XI

FALTABA POCO para que el verano se les echara encima y Rita estaba indecisa, pero resuelta a triunfar. Por medio de un sistema telegráfico o telepático convencional consistente en un ademán determinado con el pañuelo, una tosecilla o una fingida destilación nasal que la obligaba a sonarse, Rita comunicaba a su protegido todas las tardes, al subir al Renault, la ruta que iban a seguir, si irían al Polo o al cine o si no era prudente que aquel día las siguiera por estar citadas con Evelina en alguna parte. A partir de entonces, durante las pocas semanas que precedieron a la salida de veraneo, Pablito de Inglada siguió, pues, la pista de Crista a muy pocos metros de distancia, por todos los lugares que no pudieran ser reputados como inconvenientes por una muchacha de su edad o de su condición. La siguió en las sesiones de Linterna Mágica o en el Cine Doré, bien que en esos casos con la reprobación más enérgica de Rita, poco amante de oscuridad, aunque Pablito se mantuviera a distancia, reprobación expresada, claro está, solo a la salida de casa de Evelina, pero en términos candentes.

Crista dejó de ponerse frenética cada vez que Pablito se le acercaba. Se tranquilizó con la idea de que no era culpa suya y que podría cargar a cuenta de la acompañanta buena parte de la responsabilidad. Se decía, además, que si un día Desiderio atrapaba por casualidad alguno de esos requiebros retorcidos con que Pablito solía fulminarla de la manera más impensada, o si le sorprendía un día en la actitud de seguirla, la reacción de su novio aclararía muchas de las cuestiones en las cuales se debatía ahora su corazón de muchacha. Todavía estaba en la creencia de que Desiderio tenía en realidad mucho quehacer, que debía rescabalar en horas extra su trabajo de la fábrica alterado por el cuartel y que la diferencia entre él y Pablito era, ni más ni menos, que aquel trabajaba, mientras este era un haragán.

—Un pretexto sibilino de Rita, que por cierto estaba bastante fuera de lugar, vino en ayuda del joven Inglada. En el organismo de hierro de la carabina había un punto flaco: los juanetes. A la quemazón y cansancio de los pies de Rita se debió que las tardes del Polo fueran suprimidas y empezaran las tardes de horchatería, que volvían loca de satisfacción a la parásita. Y, sin embargo, los juanetes no impedían, en un momento psicológico determinado, que Rita se eclipsara por la puerta del tocador, o que pretextara que tenía que ir a un recado en la esquina, a comprar unos hilos o a rezar unas jaculatorias en la iglesia de al lado. Era el momento que Pablito aprovechaba para acercarse a la chica. —Me tienes loco, niña.

O:

—¿Cuándo despacharás a ese guardia civil y me harás caso a mí?

O:

—No pasaré un día más. Quiero que conozcas a mis parientes y que sea lo que Dios quiera.

Crista, al final, comenzó a considerar las actitudes de Pablito como un suplemento cómico de los espectáculos a los que iba. Y era esa vertiente cómica la que lo hacía tolerable. ¡Son tan largas las tardes y era tan punzante a veces la sensación de soledad, que la presencia de Pablito venía a animar con cualquiera de sus muchas excentricidades!

Después de unos días de estas cotidianas salidas se había establecido una serie de hábitos y hasta cierta naturalidad en el trío. Pablito se sentaba a cierta distancia, de tal manera que ningún obstáculo se opusiera, sin embargo, entre su figura y la de su amada, a la que podía mirar y admirar, deshollinándola con ojos lánguidos y suplicantes. Abastecida de merienda, Rita acostumbraba a ver las cosas con toda flexibilidad. Así observó a Pablito durante varios días en actitud del amador sufrido, con la inconfundible postura del adorador devoto y sumiso. Hasta que, al transcurrir unas cuantas sesiones más de horchatería, vislumbró en los ojos del joven cierta ira e incontinencia, un brillo de furor que la alarmó. A partir de cierto momento Pablito había optado por reprochar mudamente a Crista todos los sinsabores que tenía que soportar por su causa y le expresaba como podía, a la distancia establecida, la impaciencia que quemaba su ser. «No vaya a creerse que me voy a pasar así toda la vida», se decía Pablito en tales instantes.

En una palabra, Pablito empezaba a sentirse incómodo, cansado de los climas de chocolatería a los que Rita era tan inclinada, demasiado hombrón para tanto taburete y tanto bizcocho. Dirigía a Crista miradas tremendas, mientras su sólido cuerpo bailaba sobre el exiguo trípode de los taburetes, así los leones de circo se sostienen frenéticos en la plataforma adonde les ha llevado, amén del decaimiento de su casta y de su mala cabeza, el látigo del domador.

