XIII
LOS CARROS CARGADOS de ladrillos se habían marchado ya, levantando la polvareda de aquel caluroso verano de 1915. El sol parecía brotar como un reflejo de la cal de las paredes de los nuevos edificios y aturdir a los habitantes de la ciudad industrial que el viejo Rius gobernaba con mano implacable. Los obreros, en turbas, quedaban largo rato bajo los grifos de las salas de higiene; de esas salas emanaba un olor a sebo y a humanidad mezclados. Los obreros se apelotonaban en el patio esperando su turno en la ducha y era realmente repulsivo verlos desde los ventanales de las oficinas tumbarse a la sombra del porche de las cuadras, desnudos de cintura para arriba, con la piel grasienta por el sudor y por un barro químico que manchaba sus rostros y chafaba en sus frentes las greñas húmedas. Parecían entonces coágulos de vida que no hubieran llegado a fluir. Pero al trasponer, ya limpios, con su ropa de calle, la puerta de salida, quedaban individualizados de nuevo.
Toda la fábrica, hasta sus más recónditas dependencias, vibraba imperceptiblemente al golpear de las lanzaderas. No había objeto, por nimio que fuera, que se resistiera a la influencia de esta permanente sacudida; la tinta vibraba en los tinteros sin pausa, día y noche; ese latido se apoderaba de las lámparas, de los tabiques, de los cristales. No había pausa en ese clamor, dado que hasta que se inauguraran las nuevas naves los turnos de trabajo eran continuos, sin interrupción. Y había un bramido recóndito, inmanente, en los objetos de escritorio, en las reglas, en las básculas, en las calculadoras, como un eco del ruido que hacía surgir millares de palmos de tela apilados, pieza por pieza, en el almacén.
Desiderio languidecía entre este barullo aturdidor. Procuraba, y lo conseguía con bastante éxito, pasar inadvertido. Únicamente se sentía vigilado, espiado por Arturo Llobet. El brillo de los lentes que, al dar contra la luz, llegaba a hacerse obsesionante, le sacaba de quicio. Un impulso de rebeldía nacía en su interior con ganas de deshacerse de la solicitud gelatinosa e irreprochable con que el apoderado entraba en su despachito sin llamar, en el momento en que menos lo esperaba. Y su desasosiego crecía cuando pensaba que a Llobet no habían de pasarle por alto los silencios, las evasivas con que cada vez que esto ocurría intentaba cortar sus insinuaciones y sus mudos reproches.
Sí, Llobet era testigo de su aburrimiento, de su nerviosidad, de su despego del trabajo. Las entradas y salidas de Llobet del despachito del hijo del amo, su vigilancia y sus deseos de que Desiderio se le franqueara, no hacían más que crecer de día en día. ¿Qué quería Llobet? ¿Por qué se metía con tanta solicitud y con tan poco disimulo en sus asuntos? Por mucho que fuera lo que la casa le debía, su padre le había pagado bien. Era el apoderado, tenía la firma de la empresa y una retribución considerable. No tenía por qué inmiscuirse en los asuntos privados de nadie, y en los suyos menos.
Llobet, en efecto, estaba preocupado por Desiderio y observaba al joven todos los días. Tenía hecho un esquema mental de los sucesos que pudieran provocar su desgana, su laxitud y aquel ceño de preocupación o aquella mirada desvaída con que, de un tiempo a esta parte, observaba a su derredor.
Notaba a Desiderio nervioso, agitado. Llevaba tiempo advirtiendo que salía muchas tardes de la oficina —los contados días en que el cuartel le dejaba las tardes libres— antes de que sonara la hora del cierre y que otras veces pedía permiso a media tarde para «ir al Polo». Por las mañanas su aspecto era el del hombre que no ha dormido bien. Sus ojos vagos e inexpresivos, una abulia al contestar, como si tuviera brumas en el cerebro, todo cuanto no había advertido don Joaquín en su hijo, el apoderado lo leía con toda claridad en su rostro.
Cuantas veces intentó que de una conversación con él saliera la manera de aconsejarle había topado con la evasiva de Desiderio.
Desiderio había logrado prolongar su tren de vida gracias a la pequeña cuenta que conservaba en caja, resultante del acopio de sus sueldos. Había ido pidiendo con diversas excusas derivadas del servicio militar cantidades que oscilaban según el volumen de sus gastos; pero esa cuenta se había agotado ya. Y el cajero, con una ligereza que no estaba en los hábitos del señor Maluenda, había seguido entregándole sumas sin darse cuenta de que los fondos personales del joven Rius estaban ya agotados. Cuando comprobó la cuenta, el señor Maluenda confesó su error a Llobet. Era el pretexto que el contable necesitaba para abordar con Desiderio la cuestión.
Una tarde entró en el despachito simulando querer entregarle personalmente unos papeles — ciertos formularios de la Mutua de Seguros— y encontró a Desiderio con la cabeza apoyada sobre los brazos, rendido de sueño sobre la mesa.
