VIII
SU AMIGO CLEMENTE PIDAL le había dicho que era muy sencillo. Llevaban días pensando en que no eran hombres, en que los demás podían tratarles como unos chiquillos, por desconocer aquella brusca y fundamental realidad. Estaban en lo cierto. Clemente y él no eran hombres, aunque aparentaran lo contrario. Además, el instinto le acuciaba todas las noches hasta no dejarle dormir. Lo había decidido de golpe unos días antes, pero aún tardó en resolverse. Fue preciso que se encontraran por casualidad Pidal y él frente a uno de los quioscos de la Rambla. Del plafón de revistas destacaban unas figuras obscenas, unas formas de mujer provocativas y exultantes. Pasearon su mirada una y otra vez sobre esas manchas rosas, sobre las morbideces de color. Iban silenciosos, sabiendo adónde iban. Lentamente se encaminaron hacia el Arco del Teatro, como quien no quiere la cosa. No estaban seguros de tener el valor de entrar en aquel portal, pero por lo menos se iban acercando a él sin remedio. Otra vez ya habían caminado esos pasos, pero al llegar a la puerta siguieron, sin confesarse uno a otro la curiosidad y el deseo en que ardían. Ahora Desiderio estaba seguro de entrar. Su amigo se paró justo debajo del Arco del Teatro, ante el pequeño mostrador de un bar. Los espejos y las paredes estaban ocultos por un sinfín de fotografías de toreros y en el cristal estaba garrapateado con blanco de España un número de la lotería. Su amigo tomó una copa de cazalla, para darse ánimos. Luego propuso:
—¿No quieres subir a casa de la «Madame»? ¿No has estado nunca?
—¿Está muy lejos? —preguntó, disimulando su conocimiento preciso del lugar.
—Aquí mismo —señaló su compañero.
—Vamos, pues, si quieres —aceptó.
Entraron en el callejón. Su corazón batía furiosamente. Más que la idea del goce y del peligro, lo que le apuraba era su incertidumbre, el no saber si lograría aparentar ese mínimo de experiencia o de naturalidad indispensable para realizar su gesta. La escalerilla estaba mal alumbrada. Por ella bajaba un hombre, sin mirar. Les cruzó velozmente, volviendo la cabeza un poco, abrochándose el abrigo. Aún estaba a tiempo de retroceder y esto hubiera hecho si hubiera estado solo. Pero iban dos y se confortaban el uno al otro. En la puerta, una placa de latón dorado: «Madame Petit».
Iban a llamar o a empujar la puerta cuando esta se abrió por sí sola. Una mujer gruesa, con un delantal azul pálido, la cara pintarrajeada y unas llaves que colgaban de su cintura les miraba atentamente. Esperaban que esa mujer les repudiara, les echara o les negara la entrada, tal era la fuerza inquisitiva de sus ojos. Pero de pronto hizo una mueca, como una sonrisa sin dientes y les dijo: «Pasad».
Se hallaron en medio de un enjambre de mujeres que pasaban y se movían por su lado, acercándose, alejándose… Todo cuanto se velaba y escondía en la vida usual se mostraba allí desnudo y a las claras. Los transparentes organdís, las lustrinas y terciopelos no hacían más que acentuar la miseria de la fría y mansa carne sin pálpito de esas mujeres. No había el menor incentivo en el vaivén de esas figuras femeninas sin individualidad, que acercaban al rostro de los hombres un carmín viscoso y brillante en informe caligrafía sobre la boca. Había una distancia inabordable entre ellas y aquella misma realidad pintada, descrita en las revistas del quiosco, un trecho difícil de salvar entre estas formas amustiadas, estos fantasmas lánguidos y desdeñosos y la risa de odaliscas y nereidas de reservado dibujadas sobre la tapa de los folletos. Las piernas de estas mujeres, asomando larguísimas y escuálidas entre los pliegues de las faldas someras, los fláccidos senos como estrafalarias bolsas zarandeadas bajo el tul sugerían, más que el impetuoso frenesí que les había llevado allí, una decrepitud mortal, una fatiga aciaga y una náusea, una degradación irremisible, lejos de los arrebatos, lejos de toda audacia y de toda alegría.
Los dos amigos se separaron en la entrada del salón. Era una habitación bastante grande y cuadrada, con unos largos bancos adosados a la pared, unos arrimaderos de madera y una cristalera de vidrios ornamentales en los que se veía un sátiro alcanzando a una ninfa en un prado hipotético.
En los bancos estaban sentados media docena de hombres, la gorra o los sombreros en las manos, fumando distraídamente. Otros estaban acompañados de alguna de las mujeres, agobiados por ellas, literalmente ocultos por ellas; estaban incitándoles, animándoles a marcharse juntos. Pero las demás quedaban al margen, echadas en el banco con una pierna sobre la otra, en una exhibición incauta de sus carnes recónditas. Los dos amigos quedaron abobados, completamente vacíos de toda determinación, mirando al salón con una viva curiosidad, con ojos atónitos y sin decir palabra. Debía de notárseles a la legua que era la primera vez que pisaban un antro de ese estilo. Dos de las mujeres que estaban sentadas les descubrieron, se levantaron y fueron juntas hacia ellos. Desiderio y Clemente, las vieron acercarse. Estaban azoradísimos. ¿Cómo dirían, qué se hacía?
