaba un gran tramo de valle y, al fondo la colina, en cuya falda dormía mansamente el blanco poblado.
Un vaho húmedo cubría la soledad del valle. Solo de vez en cuando cruzaba el silencio oscuro el graznido de una ave nocturna y unos graves gemidos de algún búho forestal. Pero una paz infinita rezumaba de la noche. Y en aquel sosiego le pareció sentir otra vez la pisada de los que le habían precedido, de todos aquellos a quienes su sangre se debía y de los cuales era el postrer retoño. Y lejos, muy lejos, sobre la colina, una pincelada gris se fue filtrando y extendiendo y empezó a vacilar en la techumbre estrellada que cobijaba aquel mundo amplio, sosegante e infinito. Y en lo alto la luz de las estrellas empezó a languidecer. Y entonces sintió que su vista se nublaba.
Muy lejos, más allá del valle, mucho más lejos que la bruma que enturbiaba los cielos del lado de la ciudad, mucho más distantes que los flecos de neblina que se apoyaban en los desmontes del «Puntazgo», casi tan lejos como las estrellas, se escuchaba el mismo silencio, la misma calma, la misma perennidad. Pero el silencio, allí, estaba transido por la salpicadura de una espuma blanca que tendía a lo lejos un inalcanzable festón, como una inmensa cola; era un silencio con chirriar de maderos, con vacilación de candiles de color en lo alto de jarcias, de puentes, de mástiles. La calma también era infinita en la inmensa extensión tenebrosa que cruzaba el «Göteborg», avanzando en suspenso sobre las grandes aguas, a través de la noche. Y, como Desiderio acodado en la balaustrada, un alma, la de Jeannine, gustaba de tanta majestad. «Ese es Orión —se decía—. Allí están Omega y Sagitario; ya se alejan Andrómeda, Perseo y el Cisne. ¡Cómo brillan la Estrella Polar y la Lira y la estrella de Deneb! ¡Cuánta noche para tanta inclemencia! ¡Cuánto mundo para tan hiriente dolor! Pero nadie está muerto. Porque cuando creemos que vamos a morir, una gran muchedumbre de estrellas vive por nosotros, crepita y fulge sobre todos nosotros como una gran luminaria para todos los que quedan, para todos los que tienen esperanza y corazón».
Y el nuevo día amaneció sobre los vivos y sobre los muertos, sobre los que salían aturdidos del baile y los que se habían quedado tumbados en él, sobre la pequeña cíngara y sobre el alma extraviada de la desdichada negroide de Pablo, sobre el heredero de Valterra, tendido en el quirófano de un hospital; sobre el turbulento Anselmo, sobre el sueño tranquilo de Joaquín Rius, sobre la carne herida de Crista y el desvelo de Evelina y la vigilia angustiada de Josefina, la vieja doncella… Y también sobre Jeannine, acodada en la baranda del barco que la llevaba a otro mundo, y sobre Desiderio, que acababa de caer tendido en la balaustrada del sitio en que nació. Para la luz del nuevo día todos eran lo mismo.