XXII
LA CONVICCIÓN de que algo empezaba a hacer aguas en el navío en cuyos bordos se había embarcado Desiderio tan precipitadamente, llenó de esperanza y de desasosiego febril a la viuda Fernández. El procurador Javier de Castro, con los ojos aún turbios de sueño y el cuerpo baldado por el sacrificio de su calvario en el reveillon, le contó los pormenores de la larga velada, sin olvidar detalle, ni siquiera el descarado rebufo de Jeannine; cuando Evelina conoció de sus labios la triste realidad: el beso prolongado y a las claras que los dos amantes se habían dado en presencia de «todo el mundo», la borrachera de Jeannine, el baile apretadísimo, etcétera, pasó por momentos de indescriptible inquietud. ¡Ah!, pero había algo más: en el curso de aquella noche se había movido por primera vez públicamente a las mil maravillas el resorte de la trampa que el doctor Duró había colocado puntual y oportunamente a monsieur de Hugtenhagen. Y el señor de Hugtenhagen había sido públicamente desenmascarado, también «ante todo el mundo»; obligado a provocar un escándalo, a seguir a un policía hacia la comisaría; tratado a la vista de todos como lo que era, un delincuente peligroso que debe rendir cuentas y al que hay que desenmascarar; colocado, en suma, en la más elocuente y diáfana vindicta pública; marcado para siempre con una señal de oprobio indeleble. La organización de Duró se había demostrado sin duda excelente. Y a través de las palabras de airada protesta de Hugtenhagen, tanto en el interior del cabaret como en la comisaría, se desprendía claramente que el holandés estaba ya hasta la coronilla de tanta molestia y que no tardaría en hacer los bártulos y marchar. En este caso, ¿qué otra opción le cabría a la modelo que esconderse entre la paquetería del holandés, mezclarse entre ella como una maleta más, sin que por eso en la aduana se les ocurriera retener al viajero por «exceso de equipaje»? Las noticias eran, pues, en conjunto, inmejorables y, rebosante de esperanza, la viuda Fernández se dispuso a esperar que los acontecimientos marcharan por sí solos. Unos cuantos toquecitos más y la cosa estaba hecha.
Si por este lado Evelina creyó que podría respirar tranquila, por el lado opuesto los nubarrones no habían desaparecido. Evelina era poco secundada por su hija, mejor dicho: no lo era de ningún modo. Era una pena muy grande que Crista no quisiera comprender. El día de Reyes dio un timbrazo en el principal de Evelina un botones que jocosamente aseguró venir de Mesopotamia y estar todavía muy cansado del viaje, el cual era portador de una caja de cartón de proporciones grandes como un ataúd de esos blancos en que van a su última morada los cuerpecillos de los chiquillos —esa es la lúgubre idea que le vino a la cabeza a Evelina en cuanto leyó en la tarjeta el nombre de Pablo de Inglada— y de la cual fue extraída una preciosa, grandiosa, deslumbrante muñeca dotada de todos los adelantos. Una muñeca que movía los ojos, los labios y las cejas, que andaba y decía «papá» y «mamá» y que seguramente hubiera dicho otras cosas si Evelina no la hubiera mandado fulminada, y por sus propios pasos, lejos de su vista, a la parte opuesta de su principal. El regalo indicaba que Crista aceptaba requiebros, invitaciones, quién sabe si otros regalos más comprometedores del titular de Valterra. Evelina tuvo que contenerse para no cantarle claro a su hija en el acto todos los peligros a que se exponía con su actitud, con su benevolencia y con su agrado, y para no pronunciar el tajante: «Te lo prohíbo» que tenía en la punta de la lengua. No lo hizo porque seguía en sus trece: si Crista notaba que ella se oponía a los cortejos de Pablito, solo por llevarle la contraria se dejaría cortejar aún más. No obstante lo cual, llamó a Crista al salón, para charlar un rato, y sondearla.
Era tal y como ella se figuraba. Lo que tenía Crista era ganas de provocar y de gallear, porque aunque la muchacha se engañara a sí misma a este respecto, lo evidente era que desde la ruptura con Desiderio estaba desesperada. Crista se dejaba pretender por Pablito exclusivamente porque pensaba que quizá sus liviandades llegarían algún día a los oídos de Desiderio. Crista estaba infundida de unos deseos de revancha increíbles, incontrolables, que la podían llevar, por el peor de los caminos, a aceptar un noviazgo por despecho, por ira. Las asiduidades de Pablito no eran más que el reverso del «me las pagará» que Crista dirigía continuamente a Desiderio para sus adentros. Tales eran, por lo menos, las conclusiones a que llegaba Evelina después de hablar con su hija.
—No, si no es ningún mal que te envíe un regalo así en día de Reyes. Pero… ¿ya sabes que aceptar regalos equivale, en cierto modo, a un compromiso?
—¿Y qué? ¿No me los hacía Desiderio y, sin embargo, no estábamos comprometidos?
—Bueno, concederás que no era lo mismo. Siempre había creído que erais novios —reparó, puntillosa, Evelina.
—¡Bah!, novios… ¿Qué significa eso? ¿Y si Pablito y yo lo fuéramos, qué?
