VII

UN LARGO, CALIENTE, humeante baño en el pisito de Anselmo era uno de los hallazgos de Desiderio en aquellos días de descubrimientos y noticias. Era un piso de dos piezas, con una pequeña terraza desde la que se columbraba la ciudad tendida. En las paredes colgaban fotografías de mujer, dibujos lascivos; la atmósfera delataba el fin para el cual todo lo que había allí estaba existiendo. Una botella de coñac a medio apurar y un vaso con restos de bebida, en cuyo borde se dibujaba aún una mancha de rouge, hicieron volver a Desiderio la cabeza con un poco de asco.

Se quitó la ropa. Descubrió su torso, largo y blancuzco, como el de un animal extraño. Abrió la ventana y sorbió una bocanada de aire híbrido. Cerró los grifos del baño, que había abierto al entrar y se metió en él. En la dejadez del baño la idea de encontrar muy pronto a Jeannine dominó sobre el relajamiento amable del agua caliente. Se levantó, se secó y, antes de vestirse, abrió las portezuelas de una pequeña despensa adosada al armario. Se preparó un café, encendiendo la espita del gas. Una llama segura y azulada empezó a titilar bajo la perola. Luego se vistió a toda prisa. Sorbió el café y salió.

En aquellos mismos momentos, en la parte opuesta de la ciudad, Jeannine empujaba suavemente al señor de Hugtenhagen hacia la puerta. Dicho caballero era un holandés pletórico, sanguíneo y sonriente. Su tez era roja y su pelo enteramente blanco. Un «caniche» diminuto brincaba entre los muebles del departamento de Jeannine, introducido un poco antes en él por el señor Hugtenhagen.

El señor Hugtenhagen era conocido en Europa entera por el «rey de las pieles». Nutrias, martas, visones, constituían para él útiles tan manejables como unas cartas de baraja. Había llegado a Barcelona de improviso, sin avisar, desde Orán, en uno de sus frecuentes saltos mercantiles y con la idea de realizar su junta mensual con madame Suzanne Forain, a quien había ayudado financieramente para que instalara una casa de modas; pero en realidad a quien quería ver era a una de sus modelos, a su amiga Jeannine, a la que adoraba desde hacía tiempo y de la que era protector.

Eran las ocho y pico de la noche y debía dejar en paz a la causa de sus desvelos. En el departamento de Jeannine había merendado el consomé y el pollo frío de rigor y luego había visto cerrarse la tarde en aquel compartimiento silencioso, en el que el montón de pelo del «caniche» ponía un brusco borrón de vida.

Pero ahora debía marcharse. Jeannine tenía un «compromiso». El señor de Hugtenhagen era un hombre complaciente y comprensivo. Respetaba como era debido una veleidad de su amiga, un repentino flechazo, una aventura, como un derecho intocable de su juventud.

Las gracias de Jeannine, su belleza esbelta, elegante y su tacto casi ofensivo de puro artificioso, sus largas manos, sus adorables senos, todo estaba aguardando a que el señor de Hugtenhagen traspusiera el umbral. Su larga cabellera rubia, como de seda fulgente, caía sobre los hombros, desflecada y arrogante, desparramándose en ellos como una riada silenciosa. Jeannine estaba ante la puerta abierta, a medio arreglarse. Se cubría con un quimono de seda cruda en el que crecía un frondoso jardín de flores bordadas.

Allez, allez vite… —y la puerta se cerró sigilosamente, dejando definitivamente al caballero holandés en los antípodas del mundo de Jeannine, soterrándolo o, por mejor decir, lapidándolo en el limbo de su vida.

El «caniche», aún reacio a la nueva mano de quien era objeto, lanzó un gruñido, un lamento, un llanto breve en la oscuridad, al ver que desaparecía el caballero. Se acurrucó en la cama junto a la almohada. Metió el plumón de pelo de su morro entre los pies, con evidentes signos de contrariedad.

Jeannine se acercó a él, lo cogió y lo levantó en vilo. El perro contempló con curiosidad aquella cara sonrosada, fina y delicada que tenía delante. Fue un careo profundo, como un pacto de amigos.

El perro parecía pensar: «Es guapa». Hizo un respingo con la nariz, satisfecho del leve perfume que emanaba de su propietaria. Se soltó, cayendo sobre la cama, y empezó en seguida una vertiginosa carrera a lo largo, a lo ancho, en diagonal por la estancia, a punto de dar de bruces contra el bosque de patas de la cama, de la mesilla, de las butacas y taburetes del lugar. Luego se quedó parado ante ella, levantó la cabeza y la miró fijamente, sin moverse, en espera de algo y con ganas de guasa.

Vite, vite, laisse-moi —increpó ella, impaciente, quitándose el quimono y acercándose a su tocador. Se sentó en la banqueta y empezó su tocado. Frotó con la yema de los dedos una pomada contra su frente, su mentón, sus mejillas… Su cutis se volvió como de cera gris. Luego, con una toalla caliente, fue empapando de vapor su rostro.