En estas circunstancias y completamente in albis de cuanto se traía y llevaba Rita con el pretendiente, hizo Evelina bajar de los altillos los baúles para el veraneo. Hay que decir que el veraneo no era entonces como ahora, en que todo parece improvisado. En aquellos años el veraneo era todavía algo aparatoso. Había que prepararlo con tiempo, empezar a poner fundas en las lámparas y los tresillos, empaquetar y embalar, guardar una ropa y sacar otra, eso sin contar la complicada operación del desestero, que tenía lugar una semana antes. Las elegancias del piso y el lustre de sus encerados se vieron menoscabados por los preparativos de traslado, en los que Evelina era ducha. A Crista no había nada que la sacara más de sus casillas que esos alardes de poder de organización, ese «estar en todo» que hacía rebufar a Evelina durante jornadas enteras, de un extremo a otro del piso, sin parar. La actividad no ofuscaba, sin embargo, las penetrantes dotes de observadora que poseía Evelina, ni aumentaba su discreción para guardar para sí lo que pensara, todo lo contrario. El ajetreo la tornaba más incisiva, menos tolerable y más mordaz. Al ver deambular a Crista por el principal con aires de aburrimiento, de indecisión, interrumpiendo a cada paso con su tristeza el frenesí que la devoraba, Evelina la zahería con frases intencionadas.

—Vamos, vamos, niña. Por lo menos sal de aquí, vete a la parte de atrás, donde no te vean. ¡A tus años hubieras tenido que verme!

Crista transitaba como si estuviera ausente de todo.

—Tú eres de las que no quieren ceder. Sí, es una cruz la que me pones.

Crista no sabía con exactitud a qué podía referirse su madre.

Al fin, cuando tuvo un baúl lleno y consiguió que el servicio lo sacara al pasillo, se sentó un momento a descansar en el sofá. Estaba acalorada.

—Te digo que no te haces cargo y es la pura verdad. No, no pienso en mí. Pienso en ti misma.

Y la miró, como reprochándole algo.

—¡Santo Dios! La niña está lánguida porque su novio no puede venir a verla. ¿Y tú qué haces para que te vea? ¿Es que pones algo de tu parte?

Crista no respondió. Prefería no escuchar ahora una teoría de ardides —teléfono, cartita, súplica, fiestecilla o merendola—que su madre creía infalibles para atraer a un galán.

—Aparte de que no hay para tanto. El chico tiene bastante quehacer para que esté todo el día pendiente de ti y exponiéndose a ser arrestado. Deja que pase el dichoso cuartel y todo se te arreglará. Pues ¡no conoceré yo a Desiderio!

Precisamente porque creía conocerle estaba hablando así a su hija. Estaba diciendo justamente lo contrario de lo que pensaba. Oyó carraspear a Rita Arquer en un rincón del salón. No la había advertido; de otro modo no hubiera hablado así en su presencia.

—Sí —terció, resbaladiza, la acompañanta al sentirse descubierta—, tiene mucho quehacer, debe de estar muy ocupado, es lo que le digo siempre —canturreó con sorna.

Evelina la dejó aún más tiesa, literalmente, con una sola mirada. Se levantó, como impulsada por un resorte, y la invitó a salir.

—¿Me quieres ayudar un momento, Rita? —pretextó.

Crista oyó la voz hiriente de su madre en el pasillo. Sin duda estaba regañando a la acompañanta, pero no pudo entender qué le decía.

Lo que le decía es, ni más ni menos, lo que sigue:

—Aquí, en esta casa, ha habido la costumbre de respetar los sentimientos de las personas y esta costumbre cristiana no la vamos a perder ahora precisamente, ¿entendido? Debes saber que el señorito Desiderio no solo merece respeto por ser el novio de Crista, el que Dios le ha escogido, sino porque es el que me place a mí. ¿De acuerdo? Conque, ni una sola broma sobre él, ni una sola alusión en adelante.

Rita quedó incrustada en la pared, al lado de un baúl.

«¡Frescas estaríamos! —barbulló Evelina, alejándose de su asalariada, en dirección al comedor—. Solo faltaría que Rita tuviera también algo que decir en este asunto». Y su agitación estaba a punto de hacerle olvidar todo lo que aún le quedaba por hacer.

Ya sabía ella lo que Rita barruntaba; como si lo leyera en su rostro. Era casi lo mismo que pensaba Crista, pero añadiéndole toda su ignominiosa satisfacción de hembra puritana e insatisfecha ante el fracaso de las demás. Pero ¿qué sabían ella y Crista del mundo y de los hombres? Allí, en aquella casa, en realidad no había más que una mujer de verdad, y esta era ella.

«¿Qué podían saber Rita y Crista de Desiderio? —se repetía enfurecida—. ¿A cuántos hombres habían tratado? ¿Cómo podían jactarse de “conocer el paño”?».

