XXI
SÓLO UN «CHRISTMAS» delicado recibido de Inglaterra y firmado por Louise le dio noción de la fiesta que iba a celebrarse, que la ciudad entera se disponía a conmemorar, y también vivo testimonio del paso del tiempo, de la fidelidad de ciertas memorias y de su incapacidad para retener y encauzar la oleada turbulenta de sus días como lo hacían los demás. Al evocar con el tarjetón en las manos la Navidad que dos años antes había pasado con la estudiante inglesa, se dijo que había transcurrido un siglo desde aquella fecha; que él ya no era el mismo de entonces, que algo muy grave e imprevisto acontecía en su vida, algo que le alejaba de la vida de los demás, que le estaba apartando insensiblemente de la mentalidad común, del mundo de los otros. Josefina había montado el inocente Belén navideño en un ángulo del comedor y las bastas figuras de barro, y los musgos, y el estaño del estanque en cuyos bordes pescaba soñoliento un pescador policromado, todo eso se le antojó distante, ajeno, casi un reproche de los demás, de sus principios, que hería sin querer sus fibras más íntimas. La comida de Navidad transcurrió entre efusiones de su padre —al que Llobet, sin duda para no aguarle las fiestas, no había dicho una palabra de su conversación con él—, que se mostró locuaz, animado, conversador, incluso casi bromista en cada uno de los lances rituales de la celebración; don Joaquín hizo las particiones del pollo y del turrón, descorchó inhábilmente la botella de espumoso, incluso aplaudió a Josefina cuando esta entró con la humeante sopera. Luego, después de los postres, se quedó adormilado en su sillón, cabeceando, y al fin se durmió del todo en él, haciendo honor a una pesada digestión.
Desiderio se fue a casa de Antonio Mira. Ellos, el equipo, celebrarían la Navidad durante la tarde, en el espléndido habitáculo del filantrópico amigo, situado en el ático de una casa de su propiedad, en la parte alta de la Rambla de Cataluña.
Ese piso respondía del todo no solamente a la holgura económica de que disfrutaba su dueño, sino a su refinamiento y a su buen gusto. Antonio era un hombre de gran fortuna, en parte heredada, pero en gran parte acrecentada por las excelentes inversiones y los negocios de nuevo cuño, de los que el amigo de Asmodea se ocupaba con mucho cuidado, con gran prudencia y con resultado magnífico. Antonio Mira era, pues, exactamente el reverso de la medalla que Asmodea había llevado colgada del cuello los años de su matrimonio desdichado y no era raro que sintiera por él una devoción ilimitada. Antonio era un hombre muy capaz, trabajador, leal, firme en sus asuntos; cariñoso y generoso en su amor. Y, por añadidura, poseía una sensibilidad singular; los gustos de Antonio, su afición por las buenas pinturas y por las porcelanas de catálogo, por los vestigios selectos de civilización, por los reflejos de un botellín nacarado de perfume extraído de alguna necrópolis fenicia, por los trozos de un collar minoico o de una estatuilla corintia, eran compartidos plenamente por ella, que le secundaba y ayudaba en su labor de coleccionista. La vida de Antonio estaba instalada en medio de esas reliquias, en el piso que había arreglado para que con él pudiera compartirlo su amiga sin llamar la atención en sus diarias visitas; y allí, en las amplias, modernas salas de luz suave, acolchadas por vitrinas en las que brillaba la plata antigua, o de anaqueles poblados de libros raros, escogidos, magníficamente encuadernados, Desiderio fue a reunirse con Jeannine después de su almuerzo casero de Navidad.
Todo había sido dispuesto para que el ambiente «rezumara» Navidad; de las lámparas y encima de las puertas colgaban ramas de «guis» verde, y las pequeñas bolas purulentas de la planta eran como puntos más vivos en la claridad desparramada por los butacones y las alfombras. En la repisa de la gran chimenea inglesa estaban puestas unas estampas de Navidad, «christmas» escogidos, antiguos, de gran valor. En el centro de la sala, un pequeño árbol navideño, lleno de velas de colores, de bolas plateadas, de estrellas de plata, de colgajos multicolores, suscitaba nostalgias de nieve candorosa, de canciones en el valle, ante la gran sombra misteriosa de los abetos, en los Alpes, en la Europa de los canales y de los violines. Trenzas de ramas verdes coronaban delicadamente el marco de los cuadros y toda la estancia estaba engalanada de lazos de color y de verdes evocativos.
En aquel lugar, sentada en el suelo como un esbelto Buda rubio, halló a Jeannine, que tenía los ojos claros, brillantes, magníficos, pero empañados de tristeza. La fuerza de la Navidad la subyugaba de una manera misteriosa. No podía destruir los gérmenes que bullían en ella de otras Navidades, ni la significación alegórica de la fiesta, que la invitaba a meditar y a desfallecer, a pensar en los muertos que la habían transido, a pensar en la gente que está afligida y en la que navega por el mar y en la que está condenada a cadenas y en la que se va a morir… Todo eso, esas pesadumbres, la inmovilizaban allí, insensibilizándola aquel día para todo amor humano, reservada y recluida en sí misma.