—Oh, no digas barbaridades… Es un matón, Dios nos asista. Comprendo muy bien que quieras distraerte, pero no cierres tu porvenir. Los hombres, y más los hombres jóvenes, no son como tú te imaginas. A lo mejor, un día, Desiderio puede reflexionar y… en suma, que el amor es algo muy serio y no viene así, a voleo. Cuando dos personas se conocen y se compenetran, hay mucho de ganado, ¿no crees?
—Mamá, mamá, no me hables de Desiderio, te lo ruego… Es un malvado, es un… —y, a punto de llorar de rabia, Crista se retiró del salón.
«Amor, amor, eso es lo que tienes —pensó su madre—. Pues si es así espera, chica, ten un poco de paciencia, que el otro volverá. Nunca se está perdido del todo, mientras él no se case… Y como precisamente lo que no hará es casarse con esa… cocotte…».
Pero si Evelina acertaba en eso, se equivocaba en cambio al menospreciar las posibilidades y las energías que alentaban en el pecho del nuevo pretendiente de Crista. En la decisión que había motivado las arremetidas de Pablito de Inglada contra Crista Fernández prevalecían dos elementos capaces, cada uno por sí solo, de hacer vestir al heredero el «chaqué» de boda y de llevar al cíclope al altar con chistera y guantes. El primero, es que no podía mirar los grandes ojos de Crista, bajo la gran boina blanca en que le agradaba ocultar una parte de su extraordinaria melena negra, sin que todo su enorme ser se sintiera zozobrar. Y el segundo, que a los veintidós años, el heredero acusaba prematuros signos de cansancio. Por sus manazas habían pasado todas cuantas beldades de comarca, de arrabal o de sala de baile se habían puesto a su alcance. Había comprobado más de una vez la fugacidad de ciertos cariños desmesurados y el poso de avaricia que cabe a menudo en la charca azul de unos ojos de Carcassone, de Cuenca e incluso de Mollet. En tales circunstancias doña Consolación siempre había enviado fondos y, con ellos, consejos y beatas amonestaciones. Pero las cosas tienen un término y ahora Pablito estaba decidido a cambiar de vida y a conquistar a Crista para casarse con ella.
A través de la información obtenida en la «salita de los cristales», la ilustre dama Consolación de Inglada, tía de Pablo, no pudo formarse una idea demasiado favorable de la persona en quien su sobrino se había fijado para perpetuar la progenie impávida y medieval de cuya sangre era para ellos arca y sagrario. Pero la decisión del muchacho era de todos modos, como decimos, terminante. El farol que, en el portal de la casa Inglada de la Puerta del Ángel, sostenía una esbelta ninfa de bronce era la antorcha victoriosa que alumbraba el retorno del pródigo sobrino a los cauces de la ortodoxia familiar. Subiendo lentamente por la escalinata, el bastón en la bocamanga, y con lentas y rotundas pisadas sobre la alfombra de la escalera, descalzándose lentamente los guantes y parándose un momento a hablar con el portero, Pablito rendía a sus tías una visita semanal, calculado homenaje que venía a subrayar la sinceridad de su comportamiento.
Por mucho que un acontecimiento de este tipo pretenda pasar en secreto, la repentina efusión sentimental de Pablito y su cambio total de costumbres eran suceso demasiado trascendental para que pasara inadvertido. La noticia de que Pablito se había enamorado como un loco y que estaba haciendo los papeles más insospechados en persecución de una chica de la sociedad, tuvo en seguida tremendas repercusiones en la más dispar topografía ciudadana y comarcal. En el colapso moral, en el hundimiento consiguiente se esfumaron media docena de rubicundas y angelicales vírgenes que, azuzadas desde tiempo inmemorial por cada una de las tres señoras —pues tanto Consolación, como Elvira, como Eulalia, tenían sus respectivas y privadas candidatas y sus personales predilecciones—, no habían hecho otra cosa en la vida que soñar largos años en el pelo bien planchado, en la testa soberbia, en la silueta exuberante, en los blancos dientes de Pablito y, solo en segundo término, pero con igual vehemencia, en su patrimonio y su caudal. Los signos de este terremoto social se registraron en Sarriá y en la Bonanova, en la Avenida del Tibidabo y hasta en alguna de las grandes fincas con casa solariega y capellán particular de la provincia de Lérida. La principal de las candidatas a la mano y al tálamo de Pablito, la que a juicio de doña Consolación ganaba por lo menos dos troncos a la más cercana de sus seguidoras en esa carrera desenfrenada era una tal Irene Ramis, lisa y sabihonda vestal que había ido creciendo en extensión, aunque no en formas, en la larga espera; al comprobar la exactitud del soplo que cierta alma caritativa le había hecho llegar inoportunamente, esta ninfa egeria sintió brotar de pronto en su alma impoluta los raudales de la vocación religiosa. El despecho y el revuelo de la impensada llamarada de amor que encendía el pecho hercúleo del heredero Inglada, se pusieron de manifiesto en el creciente y en lo exagerado de los rumores que empezaron a anegar los círculos estrechos allegados a doña Consolación, los mismos que hasta aquel momento habían disculpado y perdonado a Pablo todas sus excentricidades y excesos. En sus últimas consecuencias, la noticia fue tan manoseada, abultada y exagerada que el administrador de Valterra se presentó un día inopinadamente en el caserón de las solteras, para indagar si era cierto lo que circulaba por Tarragona, a saber, que Pablito se casaba con una cubana. Los comentarios más sabrosos que habían llegado a Valterra, aquella tierra de Dios, iban cargados a la cuenta de Evelina, que en la descripción que de ella llegó a aquellos confines como madre de la chica pasaba a ser una de esas mujeres «tan extremadas» —expresión bajo la cual se ocultaba el más refinado anatema—, una de esas mujeres que «no se recatan de empolvarse en público, que fuman con boquilla, cruzan las piernas y se dejan vestir por modistos». Doña Consolación tuvo que explicar la verdad al administrador y poner a salvo el honor de Evelina, explicándole que la viuda Fernández nada tenía que ver con las cubanas de abanico y maraca ni con las opulencias de cromo de calendario, añadiendo, además, que las noticias acostumbraban a correr demasiado aprisa, que por el momento «no había nada», ni de boda ni siquiera de compromiso, y que el administrador era norma en la casa que se limitara a la rendición de cuentas y a no salirse de los círculos familiares y sociales que iban desde la casa solariega a las de los colonos, desparramadas aquí y allá, lo bastante alejadas unas de otras para que no cupiera en tales distancias la maledicencia. Con eso, se figuraba doña Consolación, un administrador tenía bastante trabajo.