Desiderio se despabiló, sobresaltado. Llobet quedó de pie ante él, sin moverse. El brillo de sus lentes era, aquella tarde, más fuerte que el de los demás días.
—Está usted cansado, Desiderio.
No era una pregunta, como otras veces, era una recriminación. ¿Cómo iba a estar cansado si su trabajo en la fábrica, Llobet lo sabía mejor que nadie, era casi nulo? ¿El servicio? ¡Excusas! Había comentado con el transportista Rovira el trato que daban en Caballería y el hombre parecía muy satisfecho por él; hasta le dijo que su hijo Perico había engordado unos kilos. Por tanto, a diferencia de otras veces, Llobet se sentó frente a él. Iba dispuesto a hablarle.
—No se enfade, Desiderio, si le digo que he notado que usted no está contento. Le repito que no tiene en mi un vigilante, ni un guardián, todo lo contrario.
El tono con que hablaba era sincero y claro, contundente. Desiderio no pudo reaccionar. Era tal la distancia que separaba su mundo y sus preocupaciones del mundo y las preocupaciones del apoderado, que si hubiera intentado aproximarlos no hubiera sabido por dónde cogerlos.
—Me había dormido un poco —explicó—. ¿Y papá?
—Ha tenido que salir —contestó Llobet sin inmutarse, limpiándose los lentes.
Viéndole sin las gafas y con los ojos entornados por la leve miopía, sintió de nuevo Desiderio todo el recelo contra el apoderado. Embrollada aún su cabeza por el sueño frustrado, no contestó.
—El señor Maluenda, por un error —comenzó Llobet, sacando de su bolsillo unos papeles—, le ha ido pagando a usted unas cantidades, hasta más de mil pesetas, cuando ya se había agotado su cuenta personal. He pensado que quizá usted creyera que esta cuenta era mayor que la realidad.
Desiderio se despabiló de golpe; se sonrojó, pero supo sobreponerse.
—¿Cómo?
Aceptó los papeles y los estuvo mirando largo rato.
—En efecto. Me había equivocado —confesó.
Llobet le miraba, asintiendo en silencio, al parecer, sin dar el menor crédito al asombro del joven Rius.
—Lo que, si me permite, es de aconsejar, Desiderio, por el afecto que le tengo, es que procure desprenderse en su vida particular de todos los compromisos que le lleven a un tren de vida que usted no pueda sostener; en una palabra, procurar reducir sus amistades a gentes de su condición. Dirá que me mezclo en su vida privada, y en realidad no hago más que hablar como le hablaría su padre, al que por cierto nada he dicho ni diré de esos adelantos. Créame, usted, afortunadamente — hay muchos que envidiarían su situación—, no necesita complicarse la vida. En cuanto a ese remanente… eso queda entre usted y yo. Por un lado sintió Desiderio una punzada de vergüenza, por otro una irritación velada contra el apoderado. Estaba nervioso, inquieto, con deseos de que terminara pronto la catilinaria de Llobet. Lo peor de todo era que aquel hombre de las gafas montadas al aire era la voz de la razón; mucho más, era la voz de su conciencia.
Esta escena vino a remover su moral, en el momento preciso en que le era indispensable acogerse de nuevo a sus normas. Y con este estado de ánimo decidió emprender su demorada visita a Caldetas. Prendido en las mallas de Jeannine había dejado, un día tras otro, para la semana siguiente, durante los dos meses anteriores, la visita de Crista. Había pasado el 24 de julio, santo de Crista, con una excusa burda —una enfermedad— y una carta larga y expresiva. Pero ahora, doblado ya septiembre, no podía pasar más. No sabía con exactitud cómo explicaría de palabra aquella demora. Quizá lo más fácil resultaría confesarle a su novia su verdadera situación, reclamar su libertad y dejar suelto todo compromiso. Aunque no estaba seguro de que esto le fuera posible.
Era domingo, pocos días después de que Jeannine le obligara a salir temprano del «Excélsior» y de que hubiera sonado en sus fibras, junto a los temas grandiosos de «La muerte de Isolda», el metro y la música de los hexasílabos de Verlaine. La noción de una pesadumbre espiritual — dormez, tout espoir / dormez, toute envie.— se mezclaba a la machacadora sensación de fracaso que le había producido la escena de Llobet y su reproche. Y aquella mañana, muy temprano, una franja azul se pintó en sus percepciones, penetró en su mirada y pareció cristalizar allí durante largo rato, como si le acosara con un dardo horizontal y veloz, el de la línea del horizonte marinero, que trazaba una efímera divisoria entre sus problemas y la jornada que se disponía a vivir.
El tren se paró en varias estaciones hasta llegar a la de Caldetas. Desiderio se había puesto un pantalón de franela blanca y una chaqueta azul, comprados en Inglaterra. Pero a la vista de un jovenzuelo con camisa de seda, zapatos de salón y pantalón crême que esperaba a alguien en el andén, pensó que, seguramente, la elección de su atuendo no había sido acertada.