Aún acentuaba más una distancia irremediable que, pese a los esfuerzos de ambientación, había entre la Navidad que celebraban y la Navidad de los demás —ese punto inconsistente que tenían en aquella falsedad doméstica los ramajes y las velas de colores, las estrellitas y el «Heilige Nacht» que sonaba en el gramófono— el hecho de que la tercera pareja que completaba la reunión, Óscar Andrade y su amiga Monique, estaban por lo visto enfurruñados y poco navideños. A menudo, esa pareja pasaba por violencias y enfados, pero la cara hosca que ponía la modelo morena, guapa y mora, estaba a punto de destruir todo el andamiaje, la escenografía, los esfuerzos de «mire en sane» que había prodigado Asmodea para suscitar en el ambiente el sobrenatural efluvio de paz y de sosiego del día del Nacimiento.
A media tarde se descorchó el champán, que entró en un par de cubos y sirvió el criado de la casa, para retirarse luego en silencio, dejando en la mesa las fuentes con dulces y unos emparedados. Entonces Jeannine se levantó del suelo, donde había estado contemplando absorta durante largo rato el fuego de la chimenea, lanzó un gran suspiro y se acercó a Desiderio. Este la cogió del brazo, la alejó de los demás y la llevó a un rincón, justamente detrás del piano de cola que les ocultaba casi por entero a los demás. Sacó del bolsillo de su chaqueta el estuche del regalo y lo entregó a su amiga.
Jeannine, al principio, no supo qué hacer con él en las manos. Ni siquiera lo abrió en seguida; lo retuvo unos instantes, para prolongar la espera, para madurarla un instante, para adivinar de algún modo lo que había allí dentro. Al fin lo abrió y quedó deslumbrada, maravillada, atónita. El collar fulgía de reflejos y se irisaba ante sus ojos asombrados, privándole de la más elemental exclamación, impidiéndole expresar todo lo que sentía. Sin decir nada se abrazó a Desiderio, ocultando su rostro en su hombro, como si estuviera avergonzada de haber merecido aquello.
—¿Por qué has hecho eso, dime? No debías…
Y levantó sus ojos y Desiderio notó que estaba llorando, sin un gemido. Tenía los ojos anegados en lágrimas. Después volvió a besarle, dejó el estuche encima del piano y, con las manos diestras, lánguidas, suaves, se enroscó la joya alrededor del cuello. Con ella sobre el escote se acercó al oído del galán y le dijo que nunca se lo perdonaría. Luego le hizo escuchar el zumbido de un tierno beso.
Los ojos de Desiderio le decían que ella merecía mucho más. Que aquello no valía nada, que era una nimiedad. Que la joya era ella, sus ojos, sus labios, su frente, sus cabellos, y que no debía agradecerle aquel atrevimiento. Ella se colgó de su brazo y se reunieron con los demás.
—Pero ¿qué es eso? —admiró Asmodea, levantándose para contemplar la joya. Lo hizo durante largo rato, mientras los demás se acercaban también y daban sus parabienes a Jeannine.
Asmodea miró luego a Desiderio y le felicitó.
Llevaba la charla Antonio Mira, que explicaba a Oscar el itinerario y las escalas que habían hecho en su viaje por mar al próximo Oriente. Oscar tenía ganas de hacer también ese viaje, hasta añadió que pensaba hacerlo solo, alardeando así despóticamente de independencia frente a Monique. Pero Monique bebía champán sin inmutarse, y sin acusar el golpe. Jeannine y Desiderio se miraban dulcemente a los ojos. Pero luego Jeannine volvió la vista a las llamas de la chimenea y quedó totalmente prendida de ellas.
Asmodea inició un aparte con Desiderio. Habían quedado los dos un poco alejados de los demás, sentados en los dos extremos de un mismo sofá. Asmodea elogió nuevamente su regalo.
Desiderio quería preguntar algo a Asmodea. Hacía tiempo que deseaba hablar con ella confiadamente.
—Quiero preguntarte algo, Silvia, desde hace días —abrevió—. Y es si no has observado que Jeannine pueda tener algún motivo de preocupación y quiere ocultármelo.
Jeannine y Asmodea habían intimado bastante desde que se conocieran. Eran buenas amigas, se llamaban por teléfono todos los días para consultar cualquier nimiedad. Jeannine se confiaba en la amiga de Antonio casi absolutamente para sus compras y gestiones.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Has observado tú algo? —preguntó a su vez la otra, sin responder llanamente a la cuestión.
—No, no, por nada…
Asmodea le miró, algo preocupada. En efecto, sabía que Jeannine, de unos días a esta parte, se sentía apesadumbrada por la coacción que sobre ella ejercía el holandés para cambiar de aires. Asmodea conocía al dedillo la relación puramente hiperbólica del holandés con la amiga de Desiderio. Jeannine se había confiado en ella plenamente, unos días antes. Pero, eso no obstante, el holandés tenía sobre ella un poder, una soberanía absoluta, como la de ciertas naciones sobre tierras de su protectorado, que no explotan pero que gobiernan. Esa cuestión preocupaba a Jeannine.
