XXV

DESDE EL RELLANO, una vez cerrada la puerta del ascensor, se oían dentro del piso de Antonio unas voces animadas y los acordes del piano, en el que alguien estaba tocando una pieza de baile. Cuando Desiderio pasó al salón advirtió que era de los últimos en llegar. Al pronto no reconoció más que a Jeannine, Asmodea y Antonio. Era este quien tocaba el piano, mientras Asmodea salía al encuentro del que acababa de llegar y Jeannine le miraba desde el fondo del salón, en uno de los sillones próximos a la chimenea. La habitación quedaba aún más cargada de alusiones a la jornada que en la tarde de Navidad. Y de pie, en actitudes diversas, estaba el resto de los grupos.

La mayoría de ellos iban ya disfrazados. Solo le faltaba arreglarse a Antonio, que vestía su habitual terno oscuro y, en cierto modo, a Clemente Pidal, que se había quitado, por el calor, una pelliza de esquimal y andaba por la habitación en mangas de camisa. En cambio su socio, el señor Martin, no podía haber elegido un disfraz más notorio. El suizo iba vestido de escocés, con los muslos al aire bajo el plisado de una falda de vivos cuadriláteros, una gran boina azul sobre la cabeza y, en bandolera, una zamarra de piel de cabra con manchas blancas y negras. Su aspecto era hilarante. Su panza quedaba acusada por las características de ese atuendo, en el que solo el redondel del monóculo atenuaba los excesos del pintoresquismo más acentuado. Anselmo Durán iba moderadamente disfrazado. Se había vestido de pelotari y huelga decir que esta manera de escurrir el bulto dejaba sus modales casi intactos y una libertad de movimientos absoluta. Anselmo no tenía necesidad de subrayar el Carnaval con falsetes, travesuras ni alaridos. Se mantenía en él con sobriedad, sin renunciar a sus cálculos, sin perder la cabeza.

Entre esos hombres pululaban algunas de las amigas que se habían traído. Advirtió Desiderio que dos robustas muchachas que parecían apocadas en un rincón, eran la aportación del suizo a la fiesta. Una de ellas pasaba por acompañante de Clemente, pero en realidad las dos eran de la carnada de monsieur Martin, el que tan puritano se había mostrado semanas antes respecto al clan de Jeannine. Una muchachita delgada, esbelta, morena, que iba vestida de cíngara, era la compañía de Anselmo; este no se despegaba de su lado y, sea por vergüenza o por lo que fuera, la muchacha seguía ocultándose bajo la negrura del antifaz que le cubría el rostro.

Después de saludar a Asmodea y Antonio, Desiderio cruzó la habitación dando la mano a uno y a otro, hasta llegar donde Jeannine le aguardaba. Jeannine vestía sencillamente, de calle, un traje mañanero impropio de la hora y de la jornada. Como Desiderio se extrañara de ello le respondió que no haría más que echarse sobre los hombros un mantón de Manila que le prestaría Asmodea, y que con él y el vestido de calle le bastaba para parecer una chulapa como tantas. ¿No había entre esas, las de «La Verbena de la Paloma», una morena y una rubia?

Luego Desiderio se fue con Asmodea al cuarto de ella, donde sobre la cama estaba expuesto el traje de dominé anticuado de Antonio, ya planchado y a su disposición. Desiderio se lo puso en un santiamén y se miró al espejo. La mirada de Asmodea fue de aprobación.

—Está un poco rozado, porque era el disfraz de Antonio a los veinte años y a fe que debía usarlo en horas extras, a juzgar por eso, fíjate —y mostrole una rozadura—. Pero, para una noche, ¿qué más quieres?

Le echó otra ojeada certera.

—Lo único un poco… fané es la vuelta del cuello, hacia el capuchón. Vamos a ver —se dijo, mientras pensaba cómo podría arreglar aquello—. Ya sé. Mi foulard rojo. Y, mira, magnífico: con ese alfiler de tu corbata, entre el granate y las perlas sobre el azul parecerás un maharajá…

Desiderio llevaba aquella noche el alfiler que le regalara su padre en los Reyes antepasados. Asmodea, una vez anudado el foulard en el cuello del joven, prendió de él con destreza el alfiler, de modo que las dos perlas lucieran sobre la seda todas sus tonalidades.

—Magníficas perlas. ¿Son un regalo de ahora?

—No, eran de mi madre.

Asmodea, ya arreglado su invitado, volvió con él al salón. Desde la puerta, en el momento de su reincorporación a los grupos, notó Desiderio que Jeannine no estaba como los demás días. Y pensó que, de todos modos, la fecha tope que estaba superando valientemente había de ser para ella la causa de algún trastorno, pero que pronto con la animación de la noche vendría a superarlo.

Al acercarse, la besó en la frente. Le pareció que ella se retiraba, se retraía, como con ganas de estar sola.

—¿Te estorbo? —le preguntó él, cariñosamente, respetando su ánimo. Ella le contestó con una negativa, pero sin mirarle.

—Te voy a buscar algo de beber. Eso te reanimará. Dentro de un par de horas verás qué bien te encuentras. ¿No te anima el pensar en el baile?

Todo lo contrario. Le parecía a Jeannine imposible poder participar de la euforia de los otros.