Salió de la estación y, en la plazuela, preguntó a un mozo por la casa a la que pretendía ir. Después de meditar, el mozo le dijo que la casa de los Fernández pillaba un poco lejos. Iba a empezar a indicarle el camino cuando le aconsejó que fuera a la iglesia. A esta hora la colonia solía encontrarse en la misa de once.
Decidió esperar en un café a que se acercara esa hora y se metió en el pueblo; la gente pasaba endomingada bajo el sol. De vez en cuando cruzaba la plazuela algún veraneante. Sin saber por qué, el ambiente suscitó en él de pronto el recuerdo de los domingos del arrabal de Manchester, cierta calma que le sazonaba entonces y que había perdido enteramente desde su regreso. Poco a poco, los perfiles de Jeannine, su aventura, le parecieron algo lejano, algo insondable y absurdo.
Los paseantes que iban a la iglesia se saludaban con una sonrisa ceremoniosa. Y un perro solitario y hambriento husmeaba, sin que nadie se fijara en él, los restos del esqueleto de una pescadilla en medio de la calle.
Caldetas era a la sazón el lugar de veraneo por excelencia. Unos años atrás, ciertos médicos modernistas se habían sentido partidarios de los baños de mar, puntualizando que habían de ser tomados en días alternos y en número no mayor de nueve por temporada. A esa disposición se debía el auge de Caldetas. Caldetas estaba de moda.
Cuando faltaban minutos para las once, Desiderio pagó el servicio y se encaminó hacia la iglesia, siguiendo los pasos de unas chicas que caminaban apresuradas por una de las calles, mantilla y devocionario en mano. Enfiló por un ancho torrente y empezó a escalar una empinada cuesta. Al cruzar cada una de las esquinas de la estrecha calle por la que iba un soplo de aire salino le trajo la proximidad del mar. En una de las encrucijadas descubrió Desiderio la mancha azulísima de un palmo de Mediterráneo, recostada entre las tapias de ciertas casas, que eran de un blanco destellante; tras una de ellas asomaba un limonero.
La iglesia era igualmente blanca, brochada con cal sobre las formas de una antigua ermita amplia. Estaba en la cima de un montículo y a ella se subía por una serie de empinados escalones. Ante el frontis estaban paradas unas tartanas, una charrette y también un desmedrado carricoche amarillo, sin duda el de la fonda u hotel. Veraneantes e indígenas formaban grupos en la puerta, aguardando el comienzo de la misa.
Desiderio se decidió a entrar. La parroquia estaba ya casi completa y en la sombra de la nave no era posible distinguir a nadie. Echó una mirada escudriñadora en la oscuridad cuando sonaron las campanas de la torre y una campanilla en el presbiterio. El sacerdote y el acólito hicieron su aparición en el altar. Desiderio se colocó junto a una columna, al final del templo, y se santiguó maquinalmente.
Desde allí definió el cariz de ciertas gentes a las que podía identificar como veraneantes, que llenaban la hilera de sillas de la iglesia; lo empingorotado e impropio de ciertas damas y el aire distraído y suficiente de los caballeros que las acompañaban. Pero no dio con Evelina ni con Crista.
De pronto sintió en su brazo un tacto y un tirón brusco y se volvió. En la penumbra distinguió los rasgos de alguien que le sonreía.
—¿Qué haces tú aquí?
Era Paco Fernández. Reconoció, tras el fino bigote, muy cambiado desde la última vez que lo viera en los baños Orientales, más de un año atrás, la tez morena, la facha, más gruesa que antes, del hermano de Crista. No había pensado en él. Casi había olvidado que también Paco estaría en verano en casa, de vuelta de sus estudios de diplomático en Madrid.
Paco le cogió por el brazo e hizo que le siguiera.
—Vamos al coro; estaremos mejor.
Se metieron por una escalerilla.
—Bueno, ¿y qué…? Cuéntame… ¿Qué tal el servicio? ¿Lo pasas bien?
—Psé… Como siempre… Oye, ¿y Crista y tu madre?
—Están abajo —contestó Paco, entrando en el coro, que estaba completamente vacío.
Se acercaron al pretil y Paco miró abajo.
—Míralas, allí están —y señaló un punto, a la derecha, junto al presbiterio.
Desiderio tardó unos instantes en descubrirlas. Evelina se distinguía en seguida por el azul pálido de su vestido. Crista iba de blanco. Evelina se abanicaba nerviosamente.
Desiderio se fijó en Crista. Reconoció en la forma ancha y recia de sus hombros, en el suave decaimiento de su tronco, hasta adelgazarse en la cintura, a aquella muchacha hermosa e incitante que le había subyugado antes de que apareciera Jeannine.