Por más que se esforzaba en aceptar las circunstancias, doña Consolación no lograba transigir de corazón con la determinación de su sobrino. Como quiso conocer por sí misma y más de cerca la personalidad de la elegida por Pablo, la dignísima hada tutelar del heredero se fue una mañana al Paseo de Gracia y tomó asiento en uno de los bancos frente a los cuales no podía Crista dejar de pasar, acompañada de su carabina y cortejada al otro lado por su sobrino. Sus reparos no hicieron más que confirmarse. Doña Consolación era una mujer de convicciones irreductibles y que, por añadidura, según creía, acostumbraba a no equivocarse nunca en sus primeras impresiones. Le pareció advertir, cuando la chica pasó muy cerca de ella, cierta inquietud y muchas ganas de jugar, mucha frivolidad y muchas pretensiones en aquella muchacha. «Ya veremos cómo acaba eso», se dijo para sí. Le resultaría muy difícil tratar como a una sobrina a ese personajillo pinturero, y su deber era poner todos los obstáculos posibles para que esa hermosura pimpante no pudiera profanar a sabiendas un mundo que nunca alcanzaría a comprender ni menos a servir, un mundo, como el de Valterra, que nunca podría ser el suyo.
Crista reconoció sin dificultad en aquellos ojos grises y fríos que la miraban, a la parienta de Pablito. Este se la había descrito con tal propiedad que se sintió en el acto observada, catalogada por ella en un instante. Se sintió espiada por la vieja señora, reprochada con un golpe de vista certero y vertical en su talle, en su busto, en sus caderas, que la vieja observó de refilón, al desgaire, con mirada escéptica. Doña Consolación se decía que de aquella muchacha no podía nacer un Inglada, el Inglada que era indispensable y que el mundo estaba reclamando.
Pero Pablito se mostraba inflexible.
—Debieras ir a ver al padre. Es un hombre de experiencia y hasta te diré que tienes la obligación de hacerlo —insinuaba un día y otro doña Consolación.
Al fin, el padre Rosal recibió a su monumental sobrino en la «sala de los cristales» una tarde de fines de enero. El sol, que calentaba bastante, cruzando por un alto ventanal, ponía en la abombada frente del jesuita una lámina de brillo, como un barniz, que de vez en cuando secaba con un gran pañuelo.
—Me ha hablado Consolación de ti y de tus intenciones. No dudo de que has tomado una determinación en serio y eso tiene que alegrarnos a todos. Pero el matrimonio es algo tan importante que merece que hablemos un rato. Querido Pablito —dijo, elevando el registro de voz, de órgano grave y monótono—. ¿Estás seguro de querer a esa chica?
—Creo que sí, padre —afirmó Pablito, un tanto minimizado en la exigua estancia, que le venía estrecha, y deslumbrado además por aquel punto de sol en el reflejo—. Creo que es una buena chica.
—Celebro que no exista nada concreto, ni que esa chica haya accedido a tus pretensiones. Tu tía Consolación pone algunos reparos de orden puramente… accidental. Verbigracia: sus costumbres y sus hábitos. Prima: ¿una chica de su condición se acostumbrará a pasar, como es debido, las temporadas en Valterra que requerirán el cuidado de tus intereses?
Pablito, ese aspecto no se lo había planteado nunca. Bien es verdad que mal imaginaba a Crista tal como debía de imaginarla su tía: con un delantal y echando maíz a las gallinas.
—Supongo que esto, llegado el caso, podría arreglarse.
—Secunda: Relativo a su carácter, ¿tienes la impresión de que se amoldará a tu temperamento? Tú no eres un chico fácil, esa es la realidad. ¿Es comprensiva, es paciente?
Tampoco Pablito se lo había formulado.
—En realidad es que… es un poco temprano aún. Somos buenos amigos, pero… nada más, de momento.
