II

NO ERA NECESARIO entrar en el ostensivo principal que la viuda Fernández y sus vástagos habitaban en el Paseo de Gracia para darse cuenta del volumen de las transformaciones que en él estaba introduciendo su dueña. El polvillo del cemento y la arena cubrían a grandes trechos el fino mosaico de la entrada; por los balcones abiertos asomaban los tablones de los pintores y estucadores y desde la calle se veían filamentos y cables sueltos emergiendo del techo ochocentista del principal. Se preguntaba Desiderio cómo sería posible sostener allí una visita de cumplido, ni cómo podría Evelina ejercer en la actualidad sus soberanas funciones sociales, tan pulida y cumplida en el conjunto de sus deberes. Las escasas posibilidades protocolarias de la vivienda de Evelina se pusieron más de manifiesto justamente en el curso de las cuarenta y ocho horas que Evelina había señalado como término del despego de Desiderio. En efecto, nuestro hombre pasó curioseando por allí la mañana del día que Evelina le había indicado y pudo darse cuenta del agobio que habrían de causar en los pasillos y salones los muebles y baúles que unos hombres estaban descargando frente a la portería, desde los lomos de un carro de mudanzas de un color amarillo chillón. Pasó Desiderio de largo por la calzada, con temor de ser descubierto por la madre de Crista, que sin respetos humanos de ningún género presidía desde el balcón central del piso la operación de descarga. Tan puntillosa y guardadora de los arquetipos más estrictos de su métier de ama de casa, Evelina no desdeñaba, sin embargo, cuando las ocasiones lo requerían, mostrar a las claras y a la luz del día sus arrestos de mujer de acción, de mujer que va a lo suyo sin importarle un ardite la opinión de los demás.

Por lo que sea, Desiderio decidió dar señales de vida, pero no tal como Evelina le había propuesto. Llamó aquel mediodía a Crista por teléfono. En el temblor de la voz de la muchacha, en las pausas de su conversación, como si se recuperara en ellas de la emoción que le producía escuchar la voz que la llamaba, adivinó Desiderio la sinceridad de la impaciencia que ella había sentido. Y, sin embargo, hacía esfuerzos infelices por disimularlo.

Acostumbrada por el ejemplo de su madre a usar de evasivas y circunloquios, intentaba aparentar una indiferencia y frialdad, una continencia que estaba lejos de sentir. Increpaba bromeando a Desiderio con el mismo tono de reproche con que Evelina le había rociado días atrás. Pero sea porque Desiderio ya estuviera precavido contra todo tipo de remojón dialéctico, sea porque el talento de Crista era para esos lances inferior al arte de su madre, su interlocutor no se dejó asombrar. Fue él quien tomó la iniciativa.

—Como creo que debéis estar muy poco para visitas, ¿por qué no nos encontramos tú y yo en cualquier lado? Dime, ¿qué ibas a hacer esta tarde?

Crista titubeó. Contaba con que Desiderio iría a verla a su casa por descalabrada que esta estuviera, con lo cual, en presencia de su madre, la sorpresa del encuentro quedaría a salvo de titubeos e irreflexiones.

—¿Pero tanto miedo te da una casa en reformas? No tengas temor, que no se cae. ¿O es que tienes miedo de ensuciarte? Tranquilízate. La parte de atrás ya está terminada.

—De todos modos ¿no ibas tú a salir?

Ante el temor de que el muchacho decidiera aplazar la entrevista, ella accedió.

—Sí. Pensaba ir al Polo un rato.

—Bien, pues podemos encontrarnos allí. ¿A qué hora?

Quedaron de acuerdo para las seis y media. Desiderio pidió permiso a su padre para salir de la fábrica una hora antes. Don Joaquín empezaba a regatearle su benevolencia. Le hizo observar que en adelante su trabajo requeriría la totalidad de un horario normal. Aunque de mala gana accedió al saber que habían llegado sus amigos.

—Sé puntual a la hora de cenar —le reconvino.

Desiderio entró en el Polo, en el que no había vuelto a poner los pies desde su marcha a Inglaterra, cuando la luz de la tarde septembrina decaía sobre los largos parterres, sobre la pelouse del campo de juego, sobre el chalet y la veranda del Club. Se acercó al chalet y miró a través de unos de sus ventanales. En una de las butacas estaba Crista, junto a un reducido círculo de jóvenes y muchachas de su edad. Entró en el local y la vio incorporarse nerviosamente. Se separó del grupo y se acercó a él.

La emoción que le había sorprendido por teléfono también se expresaba en la manera de retener su mano, de apretarla. Lo más inadecuado de su disimulo era la risa que brotaba de sus labios a cada palabra.

—Pero si estás más alto. Vamos, que te vea los talones.