Ellas les abordaron de frente. Una de ellas, delgada, con una voz ronca y una docena de años más que Desiderio sobre los desnudos hombros que exhibía, se dirigió a él.
—¿Vienes conmigo, chico?
Los colores se le subieron a la cara. Su amiga ya había agarrado del brazo a Clemente Pidal y le hablaba al oído, haciéndole zalamerías. Se encontraron ambos frente a una ventanilla en la que una vieja dama, con el pelo blanquísimo ajustado por una red, les alargaba dos discos de metal, a cambio de unas monedas.
Las mujeres subieron delante por las escaleras, canturreando y a un paso muy vivo. Una teoría de puertas y postigos por un estrecho corredor, mal alumbrado por una bombilla polvorienta, le hizo pensar en una cárcel, en una colmena disparatada y soez, en un limbo absurdo, interminable.
La habitación era exigua. En el techo se bamboleaba una bombilla. En un rincón había un lavabo de trípode, con una palangana de loza descascarillada. En el suelo, en otro rincón, un objeto estrafalario, cierto recipiente oblongo sobre unos delgados hierros que le hacían de pedestal. Un jabón húmedo y blando navegaba allí dentro en una agua sucia. La mujer vació esa agua en un cubo oxidado y descolorido y luego enjuagó con agua limpia de un jarro los residuos del jabón de la palangana.
—Anda, ¿qué haces? —le preguntó, viéndole pasmado y sin moverse.
Sobre la colcha manoseada y desflecada se tendió su cuerpo atribulado con una inanidad total, sin el menor apego al impulso de curiosidad, de lascivia o de atrevimiento que le había llevado allí. Sentía una turbación extraña ante los gemidos prestados al hábito con que la mujer procuraba incitarle. Al fin separó su aliento y su rostro y se sintió lentamente, fugazmente atado, sumergido, arrollado, empujado, remiso a la más simple y elemental entrega, de bruces y sin remedio, suscitada solo por un leve y superficial contacto, por una irrisoria capacidad de prender, como el hierbajo seco de una ladera rozado por una cerilla. Fue un instante en que el cuerpo desconocido y fraudulento de aquella mujer, que unos minutos antes se le había acercado en el salón, a la que veía por vez primera y a la que nunca más, probablemente, volvería a ver, se convirtió en una pieza colosal y decisiva de su existencia, algo que podía haber sido señalado por un dedo misterioso desde lo hondo de su destino, pero que se quedó ahí un instante entre sus brazos, se desprendió de ellos, le echó a un lado, saltó de la cama con una naturalidad profesional y volvió a taconear por el cuchitril canturreando la misma tonada que había oído en la escalera.
—Venga, chico, que es tarde.
¿Era eso aquella incógnita que había llenado horas enteras de su obsesión? ¿Verdaderamente era eso?
Se puso de pie a su vez y se acercó al espejo. Estaba despeinado, aturdido, desconcertado… Metida en uno de los ganchos que sostenía el azogue de la pared había la fotografía de una mujer vieja con una niña de pocos años. Era una campesina, delgada y fiera, de piel morena, ojos rasgados y pelo tirante; la niña, arropada en un extraño trajecito de fiestas, se parecía a ella. Y por el espejo miró Desiderio a la mujer que compartía con él la habitación, intentando encontrar en su figura un destello, unos rasgos que le permitieran enlazar, de una a otra generación, la impronta de la sangre y de la raza. Pero bajo los polvos blancos que pretendían disimular en su cara el saliente de los pómulos, bajo el barniz grasiento del rojo de los labios, bajo la masa negruzca que apelotonaba sus pestañas, la mujer, que se había sentado a horcajadas sobre el inverosímil cacharro de loza, estaba huérfana de todo vestigio, era un animal sin raza y sin historia, algo que había quedado extirpado de antecedentes, de trayectorias y de resabios. La pequeña e insignificante estampa de familia debía ser la última ventanita que la asomaba a su ser, un cuadrilátero exiguo de memoria y de realidad en las contingencias oscuras de otro mundo, de esa vida sin sueño, de esa vida enterrada como en un nicho extraño, presidida de recipientes burdos, oculta tras unas cretonas y colchas desflecadas, improvistas a cada momento por el roce de la toallita y el jabón, el frasco desinfectante, el ardid profiláctico…
Desiderio sintió entonces toda la aberración de aquel instante. ¿Podía valorar con todo su significado la trascendencia de un placer que va perdiendo día a día, con la costumbre, su secreto y su hechizo? Las pocas aventuras que hasta su marcha a Inglaterra había intentado tener, rindiendo tributo a esa realidad turbulenta, se le habían marchitado en las manos antes de llegar a poder justificarlas decorosamente como efectos de una exigencia íntima y sincera. Hasta la tortuga, el animal más lento de la creación, podía agradecer a la naturaleza el castigo de sentirse arremetida o de arremeter contra el corpazón de su pareja, exigiendo a golpes ciegos el término de su delirio erótico; y el caracol, el bicho más frío, daba vueltas días enteros en torno a la hembra. Quería vencer la morbidez de las horas impregnadas por la imagen de la mujer, cuando sus miembros se hallaban como reclamados, flagelados por el instinto; y le llegaba oportunamente a la memoria el rumor del agua de las acequias de Santa María, el rebullir del follaje en el jardín, el rastrear de «Perla», la perdiguera… Retazos de campo y aire libre, inmarcesibles pinceladas de la adolescencia y de la niñez contra las sombras del tedio carnal.