—Te hago estas reflexiones —prosiguió el sacerdote como si dictara una de sus lecciones de lógica, o con la exhaustiva prolijidad de sus sermones— porque la comunión de dos almas y de dos cuerpos que es el sacramento del matrimonio no es fácil de sobrellevar ni de alcanzar sino con un gran espíritu de sacrificio por las dos partes. Antes del matrimonio todo se ve de color de rosa… Pero… ¡ah, después!… Hay que desconfiar de una simple atracción carnal. «Beati immaculati in via, qui ambulant in lege Domini», dice la Escritura. Es el espíritu, el amor sincero y verdadero del corazón el que ha de servir de sustentáculo al Sacramento. ¿Y cómo? «In quo corrigit adolescentior viam suam? —el sacerdote hizo una pausa mirando fijamente a su sobrino—. In custodiendo sermones tuos» —concluyó.
No andaba Pablito muy diligente que digamos en atrapar el sentido de esos jeroglíficos. Recordó el extraordinario busto de Crista y miró al jesuita con cierta impaciencia. Pensaba: «¡Qué diablos me cuenta a mí el padre, y además en latín!».
Al salir de la salita había llegado a la conclusión de que el matrimonio era una cosa soberanamente larga, interminable. El padre Rosal había hecho desfilar por su imaginación una serie de lustros y de achaques sucesivos y la estampa de un Pablito decrépito agarrado al brazo de una viejecita sin encantos y sin dentadura.
Esas figuraciones le sacaban de quicio.
«¿Por qué se empeñan en hacerme pensar tanto? —se dijo—Todo el mundo se ha casado y se casa y no creo que tenga nada de extraordinario. Prima, secunda… Verbigracia… ¡Al diablo!».
La entrevista con el padre Rosal había desfigurado y alterado momentáneamente toda su ilusión. ¿Qué encontrarán en Crista, pensaba, que pongan todos esos reparos? E inmediatamente pasó de puntillas por su imaginación la desvaída figura sin talle de Irene Ramis, la flamante novicia de Sarriá. «Eso es lo que querían —se dijo—. Eso… ¡Pero cualquiera se mete a un alfiler así en la cama!».
Se metió en el coche y empezó a rodar por Barcelona. Las muchachas llevaban unos vestiditos que se movían con la brisa. Las jornadas postreras de enero habían barrido del ambiente toda la humedad, todo el polvillo insano, y la neblina; había una transparencia estupenda en el aire. En las terrazas de algunos cafés, los hombres contemplaban sin moverse el paso de las gallardas mujeres, de las que caminan despacio, zarandeando muslos y talle con ganas de llamar la atención. Los poros de la ciudad rezumaban sensualidad y el aire estaba impregnado de una euforia latente.
En la Plaza de Cataluña, de la terraza del «Continental» emanaba perfume de cocottes y entretenidas. Se sentaban de medio lado, para ceder lo más expresivo de sus gracias a la mirada de los caballeros de las mesas próximas. Pablito paró su voiturette en la acera, frente a la terraza y fue a sentarse en una de las mesas. Pidió un «picón» y empezó a beberlo lentamente.
Nunca había pasado por la cabeza de Pablito la posibilidad de tener ningún problema. En su existencia todo había sido resuelto de antemano. Nunca había tenido que rendir cuentas a nadie. Había hecho en cualquier minuto de su vida lo que le había venido en gana. Y el padre Rosal acababa de preguntarle si Crista era comprensiva. ¿Es que barruntaba el padre Rosal que, si se casaba con ella, después de casado reincidiría en las costumbres y los hábitos de soltero? ¡Bah, se ve que el padre Rosal no había visto a Crista! Bastaba con mirarla para saber que no harían falta nunca más distracciones suplementarias, palabra…
Pero… ¿y si luego la chica se ponía fea? Todas las mujeres de cincuenta años, parecen la misma. Todas son feas, pachuchas, con bolsas en los ojos. Pero ¿para qué pensar? También él tendría entonces más de cincuenta años. Ya no le haría falta como ahora, ¿es o no es verdad?
Miró a su alrededor. ¡Eso era vivir! En una mesa muy próxima una mujer rubia, de gruesos labios pintados de rojo mostraba unas pantorrillas moldeadas, de portada de magazine frívolo. Cruzó sus ojos con los de ella, que correspondieron con un lento arqueo de las pestañas, provocativamente. Pablito hizo mentalmente el recuento de los atractivos recónditos de la cocotte, tasados con una mirada vertical y certera. Al llevarse la boquilla a la boca ella insinuó algo que podía parecer un beso, que expelió luego al aire con lentos redondeles de humo. Pablito sorbió un largo trago de su «picón» sin dejar de mirarla. «En realidad, existen en el mundo mujeres soberbias», se dijo.
Esa mujer solicitaba compañía, conversación o rapto mondo y lirondo. Pablito consultó su reloj, deliberando entre si entrar en diálogo y enzarzarse con ella o dirigir sus pasos a otro lado. Ella pareció darse cuenta del titubeo de Pablito y redobló su caza con una mirada insinuante y profundísima, rubricada con un cambio en la postura de las piernas, que cruzó del otro lado para mostrar el esplendor de una rodilla perfectamente amoldada a la seda de la media, en la que estaban bordadas unas flores de color. En aquel momento llegaron a la mesa vacía que separaba a Pablito de su espectacular conquista un grupo de parejas que lapidaron momentáneamente el contacto preliminar que empezaba a establecerse entre él y la cocotte.