—No, no hay trampa, soy así.

Ella no dio explicaciones a nadie y ninguno de los del grupo con los que había conversado hasta entonces se extrañó de que se alejara sin dar ninguna excusa. Se fue con Desiderio a un rincón del local.

Desiderio la contempló entonces, la admiró sin disimulo. Todo cuanto ella encontraba en él de cambiado no era nada en comparación con los cambios que Desiderio podía observar en su joven amiga. Esa impresión le impedía incluso expresarse con claridad.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así?

Crista se había vuelto una muchacha soberbia. No podía recibir de golpe la impresión de toda su belleza, ni adecuarla con solo una mirada a la figura de la muchacha tímida, todavía por hacer, que había dejado antes de su partida. Sí, ahora sí podía reconocerla. Su rostro era el mismo de antes, un poco más redondo quizá. Pero había algo indómito, pleno, absolutamente conseguido en su cuerpo, de líneas perfectas, en su talle, que ajustaba en lo alto la madurez firme de los senos, en las prietas caderas, en las piernas largas, en las esbeltas pantorrillas. Todo ello era coronado por una intensa melena negra, que caía sobre los hombros, apenas oculta por una gran boina blanca que acentuaba el tono vivo de la piel, bronceada por el sol del verano.

—Pero, dime algo. ¿Por qué te quedas así, pasmado?

—Perdona, chica, pero… ¿Sabes que estás muy guapa? Ella se volvió de espaldas, un tanto sonrojada. Eludió:

—¿Pues tú qué te creías? ¿Ves como habías perdido la memoria?

En aquel instante Desiderio lamentó vivamente no haber pensado más en ella, haberse dejado aturdir por otras impresiones y otras imágenes.

—No es verdad. Nunca te he olvidado.

—Vamos, que te voy a creer.

Y Crista se volvió de nuevo de cara a él.

—Como que habrás sido un santo en aquellas tierras.

El extranjero se le antojaba un vasto lugar de libertades y descaro. Por su parte, él observaba que la transformación de Crista no era únicamente física y exterior. Había en ella algo más desenvuelto, algo indefiniblemente malicioso y pertinaz.

—También sé que tú lo has pasado bien en Caldetas.

La imagen de su pretendiente ocasional, del incógnito Pablito de Inglada durante el verano vino a nublar un instante su coloquio. Porque por nada del mundo hubiera renunciado ahora Crista a aquel muchacho que tenía enfrente.

—¿Yo? ¡Pobre de mí! No me conoces.

Desiderio se acercó a ella.

—Dime. ¿Por qué no damos una vuelta por fuera? No hace nada de frío. Me molestan estos — dijo, indicando al grupo que seguía en su rincón.

Crista accedió, sonriendo con cierta malicia, como si no se atreviera a dudar de las intenciones de su compañero. Le miró con aire socarrón.

—¿De verdad no hace frío?

Salieron al exterior. La oscuridad era casi completa y tardaron en reconocer, en las sombras desiguales que poblaban de manchas negras su derredor, los bultos del paisaje. Árboles y construcciones tenían una extraña dimensión, estaban poseídos de ese poder profundo del silencio, seguros de su soledad. Reconocieron la mancha parda, la línea de los caminales. Se apartaron lentamente de la menguada claridad que se derramaba en la veranda desde el interior del chalet. Pronto quedaron solos en el silencio de los parterres.

—No sé cómo lo habrás pasado tú, ni si te acordabas mucho de mí —empezó Desiderio, sin mirar a Crista, caminando lentamente a su lado—. Por lo que a mí hace puedo decirte que he soñado más de una docena de veces en lo que estoy haciendo ahora. Pensaba que algún día caminaríamos así, uno al lado del otro.

—¿De verdad? —preguntó ella, ilusionada, halagada—. Pues yo… yo te he echado mucho de menos.

—No era solo por la noche. También de día pensaba en ti. A veces pensaba: ¿qué estará haciendo ahora ella? Hubiera dado cualquier cosa por poder volar a tu lado, por sorprenderte en cualquier momento en lo que estuvieras haciendo. Y ya sé lo que has hecho durante estos meses.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué ha sido?

—Pues…, ponerte guapa.

Crista rio, alegremente. Ahora se pararon, uno frente a otro. Desiderio contempló en la penumbra el trazo blanco y expresivo de los rasgos de su amiga. Sus ojos grandes y oblongos eran como un destello, como una oleada de negrura anhelante en la blanca tez. Los labios, prominentes y bien diseñados, dejaban ver al abrirse levemente, como si se dispusieran a balbucir algo, una ristra de blancos dientes perfectos. Estuvo a punto de abrazarla allí mismo, pero, estremecida, echó a andar de nuevo.