Las misas de los domingos, en las poblaciones de veraneo, adolecen de un cierto clima cansado y rutinario. Tal vez sea el calor, la dejadez de la canícula. Entre las filas de los distraídos practicantes del precepto dominical pasan, alcancía en mano, en la que los veraneantes depositan un óbolo ruidoso, unas híbridas postulantas. Pasan luego los monaguillos con la hoja parroquial, en los cuadrados cepillos llevados sobre el pecho como una condecoración; el «Evangelio del día de hoy» es leído entonces distraídamente en las hojas por los pacientes maridos, varados en la iglesia con una serie de sobrentendidos y de consideraciones sociales, aunque también por el resquemor que les produce a veces la inquietante velocidad de su pulso, el índice de su presión arterial, el dolor mortificante de la articulación de su hombro izquierdo, al día siguiente de una libación demasiado copiosa o de un exceso de consumo de los habanos. Y esa multitud se pone en pie con un rumor de sillas y de bancos y un balanceo desigual y torpe, en el momento en que el monaguillo traslada el enorme misal de un lado al otro del ara, caminando de puntillas y mirando por encima del libro para no dar un traspié en el peldaño del presbiterio. Los hombres de misa de once se desembarazan del signo de la cruz con una airosa ejecutoria en el aire, rémora del ademán aprendido años ha, en los tiempos lejanos en que renovaron las promesas del bautismo, y en que alguien aseguró formalmente que estaban llegando al día más feliz de su vida, un día cuyo recuerdo no dejó más rastro que una fotografía con vestido de marinero y un aire de inocencia, cierto tupé de angelito en un cielo de cartón con nubes gravitantes. Luego esa muchedumbre vuelve a sentarse, cruzan palabras entre sí los vecinos de asiento, uno se fija en el otro, mira más lejos, se para, al fin, en el inextricable anagrama del ábside; y vuelve a leer sin remedio la hoja parroquial; lee entonces las misas de funeral, los donativos, las suscripciones, las respuestas del catecismo…
Un ruido de motor, ciertas explosiones estruendosas en la plazoleta de la iglesia hicieron percutir de pronto el aire como si un monstruo mecánico se dispusiera a entrar en misa. Docenas de rostros abandonaron su apostura y su ocasional sumisión para volverse sin remilgos y mirar atrás. Por la puerta de la iglesia entró una leve polvareda, al tiempo en que el estruendoso motor se paraba de pronto.
—¿Sabes quién es ese? —preguntó Paco instantes después, señalando, entre los grupos de hombres que obturaban la entrada del templo, la monumental figura de Pablito de Inglada.
—Sí, le conozco —contestó Desiderio, sonriendo.
Pablito se abrió paso sin remilgos entre el apiñado obstáculo de feligreses y se adelantó por el pasillo central hasta donde este quedaba libre. Se mantuvo de pie delante del grupo de rezagados, sin arredrarse por la curiosidad que despertaba. Parecía hallarse a sus anchas, centro de la atención general. De la marejada de rostros de la iglesia se volvían unos cuantos irónicos, avispados, divertidos; unos a otros se aproximaban cuchicheando; se escucharon murmullos, susurros, risillas y comentarios. Pablito, impertérrito, miró lentamente a todos lados con la frente erguida, sin duda en busca de alguien, pero sin moverse del lugar. Únicamente hacía girar, dando vueltas a las correas, unas grandes gafas para la velocidad que llevaba en la mano.
En su silla, Crista y Evelina habían dejado de moverse. Evelina abría y cerraba su abanico, pero no lo utilizaba ya para refrescarse.
—Cada domingo está aquí. Dice que se entrena para el Premio de Cataluña —explicó Paco.
La información no pareció inquietar a Desiderio. Los movimientos de curiosidad y la expectación que produjo el automovilista al llegar se fueron diluyendo en el curso de la misa. Ya, hacia el final de ella, al arrodillarse para la bendición, le pareció a Desiderio que Crista volvía la cabeza hacia atrás, también intrigada.
Desiderio y Paco bajaron del coro sin aguardar el final, antes de que terminara el Evangelio, y salieron a la plazoleta.
Estaba un poco preocupado por el instante en que se hallara de nuevo frente a Crista. La explicación no era fácil. Se sentía absolutamente a merced de las circunstancias. Todo dependía de la manera como ella le recibiera. Paco Fernández le sacó de sus cavilaciones.
—Bueno, hombre… ¿y por qué no has avisado?
—Lo decidí de repente.
—Te quedarás en casa, ¿no? Oye, ¿sabes que estás más delgado?
También Paco estaba distinto. Visto a plena luz parecía como si aquel año de ausencia hubiera convertido al hermano de Crista en un hombre hecho, con cierto desparpajo y un empaque estudiado, en lugar de sus antiguos modales de muchacho, de aquella espontaneidad infantil con que abordaba a las personas un año atrás. Apenas podía distinguir en él al chico que un año antes se metiera a conversar con la bailarina de music-hall en los baños Orientales.