Había oscurecido sobre las enanas palmeras de la Plaza de Cataluña y en las aceras se abigarraban las primeras sombras nocturnas. Los vendedores de lotería iban de mesa en mesa ofreciendo el gordo para el día siguiente. De vez en cuando se paraba un automóvil ante la puerta del hotel y de él descendía alguna mujer despampanante o alguno de esos forasteros que bajaban a toda prisa con una cartera en la mano, sosteniendo con la otra en la cabeza la bola de su bombín.
Uno de los que salían en aquel momento del hotel era Anselmo Durán. «Seguro que debe de tener algún plan aquí dentro», se dijo Pablo. Y le llamó.
—De modo que… ¿ahora «tocas» los hoteles de postín?
—No… ¿Por qué? Solo he venido a saludar a un amigo de Madrid.
—Vamos, vamos, que me lo creo. A propósito. ¿Cómo está lo de la cena?
—De primera. En el «Glacier»… ¿Con chicas o no?
—Hombre, si encuentras algo… algo que esté bien…
Anselmo era el encargado de organizar la cena con que los cinco soldados iban a despedirse entre sí, el último día de cuartel. Faltaban solo unos días.
—Siéntate y toma algo… —propuso Pablito. La calva de Anselmo vaciló un poco. Necesitaba Pablito compañía para no enredarse con la cocotte de al lado. Pero Anselmo no era partidario de las terrazas. «Todo el mundo te ve, y no haces nada», era su conclusión con respecto a ellas. Propuso a Pablito ir a otro lado.
Sí, Pablito quería distraerse y despreocuparse. Prima: porque llevaba un tiempo sin pendonear. Secunda: porque le daba la gana. Pensó en Olvido, la negroide, y el recuerdo de sus blancos dientes le espoleó. Pagó su bebida e invitó a Anselmo a tomar plaza a su lado, en la voiturette. Cogió la manivela y, al poco, el ruido del motor retumbó bajo el toldo de la terraza e hizo trepidar levemente cucharillas, vasos y tazas. Arrancaron con un bramido feroz, camino del «Iris», local que todavía seguía siendo para Anselmo el más cargado de alicientes y el más económico.
Un año ya. Un año entero, completo, redondo había transcurrido desde aquella mañana en que Desiderio y Anselmo Durán emprendieron a través de la madrugada de Barcelona, por primera vez, el camino del cuartel. Un año pródigo en sensaciones, en descubrimientos, en emociones. A lo largo de ese año, a través de él, todo había quedado sutilmente transfigurado, deformado. Era otra la manera de enjuiciar el mundo y de enjuiciarse a sí mismo. Era mucho más madura su personalidad, su individualidad, era otra su apostura, su manera de enfrentarse con los hechos; eran otros, y muy claros, sus juicios sobre las cosas. Todo lo que existía con anterioridad a su entrada en el cuartel quedaba atrás, muy atrás. No es que fuera el cuartel el que le había hecho más hombre, más seguro de sí mismo, más independiente. Pero era el contacto con los demás muchachos, la sensación de ser uno más entre todos y la diversidad de caracteres lo que había contribuido a darle noción de su carácter, de su propio ser. Ahora su carácter quedaba contrastado, individualizado; creía saber lo que quería, lo que le gustaba y lo que no. Y por encima de todo, estaba Jeannine, moldeándole constantemente, perfilándole, espiritualizándole, refinándole en cierto modo. Sí, no le cabía duda de que aquel espacio de tiempo que iban a conmemorar, del que se iban a despedir, era muy importante en su vida.
Por la mañana, en el cuartel, el coronel les saludó uno por uno, se despidió de ellos tendiendo una mano amistosa, que cada uno de ellos estrechó con un rostro satisfecho y cordial. A Desiderio el coronel se le ofreció como un amigo: «Venga a verme alguna vez. Charlaremos de caballos. No vaya a olvidarse ya tan pronto de sus amigos. Y, créame… hizo usted mal en no volver a montar a “Cachimba”. Ella lo echaba de menos y usted se arrepintió. Todos hemos caído, más de una vez, sin que eso nos haya llevado a la obstinación de usted. Hay que volver a montar en seguida».
Los muros del cuartel se fueron alejando, quedaron a las espaldas de los cinco jinetes, que llevaron a sus respectivos caballos cada uno en una dirección distinta, dispersándose entre sí ya para siempre. Se despidieron quedando de acuerdo una vez más para su cena en el «Glacier».
Al fin, Anselmo había renunciado a mujeres, instigado sobre todo por Tomás Esteve, a quien molestaban esas exhibiciones. «Que cada cual haga Io que quiera, yo no me meto en eso. Pero mis juergas yo las hago en privado y cuando nadie me ve». Esa conclusión fue muy bien admitida y aceptada por Perico Rovira, cuyos mofletes, cuyas gafas de concha pedían también silencio y clandestinidad en lo tocante a aventuras femeninas; también el plan fue aprobado por Desiderio, que quería salir temprano de la cena para ir en busca de Jeannine, y hasta por Pablito Inglada, a quien los resultados de la tarde en que siguió los pasos de Anselmo Durán le habían hecho volver en sí y reincidir en sus propósitos de continencia. No obstante, no se excluía la posibilidad de una sobremesa sabrosa, pero solo si las cosas salían rodadas y por sí solas, sin necesidad de programas previos, que era con los que la gente solía aburrirse.