Bordeaban la valla del campo de Polo. Crista pasaba su blanca mano sobre la superficie de madera. Avanzaban hacia el extremo del campo. Allí se veía, sumergida en la penumbra, la forma de un banco. Desiderio caminaba un poco en pos de ella, viéndola andar, admirando su paso. El talle flexible balanceaba con un ritmo suave y hermoso el tronco esbelto de la muchacha. Al andar, en la tiniebla del campo, su cuerpo pletórico y firme destacaba la gracia de sus formas.

—Sentémonos. ¿No quieres?

Ella se sentó primero. Desiderio tardó unos instantes, goloso de sus más leves gestos. Nunca hubiera sospechado que pudiera encontrarla tan hermosa e incitante. Para él, era como si estuviera junto a una mujer nueva, a una femineidad insospechada. Y no podía menos de sentir un secreto orgullo al advertir la nostalgia que había provocado en su amiga el lapso de su ausencia. Todas las miradas de ella, sus palabras, sus ademanes más nimios contenían el peso de su añoranza rescatada.

Se acercó, se sentó a su lado, cogió sus dos manos y empezó a besarlas. Un insecto nocturno, quizás un ratón, o un gato sigiloso, hizo mover las ramas de un arbusto que estaba a sus espaldas. Pero Crista estaba demasiado conmovida y aturdida para atemorizarse. Y él la miraba fijamente, sin la decisión necesaria para lanzarse sobre esa presa prodigiosa. Al fin se acercó lentamente.

Al principio, por unos instantes, ella se retiró, apartando su cabeza de los labios que la buscaban; pero en seguida se dejó pillar; se diluyó en las caricias que aquel rostro le estaba arrancando a tropeles. Y al fin entreabrió su boca húmeda, se dejó libar el beso torpón que la sometió enteramente.

Así estuvieron, besándose en silencio, un largo rato, hasta que ella sintió una pesadumbre, una insatisfacción por lo que hacía.

—Oh, déjame; no puede ser.

Él se puso también de pie a su lado. Le agradaba ahora la expresión cavilosa y cenceña, el aire descompuesto que Crista acababa de cobrar. Parecía mortificada, arrepentida por lo que acababa de hacer.

—Tenemos que portarnos bien, Desiderio. Créeme, te lo ruego.

Él quiso acercarse nuevamente, pero ella le retuvo. Estaba apoyada en la baranda del campo y él, en cierto modo, la acorralaba con su cuerpo contra la valla.

—Deja, sé bueno. Dime, ¿nos veremos muy a menudo?

—Claro que sí.

—¿Todos los días?

—Todos los días, si tú quieres.

Eso venía a significar que eran ya novios. Pero Desiderio no decía nada.

—Dime, ¿quién te ha enseñado a besar de ese modo?

El silencio de Desiderio no le pesaba. Lo había dicho por decir, pero prefería ignorarlo. Se sentía ahora tan radiante y feliz que no le importaba ya en absoluto quién pudiera haber sido la mentora de Desiderio durante aquellos meses.

Ella se arregló el pelo, con una mano larga y diestra que sabía ahuecar con un remolino la fluente melena. Luego sacó un pequeño pañuelo y afinó toscamente sobre sus labios los desperfectos presumidos de su boca. Luego pasó su mano sobre el pelo de Desiderio, echando para atrás un mechón rebelde que caía sobre su frente.

—Tenemos que irnos. Me vendrá a buscar la acompañanta y quiero que me encuentre allí — dijo—. Tenemos que ser juiciosos.

Se acercó a él y le besó con suavidad la boca.

Cuando llegó a su casa se sintió realmente feliz. El reencuentro con Crista significaba mucho más que lo que había supuesto. Crista no era ya una chiquilla; era una mujer magnífica, la que tendría a su lado, la que venía a decorar su existencia, a darle un sentido, un impulso que no esperaba. Se metió derechamente en el despacho doméstico de su padre. Vio a don Joaquín inclinado sobre unos papeles, sentado ante su escritorio. Se dio cuenta de lo brusco de su entrada y quedó parado en seco por el cuidado que su padre ponía en su labor.

Todas las noches, antes de cenar, Joaquín Rius hacía recuento de sus gastos, pasándolos al anuario que guardaba en uno de los cajones del escritorio. Era esta una costumbre inveterada, de hombre metódico, a la que el viudo daba una importancia exagerada. Sobre la mesa del despacho vivía un acopio de objetos e instrumentos que pertenecían al más remoto pasado de la vida doméstica. El pisapapeles de cristal, el recipiente en que se guardaban «clips» y gomas de borrar, plumillas y cabos de lapicero; un cortapapeles con la empuñadura de marfil, regalo de un cliente que había estado en Hong Kong en años remotos y que iba amarilleando con los años en la luz sombría del aposento… Restos del naufragio de los años, conservados por un prurito rutinario en aquel desván de recuerdos y de decrepitudes.