Bien: Desiderio no estaba con Crista como estaba meses atrás. Eso, en sí mismo, no significaba casi nada, ni tenía mayor alcance. Significaba que el chico estaba ocupado en otras cosas. Pero aun en el caso de que fueran ciertas las sospechas de Crista, aun en el caso de que el tono sardónico y la insinuación de Rita fueran justificados, ella se preguntaba: ¿y qué? Si Desiderio tenía alguna aventura galante que le impedía ver a su novia como antes, ¿qué? Cuando se tienen tantos años como tenía ella esas golosinas de juventud son, no solo miradas con cierta indiferencia, sino con un punto de benevolencia. Desiderio era joven y guapo, ¿y qué? ¿No podía acaso serle disculpada una aventurilla de poca monta, algo pasajero? Mirando los hechos sin pasión, con imparcialidad, ¿no era natural que un hombre como él hiciera algún vuelo esporádico hacia otras latitudes sentimentales que las de aquella niña, su hija? ¿O iba a tener por yerno un pazguato inexperto? No, ¡que echara su cana al aire ahora que no tenía canas! Sí, ella le comprendía, ella le autorizaba incluso a ese poco de arrebato. ¡Ya volvería!, ¿cómo no iba a volver? Y si no lo hacía por su propia cuenta, ¿para qué estaba ella, Evelina?

De una sola cosa estaba cierta Evelina en la vida. De que Desiderio se casaría con Crista. Sobre ese punto no admitía discusión. De ahí que la insinuación solapada de Rita le pareciera una impertinencia imperdonable, una grosería digna de esa desgraciada. Pero ¡ay de quien se le pusiera por delante! ¡Ay, si alguien intentara desviar seriamente a Desiderio de su camino!, ¡ay, si alguien intentara socavar aquel edificio que ella había estado diseñando y levantando desde tantos años atrás a costa de paciencia y buenos oficios! Ese tal se las tendría que ver con ella, y aseguraba que cuando quería ser mala lo era de verdad. Quien se atreviera a eso podía jurar que quedaría deshecho.

Toda la seguridad que Evelina sentía era, en cambio, en el ánimo de su hija, titubeo y aflicción. Llevaba una serie de días pensando en cada uno de los gestos, en cada una de las palabras de Desiderio, en todas sus actitudes; intentaba descifrar en estas exteriorizaciones y señales las razones de un cambio que solo ella, y nadie más que ella, estaba advirtiendo en toda su persona. ¿Debía pasar por alto su manera estudiada y poco afectada con que de unas semanas a esta parte le daba un cariñoso beso al despedirse, cuando ella esperaba el apretón sincero, esa frase turbulenta y acalorada y hasta ese poco de daño que hacen los labios del novio para herir la piel y la sensibilidad y dejar en la herida un poco de recuerdo, de nostalgia y de rastro? ¿Cómo debía interpretar su parsimonia al encender un cigarrillo justamente cuando su madre acababa de dejarles solos en el comedor y sabía que de un momento a otro se iba a presentar Rita con algún pretexto? Sí, todo él, hasta su facha, que ahora era más refinada, más decadente, y su manera de hablar, en la que ahora se interpolaban giros como extranjeros, y el tono de su humor, que no le hacía a ella maldita la gracia, todo él había cambiado…

Mientras, abatida y reflexiva, estaba pensando en eso, Crista oyó ciertas exclamaciones de su madre en el pasillo y se levantó de un salto extasiada. Sus pensamientos quedaron evaporados por el aire que acababa de entrar en sus sentidos con solo escuchar un sordo e inconfundible tono de voz en lo hondo del pasillo. Se fue al espejo del trinchante y se arregló el pelo, un instante, y se echó a correr por el pasillo en su busca, cuando ya él iba hacia el comedor a su encuentro.

—Por fin he podido encontrar un momento. No podré estar casi nada, pero en fin… ¿Os vais mañana, no? Como mañana tengo guardia no tendremos más remedio que despedirnos hoy.

—¿Solo llegar y ya te excusas?

—No son excusas. Mira, suerte que me han dado una hora para recoger mi caballo y llevarlo al cuartel. ¿Recuerdas que se puso malo?

—Sí.

—Pues, hasta hoy…

—Bueno, pero no te dirán nada si en lugar de un mes, está un mes y una hora enfermo, ¿no crees?

—¡Qué infeliz eres! En el cuartel no piensan igual. Además, para que veas que no te engaño. Ven.

Y Desiderio dio media vuelta, en dirección a la sala. Ella le siguió.

Desiderio abrió el balcón.

—¿Lo ves?

En efecto, en la calzada estaba un mozo que sostenía el potranco por la brida.

—Pero has traído al mozo. ¿No puede llevarlo él?

—Es un chico del picadero que me hace el favor de acompañarme hasta aquí, solo para que pueda verte. Pero se tiene que ir en seguida.

—Vaya, conque todo es más importante que yo… —y Crista se sentía inmensamente desgraciada por ocupar un lugar inferior al caballo, al mozo y a una turba de sargentos asquerosos.