Los tules, las gasas, los organdís que lucían las señoras para ir a misa parecían más propios de una reunión mundana que de un cónclave eclesiástico. Y la salida de misa, el corto rato de charla en la puerta de la iglesia sugerían, por los modos y por los atuendos, los perfiles de un pic-nic al aire libre, exactamente los de una reunión campestre. Los jóvenes pasaban ante la gente en busca de su grupo y las muchachas aguardaban al lado de sus madres la llegada de los encopetados galanes, un tanto afectados y teatrales en su tenue veraniega.
Desiderio aparentaba una tranquilidad que en realidad estaba lejos de sentir, en espera de que por la puerta de la iglesia aparecieran Crista y su madre. Entre las gentes que salían de misa descubrió la preeminente figura de Pablito, que se situó a cierta distancia de la puerta, aunque más próximo a ella que Desiderio y Paco. No hay duda de que estaba dotado de un aplomo singular.
Entre los grupos aparecieron al fin Crista y su madre.
—Allí van —indicó Paco. Hizo un signo para llamar su atención, pero no lo consiguió. Evelina estaba demasiado preocupada en no caerse, al bajar por los empinados escalones.
La primera reacción que se marcó en el rostro de Crista al reconocer a Desiderio fue la de alegría. Se le iluminó el rostro con una sonrisa y una exclamación.
—¡Mamá, mira quién está ahí!
Pero al ver que el chico se acercaba, su rostro se ensombreció, imperturbable. Desiderio cogió su mano y ella se la dio como si cumpliera con un requisito formulario.
—Celebro verte, querido —clamó en cambio Evelina, cuyos ojos no disimulaban efusión, cariño, júbilo—. Ya era hora de que te acordaras de nosotras. Nos hiciste pasar un mal rato el día del santo de la nena. Se te nota, se te nota. Esas gripillas de verano son las peores… —dijo de un tirón, resoplando aún por el descendimiento.
Crista tenía los ojos bajos, como si quisiera huir.
Durante unos instantes nadie supo qué decir. Los labios de Crista temblaban. Luego miró hacia otro lado, como huyendo de los ojos de él. Comprendió Desiderio que intentaba darle celos dirigiendo su mirada a Pablito.
Evelina se daba unos golpes rápidos en la muñeca con el mango de su abanico.
—¿Y por qué no has avisado? Hubiéramos ido a buscarte a la estación.
—Hasta última hora no me canjearon la guardia.
—¡Ah, vamos!, quelle blague! —exclamó, sin venir a cuento, haciendo ascos de la obligación cuartelera que se interponía entre Desiderio y ella—. Bien, bien, bien, Desiderio… —abordó con una sonrisita que era toda una recriminación—. Te quedarás por lo menos hasta mañana, ¿no?
—Lo siento, Evelina, pero me es imposible. ¿Qué más quisiera yo?
Evelina pronunció algunos suspiros en francés, mientras ponía pie en el estribo de la charrette. Haciendo fuerza con sus brazos, en los que tintineaban unos brazaletes, logró entrar en el carricoche. Crista y luego Paco y Desiderio entraron en él.
Pablito se quedó plantado en la plazoleta, mirando en dirección al vehículo que emprendía la marcha. Hizo una inclinación respetuosa con la cabeza. Crista y Desiderio estaban frente por frente en sus asientos. Sus rodillas se rozaban involuntariamente. Ninguno de ellos acertaba a hablar.
El carruaje empezó a descender con suma cautela, con todos los frenos puestos, por una gran pendiente entre casuchas pueblerinas. La mirada de Desiderio se deslizó sobre la frente y los ojos de Crista. Quería significarle de algún modo que venía solo para hablar con ella. Pero ella no levantaba los ojos del suelo. En un tumbo del carricoche, muy violento a causa de la pendiente, las rodillas de Crista parecieron apretar algo más las suyas. Desiderio insistió en esa presión, pero ella apartó en seguida su pierna, buscando espacio para ella.
Morena, llena de sol, con un tono de piel que acentuaba la blancura de sus dientes, desnudos los brazos y abierto el escote, en el que se insinuaba la línea de los senos, Crista estaba todavía más guapa en verano que en invierno. Con un movimiento brusco de la cabeza, que puso en evidencia un instante los tensos músculos del cuello, intentó echar para atrás la negra melena que la molestaba con el calor. Ella, sometida a la mirada de Desiderio, optó por decir algo, para distraerle:
—¿Sabes que estás más delgado? Mamá, a ti te convendría una temporada en «Santiago». ¿No decías que querías adelgazar?
—Sí, hija, pero no de ese modo… —protestó Evelina, un tanto airada.
—Tú sí que has cambiado —dijo él—. Te encuentro algo… distinto.
—¿De verdad? —preguntó ella con sorna.
El carruaje torció, entró en una carretera y siguió bajando. Al cabo de un rato se hallaron al nivel del mar. Siguieron por un camino bordeado de chalets y entraron en un pinar.
La casa de verano de Evelina estaba en el centro de un bosque de soberbios pinos que, por detrás de la casa, metían sus raíces en la arena de la playa. Pasaba una brisa fresca y agradable. Se apearon.