—Ve con cuidado. Andáis echando las colillas sobre las cosas, sin pensar en nada —amonestó sordamente, al ver que Desiderio aplastaba el resto de su cigarrillo en la vasija de objetos inútiles. Y levantó su vista hasta alcanzar con ella el rostro sorprendido y acalorado de su hijo.

—¿De dónde vienes?

—He ido al Polo —explicó él.

Don Joaquín siguió escribiendo. Apuntaba primero en unos reversos de sobre usado aprovechados como borrador la cifra de gastos: «Compra: 9,85». «Lampista: 3,20». «Asilo de San Juan de Dios: 1,50», etc. Luego pasaba en limpio al satinado anuario el conjunto de ellas: «Imprevistos: 0,60». En esa columna de modestas cifras se basaba, a su entender, la solidez de la estructura social. «Tranvías: 0,30». Echaba mano de la regla, trazaba con la pluma una línea impecable y sumaba debajo: «Total: 16,45». Aplicaba el secante a la hoja y cerraba el libro con estruendo.

—De modo que has ido al Polo. ¿Lo has pasado bien?

Desiderio afirmó. En aquel momento los nudillos de Josefina dieron en la puerta anunciando la cena. Pasaron al comedor.

Durante la cena no se puede decir que aquella noche la conversación fuera muy abundante. Don Joaquín sorbía la sopa con un sordo rumor, que a veces, antes de su marcha a Inglaterra, enervaba a su hijo. Ahora ya se había resignado a él. Las cucharadas subían rítmicamente hasta la boca de don Joaquín, seguidas de ese leve ronquido plebeyo. En una de ellas el cabo de un fideo quedó enroscado en la barba del hombre. Desiderio quedó un instante perplejo, dudando si avisarle o dejar que el fideo cayera por su cuenta.

—¿Sabes que es muy probable que obtengamos una exclusiva de mucha importancia?

No sabía con exactitud a qué se iba a referir su padre.

—Me he puesto en contacto con el representante de la intendencia francesa en España y tengo buenas impresiones.

—Sería una gran cosa, ¿no? —acertó a decir Desiderio, sin dejar de pensar en Crista.

—Sí, sería muy bueno.

El cabo del fideo seguía en su sitio, balanceándose irónicamente con las palabras, pero sin soltarse.

—Por cierto; no me has dicho nada de tu visita a la Academia. ¿Ya te has inscrito?

—Sí, ya estoy apuntado. Empezamos el día uno.

—¿Y el sastre? Mira que luego todo son apretones.

—Iré la semana que viene.

Por fin, en un movimiento brusco de la mano, el fideo fue arrastrado por la servilleta. Desiderio respiró tranquilo. Luego, con la verdura, empezaron a hablar de las opciones que había recibido para comprar el caballo que debía llevar al cuartel consigo. La proposición más conveniente era la de un picadero de Gracia, que los tenía muy propios para ese uso. Habían de ser potrancos de buena carnadura, sobrios y sufridos, con una apariencia de fina estampa como la de ciertos ayudas de cámara que, amparados por una llamativa gualdrapa, podrían pasar por tan aristocráticos como sus dueños. Don Joaquín pareció quedar bastante satisfecho de los informes de su hijo.

Finalmente, con el entrante, la conversación terció sobre la familia Fernández. Desiderio le dijo que había estado con Crista y su grupo en el chalet. Al informar a su padre de que no había ido a su casa porque estaba perdida de obras, don Joaquín tuvo una frase casi irónica.

—Esa Evelina… Claro, ahora ha quedado libre de cargas… Se refería a que, con la partida de su hijastra Carmen al convento, la viuda Fernández había recobrado enteramente la soberanía de sus feudos. Nunca las dos mujeres se habían llevado bien. Lento, premioso, pero con raptos de energía que asomaban bruscamente en su diálogo, el viudo Rius parecía el relieve de cobre de un medallón, una oscura y manoseada moneda de otros tiempos, sombría y cejijunta. Por su cabeza bullían cifras, bailaban presupuestos, cabalgaban descuentos y porcentajes. Desiderio le dejó así, hundido en sus cavilaciones, cuando le dio un beso en la mano (nunca le había besado de otro modo) y se retiró a su cuarto.