Y Desiderio se acercó al bufete, donde estaban dispuestas copas y bebidas. Preparó dos copitas de jerez.

Cuando se volvía, dispuesto a llevarlas, se quedó un instante parado. La muchacha cíngara que se colgaba del brazo de Anselmo, estaba fija en él y apartó bruscamente su mirada, que brillaba bajo la tela negra del antifaz. A Desiderio todo en ella le extrañó. La miró de arriba abajo y observó que era muy joven. Sus formas apenas estaban hechas, pero toda su figura era airosa, desenvuelta, lozana y nerviosa. Su vestido de cíngara era muy gracioso. La blusa dejaba ver en su escote incipiente la negrura de la piel bronceada; la falda roja llena de topos, fruncida y amplia desde el talle a las pantorrillas, le caía airosamente, con una gracia natural, realzando su silueta fina, juncal. Le miró los pies y notó que esa mirada era como si a ella le doliera, como si la turbara indeciblemente. Hasta escondió la punta de uno de los dedos desnudos que asomaban por las sandalias tras el tacón del otro, como si quisiera fundirse.

—¿Qué te pasaba? ¿Por qué mirabas así a esa chica? ¿Te gusta, verdad? —preguntó Jeannine, al recibir de sus manos la copita de jerez.

Nunca la francesa hacía la menor alusión a las miradas de Desiderio, fueran para quien fueran. Por eso le extrañó más la insistencia de Jeannine.

—Verdaderamente —añadió— será una criatura preciosa. Mejor dicho; ya lo es.

—Es una niña.

—Sí. No debe tener siquiera quince años.

Desiderio hizo una mueca de desagrado.

—¿Por qué? ¿Piensas que es mayor?

—No. Es que… me molesta ese Anselmo. No tiene vergüenza.

—¿Y ella? ¿Es que no la culpas a ella? A los quince años ya no es una niña, aunque lo parezca.

—Sin embargo, no hay derecho…

—Yo no era mayor que ella cuando… cuando di suelta a mi pubertad.

Esa manera de expresar, con tal propiedad e indiferencia algo tan grave, puso de nuevo de relieve ante Desiderio quién era Jeannine, la mezcla de inclemencia consigo misma, de inteligencia y de desgarro que alentaba en su amiga.

«No mayor que ella», pensó, y Desiderio miró de nuevo hacia la cíngara.

—Además, estoy persuadido de que conozco, de que he visto a esta chica.

En aquel instante la desconocida hizo mover su pandereta en el aire, de modo que sonaron los platillos de su caja como una cabriola acústica. Movió los pies como si fuera a bailar una de esas arrebatadas czardas del país en el cual imaginativamente alentaba. En aquel instante dio Desiderio con la realidad. Un gran rubor le acometió.

—¿Qué te ocurre? ¡Hasta te has sofocado!

—Ese Anselmo es… un cínico.

—¡Bah!… No será tanto. Se divierte.

La compañera de Anselmo en la velada era aquella niña, Juanita, la nieta del portero de «Tejidos Joaquín Rius». Desiderio se levantó y se acercó a la pareja.

—¿Cómo estás, Juanita? Veo que tú y yo no nos podemos perder de vista.

La muchacha respiró tranquilizada; los temores que sintió al descubrir al hijo del amo en la fiesta quedaron vencidos. Anselmo no le había advertido que allí estaría Desiderio.

—Chico, es una preciosidad —comentó Anselmo llevándolo aparte, a un lado—. He pensado que no te importaría que fuera mi pareja esta noche y que la trajera aquí. Sobre todo, te suplico que no digas una palabra de eso a Antonio ni a Silvia. Les he dicho que es una estudiante.

—Sí. De párvulos.

—¿Por qué? ¿Te molesta?

—No, hombre, no… Cada uno es libre de hacer lo que quiera.

—Gracias.

Desiderio volvió junto a Jeannine.

—Se llama Juanita y es la nieta del portero de mi fábrica.

«Juanita, como ella… Hasta los nombres eran semejantes. También ella tuvo una vez quince años y esos deseos de bailar».

De pronto, imprevistamente, Jeannine miró a Desiderio sin que él notara la gravedad de la observación que ella estaba llevando a término en aquellos instantes. Le vio las perlas del foulard, de las cuales conocía la historia y miró su rostro meditativo y un tanto alterado. Lo situó en su mundo, en su verdadero ambiente, cosa que hasta entonces no había hecho nunca, con deseos de comprobar qué distancia pudiera haber entre los dos. Le pareció que esta distancia era infinita, insalvable.

—¿Qué te ocurre? ¿No te sientes bien?

Jeannine se había levantado y se había puesto de espaldas a él, apoyada en la repisa de la chimenea y mirando al fuego. No contestó. Lo que acababa de esclarecer no podía ser enfrentado más que a aquellas llamaradas que removían su lengua en los leños.

—Tengo necesidad de buscar algo, en casa —confesó, al fin—. Comprende que, hoy, no puedo aguantar más… No me hagas caso. Volveré en seguida —y se volvió, de cara a él. La inquietud se mostraba en sus rasgos.

—¿Por qué vas a ir? Deja que yo vaya, en un salto.