Estaba desconsolada y cansada. Estaba cansada de tener ante el espejo todos los días esta misma cara, esos ojos azules a los que consideraba hermosos y que lo eran, sin duda, pero que estaban habituados a verse por dentro con una terrible imparcialidad.

Había momentos en que se odiaba a sí misma, sin saber el porqué. En aquellos momentos sobrevenía siempre la silueta de un campanario en un pueblo de Alsacia, su propia imagen con unas largas trenzas espejeada en un río, cuya agua helada la escalofriaba con solo evocarla.

Ahuyentaba esas imágenes y se zambullía en las de su propia realidad actual. Mucho tiempo, mucho más del que se necesita para que en adelante se sucedieran uno tras otro todos los acontecimientos que el destino le reservara, parecía contenerse en su recuerdo lleno de aristas, de llamas y de impulsos inútiles.

Había todavía un decoro superficial que la vestía de pieles y joyas, la última zona del cual, impregnada a su piel, era ese color a violeta y a química sutil que titilaba en los frascos.

Pero fuera de eso y por dentro de eso vivía en ella el primer impulso que la hizo mujer sin dejar de ser niña, huir con alguien de los prados en los que pacían lentamente las vacas y borrar simplemente de su vista el cielo azul. Le hastiaba tener que mentir y, sin embargo, sentía que al hacerlo tomaba revancha de todas las cosas que había sufrido por ser como era. Hubiera deseado matar a monsieur de Hugtenhagen justamente porque detestaba que la protegieran. Había algo indómito en su vida que no se había podido realizar y que se proyectaba sobre derivativos y excusas, con un empeño fugaz que la aturdía y la mortificaba.

Lanzó con ira contenida la pequeña toalla contra el espejo. Se puso el colorete y se pintó los labios. Era necesario obsesionarse en las cosas precisas, como en este momento: dibujar con tino y con pulso el rojo corazón de la boca, mojarlo luego con la lengua y sentir, sobre los sabores múltiples, sobre las borrosas huellas de la vida, un deje pastoso de naranja y de menta falaz.

Se cepilló el pelo y lo recogió en dos grandes bultos de oro en la nuca. Luego se vistió.

Cuando el coche de alquiler dejó a su galanteador en la puerta de la plaza, Desiderio, por la luz de lo alto, comprobó que ella le esperaba. Había temido, por un momento, que pudiera haberse escamoteado, que hubiera olvidado su cita. Subió los desiguales y estrechos peldaños de la escalera. Halló entornada la puerta del pisito; la empujó y entró lentamente en el aposento. Vio, al fondo la cama, con el quimono de seda y ciertas prendas echadas de cualquier modo sobre la colcha. Se volvió y, frente al espejo, descubrió a Jeannine.

Estaba de pie ante su propio reflejo, como si se maravillara de aquel alarde de belleza y de elegancia. Con un ademán certero llevaba al envés de sus orejas, tras los pendientes, junto a la nuca, una levísima digitación de perfume. Luego se contempló en el espejo, sonriendo a quien acababa de entrar, pero sin decir palabra. Desiderio se acercó a ella algo turbado. Al fin, quedó junto a ella y, con prudencia, como si temiera descomponer aquel prodigio, rodeó su talle. Ella le vio así, a través del espejo, sin moverse. Rendida por el aliento que la escalofriaba, a besos pequeños y fugaces, dejó de mirarse y recostó su cabeza hacia atrás, para que Desiderio alcanzara su mejilla, entornando los ojos.

No podía dudarlo. De nuevo estaba con ella, se repetía aquel misterioso atractivo que ella había suscitado dos noches atrás cuando, en compañía de Anselmo, la descubriera en una mesa del «Excelsior». Jeannine, nueva en la plaza, ocupaba aquella noche una de las mesas de pista, en compañía de una dama madura, madame Suzanne Forain, de rostro deslustrado y varonil, morena, de pelo gris muy liso y cortado sobre las orejas. Esa dama que, para aumentar su aspecto hombruno, vestía un traje de sastre, fumaba incesantemente.

No solo ellos, sino todo el local, se preguntaba aquella noche quién sería la belleza recién llegada. No se podía decir que Jeannine fuera a la moda, o quizá la moda fuera ya aquella. Era rubia, altanera y magnífica. El vestido, extremadísimo, de raso verde, le llegaba hasta el tobillo y dejaba al descubierto, por una abertura, la pantorrilla. El pelo, ajustado en el doble moño de la nuca, era de un color de mies. Sobre la frente el peinado se abombaba en unas ondas gruesas, que enmarcaban su rostro hasta la sien. Su tez era muy fina y pálida y sus ojos, clarísimos, de un azul transparente.