Durante los días que siguieron, Desiderio, todas las tardes, al salir de la fábrica, se veía con Crista en el Polo. Le incomodó la presencia cada vez más frecuente y agobiante, al lado de Crista, de una hierática acompañante de corte anguloso y ojos centelleantes que respondía al nombre de Rita, sin duda bien elegido para quien hacía tantos imposibles por interrumpir todo aparte de la pareja, tal como habían proyectado el primer día de su encuentro. Los besos tenían que ser besos furtivos y las palabras de los dos topaban muchas veces con la mirada inquisitiva y virulenta de la vestal, a la que Evelina, en un rapto repentino de escrúpulos, había contratado con esas instrucciones. Pero Desiderio se acostumbró hasta a eso y un contacto de manos, una mirada, una sonrisa de Crista vinieron a suplir suficientemente el arrebato de su primer encuentro.

El primero de octubre Desiderio hizo su ingreso en la Academia de instrucción militar. Había de pasar allí un par de horas todas las tardes durante los tres meses que le faltaban para su ingreso en el servicio, hasta salir completamente ilustrado sobre la disciplina. Esa Academia era un largo local polvoriento con visos de almacén abandonado, situado en una de las callejuelas que desembocan en la izquierda de las Ramblas. La luz era menguada y macilenta, pero el ambiente que halló en ella le desquitó de su primera impresión y le hizo acoger con simpatía los horizontes castrenses que empezaban a abrirse a sus perspectivas.

A partir de su ingreso en la Academia sus encuentros con Crista tuvieron que reducirse. Durante octubre y noviembre no se vieron más que los sábados y días festivos; pero, en esas jornadas, los novios se desquitaron de pleno. Las obras del principal de Evelina habían progresado y Desiderio pasaba en casa de Crista la mayor parte del día.

En la Academia militar Desiderio encontró un equipo de muchachos que pudieron darle una idea de cuál sería la característica de su vida de cuartel. Estos hombres procedían de todas las esferas de la vida ciudadana. El instructor, un militar retirado de la guerra de Cuba, hombre de frondosos bigotes y perilla teñidos de rubio, les arengaba con un lenguaje pintoresco, cargado de retórica y de sinapismos.

—Un, dos… ¡Marcialidad, señores! ¡Mar!…

Un aire zumbón y ahíto de aviesas intenciones flotaba en el ambiente de la Academia. Los fusiles de madera con que los futuros reclutas hacían sus ejercicios daban un poco el pego de esa guerra pintoresca para la que se preparaban y eran como ardides de una jugarreta en la que se hallaran metidos sin querer. Eran inútiles las rimbombantes reflexiones que desbordaban entre bigote y perilla del retirado coronel.

—En San Juan hubiera querido verles, señores. ¡Allí silbaban! En otras ocasiones don Crisanto hacía alarde de sus condiciones de estratega.

Vean ustedes a los alemanes. Gallardía y aplomo. No perder la serenidad. No atacar de frente, sino de flanco. Aquí, aquí.

—Y señalaba un punto imaginario en un mapa grosero que tapizaba uno de los muros de la clase teórica.

Un tumulto de gritos, imprecaciones, silbidos, hurras, atronaba los aires cada vez que el vetusto oficial aludía a las hembras antillanas a las que había favorecido con su protección, luciendo en su trato con ellas los modos caballerescos a la española de que estaba imbuido.

—Había damas soberbias, grandes señoras, que no hubieran dudado dar su sangre por la tercera. Señores, la tercera compañía era el florón de los ejércitos de Cuba. Pero yo opino, señores, como en mi juventud, que la mujer no ha nacido para la guerra. ¿No les parece?

Una tarde, entre dos ejercicios, se acercó a Desiderio un muchacho de facha impecable, vestido según los más estrictos cánones del dandismo, dotado de una elegancia de magazine de modas, a la que daba más relieve el asomo de una calvicie prematura y un recortado bigote de una gran simetría bajo la recta nariz.

—Me llamo Anselmo Durán. Sé que vas a Caballería. ¿A qué Regimiento?

—A Santiago.

—Lo celebro. Yo también voy allá.

Descollaba de los demás por su indumentaria impecable y por sus modales. Tenía un chic un poco afectado, una presunción que no tardó en darse cuenta Desiderio de que era más aparente que real. Pronto congeniaron. Hablaron de sus proyectos, de cómo habían resuelto sus respectivos equipos. Como no podía dejar de ocurrir, Anselmo Durán estaba también de pruebas para el equipo con Almagro, el sastre militar de mejor corte de la ciudad, de quien se decía había cortado algunos de los uniformes del rey. Quedaron de acuerdo para encontrarse al día siguiente, antes de la hora de instrucción, en el taller del sastre.