«Despierta, estoy contigo», oyó que decía la voz de Jeannine, besándole en el pecho. Él vio a lo lejos levantarse levemente una cortina transparente, empujada por una suave brisa y descubrirse un tramo de cielo perla, clarísimo, en la lejanía; todo quedó inesperadamente oculto por la presencia de ella, de su rostro, y de pronto Jeannine le inundó de la mies de sus cabellos sueltos. Vio su imagen diminuta brillar un instante en las pupilas de Jeannine y después no vio allí más que un destello.
Pero las sombras del «salón» no le dejaban. Las mujeres tenían un rictus de alegría venal y sus cuerpos hedían, desprendían un olor que llegaba hasta él y que el envés de la sábana, su recóndita exhalación de lino no podía aplacar. Se desesperaba de su error, de la calamidad de su cuerpo, del fraude, de la trompilladura con que las gentes de su edad habían entrado en este gran secreto de la vida. Sabía que no era el único; que todos o casi todos los hombres como él, en su ciudad, habían comenzado de la misma manera. No podía volverse atrás, pero ¿no habría forma de advertir a los restantes, a los rezagados, a los que aún quedaban? Todos habían sido como él, se decía, y la sociedad está seguramente preparada para que esto sea así, como está preparado el chiste en la memoria del payaso.
Y era ese hecho elemental, brusco y sin paliativos, el origen de la vida de los hombres; y era ese simple y bronco contacto de cuerpos y de seres desconocidos la razón de sus batallas, su rémora… Era para llegar a eso que había sentido durante mucho tiempo la presión de suscitaciones, la lenta y voraz arremetida de la sangre, y que le rondaban sin descanso figuraciones, siluetas, voces…
Se decía que no era posible y lo afirmaba con el mismo tesón con que, años atrás, en el colegio, siendo un adolescente se había negado a dar crédito a la confidencia que se susurraba desde hacía semanas de uno a otro extremo de la clase. «Como los perros, como los caballos, como todos los animales, así nacemos». Pero entonces la revelación no se ajustó a ese hedor que le perseguía desde el «salón» de «Madame» hasta su propio sueño. Cuando se lo hicieron saber, la revelación se ajustaba al tufo especial de los establos de la finca y le hizo recordar el cansancio de las yeguas en mayo, su manera de mirar, el grosor de su vientre, su mórbida lentitud, su extremada fatiga, tumbadas en el heno con la cabeza vuelta en la penumbra al resplandor de la pequeña espita de acetileno; y un doliente relincho, un tibio bufido, una espiración caliente en las secas encías inundaba su imaginación: «Como los perros, como los caballos, como todos los animales, así nacemos…». Pero ni los perros ni los caballos hacían de eso una farsa mendaz, una repugnante parodia. Esto era un triste privilegio del hombre, de esos hombres que estaban sentados fumando en el banco del prostíbulo, de él mismo, al subir aquellos peldaños abyectos con un incentivo culpable…
—Despierta —ordenó dulcemente de nuevo la voz de Jeannine.
Se desperezó, se balanceó un instante en la vigilia. Se fue despertando primero su corazón, que puso en las sienes el murmullo de un latido reposado; luego sus ojos, que advirtieron en el techo y junto a los flecos de los estores la luz de la mañana. Después su memoria de todas las cosas: su memoria de sí mismo, de sus brazos, de sus flancos, de todo su peso sobre la cama. Esta noción completa de sí, de su cuerpo tendido, le hizo removerse entre las sábanas, mientras advenía el último secreto, la revelación definitiva de su lucidez.
La luz se introducía por la ventana y su conciencia adormilada penetraba a rastras en el nuevo día. Sentía un sabor híbrido en el seco paladar. Se sentía dominado por una suerte de perezosa pesadez, aturdido por el peso de su cuerpo, atascado en la rémora del sueño…
En este instante de lucidez, mediatizada aún por las imágenes soñadas, un intruso mágico reclamó su lugar y se acercó tumultuosa y tiernamente a sus sentidos. Su conciencia quedó de pronto partida por la mitad y todo él pareció quedar desperdigado en dos seres distintos a los que solo uniera, en el asidero de un abrazo total, aquel cuerpo palpitante y poderoso que ejercía un dominio exigente sobre su conciencia y sobre su pobre vigilia maltrecha. No podía valorizar aquel goce en su actualidad sino a través del recuerdo vacilante de sí mismo, por la intensidad con que lo había deseado. Entonces, sí, al pensar que el intruso era la materialización de su deseo y no una efímera y lasciva sumisión a cierta entrega de la que ya se sentía saciado, sintió un impulso y una emoción de amor y quedó disuelto en ella.