Desiderio la miraba en el espejo y comprobaba uno por uno todos esos rasgos, para actualizarlos de un golpe, hurtándolos al recuerdo y reduciéndolos, aplastándolos en la realidad en que estaba palpitando. ¿Era aquella a quien Anselmo había invitado el primero a bailar, entre la expectación general del «Excelsior»? Sí, sin duda era la misma que poco después ocupó una plaza en su mesa, cuyos senos, pequeños y perfectos, veía Desiderio balancearse con la respiración. Era la misma que, atraída a uno de los palcos del cabaret, con dos botellas de Moët-Chandon boca abajo en el helado cubo, cobró una personalidad coherente, una manera individual de razonar, de sonreír, de sorber a tientas en la penumbra la irreflexión que brillaba en los ojos de Desiderio y el beso que le dio, con una impulsión boba y voraz. Le dejó lleno de champán, de deseo y de dudas, citándole para cuarenta y ocho horas después.

Se había engolosinado con la idea de que Jeannine sería suya aquella misma noche. Aún estaba en la petulancia de creer que cuando una mujer de mundo accede a ser besada es como si se desnudara. Quizá, por el contrario, lo único que una mujer de mundo tenía sobre las demás era la virtud de su dominio; podía distribuir sus continencias a placer, y hasta estaba en el deber de dominar las situaciones de ese modo para que no pudieran «confundirla», así como en las demás cualquier confusión hubiera resultado inimaginable. Pero, en fin, habían pasado las cuarenta y ocho horas de prueba y allí estaba otra vez, saltando mortalmente por un puente a la reviviscencia del hechizo, de uno a otro deseo. Parecía que las manos del hombre estuvieran hechas para abrazar así a una mujer, y para dominar el conjunto en el reflejo. Jeannine no se había vuelto de cara a él, y seguía con la cabeza relajada, echada hacia atrás, como buscándole. Ambos eran entonces una entidad sensitiva completa, a la que no faltaba siquiera el pasmo visual. Este pasmo les retuvo unos instantes unidos y perplejos. Certeramente, alejándose un poco, Jeannine apagó la luz de la lamparita del tocador. Desiderio sintió entonces a su lado, brincando a su contorno, los soplidos de un perro.

Il s’appelle «Yucki» —presentó Jeannine, alejándose.

—Es precioso —halagó él.

Dites-moi —inquirió ella—. ¿Te has acordado de mí? Desiderio la miró a los ojos, sonriendo.

—Entonces, ¿me encuentras ahora bonita?

—Maravillosa —admiró él y recorrió de hombros a tobillo con la mirada el largo vestido blanco que, como una túnica, ceñía aquel cuerpo lánguido y soberbio.

—¿Me quieres, pues, un poco? —Y con dos largos dedos Jeannine hacía como que pellizcaba una partícula de amor.

—Mucho más que eso —accedió Desiderio.

—¿De verdad? —insistió ella, como si se le iluminara el rostro ante esa confesión—. Je me suis aperçue tout de suite que quelque chose devait se passer entre nous. Tu as beaucoup d’élan… — añadió, entornando levemente los ojos.

Todo eso era ilusorio, era, sin duda, convencional y afectado; pero era un artificio incitante, sabroso; Desiderio se acercó y la estrechó en sus brazos.

—No, no… —protestó ella, separándose—, laisse-moi tranquille. —Y, sonriendo ya, entregó a Desiderio un magnífico abrigo de visón para que le ayudara a ponérselo. Acababa de ponerse un delicioso sombrero, una especie de extravagante y maravilloso casquete de la misma piel.

Al entrar en el «Suizo» Desiderio cuidó de que su aplomo fuera digno de su situación. Se sentía perfectamente tranquilo, lúcido y seguro de sí. Había cogido del brazo a Jeannine y al pasar ante el viejo portero que inclinó su cabeza, llevó la mano a su bombín y lo extrajo sin alterarse un pelo. Jeannine respondió al «buenas noches» del portero con un «buenas noches, Adrián»; luego exhaló de sí su abrigo con la levedad de un suspiro y Desiderio dio el suyo y su foulard de seda a la doncella del guardarropa; inmediatamente sintió, como se siente el calor de la llama al acercarnos a una fogata, el murmullo vivo y la agitación de las mesas. Levantó su mirada, obligándola a recorrer lentamente el panorama. Era preciso arrostrar la situación sin delatar timidez ni inquietud. Acababa de pasar el Rubicán y no había vuelta atrás posible.

Se azaró al reconocer a alguien que inclinó su cabeza, saludándole. Pensó que ya estaba hecho. Pero luego se tranquilizó. Basereny, era, al fin y al cabo, un hombre de mundo, y no le iría a su padre con el soplo. En otra mesa estaba su amigo del colegio, Clemente Pidal; cenaba con un extranjero de tez morena y pelo absolutamente blanco, el cual afianzaba en aquellos momentos su monóculo en el ojo derecho, para descascarillar el fragmento relapso de una langosta suntuosa. El maître, que llegó apresurado, extendió en aquellos instantes su brazo hacia la derecha, en dirección opuesta, indicándoles el camino.

—¿Estará bien aquí, señor?

Jeannine había ido ya hacia su silla, que un camarero retiraba para que se sentara.

—Está bien, Ramiro —dijo Jeannine.