Por Desiderio cruzó la estampa de una determinación terrible en el ánimo de Jeannine. Y no quería de ningún modo que ella pudiera salir de allí, encontrarse sola. Le parecía que si Jeannine acertaba a desprenderse de los demás, ya no volvería.

En el salón hablaban y reían. El suizo remedaba con sus carnes en danza los movimientos del baile de los «espadachines»; había colocado los hierros de atizar el fuego sobre la alfombra y, coreado por los demás y animado por una música rítmica y viva que Antonio tocaba en el piano, ponía la punta de sus pies en uno u otro lado de la cruz que formaban. Sus faldas de escocés volaban y se movían de una manera grotesca.

—Quédate ahí y voy en un salto —reiteró—. Ahí por lo menos no pensarás en nada. Fíjate en lo gracioso que está Martin Desiderio.

Jeannine no supo qué contestar. No había previsto que él pudiera ofrecerse a hacer por ella el recado. Así seguía pensando que todo ocurriría como tuviera que ocurrir. De haber obedecido a su primer impulso, ella hubiera corrido hasta su casa para buscar aquello, solo para eso; y luego, quizá, no hubiera podido resistir la presión de todos sus sombríos pensamientos. Mientras que, si era él quien salía, inmovilizada ella en casa de Antonio, ya no podía ocurrirle nada. De todos modos era inútil pensar. Las cosas debían sucederse como hasta entonces.

—Dime dónde está —insistió él—. ¿Lo tienes guardado?

—¿Sabes?… sí; en mi pequeño bolso, el de plata, sobre la coqueta. Tráeme el bolso.

Desiderio le dio un beso en la frente, sin pensar que aquella fuera la última vez que lo haría. Pero, en aquel momento, tampoco ella lo pensaba.

Salió, cruzando por el grupo que formaba Martin y su claque. En la puerta le alcanzó Asmodea.

—¿Dónde vas?

—A un recado. Algo que Jeannine ha olvidado.

Sorprendida, Asmodea se volvió de pronto, como si acabara de serle revelado algo irremediable.

Esa sensación no hizo más que afianzarse cuando vio a Jeannine, en el otro extremo del salón, con la frente apoyada en la repisa de la chimenea. Se fue apresuradamente hacia ella. Rodeó su talle con el brazo.

—Ven conmigo —le dijo.

Se encerraron de nuevo en su habitación. Jeannine se adelantó como una sonámbula y se sentó en la cama.

—Sé muy bien lo que pasa por ti ahora. Ten calma, Jeannine. Pronto habrá pasado todo.

Ella levantó la mirada. Era una mirada indecisa, suplicante.

—Dentro de una hora ya… ya habrá zarpado. —Asmodea miró su relojito de pulsera—. Ni una hora siquiera.

—No quiero esperar esa hora —dijo de pronto Jeannine, levantándose—. Acabo de descubrir una cosa terrible, Silvia, y es que no puedo seguir aquí.

—¿Qué dices?

—Que me voy.

—No lo has pensado en serio.

—Durante todos esos días me he estado engañando. Pero me voy. Ahora para mí todo está clarísimo. Detesto al holandés, pero es lo único capaz de darme una compañía absoluta. Sí, Silvia. No soy más que una forastera para todos. Y tampoco podría quedarme atada a esto. Estoy saturada ya.

Asmodea se acercó a ella. Intentó disuadirla.

—Pero eso… eso es una depresión repentina. En cuanto llegue Desiderio con… con lo que a ti te interesa, cambiarás de parecer.

—¿Y cómo? ¿No ves que si necesito eso con tanta ansiedad, me siento temblar ante la idea de que el único que me lo puede procurar se está marchando, se va a marchar para siempre? Hasta en eso las cosas me están empujando hacia él. Si la falta de esa pequeña mentira me causa tanto mal, no tengo más remedio que seguirle.

Asmodea vaciló. Sufría tanto como ella.

—No es el efecto de una inyección, es toda mi sangre la que se va detrás de él. No lo puedo remediar.

Hubo un silencio. Solo, a lo lejos, se oía el rumor de los vehículos de la «rúa», y las voces de los invitados al otro lado del pasillo. ¿Desiderio? Dime, ¿no piensas que os queréis?

Jeannine pasó la mano por sus cabellos, como si ahuyentara un mal pensamiento.

—No, no lo pienso porque eso… no es grave, tú lo sabes. Tú misma dijiste que llegaría un momento en que todo le parecería un sueño y que entonces ya no sufriría. Lo que causa el dolor no es la separación, es la despedida. Y ahora podría marcharme sin dolor.

Calló unos instantes. Luego hundió su rostro con un ademán convulso en la palma de sus manos, y se volvió a sentar.

—¡Ay, que cuando nos conocemos y cuando nos vemos por primera vez no ocurra nada de lo que nos ocurre cuando es la última! ¡Que no haya entonces ni llantos, ni gritos, ni sorpresa siquiera! ¡Qué estupidez es eso! ¿Por qué no puede ser ahora igual que entonces?

—Jeannine, Jeannine —dijo Asmodea, acercándose a ella, rodeando con su brazo su espalda—, nosotros te tendremos siempre como una amiga; para mí serás algo más, como una hermana, como algo que te hará sentir que no estás nunca sola… No te vayas.

Jeannine se calmó un poco. Quedó un rato sin hablar, pensativa.