Cuando Jeannine consultó a su amiga sobre el partido que debía tomar, esta le contestó que hiciera lo que su corazón le mandara, única forma de no arrepentirse después de lo ya hecho. Pero no estaba segura de que el corazón mandara de una manera tan imperativa en Jeannine como en ella misma.
O quizás había razones muy poderosas entre el holandés y ella para que eso no pudiera ocurrir así.
Para distraer a Desiderio se puso a hablarle de él mismo.
—Estás demasiado enamorado; todo tu conflicto es ese.
—Sí, quizá sea así…
—¿Sabes qué pienso? —añadió ella, observándole como si lo hiciera por primera vez—. Que eres de esos hombres, tan escasos, que han nacido solo para eso.
—No. Eso son tonterías… No lo creo así.
—Palabra —insistió Asmodea. Hay algo en ti, en tu manera de ser, en tus rasgos, en las expresiones de tu rostro, que impide a las mujeres, a todas, aunque no sientan verdadero amor por ti, que les impide prescindir del todo de ti, una vez te han tratado. ¿Me comprendes?
—No, no te comprendo, con franqueza…
—Tú hablas muy poco —insistió, empezando una especie de retrato teórico de aquel a quien hablaba—. Apenas lo suficiente para dar a entender que no eres tonto. No te interesa pasar por inteligente. Hablas poco y eres excesivamente atento; te «vacías», con los ojos, con la inclinación de los hombros, todo tú, en la persona a la que escuchas. Es como si prestaras una atención ilimitada a la persona que está contigo. ¿Ves? ¿Ahora mismo? Es lo que estás haciendo.
—Es que…, en realidad, me interesa mucho lo que tú dices.
—Quizá sea por eso, concedido… Pero la persona que está contigo, si es una mujer, queda persuadida de que has hecho un esfuerzo espiritual inaudito en honor de ella.
—No creo que esto baste para interesar a nadie.
—Otra cosa: tus ojos son los ojos más bonitos y tristes que yo haya visto nunca. No te sofoques, déjamelo decir, no es ningún piropo. Hablo casi como hablaría una oculista…, una oculista pintora, claro… Fíjate que digo bonitos y tristes a la vez. No serían tristes si no fueran bonitos y viceversa. Con esos ojos puedes suplicar lo que se te antoje que nadie, si es una mujer, te lo podrá negar. Este es tu secreto. Por eso tú, sin ser un hombre apabullante, en el sentido clásico (no vayas a coger humos), tendrás siempre un éxito inmenso con las mujeres. ¿A que nunca te habían dicho eso?
—No, lo confieso.
—Además, todo tú inclinas a la protección, no sé cómo decírtelo; y eso es lo que las mujeres ponen por encima de todo al observar a un hombre. Es falso que la mujer quiera ser protegida, o quizá solo sea verdad en sus últimas consecuencias. Pero en las primeras, la mujer quiere sensación de todo lo contrario. Qué, ¿me has comprendido?
—Solo a medias.
—Creo que tú no tendrás nunca remedio en la vida, que todo lo encontrarás siempre muy difícil… o muy fácil, porque las mujeres fatalmente se enamorarán de ti. Eso es fatal…
—¿No crees que exageras?
—Ni un punto así… Hay en tu arrogancia un poco femenina, sí, no te ofendas (hablo por dentro, de las cosas del alma), todos los elementos necesarios para provocar el delirio maternal en todas las mujeres, y ese delirio es el que convierte en amantes a muchas que se tienen por inexpugnables. Es como una necesidad espiritual irresistible, créelo; cuando una se encuentra abocada a una aventura «filial» de ese tipo no hay nada que hacer.
Le miró sonriendo.
—No temas por mí. Yo ya he pasado por todos los sarampiones. Pero no olvides que eres aproximadamente como te he dicho.
En aquel momento Antonio se levantó y Asmodea fue un rato junto a él. Luego fue a poner en el gramófono un disco, el «Carnaval» de Schumann. La música rodó por aquel ámbito, como si brincaran en él las figuras del ballet multicolor. Jeannine se acercó a Asmodea y esta la cogió cariñosamente por el brazo y fueron a sentarse en un canapé apartado. Allí estuvieron largo rato.
¿De qué hablaban Asmodea y Jeannine tan largo y tendido y con tanto interés? Hablaban en voz baja, confidencialmente. Desiderio las observaba mientras participaba en la conversación general. Ahora, misteriosamente, Óscar y Monique habían vuelto a reconciliarse y estaban muy juntos, muy pegados, el brazo de uno trenzado en el otro, en perfecta armonía. Desiderio dio por fin con las razones de los piques, de los enfados y reconciliaciones bruscos que zarandeaban continuamente a la pareja; y es que Óscar Andrade era un Otelo horripilante, dotado de unas facultades casi asombrosas para recelar —siempre en falso, naturalmente, y nunca cuando sus arrebatos eran justificados, como solía acontecer a menudo— y acababa de superar una borrasca de celos provocada nadie sabía por quién, quizá por Antonio Mira, quizá por Desiderio mismo, sin que Monique hubiera hecho nada por aligerar sus arrebatos. Ya tranquilo, Oscar y Antonio hablaban ahora de las repercusiones de la guerra en el movimiento bancario.