Después, durante largo rato, sintió su corazón trenzarse lentamente con el ritmo del corazón de la mujer. Vio sus ojos azules, pero tardó en reconocer en los rasgos de aquel rostro a la verdadera Jeannine. Jeannine aparecía y se evaporaba sucesivamente, se concretaba y se abstraía, se escamoteaba a sí misma y volvía a reaparecer, desparramada en una luminosa e inextinguible claridad que irradiaba de su sonrisa, que fulgía en un rostro desconocido, transfigurado y nuevo.
Atónito ante ese fenómeno de mistificación, ante este engaño, argucia suprema de los sentidos en la faz femenina indeterminada, desfallecida, doliente, que apenas podía personalizar en la de su amiga, Desiderio llevó lentamente la yema de sus dedos a los párpados de Jeannine, rozó la frente, el fino mentón femenino. Lo hacía con profunda extrañeza, con asombro. Pero la voz de Jeannine le resucitó cabalmente y por entero. Al añadir su voz a la indecisa realidad de su cuerpo, al incorporar a su cuerpo y en su carne la palabra solo musitada, que quebraba desde muy lejos el silencio, revivió Jeannine totalmente y tal como era en su plenitud; y con ella revivió de un golpe toda su anécdota y su aventura, el vestido que lucía ayer, la curiosidad con que miró a la pequeña prostituta de la calle del Cid, la caricia de sus manos cuando bailó en el «Excelsior»; revivió en suma, puesto de pie, el tiempo, todo el tiempo y además aquel minuto preciso que ahora estaban viviendo, que se escapaba con un rápido regate entre los dos.
—Prométeme que si alguna vez dejas de amarme… Pasó por los ojos de Jeannine una nube terriblemente rara. Se interrumpió y ladeó su rostro.
—¿Verdad que si alguna vez dejas de amarme recordarás este momento? —le suplicó.
¿Por qué había de suponer que una simple aventura, la pasión violenta de una noche, en la cual es forzoso que el acto de amor se disfrace con las más sutiles y perfumadas mentiras, fuera a prevalecer y desparramar su gracia sobre las horas siguientes? Al abandonar a Jeannine, al dejarla aún enredada en la gran liana de su pereza sensual, de su embotamiento erótico; al encontrarse en las Ramblas entre la multitud, mezclado a los hechos y los seres cotidianos, le pareció que todo había sido sencillo y natural y que ya nunca más podría acostumbrarse a considerar el acto del amor como un privilegio difícil, como el resultado de una hábil y laboriosa estrategia. El amor, entendido de esta forma, no era un acto sublime ni dramático; era, simplemente, el cumplimiento suave y hasta delicado de un instinto al que la gente se esforzaba en exagerar. Al cabo de un rato, sin embargo, en su casa, mientras se cambiaba de ropa después de haber perorado un rato ante Josefina a propósito de las contingencias y excesos de la disciplina militar, el acontecimiento que acababa de ocurrirle ya no se le antojaba tan sencillo. Se preguntaba por qué Jeannine le había escogido a él, por qué había accedido a colmar sus deseos sin ninguna prevención, tan espontánea y llanamente.
Cualquiera de los motivos que pueda tener una mujer de mundo para entregarse a un hombre quedaban fuera de juego. Ni dinero, ni promesas ni compromisos de mala ley… ¿Serán un poco de verdad las frases de amor que decía?, se preguntaba. Estaba a punto de sentir el peso de un lastre, de uno de los lastres más ridículos que pueda arrastrar un hombre, el del orgullo erótico. Fuera como fuera, por la seguridad que acababa de cobrar en sí mismo podía decir que ya, de algún modo, Jeannine le pertenecía, aunque no la volviera a ver jamás, puesto que había consagrado su hombría con una huella imborrable, con una especie de marca de fuego.
Durante largo tiempo quedó aturdido, sin poder dar a la «sensación» de Jeannine un nombre determinado. Únicamente podía reconocer la vivencia constante en que ella seguía existiendo por una sacudida de su corazón, como el paso de una hebra silenciosa y finísima que lo cruzara de parte a parte, cada vez que, impensadamente, en el despacho, en el cuartel, en su casa, evocaba su encuentro con ella y las horas que habían vivido en común.