Almagro era un hombre que hacía poco honor a la clientela que tenía y a la que se le atribuía. Bajo, gordezuelo, lleno de pequeñas cicatrices que minaban su epidermis, se paseaba precipitado y apresurado por el probador de su taller con el metro de hule que le colgaba a ambos lados de su desproporcionada cabeza, sin prodigar esas frases y cumplidos que hacen de los sastres, por regla general, cabales hombres de sociedad. Su habilidad artesana no se hallaba correspondida por ningún tipo de habilidad social. Verdad es que no tenía competidores de relieve que pudieran pisarle la clientela.

Se probó primero Anselmo Durán y después pasó Desiderio al probador. El intenso azul del paño parecía una pincelada mal hecha sobre el hilo de su camisa de paisano. Pincelada que acentuó sus trazas episódicas cuando Almagro, con un audaz tirón de sus manos, desbastó enteramente la costura que unía el pecho y la espalda de la hipotética guerrera para volverlas a unir, apretándolas una contra otra sobre el hombro de Desiderio y fijando las dos piezas con alfileres.

—Póngase más derecho, señor. Así.

Y echaba una acerada mirada al conjunto, retirándose unos pasos. Luego resoplaba a gusto, mientras garrapateaba con una tiza en el entallado.

—Bueno, ya está listo para la última prueba. Vuelva al final de la semana que viene.

Así empezaba a tomar forma ese nuevo ser que ocultaría bajo una simulación aguerrida un cierto apocamiento juvenil. Desiderio salió del probador sintiéndose más hombre.

—¿Sabes qué he pensado? —propuso Anselmo, al bajar las escaleras, consultando su reloj—.

Que como vamos con retraso podríamos hoy saltarnos la Academia. ¿Qué te parece? Por un día no van a echarnos de menos. ¿Por qué no vamos un rato al «Iris»?

Desiderio no conocía ese lugar, inaugurado pocos meses antes, durante su estancia en Inglaterra. Anselmo cantó sus hechizos. Según él, no tenía nada de común con las salas de baile que existían hasta entonces. Nada de profesionales como las del barrio chino, sino chicas estupendas, que parecían «decentes».

En efecto, la entrada del local, que estaba situado en pleno Ensanche como si se aventurara a desafiar al medio burgués y apacible que le rodeaba, no tenía nada de común con la de los garitos del barrio chino, a los que era de rigor entrar después de haber echado una ojeada escrupulosa a toda la calle. Parecía que allí se pudiera pisar impunemente y sin cuidado. Algunos grupos de jóvenes esperaban en el vestíbulo, junto a las vidrieras. Desde allí se oían los gemidos de unos violines y el sonido del acordeón. Llamaban la atención aquellos ritmos en medio del panorama callejero más apacible y anodino, en aquella calle habitada por una colmena gris de gente increíblemente prudente. Los ritmos del tango ponían un temblor en la desparramada sucesión de cristales de los patios interiores, encalabrinaban de noche a los soñolientos vecinos de los pisos de alquiler, y sacaban de sus casillas a los venerables serenos nocturnos, los del policromado tarjetón de Navidad, los históricos serenos de la décima rupestre, de la farola y del aguinaldo. Para Desiderio no dejaba de ser eso una sorpresa y de contener una pizca de incentivo. Anselmo sacó los billetes y entraron en el local.

Al principio Desiderio no vio nada, pues la luz era escasa y azulada. Solo se veían unas sombras en la pista que danzaban apretadamente a los acordes de un tango lastimero. Pero a medida que su mirada se habituó a la luz pudo distinguir mesas y figuras y comprobar que los anticipos que su amigo le había hecho se ajustaban bastante a la realidad. El «Iris» era una amplia sala cuadrada, rodeada por una doble hilera de sillas, con unos palcos semiocultos por unas cortinas de terciopelo. El local tenía una abertura que daba a otra sala más pequeña y con más luz; era la sala de juego. En las mesas se le daba al «bacará» y al siete y medio en silenciosas timbas de mucho giro. Una gran parte de los asiduos al «Iris» lo eran por la brillantez de sus tapetes. El conjunto quedaba sumido en la poderosa y delicuescente armonía de los violines de la orquesta, dirigida y animada por un atrevido bibelot del tiempo que parecía de yeso pintado, uno de los maestros del tango argentino, el popular Miranda. En uno de los ángulos de la sala de baile había un largo bar, lleno de gente de pie, entre la que pululaba el mujerío.

En ese ambiente de elegante crápula la facha distinguida de Anselmo Durán se desenvolvía con gran naturalidad. Apenas entrar se le colgó del brazo una muchacha espigada, con dos grandes moños rubios en la nuca y un ancho palmo de escote exhibido sin rebozo, que ostentaba el bíblico diminuto de Sara. Sarita pretendió llevar al bar a Desiderio y a Anselmo, anunciando la presencia en él de cierta Consuelito de primera calidad. Pero Anselmo adoptó una actitud displicente. Echó una ojeada al local entero, antes de transigir. Con unas palabras eludió la proposición de Salita, prometiendo vagamente pasarse por el bar más tarde.