En el curso de la cena se evocaron muchas de las incidencias que habían vivido en común durante aquellos doce meses. Las figuras del corneta, la del limpiabotas, la de los sargentos y la del capitán Suárez volvieron a vivir alrededor del mantel, como caricaturas, trazos y croquis de un álbum apresuradamente hojeado, protagonistas de una pantomima graciosa, fecunda en episodios, llena de rasgos irónicos. Pablito y Desiderio habían hecho definitivamente las paces, desde que Desiderio dejara a aquel el campo de Crista libre del todo. Incluso Pablito se mostraba más deferente con Desiderio que con los demás; le pasaba la sal, le obligaba a ser servido el primero y le reía todas sus frases, dándole de vez en cuando un animoso golpe en la espalda, en señal de adhesión. El más terco y pusilánime de todos era sin duda Anselmo Durán. Discutía con el camarero la calidad de una salsa y se daba tonos de gourmet que resultaban falsos.
Se bebió, se charló, se rio abundantemente. Perico Rovira, bajo sus trazos vulgares, que hacían difícil su identificación entre una muchedumbre de muchachos que debían serle muy parecidos en todo el mundo, escondía un carácter atractivo, acentuado por una bondad natural y ciertos rasgos de humor sardónico, que hacían que sus ataques a los demás fueran siempre teñidos de una benevolencia, de una especie de amor subterráneo hacia ellos y que los hacía tolerables y hasta delicados. Se metió con Desiderio hasta hacerle ruborizar levemente.
—Todo fue muy bien hasta que apareció una francesa, y entonces el muchacho izó en el mástil la bandera tricolor. ¿No es así? Se hacía llamar cada dos horas, no dejaba de hacer los puntos como era debido. ¡Pero de qué manera! Aquello eran puntos de sutura, como el que llevó en el labio dos días. Con todo ello, en vez de: «Valor, se le supone…», al nombrarle el sargento decía: «Valor, el que se necesita…».
Al terminar la cena, Tomás Esteve, que se había animado regularmente con los vinillos, propuso ir a prolongar la noche al «Moulin Rouge». Como no había nada mejor que hacer, todos aprobaron su iniciativa.
Los cinco se instalaron en dos palcos del entresuelo, en los que ya en el momento de entrar se infiltraron varias muchachas, de los más diversos tipos: las había de tipo frescachón y resabios gitanos, como la andaluza que se colgó del brazo de Tomás Esteve, al que se empeñaba en confundir con un hijo del rey y aseguraba que un personaje así bien podía venir de incógnito; hasta la alemana blonda que eligió Anselmo y que llevó sigilosamente aparte, para que nadie se la robara. A partir de aquel momento hubo que empezar a ponerse serio para que la cuenta de champán no desbordara los presupuestos más sólidos, control que, pese a tener a la alemana sentada en sus rodillas, ejercía rigurosamente Anselmo Durán, echando por encima de los desnudos hombros de ella, que le rodeaba con los brazos hasta amurallar con su cuerpo todo lo que no fueran sus ojos atisbadores y su ósea calva, unas severísimas miradas a todo aquel, hombre o mujer, que ponía mano en la botella. Pablito se enzarzó con dos mujeres a la vez, a las que rodeó en seguida el talle con sus dos brazos poderosos y por las que se dejaba acariciar entre grandes risotadas.
Por el escenario desfilaron toda clase de números vocales, orales y simplemente mímicos. Un foco de luz perseguía a las «portentos» hasta su cubil, aquel forillo de tela azul en el que anunciaba a cada número el título de la pieza o la vedette que iba a interpretarla. «La jirafa encantada». «El harén del sultán». «La favorita». «Clavelitos». Un repique de castañuelas se anticipaba desde los bastidores a la aparición de muchas de ellas, que salían taconeando o levantando con un sesgo airoso los faralaes de la falda y se paraban luego de pronto, con el pecho acuñado en el aire como una coraza; quedaban así valientemente, oponiendo un desplante a tanta voz, a tanto aplauso y chillido como llenaba las plateas. «¡Viva tu madre!», o, simplemente, «¡Guapa, negra, gitana!»… Y las castañuelas volvían a sonar. Un humo de cigarrillos enturbiaba el local, y los espectadores de platea masticaban regaliz o la colilla de sus cigarros con aire abúlico y paciente. El pianista, un medroso y enjuto anciano de edad indefinible, dejaba su colilla apagada sobre las teclas más bajas, pues ninguna de las piezas del repertorio exigía el uso de más de un par o tres de las octavas centrales. A consecuencia de ello casi toda la superficie del teclado rezumaba nicotina. Al sonsonete de las tonadillas le acompañaba un tambor bien timbrado junto a unos platillos y cierto violín chirriante.