Ya sentado, Desiderio observó el local con más calma. Se paró en una mesa del ángulo. En ella, de espaldas, estaba el conspicuo y eterno noctámbulo Teodomiro Flo, invitado por tres amigos. En el momento en que advirtió que Teodomiro iba a volverse, sin duda porque los comentarios de sus comensales acababan de llamar la atención sobre la belleza de Jeannine, Desiderio desvió su mirada y miró atenta y delicadamente a su pareja. «¿De verdad estás bien en esa mesa?», porque sabía que la mirada de los cuatro había quedado prendida de Jeannine y que el murmullo vago y agitado que llegaba hasta ellos estaba cuajado, en aquellos instantes de susurros y de preguntas, impregnado de la admiración y el asombro que su entrada había despertado, no en aquella, sino en todas las mesas. La turbación que le producía el sentirse centro de todas las miradas coartaba sus movimientos. Volvió lentamente su mirada hacia otro ángulo y observó que en una mesa de hombres maduros, con facha de bolsistas, seis personajes habían distraído su atención del incógnito extranjero de la langosta, compañero de mesa de Clemente Pidal, para fijarla sin recato en ellos dos.

Jeannine estaba estudiando la carta.

—Recomiendo el «civet de liebre» o la langosta cardinale; el pavo normando está suculento — sugirió Ramiro.

Jeannine eligió de la manera más absurda.

Je prendrai des «calabacines rellenos» pour commencer —dijo— et… aprés le sole meunière —decidió, devolviendo la carta. Desiderio eligió a su vez.

Jeannine sacó de su bolso un espejito diminuto con un pequeño marco de diamantes. Mientras simulaba arreglarse el peinado —o quizá Io hiciera de verdad— observó delicadamente por esa mirilla, que oscilaba deliberadamente con levedad a un lado y a otro, la parte del local que estaba a sus espaldas. En un instante, Jeannine lo captó todo: una pareja de beldades españolas surgidas de las variedades del «music-hall» y «retiradas» por dos pródigos conocidos en un entresuelo del Ensanche; «la Remilgos», reciente y talentuda revelación de la canción española en «La Buena Sombra», acompañada por su empresario, grueso y radiante. Weyler, un ser que debía su apodo a su portentosa semejanza con el general de este nombre, la que había dado pie a multitud de equívocos; luego, el racimo de lágrimas de los apliques de luz reverberando en los espejos; las flores de los panneaux de la pared, cuajadas en el hueco oval de los muros; más abajo, la calva del marqués de X, junto al clavel de pelo de «la Venecia», su querida; el chaquetón de un camarero y la llama azul de unas omelettes al ron. Y la mirada, aparentemente distraída de monsieur de Hugtenhagen, aburrida y casi lacrimógena. «¡Cómo me quiere ese imbécil!», pensó Jeannine. Hábilmente inclinó un ápice su espejito y al descubrir un bulto blanco, pelota de pelos adormilada en una silla junto a las rodillas del holandés, dijo para sí, sonriendo por dentro: «Bonsoir, Kitty», y añadió en voz alta dirigiéndose a Desiderio: «J’ai soif», mientras cerraba la mirilla en su bolso y apuraba, delicada, pero íntegramente, un vaso de vino de Sauternes.

Resultaba difícil atender a la vez a Jeannine, improvisar de pronto una conversación hábil que pudiera situar a Jeannine correctamente en una dirección, capaz de arrastrar hacia él aquellos impulsos que la llevaban a interrumpir para pedir una nadería al camarero o para comentar cierto detalle absolutamente alejado de su círculo vital y afectivo. A cada instante, Jeannine parecía marcharse de allí en pos de cualquier cosa que la distrajera, o de un pensamiento que de pronto, como un ave intempestiva, cruzara su imaginación. Desiderio se volvió locuaz. Descubrió su emoción en París, a los dos días de la ruptura de las hostilidades. Pero Jeannine le interrumpió: «Ne parlez pas de choses tristes».

Otras veces intentó desviar a Desiderio hacia la confidencia trivial. Él se quedó un poco perplejo cuando ella le preguntó, en apariencia muy en serio:

Dites-moi. A quel âge commencez vous, les garçons, à faire la crapule?

Desiderio sonrió.

—¿Por qué lo preguntas?

Ça m’intéresse beaucoup.

Desiderio contestó en broma que así que podían.

Con la luz clara, rutilante, viva y movediza, con el tráfago de los camareros, silenciosos y raudos, como diplomáticos, y el crescendo de los murmullos y de las voces, Desiderio miró ya atrevidamente a las mesas. Con el curso de los vinos se sintió el ánimo despejado, la voz adecuada. Sentía entonces la vanidad de estar cenando con Jeannine, una especie de orgullo.

En el local no se distinguían ya los seres, mezclados en el polvillo rutilante de la luz, como de oro; se oía la voz de Weyler: «A mí me molestan los matones —decía—. En general, soy cobarde, pero me crezco». Y gesticulaba, moviendo a risa a sus compañeros de mesa.