—Los Bancos extranjeros que se han instalado aquí lo han hecho para poder adquirir los francos y libras de nuestros exportadores, más que por los intereses de cuenta corriente y de valores. Por ellos ha salido una buena parte de capital español. Y fíjate que entre esos Bancos no hay la sucursal de ningún Banco inglés.
—Y eso ¿a qué lo achacas? —preguntó Oscar.
—Tengo para mí que los ingleses, maestros en la banca, asociados con el capital español podrían realizar grandes negocios en un sentido puramente mercantil, basándose en las grandes empresas que tienen sus compatriotas en España. De modo que yo tampoco me lo explico…
Mientras tanto, Desiderio observaba la conversación apartada de las dos mujeres y deseaba que acabara cuanto antes para estar un rato con Jeannine. Al fin Asmodea volvió con ellos.
—¡Ah, los negocios! —interrumpió— Vamos a hablar de otras cosas. ¿Dónde iremos para el reveillon?
—C’est vrai —exclamó de pronto Monique, animada—. Je veux aller au théâtre.
—No, por Dios. ¿Al teatro aquella noche?
—Acabaremos haciendo lo de siempre, que no está mal —propuso Desiderio— Cena en el «Continental» y las uvas en el «Excelsior», ¿no?
Así quedó acordado en principio. Jeannine se puso junto a Desiderio, le dio el brazo y mientras comía unos dulces besaba con sus labios, rozándole solo, la piel de sus manos.
Pensaba Jeannine que era necesario cumplir con lo que acababa de aconsejarle su amiga Asmodea en la conversación que había sostenido con ella. Si un día, por lo que fuera, porque cambiara de parecer o porque las circunstancias obligaran a ello, decidía cambiar de lugar y dejarles, era preciso que Desiderio no lo supiera hasta el mismo instante de la marcha. De otro modo no le sería posible apartarse de él. Y además, ¿para qué preocuparle, para qué atemorizarle ni mortificarle con la presunción que iba penetrando poco a poco en ella, si todo, al cabo, era posible que pudiera arreglarse? ¿No había arreglado Hugtenhagen cosas más complicadas que estas? Lo verdaderamente complicado era que, prescindiendo de las razones que argüía, el propio Hugtenhagen estaba decidido por su cuenta a marcharse. No tragaba ya a Desiderio. Pero eso ella misma se encargada de evitarlo convenciendo al hombre, como le había convencido otras veces. Evidentemente, lo mejor era no pensar demasiado.
—Este verano vamos a hacer un crucero juntos. ¿Os gusta la idea? —propuso impensadamente Asmodea, viendo las reflexiones que aturdían levemente a Jeannine—. Baleares, Sicilia y el sur de halla. No sé por qué tienes tu yacht muerto de asco —regañó, dirigiéndose a su amigo.
—Querida, el mar no está ahora para cruceros. Eso queda para el día del armisticio.
—Muy bien. Vamos a brindar por aquel día —propuso Oscar, levantando su copa.
La noche más cerrada cundía sobre las almenas, los torreones, el patio del cuartel, y el silencio solo era turbado de vez en cuando por las voces como fantasmales de los centinelas, de un lado a otro de la fortaleza. «¡Alto!, ¿quién vive?». «¡Santiago y España!». Y Desiderio distinguió acercarse turbiamente, con los ojos rendidos de sopor, vacilando en la oscuridad, las sombras, abrigadas en largos tabardos, del piquete de relevo: la figura esquelética, pálida, de aquel hidalgo llamado Tomás Esteve que venía a relevarle del torreón, acompañado por el sargento; observó la tranquilidad con que se acercaban hablando a media voz. Preparó su fusil, que se echó al brazo, pasó la correa y salió de la garita, mientras saludaba a los que llegaban.
—Hace un buen frío. Hay que meterse dentro, si no no lo aguantarás.
De la boca fláccida, del largo mentón de Tomás Esteve surgió un aliento humeante, sólido, que se marcó al trasluz de la pequeña bombilla que alumbraba en lo alto del poste.
—Bien. ¿No te has dormido? Esa segunda guardia es un asco.
Le extrañaba al aristocrático y desvaído recluta que, de pronto, una noche, Desiderio hubiera abolido los gajes del corneta y hubiera ido a cumplir como los buenos con su guardia en el cuartel. En efecto, aquello no se producía desde hacía tiempo; pero es que Desiderio tenía ya permiso de su padre para salir a la noche siguiente a celebrar el reveillon y por tanto no quería abusar de su suerte; pretendía, además, con el cumplimiento ocasional de la pesada guardia, contrastar aún más con la realidad aquella noción de dicha que sentía y la esperanza de las noches siguientes. A lo largo de las dos horas que había pasado en la garita mirando distraídamente la oscuridad, el cariz de su amor, la sabrosidad de su aventura aparecían con más nitidez que nunca, localizadas allí en lo hondo, en aquella ciudad que se tendía con millares de luces, con un halo de plata en lo alto, a todo lo ancho de la explanada que se emborronaba a sus pies.