Desiderio entró en la casa subiendo los peldaños de mármol de la escalinata de la entrada. Del hall, que era una estancia amplia, de paredes decoradas con cuatro grandes plafones alegóricos, de una dudosa calidad, en los cuales ciertos personajes de miriñaque y pelucón se entretenían en unos idilios campestres, partía una ancha escalera que llevaba a las habitaciones del piso. En un rincón de este salón había un piano vertical; sobre él, una cabeza de Wagner derribaba a los hipotéticos admiradores con una sola mirada.
—No hagas caso de como encuentres esto —se excusó Evelina—. Compré la casa a unos indianos tal como estaba, con sus muebles y con sus cuadros. La verdad, para el verano, lo único indispensable es el «confort», ¿no te parece?
—Pero si está muy bien… —tranquilizó Desiderio.
¿No has traído el traje de baño? Paco te prestará uno. Los chicos se bañan todo el verano. Dicen que son historias lo de los baños cortos. ¿A ti qué te parece?
Desiderio contestó que le parecía que las cosas debían hacerse según la intuición de cada cual. Crista le miró, saltando:
—A veces la intuición engaña.
La alusión no podía ser más severa.
—Bien—terció Evelina, advirtiendo la violencia de ella. Yo voy al Casino. ¿Verdad que pasaréis a recogerme por allí, antes de comer? —y dirigiéndose a Desiderio, le animó—: Me gustaría presentarte a los amigos. ¿Verdad que vendrás?
Él se lo prometió.
Evelina había llegado a la conclusión de que no era ella quien debía cargar con los humores de su hija. Crista debía arreglar por sí sola las cuestiones que le eran propias. Pero, una vez hecha esta aseveración, se dijo que nunca conseguiría dejar que los demás se apañaran del todo por su cuenta. Así, quería que Desiderio conociera a cierta persona de su confianza, para que este, solapadamente, sin que pudiera notarse la mano de ella, le aconsejara y dirigiera. Evelina se dispuso a tener un aparte en el Casino con el doctor Duró y poner luego a Desiderio en sus manos. Más no podía hacer por su hija. Pero menos, tampoco…
Al quedar sola junto a Desiderio, Crista salió al exterior, un barandal cercano al mar que descubría, entre los pinos, el azul intenso del agua.
—¿No dices nada? ¿Te gusta Caldetas?
Desiderio la miró fijamente, buscando la manera de empezar un diálogo que aclarara la incongruencia en que estaban. Le era imposible empezar a hablarle como si en aquellos dos meses y pico no hubiera pasado nada. Ni quería engañarla, ni ella se dejaría engañar.
—¿Sabes nadar? —le preguntó ella.
—Sí. ¿Y tú?
Ella no contestó. Caminó unos pasos.
—Te agradezco mucho las cartas que me has enviado, pero quisiera saber por qué no has venido hasta ahora.
—Perdóname, Crista —respondió él—. Se me hacía pesado coger el tren, tú no sabes… Parece nada, pero esta horita de viaje viene cuesta arriba. No puedes comprenderlo.
—No, si no te reprocho nada —comentó ella, con tranquilidad—. Eres muy dueño de hacer lo que quieras. ¿No es lo que te gusta?
Hubo una mirada larga y un silencio. Hubiera sido el instante indicado para que él se hubiera sincerado. Para que le hubiera explicado que eran muy jóvenes todavía, que podían limitarse a mantener una amistad, etc.; todo cuanto había estado fraguando mentalmente en el camino que le conducía allí. Pero se quedó parado, sin decir nada, y pensando que Crista estaba demasiado guapa para ser herida en aquel instante.
—Vamos a cambiarnos —decidió ella en aquel instante—. Es hora de bañarnos, hace calor.
Y se alejó, entrando en la casa. Desiderio titubeó un poco, pero la siguió también.
Desde el salón, Crista llamó a Paco a gritos, reclamando el traje de baño para Desiderio. Asomó la cabeza de Paco en la baranda de la escalera y cayó sobre ellos el puñado de tela del bañador.
—Está un poco viejo, pero te irá bien.
Luego acompañó a Desiderio a una habitación. Sonriéndole amablemente, como si no pudiera negarle una cortesía, cerró la puerta.
No se explicaba la causa de la incertidumbre que sentía. Si Crista dejaba de quererle tal como hasta entonces le había querido, todo lo demás se derrumbaba. Estaba enredado con la otra, pero Crista era lo permanente, lo sólido, lo seguro… Tan seguro, que había olvidado hasta que eso se podía venir abajo.
Abrió el balcón, que daba al mar. Había en aquel momento una vacuidad, cierta desolación extraña, algo que provenía quizá de la árida majestad de la mañana, de la inmensa extensión del mar azul y del sol implacable.