Acababa de advertir los gestos con que le saludaba desde lejos un muchacho de baja estatura, vestido de una manera llamativa a la última moda. Se acercó, cruzando entre las parejas que bailaban, y saludó a Anselmo con grandes expresiones de júbilo.

—Chico, cuánto tiempo sin verte. ¿Dónde te has metido?

Anselmo se escudó en la instrucción. Lo presentó a Desiderio. Se llamaba Félix Parés. Luego Anselmo le preguntó por cierto amigo.

—Sí, está en la sala —señaló el pequeño hombre, indicando la sala de juego—. ¿Le quieres ver? —y se ofrecía a ir en su busca.

—No. Ya iremos luego por allá.

—Avisadme, iremos juntos. Se me acaban de perder un par de artistas de mucho «canapé».

Desiderio entró en los matices de un léxico que no había oído nunca y Félix Parés habló de «hembras con refilón», de mucho «dengue»; a la cartera le llamaban la «gloriosa».

Los dos amigos se dirigieron al bar. Anselmo lo llevó hacia la sala de juego.

—¿Ves aquel hombrón que está jugando? También viene a «Santiago».

Entre las cabezas de los mirones apareció, sumida en un hondo letargo meditativo, la cabeza voluminosa y soberbia del personaje a quien Anselmo señalaba. Desiderio le observó un instante; pedía carta con un signo sigiloso. Era un muchacho rubio, de frente estirada y anchos hombros.

Le fueron servidas primero una carta, luego otra. Mostró el juego. Con gran solemnidad atrajo hacia sí con sus grandes manazas cuanto dinero en fichas sembraba de círculos, cuadrados y rombos al tapete verde.

—Los va a desplumar a todos —opinó Anselmo, invitando a Desiderio a salir.

Inmediatamente ocuparon plaza en el bar y se presentó Sarita con dos amigas. Una de ellas, llamada Olvido, se consideró desde el primer instante adjudicada a él, a Desiderio. Era una muchacha muy morena, de labios gruesos y una dentadura robusta y blanquísima, cuya arcada superior apenas podía quedar ni un instante oculta en la boca; sus ojos eran grandes y bellos y miraban fijamente de una manera que quería ser incitante y resultaba inexpresiva. La otra compañera de Salita, Consuelito, reía a sus anchas ante las explosiones de humor de Félix Parés, que acababa de llegar al bar. Estaba colorado y avivado por un mejunje que acababa de tragar de un tirón y que hacía destellar sus ojitos bajo el cristal de las gafas. Consuelito era la viva estampa de la muchacha de cabaret, una andaluza de formas redondas, de carnes frescas y dispuesta a lo que fuera.

—¿No quieres bailar? —propuso la negroide Olvido a su pareja. Desiderio, un poco aturdido, se dejó arrastrar hasta la pista.

Desiderio bailaba muy bien. Desde jovenzuelo, en casa de Evelina, había practicado a los sones del piano o del fonógrafo los bailes de moda. Su pareja se aplastó contra él y se deslizaron juntos entre las docenas de parejas que llenaban la sala. Entre ellas, en el centro, el bailarín de la casa hacía una exhibición acabada de «black-bottom» con una de las profesionales del local.

El roce sensual de la mujer, diestra en su menester incitante, le infundió arrestos y una cierta euforia.

—¿De dónde eres, Olvido?

—Soy canaria. ¿Y tú?

—¿No se me nota?

—No. ¿Eres de aquí?

Pero tales escarceos de filiación quedaron pronto sepultados en la oleada sensual que reavivó a Desiderio. Era una empresa elemental y tiránica la que ejercía el cuerpo de la bailarina arropada al suyo.

Concluido el baile volvieron al bar. Desiderio se encontró con un vaso de whisky en las manos. A su lado, Félix Parés deliberaba con dos muchachas francesas, que chapurreaban un mal español de diccionario.

Recordó que al proponer la visita al «Iris» Anselmo Durán había hablado de una remesa de media docena de francesas, novedad deslumbrante en Barcelona.

—Un «sigarrillo» —mendigaba una.

Le llamó la atención el aire, entre doctoral y cosmopolita, que adoptaba Félix con ellas. Había abandonado gracias de salón y desparpajos de entoldado para adoptar una postura pasablemente refinada, a la francesa. Pero por mucho que buscó en sus bolsillos no encontró un cigarrillo. Fue Desiderio quien sacó su paquete.

Este paquete pasó de mano en mano, se alejó, siguiendo la línea del bar, y regresó a su punto de partida completamente exangüe.