Cuando llegó a su casa por la mañana y Josefina, en vista de su aspecto, le propuso que se quedara a dormir, él se negó y marchó a la fábrica, para acabar con ello de gustar aquella sensación de normalidad y el sacrificio en que se empeñaba. El último día del año tenía a los oficinistas pendientes de los preparativos del balance, de la agitación de cerrar un ciclo completo de actividad y también en él la noción del nuevo año se hacía notoria.
¿Qué lugar ocupaba allí, en realidad? Teóricamente se sentía preparado para participar en las complejidades del trabajo. Podía hacer lo mismo un presupuesto que un análisis, conocía la mecánica de los telares, era capaz de operar con éxito en la compra y selección de las hilaturas, de decidir en los secretos del mercado. Pero todo eso no era admitido por él como una realidad, sino como hipótesis, puesto que todas estas funciones tenían ya sus especialistas; y tenía que aguardar a que la iniciativa de Llobet le surtiera de las improvisaciones de papeleo que, por aglomeración, sobraran en la mesa del apoderado; también atendía Desiderio alguna vez a ciertas visitas: corredores de algodón, agentes de seguros, transportistas… Mas todo ello no llenaba sus horas con aquella actividad que era característica del horario en el resto de la fábrica, en la que siempre había la impresión de que a la hora del cierre se echaban de menos unos minutos de plus. Y, por tanto, en uno de los cajones del escritorio estaban siempre unos libros, novelas francesas que se iban turnando o aquel ejemplar de «Fausto» de Goethe, que Desiderio se esforzaba en leer en alemán.
Después de comer, se acostó, con autorización de su padre, para resarcirse de las horas de vela de su noche de cuartel. Se hizo llamar a las ocho de la noche. Josefina le zarandeó vivamente para devolverle la lucidez. Y él se levantó de un salto, en cuanto estuvo despabilado, y se metió en el baño para hacerse su toilette. Poco antes de las nueve vestía ya smoking y salía de casa en dirección al «Continental».
La cena no difirió de la de otras veces. El local estaba repleto y la mesa de Antonio quedaba metida entre las de otros comensales, más prietos que otras veces. Las cocottes y sus amigos de turno irradiaban una especie de misteriosa expectativa ante la noche de término de año. Todas ellas lucían sus mejores atavíos, sus pieles más orondas, sus sombreros más regios. Pero ese era tenido por un mundo irregular, alejado de ellos, desdeñado por todos ellos desde el fondo de su corazón.
Jeannine estaba hermosísima. Muchas veces, al verla así, se asombraba Desiderio de que ella pudiera ser su amante. La admiraba objetivamente, como si no estuviera unida a él, y la consideraba la mujer más hermosa de toda la ciudad, de todo el mundo. Lucía en el cuello el collar que le regalara por Navidad, como una ofrenda, como una manifestación de su agrado y de su gratitud. Ese collar refulgía en su cuello, sobre su piel transparente, limpia, sedosa, con todos los temblores de la pedrería, acusados al más leve movimiento de sus labios, al hablar. Ya la voz cristalina, estremecedora, de Jeannine, se convertía a veces en un susurro particular, en un aparte confidencial y un secreto, para que él escuchara una palabra de amor, o la réplica musical y musitada de Jeannine a alguna de sus preguntas.
Pronto terminaron la cena y salieron del «Continental» para aposentarse debidamente en el «Excelsior» antes de medianoche. Hallaron su mesa dispuesta, con los chismes de papel, las trompetitas, los confettis, los gorritos indicados para el reveillon. En las otras mesas, en todo el local, se oía ya el pitido de los ilusorios instrumentos de viento soplados por muchedumbre de agitados e impacientes elementos de ambos sexos que abarrotaban el cabaret. Allí estaba «todo el mundo», como señaló Óscar. Incluso gente encopetada, aquel «viejo verde» del marqués de X y su amiga, a los que Óscar no había tenido ocasión de ver tan públicamente. Una marejada de rostros sonrientes entre el humo de los habanos y las voces chillonas, excitadas, de las mujeres, adormecía el ritmo de la orquesta y aturdía el paso de los danzantes de la pista, que no se atrevían demasiado a redondear la danza comme il faut.
Se oían, uno tras otro, los estampidos de los tapones del champán mezclados a esta vorágine. Hombres y mujeres charlaban de una a otra mesa, en algazara colectiva y en supresión tajante de las formas de trato. Asmodea opinó que en días como estos todo andaba trastocado y que eran los días más indicados para quedarse en casa.