No podía precisar cuál era la razón que le impedía resucitar con Crista el tono de su interrumpido diálogo; aquella forma peculiar de hablar, las claves de su secreto antiguo, el sobreentendido de sus coloquios tal como se producían antes del verano o, mejor aún, antes de conocer a Jeannine… Ahora había en ella algo que la había modificado imperceptiblemente. Tal vez fuera el aplomo de su mirada, la seguridad y la madurez de su belleza, que parecían hacerse respetar, haber adquirido conciencia de su valor. Ese elemento nuevo la hacía ahora todavía más atrayente, atrayente de una manera inesperada, distinta.
Se cambió en un instante. Su cuerpo blancuzco y desnudo, que parecía llevar el rastro de sus noches de orgía, era de una palidez desvaída. Sintió la débil caricia de un soplo de brisa. Salió de la habitación y bajó de nuevo.
En la veranda estaba Paco, esperándole. Un rictus un poco cínico en el rostro del hermano de Crista había venido a suceder la expresión inocentona y espontánea de su amigo en los días de colegial.
—Y por Madrid, ¿cómo has estado? —le preguntó, acercándose—. ¿Lo pasas bien?
—Formidablemente.
—¿Mucho… barullo?
—No tienes idea —y se besó las puntas de los dedos, en una gráfica puntualización de las delicias que evocaba—. ¿Vamos allá? —insinuó, bajando hacia el pinar.
¿Por qué iba a preocuparse? Todos los muchachos a su edad hacían lo mismo. La expresión y la tranquilidad de Paco se le contagiaron. Cruzaron el pinar, pisando la pinocha. La sombra de los pinos parecía encandilarse en el aire ardiente.
—A ti te veo muy apagado. ¿Vuelves a tener que «funcionar»?
—Sí, el despacho. Y… el cuartel. ¡Es una lata!
Llegaron a la arena, que ardía. Paco tendió su albornoz sobre ella.
El mar lanzaba a olas diminutas un poderoso aliento de sal, con un rumor seguido. Sentía Desiderio una rara desazón, que no casaba con la atmósfera ni con el sopor del verano. La playa estaba solitaria. A lo lejos, sobre el horizonte, una leve humareda indicaba el paso de un barco. La luz se quebraba en mil aristas sobre la superficie del mar.
Oyó un grito y se volvió hacia el pinar, de donde provenía; vio acercarse a Crista.
Se tendió en la arena de bruces, su quemazón mordió un momento su tórax y sus brazos. Y vio acercarse a Crista, esbelta, poderosa, perfecta, como una grave Diana de mármol tiznado que cobraba vida en la claridad aturdidora de la mañana. Crista avanzaba, moldeada por la prieta tela de un traje de baño azul, con un gran cuello de marinera, que marcaba la forma de su cuerpo y quedaba ajustado hasta la rodilla. Lo más grávido de sus formas parecía revolverse en el aire transparente con un aleteo de vida. Los brazos desnudos y el palpitante escote eran dos pinceladas armoniosas e incitantes y destacaban en el verde profundo del pinar.
Crista llegó hasta donde estaban ellos y, con un ágil salto, se sentó al lado de Desiderio, salpicándole al caer con un poco de arenilla. Suspiró. Embriagada de aire y de luz, se desperezó graciosamente llevando sus manos a la nuca y se tendió enteramente en la playa. El rostro de Desiderio quedó muy cerca del de ella. Estaba como adormecida, sin mirarle, con los ojos entornados, tumbada al sol.
Su piel era finísima y parecía exhalar fragancia y devolver el esplendor de la luz. Desiderio rozó con su mano el brazo de la chica. Este tacto finísimo con el que la palma de la mano de Desiderio pretendía hacer florecer de nuevo su común secreto y la ley de sus olvidados atrevimientos, no hizo reaccionar a Crista, que estaba de bruces, súbitamente adormilada sobre la arena, oculto el rostro en su antebrazo; el tacto la estremeció un momento. Desiderio acercó entonces levemente sus labios al brazo y ella se revolvió, apartó el brazo y protestó, fríamente:
—No empieces —le dijo.
Esta rara amonestación era la misma que había escuchado siempre, desde que no era más que una chiquilla, cada vez que él empezaba a acariciarla.
—Te he echado de menos —mintió él.
Crista volvió a ocultar su rostro, sin decir palabra. Pero luego, lentamente, perezosamente, dio un tumbo y se puso de cara al sol. Estaba allí tendida como una explosión rotunda y acabada de la luz, con una inanidad absoluta de materia que duerme, completamente desprevenida, absolutamente ajena a todo lo que no fuera el goce sensual y relajado del calor y de la soledad. Se revolvió con lentitud. Hundió sus talones en la arena e intentó como a tientas incorporarse un poco. Sus muslos palpitaron un instante y todo su cuerpo se volvió a tumbar, derrotado, sobre el cálido lecho de arena.
—¿No estás bien? —preguntó él, sin que ella le contestara. Estaba totalmente abrumada y deslumbrada por el sol.