Desiderio dejó a sus amigos que se agitaran como náufragos en la situación embarazosa en que cada cual se había metido. Estuvo un rato más en el palco observando el aspecto de la sala, la catadura de algunos de los hombres que miraban, con un brillo y una avidez extraña en los ojos, los cuerpos desnudos de las tonadilleras que de vez en cuando aparecían en escena, sus ademanes sinuosos, sus procacidades. Después, no pudiendo ya eludir el agobio de cierta muñeca pintarrajeada que le acorralaba contra la pared del cuchitril, se salió como pudo de sus brazos y se despidió, uno por uno, de sus compañeros. Apenas eran inteligibles las frases que le soltaban como despedida Anselmo, o Pablito, o Perico Rovira, el cual también había acabado por situar a una de las del «alterne» en una silla y la estaba sobando paciente y pacíficamente en un rincón. Tampoco Tomás Esteve era remiso a los estragos que hacía en su mentón la boca de la matrona agitanada que se había prendado de él, y no pudo hacerse entender como era debido. Lo cierto es que Desiderio se encontró, por fin, en la calle, en pleno Paralelo. Mientras iba en busca de un coche, pasaron ante sus ojos las luces, los focos, todo el falso esplendor de la tramoya urbana de aquella vía ancha, arracimada de cabarets, de teatros, de salas de baile. Aquí y allá fulgían las bombillas, se ofrecía en grandes carteles incitantes el botín más picante de la Barcelona nocturna, mientras los coches, los cláxones, los campanillazos de tranvías y los gritos de los vendedores ambulantes tergiversaban la noche con un movimiento tenaz y continuo, mayor que el que vibraba a la luz del sol. Al fin Desiderio paró a un coche libre y se hizo llevar a la Plaza Real, por la ruta encendida de la calle Nueva. Hombres y mujeres transitaban por ella con un paso vivo que no delataba sueño, ni cansancio, sino ansiedad. Y en las aceras, las gentes, pese a lo avanzado de la hora, se paraban ante escaparates y las tiendas abiertas, en las que se mostraba la galanura de los zapatos femeninos, el brillo de las joyas de bisutería, abrigos de piel, sombreros… Todo eso se mantenía a plena luz, destruida enteramente la frontera que separaba la actividad diurna del sosiego nocturno. Y se oían risas, canciones, que se derramaban por la puerta de salida del escenario de un cabaret, y ante la cual un portero galonado montaba la guardia, o desde un bar de flamenco.
Desiderio llegó a las Ramblas, pagó el coche y se dirigió a casa de Jeannine. Había quedado con ella en recogerla a la una, para salir un rato o para quedarse en el ático, según prefirieran en aquel instante. Le extrañó a Desiderio, al mirar arriba, no ver en la ventana la más mínima luz. Quizá la había apagado o quizás había habido una repentina avería. Lo cierto es que ni un momento le pasó por la cabeza que bien ella pudiera no estar. Y es lo que descubrió, con gran zozobra, en cuanto abrió con sigilo la puerta, valiéndose del llavín que conservaba. Pero lo más raro es que, no solamente Jeannine no estaba en su cuarto, sino que tampoco estaba en él «Yucki», el perrito. Sin saber qué hacer, dudó entre esperar o salir en su busca. Al fin, pasados unos minutos, optó por eso último. Cerró de nuevo, bajó y dio un corto paseo por las Ramblas. Entró en la calle de Escudillers, se paró un momento en el «Grill Room» y entró en el «Suizo». Al fin, no dudando ya más de que lo más probable era que habría decidido esperarle allí, se metió en el «Excelsior».
El portero no la había visto entrar, en el guardarropa no tenían noticia de ella. Se fue a la salita de juego y tampoco estaba allí. Volvió a la sala y se quedó en el bar. Acodado en la barra había un personaje de facha extraña. Era el mismo que se entremetiera en la conversación que había tenido con el barman en la noche de fin de año. Ese personaje leía el periódico. Se distinguía porque apenas tenía cejas, y tampoco debía andar muy sobrado de materia capilar en el sentido estricto de esa materia, puesto que su cráneo estaba cubierto por pelucón rojizo, casi granate, que en lugar de disimular aquel defecto no hacía más que acentuarlo lastimosamente. En cuanto Desiderio se sentó, el hombre levantó la vista de su diario, lo plegó con parsimonia y se dispuso a entablar conversación, como si ya su intervención forzada en el coloquio del reveillon le autorizara a cualquier franqueza con Desiderio.
—¡Qué barbaridad! Ese señor Dernburg, vaya lince… ¿No ha leído usted?
Desiderio hizo un ademán elusivo, renunciando a la noticia que por lo visto el otro estaba en disposición de facilitarle.
—Nada menos que el enviado del Káiser en los Estados Unidos. Aquí se relatan todas las gestiones que ese caballero ha llevado a cabo en poco más de un año…
Pero Desiderio estaba totalmente desinteresado de ese tema. El personaje, ante tal reserva, se quedó un momento desconcertado. Vio a Desiderio observar de nuevo el local con ansiedad, como preguntándose dónde podría estar Jeannine en aquel momento.