Pero algo después temblaron las luces sobre el vívido resplandor de una cifra pintada en grandes letras de purpurina sobre el arco de terciopelo que hacía de dosel a la orquesta: 1916. Esa cifra tintineó en los ojos de todos, al tiempo en que, al son de un redoble y de un alarido agudo de trompeta, salían a la pista cuatro ninfas, sin más tocado que el que someramente simulaban ciertas estrechas cintas con perlas sobre las partes más turbadoras de sus graciosos cuerpos, portadoras cada una de ellas de uno de los números cuyo anagrama total era el signo del año que estaba llegando. Estas impúdicas damiselas se encararon a la concurrencia, tapando con el número casi todas las gracias del desnudo cuerpo; vibró de nuevo el cornetín, se produjo de pronto un silencio casi angustioso, mientras sonaban rotundas, diáfanas, con el latido de un gong, una tras otra, las horas del tránsito. Y Jeannine apretó, mientras eso ocurría, la mano de Desiderio con tal fuerza que el nácar de una de sus uñas llegó a quebrarse y su punzada ardiente quedó impresa sobre la piel del muchacho. Y luego se apagó la luz, entre un vigoroso clamoreo de hurras, de chillidos, de ayes, de risas exaltadas, y en la oscuridad sintió Desiderio sobre sus labios los labios de Jeannine, aquel sabor conocido y sutil que tenían a almendra y a leche y a violeta fragante. Y cuando la luz se encendió todavía estaban besándose. Se quedaron largo rato así, sin estremecerse, sin cuidar del clamor que les envolvía, como si estuvieran en la profundidad de un pozo, abrigados, escondidos de todo. Cuando se reavivaron, cuando entraron de nuevo en contacto con las realidades, la mano de Antonio se tendía a las suyas, y luego la de Óscar. Y las mujeres, primero Jeannine, luego Asmodea y también Monique, se pusieron de pie y a través de la mesa dieron un beso en la mejilla a los demás caballeros y después brindaron a la vez.
—¡Felicidades! —gritaba Antonio, auténticamente conmovido—. Que sea un buen año para todos.
La totalidad del local parecía haberse puesto en movimiento con unanimidad delirante, frenética. En la pista se amontonaban, empujándose unas a otras, docenas de apretujadas parejas; ellas soplando en trompetitas y armando un guirigay espantoso; ellos, feos, vacilantes, gruesos, calvos, resollantes, estúpidamente sonrientes bajo ridículos sombreritos de papel. Allí estaban todos los conspicuos, más muchos otros que no habían sido vistos nunca en aquel lugar. Desde el fondo del local, al otro extremo, cierto hombre saludaba. Era Clemente Pidal, que estaba con su socio, monsieur Martin, al cual acompañaban nada menos que tres mujeres, todas ellas bastante gruesas, como era el gusto del suizo. Más acá, en otra mesilla, el tuno de Anselmo exhibía su última conquista, una muchacha de trazos gitanos vestida con la pompa y el desafiante lujo de las queridas de postín; les acompañaba Félix Parés, aquel insoportable charlatán de chaqueta a cuadros que les había abordado en el «Iris» tiempo atrás. En otras mesas, Teodomiro y su grupo, Weyler y el suyo, Basereny con una mujer, quizá la suya legítima, y Bernardo Catasús, y Fernando Molins, aquel torpe jinete del «Polo» y el Príncipe de Cuba, con su favorecedora… Desiderio se volvió, para curiosear a sus espaldas, y un rostro concreto y pudibundo, que le desconcertó un instante, quedó fijo ante él. Las barbas de ese rostro no tenían igual: era Javier de Castro. Se miraron fijamente un momento, sin saludarse, y luego Javier asió con tranquilidad su bock de cerveza y empezó a beber serenamente.
—¿A quién miras? ¿Estás inquieto? —Y Jeannine se apoyó lánguidamente en él.
—No, en absoluto. —Y de un golpe apuró su copa de champán—. Todo lo contrario, me siento feliz —dijo, alardeando. Y apretó más la cabeza de su amiga contra su hombro, acariciándole suavemente los cabellos—. ¿Vamos a bailar?
Salieron a la pista, abriéndose en ella un hueco tras un lento forcejeo. Jeannine quedó incrustada en su tronco, y se dejó mecer por el lento balanceo de la masa en la que estaban insertos, y que hacía inútil cualquier intento de movimiento particular y espontáneo. Apenas se distinguía la pieza que bailaban, tal era el fragor de las voces, de los gritos y de las cornetas de papel. Pero tampoco quedaba más recurso que seguir allí, apelotonados, sin moverse apenas, siguiendo la boba fluctuación de aquella rueda maciza que muy lentamente iba virando hacia un destino de luces y sombras que infinitamente se cernían y se alejaban de todos, ora a un lado, ora al otro. Y a medida que los ejes de esa rueda los acercaban al pretil de la orquesta, iba aclarándose imperceptiblemente el ritmo a que obedecía aquella fluctuación y se advertían los primeros latidos de un «black-bottom» apenas manifiesto entre los alaridos. Al propio tiempo, cruzaba sobre las cabezas, entre los rostros, rozando los gorritos de papel y la complicada ondulación de los peinados femeninos, una verdadera y meteórica bandada de serpentinas y bolas de confetti, cuyos copos de colores caían luego en fina lluvia sobre ellos, tal una nevada sutil y continua de lentejuelas granate, blancas, verdes, amarillas… Desiderio y su pareja no veían, sin embargo, más que los rasgos generales de toda esa exaltación, pues apenas si un indeciso desgaire de colores y de formas quedaba más allá que el dibujo concreto de sus rasgos recíprocos, los ojos de Jeannine, la boca de Jeannine, las sienes, el pelo rubio de Jeannine…
Mucho rato después, cuando ya volvían a quedar situados en el punto de la rueda en que habían entrado, ella se retiró suavemente con la intención de salir, pero quedó parada un instante mirando, extrañada, a un punto lejano, a un lugar determinado del local. En seguida bajó nuevamente los ojos para salir de la pista, pero Desiderio pudo descubrir a lo lejos, acodada en el bar, cierta figura y cierta actitud cuya sola alusión estaba prohibida y cancelada entre ellos. Mas la postura de monsieur de Hugtenhagen no era la misma que otras veces. Parecía agotado, y sin duda lo estaba, porque en el momento en que Desiderio bajó el peldaño de la pista, el señor de Hugtenhagen estaba discutiendo acaloradamente con otro y hasta, con un gesto brusco del brazo, se negaba violentamente a atender a una actitud de requerimiento que esa otra persona adoptaba.