Mientras se desvanecían, al amanecer, los últimos flecos del sueño de la imaginaria, en la madrugada larga del cuartel, pocos días después de su salida con Jeannine, rememoraba aún vívidamente el cuerpo tendido de la mujer, en su reposo y en éxtasis, lento, largo y perfecto en la plenitud de su esplendor; aparecía tal como la había visto en el último instante, indiferente a los rumores vivos que entraban por el balcón abierto con la gran oleada de la luz matinal. Rememoraba ese cuerpo tendido mientras agotaba uno tras otro los cigarrillos, completamente ajeno a su propia conciencia, con un ánimo relajado y estupefacto, con un elemental sosiego y un total asombro, con una admiración sin voluntad. Pero de aquella luz de la mañana en el pisito de Jeannine a la creciente luz que descubría ahora jergones y hombres tumbados, mantas y macutos en pila, calzones y botas, un vaho de paja y humedad en la nave de las caballerizas, mediaba la distancia de los dos extremos de su lucha actual, del debate que le apuraba, que ya no le dejaba reposar.
Había olvidado en unas horas, en un par de días, esa manera que tenían de nacer al crepúsculo los muros del cuartel y el fondo de oscuridad al que iban venciendo. En esa apoteosis del ladrillo que emergió lentamente, fantasma sucio y lineal, en la lechosa luz del día, su ánimo sufrió una transmutación extraña. En su conciencia desnuda aparecía por primera vez y de manera vehemente, desconcertante, mordaz, inextinguible, una figura femenina que no le permitía razonar, cuya imagen, cuya presencia continua en sus vísceras acababa de hacerle saber que existe un mundo verdadero por debajo o por encima o alrededor del miserable y mediocre mundo falso que nos hacemos.
Se fue a sentar en los fardos de alfalfa que se apilaban junto a los almacenes, en uno de los ángulos. La luz dejó de ser una premonición de las cosas y cuajó en bultos y formas, en irrisorias almenas y pardos tejados. Un rayo de sol se filtró en el ancho pasadizo de la maestranza, al cruzar por ella. Era un rayo como de miel, que destelló en las aristas del torreón de la entrada y llegó hasta sus ojos casi de golpe.
Un grupo de soldados sacaba a abrevar, por docenas, los caballos. En la fuente del extremo de los abrevaderos el agua salía a chorros por los gruesos tubos de plomo. Los caballos bebían como si dormitaran. En la salpicadura de los canales que irisaba un polen de agua sobre ellos, Perico Rovira estaba rociándose el cuerpo, negro de frondosa pelambre, en el hielo de uno de los chorros. Desiderio, al descubrirle, fue hacia él. Cruzó entre dos caballos y quedó a su lado.
Bajo el remojón, con grandes respingos y alardes guturales de estar tiritando, Perico Rovira tardó en advertir la proximidad de Desiderio. Sus ojos miopes, desprovistos de las gafas de concha, tardaron un instante en recibir su imagen. Saltó del charco y cogió su toalla echada sobre un poyo, con la que empezó a secarse de una manera despiadada.
—Quiero preguntarte una cosa. Yo tenía mi punto a las cuatro. ¿Cómo es que no me has despertado?
El otro tardó en contestar. Movía la cabeza como si estuviera madurando una razón.
—Verás. He pensado que no valía la pena.
—¿Qué dices?
—Sí. Esos «puntos» de imaginaria son coser y cantar. Quiero decir que si fueran los de la guardia te hubiera llamado. Pero solo para estar despierto en la maestranza mirándose el ombligo no valía la pena. Ya estaba despierto yo.
—Pero tú…
—Sí. Estaba leyendo la historia del «Terror» y no me he dado cuenta. Al fin y al cabo tampoco me hubiera dormido.
—Hombre, esto es de agradecer.
—Si supieras cómo dormías…
—No es razón.
—He ido a despertarte, pero luego no lo he hecho. ¿Sabes por qué?
—Tú sabrás.
—¿Sabes que estabas soñando?
—¿En voz alta?
—Sí. En voz alta y algo peor. Estabas soñando… en francés. Le miró con ojos discriminativos.
—¿En francés?
Perico se volvió para recoger de la pilastra el cepillo y la pasta de dientes.
—Sí. He dejado que siguieras con esa francesa. Anselmo no te lo hubiera perdonado, pero yo sí —dijo, sonriendo y empezando a vestirse.
—Sí que lo siento.
—No, no lo sientas. Al fin y al cabo te he ahorrado bastante dinero y, seguramente, un poco de salud, ¿no es eso? Ese Cosme no sé cómo tiene cara. ¿Es verdad que os cobra quince duros por guardia? Quince duros no los cobra ni Joselito en una tarde.
Desiderio estaba desconcertado.
—Pero… ¿Decía algo, algo especial, mientras soñaba?
—No. Frases de diccionario —tranquilizó Perico, sonriendo.
—Vamos, vamos… Pues sí que voy bien…
Perico comenzó a caminar hacia los dormitorios.
—Una vez cierta francesa que estaba conmigo en la cama, a mitad del sueño me pidió unos zapatos. ¿No te ha pedido a ti nada la tuya?
—No.
Hizo un gesto de extrañeza.
—Ya lo hará. Vienen de Francia a buscar eso —y con el índice y el pulgar describió gráficamente el dinero.