—Ya lo sé —dijo al fin, sin dejar el hilo de sus ideas—. Te lo agradezco en el alma y nunca podría olvidarlo —añadió, estrechando la mano de Silvia, apretándola—. Pero acabaría huyendo también de vosotros algún día. Más vale que lo haga hoy.

Volvió a levantarse, con una decisión terminante.

—Te suplico, Silvia, que no le dejes hasta que te conste que ya ha dejado de sufrir. ¿Me lo prometes?

Silvia sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos.

—Debo aprovechar los minutos. Le pido un favor a Antonio, pero no le digas nada tampoco a él hasta que me haya marchado; y es si el chófer me puede acompañar en el coche. Y otra cosa a ti. Que arregles mis cosas, luego… ¿Puedes… puedes cuidar de «Yucki»? No da mucho quehacer. Dejaré la llave del piso en la saliente vertical de la escalera.

Silvia escuchaba sin abrir la boca. Sus rasgos, indios o incaicos, se hallaban como deformados por una intensa y contenida emoción y su boca se distendía en una súplica que estaba acallando.

—Quiero que quedes tranquila sobre una cosa. Mi marcha no es un impulso irrazonado, no. Es que no tengo otro remedio. Después de todo, nunca dejaré que se me escape la felicidad. ¡Quién sabe!… Probablemente era eso lo que estaba escrito de mí. Así siento al menos que está escrito ahora; es inútil rebelarse contra eso.

Las dos mujeres quedaron una junto a otra. Asmodea se adelantó y abrazó a Jeannine, largo rato. Luego, llevándose el pañuelo a los ojos, se secó unas lágrimas.

—Ya ves. No sufro nada —dijo Jeannine—. No sufro porque entre otras cosas… así Desiderio será lo que también de él está seguramente escrito. —Y rememoró en aquel instante tres o cuatro rasgos de su candor, la manera que había tenido poco antes de sonrojarse porque Anselmo «era un cínico», la cara que puso cuando ella le confirmó que usaba aquello. Ahuyentó en seguida esos recuerdos.

—¿Puedo decir al chófer que es un encargo tuyo?

—Yo te acompañaré —contestó Asmodea—. Pasemos por aquí.

Entraron en el pasillo del servicio. Asmodea fue a buscar el abrigo y el sombrero de su amiga. Luego, por la escalera de escape, bajaron a la calle. Mientras bajaban, Jeannine oyó por última vez la voz de Antonio Mira que cantaba un cuplé a todo pulmón, coreado por sus amigos. La mano de Jeannine temblaba levemente en la baranda. Antes de llegar a la portería, las dos amigas se abrazaron de nuevo.

—Te escribiré en cuanto llegue a puerto —pronunció Jeannine, que parecía contenta, liberada ya de toda duda, con un ánimo limpio, segura de afrontar su nueva vida sin sentir nostalgia alguna de la que estaba clausurando. Y Asmodea la vio partir en el interior del coche; vio el fulgor azul de aquellos grandes ojos claros y el vuelo imperceptible de un mechón de seda rubio, suelto a la brisa de la noche. Y una mano enguantada, una mano blanca que se movía en la ventanilla, como una hoja zarandeada por el viento, hasta que el coche se perdió de vista entre los demás.

Nadie notó al momento la intensa turbación que sentía Silvia, cuando volvió a entrar en la reunión, ni siquiera Antonio. Mientras, sola en su cuarto, intentaba rehacerse de la impresión sufrida, llegaron a la casa los invitados que faltaban: Óscar y Monique, aquel con disfraz de centurión romano y esta con frufrú de danzarina, mostrando unas piernas esbeltas hasta los muslos; Bernardo Catasús y Fernando Molins, que llegaron juntos y sin compañía femenina. Los dos eran jinetes, aficionados a la equitación y amigos de Antonio por esa causa; pero el segundo era como el reverso desdichado de la medalla, puesto que nunca había conseguido la menor puntuación en ningún concurso, al paso que Bernardo era un campeón; ambos venían disfrazados de Inquisidores, con grandes sayos negros y lúgubres y unos capuchones sombríos que cuando eran usados les cubrían casi todo el rostro. A cada nueva voz que Asmodea había oído desde su cubil, anunciándole la presencia de un elemento nuevo, había salido y mirado por la rendija de la puerta de comunicación, pensando que sería Desiderio. Estaba inquietísima. No sabía cómo habría de comunicarle lo que acababa de ocurrir, ni cómo empezaría.

Y cuando le vio llegar, cuando vio de nuevo la mancha azul del viejo traje de dominó de Antonio, precisamente en el aire evanescente de la habitación que aquella misma tarde ella y Jeannine habían dispuesto, se quedó un rato indecisa, perpleja y confundida, antes de osar ir a su encuentro. Desiderio, al entrar, buscó ávidamente a Jeannine con la mirada y Asmodea, desanimada por ese signo de ansiedad, sintió acrecerse toda la dificultad de su cometido. Pero en seguida recordó que aquello debía ser afrontado cuanto antes, sin dilación. No había otra alternativa. Asmodea salió de su cuarto y entró en la sala.

De momento Desiderio no pareció recelar en absoluto, ni del aspecto de Silvia ni de los rasgos del desánimo que se exteriorizaba en su rostro.