—¡Bah!, no te entristezcas. Aprovechemos esos minutos. Dime: ¿a qué hora os marcháis?

Crista miró al caballo; se movía nerviosamente, daba cabezadas, bailaba incesantemente sobre sus patas. Realmente jinete y caballo eran tal para cual.

—¿Que nos marchamos? ¡Ah, sí!… Creo que a las diez.

—Si puedo, pero solo si puedo, haré una escapada.

—¿Todos estáis igual de ocupados?

—Sí, todos. ¿Por qué?

—¿Ese Pablito de Inglada tiene tantas guardias como tú?

—Las mismas. Pero paga al corneta para que las haga.

—¿Y por las tardes?

—Él tiene unas tías solteras. En cambio, yo tengo a un padre que es fabricante de tejidos.

—Ya, ya… —comentó ella, incrédula.

—No seas maliciosa, Crista. Piensa que no hago otra cosa que pensar en ti.

Crista le miró irónicamente.

—¿Querrás que venga a verte a Caldetas? —insinuó él, cariñosamente.

—Claro, te mataré si no lo haces.

—¿Me escribirás?

Era Desiderio quien tomaba la iniciativa de las exigencias, para no tener que estar adoptando siempre una incómoda actitud defensiva.

—Claro que sí. No te dejaré vivir.

Desiderio se acercó y la besó en la mejilla.

—Adiós, guapa. Hasta muy pronto. Tengo que irme. Mira.

El caballo estaba medio doblado hacia la calzada, expuesto a que algún vehículo diera contra él, en alguno de sus impulsivos movimientos.

Ella quedó aturdida unos momentos, sin acertar a saber si Desiderio había estado allí o solo había sido un fantasma huidizo. Le vio volverse con el brazo en alto, saludándola. Luego le vio subir al caballo, despedir al mozo y empezar a trotar, hacia arriba. Había en todos sus ademanes un punto de petulancia, un cierto asomo de soberbia que le irritaba. Ahora mismo le había visto volverse para contemplar a un grupo de chicas que, a su vez, le admiraban. Su presunción le dolía en el alma, y no porque existiera, sino porque no se la dedicaba a ella, que le seguía queriendo con toda el alma.

—¿Se ha marchado Desiderio? ¡Por Dios, si no me he despedido de él! —clamó Evelina, alarmada.

—Dice que hará lo posible por venir mañana. Me ha encargado que te saludara yo…

—¡Ah, vamos!…

Volvió a quedar sola. Se oía la voz chillona de su madre en algún lugar del piso. Se oía un zarandeo de zorros que azotaban con furia en el interior.

Hacía un calor pegajoso y se sentía agobiada, casi asfixiada por aquel ambiente. No deseaba que su madre le preguntara por qué ponía aquella cara.

Desde el recibidor dio una voz. Dijo que se iba a dar una vuelta por el paseo. Cerró de un golpe la puerta, al salir. No era posible que se hubiera despedido ya de Desiderio hasta que a él se le antojara volverla a ver. Había estado pensando en que aquella despedida sería de otro modo. La aguardaba como algo especial, como un coloquio prolongado de promesas, de reconciliaciones, como algo sabroso y serio. Y él se había marchado ya, de aquel modo brusco y tonto…

Cruzó la calzada central y miró al paseo. Se empezaba a poblar de paseantes. De pronto le cogió una irritación vehemente contra él. No era posible que no tuviera tiempo. Todos lo tenían. Si tan agobiado estaba, ¿por qué no compraba él también una guardia? ¿Es que ella no merecía eso? ¿Acaso no lo hacía Pablito para ella? Y, al punto en que este nombre vino a su imaginación, un aparato encarnado estuvo a punto de rozarla y se paró a su lado. Vio la testa de Pablito, sonriente, precisa como un medallón en el aire matinal.

—Perdón si te he asustado. Me ha cogido tan de sorpresa ver esa hermosura que he estado a punto de perder el control. Sin querer Crista sonrió.

—¿Por qué siempre ese miedo? ¿No ves el sol de la mañana, la luz radiante, el cielo azul? Apuesto a que hoy es un día precioso para ir a dar un paseo.

Crista le miró a la cara. ¿Por qué no? Pablito era por lo menos un hombre que siempre tenía el mismo humor. No había vacilaciones en él, siempre estaba a la misma temperatura. Quizás era eso lo que le conviniera. Y, además, tenía unas ganas tremendas de tomar revancha, fuera lo que fuera. Era necesario decidirse de una vez. Pablito captó en seguida el titubeo de Crista. No dijo nada. Bajó y abrió la portezuela.

—Sube aquí, es fácil.

Como un autómata, sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, montó en el automóvil.

—Vamos a ir a los merenderos —propuso, con un aire de victoria, ayudando a Crista a montar.

—Pero… si no hay tiempo.

—Que sí, acaba de dar la una.