Ella le dijo que aquella noche quería que la llevara a sitios donde se viera la crapule. Desiderio bebió en los ojos claros, en la mirada transparente de Jeannine todo el contrasentido de la proposición. Lo que más excitaba en Jeannine era sin duda su mirada transparente.

Est que tu ne le fais pas souvent? —preguntó con malicia. Desiderio no tenía intención de mentir.

Eh, c’est pittoresque, c’est tout… —y quedó un instante mirando fijamente a Desiderio. Era como si escudriñara de pronto su pensamiento.

Tu es un brave garçon. C’est pour ça que je me suis tellement éprise de toi.

El porvenir entero se convertía por momentos en un camino ascendente y recto, festoneado de almendros. Desechó de pronto una rara y agobiadora imagen: el reflejo de las gafas de Llobet en su despachito; y sonrió, sin saber por qué, al extranjero de pelo blanco, que, riendo aparatosamente con media boca a causa del monóculo, levantaba su copa y miraba a Jeannine o a él, no sabía.

Oui, je veux aller avec toi á «La Criolla» a «Juanito el Dorado». Ce n’est pas loin?

Desiderio le dijo que estaban a la vuelta, podían ir a pie.

Ella le obligó a comer aprisa, a que descorcharan en el acto la botella de champán. El estampido aturdió a Desiderio, como si temiera la mirada de los testigos de semejante espumarajo. Pero la mesa bullanguera reía con las gracias de Weyler y, detrás, estaba solo el gordo caballero extranjero de ojos mustios y la bola de pelo de pequinés, dormido sobre la silla. Desiderio no veía más que un fantasma obeso, calvo y melancólico llevándose con una cucharilla a la boca un flan al ron.

—¿Vámonos? —propuso, casi ordenó Jeannine, mirando nuevamente en su espejito, después de retocarse el rostro con la borla de su polvera.

—Sí.

Y Desiderio, ante la cuenta que había pedido y que no miró siquiera, sacó de su cartera un billete. En el acto las figuras reflejadas en el espejo, los panneaux, los lagrimones de los apliques, todo se diluyó vagamente en una atmósfera bamboleante y mágica. Jeannine se levantó y él, secundándola, colocó sobre sus hombros el abrigo de visón, que fue prodigiosamente recogido por ella con sus dos manos blancas y finas, adornadas solo por un brillante enorme, verde, amarillo, violeta, encarnado; y al rozar Desiderio con sus labios aquel destello singular, sintió huir, súbitamente herido, el levísimo vuelo de los finos y largos dedos, el nácar de las uñas y se sintió turbado por la mirada viva de los ojos de Jeannine, que le reprendían y se le entregaban.

La frondosa pirotecnia de las luces de la Rambla estalló de pronto sobre sus pupilas. La brisa de la calle era aliviadora. Todo parecía bullir, crepitar alegremente bajo los faroles y luminarias. La copa de los plátanos callejeros era como una marquesina, como un toldo que brillaba removido por la ventisca. La muchedumbre vivía un extraño frenesí. Del «Café Catalán» salían tres mujeres con un orondo oficial de enormes bigotes «a lo káiser»; un limpiabotas señalaba sin resultado los leguis del militar. La Plaza del Teatro era un lago de luz. Del ojo de sombras del Arco del Teatro surgían cinco muchachos esgrimiendo unas botellas. Se pararon a beber y a discutir algo en el mostrador del chiringuito lleno de pegotes con cromos de toreros. Bajo la luz clara, radiante, del Teatro Principal, se fraguaba el ocio alegre de la noche. Unas vienesas entraban en un automóvil con un caballero anticuadísimo, de macfarlán y chistera, al que un chófer con galones ayudaba a poner pie en el estribo. Demi-mondaines, estudiantes, militares, unos tipos con sombrero campero, una gitana con un niño, vendedores de lotería; y una abigarrada muchedumbre entraba y salía de la calle Escudillers, olorosa de aceite y húmeda de vino y cante flamenco. Una pequeña vendedora de ojos negros, envuelta en un mantón, se agarraba a los faldones del abrigo de Desiderio.

—Le trae la suerte, señor; cómpreme un decimito.

Vio a Jeannine iluminar con los ojos aquella figurilla desharrapada y tiznada de mugre. Buscó en sus bolsillos unas monedas.

—Toma, no quiero billete.

Sintió el brazo de Jeannine que hacía un hueco en su propio brazo. No pudo dejar de sentir que ese brazo era tibio y liviano, que no pesaba, que no se movía, que no daba más que calor y un sutil escalofrío. Pensó en Crista. Pero desahució ese recuerdo.

Venía del puerto el olor tan profundo de algas y maderos que servía para despejar cualquier pensamiento importuno. Sonó con sordo soplido uno de los barcos de la Transatlántica. Y luego esas sensaciones se mezclaron a un olor de cuartel. De los muros de Atarazanas brotaban haces, faroles. Había, más allá, sombras de mujeres que se movían lentamente en la penumbra. Unos soldados cruzaban con calma, frente a esas mujeres, envueltos en largos capotes. Por la calzada subía un faetón decrépito, del que emergían unos brazos desnudos y unas risas femeninas. De todo trascendía una euforia sensual y picante. Jeannine caminaba con pasos airosos, lentamente, cogida de su brazo; pero levantaba de vez en cuando su vista como si buscara las estrellas.