—¿Dónde está Jeannine?

—Ha tenido que salir un momento. Ven que te cuente, donde estemos solos.

Le dirigió al despacho de Antonio, que era una habitación forrada como las bibliotecas. Una luz de mesa derramó una claridad mortecina sobre los anaqueles, pero iluminó con un haz pleno la faz de los dos. Y la de Desiderio ya estaba lívida, desencajada entonces por la ansiedad.

—¿Dónde ha ido? —preguntó, con una voz vacilante, quebrada.

En el rostro de Asmodea se marcó de pronto la vacilación, el temblor más elocuente.

—¿Se ha marchado, di? —prorrumpió Desiderio; y sin esperar a que ella contestara, hundió su frente en sus manos.

—Estaba vacilando, estaba vacilando por ti… Pero al fin, sí, lo ha hecho.

No vio el rostro de Desiderio. Solo sintió una especie de quejido que brotaba de entre sus manos, algo menos que un sollozo, una quejumbre desgarrada.

—¡Cómo es posible! —exclamó, con una voz muy baja.

—Ten calma, amigo mío. Ella creyó que… debía hacerlo. Se lo estuvo ocultando y estuvo batallando sin que tú lo supieras hasta que al fin se rindió.

—No lo creo, no lo creo —dijo él, poniéndose en pie y vacilando como si no pudiera sostenerse del todo—. ¿Cuándo se ha marchado? ¿Dónde ha ido?

—Es tarde ya. El barco salía… a las ocho.

Por rutina, sin darse mucha cuenta, Desiderio miró su reloj. Y de pronto acertó a ver que todavía quedaba un tiempo, unos instantes, unos minutos, en que ella podía repensarse.

Se volvió, sin decir palabra.

—¿Dónde vas? Dime, ¿qué vas a hacer? Es inútil, ya es tarde…

Como un alocado bajó las escaleras. No hacía aún diez minutos que había dejado el coche de alquiler frente a la puerta y, en el portal, lo vio ahora en la esquina, apostado en espera de un nuevo cliente. Corriendo, volvió a encaramarse en él. Dio una orden: al puerto. Pero ¿cuál? Ya vería. ¡Aprisa, aprisa!

El caballo empezó a andar, y luego a trotar alegremente, sin forzar en modo alguno aquel lento discurrir de los tilos de la Rambla de Cataluña que en la semitiniebla semejaban nuevas máscaras macilentas. Y no veía Desiderio la turbia marejada de gentes que pasaban por la calzada, ajenas a toda inquietud, de vuelta ya de la fatigosa «rúa» que se prolongaba demasiado. Desiderio no veía y no pensaba en nada.

Se sentía enervado por la lentitud del coche, pese a los trallazos con que, desde el pescante, el cochero animaba la marcha del animal. Era ya una eternidad la que le separaba de Jeannine; el tiempo había perdido todo valor, toda medida. Esos minutos que se sucedían y se perdían en el océano del tiempo eran toda su vida y su muerte, de la misma manera que por el diminuto ojal que abre en nuestra carne una navaja, por aquel pequeño espacio que apenas se ve, podemos desangramos del todo y expirar.

Y esos minutos transcurrían, sin tregua, ese tiempo goteaba implacablemente sin que nadie lo pudiera detener; y ese lapso de tiempo ya no tenía vuelta atrás, era irreversible, se perdía para siempre…

Ese dolor del tiempo, esa traición de los instantes la sintió del todo viva e implacable en los relojes, en las esferas iluminadas que cruzaban de vez en cuando ante su mirada, ansiosa y febril. A cada tramo de su trayecto, aquella aguja implacable perforaba más y más su carne, le clavaba una y otra vez su siniestra hoja hasta el fondo del corazón. Al pasar por la Plaza de Cataluña la aguja cubría totalmente, verticalmente, los trazos de aquel XII turbador. Al pasar por Canaletas ya se había corrido un poco hacia su derecha, nada más que un espacio mínimo, imperceptible, inocuo, casi inservible, que bien hubiera podido perdonar. Y en el reloj de la Academia de Ciencias, en las Ramblas, la aguja se había inclinado sin duda alguna, sin excusa, ostensivamente, un trecho más, que cubría ya otros signos, otros guarismos de la esfera. No obstante, era posible —se decía exasperado de impaciencia— que los barcos no respondieran a esa puntualidad humillante y ciega de todas las cosas humanas. A esa puntualidad inexorable de la mecánica y de la cronología. ¿Por qué no? ¿Por qué no podía el tiempo haber hecho una mínima, una graciosa jugarreta a Jeannine esta vez? Si era así, estaba seguro de que una mirada, una voz, un abrazo como tantas veces, serían capaces por sí solos de retenerla. Y el carricoche seguía avanzando al trote del caballo, resbalando de vez en cuando en los rieles del tranvía, cruzando entre sombras y luces hacia abajo, hacia el término inquietante.