—¿Están muy lejos?

—Sí, bastante. Pero hay tiempo.

Y se sintió sacudida por la trepidación del motor. Luego, sacudida por la violencia con que Pablito arrancó. Desembocaron en la Diagonal, radiante de sol. Torcieron a la derecha. Cruzaron docenas de travesías hasta llegar a una encrucijada de callejuelas de arrabal, por las que el auto pasaba armando un estruendo que hacía salir a las mujeres a las ventanas y portales. Crista miró de soslayo al hombrón satisfecho y vital que conducía a tumbos el encarnado insecto a través de Barcelona. Bien mirado —y no era la primera vez que lo pensaba— no era nada feo. No sabía con exactitud si se encontraba a su lado por desesperación, por mera curiosidad o por simple y vulgar pasividad, como la de un transeúnte atropellado. Era como una de esas figuritas que se apartaban de un salto para no ser alcanzadas por las ruedas del vehículo, pero que hubiera caído casualmente dentro de la carlinga del conductor.

Entonces se tranquilizó, pensó que no era nada del otro jueves estar allí devorando los kilómetros. Por lo menos ¡cuán lejos se sentía de las amonestaciones de Evelina y de su mundo puntilloso y burgués, hecho de pequeñas incidencias y conflictos! Miró a lo alto y vio un sinnúmero de tejados y de balcones en los que se bamboleaba la colada, mantas, colchas, ropa interior de los más vivos colores. Le parecía increíble en aquellos momentos que aquella otra gente pudiera vivir, tener sus sentimientos y sus zozobras como ella en esas moradas cuyos interiores asomaban tras los balcones, mostrando el papel de los tabiques, los cuadros torcidos, las colchas de vivos colores en la baranda del balcón.

—Eso es San Adrián —dijo Pablo— ¿No lo conocías? Por una pequeña carretera llena de baches, en la que la voiturette levantaba una nube de polvo, llegaron a un descampado festoneado de viviendas de una planta. El coche aminoró su marcha y metió sus ruedas en una plazoleta. Era un espacio gris, desigual y pobre. Media docena de carros aguardaban ante el garito del portazgo. Dio una virada completa por detrás del garito e hizo entrar el coche en una carretera oculta, una carretera, en fin, como todas las que Crista había visto hasta entonces, flanqueada a ambos lados por una ristra de plátanos. Pablito aceleró y ella cayó sorprendida sobre el respaldo.

La carretera bordeaba el río Besós, tras cuya orilla se perfilaba, envuelta en calina, la silueta del Tibidabo desde un ángulo insospechado. Parecía como si estuviera en el otro extremo del mundo.

Unos garitos azules se hundían en un declive, al borde mismo del pedregal y del barro de la orilla del Besós, casi enteramente seco.

—Aquí es —dijo, frenando bruscamente.

Crista quedó asombrada, con una mezcla de temor y de repentina sumisión al hombre. Pensaba que Pablito podría hacer ahora con ella lo que quisiera, abusar de ella y hasta tirarla al río, si le hubiera dado la gana, sin que nadie hubiera venido en SU socorro.

—¿Aquí? —preguntó, alarmada.

El paraje estaba totalmente solitario. Sintió en su brazo la mano fortísima de Pablito que la sacó de la carlinga y la llevó, como de un tirón, pendiente abajo, hacia el local de mampostería arrimado al desmonte, en cuyos cristales lucía un poco el reflejo de las aguas turbias, estancadas y escasas del Besós.

—No tengas miedo —la tranquilizó, dando una patada a la puerta para que se abriera.

Se encontró en un cuadrángulo de techo bajo, con un mostrador lleno de botellas y vasos, algunos de los cuales se estaban bañando en el chorro continuo de un tubo de níquel. Saliendo del mostrador se adelantó hacia ellos con grandes reverencias un hombre gordezuelo y calvo, de gruesos bigotes. Pablo dijo algo a ese hombre en voz baja; el hombrecillo salió disparado hacia uno de los ángulos del local. En un momento se le vio dar cuerda a un fonógrafo de trompa descolorida, poner el disco y emprender carrera de nuevo hacia el mostrador, mientras atronaban los aires del merendero los primeros acordes de un tango argentino.

En el recinto no había más que su dueño. Pablito rodeó el talle de Crista, la apretó contra sí de sopetón, hundiéndola en sus costillas; la echó hacia adelante, flectando la pierna izquierda hacia atrás, cuan larga era. La boca de ella, aún abierta por la sorpresa, quedó casi incrustada en la de él y sus alientos se rozaron. La de Pablito, dijo:

—Uno —e, incorporándose, adelantándose, al compás de la música, llevó velozmente a su pareja, en el curso de tres largos y reposados pasos, sobre la punta de los pies, al otro extremo del chiringuito, donde, al dar una media vuelta veloz, hubo de contar—: Dos.

—¿Qué es eso? —barbulló ella tímidamente.