Para Desiderio, que sentía una gran gratitud, una simpatía tierna por el gesto de Perico, la aventura era, sin embargo, demasiado reciente, suculenta y prometedora. Pensó que el otro estaba en inferioridad para juzgar la actitud de las mujeres. El cuello bovino, sostenía sin dar opción a grandes flexibilidades, su cara rechoncha, vivaracha y vulgar de puro bondadosa. Ese rostro, visto por una mujer, pedía una compensación, un par de zapatos, ni más ni menos un par de zapatos, pensó.
Se acercó Anselmo, adormilado. A aquellas horas y en aquel lugar su calvicie aparecía deslustrada, desprestigiada.
—¡Bah, qué asco de cuartel! —barbulló—. ¿Por qué no salimos esta noche? —propuso a Desiderio en la puerta de los dormitorios.
—No; estoy… estoy cansado.
Anselmo insistió. Acababa de agotar una nueva cuarentena y se disponía a reengancharse en el noctambulismo.
Desiderio entró en el dormitorio, cogió su macuto y salió de nuevo al exterior. Cosme, el corneta, le dio alcance en la puerta de entrada. La hoja de sus patillas parecía herir el aire matinal.
—¿Qué, general? ¿Me ocupo de su guardia, esta noche?
Desiderio titubeó. Vio a Perico Rovira, que le miraba sonriente y benévolo, a unos pasos.
—No, no… Ya me desplumaste bastante el otro día.
—Como quiera, general. Otra vez será.
Josefina empezó a mirarle con ojos tiernos y escrutadores. Una noche, como un rudo y mudo reproche formulado por aquella mujer que era la guardiana de su salud desde que naciera, Desiderio encontró sobre el mantel de la cena el frasco recién comprado del mismo reconstituyente que había amargado —y no en sentido figurado solamente— no pocas de sus digestiones infantiles en épocas de crecimiento y crisis.
Desiderio tuvo sumo cuidado a partir de aquel día de incorporarse sin excusas a la rigidez de sus deberes. Su padre estaba enfrascado en las obras y en las operaciones de su trabajo y le dejaba un poco al margen. Desiderio procuró interesarse en su propio trabajo; cuando salía del despacho, procuraba encontrarse con Crista. Habitualmente quedaban citados en el Polo, donde Rita Arquer tenía un ancho espacio que cubrir con sus ojos. Cosa rara, ahora Crista no recelaba lo más mínimo. Y es que Desiderio se esforzaba en redoblar sus atenciones con ella, como si fuera la última tabla a que podía agarrarse, buscando en ella sabores e ilusiones que le ayudaran a borrar definitivamente de su imaginación las seducciones de la otra. Pero la imagen de Jeannine no se desvanecía, ni mucho menos. Podía sobrevivir a la impresión de felicidad o de armonía que Desiderio sentía cuando paseaba junto a Crista. Podía sobrevivir y, en realidad, sobrevivía porque Desiderio se sentía a gusto al lado de su novia solamente cuando estaba con ella. Mientras que la imagen de Jeannine era de todo momento, le asaltaba en las ocasiones más imprevistas, le llenaba en cada instante y donde estuviera, y de ella no quedaban a salvo más que los ratos de su emparejamiento con Crista, que le servían de lenitivo eficaz.
Dejó abúlicamente que transcurrieran las horas y los días, con la esperanza de que la seductora certidumbre de Jeannine se fuera atenuando. En aquellos días hubiera podido dejar su aventura en el punto en que la había encontrado. Por su propio impulso, al día siguiente de levantarse del lecho de Jeannine hubiera vuelto hacia ella, hubiera vuelto a importunarla, la hubiera esperado a la salida del piso, o en el «Excelsior», o en el «Suizo», donde la hubiera encontrado. Pero ¿qué hubiera pensado entonces de tales arrebatos una mujer como Jeannine, cómo hubiera calificado sus impaciencias, cómo hubiera reaccionado ante su incalificable acoso? De modo que, violentándose, demoró toda acción con la esperanza de extinguir todos sus deseos y llamaradas.
Se esforzó en cumplir con sus guardias en el cuartel, soportando el suplicio de imaginar que, en aquellas larguísimas horas, Io más probable era que Jeannine estuviera bailando y bebiendo con otro hombre en los mismos lugares que habían sido marco de su primera salida. Solo una noche hizo una excepción: deambuló largo tiempo por distintos locales en los que según pensaba, con toda seguridad ella no iba a estar. Pero al fin, antes de la madrugada se fue al «Excelsior». Procuró dar un aire natural a la ansiedad con que, derramando su mirada por toda la sala, en realidad buscaba en ella la silueta de Jeannine; disimuló la emoción que le anegaba al estar seguro de topar pronto con los ojos de Jeannine, que ya le parecía ver brillar con toda su transparencia en algún lugar, en la pista de baile, en el rincón del juego, en las mesas en las que se agitaban los asiduos del local, o quizás en alguno de los palcos… Jeannine no estaba; y en lugar de inquietarse, esa ausencia le alivió. Pensó que de haberla encontrado no hubiera podido disimular la quebradura espiritual que ya sentía con solo figurársela en compañía de otros, como si tuviera sobre ella algún poder, como si por ventura pudiera exigirle que se negara a sí misma, que traicionara repentinamente su propia naturaleza por el mero hecho de haber accedido una noche a ir a cenar en su compañía. Y en cuanto hubo salido del local, un nuevo deseo le empujó; tuvo que llegar hasta la Plaza Real y averiguar, oculto por las nobles arcadas, si había luz o estaba a oscuras el aposento de ella. Y vio una tenue luz y entonces se sintió mortificado, herido de verdad, puesto que aquella era la luz que había alumbrado tenuemente casi todo su sueño en la noche que pasó con ella.