Al fin Desiderio vio la silueta alta del monumento a Colón, que se confundía con las sombras y los charoles del puerto. Después vio un barco, un barco blanco adosado al muelle. «Si fuera ese… si lo fuera, aún estaría a tiempo de todo». E hizo que el coche se acercara de prisa. Hizo que el cochero esperara y bajó por el estribo sin aguardar que estuviera parado del todo. «Si fuera ese». Leyó el relieve de unas letras doradas, vistosas, en el flanco: «Ciudad de Madrid». «No, ese no será», se dijo… Y se acercó a uno de los mozos que estaban parados, las manos en los bolsillos, bajo la blusa de rayadillo, la colilla en la boca. Le preguntó si sabía del barco que debía zarpar para Sudamérica a las ocho.

—¿A las ocho? —Y el hombre sacó su reloj, con cara resignada.

—Sí, ya lo sé, no llego a tiempo. Pero ¿sabe cuál es?

El mozo se acercó a otros dos hombres que estaban sentados en una pilastra, junto a los tinglados. Quedaron hablando y discutiendo unos instantes, que parecían eternos.

—Esos dicen que debe ser el «Göteborg», un barco sueco. Pero estaba en el muelle de Poniente.

Desiderio no dio las gracias siquiera; se encaramó al coche, dando al cochero la dirección del muelle de Poniente.

El puerto estaba a oscuras. Solo leves bombillas alumbraban de trecho en trecho la calzada, difuminando una luz difusa en ciertos ángulos, en los tinglados, junto a las grúas. Todo lo demás vivía esa tiniebla densa, opaca y profunda en la que se mueven reflejos imprecisos, esa tiniebla que es la tiniebla de las bodegas, de los malecones, de los fardos y de los cordajes. A veces se veía cruzar en esa sombra otra sombra más densa, y por el charol oscuro del agua deslizarse un bulto grueso y sigiloso, alguna chalupa o un batel que volvía de los criaderos de mejillones o de los talleres de la embocadura. Y un gluglú sombrío, extraño, refluía en los muros del muelle, rezumantes a musgo, a algas, olorosos a humedad y lamidos de ventisca.

El coche cruzó esa zona de sombras. Cruzaba despacio, bamboleándose en los desniveles, en los baches, a punto de atascarse a cada paso en la juntura de los resbaladizos adoquines, que formaban charcos innúmeros, en los que se reflejaban, aquí y allá, débiles resplandores de fango y edificios que tenían en aquel instante una inconsistencia lacustre, como si se pudieran hundir. Las techumbres y los hierros de esas moles parecían moverse, amenazantes, trémulos. Y la cabeza de jirafa de las grúas, esos monstruos de hierro gris rojizo, parecían mascar en el cielo difuso un poco de ese pienso nauseabundo que es la niebla portuaria, que tendía sus flecos aquí y allá en los objetos, en los mástiles… Sobre las aguas, los barcos hacían surgir de las sombras su blancor y mostraban un instante las formas de los mil trastos de cubierta con los que parecen hechos, con la celeridad de pavesas incandescentes que degeneran de súbito otra vez en tinieblas. Y luego, algo se fue aclarando insensiblemente. La luz de unos tinglados abiertos iluminó un trecho del camino y dentro del enorme almacén de ladrillo se vieron unos hombres acostados en sacos y grandes pilas de fardos grises uno junto a otro. Y después, esa luz se amplió, mostró de pronto un gran panel del puerto en el que la gente se movía y algunos grupos fluctuaban, a mitad entre la luz y la sombra, a mitad entre la piedra y el agua… Un barco estaba junto al tinglado, le sobrepasaba, lanzando al agua chorros blancos de espuma y una densa humareda negra que tiznaba aún más la niebla, el aire y el cielo.

—Ese es, ese es —clamó Desiderio, palpitando, exaltado—. Aprisa. Acérquese aprisa.

—Es inútil —dijo el cochero—. Está saliendo.

Pero Desiderio no lo veía así. Aquella mole se mantenía inmóvil, arrimada a los demás bultos, a un palmo —o así se lo parecía a él— de la techumbre de los tinglados, de los carros, de la gente que ululaba en el muelle.

Bajó de un salto del coche y corrió hacia el muelle. No sabía dónde mirar. De un trecho recorrió toda la superficie del muelle. Entre las sombras de las docenas de personas que estaban paradas, sin moverse y sin hablar, ninguna de ellas podía ser Jeannine. Eran seres anónimos, desechos de la vida nocturna que pululaban como cortezas de fruta o detritos echados por el barco. Y entonces sintió Desiderio que todo estaba perdido. Porque aquello que había creído que no se movía, que seguía arrimado a los muelles, estaba lejos ya de ellos. Unos metros de agua negra le separaban de la mole roja y oscura; y el movimiento imperceptible de esa agua se iba extendiendo, agrandando sin remisión, lenta pero implacablemente, tendiendo un vacío irremediable entre él y ella, seccionando verticalmente su vida en dos. No estaba inmóvil, sino que navegaba ya. No estaba inmóvil, sino que con una lentitud increíble, desgarradora, se balanceaba, se torcía, se alejaba, viraba sin remedio. De aquí allí no mediaban más que unas cuantas brazas de agua, de aquella agua tornasolada y sucia del puerto, pero que equivalían ya a toda la dimensión del océano, a las tormentas, a los vientos, a los tifones que mediaban entre una tierra y otra tierra, entre un mundo y otro mundo. No podía en realidad comprender por qué esa distancia tan corta le producía la impresión de hecatombe, de quebradura absoluta. La gran fachada del barco se iba alejando un segundo tras otro con una prudencia, con un regodeo irónico, sin apresuramiento, hacia atrás, hacia la lejanía, como si estuviera sujeta a un gran cable elástico que graduara lentamente la huida. Y luego, el barco quedó de costado largo rato, ocultando una parte de sus ojos innumerables, de sus puentes, de sus chimeneas, de sus respiraderos… Una nueva mirada ansiosa a toda la superficie de la cubierta le demostró que Jeannine no estaba allí, que no estaba de ningún modo. Era como si Jeannine, de pronto, se hubiera esfumado inverosímilmente, se hubiera disuelto y no existiera ya en parte alguna. Y en aquel momento, un súbito y poderoso clamor, un mugido ensordecedor, que vibraba en los tímpanos, estremeció el aire. El temblor de la sirena llegó acompañado de una levísima llovizna, de una pulverización de vapor cálido que se metió en los ojos, en la frente, que roció sutilmente sus sienes. Era un sonido a la vez sordo y agudo, penetrante, un silbido terco que se amasó en el aire, que debió de /legar hasta lo más recóndito de la ciudad, que flotó insistentemente en la niebla. Paró un instante y volvió a rasgarse en la niebla, como una rúbrica horizontal y etérea puesta encima del trazo levísimo que en las aguas charoladas inscribía la blanca espuma de estribor.