—Quiero enseñarte los treinta y seis pasos del tango argentino.

Crista se dejó llevar. ¿Qué podía hacer? Se limitó, en lo posible, por no ser derribada, a sostenerse en pie y a alargar tanto sus pasos como fuera necesario para seguirle.

—Cuidado ahora. Fíjate en este —y Pablito separó su tronco del de ella, sin soltar su talle, mientras con la pierna derecha daba un espuelazo hiriente al aire. Irguió la testa y, con otra media vuelta, dio a la danza todo su empaque, su solemnidad.

—Tres.

—¿Cuántos quedan? —preguntó Crista, temiendo caerse al reanudar, tras la filigrana, el pasacalle hacia el mostrador.

—Cuatro —contó, pegando su mejilla en la de Crista, cruzando las piernas del lado contrario a aquel en que habían actuado hasta entonces y obligándola a bailar en sentido inverso, hacia atrás.

En aquel punto ella no pudo sostenerse, fue superada por la marcha de él y se sintió caer de espaldas. Pero él la sostuvo por el talle, casi a ras de suelo. No la movió. Se acercó a ella de bruces y puso su boca carnosa sobre los labios rojos, vivos, entreabiertos de Crista. Ella sintió que pellizcaba con sus dientes la finísima piel de su boca y el bulto mojado de la lengua de Pablo en el paladar.

—Cinco —dijo él, separándose y poniéndola de pie.

Crista le miró escalofriada, a punto de abofetearle. La cara de Pablito había cambiado. Era una cara hosca, lasciva. Sus labios estaban húmedos, blandos, y sus ojos brillaban sin ninguna expresión.

—Sí, faltan muchos; son treinta y seis —explicó.

Ella se echó a reír. Rio desconsideradamente, de golpe. No sabía qué le pasaba. No sabía si era una risa cómica o dramática.

—¿Y… quieres hacérmelos aprender todos? —repuso al fin, a punto de llorar dentro de la risa.

—Hasta que te canses —repuso él, ya de nuevo en sus cabales, aunque solo a medias.

El pequeño hombre sirvió en una de las mesas unos emparedados y una botella de jerez. Crista se fue hacia allí.

—No tenemos tiempo —objetó, ante la abundancia del condumio—, tenemos que volver.

De pie, probó uno de los bocadillos. Sentía la boca seca, como cierta náusea; y apuró un vaso.

Pablo había quedado callado. Crista se sentía mirada y, sobre todo, deseada por Pablito. Al joven Inglada este deseo le impedía hasta moverse. Ella dejó el emparedado a la mitad, cortado con la forma de sus dientes.

—Mejor será que volvamos —suplicó, con una extraña prisa, con decisión.

Los movimientos de Pablito eran bastos, inconexos, habían perdido la vehemencia que los caracterizaba, era como si actuara con dificultad en una atmósfera más densa.

—Estoy loco por ti, Crista. No me dejas vivir.

Ella dio una ojeada al local, como si buscara la salida.

—¿Cuántas veces has dicho esto en tu vida?

—¿Qué te importa a ti eso? ¿A qué viene? —e hizo ademán de buscarla, pero ella se apartó. El pequeño hombre les miraba, sonriendo. Luego se marchó a la trastienda.

Crista se dirigió a la puerta, con ánimo de salir.

—¿No te ha gustado?

—Sí, sí, me ha gustado —concedió, por no contrariarle, pues advirtió que él era capaz de todo.

No supo si había tomado eso como una autorización, pero se encontró en los brazos de Pablito, hundida en su boca y en su tórax, raída por su mano. Notó abrirse su blusa, deslizarse en su escote la mano de Pablito. Sintió un escalofrío, algo que nunca había sido experimentado de ese modo por ella. Se separó como pudo, sin saber si aquella sensación era placentera, repugnante o culpable.

Le zarandeó, inútilmente, apartándole. Se volvió de espaldas a él, se acercó a la puerta, pero no salió. Se quedó ante la hoja de la cristalera, mirando a través de los cristales. La luz era deslumbrante y fláccida, era como un fardo de calina echado de cualquier modo sobre los desmontes, sobre las vertientes quebradas y sucias, sobre el lecho del río polvoriento. Se abrochó como pudo su blusa, uno de cuyos botoncitos había saltado. Sintió en la nuca el aliento de Pablito y sus manos sobre sus hombros.

—Te quiero —dijo él, jadeando—, quiero casarme contigo.