Todo cuanto se le ocurría le desconcertaba. En cualquier ocasión como esta, a la menor frustración de los planes que hubieran trazado, Desiderio se sentía desfallecer. Desde hacía unas cuantas semanas temía por su amor, exactamente sin saber cuáles eran los peligros que lo amenazaban, pero seguro de que estos existían. No se le había borrado de la memoria la manera cómo Jeannine se levantó de la mesa en la noche del reveillon para ir a amparar a Hugtenhagen, ni la reacción totalmente inesperada que tuvo luego al empezar a beber sin medida, ni las palabras que pronunciara cuando ya el alcohol había hecho un efecto terminante en ella. No sabía con exactitud a qué peligros estaba expuesto su amor, pero comprendía que algo extraño ocurría alrededor de ella, que día a día el ambiente se iba cerrando más en su contorno y que gentes diversas, el camarero de un restaurante, ciertos amigos, los croupiers, la doncella del guardarropa, ya no les miraban con tanta naturalidad como cuando entraban emparejados y sin recelos en los locales. Eso lo había notado Desiderio sin que en todos esos elementos hubiera todavía nada que autorizara a formar un juicio, sin que nada le permitiera aún abordar cara a cara y con ella la cuestión de fondo de aquel asunto, que se habían juramentado no aludir jamás. Por tanto, el desconcierto de Desiderio en aquellos momentos iba creciendo y su inquietud apenas si podía ser disimulada cuando pidió un whisky, por hacer algo, por dejar pasar unos minutos antes de tomar una determinación.
Y en aquel momento se le ocurrió que quizás Asmodea la hubiera invitado a cenar en casa de Antonio y que lo más fácil era que estuviera allí. Se fue inmediatamente al teléfono y buscó el número de Antonio. Llamó y la muchacha de la centralita le contestó que no respondía, ¿No había nadie? ¿Dónde estarían, a su vez, Antonio y su amiga? Rogó a la centralita que insistiera y, al fin, alguien se puso al aparato. Lo hacía con voz de sueño, de quien acaba de ser desvelado. Era Antonio Mira.
Este tardó no poco en comprender la causa de aquella llamada. Al fin cayó en la cuenta. No, no habían sabido nada de Jeannine. Pero no debía extrañarle, puesto que Monique, la amiga de Óscar, había dicho días antes que madame Forain estaba preparando su colección de primavera y necesitaría de ellas, las modelos, algunas noches para acelerar el trabajo. «Es raro que Jeannine no me haya dicho nada de eso…», pensó Desiderio. Y añadió en sus lucubraciones, mientras colgaba el aparato, que lo que Monique había dicho tenía todo el aire de una excusa, de una coartada para liberarse cómodamente de Óscar durante unas noches. No obstante, llamó a casa de la modista.
Nadie contestó. Le respondió un silencio absoluto. Y volvió al bar.
El personaje del pelucón rojizo le vio entrar con una mirada socarrona que fastidió a Desiderio. Iba a pagar y a marcharse, cuando el personaje le abordó sin escrúpulos.
—Permítame, pero me ha parecido oír que usted preguntaba al portero por… cierta señorita.
—No era nada. Era una pregunta privada.
—Perdóneme si me he entremetido.
Inmediatamente Desiderio dio media vuelta en sus propósitos. Bien pudiera ser que aquella estrafalaria persona supiera algo de ella, y eso era lo único que en aquel momento podía importarle.
—Mi nombre es Ramiro Mendizábal de la Higuera —se presentó el otro, alargándole una tarjeta— Agente privado. La tarjeta tembló un momento en las manos de Desiderio. En la tarjeta en lugar de «agente privado» decía «detective privado». Durante largo rato Desiderio y el otro estuvieron de lado, en el bar, sin dirigirse una palabra. Desiderio simuló distraídamente interesarse por la animación que brillaba en las mesas y en el propio bar, al que habían ido afluyendo de todos lados, lentamente, un conjunto notable de bebedores.
Unos reían y conversaban alegremente, otros tenían el alcohol melancólico y no parecían más animados que él. Y, sin embargo, aquel local y aquellas gentes eran las mismas que le habían parecido maravillosas otras noches, cuando iba con ella.
Se volvió reflexivamente hacia el personaje de la peluca y le preguntó, sin ambages:
—¿Decía usted?
—No. Que si había usted preguntado por… por Jeannine, la francesa, quizá pudiera interesarle que el señor Hugtenhagen, el holandés, la ha recogido en su casa a las once cuarenta y siete.
Desiderio se quedó de una pieza, perplejo, sin reaccionar de ningún modo, sin acertar a saber si tenía que agradecer al detective su información o abofetearle por ella.
—La señorita se ha encontrado esta tarde en un apuro —le notificó misteriosamente el lúgubre personaje, bajando la voz y mirando a todos lados, como si la confidencia pudiera ser captada por imprevisibles duendes del éter—. Ha sido sometida a un registro domiciliario y… como la práctica ha durado largo rato… seguramente ha considerado mejor no volver a casa… Por eso ha llamado en su ayuda al «Gavilán», ¿comprende? En este momento, dicha persona está en el «Nouvel Hotel»…
Desiderio estaba confundido. Miró torvamente al confidente, del que escudriñó los ojos, los mechones encrespados del bisoñé, las manos larguiruchas, de sucias uñas descuidadas y múltiples nudos. Le miró el vello rubio que asomaba entre los puños de celuloide carcomidos y llenos de mugre. Le miró con una mirada que estaba hecha a la vez de odio y de súplica, de temor…
—Si mis servicios, señor, pueden serle útiles, en la tarjeta tiene indicación de su casa de usted: «Aviñó, 19», para servirle —ofreció, mientras se alejaba sonriente del bar, al tiempo que decía al barman:
—La consumición, a cargo del señor. Si no me equivoco…—añadió, mirando astutamente a Desiderio Rius.