Entonces Félix Parés acertó a encontrar su paquete y, guiñando el ojo a Desiderio, le ofreció un pitillo.

Desiderio se arrimó enteramente a Olvido, que había solicitado del bar un potingue verde en el que bailaba una guinda. Desiderio sorbió lentamente su whisky.

No podía negar que empezaba a encontrarse a gusto en aquel lugar. La música le reanimaba casi tanto como el whisky. Un moscardón astuto silabeaba, sin embargo, en sus oídos, que no podía descuidarse, que era ya hora de regresar a casa.

—¿Por qué no nos reunimos cualquier noche? —propuso Félix—. Anselmo Durán tiene un piso estupendo. ¿No vendríais vosotras? —preguntó a las francesas.

—Quizá…

—Lo pasaríamos de primera. Bebida a discreción.

Desiderio quedó un poco retraído. Era enorme la distancia que le separaba de ellos todavía.

Mientras meditaba de ese modo hubo en el grupo del bar un movimiento de expectativa y unos gritos femeninos. El amigo de Anselmo salía de la sala de juego y llegaba al bar, embolsillándose unos fajos de billetes.

—¿Ha ido bien? —preguntó Olvido, alejándose sin el menor reparo de Desiderio.

El hombrón se acercó, pasó su brazo sobre el hombro de Félix Parés y dirigiéndose, al parecer al local entero, ofreció:

—¿Qué queréis beber?

En aquel instante reparó en Anselmo, que estaba a sus espaldas.

—¡Hombre, qué hay!… ¿No tomas nada? —ofreció, con gran optimismo.

—Sí, estoy tomando…

—Nada, ochocientas. No está mal… —dijo, mostrando el fajo de dinero. Inmediatamente rodeó a Olvido por el talle y la levantó en vilo, en un alarde de confianza en sí mismo y en ella. Ella pataleó en el aire, protestando.

—Suelta, eres un bruto.

Félix Parés se constituyó en parásito del jugador afortunado. Empezó a hablar por los codos, ora a las francesas, ora a Durán o a Desiderio. Este quedó con un vaso de whisky en las manos, desparejado y abúlico. Miró su reloj. Debía pensar en marcharse.

Anselmo fue en su ayuda. Lo llevó al lado del corpulento jugador y se lo presentó. Se llamaba Pablo Inglada.

—Conque ¿tú también vas a Santiago? ¡Venga esa mano! —y la estrechó, apretándola.

Y el jugador se dispuso a ingerir, uno tras otro, tres vasos que se había hecho colocar en batería, mientras Desiderio apuraba su segundo vaso. Antes de terminarlo decidió partir. Se despidió de todos.

—A ver si vuelves mañana —le dijo Olvido, cuyo nombre era por lo visto una ironía del destino.

El sabor de los dos whiskies enturbiaba ligeramente sus percepciones. Y, sin embargo, se sentía despreocupado, feliz y dispuesto a la mayor transigencia con todo el mundo. Se encontró frente a su padre, que estaba sentado en el escritorio y que sacó parsimoniosamente de su bolsillo el reloj.

—¿Sabes la hora que es?

La pregunta deslió del todo las suavidades anímicas de Desiderio y le incorporó de un golpe a la realidad. Eran las nueve y veinte.

Enfurruñado, su padre se levantó. La cena discurrió sin la menor palabra. Don Joaquín estaba demasiado metido en sí para preocuparse por ese silencio. Después de cenar, Desiderio se fue a acostar en seguida. Dio, maquinalmente, el beso de costumbre en la mano de su padre. Se acostó, sin apagar la luz.

Aquello que en la realidad había pasado por su ánimo como la cosa más natural y usual del mundo aparecía ahora en su recuerdo con unos perfiles luminosos, borrosos y ensoñados. Pero del rato transcurrido en el dancing quedaba a la postre, sobre el contacto de la muchacha que había bailado con él y el rumor de los violines, el rostro de alguien que le atañía directamente y que en aquel momento acababa de descubrirle su incógnita.

«¡Pablo de Inglada! Este es el nombre que me dio Paco en la playa. Ese debe ser el que le hacía la “rosca” a Crista».

Y sonrió divertidísimo. Pensó en ella; su imagen se perfiló con toda su gravedad, tal como era. «Claro —se dijo—, no me engañaba cuando me dijo que le tomaba el pelo»… Y pensó en los excesos del presunto pretendiente, en sus manejos de dinero, en su manera de beber. No le quitaría el sueño.

Se adormeció; en aquel instante, la dentadura blanquísima y rara de Olvido, una comba ancha de grandes dientes, se fue acercando a sus ojos como si los fuera a morder. Apagó la luz.