Jeannine se sentó en su sitio y hasta inició una conversación con Antonio Mira, pero de pronto volvió a mirar inquietamente hacia el bar. Dio una excusa a todos y luego, en voz baja, rogó a Desiderio que la disculpara, que volvía en seguida; se negó a que este le acompañara. Dijo que no tardaría.
Pero no volvió en seguida. Desiderio la vio hablar con monsieur de Hugtenhagen y luego con la persona que discutía con él. La intemperancia del holandés pareció contagiársele un instante a ella y Desiderio estuvo a punto de levantarse para ir en su ayuda, por si era necesario. Pero debido al pacto que habían formulado entre ellos se abstuvo de moverse. En vista de todo ello, Asmodea, que no había perdido detalle de cuanto ocurría, se atrevió a proponerle que la sacara a bailar. Al levantarse puso su pulida mano en el antebrazo de Antonio, como requiriendo y agradeciendo a la vez su permiso.
—No debes ir —dijo Asmodea, en seguida que estuvo frente a Desiderio, bailando con él.
Él aceptó esta indicación. Asmodea era ducha en situaciones delicadas; Asmodea tenía razón: no debía intervenir. Pero mientras bailaba no se abstuvo de mirar constantemente lo que ocurría en el bar. Al fin Hugtenhagen se había levantado de su banqueta y gesticulando nerviosamente se marchaba con el desconocido. Alrededor del bar y junto a los dos hombres se veía un nutrido grupo de mirones, que comentaban agitadamente.
—Vamos a buscar a Jeannine —propuso entonces Asmodea. Cuando llegaron junto a ella, Hugtenhagen ya se había marchado. Jeannine estaba pálida, su mano apoyada en el respaldo de una silla, como si se fuera a caer. Pero en cuanto vio a Asmodea y Desiderio que llegaban junto a ella, pareció respirar de nuevo y afectó normalidad. Una falsa alegría, demasiado expresiva para ser auténtica, se pintaba en su rostro.
—Demasiado whisky —se limitó a explicar.
Desiderio no quedó tranquilo con este comentario. Oyó, al pasar, ciertas palabras alarmantes.
—Sí, hace tiempo que le iban detrás. Es un tipo sucio. Lo del tráfico es lo de menos. Yo creo que hay algo más de por medio.
En la mesa, durante un rato, Jeannine se quedó callada, pesarosa, llena de preocupación. Era inútil que intentara mezclarse a la alegría de los demás, a la que mostraba ahora Oscar Andrade, en quien los efectos del alcohol solían ser raudos. Una gran pesadumbre se marcaba en sus rasgos. Para ahuyentarla, cogió de pronto a Desiderio por la mano y la estrechó. Luego empezó a beber, empezó a beber desconsiderablemente. Asmodea y ella empezaron a beber champán y en poco tiempo apuraron ellas solas dos botellas. Asmodea hacía todo lo posible por no dejar sola a Jeannine, y su amigo Antonio lo comprendía.
Desiderio se levantó y se fue al bar. Se hizo servir un cuarto de rosé e indagó distraídamente al barman, a quien conocía lo bastante para someterlo a un interrogatorio a fondo.
—¿Qué ha pasado con el holandés?
—Nada, que se lo han llevado…
—¿Llevado?
—Sí. Le han dicho que tenía que ir a declarar.
—¿Ahora? ¿Esta noche?
—Es lo que decíamos aquí. No es de creer que haya una cosa tan grave que no pudiera esperar a que saliera del local. —Naturalmente. ¿Y no se dice por qué?
—No. El policía no ha soltado prenda. Eso mismo le preguntaba el extranjero. ¡Si viera cómo se ha puesto!… Que si aquí no se podía vivir, que si no había respeto…
—Es natural.
—Algo gordo tiene que haber —terció un cliente, un estrafalario personaje cuyo cráneo estaba cubierto por un bisoñé, y que bebía coñac en el bar— No se detiene a la gente porque sí. Y para venir a hacerlo en este lugar, una noche de fin de año…
—Pero ¿qué puede ser? A este señor siempre se le ha visto muy conforme. Es un caballero… —opinaba el barman—. Si fuera un terrorista o un salteador de caminos…
—A veces hay peces gordos que parece que no hayan roto un plato.