La oscuridad de la encrucijada de Atarazanas hizo que la figura de ella resaltara de pronto como una aparición radiante. Se quedaron parados, uno frente al otro. Ella pasó sus finos dedos por la sien de Desiderio, acariciando sus cabellos. Luego le confesó, sin pensar, lo que pensaba.

Tu es vraiment beau, tu le sais?

Y se dejó besar.

Cuando entraron en la calle del Cid se sintieron deslumbrados. Era una calleja corta, devastada, fraudulenta. Los adoquines desiguales torcían el fino tobillo de Jeannine, que se arrimó más al brazo de su acompañante. Pero de todos los portales salía luz. Y esa luz mostraba los rostros más horrendos, los mechones de pelo femenino más mustios y rojizos que Jeannine había visto jamás, las bocas y ojos más siniestros que podía haber imaginado. Unas viejas de rostro empequeñecido por las arrugas no renunciaban, sin embargo, al colorete y alguna de ellas estaba en la sombra hablando con hombres jóvenes, encendida la última llama de unos ojos grises casi mustios. Adolescentes mendigos se manoseaban en la oscuridad de un patio, al que daba el reflejo de unas ventanas iluminadas en las que se veían pequeños paños puestos a tender. La pareja de policía paseaba pacíficamente entre los grupos. En la puerta de un tugurio iluminado a síncopes por una flor de bombillas coloradas, se apoyaban varias mujeres de falda cortísima, de enaguas deshilachadas hechas con telas de los más acerbos colores. Una de esas mujeres, joven aún, pero de rostro destruido por los potingues, fumaba con una larga boquilla. Su falda se ahuecaba hacia arriba mostrando toda la deformidad de su vientre. Aquel suceso no venía a turbar su paciente espera, sus visajes de persuasión ofrecidos a marineros y trajinantes, que salían bebidos, tambaleándose, del portal contiguo. Y había chiquillos que dormían entre esa podredumbre, abrigados en un envoltorio de sacos y papel, como desechos de ese comercio nauseabundo.

Jeannine miraba con curiosidad a cuanto la rodeaba. Desiderio se sentía un poco agobiado por la turbulencia del ambiente, pero procuraba disimularlo. Jeannine parecía en cambio sentir por todo una condescendencia nefasta. Miró fijamente la deformidad en la cintura de una zagala de pocos años, que corría perseguida de lejos por un viejo y se perdía en un portal.

—Cuando la pille… ¡Maldita! —oyó que mascullaba el hombre, limpiándose con una mano sucia la baba que caía sobre los pelos de su barba.

—¿Entramos? —repuso Jeannine ante el portal donde se encendían y apagaban con gran reclamo las letras de «La Criolla».

Ese local se parecía a un gran barracón de feria, adornado con exceso de falso lujo. Estaba casi enteramente tapizado de espejos. Podría haber sido un entoldado vulgar, adocenado, de dimensiones reducidas. Los palcos rodeaban el entarimado, y lo mismo esos palcos que la pista se hallaban llenos de un gentío delirante, agitado, que voceaba toda clase de palabras, sin parar. La mayor parte de los conspicuos de ese local paseaban ante los palcos contoneándose y canturreando, al par que con mirada terca o tierna o con cómicos desplantes intentaban insinuarse a los espectadores. Cuando nuestra pareja entró en el local, sobre la tarima estaba bailando, al son de unas castañuelas, un hombre escotado como una mujer, vestido con falda de topos y grandes faralaes. Otro invertido pasó junto a Desiderio y le miró, al tiempo que masticaba un cumplido silabeante. Desiderio cogió a Jeannine por el brazo, llevándola hacia una mesita, en un rincón, desde el que se podía ver todo el espectáculo.

Desiderio se sentía aturrullado. Se sonrojaba cada vez que uno de los «artistas» le dedicaba una letrilla sibilina. Algunas de las canciones vociferadas por esos espantosos engendros eran de una procacidad estremecedora. Y Jeannine se hacía traducir el sentido de tales palabras y reía luego con ganas. Al cabo de un rato, y ante la insistencia de los «números» que se dirigían a Desiderio, ella comprendió que estaba molesto.

Tu as eu un succès fou… —subrayó, irónica—. Allons, vite. Je suis très, très jalouse.

Y cruzaron nuevamente la sala; salieron a la calle.

Por callejuelas estrechas torcieron de nuevo hacia las Ramblas. Pero antes de desembocar en el Arco del Teatro, un rasgueo de guitarras, unas palmadas, una voz quebrada hicieron parar a Jeannine. ¿De qué se trataba? Cuando Desiderio le contestó con el nombre de «Villa Rosa», le cogió de la mano y se metió en el local.

Pidieron una botella de manzanilla y se encendió el vértigo de la canción a su contorno.