Por un lado quería continuar, insistir, aprovechar, regalarse con las últimas consecuencias de aquel idilio solo insinuado, de aquella maravilla; por otro, prefería dejarlo todo tal y como estaba y no volver a pensar en ella. A ratos le parecía que esto último sería lo más fácil y que iba a morir lentamente, no dejaría ya más lastre en él. Pero al entrar en contacto con cualquiera de los ambientes que había rozado con Jeannine, al pensar en otras mujeres o al conversar de ellas con sus amigos, todo le parecía haber perdido incentivo, mientras lo ganaban las horas fugaces que pasara a su lado.
Una noche, antes de cenar, en el «Ecuestre» encontró formada la tertulia de sus amigos. Estaba más animada que otras veces. Estaban en ella Anselmo Durán, Teodomiro Flo, Clemente Pidal y Antonio Mira. Se acomodó en una poltrona y se sumó a la reunión.
La conversación versaba sobre las gentes llegadas a Barcelona a raíz de la guerra y Teodomiro Flo habló de cierta mujer llamada Suzanne Forain.
—Tenéis que haberla visto, a la fuerza —decía—. Ha estado varias veces en el «Excelsior». Es una mujer madura, ¿no recordáis?, con el pelo cortado como un hombre, toda ella hombruna. ¡Sí — recalcó para afinar la memoria de todos, dirigiéndose a Desiderio—, es la que estaba con esa francesa con quien saliste a cenar!
¿Suzanne Forain? Teodomiro aportó más datos: fue en tiempos remotos una de las mujeres de más rango de París y ni aun ahora había dejado de ser famosa. Amiga del barón de Descaves, se llegó a decir que se había casado con él. Lumbrera del cancán, había hecho gastar fortunas en los albores del siglo.
La simple alusión a alguien que estaba relacionado con Jeannine hizo zozobrar a Desiderio. Con cierta mala intención, Anselmo Durán hincó en el comentario.
—¡Y pensar que esa francesa nos la presentó como tía suya!
Entonces Teodomiro empezó a hablar del aristocrático francés, tan ligado a la dama que acompañaba a Jeannine la noche en que Desiderio la conoció. Este barón de Descaves, según Teodomiro, era digno de pasar a la historia. Descrito por Teodomiro aparecía como un ser de leyenda galante, de esa leyenda mundana cuyas anécdotas constituían una de las razones de la vida del narrador, de Teodomiro.
—¿Ya murió? —preguntó alguien, picado de curiosidad.
—¡Y de qué modo! Tenía un ayuda de cámara, un bribón llamado Paúl, que se cuidaba de abastecerle a la vez de champán, de mujeres y de noticias. Una noche, después de estar bebiendo silenciosamente en compañía de dos amigos que habían llegado con el único objeto de pedirle dinero, se le soltó el monóculo, que quedó colgando sobre su abdomen. Los amigos siguieron charlando, hasta que tuvieron la seguridad de que se había dormido. Sin embargo, el canalla de Paúl observaba a su dueño. Vio algo raro. Se acercó a él y se puso a su lado. Oyó que decía algo. «Paúl, llévame a la cama, porque me estoy muriendo». Según me contaron, el muy bruto creía que exageraba o que estaba bebido y no se movió. Pero el otro le increpó como siempre lo hacía por última vez. «¿No has oído, imbécil? ¡Qué me muero!». Y aún tuvo arrestos para decir: «¡Tira este champán, está caliente!». Y se murió así.
Desiderio sintió que un escalofrío le destrozaba. ¿Pertenecía Jeannine a aquel mundo picante, desmoralizado y cínico? Un horizonte extraño se abría ante sus ojos al entrever los modos y los hábitos del edén en el que había vivido, riendo y bebiendo, el barón de Descaves, en el que Teodomiro Flo, cuando era muchacho, había aprendido a conversar y a actuar, en el que había gozado de memorables aventuras y gastado toda su fortuna. Sintió una gran curiosidad por saber quién era Jeannine, por conocer su pasado, por descubrir a través de ella los secretos de las gentes que viven más allá de los exiguos círculos del negocio y de la rutina, que sorben toda la vida a raudales, con su candor, su gracia y su peligro.