—Sí, pero… Si es por lo que se decía luego aquí, tráfico de estupefacientes, ¿qué? Todos sabemos de dónde sale y quién lo apoya, eso… Conque, podrían tener más consideración y no dar el escándalo.
—¡Pues no le ha costado poco marcharse!
—Como que decía que si no era a rastras no salía.
—¡Valiente lío! Mejor será creer lo otro. Lo del espionaje.
—Eso… eso ya podría ser más cierto… En eso si que ya no me meto. Si hay guerra de por medio, eso… eso sería ya otra cuestión —transigía el barman— Verá, está muriendo la gente a toneladas y es natural que haya rigor en eso.
—Pero ¿a nosotros qué nos importa? —terciaba un barman más joven, con desparpajo— ¡Que se maten! Y aquí no estamos en guerra. Que se vayan uno y otros a su país a detener a la gente.
Cuando volvió a la mesa, Jeannine y Asmodea hablaban en argot. Soltaban intraducibles tacos, entre las risotadas de Oscar y la benévola mirada de Antonio. Monique, en cambio, parecía ofendida, como si tomara en serio las procacidades que las otras dos decían con gracejo insospechado. Al fin Jeannine, a grito pelado, y levantando su copa, brindó pour les cocus… «Eso es —repetía—. Por ellos, que forman legión. Y me gusta el gobierno —afirmaba, partiéndose de risa—. Tous les cocus en prison…».
A partir de aquel momento ya no se pudo contar con ellas. Estaban considerable y felizmente bebidas, aunque eso, dado que en ese estado se hallaba el conjunto del local, pasara completamente inadvertido a los demás.
—Qu’est-ce qu’il regarde cet homme avec cette barbe évangélique?… Muuh! —Y Desiderio, espantado, vio a Jeannine sacar la lengua y fruncir luego los labios ante la impertérrita figura de Javier de Castro, lanzando a sus barbas ese descarado mugido de buey, en una mueca terriblemente cómica, ofensiva e indiscretísima, que originó en el otro una reacción de estupor y luego un empaque defensivo de heroica serenidad.
Era inútil bailar. De vez en cuando Jeannine ponía la yema de su dedo índice en la punta de la nariz de Desiderio.
—Qui est le plus beau garçon du monde? C’est toi, Desiderio? Oh, non, non…! C’est vilain ce nom. Il ne m’a jamais plû. Tu n’es plus que mon désir, mon désir, mon désir incroyable…
A las cuatro de la madrugada los hombres sentían que el cuello de pajarita les estaba mordiendo desconsiderablemente en la nuez, en la nuca, en todo el redondel del cuello. Un polvillo turbio vacilaba en la atmósfera y en las mesas se veían cuerpos fláccidos de mujer dormitando ya sobre los manteles. Aquello no había ocurrido nunca.
—Non, non, non, non… Pas encore… —silabeaba con dificultad Jeannine, que no por eso había perdido ni pizca de encantos para Desiderio—. Il faut encore danser… —y le sacaba a la pista, tirándole de la mano.
Al fin, eran más de las cinco, salieron a las Ramblas. Jeannine se había quitado los zapatos, que llevaba en la mano, y su pelo rubio estaba deshecho, desmelenado sobre sus hombros. Caminaba apoyándose enteramente sobre su amante, el cual no podía impedir que avanzaran los dos haciendo grandes rodeos.
—Mejor será que te vayas a acostar.
—Non, non, non, non… Je ne veux pas «acostar»… Pas du tout… Je suis très malheureuse.
—Anda, no seas tonta y créeme. Has bebido demasiado…
—Je suis très… très malheureuse… —repetía ella y se echó a llorar, berreando como un niño.
—Vamos, ahora te entra la llorera.
—Es mi amiga, es mi amiga —protestaba Asmodea, de pie en medio de la calzada, vacilando como el mástil de un barco—. Tiene razón, es desgraciada —repetía, acariciándole los cabellos.
Con dificultad consiguieron que las mujeres cruzaran el arroyo y entraran bajo los porches de la plaza.
—Ayudémosla a subir —propuso Antonio—. Vamos los dos. Esperad aquí —ordenó dirigiéndose a Asmodea y a Oscar, que llevaba del brazo a Monique, también algo bebida—. Vigilad a Silvia. ¡Vamos, dame la llave!
Desiderio abrió y empezaron a subir a Jeannine entre los dos. La cogieron en brazos. Por los ventanales de la escalera alumbraban ya radiantemente las luces del alba. «Yucki», en el interior, se había despertado y empezó a ladrar. Tardaron bastante en subir hasta el piso. Pero ella ya no los oía. Los dos hombres la entraron en el dormitorio y la pusieron sobre la cama. Desiderio le quitó el collar y lo metió en el estuche que estaba sobre la coqueta del tocador. «Yucki» ladraba y olisqueaba por todos lados. Jeannine monologaba.
—Ils ont pris Bibi, ils ont pris Bibi, les salauds… Mais Bibi est très sage, il les aura…
«¡Pobre Bibí! ¿Sería verdad que era un espía?», pensó Desiderio.