Esta repentina declaración no hizo, al pronto, la menor mella en el ánimo de Crista. De espaldas, no veía el rostro de Pablito y era como si aquellas palabras hubieran sonado al margen de toda realidad, huecas de un sentido, de una finalidad real y posible. ¿Qué relación podía haber entre la presión de los brazos de Pablito, entre el vértigo inesperado de sus pasos de tango, entre el tacto atolondrado y brusco de la manaza del hombre en la comba de su pecho, entre estos escarceos, esa lujuria apresurada y aturdidora, y lo que Pablito acababa de proponer? Durante un momento echó de menos Crista el incentivo, el misterio, la gravedad de los anticipos con que se había sentido atraída por Desiderio, cada vez que él la besaba. Se separó de pronto de Pablito y se quedó un instante pensativa apoyada en su antebrazo, sobre la pared de mampostería, mirando, con la frente pegada a las vidrieras, algo que ocurría en el exterior.

Entre ella y la litografía tenue de desmontes, detritos, pedruscos, entre ella y la silueta borrosa de las colinas lejanas había unos trozos de su propia imagen reflejados en cada uno de los cuadros de vidrio de la mampostería. Eran borrones blancos, piezas del mosaico de sí misma. Las vetas y las aguas de los bastos cuadrángulos a mitad transparentes, daban a su figura una dispersión que se parecía en aquel instante a su propia quebradura, algo que a la vez la multiplicaba y la dividía sin remedio.

Era un desencanto, mezclado a una avidez de volver a sentirse dueña de su figura, prieta en el molde completo de sus formas. ¿Era eso, esa línea curvada y plena del busto que se advertía un momento en uno de los cuadriláteros, o el escorzo aguerrido y fugaz del talle, movedizo y alto, que se reflejaba en el otro, lo que armaba tanto barullo cuando andaba por la calle, lo que era buscado, perseguido, deseado, o que hacía mudar la faz de los hombres, lo que convertía a Pablito en otro ser? Si era así, adivinaba que había todavía una distancia muy grande entre aquello que en ella era capaz de ser manoseado y que ese mismo cuerpo podía devolver y lanzar al otro, en la estrafalaria batalla cuyas reglas acababa de adivinar.

—¿No me has oído?

Crista volvió de su abstracción. Se fijó en Pablito.

—No, no te he oído. ¿Qué me has dicho? —y le miró.

—Que quiero casarme contigo —repitió el hombrón. La soberbia y el empaque que nunca habían desaparecido de aquel rostro masculino habían dejado de existir. Se parecía a uno de esos gañanes de la montaña, los brazos rendidos sin remedio a lo largo del cuerpo, el peinado revuelto, los ojos bobos y sin luz, el mentón un poco caído sobre el pecho, insinuando una sotabarba extraña. Crista no supo qué contestar. En realidad, él no le había preguntado nada.

—¿De qué hablas, casarte? —sonrió, convulsa, aturdida—. ¿Hablas en serio?

La expresión con que Crista formuló esta pregunta engarabitó a Pablito. Se adelantó de nuevo hacia ella. No tuvo tiempo ni ganas de huir. ¿Para qué? Pablo empezó a besarla en los ojos, en el cuello, en las mejillas. Crista sintió el ardor con que estaba sujeta, disminuida, entregada. Se sintió vacilar. Toda ella estaba en desorden.

Más allá del hombro de Pablito vio los restos del bocadillo, la botella, el mantel a cuadros… Todo era extraño, impreciso, y absurdo.

Levantó su cabeza. Debía hacer un esfuerzo para captar del todo los rasgos del hombre en cuyos brazos se sentía apresada. Ya no le conocía. Era un rostro ancho, con unos ojos enormes, separados, unos labios abultados. Se acercó aún más. Sintió la presión de los labios de Pablo y besó enteramente esa boca, sin ningún temor, sin vacilación. Se hundió en un letargo total, irrazonado.

De pronto forcejeó, apartando la mano de él, que la hería, que la buscaba. Ya lo hizo sin fuerzas, pero al fin se separó avergonzada. Aquella mano era como un baldón, mucho peor que una herida o un golpe o un insulto. Era la provocación, la amenaza, el desprecio más burdo a toda su intimidad. Sonrojadísima se cubrió un instante el rostro con las manos, se separó.

—Vámonos —dijo—, es muy tarde.

Pablito intentó acercarse. Pero la actitud de ella le hizo desistir.

El dueño asomó entre las botellas del mostrador.

—¿No quieren más música? —preguntó tímidamente a Pablito con un aire entre servicial e irónico.

Pablito liquidó la cuenta. Crista se arregló el peinado, puso en orden los pliegues de su falda, reflejándose en uno de los cristales. Salió al exterior, sorbió profundamente una bocanada del cálido aire del día. Se paró a esperar a Pablito. El corpachón del hombre tuvo que reducirse y agacharse para cruzar la salida.