Desiderio se incorporó. Miró a su alrededor; Paco, muy lejos, hacía unos ejercicios gimnásticos en la playa. Se dio cuenta de que estaba completamente solo ante el cuerpo tendido de Crista, ante una realidad que había olvidado, pero existía incontaminada en su interior: aquella belleza juvenil y palpitante, totalmente extasiada y como cerrada en sí misma. Ella abrió un momento los ojos, entornándolos de cara a él. Se miraron fijamente. Ella dejó que en la mirada de él se expresara todo su deseo. Pero su mirada seguía siendo fría y severa.
En aquel instante un bramido raro, indescifrable, surgió del mar, sobresaltándoles. Era una especie de gorgoreo informe y rotundo, un ulular estruendoso de gargarizaciones y onomatopeyas. En el puro y mágico silencio de la mañana y en la soledad de la playa desierta aquellos bramidos guturales, surgidos del pecho en remojo del inefable Pablito de Inglada sonaron a algo así como a cuerno marino, a anuncio de una gran cacería montaraz o a clarinazo de batalla. Crista se incorporó.
Pablito no tenía en modo alguno entrada en casa de los Fernández, por veraniega que fuera. Sus obsequiosidades y persecuciones tenía que seguir ejercitándolas al aire libre, en la playa, en el Casino y, sobre todo, con cierta frecuencia, a través del mar. Braceando y dando tumbos veloces, zambulléndose y reapareciendo, asomando sobre la superficie del agua ora la cabeza, ora los pies, Pablito de Inglada estaba haciendo una demostración explícita de sus dotes náuticas, de su familiarización total con el líquido elemento, tal el dios Neptuno, sonoro y exaltado en la majestad de su reino, se permitía el lujo de abandonar un instante el tridente y solazarse como un mortal cualquiera.
Crista levantó al aire su mano y le saludó desde allí. Ese gesto amistoso extrañó a Desiderio, pero lo disimuló.
El gesto de Crista fue correspondido con un recrudecimiento de los experimentos acuáticos del nadador, verdaderamente tonantes. Paco llegó junto a Desiderio, de vuelta de un atlético sprint al borde del agua, e hizo un comentario digno de su madre.
—Este Gayarre me tiene frito. ¿No podrías enviarle a otro sitio a hacer sus exhibiciones?
—Déjale. El mar es de todos —contestó Crista.
Paco miró a Desiderio con ojos de incrédulo, como diciéndole que no comprendía que pudiera soportar semejante acoso. Pero Desiderio pensó que, en sus circunstancias, nada podía hacer por evitar que el hombrón hiciera lo que quisiera.
Durante un rato estuvo el nadador insistiendo en sus piruetas. Luego braceó hacia la playa y, muy cerca ya de la orilla, se incorporó. Su corpachón emergió brillante del agua. Caminando con zancadas desiguales se plantó en la arena.
—¿No vienes? —gritó a Crista, deteniéndose un momento e invitándola a ir con él al agua.
Pero Crista no se movió. Pablito se fue acercando lentamente al lugar donde estaban. Chorreaba y se sacudía con grandes manotazos. Corriendo se acercó a ellos.
Desiderio se sintió incómodo. Las maneras de Pablito eran exuberantes, como su facha. La forma de mirar a Crista era descarada. Por primera vez se preguntó Desiderio si no habría pasado algo entre ellos durante su ausencia.
—Al agua —ordenó a Crista el intruso.
Pero al pronto pareció acabar de darse cuenta de la existencia de Desiderio junto a ella. Le saludó velozmente, dándole una mano mojada; luego volvió a la carga.
—A nadar, patos… —ordenó de nuevo.
En vista de que ella no obedecía a su requerimiento, intentó cogerla de la mano y arrastrarla. Crista se resistió dando golpes y chillidos, echándole puñados de arena a la cara; pero la decisión del hombretón era terminante y pudo más que todas las protestas. Arrastrándola sin cumplidos por la arena llevó a Crista al borde mismo del mar. Ella entonces se incorporó, revolviéndose, e intentó huir de nuevo. Mas Pablito volvió a alcanzarla y la fue metiendo en el agua a empellones hasta que Crista perdió el equilibrio y cayó a trompicones en la rompiente. Ella sola se chapuzó entonces. Volvió a salir, se escurrió el pelo mojado como si fuera un trapo; de la negra melena salió un hilillo de agua; se anudó en la cintura un par de calabazas de regular tamaño que estaban junto a las toallas y empezó a nadar.
Desiderio vio a la pareja jugar en el agua y oyó los gritos y protestas de Crista cada vez que Pablito intentaba alcanzarla. La comedia duró largo rato. Desiderio se sentía avergonzado. De pronto oyó la voz de Paco que, desde el bosque, le decía que se chapuzara, que pronto sería hora de ir al Casino a buscar a Evelina. Desiderio se levantó, encrespado por la irritación que le producía el descaro de Pablito. Pensó que aquella tarde, sin falta, todo quedaría resuelto… Pero ¿cómo resolverse? —pensó—. Eso…, eso… no lo sabía ni él, ni Crista, ni Pablito, ni nadie…