¿Qué tendrá de singular, de inexpresable, de auténticamente hondo ese parafraseo lento y atormentado, en el que suenan los lamentos, como un salmo y las desgarraduras son finas y certeras como las de una cuchillada? Verdaderamente, Jeannine se quedó entonces sin aliento, fija en los ojos de Desiderio, como si la música descubriera de pronto la raíz de todas las cosas, la razón de los corazones y de los seres. Sus ojos no delataban asombro ni pesadumbre, ni candor ni angustia. Pero era como si al fin se hallaran sin querer ante la sima de la propia alma, abierta y negrísima. El cante azotaba sus sentidos y sentía que, en la manera como era mirada por su acompañante, era absoluta e íntegramente deseada por él, sin que los labios necesitaran hacer la súplica ni elevar la voz. Sentía a Desiderio a flor de su piel, como una caricia tremenda.

—No quiero ya a esa cordera;

que de tanto acariciarla

se volvió fiera…

Sintió un temblor, el de una fuerza intuitiva y poderosa que le arrancaba de sus modales, de sus mentiras, de su estúpida transigencia. Miró a Desiderio a los ojos, sin pestañear, durante un tiempo que le pareció una eternidad. Él apretó su mano casi hasta hacerla sangrar. Y unas chicas, unas muchachas morenas y rozagantes como un fruto, revoloteaban elevando a los aires sus faldas pomposas, hasta quedar hieráticas, con una mano en alto y otra en la cintura desafiando al mundo, sorprendidas por el silencio con que se rompía el ritmo desenfrenado, crispante, armonioso de las «sevillanas»…

Jeannine se acercó al oído de Desiderio, le susurró unas palabras y luego que se quería marchar. El aire de las Ramblas la atemperó de nuevo.

Desiderio titubeó, solo el instante en que ella pudo inventar todavía una nueva parada, y proponer un alto más en su itinerario. Pero ya Desiderio sabía ahora con certidumbre que ella sería suya aquella misma noche, que ya no le haría luchar más. Y el ritmo de un «fandango» se diluía atrás, lanzando sus ecos y el rasgueo de sus guitarras en las callejuelas que acababan de dejar y sobre las que parecía haberse sellado su pacto de complicidad y de entrega.

Pasaron al interior del cabaret por un misterioso abrirse de los grupos, sobre los que la fascinadora belleza de Jeannine ejercía el efecto de un estilete. Era preciso que antes de llegar a casa pudieran evocar y celebrar su encuentro en el mismo lugar en que se había producido. Así quería Jeannine provocar al hado que le había puesto dos días antes en manos de Desiderio, y así quería ella que los acontecimientos de aquel hallazgo fueran reavivados y celebrados en la memoria de él. Jeannine se adelantó inmutable, realzada por la intensidad de la iluminación, y no se volvió a Desiderio hasta casi mediado el local, donde había llegado cruzando entre las mesas, sin mirar a nadie. Habían cambiado de aspecto todas las gentes. Se hallaban mezclados a un público heterogéneo, pero muy elegante. Y Desiderio hermanó a muchas de las figuras que estaban en el «Excelsior» con las que un par de horas antes había encontrado en el «Suizo». El camarero se acercó a ellos y Desiderio puso en su mano una moneda; automáticamente aquel abrió un camino y les condujo hasta una mesa de pista para dos, casi invisible, oculta entre las otras.

La orquesta acababa de tocar un «shimmy» y atacó bravamente un tango argentino. Un hombre vestido de frac, con una cicatriz en la cara morena y calzado con unos zapatos de charol con un tacón considerable cruzó la pista solitaria que las parejas habían abandonado y se dirigió a una mesa. Inclinándose con una reverencia ceremoniosa invitó a bailar a una dama.

Este bailarín profesional, llamado Luigi, era una de las columnas pilares del «Excelsior». La dama a la que acababa de invitar no era precisamente una niña; era una mujer de unos cincuenta años, que salió a la pista sin abandonar su larga boquilla en la que humeaba un cigarrillo. Quedó en la mesa otra señora parecida a ella, pero de más edad, con profundas arrugas bajo los párpados. Pronto otras parejas salieron a bailar. Jeannine estaba retocándose ante su espejito de diamantes, al que ladeaba imperceptiblemente a un lado y a otro.

Luigi y la media docena de parejas que danzaban en la pista eran como bosquejos raudos, extasiados y fluctuantes que fueran y volvieran de las diversas páginas de un libro hojeado con prisas. Cruzaban y se desvanecían, iban y volvían ante los ojos de Jeannine sin que penetraran en su conciencia.

Vous ne m’aimez plus? —preguntó a Desiderio, de pronto, cuando terminó el tango y la orquesta insinuó los primeros acordes de un vals.

—¿Por qué?

Parce que vous ne voulez pas danser.

Jeannine se levantó. La pista había quedado otra vez solitaria. Salieron al centro. Desiderio rodeó el talle de su pareja; quedó un instante inmóvil en la mitad de ese abrazo, la apretó contra sí y arrancó a voltear lentamente.