Ahora, aquel gran túnel macizo que se alejaba había quedado parado oblicuamente al malecón y empezaron a trepidar con fuerza algunos motores, mientras arreciaban los escupitajos de agua blanca que soltaba por las bordas. A su lado la gasolinera de los prácticos maniobraba con agilidad, sacudida por el tumtum de sus motores y envuelta en una pestilencia de la que llegaban a vaharadas ráfagas hasta el muelle. Y, a esta distancia, el conjunto de la nave destacó entero, capaz de ser abarcado en su totalidad con un solo golpe de vista, cargado de luces y de pequeños faroles de color, que vacilaban en la borda. Algunos marineros rubios y descalzos se movían en cubierta, tan pequeños que apenas se podía distinguir el rubio de panocha de su pelo. Más cerca, arrimado al barandal de popa, un hombre alto, con una gorra de oficial, el capitán del barco, observaba atentamente la maniobra. Y unos y otros podían, en aquel instante, recorrer la nave de uno a otro extremo y hallarse en presencia de Jeannine, mientras pensaba que él quedaba para siempre arrancado de ella.

En el muelle, en una mesita, junto al lugar en que reposaba en el suelo la escalerilla, un carabinero doblaba y guardaba unos papeles, envuelto en un gran capote. Había apagado la vela, protegida por un cucurucho, y se disponía a ir a guardar al tinglado todos los dispositivos de su primaria oficina. De pronto se le ocurrió a Desiderio que era ese hombre quien había despachado el pasaje y quien, por tanto, debía tener constancia del paso de Jeannine. Desiderio se acercó a él, nerviosamente.

—Dígame, por favor. ¿Podría saber si ha embarcado en ese barco cierta persona?

El carabinero miró a Desiderio con desconfianza. Le observó unos instantes.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó, dispuesto a desdoblar la lista.

—Jeannine… Bueno, es francesa. Juana Céard, con «ce». El carabinero encendió con parsimonia la vela nuevamente; una luz fluctuante, desfibrada por el viento, iluminó los papeles.

—Juana, Céard, Céard…

Con el índice fue recorriendo una hilera de nombres.

—No. No hay nadie de ese nombre.

Una viva esperanza alentó en el pecho de Desiderio súbitamente. ¿Y si no hubiera embarcado? ¿Y si todo no fuera más que una suposición, una alarma estúpida de Silvia? Pronunció un «gracias» apresurado. El barco estaba lejos ya, se disponía a enfilar hacia la embocadura del puerto. La turbia mole parda pareció perder entonces parte de su prestigio, de su poder. Era como un raro animal que no nos afecta, como un gran chacal dormido que se va despertando lentamente.

Era inútil seguir allí. Si el nombre de Jeannine hubiera constado en la lista de pasajeros, Desiderio hubiera preguntado a algunos de los bergantes que se arracimaban junto a la fogata de los guardianes, en los tinglados, si no había posibilidad de que, de algún modo, él pudiera acercarse al barco en un batel. Ya poco le hubiera importado lo demás. Por un instante cruzó su imaginación la idea de una escalerilla de mano echada clandestinamente por la borda y de una ascensión por ella, hasta reunirse con Jeannine. Todo empezaba a resultar absurdo y posible, las ideas más peregrinas podían prosperar en aquellos instantes de irreflexión y de impulsos locos. Pero el nombre de Jeannine no constaba en la lista de pasajeros y era, por tanto, evidente que Jeannine no estaba allí, sino tranquilamente en su casa, quizás empezando a aturdirse con los efectos de la droga, o quizás en casa de Antonio, completamente recuperada de su momento de depresión.

«Sí, es inútil que me quede. Es preciso que me marche en seguida», se dijo. Y volviendo la espalda al barco, se fue de nuevo hacia el coche. El cochero esperaba pacientemente, sin extrañarse lo más mínimo de aquellos viajes, de su impaciencia, de aquellas prisas, ni de su obstinación en llegar a un barco que se había ido. Se acercó al coche y cuando ponía pie en el estribo sintió una mano que le rozaba.