Se veía a sí mismo miserable y mediocre e incapaz de prosperar en el ambiente que Teodomiro pintaba con colores tan vivos. Pensaba en el silencioso principal de su casa, en los pasillos tenebrosos, en su horario y sus obligaciones. Había una sima infranqueable entre los dos mundos. Lo extraño, lo verdaderamente sorprendente era que, aunque fuera solo en el término de una noche, Jeannine, que venía de otro lado, le hubiera aceptado totalmente, sin sospechar su fragilidad, su timidez y su indigencia.
El apoderado apretó el resorte de sus gafas, las sustrajo de su nariz y las frotó con el pañuelo, según su costumbre. Miró a Desiderio fijamente, al tiempo en que las volvía a calar sobre sus ojos claros.
—Si tiene alguna preocupación no dude en decírmela, Desiderio. Ya sabe que cuenta conmigo como un amigo.
Desiderio quedó sorprendido, pero no contestó. Estaba pensando en Jeannine.
—Allí tendremos más espacio y más luz —prosiguió, señalando los andamios—. Esperemos que este dichoso cuartel le deje a usted más horas libres. ¿Tiene guardia otra vez esta noche?
—Sí.
—No sé cómo pueden mortificarle tanto. En mi tiempo no eran tan rigurosos. Total ¿para qué? —meditó, sin dejar de observarle.
Arturo Llobet abrió la ventana, descorrió el visillo, que se bamboleó con la brisa, y quedó mirando al exterior. En aquel momento don Joaquín subía dificultosamente por la escalera de los albañiles a lo alto de la obra contigua. Ya en la cima, hablaba nerviosamente con el contratista.
Arturo contrastó para sí la figura de Desiderio con la de su padre, encaramado en lo alto de los primeros andamios de la obra. Había visto afinarse en unos meses, desde que ingresó en el cuartel, el rostro ya de por sí rubicundo del joven, desenvolverse sus maneras al modo atrevido de los hombres de mundo, atildar su porte; vestido a la inglesa, alto y ligeramente curvado bajo el impecable corte de sus trajes, nada tenía de común con la figura severa, seria, del viejo Rius —viejo no por la edad, sino por el contraste—, que, tras la ventana, gesticulaba entre los albañiles. Para Arturo, el muchacho evocaba el recuerdo físico de su difunta madre, Mariona.
—Dígame con franqueza, Desiderio. ¿Le gusta a usted la fábrica?
—Sí, me gusta mucho.
—No me refiero ahora a la nueva fábrica; me refiero a si le gusta trabajar en el ramo. Si tiene afición a lo que hace. Desiderio tardó unos instantes en contestar.
—Es claro… tengo poco quehacer aún.
—¿Y cuál es la sección donde se encuentra más a gusto? ¿Se interesa por los tejidos o prefiere la organización?
Vio titilar el reflejo de la luz sobre las gafas de Arturo.
—Prefiero la organización, va más conmigo.
—Ya me lo figuraba. Por eso… me atreví a proponer a su padre la creación de una sección de personal al margen de la secretaría. Pero dígame, y perdone que le haga esas preguntas. Si un día, es un supuesto, pero es posible que usted también se lo haya planteado; si un día, por la razón que fuera, faltara su padre, ¿se vería con fuerzas para ocupar su lugar?
Desiderio se sonrojó. No supo qué contestar.
—No haga caso de mí. Piense una cosa: mi propósito es solo el bien de usted mismo. No crea que pienso en la fábrica. Yo he tenido también sus años y he pasado por muchos quebraderos, como todos. Le repito que si le ocurre algo no dude en decírmelo.
¿Cómo iba el apoderado a ayudarle, ni quién sería capaz de hacerse cargo de lo que le estaba ocurriendo? Nadie. Estaba pensando en ello día y noche y de entre todos los seres quizá no había más que uno que fuera capaz de sacarle momentáneamente de sus cavilaciones. Pero, como ese ser no tenía la menor capacidad para la confidencia oral, era imposible vaciar en nadie sus inquietudes.
Sí, solo aquella hermosa y rauda yegua del cuartel accedía a cargar con sus sinsabores, con su mal humor, elevándole —aunque fuera solo un par de metros y por espacio de fracciones de segundo— sobre esta prosaica y fría tierra en que tenemos que vivir. Desiderio machacó un día y otro a lomos de ella el piso del patio de obstáculos del cuartel, resuelto a vencer su propia desidia, su turbulenta ensoñación… Y el teniente Campos, que seguía sus entrenamientos sin sospechar, naturalmente, las causas psicológicas y metafísicas a que obedecían, se las proponía muy felices para el día que fueran anunciados los concursos. El coronel, por su parte, ordenó que cuando se aproximaran las fechas se relevara a Desiderio de todo servicio que no fuera el de vencer, montando a «Cachimba», los obstáculos de seto, el terraplén, la muralla de sacos terreros del patio de caballerías de los Dragones de Santiago. Pero aún faltaban muchos días y muchos sucesos para que Desiderio pudiera mostrar en los concursos su maestría de jinete y su dominio de la silla, la fusta, la espuela y la brida. Son los sucesos y los importantes días en que nos vamos a tener que meter inmediatamente y con la mayor prudencia.