Giró turbiamente a su contorno un tramo de local, que parecía estrellado y cruzado por iris fantásticos, como la burbuja del champán o como un paisaje submarino. Vio al marqués de X y a su amiga «la Venecia», con su clavel en el pelo; a la dama de las bolsas moradas bajo los párpados; al príncipe de Cuba, el aristócrata del baile, con Concha Montalbán, la anciana que le retenía y el pequeño Walter, su ayuda de cámara; a Weyler, las beldades hispánicas y sus dos estruendosos amigos; vio entrar en aquel momento a Clemente Pidal y al extranjero de la langosta; y entre ellos, hasta crear una atmósfera compacta, docenas de hombres y mujeres que bebían y hablaban. Toda la fauna del noctambulismo barcelonés crecida y ensanchada por los beneficios de la guerra, por la impunidad, por la prosperidad de los días, por un ansia irrefrenable de agitarse, de gozar y de lucir, se hallaba allí reunida. Y no vio más: cerró los ojos, meciendo dulcemente a Jeannine, rozó con su mejilla la delicada piel del rostro de ella. Y de nuevo al marqués de X y a su amiga «la Venecia» en la lenta marejada del vals; y los de más, de nuevo… Las luces, las cortinas, los espejos, los palcos y una botella en el cubo de plata, otra botella y unos vasos de whisky y unos guantes de mujer. Las miradas de todos iban girando lentamente a su paso. La sien de Jeannine olía vivamente a violeta y su carne reposaba pasmosamente dura en su brazo, amoldada prodigiosamente a él, en el ritmo dulce y ensoñado de los violines, suaves y cadenciosos. Y, parándose solo un instante, deshacía a la inversa el ovillo de la música, casi sin fuerzas, en esta oleada lenta, fantasmal del vals. El príncipe de Cuba, en una mesa, señalaba ahora sus pies, invitando a la Montalbán a admirarles. Desiderio se alejó un poco del rostro de Jeannine, para ver sus ojos. La mirada de Jeannine estaba entregada a él, a la danza y a la expectación, a la admiración que causaba. Y allí, al fondo, en el bar, la figura borrosa del obeso extranjero que comía su flan al ron en el «Suizo», con su perrito en el brazo y en la otra mano el cubilete de los dados, que agitaba abúlicamente sobre el mostrador sin dejar de mirarla.

Je t’aime —susurró ella al oído de Desiderio, apartándole levísimamente. Él acarició esa mano; rozó delicadamente cada una de sus yemas; luego acarició las uñas, las junturas, la palma y el envés. Era un roce casi insensible, pero cargado de una efusión turbadora. Se sentían el uno al otro a oleadas, con el percutir de los pulsos, con el palpitar de la sangre.

Se sentaron de nuevo. El camarero descorchó el champán. Desiderio y Jeannine quedaron en silencio, mirándose fijamente a los ojos. Todo cuanto estaba a su derredor era como si se hubiera evaporado. Al cabo de un largo rato, abriéndose paso entre la aglomeración y el barullo, salieron del local.

Por la empinada escalera que llevaba a aquel ático extraño en que Jeannine, como una paloma extraviada, había instalado su vida, junto a la Rambla de las Flores, sobre las arcadas de la Plaza Real, Desiderio sentía el rumor amenguado de los pies de su amiga que iban abriéndole paso en la oscuridad. El mundo femenino ajeno a Crista había sido hasta aquel momento para Desiderio en Barcelona un baluarte cerrado, una muralla con una puerta hermética, fosos, puentes chirriantes y artilugios que había de forzar denodadamente. Las experiencias en este punto del joven Rius, como las de todos los hombres de su condición, estaban llenas de prejuicios y dificultades. Había franqueado esta muralla por las encrucijadas más fáciles, pocas veces y a deshora, y le había quedado en las manos el dolor y la deshonra del forcejeo con la herrumbre más vil. La puerta de la alcoba de Jeannine se abrió, en cambio, de par en par, antes de la madrugada, y con ella el espectáculo de una vida en plena realidad, la silueta y la forma de un fonógrafo sobre una consola, flor de trompa violeta que exhalaba una música susurrada, un lamento venial junto a las cretonas, los cojines, los frascos, la docena de libros echados sobre una poltrona. Jeannine se movía y se desperezaba entre esos objetos en desorden, frente a su ajuar abierto sin reparos a los ojos de su huésped, como un ser que nada tuviera que oponer a la dificultad con que este intentaba musitar las palabras de amor, de sumisión y de cumplido que atemperan la violencia del implacable deseo. Los largos brazos desnudos de Jeannine se dejaron prender desmayada y férvidamente alrededor de los hombros, del cuello de Desiderio. Y este se halló entre ellos, atrapado por ellos, sumergido en ellos, justamente cuando las vueltas del disco del fonógrafo habían cesado; cuando al silencio de la aguja que perforaba los caminos yermos del disco extinguido siguió un silencio total, en el que se alborotó, con un asomo de palidez lechosa, filtrada por los postigos, el piar de gorriones innumerables en el exterior, como un lejano eco de su propia turbación.