Durante toda la tarde no había sabido qué pensar ni qué hacer. Había merendado y cenado sin que la dejara aquella sensación de vértigo, aquel torpor, llena de una pesadumbre extraña, como de un raro presentimiento. Al fin pudo encerrarse en su cuarto. Al entrar en él, ya libre de la compañía de su madre, que no había cesado de enervarla, apoyó la frente en su brazo, sobre el frío mármol de la chimenea, absorta y sin pensar. Lentamente caminó hacia el espejo de luna de su armario. Su aliento empañó, al acercarse, la lisa superficie azogada. Unas leves oleadas de aire cálido borraban en pequeños flujos y reflujos los rasgos de su rostro. Se acercó más. Sentía todavía viva en la piel la huella del contacto del hombre, de su frotación que todavía la angustiaba, de su besuqueo aturdidor. Puso la mejilla en el espejo, como si la desdoblara; se sintió inundada del frescor recóndito que emitía el contacto, un frescor inesperado y dulce. Así ella contra ella, empezó a llorar sin un gemido. Era un llanto fuerte, desolado y apaciguador, en que se desvanecían los residuos de su ira.

Quedó así largo rato, como abrazada a su imagen, a sí misma, a su oponente amiga. Su jadeo se fue atemperando. Cuando se sintió más tranquila se separó del espejo. Se acercó al conmutador y apagó la luz de la lámpara del techo. La estancia quedó iluminada por la de la lamparilla de su mesa. Al cruzar de nuevo ante el espejo apareció en él un fantasma distinto a aquel que la consolara un rato antes. Sin los zapatos, era otra.

Se acercó a su cama y se despojó de las últimas prendas de su ropa; fue hacia el armario, para verse, y quedó de pie ante él.

El reflejo de la luz rosaba el bulto opaco y equilibrado de su cuerpo. Se puso de puntillas y por un momento se creyó de nuevo ella misma, aquella en quien se reconocía. Era un objeto hermoso, algo que para agradar a los demás, se apoya, en el pedestal efímero de un calzado de lujo, que se nubla y disimula en un vestido de Pedro Rodríguez y que se lanza a la calle a prosperar. Rozó los hombros y el seno. Sintió un escalofrío. Tocó la comba del busto, la curvatura del costillar, flexible hasta desaparecer; los muslos prietos, las tenues rodillas… Levantó los brazos y cruzó sus manos tras la nuca, la cabeza echada para atrás, por debajo de los largos, sueltos y negros cabellos. Todo exaltaba en aquel instante la majestad del pecho, la suavidad del vientre, la armonía del talle.

Se echó el pelo hacia adelante, que le cubriera el rostro. Se apretó el pelo contra su cuerpo, cubriendo los senos con los brazos cruzados y pensó de pronto en Desiderio con tal fuerza, que era como si estuviera a su lado, como si alentara allí. ¿Cómo era posible que le hubiera sucedido aquello con Pablo, cómo era posible que aquel cuerpo, concreto ahora en sus perfiles y en sus formas, hubiera sido desperdigado, aturdido, ensuciado por las manos de un hombre? Sentía ahora su cuerpo como una fortaleza incapaz de ser rendida sino a golpes de amor, a plena conciencia y por placer y el lúcido arrebato de la entrega. No con la traición, ni dejándose llevar de un impulso, sino por adhesión inteligente y franca de toda su voluntad, entrando en el misterio a toque de clarines y a plena luz, con júbilo y con esperanza. Y esa esperanza y ese júbilo no podían venir más que del amor, de la entrega más amplia y total del corazón, de la ofrenda sincera y exaltada del alma entera.

Un ímpetu repentino, una decisión terminante acababa de enardecerla. Ella estaba segura de su amor, y no vacilaría. Se fue al butacón y se acurrucó en él, halagada por una idea que le subyugaba como una caricia. Estaba segura de sí misma. No, nadie era hermosa de ese modo. Con sus manos se acariciaba los pies, desnudos sobre el almohadón. Estaba pensando que ninguna mujer, salvo ella, podría ser ni sería nunca de Desiderio. Bastaba que la viera un día tal como estaba ahora y como era. Así, en este instante…

Un largo silencio poblaba la noche y acolchaba su belleza, como si la guardara para ese instante preciso en que debía ser entregada. No, nadie era hermosa como ella —repetía—. ¿Se negaría Desiderio a reconocerlo así? ¿No brillaba en sus ojos muchas veces cuando le besaba aquel deseo escondido e impetuoso, aquel impulso varonil que la hacía estremecer? En cualquier momento en que él la quisiera con el mismo ardor con que Pablito la había bruscamente buscado, con que la había engañado y acorralado aquella mañana, sabía que ella no resistiría, que se dejaría abrazar totalmente por él, que se ablandaría y fundiría en sus brazos.

Y, sin embargo, pensó cuán difícil era que llegara ese instante ahora, con un despego inoportuno ahora en que quizás él se había marchado a muchos pasos de su afección. Pero, fuera como fuera, era eso para ella evidente: que ninguna mujer, sino ella, sería suya, que ninguna se le entregaría jamás de verdad sino ella. Lentamente una sonrisa dulce entreabrió sus labios ardientes y se posó como un velo sutil sobre su sueño.