—Perdone usted, señor Rius. Claro es que en la oscuridad no me reconocerá. Soy Ramiro Mendizábal de la Higuera, agente privado.

En seguida vio Desiderio flamear ante él, a pesar de la tiniebla, el rojizo bisoñé del detective.

—No sé si le será molestia. ¿No le importaría que… en fin, acompañarme hasta Atarazanas? De aquí allí hay un trecho.

—¿Cómo dice? ¿Qué hacía usted aquí?

—Estaba… concluyendo un trabajo. Perdone usted, pero me imagino que estará impaciente por saber que… que la señorita Jeannine ha subido a este buque a las siete cincuenta y seis, veinte minutos más tarde que el señor de Hugtenhagen.

—¿Cómo dice? —clamó Desiderio, agarrando al detective por las solapas.

—No se enfurezca, señor. Soy hombre de respeto. En otros tiempos he sido autoridad.

—Ella no ha subido. En la lista de pasajeros no estaba su nombre —protestó Desiderio, soltándole.

El detective sacó su libretita de un bolsillo. Se acercó al fanal del coche, en el que titilaba una llamita y, calándose unas gafas, leyó en su agenda.

—La señorita a que me refiero ha usado el nombre de madame Crémier, camarera del buque, y ha sido acompañada por su capitán, el capitán —y el detective volvió a leer a la luz del fanal— Fritzhoffen… Tal como estaba proyectado de antemano, sin duda.

Desiderio se quedó de una pieza, sin acertar a moverse, sin acertar a desmentir. Hubo un largo silencio.

—¿Podemos marcharnos? —preguntó el cochero—. El animal ya debía estar de retiro. Lleva una jornada muy dura. Desiderio pagó, dio un billete.

—Puesto que la vuelta está pagada, me permitiré usar del vehículo. No tema—añadió el detective, encarándose con el auriga—. Tendrá usted un pequeño plus, con cargo a mis clientes…

Oyó que se perdía el eco de los cascos del caballo y el de las ruedas sobre el empedrado, junto con la voz victoriosa del detective, que entraba en animada conversación con el cochero. Todo se perdió en la noche portuaria, en la tiniebla, en el silencio. Al fin, no quedó más que la mole del barco, distante y sola. Se oía lejanamente el rumor amortiguado de su hélice y se veía su silueta iluminada sobre las aguas, seguida de una blanca estela. Como un párpado que se encendía y apagaba a intervalos, el foco del faro, en la embocadura, se cruzó con esas luces y ambas formaron una sola mancha, que duró unos instantes. Luego, el carcamán se separó de ella, se separó de todas las sombras, se alejó aún más, se hizo de pronto un borrón difuso y se eclipsó raudamente, tragado por la noche, para siempre…

Desiderio quedó un rato ante el jirón de silencio que flotaba en el muelle, ante la tiniebla… Se sentó en uno de los poyos, donde se amarran los gruesos cabos que sujetan a los barcos, y a pocos metros de la negrura maloliente del agua. Las sombras de los hombres que habían poblado los alrededores del embarque se fueron dispersando. Quedaron dormitando bajo la techumbre de los tinglados algunos mendigos. Los carabineros habían desmontado su oficina y no quedó allí más que el reflejo de las brasas de la fogata de los guardianes.

Todo había sido tan raudo, tan inesperado, que no alcanzaba a dar todavía un sentido y un peso a lo que acababa de ocurrir. No podía borrar de sopetón la imagen de Jeannine, no era posible que ella no estuviera. Por la misma inconsistencia de este hecho, no sentía todavía un gran dolor. Solo sentía un gran desconcierto, muchas ganas de no pensar, deseos de aniquilarse.

Allá, a lo lejos, como un fantasma grandioso, el perfil de Montjuïc ayudaba a darle una leve noción de que se hallaba todavía en su ciudad, en su mundo, y que todo lo que estaba ocurriendo no se salía de sus ámbitos normales, de los marcos en que había transcurrido toda su vida. ¡Pero todo había sido tan inesperado, tan repentino, tan insospechado!… Le parecía que todo cuanto acababa de ocurrir estaba totalmente al margen de la realidad, que regresaría al centro, a la ciudad; que volvería a subir a casa de Antonio y que encontraría allí a Jeannine esperándole, sentada como un pequeño Buda rubio, levantando sus ojos azules hacia su frente, besándole suavemente en la boca o en la sien.

«¡No puede ser, no puede ser!», sollozó, de pronto, ocultando su rostro en las manos. Se frotó los ojos, se arañó las sienes, el cráneo. Algo había de extraño, de incomprensible, de desmesurado, de increíble en todo ello. ¡No puede ser!

Levantó la mirada. Allá lejos, no quedaba más que el parpadeo del ojo insensible del faro del puerto. Y en lo alto, perdidas entre flecos de nieblas, unas cuantas estrellas.

Entonces al poner la mano en el bolsillo, palpó con extrañeza el bolso de plata de Jeannine. Y entonces, al mirarse, se acordó de que andaba disfrazado y de que era noche de Carnaval. Y se echó a llorar amargamente.